viernes, 15 de marzo de 2013

5º Domingo de Cuaresma: Jn 8, 1-11

Quinto Domingo de Cuaresma: Jn 8, 1-11: la Mujer adúltera

Esta hermosa escena del evangelio de Juan se agregó muy tardíamente al cuarto evangelio: no tiene el lenguaje ni el estilo típicos de Juan. Más bien se parece al estilo de Lucas y en la misma onda que vimos el domingo pasado: la parábola del hijo pródigo. En la presente escena, la misericordia la vemos en Jesús y no en parábola sino en un encuentro de Jesús con una mujer pillada en flagrante delito de adulterio.

No es fácil saber exactamente cual es la trampa que tienden a Jesús los escribas y fariseos; parece ser ponerlo entre ser fiel a la ley de Moisés, y consentir en que la adúltera sea apedreada, con lo que su insistencia en la misericordia se revela “hipócrita”, o insistir en la misericordia con lo que se manifiesta como infiel a lo mandado por Moisés. A Jesús no van a buscarlo porque confíen en su buen criterio o porque reconozcan autoridad a su palabra, o porque él pueda decidir la suerte de la mujer. En realidad, en este drama ni Jesús ni la mujer son importantes. Ambos son rechazados por los escribas y fariseos. Jesús, porque buscan atraparlo, la mujer porque es una simple excusa para ese objetivo. Por eso, porque su palabra en realidad no importa es que el Señor se inclina para escribir en tierra. Manifiesta su desinterés por la cuestión, como ellos también la manifiestan.

Tal vez esta escena nos invita a revisar una actitud que surge con frecuencia espontáneamente en nosotros: somos más prestos a juzgar y a condenar que a perdonar: ¿cómo no se va a condenar a una adúltera descubierta en flagrante delito? ¿Cómo no se le va aplicar todo el peso de la ley(mosaica)? ¡Qué contraste es la actitud de Jesús! Después de un silencio, la escueta palabra de Jesús desenmascara el “farisaísmo” de sus oponentes, su dureza de corazón, su inmisericordia.
En este punto, podemos hacer un examen de conciencia.
Juan nos presenta a Jesús al comienzo de su evangelio como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29), el texto dice bien “el” y no “los” pecados del mundo. ¿Entonces es uno solo el pecado? Veamos brevemente.
El pecado fundamental o la raíz de todo pecado consiste en oponerse a la vida que Dios comunica (“Yo soy la vida”), frustrando así su proyecto creador. El anhelo de vida existe en todo hombre y pertenece a su misma naturaleza: es lo que llamamos la dignidad de todo ser humano. Cuando se reprime ese deseo de vida (en mi mismo o en los demás), se comete “el” pecado que siempre es destructor de humanidad; ese pecado deshumaniza y destruye el proyecto creador – redentor de Dios. (Léase atentamente en este sentido la muy hermosa primera lectura de Isaías 43, 16-21: Yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta? Sí, pondré un camino en el desierto y ríos en la estepa…para dar de beber a mi Pueblo).

Como los escribas y fariseos, podemos quedarnos en pecados puntuales. O una predicación fácil que estigmatiza el sexo como “el” pecado. ¿Qué pasa con la envidia, la ambición, la falta de solidaridad, la injusticia, la soberbia y tantos otros que pueden escapar fácilmente a nuestra lista de pecados?
¿Qué hay del “pecado de omisión” por el que seremos finalmente juzgados? (Mt 25, 31-46)
¿Cuan fácilmente cerramos los ojos y la puerta del corazón y dañamos la vida que Dios nos quiere regalar y quiere que crezca y se dé en abundancia en medio de nosotros? (“Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”). No se trata de una vida abstracta, lejana o para un más allá. ¡Se trata de la vida con dignidad humana aquí y ahora y sin demora! El Reino de Dios es un Reino por la vida y la dignidad de los seres humanos.
Jesús muere por defender incondicionalmente la vida. Es el sentido de su cuerpo entregado y de su sangre derramada. Nuestra salvación y nuestra redención – por la vida y la muerte en cruz de Jesús- pasan por jugarnos por la vida y la dignidad de los seres humanos.
Volvamos al final de la escena de Jesús con la adúltera. Quedan solos Jesús y la mujer. “Relicti sunt duo, misera et misericordia” (San Agustín en su comentario a San Juan): sólo quedaron dos: la miserable y la misericordia. Jesús rechaza al pecado; ama a la pecadora, la libera de la muerte y le devuelve la dignidad de mujer: de ahora en adelante,  podrá vivir como hija de Dios.
Una vez más el evangelio nos invita a compartir la mirada llena de misericordia de Jesús: es la actitud que engendra vida para el mundo.
Hagamos nuestra la hermosa oración de la plegaria eucarística V/b: “Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siento explotado y deprimido. Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando.”

Nos alegramos con la elección del nuevo Papa Francisco que nos viene a renovar en la esperanza. Llama la atención su lema espiscopal: “me miró con misericordia y me eligió” (en referencia a la vocación de Mateo Mt 9, 9). El Señor puso su mirada misericordiosa sobre él y lo eligió para conducir hoy a su Iglesia. ¡Acompañémoslo cariñosamente con nuestras oraciones!


jueves, 7 de marzo de 2013

4º Domingo de Cuaresma: Lc 15, 1-3. 11-32

4º Domingo de Cuaresma: Lc 15, 1-3.11-32


La llamada “Parábola del hijo pródigo” es una joya dentro de la literatura universal. Además es una parábola que nos revela en plenitud el rostro misericordioso de Dios Padre. Por eso mejor sería llamarla “La parábola del amor de un Padre no comprendido por sus hijos”: es la imagen liberadora de Dios. ¿Realizamos que nuestra imagen de Dios condiciona nuestra actitud hacia Él y por ende hacia los demás? Escribe Henri Nouwen en su magnífico comentario a esta parábola: “El miedo a Dios es una de las grandes tragedias humanas” y sigue: “…mi vocación última es la de ser como el Padre y vivir su divina compasión en mi vida cotidiana. Aunque sea el hijo menor y el hijo mayor, no estoy llamado a continuar siéndolo, sino a convertirme en el padre”.

Veamos brevemente el texto y detengámonos un momento en que “este hombre (Jesús) recibe a los pecadores y come con ellos”. Ayer como hoy, comer con alguien o convidar a su mesa es un signo de amistad, de querer compartir: entramos en la vida de alguien o dejamos entrarlo en la nuestra.
Que Jesús comparta mesa y mantel con pecadores provoca unas airadas protestas de los buenos observantes: los escribas y fariseos.[1]
La comida de Jesús con pecadores es una expresión evidente de que no vino “a llamar a los justos sino a los pecadores” (5,32); es su costumbre contraria a la religiosidad “tradicional” la que está en cuestión para sus contemporáneos. ¡Viene a ser la razón profunda del enfrentamiento con las autoridades religiosas - grupos religiosos fundamentalistas e intransigentes -  y que lo llevará a la muerte en cruz!
Jesús quiere cambiar el rostro de Dios; quiere reemplazar el Dios de la pureza y de la observancia por el Dios de la misericordia[2]. Sus comidas reflejan a ese Dios que  recibe a pecadores, a “todos”. Este marco de las comidas de Jesús que revela un nuevo rostro de Dios es el que se muestra ahora en la parábola. [3]


La parábola nos describe los personajes y sus tres momentos: el Padre y sus dos hijos; la actitud del hijo menor; la actitud del padre frente al hijo perdido; la actitud del hijo mayor frente al hijo perdido. El contraste es entre dos personajes con respecto a una misma situación: los dos hermanos o el hijo mayor y el menor.
 El texto se ocupa de mostrar cuan bajo cayó el hijo menor con una serie de elementos muy críticos para cualquier judío: “país lejano”, “vida libertina/prostitutas”, “pasar necesidad”, “cuidar cerdos”¡animales impuros!, no le dan ni siquiera algarrobas, que es comida preferentemente de animales (¿las debe robar?), hasta el punto que pretende volver “a su padre” como un asalariado, porque siente que ha perdido la dignidad de hijo (“ya no merezco ser llamado tu hijo”, quedándole la opción de ser contratado como jornalero: funciona aquí un criterio de justicia humana (vv.19.21). Descubriendo su miseria el hijo parte “hacia su padre” (no dice a su casa; la casa es el lugar donde está el padre, el lugar de la acogida y del amor misericordioso; el hijo mayor es quien no entra “en la casa” (v.25). El hijo ha preparado un discurso, pero el padre no le permite terminarlo, no se le gana en generosidad e iniciativa: no sólo -contra las costumbres orientales- “corre” al encuentro del hijo al que ve de lejos, sino que le devuelve la filiación que había “perdido”: eso significan el anillo (sello), las sandalias y el mejor vestido, digno de un huésped de honor. La alegría del padre queda reflejada, además, en la fiesta por “este hijo mío”.[4] ¡Reventaron todos los esquemas de justicia con criterio humano!
El hermano mayor, que viene de cumplir con sus responsabilidades de hijo no quiere ingresar a la casa y participar de la fiesta. ¡El Padre acaba de perder a otro hijo! Nuevamente sale al  encuentro de este segundo hijo perdido y debe escuchar los reproches. El mayor se niega a reconocer al menor como hermano (“ese hijo tuyo”) cosa que el padre le recuerda (“tu hermano”). El padre no le niega razón a que el hijo mayor “jamás desobedeció una orden”, es un “siempre fiel”, uno que “está siempre con el padre” y todo lo suyo le pertenece, pero ya vimos que el padre quiere ir más allá de la dinámica de la justicia: el menor “no merece”, pero “es bueno” festejar. La misericordia supone un salir hacia los otros, los pecadores que -por serlo- no merecen, pero el amor es siempre gratuito y va más allá de los merecimientos, mira al caído. Los fariseos y escribas son modelos de grupos “siempre fieles (observantes)”, pero su negativa a recibir a los hermanos que estaban muertos y vuelven a la vida los deja fuera de la casa y de la fiesta.
El planteamiento de Jesús es totalmente diferente: Él es el rostro humano de la misericordia infinita de Dios; Él es el Dios que se acerca a todo hombre para regalarle su amor, dedicado hasta el extremo a cada uno de los suyos. Es el padre que está amorosamente atento a la vuelta de sus hijos errantes a su casa, a su mesa y a su fiesta. Otros, en cambio, parecen preferir ser un grupo aislado, el grupo de los perfectos, el de los que "no abandonaron la casa del padre", los que no aceptan a los que no son como uno.
La parábola nos invita a ser como el Padre y a vivir su divina compasión en nuestra vida diaria. Todos tenemos algo del hijo menor o mayor. Ambos son expresión de las miserias humanas de las que todos participamos en algún grado: codicia, ira, lujuria, resentimiento, frivolidad, celos, etc.
Frente a las miserias humanas, Jesús hace un llamado radical: “Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso” (Lc 6, 36).
“Jesús describe la misericordia de Dios no sólo para mostrarme lo que Dios siente por mí, o para perdonarme los pecados y ofrecerme una vida nueva y mucha felicidad, sino para invitarme a ser como Dios y para que sea tan misericordioso con los demás como lo es Él conmigo”. (Nouwen p. 133)…Como hijo y heredero (Rom 8, 16-17) me convierto en sucesor. Estoy destinado a entrar en el lugar del Padre y ofrecer a otros la misma compasión que Él me ofrece. El regreso al Padre es el reto para convertirse en el Padre.
“En la medida en que sigamos perteneciendo a este mundo, seguiremos siendo víctimas de sus métodos competitivos y esperaremos ser recompensados por todo el bien que hacemos. Pero cuando pertenecemos a Dios, que nos ama sin condiciones, podemos vivir como Él. La gran conversión a la que nos llama Jesús consiste en pasar de pertenecer al mundo a pertenecer a Dios” y contemplar el mundo con los ojos de nuestro Padre celestial: en eso consiste la plena realización del ser humano y su total libertad.




[1]  No perdamos de vista aquí que el fariseo y escriba piadoso es el que cumple con los 613 preceptos de la Ley. La mentalidad de “pureza” y “estricta observancia” les hace mirar en menos y despreciar a los que no comparten sus rigurosas prácticas, tratándolos de pecadores, infieles y paganos.
[2]  Es lo que ya ocurrió en la parábola del buen samaritano Lc 10, 30-35, que, más que una exhortación a practicar la caridad, es una invitación a modelar nuestra vida inspirada y guiada no por una ética de la observancia(Sacerdote y Levita) sino por una ética de la solidaridad incondicional(Samaritano).
[3] Estamos en un contexto de comida y de banquete: tengamos presente que la Eucaristía es el banquete universal de la solidaridad incondicional de Dios con todos los hombres y para nada la observancia de unos ritos. La parábola está salpicada de términos que expresan el lenguaje de comer y de festejar: v.14, 16,17, 23, 29.

[4] La conmoción del Padre al ver llegar a su hijo(v.20) es la misma que siente Jesús cuando ve llevar al entierro al hijo único de una viuda(Lc 7, 13); el samaritano también se conmueve frente al herido en el camino(Lc 10,33). Por lo tanto, el moverse a misericordia (esplangnisthè)que es propio del Padre y de Jesús, caracteriza también al hombre que va por la vida impulsado por la ética de la solidaridad, revelando así “quién y cómo” es Dios para los que quedan heridos “a la vera del camino”.

viernes, 1 de marzo de 2013

3er Domingo de Cuaresma: Lc 13, 1-9


3er Domingo de Cuaresma: Lc 13, 1-9

En Ex.3, 14, Dios revela su nombre a Moisés: en hebreo “Ehyeh -Asher- Ehyeh”(“Soy el que Soy” o “Soy el que estaré”); el marco remite en cierto modo a la alianza y la “duplicación” del verbo “ser”/”estar” destaca la soberanía de Dios que “hace misericordia con quien hace misericordia” (Ex 33,19), es decir: siempre; “yo soy el que estaré” (con ustedes), es el Dios de la presencia salvadora, el que acompaña la historia, el que se conmueve frente a los clamores de su pueblo. Observemos que aquí la Biblia no define la naturaleza de Dios (“qué es Dios”) sino las acciones de Dios (“Dios que actúa”, la diferencia que hace Dios en nuestras vidas). En la última frase del evangelio de Mateo, dice Jesús en la despedida final a sus discípulos: “Yo estoy con ustedes cada día hasta el fin de la historia” (Mt 28, 20): es la promesa cumplida del Dios que reveló su enigmática identidad a Moisés. Jesús nos revela en plenitud esa identidad.

El Salmo 102 aparece como una presentación de Dios en la historia tanto personal como comunitaria, y su característica principal radica en su ternura (materna) y su paternidad (compasivo y misericordioso) que actúa en esa historia y nos debe llevar a alabarlo constantemente.
(“Hesed”: término hebreo que significa misericordia, plenitud del amor masculino. A veces se une a “hesed we´emet”(= gracia y fidelidad); “Rah amim”: ternura, plenitud del amor femenino).

Es significativo que el evangelio de Lucas, nos presenta esos hermosos rasgos de Dios del A.T.: Jesús nos revela a un Dios de ternura y misericordia, un Dios que se conmueve con el clamor y el dolor de su pueblo, un Dios de amor que nos invita a tener presente que nuestra suerte se juega en el perdón de Dios más que en nuestras actitudes.

En el evangelio de hoy, se hace alusión a unos hechos históricos. Jesús corrige de manera drástica la interpretación que la gente tenía de esos hechos, a saber que “las víctimas eran más pecadoras que los demás” (Teología del “Dios que castiga” o del “Dios que retribuye según los méritos”: por ejemplo el libro de Job. Lo de la retribución según los méritos está muy metido entre nosotros hasta el día de hoy).

Más allá del o los hechos históricos, lo importante es la respuesta que da Jesús a la imagen de Dios que todo esto supone. Y cuando Jesús nos habla de Dios, suele ser con una parábola.

Jesús no nos muestra a un Dios que castiga sino a un Dios en diálogo con los hombres, a un Dios que da espacio a la conversión. Repito: Lucas no nos presenta a un Dios poderoso, sino misericordioso, un Dios de amor y perdón. Aquí en la parábola, hay reiteradas oportunidades de conversión a través de la hermosa imagen de la higuera que no produce frutos.

En la Biblia, Israel-el pueblo de Dios- suele ser comparado frecuentemente con una vid, pero también con una higuera (Jer 24, 1-10): ¡aquí se trata de una higuera plantada en una viña! Y por supuesto lo importante son los frutos. ¿De qué sirve una higuera que no da frutos? Si no da frutos reiteradamente, el problema se agrava: no sólo no da fruto sino que ocupa un lugar que se podría aprovechar para otra planta. Dios preparó el terreno, hizo todo lo necesario, se tomó un tiempo prudencial, pero ¿y los frutos? El pueblo que Dios se ha preparado con tanto cariño, ¿cómo responde al cariño de Dios?, el tiempo se acaba y la higuera puede ser cortada. Sólo la intercesión de los trabajadores puede postergar esto un breve tiempo más.

La conversión a la que estamos convidados por este evangelio debe producir sus frutos.
¿Qué conversión y qué frutos?

“La conversión es practicar la misericordia. La misericordia se manifiesta en su aspecto verdadero y propio, cuando revalida, promueve y extrae el bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el hombre” (Juan Pablo II, Dives in Misericordia Nº 6).

¿Estamos dispuestos a acoger en nuestras vidas la imagen de Dios de la que nos habla Jesús y de la que nos habló el texto del Éxodo?
¿Estamos dispuestos a perdonar, a practicar la misericordia y la ternura? ¿Estamos dispuestos a que se abran espacios para que el Dios de amor, justicia, ternura y perdón llegue como buena nueva en medio de nosotros y como vida y esperanza en nuestro mundo de hoy?
Si no busco aplicaciones concretas, ¿de qué conversión estaré hablando?

El Hogar de Cristo nos da una inigualable oportunidad para vivir esta conversión y producir hermosos frutos.  A través de la alegre acogida, en la entrega muchas veces sacrificada de nuestro amor y de nuestro cariño, podemos restañar heridas, podemos devolver dignidad humana a hombres, mujeres y niños injustamente privados de ella.
¡No perdamos la gran oportunidad de producir los frutos que espera el dueño de la higuera!

sábado, 23 de febrero de 2013

2º Domingo de Cuaresma: Lc 9, 28b-36


2º Domingo de Cuaresma:  Lc 9, 28b-36
La Transfiguración

La escena de la Transfiguración aparece en los evangelios sinópticos en el contexto de la pregunta que hace Jesús a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que soy yo?”(Lc 9, 18)  por un lado, y por otro lado, los anuncios de la Pasión y las condiciones para seguir a Jesús: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue cada día con su cruz y me siga” (Lc 9, 23). Esto es muy duro, pero Jesús termina aclarando que “algunos de los presentes no morirán sin ver antes el reinado de Dios” (Lc 9, 27) y se apartará a algunos y les hará “ver”: así sucede en la Transfiguración.
La cruz como dolor, como sufrimiento, hasta “perder su vida por Cristo y su evangelio” (Lc 9, 24) es algo que no va con nuestra natura. Al contrario, nos repugna. Si va contra natura, entonces sólo una persona libre, es decir una persona que decide tomar este camino, puede emprenderlo.
Observemos que durante la escena de la Transfiguración, los discípulos se duermen igual que durante la agonía de Jesús en el monte de los Olivos: así pierden el diálogo entre Jesús con Moisés y Elías, también resplandecientes y que hablaban de su éxodo que iba a completar en Jerusalén: es decir su pascua o paso por la cruz hacia la resurrección. Se les va esa parte (por eso Pedro no entenderá los anuncios de Jesús de su Pasión) y sólo al final vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Es  la parte rica, la parte del espectador: “viene muy bien que estemos aquí” y quieren quedar con lo grato, lo rico, lo confortable del momento: “hagamos tres carpas”.
La transfiguración es un anticipo; es un "eclipse al revés": una luz en medio de la noche. Da un sentido completamente nuevo a la vida, ¡y a la muerte! Hace comprensible la maravillosa reflexión de Hélder Camara: "El que no tiene una razón para vivir, no tiene una razón para morir”. ¡Pobres de nosotros si queremos aburguesarnos, instalarnos o acomodarnos! El «qué bien estamos aquí» es, evidentemente, "no saber qué se está diciendo".  La Cuaresma es tiempo de cambio; pero al igual que Pedro, muchos no quieren saber de cambio para quedarse donde se sienten más confortables.
La Transfiguración nos dice que “tomar cada día su cruz para dar la vida” (Lc 9, 23-24) vale la pena, porque lo que nos espera, es la maravillosa gloria de la Transfiguración. Sin embargo, requiere del compromiso: es una elección, es un jugarse por…Es decidirse por entrar en íntima unión con Dios: eso es la alianza. Como todas las alianzas de la Biblia, la alianza con Abraham se sella con sangre; Jesús, selló -en su sangre- una alianza "nueva y eterna”... Ya no es sangre de animales la que da vida y es signo de la alianza, ahora es la sangre de Cristo, su amor, su vida unida a la sangre de tantos mártires que, con su muerte transfigurada, dan vida a tantos muertos por la violencia y la injusticia.
El amor nunca es más verdadero como cuando llega hasta el final, y en el caso de Jesús, hasta dar la vida, que es el signo de amor por excelencia. Estamos ante una alianza que es amor ofrecido en generosidad, y que cada creyente confirma y reafirma “cada día” en su derramamiento de sangre, sea en el amor cotidiano, como en el martirio doloroso de tantos hermanos nuestros latinoamericanos. Y, si la muerte es el mayor de los absurdos, desde Cristo, desde su muerte y su resurrección (hoy vislumbrada en la Transfiguración), jugarse la vida, gastarla en la lucha por la justicia y la solidaridad, por la verdad y la vida, es el acontecimiento fructífero por excelencia, ya que Cristo asocia a sí mismo a una multitud de hermanos... No es que Dios quiera que nadie muera: Él es Dios de vida, no de muerte- pero nada hay más dador de vida que el amor, por eso es Dios de amor. Dios nos quiere siempre, cada día, dando vida. Es la vida y el amor lo que cuenta, es la vida por el reino, es un dar la vida para que otros vivan. Una muerte que da vida, da sentido a tantas vidas muertas.
Nos ayude el P. Hurtado durante este tiempo de Cuaresma a dar un poco más de nuestra vida a nuestros hermanos carentes de vida: es la verdadera conversión que vale a los ojos de Dios.



sábado, 16 de febrero de 2013

1er Domingo de Cuaresma: Lc 4, 1-13


1er Domingo de Cuaresma: Lc 4, 1-13

Esta semana cuando se celebraba el día de la Virgen de Lourdes, el Santo Padre Benedicto XVI anunció repentinamente su renuncia a su ministerio de obispo de Roma y de Papa, aduciendo su edad avanzada y sus fuerzas muy disminuidas para tamaña responsabilidad. Agradezcamos su decisión difícil y valiente y su conducción de la Iglesia durante un período complejo. Quedará tal vez la memoria de un “Papa barrendero” que limpió la Iglesia de muy lastimosas conductas de sacerdotes. Al iniciar este tiempo de Cuaresma pidamos en nuestras oraciones que el Espíritu Santo ilumine a los Cardenales llamados a elegir el nuevo sucesor de Benedicto XVI.
El Espíritu Santo conduce la historia de la salvación. Es el mismo Espíritu Santo por el cual Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María; lo confirmó como “Hijo predilecto” en su misión durante el bautismo en el Jordán y ahora lo lleva al desierto para vivir una profunda experiencia espiritual donde se va a enfrentar con “el mal espíritu” representado en las tentaciones del diablo. Recordemos que la palabra “diablo” significa “aquel que separa”, es decir aquel que busca separar y alejar a Jesús de su misión.
Como todos nosotros, Jesús tuvo que elegir entre dejarse llevar por el “buen espíritu”, resistiendo las tentaciones del diablo o el “mal espíritu”.
En otros términos, es también la confrontación entre el poder y el servicio. El poder puede ser muy seductor. Pero aquel que decide por un mundo animado por el Espíritu de Dios, elige el camino de la impotencia y el servicio. Porque sólo en la impotencia y el servicio puede hacerse presente el Reino de Dios y un mundo de justicia y amor.
Jesús pudo hacer fácilmente mal uso de su poder, sus talentos y sus posibilidades. Fueron tentaciones recurrentes en su vida. Nos lo atestiguan a menudo los evangelios. El pueblo quiere coronarlo como rey; los dirigentes le piden un signo inequívoco como prueba de que él es el Mesías; sus discípulos se oponen a que siga su camino a Jerusalén donde padecerá grandes sufrimientos. Pero Jesús se mantuvo fiel a su misión original. Cumplió cabalmente la voluntad de su Padre y no buscó su propia ventaja o prestigio. Toda su vida fue una lucha por un mundo mejor, por la vida y la dignidad de los seres humanos, especialmente los más postergados haciendo valer así el querer de Dios.

El combate que libró Jesús es también el combate que tiene que librar cada ser humano en su vida.
Los cuarenta días de cuaresma pueden ser un tiempo indicado para reflexionar  aquello. Atrevernos a confrontarnos con nosotros mismos y hacernos la pregunta: ¿qué es lo que tiene real importancia en mi vida? ¿Cuál es el fundamento de mi vida? ¿Qué principios me inspiran? Son preguntas que surgen espontáneamente cuando llegan momentos de prueba. Pruebas en el hogar, en el trabajo, con la salud, o graves contratiempos. Hay momentos cuando se experimenta que la vida no es sino un soplo y uno se pregunta de qué sirve preocuparse tanto de tantas cosas. Hay momentos cuando se percibe que no se es él que se quisiera ser o haber sido y que se consideran períodos de su vida como una mentira. Son los momentos oportunos para dejarse cuestionar: ¿por dónde voy? ¿Quiero dejar que el Espíritu del Señor anime mi vida a pesar de todo? ¿Quiero evitar dejarme seducir por los intereses propios, el poder, el prestigio o las posesiones? Cuando todas esas cosas llegan a presentarse con prioridad  en mi vida, terminan jugando en contra mí. Terminan atándome, privándome de libertad y termino como un esclavo persiguiendo los ídolos del tener, del poder, del placer.
El relato de las tentaciones de Jesús en el desierto nos enseña que no se puede idolatrar o adorar nada de lo creado. Aquello es un desafío y una misión muy difícil. Lo material, lo que me seduce y atrae en el poder, lo que me acomoda en la religión, son tentaciones de todos los tiempos y que suplantan fácilmente la palabra de Dios. Son las tentaciones que el mal espíritu nos va insinuando de mil maneras cada día: en el pasado, en el presente y en el futuro.
Fueron las grandes tentaciones del pueblo de Dios. Siendo ya el pueblo unificado de los israelitas en su travesía del desierto, murieron con comida en la boca, adoraron el becerro de oro y confiaron en su propia fuerza.
Lucas nos describe a Jesús quien vivió las mismas tentaciones de su pueblo como se relatan en la Biblia. Pero él se mantiene fiel a su vocación y misión. El ser humano tiene que quedar consciente de que es creatura de Dios y que Dios es su creador. Si lo olvida, viene a ser como un huérfano que ya no conoce su origen y llega a comportarse como dueño de la vida y a tomar un lugar que no le corresponde. Llega a vivir como alguien que se basta a sí mismo.
La cuaresma es un tiempo privilegiado para ponernos nuevamente a la búsqueda de lo que da sentido a nuestra vida y de aquello que es nuestro verdadero fundamento. Que junto al Creador podamos los cristianos participar activamente a la venida de un mundo de paz y justicia, orando y obrando con fe y esperanza que “venga su Reino”.

miércoles, 30 de enero de 2013

5º Domingo ordinario: Lc 5, 1-11


5º Domingo ordinario: Lc 5, 1-11

No temas
La culpa como tal no es algo inventado por las religiones, sino que constituye una de las experiencias humanas más antiguas y universales. Antes de que aflore el sentimiento religioso, se puede advertir en el ser humano esa sensación de «haber fallado» en algo. El problema no consiste en la experiencia de la culpa, sino en el modo de afrontarla.

Hay una manera sana de vivir la culpa. La persona asume la responsabilidad de sus actos «desacertados», lamenta el daño que ha podido causar y se esfuerza por mejorar en el futuro su conducta. Vivida así, la experiencia de la culpa forma parte de lo que significa ser una persona madura.

Pero hay también maneras poco sanas de vivir esta culpa. La persona se encierra morbosamente en su indignidad, fomenta sentimientos infantiles de mancha y suciedad, destruye su autoestima y se anula para crecer como persona. El individuo se atormenta, se humilla y lucha consigo mismo pero, al final de todos sus esfuerzos, sólo se encuentra con su propia culpabilidad.

Lo propio de la conciencia cristiana de pecado es vivir la experiencia de culpa ante un Dios que es amor y sólo amor. El creyente reconoce que ha sido infiel a ese amor infinito. Esto le da a su culpa un peso y una seriedad absoluta. Pero, al mismo tiempo, la libera de cualquier desesperanza, pues el creyente sabe que, aún siendo pecador, es aceptado por Dios y en él puede encontrar siempre la misericordia que salvan de toda indignidad y fracaso.

De manera sencilla deberíamos denunciar esa forma malsana y pseudo-religiosa de vivir la culpabilidad que lleva todavía a no pocos a sentirse como «gusanos» despreciables ante Dios y no como «hijos amados» con amor insondable por un Padre.

El relato evangélico (Lc 5,1-11) nos habla de Pedro como un hombre que, abrumado por su indignidad, se arroja a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mi, Señor, que soy pecador».

La respuesta de Jesús no podía ser otra: «No temas», no tengas miedo de ser pecador y estar junto a mí.

Esta es la suerte del creyente: se sabe pecador pero se sabe, al mismo tiempo, aceptado, comprendido y amado incondicionalmente por Dios.

J.A. Pagola

4º Domingo ordinario: Lc 4, 21-30


4º Domingo ordinario: Lc 4, 21-30
Pronto pudo ver Jesús lo que podía esperar de su propio pueblo. Los evangelistas no nos han ocultado la resistencia, el escándalo y la contradicción que encontró Jesús muy pronto, incluso en los ambientes más allegados.

Su actuación libre y liberadora resultaba demasiado molesta y acusadora. Su comportamiento ponía en peligro demasiados intereses.
Jesús lo comprende así con toda lucidez. Es difícil que un hombre que se pone a actuar escuchando fielmente a Dios sea bien aceptado en un pueblo que vive de espaldas a El. «Ningún profeta es bien mirado en su tierra».

Los creyentes no lo debiéramos olvidar. No se puede pretender seguir fielmente a Jesús y no provocar, de alguna manera, la reacción, la extrañeza, la crítica y hasta el rechazo de quienes, por diversos motivos, no pueden estar de acuerdo con un planteamiento cristiano de la vida.

¿No somos los creyentes demasiado «normales» y demasiado bien aceptados en una sociedad que no es tan normal ni tan aceptable cuando se miran las cosas desde la fe? ¿No nos sentimos demasiado a gusto y bien adaptados?

Nos da miedo ser diferentes. Hace mucho tiempo que está de moda «estar a la moda». Y no sólo cuando se trata de adquirir el traje de invierno o escoger los colores de verano. El «dictado de la moda» nos impone los gestos, las maneras, el lenguaje, las ideas, las actitudes y las posiciones que debemos defender.
Se necesita una gran dosis de coraje y de valor para ser fiel a las propias convicciones, cuando todo el mundo se acomoda y adapta "a lo que se lleva".

Es más fácil vivir sin un proyecto de vida personal, dejándose llevar por los acontecimientos y los convencionalismos sociales. Es más fácil instalarse cómodamente en la vida y vivir superficialmente según lo que nos dicten desde fuera.

Al comienzo, quizás, uno escucha todavía una voz interior que le dice que no es ése el camino acertado para crecer como persona ni como creyente. Pero, pronto nos tranquilizamos. No queremos pasar por «un anormal», «un extraño» o «un loco». Se está más seguro sin distanciarse del rebaño.

Y así seguimos caminando. En rebaño. Mientras desde el evangelio se nos sigue invitando a ser fieles a nuestras convicciones creyentes, incluso cuando puedan acarrearnos la crítica y el rechazo dentro de nuestra misma clase social, nuestro propio partido, el círculo profesional y social en el que nos movemos y hasta en el entorno más cercano de nuestros amigos y familiares.

José Antonio Pagola