sábado, 2 de abril de 2011

3 de abril 2011: 4º Domingo de Cuaresma: Jn 9, 1-41


4º Domingo de Cuaresma: Jn 9, 1-41
El ciego de nacimiento

El domingo pasado, como este domingo y el próximo, leemos el evangelio de San Juan: la samaritana, el ciego de nacimiento hoy y la resurrección de Lázaro. Repito lo señalado la semana pasada: conviene tomar en cuenta el carácter peculiar del cuarto evangelio, muy distinto en su expresión de los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). Mientras los sinópticos tienen un estilo más narrativo, el evangelio de Juan es netamente simbólico. Frecuentemente Jesús se identifica con símbolos: “Yo soy el pan verdadero”: el resto de los panes no son el verdadero alimento; “Yo tengo el agua verdadera”: el agua que tomamos no quita la sed; “Yo soy la vid verdadera”, “Yo soy el camino, la verdad y la vida” etc.
Por lo tanto, partamos escuchando el evangelio de hoy no como un relato descriptivo sino como el anuncio de verdades profundas.

El ciego de nacimiento representa para nosotros hoy, a todos los marginados de nuestro mundo: los excluidos, los que no pueden experimentar lo que significa ser persona.
Entonces este evangelio pretende aclararnos cual es la misión de Jesús: devolver la vida y la dignidad a los seres humanos, “creados a imagen y semejanza de Dios”. Recuerden que Juan Bautista presentó a Jesús como el Cordero de Dios que quita “el pecado” del mundo: el gran pecado es la privación o disminución de vida de muchos seres humanos.
 En tiempo de Jesús, a los enfermos, ciegos etc. se les atribuía su condición de tal como castigo por sus pecados. Hoy también  es frecuente que se culpen a los marginados porque son flojos, irresponsables, maleantes etc. Los excluidos están en situación de exclusión “por su culpa”.

Jesús, en alusión al hombre creado por Dios de arcilla del suelo, unge los ojos del ciego con barro: es un gesto de nueva creación. Jesús le devuelve la dignidad de hijo de Dios. Restaura lo que está roto en la humanidad.

Y viene la reacción de crítica y rechazo a lo obrado por Jesús: ¿Cómo es posible que un hombre que hace barro en día de sábado (día en el que estaba expresamente prohibido hacer barro y cualquier otro trabajo) dé vista a los ciegos (por lo demás tarea que los profetas habían anunciado que realizaría el Mesías)? Se origina el conflicto porque los fariseos y escribas tienen claro que su Dios es el que exige sometimiento y obediencia a las normas y leyes que ellos representan e interpretan, sin que le importe la libertad y la felicidad del ser humano. El que actúa rompiendo sus leyes no puede venir de Dios.

El ciego tendrá que resistir la crítica y rechazar el juicio condenatorio de sus interlocutores para convertirse a la acción regeneradora y liberadora de Jesús. Estando en ese proceso de conversión, Jesús se le aparece de nuevo y se da a conocer plenamente, y recibe su consentimiento de fe: “Creo Señor”.

Vivir hoy como creyente, como cristiano y auténtico discípulo de Jesucristo, es asumir la postura valiente y comprometida del ciego de nacimiento. Jesús le devolvió la vista para que pudiera ver y reconocer  el accionar de Dios y ahora, liberado de toda ceguera, hacerse un programa de vida y de compromiso para seguir a Jesús, para hacer lo mismo que Jesús.
Hoy también hay muchas trabas, normas y leyes, juicios y prejuicios, mecanismos inventados por los hombres, para mantener en situación de vida indigna a  incontables masas de seres humanos.
Un ejemplo: África tiene a unos 25 millones infectados con SIDA. La cifra tiende a duplicarse cada 10 años. Eso significa que para mediados de siglo, tendremos casi un continente entero infectado con SIDA.

Decía el P. Hurtado: “la moral social católica no se contenta con afirmar sólo lo que es lícito e ilícito, sino que mira más lejos y aspira a fundar nuestras relaciones humanas en la justicia, la caridad y la equidad… exige que se pongan en práctica los medios técnicos para la realización de sus principios: sin ellos las mejores doctrinas quedan sin valor” (Moral Social p.28).
El ciego de nacimiento se puso en coherencia con el evangelio de Jesús contra la doctrina de los escribas y fariseos.
Que el P. Hurtado nos ayude a ser también coherentes con las exigencias del evangelio en nuestro mundo de hoy.

sábado, 26 de marzo de 2011

27 de marzo: 3er Domingo de Cuaresma: Jn 4, 5-42


3er domingo de Cuaresma: Jn 4, 5-42:
Conversación de Jesús con la samaritana

Durante los tres próximos domingos de Cuaresma, la liturgia nos propone distintos episodios del evangelio de Juan: el encuentro de Jesús con la Samaritana, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro. Los episodios no tienen mayor relación entre ellos ni tampoco con los tres primeros domingos de Cuaresma.

Recordemos que Juan no es un evangelio sinóptico, no es un texto narrativo, ni lo que nos cuenta es probablemente histórico. Juan es un evangelio enteramente simbólico. No hay símiles sino identificaciones: “Yo soy la vid verdadera”; no dice “Yo soy como la vid”. Las demás vides, las de la realidad, no son verdaderas. “Yo soy el Pan verdadero”: el resto de los panes son sucedáneos. Yo tengo el “agua verdadera”, la otra no quita la sed. Por lo tanto tenemos que tener en cuenta en este evangelio el estilo literario y simbólico enteramente peculiar de Jesús. No estamos escuchando sencillamente la narración de una conversación tal como fue, sino que se trata de una sofisticada composición teológica, con intenciones muy profundas y a veces nada fáciles de detectar.

El episodio del encuentro de Jesús con la Samaritana en el pozo en pleno medio día es un momento chocante en aquella cultura antigua. Jesús entabla conversación con una mujer samaritana. Los samaritanos son enemigos de los “judíos”; los consideran herejes y renegados. El compartir con uno de ellos contamina el alma, peor aun, si se trata de una mujer. ¿Sabrá Jesús lo que está haciendo? Jesús pareciera saber, incluso antes que le pida de beber, que se trata de una mujer de “vida alegre” para decirlo de una forma. Ha tenido ya cinco hombres diferentes y ahora está con su sexta pareja (solo una pareja más que la afamada Liz Taylor). ¿Sabrá Jesús el lío en que se está metiendo?

El elemento crucial en esta conversación – lo mismo que en la parábola del hijo pródigo, o la Magdalena, o la mujer adúltera a punto de ser lapidada, o las negaciones de Pedro – es algo que nuestras mentes orientadas hacia nuestra manera de enfocar la justicia, pueden fácilmente no percibir. En cada situación donde Jesús se encuentra con un pecador(a), no pareciera estar interesado en los pecados pasados de la persona. Jamás humilla a un pecador(a), (salvo los hipócritas), jamás pide qué pecados se cometieron ni cuantas veces, jamás da una penitencia compensatoria, todo aquello bastante diferente de nuestra práctica del sacramento de la penitencia. Lo único que pide, es que el pecador(a) quiera volver a casa, y que sienta una sincera necesidad de perdón.
A Jesús no le importa lo que hayan hecho de malo; más le importa lo que les hace falta.

El pecado contrae el alma: empobrece  y termina hiriendo al pecador. Como en la parábola del hijo pródigo, Dios no puede impedir que nos lastimemos nosotros mismos, porque somos libres. Solo puede esperar pacientemente que volvamos a casa.
La Samaritana desafía a Jesús en el diálogo: “Cómo tú, siendo Judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”
Y si tienes esa agua que colma la sed para siempre, por favor dámela para que no tenga que venir cada día aquí a sacarla.
Jesús, hábilmente y suavemente la lleva hacia la verdad: las aguas del bautismo que revientan nuestros pequeños mundos oscuros y autosuficientes para que entre de lleno el flujo de vida verdadera.
¿Cómo podemos creer honradamente que somos hijos (as) de Dios y quedarnos pegados en las pequeñeces? ¿No será que nosotros mismos nos miramos en menos y no valoramos la mirada de Dios sobre nosotros mismos, al estilo de Jesús que valora infinitamente a la Samaritana?
¿No nos pasa un poco lo de Esaú que prefirió un plato de lentejas a la primogenitura: satisfacer un hambre momentánea en detrimento de la dignidad del derecho bautismal?
Jesús no miró a la Samaritana viendo en ella una mujer de vida alegre, sino miró y vio en ella a una princesa a la que se consideraba una cenicienta.
Dejemos que Jesús nos mire y nos sane de todas nuestras pequeñeces y miserias.








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sábado, 19 de marzo de 2011

20 de marzo 2011: 2º Domingo de Cuaresma: Mt 17, 1-9

2° Domingo de Cuaresma: Mt 17, 1-9:
La Transfiguración de Jesús

En las lecturas de hoy podemos decir que se encuentra un motivo central: la aparición o manifestación de Dios -que técnicamente se llama teofanía- en un momento importante de la vida de alguien, en las lecturas de hoy en la vida de Abram y en la vida de Jesús respectivamente. Y no es la única vez que Dios se hace presente en la vida de estos dos personajes. Abram tendrá otras visitas de Dios y Jesús ya lo ha sentido repetidas veces, en el Bautismo, en las tentaciones, cada vez esa presencia de Dios ayudará a desarrollar y madurar la misión de cada uno de ellos. En el caso de Jesús en el bautismo y las tentaciones esa presencia de Dios se le convierte en un programa de vida y en una compañía para comenzar la misión y ahora en la Transfiguración para enfrentar el último destino que le espera en Jerusalén y con su pequeño grupo que luego será una gran comunidad.

La transfiguración de Jesús, además de desvelar por un momento el esplendor de su naturaleza divina, delante de los discípulos, como presencia de Dios sirve para acreditar su misión salvífica que se concretiza en su enseñanza y en su sufrimiento redentor. Jesús delante de los discípulos y delante de los que mucho tiempo después escucharemos su testimonio, se revela como el “nuevo” Moisés y el “nuevo” Elías. Es precisamente delante de Pedro, que una vez le ha llamado la atención para que abandone su camino de sufrimiento que manifiesta su naturaleza divina, su pensamiento de Dios y no de hombre, como se lo dijo en aquella ocasión. Y de ello dos de los testigos nos comunican la experiencia, Juan, que entiende su misión desde esa nueva perspectiva nos dirá que “la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y vimos su esplendor, como de Hijo Único del Padre” (Jn 1,14) y Pedro, apelando a que fue testigo ocular, dirá que recibió de Dios Padre gloria y honor por medio de la voz que dijo : “Mi Hijo, mi Querido, es este, en Él me agradé. Y esa voz la oímos nosotros venida del cielo, cuando estábamos con Él en el monte santo” (2Ped 1,16-18).

Pues bien, Pedro, Juan y Santiago en este trozo evangélico de hoy, y los demás discípulos en los otros momentos de la convivencia con Jesús, han conocido su humanidad, tan cabal y perfecta, tan solidaria y compartida, ahora, en esta manifestación de Dios, ven una nueva realidad, ven la “gloria” de Dios manifestada en/para Jesús. Gloria que en el lenguaje bíblico quiere decir Dios mismo que se revela en su majestad y potencia, en su ser. La gloria es siempre una epifanía, manifestación de Dios, de sus atributos y de manera especial de su obra de salvación a favor de los hombres y mujeres. (Esa gloria es el signo palpable de la presencia divina, ya lo habíamos experimentado en el Sinaí (Ex 2,15) en la tienda de la alianza (29,43) y en el Templo (1Re 8,10-11). En una palabra es Dios que se revela para salvar, santificar y gobernar. Esta era la experiencia de la manifestación de Dios en el antiguo pueblo de Israel).
Esta revelación se vuelve plenitud en el nuevo Israel, la comunidad de Jesús, su Iglesia. Cristo será la revelación definitiva y última de Dios, es la revelación misma de Dios (cfr. Hb 1,13; 2Cor 4,6; 1Cor 2,8).

Este segundo domingo de Cuaresma puede convertirse en una nueva manifestación de Dios a nosotros, una teofanía que vivimos en pleno siglo XXI y de ahí tenemos que sacar consecuencias para nuestra vida personal y comunitaria. Esta transfiguración es una anticipación de la Pascua y si a los apóstoles los ayudaba a sostenerse en su fe, a nosotros esta Cuaresma debe procurarnos lo mismo, fortalecernos la fe, pero también hacernos participar en el misterio de la Cruz, mientras esperamos la manifestación pascual definitiva.

En términos más sencillos, en la vida de todos nosotros hay altos y bajos. Hay momentos cumbres – inolvidables y otros que no quisiéramos recordar nunca. Cuando vemos a dos recién casados que conocemos de larga data, parecieran haber cambiado de apariencia: irradian felicidad. Su día de boda es un momento cumbre. Pero después de la inmensa felicidad del romance, tienen que volver a lo de la vida diaria, lo de cada día. ¿Podrán llevar consigo para toda la vida aquella felicidad y resplandor de su día de boda?
O el caso de aquella señora que cuidó por años a su esposo enfermos con todo cariño y dedicación. Tenía que ayudarle con la comida y apoyarle en todo. Aun cuando se puso totalmente demente, le siguió atendiendo llena de ternura. Cuando se le preguntaba cómo lo hacía, contestaba: “Hemos tenido tantos momentos de felicidad en nuestro matrimonio. Siempre nos hemos apoyado el uno en el otro con mucho amor, y así han sido nuestras vidas. Me acuerdo cuando falleció nuestro segundo hijo, cómo me apoyó y consoló. Siempre fue mi gran apoyo; por cierto que no lo puedo dejar solo ahora”.
¿No fue un poco la experiencia de Jesús con sus discípulos en aquel monte? La experiencia de la transfiguración los llenó de alegría y fuerza para seguir la vida con ánimo y confianza.
Finalmente, cuando logramos una oración más profunda, la experiencia espiritual de la gracia de la consolación, donde sentimos la presencia reconfortante del Señor resucitado, nos anima y nos llena de esperanza para las situaciones de desolación.


sábado, 12 de marzo de 2011

13 de marzo de 2011: 1er Domingo de Cuaresma: Mt 4, 1-11

1er Domingo de Cuaresma: Mt 4, 1-11

Sabemos que los evangelios se escribieron a la luz del misterio pascual: la muerte y resurrección de Jesús de Nazareth. Por eso los primeros seguidores de Jesús se llamaron Nazarenos y más tarde Cristianos, a partir del título mesiánico de Jesucristo.

Es así que los relatos de la pasión-muerte y resurrección de Jesús forman el núcleo de los evangelios y son de alguna manera el punto de partida de la fe en Jesús como Hijo de Dios y salvador de todos los hombres. El conocido anagrama IHS expresa con tres letras el nombre de Jesús en griego o la lectura de “Jesús – Hombre – Salvador”.

Poco a poco las comunidades seguidoras de Jesús quisieron saber y conocer más de El, como misterio de Dios hecho hombre. Así fueron naciendo los distintos relatos de la vida de Jesús en los evangelios que llamamos sinópticos, porque hay muchas semejanzas entre sus diferentes relatos.

El segundo punto más difícil de aceptar es el misterio de la encarnación: “Dios hecho hombre”. Es el origen de las principales desviaciones de la fe auténtica (herejías como el docetismo o arianismo entre otras).

En Jesús Dios asumió en todo nuestra condición humana, menos el pecado. Sin embargo, por ser plenamente hombre, sufre los tormentos de la raíz del pecado que son las tentaciónes. De las distintas tentaciones al comienzo de su vida pública nos habla el evangelio de hoy: la tentación de la riqueza, del poder y de la gloria que simbolizan todas las demás tentaciones. Jesús se enfrentó a ellas y las venció apoyándose en la Palabra de Dios.

Tal vez se suele recalcar menos que el misterio de la encarnación nos muestra quién y cómo es Dios. Allí está precisamente el sentido y alcance de la vida de Jesús. Nos revela sin ambigüedad la verdadera identidad de Dios. Dijo Juan Pablo II: Jesús es el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre. Siempre nos cuesta reconocer y aceptar en Jesús el rostro humano de Dios, la auténtica imagen de Dios. Nos pone al revés nuestras ideas más o menos religiosas sobre Dios que se perfilan en las tentaciones que describe el evangelista. El diablo (literalmente: el que separa, desune) propone nuestras falsas imágenes de Dios: un Dios que es riqueza, un Dios que es espectáculo, un Dios que es poder.

El tentador – el que nos separa de la verdadera imagen de Dios y por ende del sentido de nuestra vida – prueba a Jesús en el desierto. Desierto puede ser también metáfora para la soledad, la depresión, el ensimismamiento, la satisfacción de todas nuestras necesidades y deseos, nuestras calles, la espesura de nuestras instituciones.
¿Qué más urgente satisfacción que la del hambre? Pero el pan se puede ver también como metáfora de satisfacción de todas las demás necesidades: de todo lo que se requiere para vivir una vida humana digna. ¿No es este el Dios que buscamos y adoramos a veces en nuestra vida diaria? El Dios que puede satisfacer todos nuestros deseos y necesidades.

La segunda tentación tiene que ver con el reconocimiento que todos buscamos. Que se reconozca lo que soy en mi profesión, o por mis méritos, que soy indispensable. Jesús, siendo Hijo de Dios, siente la tentación de que la gente lo vaya reconociendo con esta preclara dignidad por encima de cualquier ser humano. No, no es esta la misión de Jesús, sino “proclamar la Buena Nueva del Reino, curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (4, 23).

La tercera tentación es la omnipresente tentación del poder. Para tener éxito en su misión, el Diablo le sugiere usar los medios de los poderosos: amedrentar, imponer su voluntad, dominar, usar su poder para su propio provecho; es el camino del poder en el mundo, ese mundo que construyen los hombres con sus criterios y no con los de Dios. “Retírate, Satanás, porque está escrito: ‘Adorarás al Señor tu Dios, y a Él solo rendirás culto’ ”. El afán de poder es el peligro constante en todo proyecto humano e incluso en toda relación humana.

En este tiempo de cuaresma que se inicia, pidamos la gracia de un conocimiento interno del Dios de Jesús: la humanidad de Dios frente a un Dios sin humanidad que es nuestra gran tentación y la tentación de este mundo.

viernes, 4 de marzo de 2011

6 de marzo de 2011: 9º Domingo ordinario, Mateo 7, 21-27

9º Domingo ordinario: Mt 7, 21-27

El evangelio de hoy es la conclusión del gran discurso de Jesús que se inició con la proclamación de las Bienaventuranzas.
La conclusión de este importante discurso, cuyo tema central es “el Reino de Dios” (“Reino de los cielos” prefiere decir Mateo) apunta a la condición de los discípulos de Jesús.
Al terminar el itinerario de los Ejercicios Espirituales, San Ignacio propone “la contemplación para alcanzar amor”. Y como primera nota señala que “el amor se debe poner más en las obras que en las palabras”.
Es exactamente lo mismo que nos dice hoy el primer versículo: “No son los que me dicen: “Señor, Señor”, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo”.  ¿Y qué significa “cumplir la voluntad de mi Padre”? Es “un hacer”, un “poner en práctica” el discurso que acaba de pronunciar Jesús.
Al comentar las Bienaventuranzas y especialmente la primera: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”, escribí esta bienaventuranza debe entenderse más bien como una  vocación y una misión a luchar contra la pobreza de los hombres y de los pueblos. “Elegir ser pobre o tener alma de pobres” es sentir la llamada para trabajar por un mundo sin pobres, sin miseria y sin los  sufrimientos causados por los hombres. Es una llamada a romper con la ambición y con el deseo de tener cada vez más; es una propuesta de solidaridad -la solidaridad con los más débiles es la expresión social del auténtico amor cristiano- con los pobres.
Como en la vida de Jesús y su práctica incansable con los marginados, excluidos, enfermos etc., el discípulo auténtico es el que actualiza hoy “lo que Cristo haría en mi lugar”.
Esa práctica (¡y no otra!) es la que da sentido, solidez y consistencia a nuestra vida. Para decirnos eso, Jesús usa la metáfora de la casa construida sobre arena y sobre roca. Demás nos habla fuerte esa metáfora de Jesús a nosotros que vivimos en tierra de temblores. Lo edificado sobre fundamentos sólidos resiste: no se parte ni menos se viene abajo, mientras las construcciones con fundamentos inconsistentes se derrumben. ¡No hay tercera vía!


jueves, 24 de febrero de 2011

27 de febrero de 2011: 8º Domingo ordinario: Mt 6, 24-34

8º Domingo ordinario: Mt 6, 24-34

Durante 6 domingos seguidos, el evangelio es tomado del gran discurso de Jesús que se inicia con las Bienaventuranzas (4º Domingo ordinario) y termina el próximo domingo con la descripción de los verdaderos discípulos de Jesús.

La tónica del discurso está dada por el tema: ¿“a quienes pertenece el Reino de los Cielos o el Reino de Dios”? Es la clave de lectura de ese gran discurso de Jesús.

Más que un discurso moralizante, el evangelista pone en boca de Jesús quién y cómo es Dios su Padre y nuestro Padre. Jesús con sus palabras, actitudes y gestos hace presente el Reino de Dios, es decir el amor y la solidaridad incondicional de Dios por el ser humano y especialmente los humildes y pequeños para darles vida en abundancia. Además, la primera lectura nos hace ver algo maravilloso y bastante único en la Biblia: ¡Dios es comparado con una madre! “¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas?”  “Pues aunque ésas llegaran a olvidar, yo no te olvido.”
 Que el discípulo y su corazón se dejen moldear por ese maravilloso Dios Padre-Madre. Así se concluyó el domingo pasado que “seamos buenos como es del todo bueno nuestro Padre celestial” y agreguémosle hoy la insuperable ternura del Dios Madre de la primera lectura.

Lo mismo que el domingo pasado, el lenguaje de este evangelio nos puede parecer poco realista y contra cultural. ¡Y de verdad lo es! El evangelio es “Buena Nueva” en un mundo torcido, desquiciado y que no busca precisamente “primero el Reino de Dios y su justicia”. El mundo busca primero “el dinero”, la riqueza, y la satisfacción de nuestras necesidades …bastante más allá de lo que realmente necesitamos. Es así que el tormento de la obesidad afecta a buena parte de nuestra población y que las damas están inmisericordiosamente sometidas a las competitivas exigencias de la moda. Sobran ejemplos de numerosas necesidades que se nos imponen muy ingeniosamente. De modo que la preocupación por la vida o tener nuestro corazón centrado en esta preocupación y los puros afanes y modas de este mundo, nos hacen ser más bien adoradores de Mamón (Dinero) que de Dios. Para más prueba, allí está en todas partes el gran éxito del “retail” con sus verdaderas “catedrales” de adoración del consumo y donde el abandono en el Dios Padre-Madre (la Providencia) no tiene precisamente su tienda.

El Dios de Jesús nos manda “buscar primero el Reino de Dios y su justicia” en este nuestro mundo actual y real. Esta es “la voluntad de mi Padre que está en los cielos”, tema que veremos el próximo domingo para encontrar orientación, sentido y plenitud a nuestra vida, según el evangelio.






viernes, 18 de febrero de 2011

20 de febrero de 2011: 7º Domingo ordinario: Mt 5, 38-48

7º Domingo ordinario: Mateo 5, 38-48


Las exigencias del evangelio nos suenan increíblemente altas: tan altas que parecieran inalcanzables. Nos pueden hacer reaccionar negativamente: “esas exigencias son impracticables, y solo son para grandes santos pero no para nosotros, “el común de los mortales”.

¿Cómo entender y más difícil aun cómo practicar lo que hoy nos dice Jesús: “sean perfectos como es perfecto su Padre celestial”? Jesús cita el libro de la perfección judía, el Levítico: “sean santos, porque yo soy santo”. Algunas traducciones más recientes nos ayudan tal vez a contornar o reinterpretar lo que pareciera un mandato imposible. “Sean buenos como es del todo bueno su Padre celestial”.

El llamado a la bondad y a la misericordia pueden ser un lenguaje más aceptable para nosotros hoy. Después de todo vivimos en la tierra y no en el cielo y “la perfección no es de este mundo”.

Por lo tanto los cristianos no deben ser unos santos heroicos. Algunas raras excepciones llegan a serlo, pero la Iglesia y el pueblo de Dios están compuestos por hombres y mujeres ordinarios. La invitación a ser buenos, tolerantes los unos con los otros, dispuestos a perdonar y a empezar siempre de nuevo nuestras relaciones humanas, a practicar el “borrón y cuenta nueva” es una invitación más al alcance de nuestro limitado entendimiento.

No debemos cesar en pedir a Dios crecer en bondad y misericordia para con nosotros mismos y para con los demás. Sobre todo que los cristianos nunca dejemos de mostrar al mundo, aun que sea muy deficientemente, la infinita bondad y misericordia de nuestro Padre Dios.