miércoles, 18 de septiembre de 2013

25º Domingo ordinario: Lc 16, 1-13


25º Domingo: Lc 16, 1-13

“No pueden servir a Dios y al Dinero”. Estas palabras de Jesús no pueden ser olvidadas en estos momentos por quienes nos sentimos sus seguidores, pues encierran la advertencia más grave que ha dejado Jesús a la Humanidad.
 El Dinero, convertido en ídolo absoluto, es el gran enemigo para construir ese mundo más justo y fraterno, querido por Dios.


Desgraciadamente, la Riqueza se ha convertido en nuestro mundo globalizado en un ídolo de inmenso poder que, para subsistir, exige cada vez más víctimas y deshumaniza y empobrece cada vez más la historia humana. En estos momentos nos encontramos atrapados por una crisis generada en gran parte por el ansia de acumular.


Prácticamente, todo se organiza, se mueve y dinamiza desde esa lógica: buscar más productividad, más consumo, más bienestar, más energía, más poder sobre los demás... Esta lógica es imperialista. Si no la detenemos, puede poner en peligro al ser humano y al mismo Planeta.


Tal vez, lo primero es tomar conciencia de lo que está pasando. Esta no es solo una crisis económica. Es una crisis social y humana. En estos momentos tenemos ya datos suficientes en nuestro entorno y en el horizonte del mundo para percibir el drama humano en el que vivimos inmersos.


Cada vez es más patente ver que un sistema que conduce a una minoría de ricos a acumular cada vez más poder, abandonando en el hambre y la miseria a millones de seres humanos, es una insensatez insoportable. Inútil mirar a otra parte.


Ya ni las sociedades más progresistas son capaces de asegurar un trabajo digno a millones de ciudadanos. ¿Qué progreso es este que, lanzándonos a todos hacia el bienestar, deja a tantas familias sin recursos para vivir con dignidad?


La crisis está arruinando el sistema democrático. Presionados por las exigencias del Dinero, los gobernantes no pueden atender a las verdaderas necesidades de sus pueblos. ¿Qué es la política si ya no está al servicio del bien común?


La disminución de los gastos sociales en los diversos campos y la privatización interesada e indigna de servicios públicos como la sanidad seguirán golpeando a los más indefensos generando cada vez más exclusión, desigualdad vergonzosa y fractura social.


Los seguidores de Jesús no podemos vivir encerrados en una religión aislada de este drama humano. Las comunidades cristianas pueden ser en estos momentos un espacio de concienciación, discernimiento y compromiso. Nos hemos de ayudar a vivir con lucidez y responsabilidad. La crisis nos puede hacer más humanos y más cristianos.(J.A. Pagola)

sábado, 14 de septiembre de 2013

24º Domingo ordinario: Lc 15, 1-32


24º Domingo: Lc 15, 1 -32
Jesús buscaba sin duda la «conversión» de todo el pueblo de Israel. Nadie lo dudaba. Entonces, ¿por qué perdía el tiempo acogiendo a prostitutas y recaudadores, gente al fin y al cabo indeseable y pecadora? ¿Por qué se despreocupaba de los que vivían en el marco de la Alianza y se dedicaba tanto a un pequeño grupo de perdidos y perdidas?

Jesús respondió con varias parábolas. Quería meter en el corazón de todos algo que llevaba muy dentro. Los «perdidos» le pertenecen a Dios. Él los busca apasionadamente y, cuando los recupera, su alegría es incontenible. Todos tendríamos que alegrarnos con él.

En una de las parábolas habla de un «pastor insensato» que ha perdido una oveja. Aunque está perdida, aquella oveja es suya. Por eso, no duda en salir a buscarla, abandonando en «el campo» al resto del rebaño. Cuando la encuentra, su alegría es indescriptible. «La carga sobre los hombros», en un gesto de ternura y cariño, y se la lleva a casa. Al llegar, invita a sus amigos a compartir su alegría. Todos le entenderán: «He encontrado la oveja que se me había perdido».

La gente no se lo podía creer. ¿No es una locura arriesgar así la suerte de todo el rebaño? ¿Acaso una oveja vale más que las noventa y nueve? ¿Puede este pastor insensato ser metáfora de Dios? ¿Será verdad que Dios no rechaza a los «perdidos», sino que los busca apasionadamente? ¿Será cierto que el Padre no da a nadie por perdido?

La parábola explica muy bien por qué Jesús busca el encuentro con pecadores y prostitutas. Su actuación con las «ovejas perdidas» de Israel hace pensar. ¿Dónde se mueven hoy los pastores llamados a actuar como Jesús? ¿Dentro del redil o junto a las ovejas alejadas? ¿Cuántos se dedican a escuchar a los «perdidos», ofrecerles la amistad de Dios y acompañarlos en su posible retorno al Padre?

Nosotros somos más «sensatos» que Jesús. Para nosotros, lo primero es cuidar y defender a los cristianos. Luego, gritar desde lejos a toda esa gente perdida que vive al margen de la moral que predicamos. Pero entonces, ¿cómo podrán creer que Dios no los está condenando desde lejos sino buscando desde cerca?
No quería Jesús que la gente de Galilea  sintiera a Dios como un rey, un señor o un juez. Él lo experimentaba como un padre increíblemente bueno. En la parábola del «padre bueno» les hizo ver cómo imaginaba él a Dios.
Dios es como un padre que no piensa en su propia herencia. Respeta las decisiones de sus hijos. No se ofende cuando uno de ellos le da por «muerto» y le pide su parte de la herencia.
Lo ve partir de casa con tristeza, pero nunca lo olvida. Aquel hijo siempre podrá volver a casa sin temor alguno. Cuando un día lo ve venir hambriento y humillado, el padre «se conmueve», pierde el control y corre al encuentro de su hijo.
Se olvida de su dignidad de «señor» de la familia, y lo abraza y besa efusivamente como una madre. Interrumpe su confesión para ahorrarle más humillaciones. Ya ha sufrido bastante. No necesita explicaciones para acogerlo como hijo.
No le impone castigo alguno. No le exige un ritual de purificación. No parece sentir siquiera la necesidad de manifestarle su perdón. No hace falta. Nunca ha dejado de amarlo. Siempre ha buscado su felicidad.
Él mismo se preocupa de que su hijo se sienta de nuevo bien. Le regala el anillo de la casa y el mejor vestido. Ofrece una fiesta a todo el pueblo. Habrá banquete, música y baile. El hijo ha de conocer junto al padre la fiesta buena de la vida, no la diversión falsa que buscaba entre prostitutas paganas.
Así sentía Jesús a Dios y así lo repetiría también hoy a quienes olvidados de él, se sienten lejos o comienzan a verse como «perdidos» en medio de la vida.
Cualquier teología, predicación o catequesis que olvida esta parábola central de Jesús e impide experimentar a Dios como un Padre respetuoso y bueno, que acoge a sus hijos perdidos ofreciéndoles su perdón gratuito e incondicional, no proviene de Jesús ni transmite su Buena Noticia de Dios. (J.A.Pagola)

miércoles, 4 de septiembre de 2013

23er Domingo ordinario: Lc 14, 25-33


23er Domingo : Lc 14, 25-33

 El evangelio de hoy nos pone nuevamente delante de unas fuertes exigencias para seguir a Jesús. En efecto, para ser cristiano, se requiere mucho más que el bautismo, que es la condición y la práctica hoy para ser un cristiano reconocido al menos en derecho, al estar inscrito en un registro.
Ahora bien si se considera que el bautismo es como la “semilla de vida divina”, esa semilla requiere de esmerados cuidados para producir frutos. Eso será la tarea de los padres y de todos los que intervienen en la formación y catequesis del niño.
Por la lectura del evangelio de hoy, se ve que la cosa no era así al comienzo. Se describen condiciones muy duras y prácticamente utópicas para seguir a Jesús.

La primera condición: “cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos  y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo”.
Jesús parece poner una condición imposible. Suena muy duro, como algo inhumano.
Mirándolo de más cerca, tal vez no se trata de comparar cariños y amores. Más bien hay que entenderlo a partir del proyecto de Jesús: la venida del Reino en medio de nosotros. Eso es lo central del Evangelio como es lo central en la oración que Jesús nos enseñó: el Padre nuestro.  Si el afecto a la familia y a nuestros seres queridos impidiera la venida del Reino, entonces no se estaría en la línea del evangelio. Si solamente me importan los míos y mi vida, desligándome de la misión cristiana de construir un mundo con más justicia, más conforme al proyecto de Jesús, entonces dejo de ser discípulo de Jesús. Seré un cristiano de nombre pero no de verdad.

La segunda condición: “El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”.
A veces se ha entendido esta condición en un sentido muy pasivo. Aguantar y sufrir lo que se me viene encima: los múltiples problemas que va presentando  la vida, o problemas de salud, de relaciones humanas, etc.
Antiguamente se asociaba también a hacer sacrificios, a mortificarse: de allí las prácticas de severas penitencias, de mandas.
En el contexto del evangelio y de la vida de Jesús, la cruz es la máxima expresión de fidelidad de Jesús a su proyecto, a lo que el Padre quiso que entregara. Tal como Jesús sufrió la persecución y hasta la muerte en cruz por ser consecuente con su proyecto, también al discípulo de Jesús le tocará la oposición, el rechazo y la persecución si retoma ese proyecto.
Hay que hacerlo con discernimiento y calibrando sus fuerzas, no comprometiéndose a más de lo que se pueda cumplir. Es el significado de los dos ejemplos que se agregan. La construcción de la torre exige hacer una buena planificación para calcular los materiales de que se disponen. O si se va ir a una batalla, hay que contar con las fuerzas suficientes para enfrentar al adversario. Aquí no se trata tanto de prudencia o de cálculo humano, sino de poder testimoniar y sostener el testimonio por el Reino.

La tercera condición parece ser la más drástica: “Cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo”.
¿Cómo se puede entender una formulación tan radical?
Es nuevamente una invitación a situarnos delante de las exigencias del Reino. Cuesta convencernos que el Reino tiene que ver con el aquí y ahora, con nuestro mundo de hoy y con las realidades de cada día. Todo sería más simple si estuviera lejos o si fuera algo más bien para la otra vida. Pero no es esa la presentación del Reino que Jesús proclamó.
Igual que en tiempos de Jesús, entre nosotros hay también injusticias. Es posible que el apego a los bienes o a los privilegios que se poseen, constituyen un obstáculo para poner fin a las injusticias. A nivel global, se constata que unos pocos acaparan mucho y grandes masas van quedando con poco. Chile no es una excepción a esa triste tendencia mundial.  Mientras el 10% más acomodado disfruta del  41% del PIB, el 10% más pobre se tiene que conformar con el  1,2 % del PIB.

Según la ética del evangelio, lo propio deja de ser de uno cuando otro lo necesita, entendiéndolo, por supuesto, en primera instancia, a nivel de satisfacción de necesidades básicas y vitales. Porque lo primero siempre es la dignidad del ser humano. Nada ni nadie puede postergar ese derecho inherente a todo ser humano: su dignidad. De allí viene la gran tradición de la práctica de la caridad en la historia de la Iglesia frente a las carencias y a todo lo que disminuye o imposibilita una vida humana digna.
 El agudo sentido social del P. Hurtado le hizo decir con razón que “donde termina la justicia, empieza la caridad”. El sentido social no es otro que el sentido de la dignidad de todo ser humano. Esa dignidad no suele restituirse con una limosna o cualquier acción caritativa puntual. La dignidad se restituye generando condiciones que fomentan el desarrollo de la persona, de sus capacidades, de todo su ser. Esa es precisamente tarea de la justicia.
El evangelio no es una invitación a construir ideologías de corte socialista, o sociedades igualitarias. Es claramente una invitación a desprenderse de si mismo, a abrirse al otro, a fomentar la comunión de personas.
Aceptemos de buena gana la invitación del Papa Francisco a salir de nosotros mismos, a ir a las periferias, a salir de nuestras comodidades, a jugarnos, desde nuestra fe, por un mundo más justo, más conforme al proyecto de Jesús.

jueves, 29 de agosto de 2013

22º Domingo ordinario: Lc 14, 1.7-14


  22º Domingo: Lc 14, 1.7-14

“Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos”. Aquí tenemos los dos elementos que configuran el mundo futuro e ideal para el judío piadoso: el descanso y la mesa compartida. Desde siempre para los judíos era una norma social y religiosa convidar a la mesa a gente humilde o al menos llevarles parte del banquete con ocasión de una fiesta religiosa u otra fiesta importante. Ahora bien ese deber de compartir fraterno se fue descuidando para convidar sólo amigos y relaciones útiles. Es precisamente lo que Jesús echa en cara en la segunda parte. “Cuando des un banquete, no invites a tus amigos ni a tus vecinos ricos, sino más bien a los pobres, a los lisiados…”, a los que no podrán retribuirte.
El discurso de Jesús está en continuidad con lo que Dios quiere para los hombres y que ya se manifestara de muchas formas en el primer testamento. Es lo que los evangelios llamarán el anuncio del Reino  o la Buena Nueva y que pasa por considerarnos, por amar y servirnos, por erradicar todo aquello que  pueda separar y dividirnos, por luchar contra todos los flagelos que impidan una vida humana digna. Por otro lado, el discurso de Jesús es ruptura con las distorsiones del sueño de Dios que los hombres han introducido. La búsqueda de figuración, de afán de poder, de ser más importante que el otro, de ser calculador para conseguir más en provecho propio.
Con este trasfondo debemos concluir que el cristiano debe sentar a su mesa, o lo que es igual, compartir su vida con los marginados de la sociedad, que no tienen, por lo común, lugar en la mesa de la vida: pobres, lisiados, cojos y ciegos como se describen en los evangelios en tiempo de Jesús. Hoy se nos agregan muchas otras categorías de personas: los sin casa, los sin acceso a salud, los con poca oportunidad de educación, los drogadictos etc. Quien genera un importante espacio en su vida para acogerlos y servirlos, sentirá la dicha verdadera de quien da sin esperar recibir. “Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte…”
Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy muestran las reglas de oro del protocolo cristiano: renunciar a darse importancia, invitar a quienes no pueden corresponder; dar la preferencia a los demás, sentar a la mesa de la vida a quienes hemos arrojado lejos de la sociedad.
Este domingo 1º de septiembre, iniciamos el mes de la Patria. Pero tomemos creciente conciencia que la verdadera patria  es la que nos encamina al reino de Dios, donde no habrá más marginados, ni excluidos sociales, ni odios, ni rencores, ni rivalidades, ni injusticias sociales. Todo eso por supuesto es un horizonte utópico. La utopía es lo que viene a dar sentido al esfuerzo de cada día, lo que nos anima e impulsa a hacer el bien y a soñar con este Chile para que esté de a poco más cerca del corazón de Jesús.
¿Cuál es el camino? De eso trata el evangelio de hoy. Jesús se ha definido en el evangelio de Juan como camino, verdad y vida, o como camino que lleva a la verdad que es y conduce a la vida. Y la vida florece en plenitud entre nosotros cuando está impregnada de amor sin deseos de protagonismo, cuando se sabe ocupar el único lugar de libre elección del cristiano: el último puesto, para que no haya últimos, para que no haya quienes estén arriba y abajo, como Jesús se propuso. Maravillosa utopía que nos empuja para conseguir cuanto antes la única aspiración o meta que debe ponerse el cristiano: la de hacer un mundo de hermanos, igualados en el servicio mutuo.
Que el Padre Hurtado mantenga viva en nuestros corazones la llama de la solidaridad que no se limita al mes de la solidaridad que recién concluyó, sino que es tarea de cada día de nuestra la vida.


sábado, 24 de agosto de 2013

21º Domingo ordinario: Lc 13, 22-30


21º Domingo : Lc 13, 22-30

El evangelio de hoy plantea la pregunta de quienes y cuantos se salvan, en el contexto que el lector del evangelio, se supone, ya tiene presente. Recordándolo brevemente, se puede señalar que el evangelio de Lucas se construye en torno al viaje de Jesús a Jerusalén donde se entregará al Padre en la cruz, mientras pasa por pueblos y aldeas, sanando y curando a la gente de todo tipo de dolencias y enfermedades. El evangelio describe su misión como liberadora para toda esa gente, devolviéndoles una vida más digna y más humana. Esa acción- predicación de Jesús se enfrenta con un importante y poderoso grupo de judíos que tiene otro discurso con otra acción. Son aquellos que se consideran puros, fieles cumplidores e intérpretes de la Ley. Son quienes pasan por la puerta ancha de su comodidad, de su exclusividad, de sus privilegios y ventajas sobre la pobreza del pueblo, las mujeres, los niños, los enfermos, los extranjeros y los pecadores. Era el grupo que ejercía el poder desde el Templo y que en el nombre de su concepto de Dios, tiranizaba y cargaba al pueblo con impuestos, diezmos, castigos y ritos de pureza. Las actuaciones de estos grupos eran carentes de sentimientos, bondad, solidaridad o compasión hacia sus semejantes. Se creían superiores y se revestían con túnicas para que todos los admiraran.

Es en ese contexto que alguien pregunta lo que seguramente se comentaba (y enseñaba): “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?”
La respuesta de Jesús no irá a la cantidad de los que se salvan sino al “cómo” se salvan. Jesús quiere llevar a las exigencias del Reino y a los requisitos de la salvación.
Una primera respuesta de Jesús, es que no sirve o en todo caso no basta para salvarse el hecho de pertenecer a determinado pueblo, a determinada raza o tradición, institución, aunque fuera el pueblo elegido del que proviene el Salvador: “Hemos comido y bebido contigo y tú enseñaste en nuestras plazas”. En términos actuales se podría decir que no basta ser bautizado e ir a la iglesia para ser salvado.

¿Qué es lo que falta? Lo que pone en el camino de la salvación, pasando por la puerta estrecha, depende de una decisión personal. Eso es muy propio de la espiritualidad ignaciana: elegir y aprender a vivir lo que Dios quiere para mí y mi compromiso en el proyecto de Dios en su hijo Jesús para todos los hombres.
Elegir la puerta estrecha es elegir seguir a Jesús en su camino a Jerusalén, compartiendo con entusiasmo su predicación-acción. Es el empeño personal y serio por el reino de Dios.
Leer la palabra de Dios, participar de la Eucaristía, rezar y practicar devociones es importante pero no suficiente para salvarse. Porque a la devoción y a la liturgia se debe unir la vida con la práctica de la justicia y del amor fraterno. Es otro vigoroso mensaje del evangelio en este mes de la solidaridad. Lo recuerda y refuerza el lema que nos acompaña e inspira durante este mes: “Cuando ayudas a otro con su cruz, el corazón vuelve a sentir”.
Ya el profeta Isaías lo señala: “Sus solemnidades y fiestas las detesto; se me han vuelto una carga que no soporto más; cuando extienden las manos, cierro los ojos; aunque multipliquen las plegarias, no las escucharé…. Busquen el derecho, enderecen al oprimido; defiendan al huérfano, protejan a la viuda. Entonces sus pecados…blanquearán como nieve.”(1, 14 – 18)

El evangelio de hoy tiene un impresionante final. Al Reino de Dios son admitidos todos los justos de la tierra, todos los hombres de buena voluntad, todos los que han luchado consciente o inconscientemente para construir un mundo según el proyecto de Dios manifestado por Jesús. Esto significa que el cristianismo se abre a todas las razas, a todas las culturas, a todas las expresiones sociales y personales sin ninguna restricción.


sábado, 17 de agosto de 2013

20º Domingo ordinario: Lc 12, 49-53


20º Domingo: Lc 12, 49-53

En un estilo claramente profético, Jesús resume su vida entera con unas palabras insólitas: “Yo he venido a prender fuego en el mundo, y ¡ojalá estuviera ya ardiendo!”. ¿De qué está hablando Jesús? El carácter enigmático de su lenguaje conduce a los exegetas a buscar la respuesta en diferentes direcciones. En cualquier caso, la imagen del “fuego” nos está invitando a acercarnos a su misterio de manera más ardiente y apasionada. El fuego que arde en su interior es la pasión por Dios y la compasión por los que sufren. Jamás podrá ser desvelado ese amor insondable que anima su vida entera. Su misterio no quedará nunca encerrado en fórmulas dogmáticas ni en libros de sabios. Nadie escribirá un libro definitivo sobre él. Jesús atrae y quema, turba y purifica. Nadie podrá seguirlo con el corazón apagado o con piedad aburrida.
Su palabra hace arder los corazones. Se ofrece amistosamente a los más excluidos, despierta la esperanza en las prostitutas y la confianza en los pecadores más despreciados, lucha contra todo lo que hace daño al ser humano. Combate los formalismos religiosos, los rigorismos inhumanos y las interpretaciones estrechas de la ley. Nada ni nadie puede encadenar su libertad para hacer el bien. Nunca podremos seguirlo viviendo en la rutina religiosa o el convencionalismo de “lo correcto”.
Jesús enciende los conflictos, no los apaga. No ha venido a traer falsa tranquilidad, sino tensiones, enfrentamiento y divisiones. En realidad, introduce el conflicto en nuestro propio corazón. No es posible defenderse de su llamada tras el escudo de ritos religiosos o prácticas sociales. Ninguna religión nos protegerá de su mirada. Ningún agnosticismo nos librará de su desafío. Jesús nos está llamando a vivir en verdad y a amar sin egoísmos.
Su fuego no ha quedado apagado al sumergirse en las aguas profundas de la muerte. Resucitado a una vida nueva, su Espíritu sigue ardiendo a lo largo de la historia. Los primeros seguidores lo sienten arder en sus corazones cuando escuchan sus palabras mientras camina junto a ellos.
¿Dónde es posible sentir hoy ese fuego de Jesús? ¿Dónde podemos experimentar la fuerza de su libertad creadora? ¿Cuándo arden nuestros corazones al acoger su Evangelio? ¿Dónde se vive de manera apasionada siguiendo sus pasos? Aunque la fe cristiana parece extinguirse hoy entre nosotros, el fuego traído por Jesús al mundo sigue ardiendo bajo las cenizas. No podemos dejar que se apague. Sin fuego en el corazón no es posible seguir a Jesús.
(J.A. Pagola)

Recordamos y celebramos hoy un nuevo aniversario de la pascua de San Alberto Hurtado s.j. Unos años atrás se publicó un librito con extractos de sus escritos y cuyo título es: “Un fuego que enciende otros fuegos”. Como el Jesús de los evangelios no deja indiferente a nadie, Alberto Hurtado, fiel apóstol de Jesucristo, sacudió a los chilenos de su época. Su vida fue una opción por los pobres y excluidos, su pluma denunciaba las injusticias de su tiempo y sus discursos encendían los corazones de miles de jóvenes. Nuestro mundo  necesita de figuras cuyo corazón arde de amor por Jesús para que entendamos mejor el mensaje del evangelio de hoy. En este sentido Alberto Hurtado es un gran ejemplo.

viernes, 9 de agosto de 2013

19º Domingo ordinario: Lc 12, 32-48

19º Domingo: Lc 12, 32-48

No es fácil vivir la fe en el mundo en que estamos. Los valores que se promueven  tienen que ver con satisfacción inmediata. La comida tiende a ser comida chatarra. Se incentiva el uso de objetos desechables. Se exalta la belleza del cuerpo y para lograrlo se expenden muchos productos y todo tipo de procedimientos. Se invita a adquirir y consumir una enorme variedad de bienes. Se ofrecen montón de facilidades para entrar y quedarse en ese mundo de consumo donde hay que pasarlo bien y disfrutarlo todo. Es un modelo de vida light. Y en eso podemos pasarnos la vida…
La palabra de Dios hoy nos invita a mirar el sentido que damos a nuestra vida y a no dejarnos llevar simplemente por las olas y la corriente del mundo moderno. Nos invita a hacer las siguientes preguntas:
¿Qué es lo que me mueve en la vida? ¿Qué es lo que cautiva mis energías más profundas? ¿Dónde tengo puesto mi corazón?
Por allí se nos insinúa el evangelio de hoy cuando dice: “Donde está tu tesoro, allí también estará tu corazón”. El corazón se prende de lo que mueve mi vida.
Una vida ilustrada por el evangelio tiene una fuerte dimensión contra cultural, como corriente contraria al ambiente en el que estamos inmersos. Eso nos lleva a situarnos y, eventualmente a protestar contra lo que el mundo presenta como ideal de vida. Según el evangelio, los bienes son para compartirlos, no para adquirirlos y guardarlos. Estamos llamados a ser solidarios, a compartir, a hacer partícipes a los demás de los bienes que llamamos 'propios'; a ser misericordiosos, compasivos, justos. Eso es traducir en lenguaje actual lo que nos dice claramente este evangelio. “Vendan sus bienes y den limosnas; háganse bolsas que no se estropeen etc.” Dar limosna (el término griego) tiene también el sentido de ser misericordioso.

La vida tiene sentido como vida de servicio (“tener el delantal puesto”): Servir al prójimo hasta la muerte. San Ignacio de Loyola resume el itinerario espiritual de sus ejercicios como la disposición para “en todo amar y servir”. Lo mismo nos dice hoy esa parábola del evangelio.

Continúa el texto de hoy con la imagen del buen administrador. Ser buenos administradores, fieles y solícitos, es ser emprendedores para configurar este mundo según el proyecto de Jesús. “Buscar el reino o que Dios reine, no es entrar en una actitud pasiva o una evasión hacia arriba” como se podría pensar por lo que dice el evangelio unos versículos antes (27-31). Es una invitación a ser administradores proactivos, creativos, no a ser dueños y a apropiarse. Todos los bienes son dados para usar de ellos conforme el proyecto del Señor, porque es “decisión del Padre reinar de hecho sobre ustedes”.
Aquí se mete  el tema ético de todas las formas de emprendimiento: no amasar tesoros donde roe la polilla, metáfora para hablar de los bienes que se pretenden guardar para uno; sino trabajar por “un tesoro inagotable en el cielo”, es decir los valores de solidaridad, de compartir, de mejorar el mundo de mil maneras conforme la decisión del Padre manifestada en Jesús. Por allí podemos entender la insistencia del evangelio a la vigilante espera.
 Jesús nos recuerda que “a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del Hombre”. Este Hijo de Hombre que llega “como un ladrón”, es decir, sin avisar; como un señor que vuelve a casa de noche, es decir, no se sabe la hora; como un amo que deja encargado y pide cuentas, es decir, inesperadamente. El que el Señor llega no tenemos solamente que pensar que será cuando muramos. Cristo llega en cualquier y en varios momentos de nuestra vida. Llega en los acontecimientos, en las personas, en las cosas, en su palabra, llega siempre, pasa a nuestro lado en cada momento. ¿Hemos estado atentos? ¿Qué podemos hacer para estar en espera vigilante? Dos cosas, desde este evangelio que acabamos de leer. La primera: no tener miedo. El amor de Dios da consistencia a nuestra vida. Sin esa confianza básica, sin esa liberación al miedo, no es fácil esperar porque permanecemos prisioneros de nuestra propia búsqueda de seguridad. La segunda: ser “ligeros de equipaje”, los bienes nos trastornan nuestra vida y tranquilidad, obsesionan nuestro corazón que tiende a ellos. Cuántos han dejado pasar al Señor que ha llegado a sus vidas y no han sido capaces de descubrirlo pues su corazón está ocupado en un tesoro material y pasajero. Por lo tanto confianza en Dios y desprendimiento de uno mismo, a través de los bienes, nos harán posible una sana y feliz espera vigilante.