sábado, 17 de agosto de 2013

20º Domingo ordinario: Lc 12, 49-53


20º Domingo: Lc 12, 49-53

En un estilo claramente profético, Jesús resume su vida entera con unas palabras insólitas: “Yo he venido a prender fuego en el mundo, y ¡ojalá estuviera ya ardiendo!”. ¿De qué está hablando Jesús? El carácter enigmático de su lenguaje conduce a los exegetas a buscar la respuesta en diferentes direcciones. En cualquier caso, la imagen del “fuego” nos está invitando a acercarnos a su misterio de manera más ardiente y apasionada. El fuego que arde en su interior es la pasión por Dios y la compasión por los que sufren. Jamás podrá ser desvelado ese amor insondable que anima su vida entera. Su misterio no quedará nunca encerrado en fórmulas dogmáticas ni en libros de sabios. Nadie escribirá un libro definitivo sobre él. Jesús atrae y quema, turba y purifica. Nadie podrá seguirlo con el corazón apagado o con piedad aburrida.
Su palabra hace arder los corazones. Se ofrece amistosamente a los más excluidos, despierta la esperanza en las prostitutas y la confianza en los pecadores más despreciados, lucha contra todo lo que hace daño al ser humano. Combate los formalismos religiosos, los rigorismos inhumanos y las interpretaciones estrechas de la ley. Nada ni nadie puede encadenar su libertad para hacer el bien. Nunca podremos seguirlo viviendo en la rutina religiosa o el convencionalismo de “lo correcto”.
Jesús enciende los conflictos, no los apaga. No ha venido a traer falsa tranquilidad, sino tensiones, enfrentamiento y divisiones. En realidad, introduce el conflicto en nuestro propio corazón. No es posible defenderse de su llamada tras el escudo de ritos religiosos o prácticas sociales. Ninguna religión nos protegerá de su mirada. Ningún agnosticismo nos librará de su desafío. Jesús nos está llamando a vivir en verdad y a amar sin egoísmos.
Su fuego no ha quedado apagado al sumergirse en las aguas profundas de la muerte. Resucitado a una vida nueva, su Espíritu sigue ardiendo a lo largo de la historia. Los primeros seguidores lo sienten arder en sus corazones cuando escuchan sus palabras mientras camina junto a ellos.
¿Dónde es posible sentir hoy ese fuego de Jesús? ¿Dónde podemos experimentar la fuerza de su libertad creadora? ¿Cuándo arden nuestros corazones al acoger su Evangelio? ¿Dónde se vive de manera apasionada siguiendo sus pasos? Aunque la fe cristiana parece extinguirse hoy entre nosotros, el fuego traído por Jesús al mundo sigue ardiendo bajo las cenizas. No podemos dejar que se apague. Sin fuego en el corazón no es posible seguir a Jesús.
(J.A. Pagola)

Recordamos y celebramos hoy un nuevo aniversario de la pascua de San Alberto Hurtado s.j. Unos años atrás se publicó un librito con extractos de sus escritos y cuyo título es: “Un fuego que enciende otros fuegos”. Como el Jesús de los evangelios no deja indiferente a nadie, Alberto Hurtado, fiel apóstol de Jesucristo, sacudió a los chilenos de su época. Su vida fue una opción por los pobres y excluidos, su pluma denunciaba las injusticias de su tiempo y sus discursos encendían los corazones de miles de jóvenes. Nuestro mundo  necesita de figuras cuyo corazón arde de amor por Jesús para que entendamos mejor el mensaje del evangelio de hoy. En este sentido Alberto Hurtado es un gran ejemplo.

viernes, 9 de agosto de 2013

19º Domingo ordinario: Lc 12, 32-48

19º Domingo: Lc 12, 32-48

No es fácil vivir la fe en el mundo en que estamos. Los valores que se promueven  tienen que ver con satisfacción inmediata. La comida tiende a ser comida chatarra. Se incentiva el uso de objetos desechables. Se exalta la belleza del cuerpo y para lograrlo se expenden muchos productos y todo tipo de procedimientos. Se invita a adquirir y consumir una enorme variedad de bienes. Se ofrecen montón de facilidades para entrar y quedarse en ese mundo de consumo donde hay que pasarlo bien y disfrutarlo todo. Es un modelo de vida light. Y en eso podemos pasarnos la vida…
La palabra de Dios hoy nos invita a mirar el sentido que damos a nuestra vida y a no dejarnos llevar simplemente por las olas y la corriente del mundo moderno. Nos invita a hacer las siguientes preguntas:
¿Qué es lo que me mueve en la vida? ¿Qué es lo que cautiva mis energías más profundas? ¿Dónde tengo puesto mi corazón?
Por allí se nos insinúa el evangelio de hoy cuando dice: “Donde está tu tesoro, allí también estará tu corazón”. El corazón se prende de lo que mueve mi vida.
Una vida ilustrada por el evangelio tiene una fuerte dimensión contra cultural, como corriente contraria al ambiente en el que estamos inmersos. Eso nos lleva a situarnos y, eventualmente a protestar contra lo que el mundo presenta como ideal de vida. Según el evangelio, los bienes son para compartirlos, no para adquirirlos y guardarlos. Estamos llamados a ser solidarios, a compartir, a hacer partícipes a los demás de los bienes que llamamos 'propios'; a ser misericordiosos, compasivos, justos. Eso es traducir en lenguaje actual lo que nos dice claramente este evangelio. “Vendan sus bienes y den limosnas; háganse bolsas que no se estropeen etc.” Dar limosna (el término griego) tiene también el sentido de ser misericordioso.

La vida tiene sentido como vida de servicio (“tener el delantal puesto”): Servir al prójimo hasta la muerte. San Ignacio de Loyola resume el itinerario espiritual de sus ejercicios como la disposición para “en todo amar y servir”. Lo mismo nos dice hoy esa parábola del evangelio.

Continúa el texto de hoy con la imagen del buen administrador. Ser buenos administradores, fieles y solícitos, es ser emprendedores para configurar este mundo según el proyecto de Jesús. “Buscar el reino o que Dios reine, no es entrar en una actitud pasiva o una evasión hacia arriba” como se podría pensar por lo que dice el evangelio unos versículos antes (27-31). Es una invitación a ser administradores proactivos, creativos, no a ser dueños y a apropiarse. Todos los bienes son dados para usar de ellos conforme el proyecto del Señor, porque es “decisión del Padre reinar de hecho sobre ustedes”.
Aquí se mete  el tema ético de todas las formas de emprendimiento: no amasar tesoros donde roe la polilla, metáfora para hablar de los bienes que se pretenden guardar para uno; sino trabajar por “un tesoro inagotable en el cielo”, es decir los valores de solidaridad, de compartir, de mejorar el mundo de mil maneras conforme la decisión del Padre manifestada en Jesús. Por allí podemos entender la insistencia del evangelio a la vigilante espera.
 Jesús nos recuerda que “a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del Hombre”. Este Hijo de Hombre que llega “como un ladrón”, es decir, sin avisar; como un señor que vuelve a casa de noche, es decir, no se sabe la hora; como un amo que deja encargado y pide cuentas, es decir, inesperadamente. El que el Señor llega no tenemos solamente que pensar que será cuando muramos. Cristo llega en cualquier y en varios momentos de nuestra vida. Llega en los acontecimientos, en las personas, en las cosas, en su palabra, llega siempre, pasa a nuestro lado en cada momento. ¿Hemos estado atentos? ¿Qué podemos hacer para estar en espera vigilante? Dos cosas, desde este evangelio que acabamos de leer. La primera: no tener miedo. El amor de Dios da consistencia a nuestra vida. Sin esa confianza básica, sin esa liberación al miedo, no es fácil esperar porque permanecemos prisioneros de nuestra propia búsqueda de seguridad. La segunda: ser “ligeros de equipaje”, los bienes nos trastornan nuestra vida y tranquilidad, obsesionan nuestro corazón que tiende a ellos. Cuántos han dejado pasar al Señor que ha llegado a sus vidas y no han sido capaces de descubrirlo pues su corazón está ocupado en un tesoro material y pasajero. Por lo tanto confianza en Dios y desprendimiento de uno mismo, a través de los bienes, nos harán posible una sana y feliz espera vigilante.

viernes, 2 de agosto de 2013

18º Domingo ordinario: Lc 12, 13-21


18º Domingo: Lc 12, 13-21(Parábola del rico necio)

¿Quién de nosotros no busca ser feliz? Dios nos ha hecho a su imagen y semejanza, es decir para ser felices, para amar y vivir en comunidad.
¿Estamos tan convencidos que esa felicidad pasa por la solidaridad y por el compartir? Puede ser una excelente pregunta al iniciar este mes de agosto, mes de la solidaridad.
Grande es la tentación de creer que la felicidad pasa por tener riqueza. Es el discurso en torno al cual nuestro mundo y nuestra convivencia se estructuran hoy. Desarrollo = riqueza = felicidad. El dinero y la riqueza no son intrínsecamente malos. Si se reparten bien y mejoran las condiciones de vida de los más necesitados, bendito sea. La excesiva acumulación de riqueza en pocas manos constituye un serio interrogante ético.

Sabemos que Chile está dentro de los países en el mundo con la peor distribución de ingresos:¡ en el puesto nº 15!
Sabemos también de la enorme desigualdad entre países ricos y pobres. Así, el Congo es uno de los países más ricos del mundo en riquezas minerales y granero de África por su potencial agrícola. Sin embargo es uno de los países más pobres de la tierra: ocupa el puesto 187 en la clasificación del PNUD. Con un presupuesto anual equivalente al de la ciudad de Amberes (menos de 500.000 habitantes), la administración del Congo no puede cubrir eficazmente servicios públicos básicos (seguridad, educación, salud etc.) para sus 69 millones de habitantes!

El evangelio de hoy nos invita a situarnos frente a la riqueza cuya raíz es la codicia/avaricia. Y nos dice la palabra de Dios: “aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”. Si entendemos por vida, la felicidad de un ser humano, no lo conseguirá por la acumulación de riqueza.
Jesús recurre a una parábola para reforzar la sentencia.
La parábola refleja la inmensa pobreza de un rico, la gran soledad de quien se creía tenerlo todo (habla consigo mismo), la inseguridad de quien piensa que sus posesiones le garantizan no sólo el presente, sino el futuro, el egoísmo de quien podía permitirse el lujo de ser generoso y ayudar con sus bienes a los demás y sólo sueña en acumular para sí y darse la buena vida, aun que los otros no tengan ni para comer.
Jesús se muestra, por su parte, realista. Para él, los bienes no son malos, pues son necesarios para la vida. Se convierten en perversos cuando se concentran en manos de uno, produciendo como consecuencia que unos carezcan precisamente de aquello que a otros sobra.
Este rico es paradigma de todos los ricos. Los bienes que posee –una gran cosecha- no aparecen en la parábola ni siquiera como producidos por él, ni como fruto de su trabajo, pues la parábola comienza con estas palabras: “Las tierras de un hombre rico dieron una gran cosecha”. Las tierras son de Dios y pertenecen a todos, no sólo al rico. Dios quiere que las riquezas se compartan  con el pobre, el huérfano, la viuda y el extranjero (enumeración tradicional en la Biblia), esto es, con los seres desvalidos y desamparados de Israel; hoy, los  sin pensión, sin trabajo, sin vivienda, sin educación, sin salud y sin futuro ni presente.
Pero el rico, que se supone del pueblo de Dios, no tiene esta idea. Su problema es cómo almacenar una cosecha tan grande. Acumular, no compartir es su plan. Y acumular para sí, para darse una buena vida, con la vana ilusión de garantizarse incluso el futuro.
Rico, como era, no pensó que el bien más preciado, la vida, no era de su propiedad. Creado para amar, para vivir en comunidad, para compartir y ser feliz mostrando solidaridad, aquel rico se convierte con su egoísmo en el ser más solitario. Y como está solo, como no consulta con nadie, como vive centrado en sí mismo, es Dios mismo quien interviene en la parábola, la única vez que lo hace Dios en una parábola, para decirle: “Insensato, esta misma noche vas a morir. Lo que tienes preparado, ¿para quién va a ser”?
Tenía que haber compartido la cosecha con los demás; lo que Dios había dado para todos, debería haber sido para disfrutarlo todos.
La insolidaridad es muerte. El generoso compartir es vida.
Que bueno este viejo evangelio al iniciar el mes de la solidaridad donde se destaca la figura emblemática del P. Hurtado, apóstol de la solidaridad. Viviendo la solidaridad y el generoso compartir, sentiremos lo mismo que el sintió y que le hizo exclamar tantas veces: ¡contento Señor, contento!


viernes, 26 de julio de 2013

17º Domingo ordinario: Lc 11, 1-13


17º Domingo ordinario: Lc 11, 1-13

La oración es el espacio que damos para la comunicación con Dios: de Dios con nosotros y de nosotros con Dios. Dios es El que quiere estar con nosotros: El toma la iniciativa. Esa iniciativa es desde su corazón de Padre por sus hijos, de un Padre cercano y tierno (sentido del “Abbá”), cuyo único anhelo es dar lo mejor a sus hijos.

Jamás el hombre habría encontrado las palabras para dirigirse a Dios si no se lo hubiera enseñado. En Jesús, Dios mismo nos enseña las palabras más maravillosas y exactas para dirigirnos a Él. Porque son las palabras que lo dicen todo de Dios, del hombre y de nuestra vida: de nuestras preocupaciones y de las preocupaciones que debiéramos tener.

La oración del “Padre nuestro” es quizás el mejor resumen de todo el Evangelio: en la profunda unión de Jesús con su Padre, se abre y recibe el proyecto del Padre para los hombres. Jesús se desvive hasta la muerte para dar a conocer a los suyos ese proyecto del Padre. Entonces, para Jesús hacer la voluntad del Padre es construir su Reino en medio de nosotros, para que así sea santificado por todos su nombre y todos los seres humanos, que formamos el gran pueblo de Dios, podamos tener vida en abundancia, gracias a que adquirimos como don y con esfuerzo lo que necesitamos para vivir con dignidad (Pan), crecemos en la vida comunitaria y solidaria (Perdón), superemos egoísmos e individualismos (Tentaciones) y nos liberemos de aquello que nos oprime (Mal).(juntando la versión de Lc y Mt)

La oración del Padre nuestro nos hace ver que la primera parte es la causa de Dios: santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino. La segunda parte es la causa del hombre, que no es otra que la causa de Dios: su Reinado en medio de su pueblo! Jesús nos entrega un proyecto y un programa de vida. Fácilmente se nos puede transformar en un rezo que no toque  nuestro corazón ni transforme nuestro entorno.

A continuación viene un pequeño tratado sobre la oración.  La parábola del amigo inoportuno invita a tener confianza y perseverancia en la oración, porque si un amigo da lo que se le pide ante la insistencia del otro, con mayor razón Dios actuará así con los que se dirigen a Él.

En la segunda parte del texto vemos cómo la oración siempre alcanza su objetivo: el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama se le abre. Pero entendámoslo bien: Dios no necesita de nuestros halagos para darnos lo que necesitamos porque Él ya sabe lo que nosotros necesitamos antes de que nosotros se lo pidamos. En este sentido, Lucas nos dice que  la oración constituye una urgente invitación a la confianza y a la insistencia, con la certeza de ser escuchados. Basta precisar que Dios nos escucha, pero no en los tiempos y en los modos que fijamos nosotros. La oración oída es la oración que nos transforma, que nos hace entrar, bajo el impulso del Espíritu, en el proyecto de Dios, que nos introduce en su acción. Lo que se recibe no es automáticamente lo que se pide sino el don del Espíritu, que nos permitirá afrontar las situaciones de la vida con la fuerza de Dios. Así la oración es confianza y no acción mágica que resuelve nuestros problemas o carencias.



viernes, 19 de julio de 2013

16º Domingo ordinario: Lc 10. 38-42


16º Domingo: Lc 10, 38-42

Mientras el grupo de discípulos sigue su camino, Jesús entra solo en una aldea y se dirige a una casa donde encuentra a dos hermanas a las que quiere mucho. La presencia de su amigo Jesús va a provocar en las mujeres dos reacciones muy diferentes.
María, seguramente la hermana más joven, lo deja todo y se queda «sentada a los pies del Señor». Su única preocupación es escucharle. El evangelista la describe con los rasgos que caracterizan al verdadero discípulo: a los pies del Maestro, atenta a su voz, acogiendo su Palabra y alimentándose de su enseñanza.

La reacción de Marta es diferente. Desde que ha llegado Jesús, no hace sino desvivirse por acogerlo y atenderlo debidamente. Lucas la describe agobiada por múltiples ocupaciones. Desbordada por la situación y dolida con su hermana, expone su queja a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano».

Jesús no pierde la paz. Responde a Marta con un cariño grande, repitiendo despacio su nombre; luego, le hace ver que también a él le preocupa su agobio, pero ha de saber que escucharle a él es tan esencial y necesario que a ningún discípulo se le ha de dejar sin su Palabra «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor y no se la quitarán».

Jesús no critica el servicio de Marta. ¿Cómo lo va a hacer si él mismo está enseñando a todos con su ejemplo a vivir acogiendo, sirviendo y ayudando a los demás? Lo que critica es su modo de trabajar de manera nerviosa, bajo la presión de demasiadas ocupaciones.

Jesús no contrapone la vida activa y la contemplativa, ni la escucha fiel de su Palabra y el compromiso de vivir prácticamente su estilo de entrega a los demás. Alerta más bien del peligro de vivir absorbidos por un exceso de actividad, en agitación interior permanente, apagando en nosotros el Espíritu, contagiando nerviosismo y agobio más que paz y amor.

Apremiados por la disminución de fuerzas, nos estamos habituando a pedir a los cristianos más generosos toda clase de compromisos dentro y fuera de la Iglesia. Si, al mismo tiempo, no les ofrecemos espacios y momentos para conocer a Jesús, escuchar su Palabra y alimentarse de su Evangelio, corremos el riesgo de hacer crecer en la Iglesia la agitación y el nerviosismo, pero no su Espíritu y su paz. Nos podemos encontrar con unas comunidades animadas por funcionarios agobiados, pero no por testigos que irradian el aliento y vida de su Maestro.

(J A Pagola)

El P. Hurtado vivía una vida frenética de actividades. Sin embargo la actividad no lo aliena de la intimidad con el Señor, donde reside su verdadera fuerza. “Soy con frecuencia como una roca golpeada por todos lados por las olas que suben. No queda más escapada que por arriba. Durante una hora, durante un día, dejo que las olas azoten la roca; no miro el horizonte, sólo miro hacia arriba, hacia Dios. ¡Oh bendita vida activa, toda consagrada a mi Dios, toda entregada a los hombres, y cuyo exceso mismo me conduce para encontrarme a dirigirme hacia Dios! Él es la sola salida posible en mis preocupaciones, mi único refugio.”
En buscar la voluntad de Dios y en hacer lo que Dios quiere, “que se haga su voluntad”, “que venga a nosotros su Reino”, como lo pedimos en el Padre nuestro, allí reside el secreto del gozo y de la paz.
El P. Hurtado repetía a menudo el “Contento Señor Contento”. Vivía contento y alegre porque su vida era una vida entregada cumpliendo lo que Dios quería (verdadero contemplativo en la acción).
Que al ejemplo de la María del evangelio de hoy, podamos darnos regularmente este espacio que permita acoger al Señor en lo más hondo de nuestro corazón y así tratar de vivir un poco más lo que él quiere.






jueves, 11 de julio de 2013

15º Domingo ordinario:Lucas 10, 25-37

15º Domingo ordinario: Lucas 10, 25-37


“Sean compasivos como su Padre es compasivo”. Esta es la herencia que Jesús ha dejado a la humanidad. Para comprender la revolución que quiere introducir en la historia, hemos de leer con atención su relato del “buen samaritano”. En él se nos describe la actitud que hemos de promover, más allá de nuestras creencias y posiciones ideológicas o religiosas, para construir un mundo más humano. En la cuneta de un camino solitario yace un ser humano, robado, agredido, despojado de todo, medio muerto, abandonado a su suerte. En este herido sin nombre y sin patria resume Jesús la situación de tantas víctimas inocentes maltratadas injustamente y abandonadas en las cunetas de tantos caminos de la historia. En el horizonte aparecen dos viajeros: primero un sacerdote, luego un levita. Los dos pertenecen al mundo respetado de la religión oficial de Jerusalén. Los dos actúan de manera idéntica: “ven al herido, dan un rodeo y pasan de largo”. Los dos cierran sus ojos y su corazón, aquel hombre no existe para ellos, pasan sin detenerse. Esta es la crítica radical de Jesús a toda religión incapaz de generar en sus miembros un corazón compasivo. ¿Qué sentido tiene una religión tan poco humana?
 Por el camino viene un tercer personaje. No es sacerdote ni levita. Ni siquiera pertenece a la religión del Templo. Sin embargo, al llegar, “ve al herido, se conmueve y se acerca”. Luego, hace por aquel desconocido todo lo que puede para rescatarlo con vida y restaurar su dignidad. Esta es la dinámica que Jesús quiere introducir en el mundo. Lo primero es no cerrar los ojos. Saber “mirar” de manera atenta y responsable al que sufre. Esta mirada nos puede liberar del egoísmo y la indiferencia que nos permiten vivir con la conciencia tranquila y la ilusión de inocencia en medio de tantas víctimas inocentes. Al mismo tiempo, “conmovernos” y dejar que su sufrimiento nos duela también a nosotros. Lo decisivo es reaccionar y “acercarnos” al que sufre, no para preguntarnos si tengo o no alguna obligación de ayudarle, sino para descubrir de cerca que es un ser necesitado que nos está llamando. Nuestra actuación concreta nos revelará nuestra calidad humana. Todo esto no es teoría. El samaritano del relato no se siente obligado a cumplir un determinado código religioso o moral. Sencillamente, responde a la situación del herido inventando toda clase de gestos prácticos orientados a aliviar su sufrimiento y restaurar su vida y su dignidad. Jesús concluye con estas palabras. “Vete y haz tú lo mismo”.

J.A.Pagola

El lunes pasado 8 de julio, el Papa Francisco viajó a Lampedusa. Es una pequeña isla italiana, a unos 120 km de la costa africana de Túnez. Recibe muchos refugiados que buscan entrar a la Unión Europea. Agentes explotadores organizan los viajes en frágiles embarcaciones (las pateras) cobrando hasta 1.400 US $ por persona. Se calcula que unas 20.000 personas no llegaron a destino, ahogándose en el mar. El Papa lanzó una corona de flores al mar en recuerdo de ellos y se detuvo a rezar. Luego, en la homilía de la eucaristía señaló:

“Hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna; hemos caído en la actitud hipócrita del sacerdote y del servidor del altar, del que habla Jesús en la parábola del Buen Samaritano. Miramos al hermano medio muerto en el costado del camino, quizás pensamos: pobrecito, y seguimos por nuestro camino, no es nuestra tarea; y con esto nos sentimos bien.
La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos vuelve insensibles a los gritos de los otros, nos hace vivir en burbujas de jabón, que son lindas, pero no son nada, son ilusión de lo superficial, de lo provisorio, que lleva a la indiferencia hacia los otros. Más aún, lleva a la globalización de la indiferencia. ¡Nos hemos acostumbrado al sufrimiento del otro, no tenemos nada que ver, no nos interesa, no es mi problema!
'Adán, ¿dónde estás? ¿Dónde está tu hermano? Son las dos preguntas que Dios pone al inicio de la historia de la humanidad y que dirige también a todos los hombres de nuestro tiempo, también a nosotros.
Pero quisiera que nos planteáramos una pregunta: ¿Quien de entre nosotros ha llorado por este hecho o por hechos como este?, ¿por la muerte de estos hermanos y hermanas? ¿Quién ha llorado por estas personas que estaban sobre la barcaza? ¿Por las jóvenes madres que llevaban a sus niños? ¿Por estos hombres que deseaban algo para apoyar a sus familias? ¡Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia de llorar, del 'sufrir con': ¡es la globalización de la indiferencia!
Pidamos al Señor que borre lo que de Herodes ha quedado también en nuestro corazón. Pidamos al Señor la gracia de llorar nuestra indiferencia, la crueldad que hay en el mundo, en nosotros, también en quienes en el anonimato toman decisiones socio-económicas que abren la calle a dramas como este. '¿Quién ha llorado?'
Señor, en esta que es una liturgia de penitencia, pedimos perdón por la indiferencia hacia tantos hermanos y hermanas. Te pedimos perdón por quien se ha acomodado, por quien se ha cerrado en su propio bienestar que lleva a la anestesia del corazón. Te pedimos perdón por aquellos que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que llevan a este drama.
'¿Adán, dónde estás?' '¿Dónde está la sangre de tu hermano?'. Amen.

jueves, 4 de julio de 2013

14º Domingo ordinario: Lucas, 10, 1-12.17-20


14º Domingo ordinario: Lc 10, 1-12 y 17-20

El Papa Francisco está llamando a la Iglesia a salir de sí misma olvidando miedos e intereses propios, para ponerse en 
contacto con la vida real de las gentes y hacer presente el Evangelio allí donde los hombres y mujeres de hoy sufren y gozan, 
luchan y trabajan.
Con su lenguaje inconfundible y sus palabras vivas y concretas, nos está abriendo los ojos para advertirnos del riesgo de 
una Iglesia que se asfixia en una actitud autodefensiva: “cuando la Iglesia se encierra, se enferma”; “prefiero mil veces una 
Iglesia accidentada a una que esté enferma por encerrarse en sí misma”.
La consigna de Francisco es clara: “La Iglesia ha de salir de sí misma a la periferia, a dar testimonio del Evangelio y a 
encontrarse con los demás”. No está pensando en planteamientos teóricos, sino en pasos muy concretos: “Salgamos de 
nosotros mismos para encontrarnos con la pobreza”.
El Papa sabe lo que está diciendo. Quiere arrastrar a la Iglesia actual hacia una renovación evangélica profunda. No es 
fácil. “La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros, si tenemos todo bajo control, si 
somos nosotros los que construimos, programamos y planificamos nuestra vida según nuestros esquemas, seguridades y 
gustos”.
Pero Francisco no tiene miedo a la “novedad de Dios”. En la fiesta de Pentecostés ha formulado a toda la Iglesia una 
pregunta decisiva a la que tendremos que ir respondiendo en los próximos años: “¿Estamos decididos a recorrer caminos 
nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheraremos en estructuras caducas que han perdido la capacidad 
de respuesta?
No quiero ocultar mi alegría al ver que el Papa Francisco nos llama a reavivar en la Iglesia el aliento evangelizador que 
Jesús quiso que animara siempre a sus seguidores. El evangelista Lucas nos recuerda sus consignas. “Poneos en camino”. 
No hay que esperar a nada. No hemos de retener a Jesús dentro de nuestras parroquias. Hay que darlo a conocer en la vida.
“No llevéis bolsas, alforjas ni sandalias de repuesto”. Hay que salir a la vida de manera sencilla y humilde. Sin 
privilegios ni estructuras de poder. El Evangelio no se impone por la fuerza. Se contagia desde la fe en Jesús y la confianza
en el Padre.
Cuando entréis en una casa, decid: “Paz a esta casa”. Esto es lo primero. Dejad a un lado las condenas, curad a los 
enfermos, aliviad los sufrimientos que hay en el mundo. Decid a todos que Dios está cerca y nos quiere ver trabajando por 
una vida más humana. Esta es la gran noticia del reino de Dios.
(J.A.  Pagola)

Nota
El miércoles 4 de julio, el Papa Francisco se reunió con Daniel Scioli, gobernador de Buenos Aires. Scioli se mostró muy impresionado al ver que el papa se sentía tocado con la idea del viaje que realizará el próximo lunes a la isla de Lampedusa, lugar de desembarques de migrantes clandestinos que llegan a Europa cruzando el mar Mediterráneo en busca de refugio o mejores condiciones de vida, provenientes desde África o Medio Oriente. De los cuales decenas de miles han muerto en los naufragios. 
“Nos contó que él estaba rezando cuando le vino la idea de Lampedusa y se dijo 'Tengo que ir allí'”. “Porque quiere estar con esa gente, rezar con ellos y por tantos muertos” narró el gobernador.