jueves, 16 de mayo de 2013

Pentecostés: Jn 20, 19-23


Jn 20, 19-23: Necesitados de salvación
      Aliento nuevo

NECESITADOS DE SALVACIÓN



El Espíritu Santo de Dios no es propiedad de la Iglesia. No pertenece en exclusiva a las religiones. Hemos de invocar su venida al mundo entero tan necesitado de salvación.

Ven Espíritu creador de Dios. En tu mundo no hay paz. Tus hijos e hijas se matan de manera ciega y cruel. No sabemos resolver nuestros conflictos sin acudir a la fuerza destructora de las armas. Nos hemos acostumbrado a vivir en un mundo ensangrentado por las guerras. Despierta en nosotros el respeto a todo ser humano. Haznos constructores de paz. No nos abandones al poder del mal.

Ven Espíritu liberador de Dios. Muchos de tus hijos e hijas vivimos esclavos del dinero. Atrapados por un sistema que nos impide caminar juntos hacia un mundo más humano. Los poderosos son cada vez más ricos, los débiles cada vez más pobres. Libera en nosotros la fuerza para trabajar por un mundo más justo. Haznos más responsables y solidarios. No nos dejes en manos de nuestro egoísmo.

Ven Espíritu renovador de Dios. La humanidad está rota y fragmentada. Una minoría de tus hijos e hijas disfrutamos de un bienestar que nos está deshumanizando cada vez más. Una mayoría inmensa muere de hambre, miseria y desnutrición. Entre nosotros crece la desigualdad y la exclusión social. Despierta en nosotros la compasión que lucha por la justicia. Enséñanos a defender siempre a los últimos. No nos dejes vivir con un corazón enfermo.

Ven Espíritu consolador de Dios. Muchos de tus hijos e hijas viven sin conocer el amor, el hogar o la amistad. Otros caminan perdidos y sin esperanza. No conocen una vida digna, solo la incertidumbre, el miedo o la depresión. Reaviva en nosotros la atención a los que viven sufriendo. Enséñanos a estar más cerca de quienes están más solos. Cúranos de la indiferencia.

Ven Espíritu bueno de Dios. Muchos de tus hijos e hijas no conocen tu amor ni tu misericordia. Se alejan de Ti porque te tienen miedo. Nuestros jóvenes ya no saben hablar contigo. Tu nombre se va borrando en las conciencias. Despierta en nosotros la fe y la confianza en Ti. Haznos portadores de tu Buena Noticia. No nos dejes huérfanos.

Ven Espíritu vivificador de Dios. Tus hijos e hijas no sabemos cuidar la vida. No acertamos a progresar sin destruir, no sabemos crecer sin acaparar. Estamos haciendo de tu mundo un lugar cada vez más inseguro y peligroso. En muchos va creciendo el miedo y se va apagando la esperanza. No sabemos hacia dónde nos dirigimos. Infunde en nosotros tu aliento creador. Haznos caminar hacia una vida más sana. No nos dejes solos. ¡Sálvanos!




Exhaló su aliento sobre ellos

ALIENTO NUEVO 



Vivimos en una sociedad donde quizás lo más significativo sea su carácter paradójico y hasta contradictorio.


Hemos aprendido a prolongar la vida con toda clase de técnicas, pero no acertamos luego a darle un contenido y un sentido satisfactorio.


Hemos logrado elevar el nivel de bienestar pero son cada día más los que experimentan una sensación difusa de vacío y malestar.


Se han multiplicado nuestras relaciones y contactos a través de toda clase de medios de comunicación y, sin embargo, crece la experiencia de aislamiento y soledad de muchas personas.


Nuestra sociedad está cada vez más poblada de gentes solitarias que buscan desesperadamente amarse, sin conseguirlo.


Hemos aplicado la racionalidad y la técnica a todos los sectores de la vida, pero crece en el mundo lo irracional, la explotación absurda, la violencia y la destrucción.


Movidos por el ansia de tener, acumulamos cosas y «poseemos» personas, pero experimentamos que no es el camino acertado para alcanzar la plenitud.


El hombre contemporáneo está pidiendo a gritos una vida nueva. La humanidad actual tiene «una cabeza demasiado grande para su alma». Necesitamos un aliento nuevo para humanizar nuestro progreso. Un alma nueva capaz de vivificar nuestra existencia.


Y no se trata de pensar en una revolución socio-política ni de derechas ni de izquierdas. Lo que necesitamos es una transformación radical de actitud.


«Una de las condiciones preliminares de la revolución es un cambio radical de la conciencia. El problema central para mí es el saber cómo se puede obtener este cambio radical de los hombres antes del cambio revolucionario de las instituciones de base social y política».


Los creyentes no nos sentimos huérfanos ante tal empresa. Creemos en el Espíritu como proximidad personal de Dios a los hombres y como fuerza, energía, luz y poder de gracia para orientar nuestra historia hacia adelante, hacia su consumación final.


Lo que necesitamos es acrecentar nuestra sensibilidad ante el Espíritu y acoger responsablemente la acción de Dios que, desde el fondo de la vida y lo mejor de nuestro ser, nos llama a caminar desde la hostilidad a la hospitalidad, desde el aislamiento egoísta hacia la fraternidad, del acumular para tener a la plenitud de ser.


Como dijo Juan Pablo II en Hiroshima, la vida de este planeta depende de «un único factor: la humanidad debe hacer una verdadera revolución moral».


Pero esta revolución no se hará si no escuchamos con cuidado y amor la acción profunda del Espíritu de Dios en Nosotros. «Lo que sucede en la profundidad de nuestro ser es digno de todo nuestro amor».



(Comentario de J.A.Pagola)

viernes, 10 de mayo de 2013

La Ascención: Lc 24, 46-53

Ascensión de N.S Jesucristo (Hechos 1, 1-11 – Lucas 24, 46-53)

- “Está en el cielo” se le contesta a un niño que pregunta donde está su abuelito que falleció.
- “¿Y donde está el cielo?” sigue preguntando el niño.
- “Pero sí, lo sabes”, se puede contestar. El cielo está donde está Jesús con Dios.
 Cuando vamos a misa el domingo, al rezar el Credo después de la homilía, lo proclamamos solemnemente: “Subió a los cielos, está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso”. ¡Por supuesto que aquello está muy lejos de ser un lenguaje infantil!  ¿Cómo se lo puede explicar a un niño? ¡Lograrlo, es entenderlo mejor uno mismo!
Leemos hoy dos descripciones de la Ascensión de Jesús, escritas por el mismo autor, San Lucas. Son bastante divergentes. Al concluir su evangelio y como una especie de epílogo, Lucas escribe que Jesús ascendió al cielo la misma tarde del día de la Resurrección. Pero acabamos de escuchar su otro relato en la primera lectura: “apareciendo a sus discípulos durante cuarenta días, les habló del reino de Dios…dicho esto, lo vieron levantarse hasta que une nube se lo quitó de la vista”. ¿Qué animó a Lucas a escribir dos relatos tan distintos?

El relato del evangelio habla por sí mismo. Cuando las mujeres llegaron a la tumba de Jesús y vieron que estaba vacía, escucharon de unos mensajeros divinos que no tenían que buscarlo entre los muertos. No estaba más allí. Había sido asunto inmediatamente donde su Padre en el cielo. Sus discípulos lo vieron aparecer delante de ellos y les había instruido para ir a dar testimonio, por todas partes, de todo lo que habían experimentado con él. Con este relato Lucas cierra su evangelio.

Con los Hechos de los Apóstoles, Lucas inicia un nuevo relato, el de la iglesia joven. Tengamos presente que Lucas escribe casi dos generaciones después de  haber ocurrido los acontecimientos. En su época, los años 80, parece que había cristianos que aun seguían esperando apariciones desde el cielo, o tal vez argumentaban que habían visto tales apariciones o que habían recibido misiones especiales. Lucas les da una advertencia: después de la desaparición de Jesús, aquel tiempo pasó para siempre. Por otro lado, también hubo cristianos que esperaban el pronto retorno de Jesús y, tal como lo escribe Lucas, se ilusionaban con la restauración del reino de Israel: ¿”Señor, es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel”? Lucas reprende a ambos grupos. Nadie puede saber cuando va a ocurrir aquello, nadie puede sacar la cuenta por Dios. La conclusión del relato es la misma que en el evangelio, pero ahora con palabras más enérgicas. ¡No sigan mirando hacia el cielo! La tarea está aquí y ahora: pongan manos a la obra. Dentro de muy poco recibirán la fuerza del Espíritu Santo para cumplir  la misión que les ha sido asignada. Empiecen ahora, aquí mismo en Jerusalén, en todo el país y más allá de las fronteras, hasta los confines del mundo.

Volvamos al niño. A un niño (y también para uno mismo) se puede explicar muy bien que no debe estar triste cuando su abuelito o abuelita, después de fallecer, se fue al cielo. Deja a su nieto solo, pero no lo abandona en realidad. Ha aprendido mucho del abuelito; lo tiene en su mente y se puede decir que, de alguna manera, es su espíritu que el niño tiene por encargo mantener vivo. La gente saca inspiración para su propia vida de recuerdos preciosos y de ejemplos de sus seres queridos que fallecieron. Es bueno hacer este ejercicio.

Otro ejercicio es darnos cuenta cómo el último capítulo del evangelio de Lucas  hace pasar al lector por las distintas tareas del duelo que enseña también la psicología moderna. La muerte-resurrección de Jesús tiene un primer momento de negación, incredulidad y desesperanza. Aquello está magistralmente descrito por Lucas en la espléndida escena de los discípulos de Emaus. No pueden aceptar la muerte  de Jesús. No aceptan perder lo que poseían: su propia visión del proyecto de Jesús: “Nosotros esperábamos que él fuera el liberador de Israel”, pero ya hace tres días que todo se acabó. Su desesperación gatilla un mecanismo de defensa por el cual dejan a la comunidad y se alejan de aquel lugar de fracaso. Sin embargo será  el mismo Jesús que les hará aceptar su muerte -fracaso para abrir su mente y su corazón al mensaje de la vida, la resurrección. Con Jesús elaboran sus sentimientos de tristeza y desesperanza. Estos se van transformando en nuevos ardores y entusiasmos. “¿No sentíamos arder nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?”  Y habiendo resucitado en ellos el proyecto de Jesús, deciden reintegrarse a la comunidad.
Es realmente notable observar como el final de este capítulo 24, que coincide con el final del evangelio, desemboca en algo que la psicología subraya también como tarea indispensable en el proceso de vivir el duelo. Es aquello de ir asumiendo los roles, responsabilidades y funciones del difunto. El proyecto de Jesús está en pié. “Realmente ha resucitado el Señor”, dirán los 11 apóstoles a los discípulos que se reintegran en la comunidad.
Tanto el final del evangelio como el comienzo de “los hechos de los Apóstoles” nos ponen delante a Jesús quién indica a sus discípulos cumplir todas las tareas que él mismo cumplió desde el principio. “Serán testigos míos en Jerusalén, Judea y Samaría y hasta el confín del mundo”.
Terminan con sentimientos de alegría: “se volvieron a Jerusalén muy contentos” al concluir su duelo y al asumir el proyecto de vida del Señor resucitado.

miércoles, 1 de mayo de 2013

6º Domingo de Pascua: Jn 14, 23-29

Sexto domingo de Pascua: Hechos 15, 1-2.22-29 – Juan 14, 23-29


 “Mi paz les doy, no se la doy como la da el mundo”, prometió Jesús a sus discípulos momentos antes de su muerte. Esa paz no les fue regalada así no más. A penas unos diez años más tarde, hubo una tremenda disputa en la primera comunidad de los cristianos. Escuchamos su descripción en la 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles. Felizmente también se describe cómo superaron aquel impasse para recuperar la paz mutua. Con eso, hasta el día de hoy, se nos deja una gran lección de cómo superar los conflictos. Ahora bien, aquello no es una tarea sencilla.

Los provocadores o instigadores no eran nada menos que Pablo y su asistente Bernabé. Estaban admitiendo en la comunidad a no-judíos que quisieron hacerse cristianos y eso sin obligarlos a cumplir con todos los preceptos de la Ley judía. Los judíos cristianos convencidos se escandalizaron, porque para ellos era impensable que se pudiera convertir gente al cristianismo sin tener que someterse a todas las normas y prescripciones de la Ley que el pueblo elegido había recibido de Dios mismo.  ¡Era poco menos que una falta de lesa majestad! Pero Pablo no se amilana y no cede. Así se planteó un conflicto abierto: ¡todo menos la paz! La paz que los discípulos recibieron de su Maestro Jesús no era para nada un regalo fácil. Era una misión difícil, complicada. Sólo se podía cumplir con “discernimiento”, es decir estando atentos al Espíritu del Señor, al “Paráclito” (el Espíritu Consolador que reunifica).

Los abogados, los jueces, los políticos saben cómo enfrentar el conflicto. La manera más sencilla es ignorarlo o la separación: cada cual va por su camino. Es lo que ocurre a menudo. Las jóvenes comunidades cristianas hubieran podido decir: estamos en un punto de quiebre, separémonos. Vamos cada cual por su camino y no nos juntemos nunca más.

Una segunda posibilidad frente al conflicto es una declaración de guerra. Así los primeros cristianos podían haber dicho: “vamos a pelear la cosa; busquemos los aliados más poderosos para nuestro punto de vista y ya veremos quién se impone. El perdedor obedece al vencedor”. Es lo que solemos observar en la historia de los seres humanos: se generan alianzas para liquidar por la fuerza al adversario y así se impone la voluntad de un bando sobre otro. De este modo se construyó la famosa “pax romana” del imperio romano, tentación y propuesta histórica que se ha repetido.

La joven Iglesia buscó el camino más difícil, el camino del diálogo. Así se constituyó el primer Concilio:  se congregaron en torno a la mesa de diálogo en Jerusalén. Podemos imaginarnos las palabras fuertes y apasionados, con el estilo confrontacional que caracteriza a veces a los de oriente medio. Pero aguantaron: se escucharon mutuamente, convencidos de las buenas intenciones de la otra parte y pudieron salir del embrollo. Forjaron un  sentir común para un compromiso honroso. El umbral de exigencias para admitir a los gentiles (Griegos) en la comunidad cristiano se puso lo más bajo posible. Sin embargo era necesario que tuvieran comprensión por los cristianos judíos y que admitieran algunas de las prescripciones de la Ley judía.

En la carta donde se manda la decisión y conclusión de la reunión en Jerusalén a los cristianos de Antioquia,  hay una frase muy notable. “El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido…” ¿Qué se han creído estos? diríamos nosotros. Pareciera una extraordinaria pretensión. Lo que admitimos y prohibimos, lo admite y prohíbe Dios mismo. ¿Quién puede reivindicar para sí tamaña afirmación? Pero también se puede leer como una expresión de humildad. Tratamos de buscar y entender (=discernir) lo mejor posible lo que coincide con la inspiración del Espíritu y darle curso a aquello de la manera más fiel y exacta posible dentro de lo que siempre son las limitaciones del lenguaje humano. Entonces se lee como un maravilloso ejemplo de “discernimiento comunitario”.

Jesús dijo a propósito del Espíritu que prometió enviar, que trabajaría como recuerdo para los discípulos y que más adelante les aclararía todo. El Espíritu trabaja en dos direcciones. Es la memoria de la Iglesia, la garantía de la fidelidad a la tradición. También trabaja como clave para la interpretación de los signos de los tiempos, como guía en el camino hacia un futuro desconocido. El Espíritu es la lengua en la cual entendemos a Dios. Así se describe Pentecostés en los Hechos de los Apóstoles. A pesar de la gran diversidad de idiomas, todos “entendieron lo mismo”. Sin embargo, la gente suele escuchar de distintas maneras. Entonces además de la diversidad de idiomas,  siempre se corre el riesgo del malentendido, de la confusión o de la contradicción. Aún así, se avanzará en la comprensión a condición de dejarse inspirar por el mismo Espíritu y no renunciar al esfuerzo y la perseverancia para dejar hablar al Espíritu del modo más claro posible. En eso consiste la humildad de la fe, tanto en la cumbre como en la base de la iglesia, cuando hay disposición para escuchar y entender el punto de vista del otro y viceversa.

Por cierto que hoy en día también hay divergencias y conflictos en la iglesia, en puntos donde unos insisten con mucha fuerza y donde otros pasan con ligereza. Está la fidelidad a la tradición contra la sensibilidad hacia los desafíos del futuro. ¿No nos puede enseñar mucho la iglesia de la primera generación de cristianos? La solución al conflicto que la dividió tuvo esa conclusión: “no imponer ninguna carga sino la estrictamente necesaria”. ¿Qué cargas se imponen hoy a la gente que quiere seguir perteneciendo a la iglesia? ¿A las personas que están dispuestas y capacitadas para tomar una responsabilidad en la comunidad cristiana? Por supuesto que son preguntas que ponen a prueba la paz en la iglesia. Con el celebrante de la Eucaristía el pueblo reza antes de la comunión que el Señor resucitado en medio de nosotros no mire nuestros pecados, sino la fe de la Iglesia, y conforme a su palabra, le conceda la paz y la unidad. ¡Aquello no es un regalo así no más sino una ardua misión!

martes, 23 de abril de 2013

5º Domingo de Pascua: Jn 13, 31-35



5° domingo de Pascua: Jn 13, 31-35


En esto conocerán que son mis discípulos: si se tienen amor los unos a los otros" (Jn 13,35). Al decir “discípulos”, Jesús no se refiere a cada uno individualmente, sino a la comunidad de los que siguen a Jesús y sus enseñanzas, es decir, a la Iglesia. Jesús, en esta hora suprema en que nos deja Su Testamento antes de morir, no dice: "Conocerán que son mis discípulos, si viven pobres o si son obedientes, si han aprendido bien todas mis enseñanzas o si son capaces de predicar mi Evangelio". Son todas cosas necesarias, pero no coinciden con la quintaesencia de la Iglesia. Ésta es solamente el amor fraterno. Por eso, podría definirse a la Iglesia como "la comunidad de los que se aman como Cristo los ha amado". Cristo nos ha amado hasta dar su vida para que nosotros tengamos vida. Cristo nos ha amado hasta hacernos partícipes del mismo amor que existe entre el Padre y el Hijo. Cristo nos ha amado hasta hacerse esclavo y lavar los pies a los suyos, para que conociéramos bien que el amor, la autoridad entre sus discípulos, es fundamentalmente servicio. Si por encima del amor fraterno, o peor todavía, al margen de él, se ponen otros valores en la vida diaria de la Iglesia, habrá que concluir que no estamos tocando el corazón de la Iglesia.

 Esta Iglesia, amor y comunión, se realiza históricamente en las pequeñas comunidades de los orígenes cristianos, por ejemplo, en las comunidades fundadas por Pablo y Bernabé durante su primer viaje misionero (primera lectura). Esta Iglesia histórica es reflejo, a la vez que impulso, hacia la Iglesia eterna, morada definitiva y sin término de Dios entre los hombres (segunda lectura).

En nuestro complejo mundo globalizado, ¿qué es lo que le da mayor credibilidad a la Iglesia? Indudablemente es el testimonio de amor fraterno porque es lo que testimonia quién y cómo es Dios para todos los hombres. Es cierto que la Iglesia docente es necesaria, insustituible e inseparable de la Iglesia Caridad, pero a los ojos de los hombres, incluso los cristianos, no es su rostro más atractivo. También es importantísima la Iglesia que celebra los sacramentos y un modo muy apto de expresar su amor a sus hijos en diversas situaciones y circunstancias de la vida, pero tampoco es el rostro que más seduce a los cristianos, menos todavía a los que no lo son. El verdadero rostro de la Iglesia nos lo da la Iglesia-Caridad, comunión, la Iglesia que realmente ama y se dedica a comunicar amor mediante todos y cada uno de sus hijos. Es demás conocido el hermoso canto: “Donde hay caridad y amor, ahí está Dios”, que se fundamenta en la hermosa expresión de S. Juan: “Dios es Amor”. También podemos agregar: “Donde hay amor fraterno, ahí está la Iglesia”. Esa caridad – amor fraterno -  que en Dios tiene su manantial y en Dios termina su recorrido de amor por las vidas de los hombres. Dios, alfa y omega de la caridad, entre estos dos extremos del vocabulario griego, se hallan todas las demás consonantes y vocales con las cuales expresar de todo corazón nuestro amor al prójimo. No desliguemos jamás la caridad de la fe, del dogma, de la liturgia, de las instituciones, pero que el rostro más bello, genuino y verdadero, que cada uno de nosotros ofrezca a la Iglesia, sea el rostro de la caridad verdadera y del amor sincero.

Por eso es tan grande la misión que nos dejara San Alberto Hurtado en la Institución eclesial del “Hogar de Cristo”. Está llamado a ofrecer  el rostro acogedor, misericordioso y tierno del Señor a través de las miles de personas, trabajadores, voluntarios, socios y simpatizantes que configuramos el rostro del “Hogar de Cristo”. El Hogar de Cristo es un maravillo regalo a la Iglesia de Chile. ¿No podemos anhelar que, a futuro, sea también un regalo para América Latina?





domingo, 21 de abril de 2013

Extractos de homilías del Papa Francisco



Homilía en Domingo de Ramos
       1. Jesús ha despertado en el corazón tantas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa que no cuenta a los ojos del mundo. Él ha sabido comprender las miserias humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios y se ha inclinado para curar el cuerpo y el alma.
           2. No seáis nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; que está entre nosotros.
           3. ¿Qué tipo de rey es Jesús? Mirémoslo: montado en un pollino, no tiene una corte que lo sigue, no está rodeado por un ejército, símbolo de fuerza. (…) Jesús no entra en la Ciudad Santa para recibir los honores reservados a los reyes de la tierra (…); entra para ser azotado, insultado y ultrajado (…); entra para recibir una corona de espinas, una caña, un manto de púrpura: su realeza será objeto de burla; entra para subir al Calvario cargando un madero. Jesús entra en Jerusalén para morir en la cruz. Y es precisamente aquí donde resplandece su ser rey según Dios: su trono regio es el madero de la cruz.
           4. Los jóvenes deben decir al mundo: Es bueno seguir a Jesús; es bueno ir con Jesús; es bueno el mensaje de Jesús; es bueno salir de uno mismo, a las periferias del mundo y de la existencia, para llevar a Jesús.

           5. Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo; esta es una prueba clara. Cuando la gente nuestra anda ungida con óleo de alegría se le nota: por ejemplo, cuando sale de la misa con cara de haber recibido una buena noticia.
           6. Así hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia redentora: en las “periferias” donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones. No es precisamente en autoexperiencias ni en introspecciones reiteradas que vamos a encontrar al Señor.
           7. Esto os pido: sed pastores con “olor a oveja”, que eso se note.

           8. Es el ejemplo del Señor: Él es el más importante y lava los pies porque, entre nosotros, el que está más en alto debe estar al servicio de los otros. Y esto es un símbolo, es un signo, ¿no? Lavar los pies es: “Yo estoy a tu servicio”.
           9. A veces estoy enfadado con uno, o con una… pero… olvídalo, olvídalo, y si te pide un favor, hazlo. Ayudarse unos a otros: esto es lo que Jesús nos enseña y esto es lo que yo hago, y lo hago de corazón, porque es mi deber.

           10. En esta noche debe permanecer solo una palabra, que es la Cruz misma. La Cruz de Jesús es la Palabra con la que Dios ha respondido al mal del mundo. A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad Dios ha hablado, ha respondido, y su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia, perdón. Y también juicio: Dios nos juzga amándonos.
           11. Los cristianos deben responder al mal con el bien, tomando sobre sí la Cruz, como Jesús.

           12. Somos como los apóstoles del Evangelio: muchas veces preferimos mantener nuestras seguridades, pararnos ante una tumba, pensando en el difunto, que en definitiva solo vive en el recuerdo de la historia, como los grandes personajes del pasado. Tenemos miedo de las sorpresas de Dios.
           13. Hermanos y hermanas, no nos cerremos a la novedad que Dios quiere traer a nuestras vidas. ¿Estamos acaso con frecuencia cansados, decepcionados, tristes; sentimos el peso de nuestros pecados, pensamos que no lo podemos conseguir? No nos encerremos en nosotros mismos, no perdamos la confianza, nunca nos resignemos: no hay situaciones que Dios no pueda cambiar, no hay pecado que no pueda perdonar si nos abrimos a él.
           14. Acepta entonces que Jesús Resucitado entre en tu vida, acógelo como amigo, con confianza: ¡Él es la vida! Si hasta ahora has estado lejos de él, da un pequeño paso: te acogerá con los brazos abiertos. Si eres indiferente, acepta arriesgar: no quedarás decepcionado. Si te parece difícil seguirlo, no tengas miedo, confía en él, ten la seguridad de que él está cerca de ti, está contigo, y te dará la paz que buscas y la fuerza para vivir como él quiere.

           15. Jesús ha resucitado, hay la esperanza para ti, ya no estás bajo el dominio del pecado, del mal. Ha vencido el amor, ha triunfado la misericordia. La misericordia de Dios siempre vence.
           16. El poder de la resurrección, este paso de la esclavitud del mal a la libertad del bien, debe ponerse en práctica en todos los tiempos, en los momentos concretos de nuestra vida, en nuestra vida cotidiana. Cuántos desiertos debe atravesar el ser humano también hoy. Sobre todo el desierto que está dentro de él.
           17. He aquí, pues, la invitación que hago a todos: acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo. Dejémonos renovar por la misericordia de Dios, dejémonos amar por Jesús, dejemos que la fuerza de su amor transforme también nuestras vidas; y hagámonos instrumentos de esta misericordia, cauces a través de los cuales Dios pueda regar la tierra, custodiar toda la creación y hacer florecer la justicia y la paz.

jueves, 18 de abril de 2013

4º Domingo de Pascua: Jn 10, 27-30


4° Domingo de Pascua (Jn 10, 27-30)

Ejecutivos y Pastores


La principal misión de la Iglesia es anunciar el Evangelio o la Buena nueva: es la gran misión que da Jesús resucitado a sus discípulos. “La dulce y confortadora alegría de evangelizar” decía el cardenal Bergoglio a sus colegas cardenales unos días antes de ser elegido Papa.
Por cierto la fe cristiana es una fe que anuncia. Aquel que anuncia quiere ser entendido y comprendido. Por eso cada homilía busca ser un puente entre el lenguaje poético, metafórico de la Escritura y el lenguaje del hombre moderno. Aquí surge le pregunta: ¿en qué medida se entiende todavía el lenguaje poético y metafórico de la Biblia por parte del hombre acostumbrado al lenguaje del PC y de Internet? Por supuesto que tenemos que seguir buscando cómo se relaciona el lenguaje antiquísimo de la Biblia, de la “Palabra de Dios” con el lenguaje del hombre actual que vive en un mundo totalmente ajeno a aquel antiguo mundo bíblico: hoy es absolutamente otro el lenguaje y el mundo de la comunicación.

¿Qué puede decirnos la imagen del pastor en ese tiempo en que la tecnología  puede seguir todas nuestras actividades y que mucha gente para buscar una orientación se guía por su celular o por internet a través de un buscador?
Si queremos que el anuncio del “Buen Pastor” sea entendible hoy, entonces tenemos que re-des-cubrir esa hermosa metáfora desde un mundo de imágenes y lenguaje que ya no es para nada el nuestro.
Efectivamente, “El Pastor” evoca una imagen más bien suave y tierna, con el consiguiente peligro que entonces interpretemos al mismo Jesús que dijo: “Yo soy el buen pastor” como una imagen tierna que ponemos en un rinconcito ajeno a nuestro mundo.
Para los pocos privilegiados, familiarizados con el lenguaje bíblico y litúrgico, “El Pastor” tiene un profundo significado. Es una imagen que designa nada menos que a Dios. Es una palabra que invita a la entrega confiada a Él, no importen las circunstancias en las que nos encontremos. Pero nuestro mundo lleno de duro “hardware” y “software” que confunden, obstruye el acceso a la belleza y densidad de la imagen de “pastor”.
En este mundo nuestro, el percibir, sentir y comprender el lenguaje bíblico y metafórico, se va evanesciendo. Suena más fuerte el lenguaje de la gestión y ejecución: el lenguaje de la eficiencia y de las cifras y de los cuadros de producción, el rendimiento de las inversiones, el lenguaje de los organigramas y de las cartas “Gantt”.
Sin embargo, no debieran entrar en una irreconciliable competencia ambos lenguajes. Tal vez tienen algo que ofrecer el uno al otro. La eficiencia bien entendida puede producir frutos en una comunidad cristiana: una buena organización, un estilo pastoral adaptado y por sobre todo, valorando las cualidades y aportes de las personas. ¡Los pastores con cualidades de ejecutivos no sobran ni son un lujo!
Pero los ejecutivos se violentan a si mismos y a la realidad cuando piensan que todo se puede hacer y medir, hasta en las capas más profundas de la existencia humana, allí donde todo lenguaje enmudece. Los buenos ejecutivos saben aquello que ocurre en el corazón del ser humano y que no se puede medir con cifras. Los ejecutivos con corazón de pastor son imprescindibles.

Esa constatación nos lleva nuevamente adonde la imagen bíblica: Dios es el Pastor que define toda acción pastoral. Nuestro tiempo y nuestro mundo de la comunicación material y de la informática necesitan este tipo de eficiencia: una pastoral sanadora y liberadora. El conocimiento y manejo de una buena “administración de negocios” pueden aplicarse de lleno aquí: acogida, solidaridad y por sobre todo la atención por el valor único de cada ser humano. Allí donde se realizan estos valores, se puede hablar de cuidado y motivación pastoral.
Podemos referirnos  aquí a nuestro santo fundador: es el alma de un auténtico pastor que movió y conmovió al P.Hurtado cuando nos habla del “sentir social”: esa preocupación y con-moción por el ser humano, especialmente el débil, frágil, marginal y excluido. Es la forma de pastoreo que muestra el Jesús de los evangelios, revelándonos así la imagen de Buen Pastor que es Dios por todos los hombres.
Para eso se requieren pastores con cualidades de administrador y administradores con un corazón de pastor.

jueves, 11 de abril de 2013

3er Domingo de Pascua: Jn 21, 1-19

3er Domingo de Pascua: Jn 21, 1-19

Hoy se lee el epílogo del cuarto evangelio. Los dos últimos versículos del capítulo 20 que se leyeron el domingo pasado, son claramente final del evangelio. Lo de hoy es un agregado en forma de epílogo y retoma la escena de la pesca milagrosa y de un encuentro con Jesús resucitado en la eucaristía.
Inserto aquí un comentario de J.A. Pagola de la primera parte de este epílogo.

El encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos junto al lago de Galilea está descrito con clara intención catequética. En el relato subyace el simbolismo central de la pesca en medio del mar. Su mensaje no puede ser más actual para los cristianos: sólo la presencia de Jesús resucitado puede dar eficacia al trabajo evangelizador de sus discípulos.

El relato nos describe, en primer lugar, el trabajo que los discípulos llevan a cabo en la oscuridad de la noche. Todo comienza con una decisión de Simón Pedro: «Me voy a pescar». Los demás discípulos se adhieren a él: «También nosotros nos vamos contigo». Están de nuevo juntos, pero falta Jesús. Salen a pescar, pero no se embarcan escuchando su llamada, sino siguiendo la iniciativa de Simón Pedro.

El narrador deja claro que este trabajo se realiza de noche y resulta infructuoso: «aquella noche no cogieron nada». La «noche» significa en el lenguaje del evangelista la ausencia de Jesús que es la Luz. Sin la presencia de Jesús resucitado, sin su aliento y su palabra orientadora, no hay evangelización fecunda.

Con la llegada del amanecer, se hace presente Jesús. Desde la orilla, se comunica con los suyos por medio de su Palabra. Los discípulos no saben que es Jesús. Sólo lo reconocerán cuando, siguiendo dócilmente sus indicaciones, logren una captura sorprendente. Aquello sólo se puede deber a Jesús, el Profeta que un día los llamó a ser "pescadores de hombres".

La situación de no pocas parroquias y comunidades cristianas es crítica. Las fuerzas disminuyen. Los cristianos más comprometidos se multiplican para abarcar toda clase de tareas: siempre los mismos y los mismos para todo. ¿Hemos de seguir intensificando nuestros esfuerzos y buscando el rendimiento a cualquier precio, o hemos de detenernos a cuidar mejor la presencia viva del Resucitado en nuestro trabajo?

Para difundir la Buena Noticia de Jesús y colaborar eficazmente en su proyecto, lo más importante no es "hacer muchas cosas", sino cuidar mejor la calidad humana y evangélica de lo que hacemos. Lo decisivo no es el activismo sino el testimonio de vida que podamos irradiar los cristianos.

No podemos quedarnos en la "epidermis de la fe". Son momentos de cuidar, antes que nada, lo esencial. Llenamos nuestras comunidades de palabras, textos y escritos, pero lo decisivo es que, entre nosotros, se escuche a Jesús. Hacemos muchas reuniones, pero la más importante es la que nos congrega cada domingo para celebrar la Cena del Señor. Sólo en él se alimenta nuestra fuerza evangelizadora.