viernes, 27 de enero de 2012

4º domingo ordinario: Mc 1, 21-28



Domingo 29/01/2012-
4º Domingo Tiempo Ordinario-Marcos 1, 21-28
<<UN ENSEÑAR NUEVO>>     
El episodio es sorprendente y sobrecogedor. Todo ocurre en la «sinagoga», el lugar donde se enseña oficialmente la Ley, tal como es interpretada por los maestros autorizados. Sucede en «sábado», el día en que los judíos observantes se reúnen para escuchar el comentario de sus dirigentes. Es en este marco donde Jesús comienza por vez primera a «enseñar».
Nada se dice del contenido de sus palabras. No es eso lo que aquí interesa, sino el impacto que produce su intervención. Jesús provoca asombro y admiración. La gente capta en él algo especial que no encuentra en sus maestros religiosos: Jesús «no enseña como los escribas, sino con autoridad».
Los letrados enseñan en nombre de la institución. Se atienen a las tradiciones. Citan una y otra vez a maestros ilustres del pasado. Su autoridad proviene de su función de interpretar oficialmente la Ley. La autoridad de Jesús es diferente. No viene de la institución. No se basa en la tradición. Tiene otra fuente. Está lleno del Espíritu vivificador de Dios.
Lo van a poder comprobar enseguida. De forma inesperada, un poseído interrumpe a gritos su enseñanza. No la puede soportar. Está aterrorizado: «¿Has venido a acabar con nosotros?» Aquel hombre se sentía bien al escuchar la enseñanza de los escribas. ¿Por qué se siente ahora amenazado?
Jesús no viene a destruir a nadie. Precisamente su «autoridad» está en dar vida a las personas. Su enseñanza humaniza y libera de esclavitudes. Sus palabras invitan a confiar en Dios. Su mensaje es la mejor noticia que puede escuchar aquel hombre atormentado interiormente. Cuando Jesús lo cura, la gente exclama: «este enseñar con autoridad es nuevo».
Los sondeos indican que la palabra de la Iglesia está perdiendo autoridad y credibilidad. No basta hablar de manera autoritaria para anunciar la Buena Noticia de Dios. No es suficiente transmitir correctamente la tradición para abrir los corazones a la alegría de la fe. Lo que necesitamos urgentemente es un «enseñar nuevo».
No somos «escribas», sino discípulos de Jesús. Hemos de comunicar su mensaje, no nuestras tradiciones. Hemos de enseñar curando la vida, no adoctrinando las mentes. Hemos de anunciar su Espíritu, no nuestras teologías.
                                       José Antonio Pagola

jueves, 19 de enero de 2012

3er domingo ordinario: Mc 1, 14-20



3er domingo ordinario: Mc 1, 14-20
El comienzo del Ministerio de Jesús coincide con el arresto de Juan bautista: ya no hablará el último profeta del antiguo testamento. Ha surgido un escenario radicalmente nuevo. Lo que nunca se dijo, nunca se oyó, ahora se anuncia solemnemente: “Jesús proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia”.
Examinemos brevemente dos aspectos del evangelio de hoy: el anuncio de la Buena Nuevo del Reino de Dios y el llamado a la conversión. A continuación se renueva el llamamiento de los primeros discípulos, lo que  vimos el domingo pasado en el evangelio de Juan.
Jesús no vino a enseñar una doctrina. Jesús es acontecimiento de salvación que se hace presente en la historia para todos los hombres. El Reino de Dios se ha acercado y busca cumplirse en plenitud. El Reino de Dios es algo así como el modo de proceder de Dios. Dios se deja ver y palpar en Jesús y eso es “ahora”. Lo que Jesús vivió tantos años en una experiencia interior personal, se manifiesta ahora en todo el espesor de la historia humana. Para Jesús, el Reino de Dios es la vida tal como Dios la desea para todos los seres humanos: una vida digna, con la dignidad de ser hijos en el Hijo y una sociedad que se estructura con estos criterios de dignidad, respeto y justicia sin excepciones.
Entonces la conversión y creer en la Buena Noticia no consiste en actos de penitencia para el perdón de los pecados. Eso era el llamada a conversión de Juan Bautista. Antes de Jesús, convertirse significaba siempre un “volver atrás”. Indicaba el acto de quien se detiene, se examina, descubre en qué se encuentra “fuera del camino”, y se replantea como volver al camino correcto de la observancia de la ley para volver a entrar en la alianza con Dios. La conversión aquí tiene un significado moral; consiste en cambiar las costumbres y en reformar la propia vida.
Para Jesús, convertirse no es volver a la antigua alianza y a la observancia de la ley. Para Él, la conversión consiste en acoger el proyecto de Dios; es entrar en la mirada de Dios sobre mi mismo, sobre los demás y todo el mundo. Es acoger lo que Dios, por libre y soberana iniciativa, ofrece a los hombres gratuitamente.
La salvación ya no es recompensa de la conversión y de los esfuerzos humanos. La salvación es ofrecimiento gratuito de Dios y la conversión es la aceptación y respuesta a ese ofrecimiento. Por eso el Evangelio es “Buena Nueva”. Dios no espera que el hombre cambie de vida, que haga obras buenas como que la salvación fuera a ser la recompensa a sus esfuerzos. No, antes está la gracia, la iniciativa y el ofrecimiento gratuito de Dios. El acto de creer es aceptar libremente el ofrecimiento de Dios.
El primer acto de Jesús, ya en su misión pública, consiste en rodearse de un pequeño grupo de discípulos. Aquello es revelador del modo de proceder de Dios.








viernes, 13 de enero de 2012

2º Domingo ordinario: Jn 1, 38-45


2º domingo ordinario: Jn 1, 35-42
Habiendo concluido el tiempo de Navidad, la liturgia nos orienta este domingo a vivir el encuentro y a atrevernos en el seguimiento de aquel que hemos contemplado inofensivo y vulnerable en un pesebre.
  A partir de este maravilloso relato joánico de la vocación de los primeros discípulos, surge el llamado a todos nosotros a dejarnos mirar y seducir por aquel que vino a dar plenitud de sentido a nuestras vidas: “vengan y vean” son los dos verbos centrales en el evangelio de este domingo. El evangelista pone una extraordinaria precisión: “aquel día…eran las cuatro de la tarde”. Se trata del “tercer día” (v.35) en el evangelio: todo creyente sabe que Jesús resucitó “al tercer día” y que “al atardecer de aquel día, apareció a sus discípulos (20, 19). Por lo tanto el “vengan y vean” ya tiene en germen la totalidad del evangelio con la centralidad del misterio pascual.
A los dos primeros discípulos, les bastó vivir un solo día con Jesús para tomar la decisión radical de dejarlo todo y seguirlo a Él, con esa misma ingenuidad que se nos relató la vocación de Samuel en la primera lectura. Andrés quedó tan entusiasmado que busca rápidamente a su hermano Simón para contarle la gran noticia que esperaba todo judío piadoso: “hemos encontrado al Mesías, a Cristo” y lo condujo a Jesús. “Jesús lo miró”. Una mirada que transforma para siempre la vida de Simón. Ya no se llamará Simón, sino Cefas, que significa Pedro.

Todo así de simple, así de ingenuo y así de radical y definitivo: emprendieron junto a Jesús un camino sin retorno y sin saber por donde los iba a llevar y menos cual era el destino final.
Y así surgió la iglesia; en sus comienzos es esa pequeña comunidad de 12 elegidos por Él, para acompañarlo en su misión. No deja de sorprender que hasta el día de hoy, se sigue hablando de Jesús de Nazaret y que millones de personas se inspiran de su mensaje y su manera de proceder. Y es una pregunta que nos sigue ocupando hasta hoy (y lo será siempre): ¿quién era realmente ese Jesús que sigue convocando y hablando al hombre de hoy? ¿Porqué tiene un espacio tan central en la vivencia de nuestra fe?
Es posible que la catequesis que recibimos cuando niños nos acompañe toda la vida; pero a veces quedan imágenes propios de una catequesis infantil pero que vienen a ser impropias para un adulto que busca crecer en su fe y entender aquello que realmente animaba a Jesús de Nazaret.

Los cuatro evangelios nos muestran con meridiana claridad que la fuente espiritual de la que Jesús bebe es aquella profunda unión con Dios a quien Él llama “Abbá”, una expresión aramea tierna que significa algo así como “Papito”. La raíz de esa filiación divina, tan bellamente descrita en el evangelio de Juan, no impide una real y profunda humanidad, con todo lo que eso implica de vulnerabilidad y debilidad. Por lo tanto su profunda unión con Dios y con los hombres forman una unidad perfecta. La tradición (y eso forma parte del “depósito de la fe”) nos enseña que jamás se pueden separar esas dos partes. La historia de la espiritualidad muestra como se termina acentuando un aspecto en detrimento del otro (demasiado “divino” que termina en puras devociones o demasiado “humano” que ve a Jesús como un justiciero social). Por supuesto que aquí hay que ser cautos y saber matizar mucho, evitando “prejuzgar” fácilmente. La vida de la Iglesia está hecha de una gran variedad de espiritualidades y que la adornan cual hermosa variedad de flores multicolores. ¡No sobran! Por supuesto que las hay más o menos adaptadas a nuestros tiempos tan convulsionados. Tratándose de la fe, decimos que la experiencia de fe es lo más grande y hermoso que pueda vivir un ser humano, porque es vivir la experiencia de ser amado incondicionalmente y ser enviado para en todo amar y servir.
No hay que perder de vista a aquellas personas que el buen Papa Juan XXIII empezó a llamar “las personas de buena voluntad”. ¿Cuantas se han inspirado del mensaje y del modelo de vida de Jesús de Nazaret? ¡Son incontables!
No podemos pasar por la vida como personas insulsas, sin ardor y sin pasión. Estamos llamados a vivir desde una pasión. Hombres y mujeres que se comprometen apasionadamente por aquello “único” que vale la pena entregarlo todo (parábola de la perla preciosa o del tesoro escondido). Eso es vivir la vida con vocación y plenitud de sentido.








jueves, 5 de enero de 2012

Epifanía del Señor



Epifanía del Señor: Mt 2, 1-12

El evangelio de Mateo fue escrito para cristianos que habían sido judíos, que podían seguir creyendo que sus privilegios de pueblo elegido seguían vigentes. El evangelista Mateo les enseña que ya no es así, que ya no hay privilegios, o que a todos los seres humanos alcanza lo que era exclusivo para ellos. Y se los enseña por medio de la escena que acabamos de leer: unos magos venidos de Oriente preguntan por el recién nacido rey de los judíos, cuya estrella han visto en el cielo. Cualquier pueblo, cualquier hombre o mujer de buena voluntad, que busque sinceramente el bien, la justicia y la paz, puede verse representado en esos magos orientales que nuestra imaginación cristiana ha dibujado con trazos tan amables. No son las simpáticas figuras del pesebre con sus camellos y dromedarios, con sus nombres exóticos, con el lujo de sus vestiduras y su séquito como de cuentos de hadas. Somos todos los que buscamos la verdad y el amor, los que guiados por ese anhelo, como si fuera una estrella, encontraremos a Jesús, y le podremos ofrecer lo mejor de nosotros mismos, porque reconocemos en Él al mismo Dios hecho humano.
Esto es la Epifanía: la manifestación de Dios, del verdadero y único Dios, a todos los pueblos, a todos los seres humanos; no en la potencia de su soberanía, ni de sus exigencias, sino en la debilidad de un niño humilde en brazos de su madre, apenas protegidos los dos por un humilde carpintero. Claro que se puede asumir otra actitud: la del rey Herodes y la de los grandes sacerdotes y sabios de Jerusalén. El primero teme por su reino de codicia y crueldad, tan bien atestiguado por los historiadores. Los segundos temen por las migajas de privilegios religiosos y políticos que les ha dejado el tirano. En todo caso no están dispuestos a adorar como los magos sino a matar, y algún día lo lograrán. Ante nosotros está la escena de la adoración de los magos venidos de Oriente, guiados por una estrella, escena de luces y de sombras, como acabamos de decir. Nos toca asumir una actitud: la de acogernos al amor indiscriminado de Dios, o la de alzar nuestras ambiciones contra la Epifanía de ese amor.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Santa María Madre de Dios



Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
Lc 2, 16-21

Litúrgicamente, hoy es la fiesta de “Santa María Madre de Dios”.
Hoy es también el primer día del año civil, “¡Año Nuevo!” y la ya tradicional Jornada Mundial por la Paz.
La maternidad divina de María en el cristianismo es, claramente, una construcción eclesial. Los evangelios no dicen nada de ella, y no será formulada y «definida» hasta el siglo V.

Para el evangelio María es siempre, nada más y nada menos que “la madre de Jesús”, título entrañable, real e histórico, que acabará sepultado y abandonado en la historia bajo un montón de otros títulos y advocaciones construidos por  la devoción popular. El primer ejemplo de una invocación directa a María lo encontramos en el siglo V, en el himno latino Salve Sancta Parens.
La Edad Media europea dará rienda suelta a su imaginario teológico y devocional respecto de María. En el siglo XII aparece la opinión de su exención del pecado, tanto del personal como del “original”. En el mismo siglo XII aparece el Avemaría. El ángelus en el XIII. El rosario en el XIII-XIV (probablemente “importado” del Islam, con ocasión de las cruzadas). El «mes de María» y el «mes del rosario» aparecerán en los siglos XIX-XX. Los puntos culminantes de esta evolución ascendente serán la definición de la “inmaculada concepción de María” (1854, por Pío IX) y la declaración dogmática de la “asunción de María en cuerpo y alma al cielo”(1950, por Pío XII). Hoy, la imagen conciliar que la Iglesia tiene de María es la de “la madre de Jesús”.
María es una cristiana, muy cercana a Jesús, una discípula suya, un destacado miembro de la Iglesia. Ella a quien el enviado de Dios (= “Gabriel”) la saluda como la “llena de gracia” (pasivo: llenada de gracia por Dios), y que “goza del favor de Dios” es la que nos enseña, con su ejemplo, la más bella de las oraciones: “Yo soy la esclava del Señor: que se cumpla en mi tu palabra”.
En el evangelio de hoy, Dios, a su vez, envía un ángel a unos pastores para llenarlos de Buena Nueva: “Hoy les ha nacido en la Ciudad de David el Salvador, el Mesías y Señor”. Los pastores eran, en los tiempos de Jesús, personas mal vistas, con fama de ladrones, de ignorantes y de incapaces de cumplir la ley religiosa judía. Unos verdaderos parias. A ellos en primer lugar llaman los «ángeles» a saludar y a adorar al Salvador recién nacido. Ellos se convierten en pregoneros de las maravillas de Dios que habían podido ver y oír por sí mismos. Algo similar pasa con María y José: no eran una pareja de nobles ni de potentados, eran apenas un humilde matrimonio de artesanos, sin poder ni prestigio alguno. Pero María, la madre, «guardaba y meditaba estos acontecimientos en su corazón», y seguramente se alegraba y daba gracias a Dios por ellos.
A ejemplo de María y los pastores, dejémonos mirar por la mirada llena de amor y de gracia del Padre. Desde esta humilde contemplación nacerán la bendición, la alabanza, la proclamación de las cosas grandes que es capaz de hacer el Señor cuando nosotros reconocemos sin temor nuestra pequeñez.
En este primer día del año nuevo, que nuestra oración también sea de agradecerle con todo el corazón la alegría de vivir, la oportunidad maravillosa que nos da de seguir amando y siendo amados, y la capacidad que nos ha dado para cambiar y rectificar.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Navidad: Lc 2, 1-14


Homilía de Benedicto XVI en la misa de Nochebuena
CIUDAD DEL VATICANO, martes, 25 diciembre 2007 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI en la Santa Misa de la Noche de la Solemnidad de la Natividad del Señor, que ha presidido en la basílica de san Pedro del Vaticano.
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 Queridos hermanos y hermanas:
«A María le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada» (cf. Lc 2,6s). Estas frases, nos llegan al corazón siempre de nuevo. Llegó el momento anunciado por el Ángel en Nazaret: «Darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo» (Lc 1,31). Llegó el momento que Israel esperaba desde hacía muchos siglos, durante tantas horas oscuras, el momento en cierto modo esperado por toda la humanidad con figuras todavía confusas: que Dios se preocupase por nosotros, que saliera de su ocultamiento, que el mundo alcanzara la salvación y que Él renovase todo. Podemos imaginar con cuánta preparación interior, con cuánto amor, esperó María aquella hora. El breve inciso, «lo envolvió en pañales», nos permite vislumbrar algo de la santa alegría y del callado celo de aquella preparación. Los pañales estaban dispuestos, para que el niño se encontrara bien atendido. Pero en la posada no había sitio. En cierto modo, la humanidad espera a Dios, su cercanía. Pero cuando llega el momento, no tiene sitio para Él. Está tan ocupada consigo misma de forma tan exigente, que necesita todo el espacio y todo el tiempo para sus cosas y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. Y cuanto más se enriquecen los hombres, tanto más llenan todo de sí mismos y menos puede entrar el otro.
Juan, en su Evangelio, fijándose en lo esencial, ha profundizado en la breve referencia de san Lucas sobre la situación de Belén: "Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron" (1,11). Esto se refiere sobre todo a Belén: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no había sitio para él. Se refiere también a Israel: el enviado vino a los suyos, pero no lo quisieron. En realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquel por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge.
En definitiva, estas palabras se refieren a nosotros, a cada persona y a la sociedad en su conjunto. ¿Tenemos tiempo para el prójimo que tiene necesidad de nuestra palabra, de mi palabra, de mi afecto? ¿Para aquel que sufre y necesita ayuda? ¿Para el prófugo o el refugiado que busca asilo? ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios? ¿Puede entrar Él en nuestra vida? ¿Encuentra un lugar en nosotros o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?
Gracias a Dios, la noticia negativa no es la única ni la última que hallamos en el Evangelio. De la misma manera que en Lucas encontramos el amor de su madre María y la fidelidad de san José, la vigilancia de los pastores y su gran alegría, y en Mateo encontramos la visita de los sabios Magos, llegados de lejos, así también nos dice Juan: «Pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Hay quienes lo acogen y, de este modo, desde fuera, crece silenciosamente, comenzando por el establo, la nueva casa, la nueva ciudad, el mundo nuevo. El mensaje de Navidad nos hace reconocer la oscuridad de un mundo cerrado y, con ello, se nos muestra sin duda una realidad que vemos cotidianamente. Pero nos dice también que Dios no se deja encerrar fuera. Él encuentra un espacio, entrando tal vez por el establo; hay hombres que ven su luz y la transmiten. Mediante la palabra del Evangelio, el Ángel nos habla también a nosotros y, en la sagrada liturgia, la luz del Redentor entra en nuestra vida. Si somos pastores o sabios, la luz y su mensaje nos llaman a ponernos en camino, a salir de la cerrazón de nuestros deseos e intereses para ir al encuentro del Señor y adorarlo. Lo adoramos abriendo el mundo a la verdad, al bien, a Cristo, al servicio de cuantos están marginados y en los cuales Él nos espera.
En algunas representaciones navideñas de la Baja Edad media y de comienzo de la Edad Moderna, el pesebre se representa como edificio más bien desvencijado. Se puede reconocer todavía su pasado esplendor, pero ahora está deteriorado, sus muros en ruinas; se ha convertido justamente en un establo. Aunque no tiene un fundamento histórico, esta interpretación metafórica expresa sin embargo algo de la verdad que se esconde en el misterio de la Navidad. El trono de David, al que se había prometido una duración eterna, está vacío. Son otros los que dominan en Tierra Santa. José, el descendiente de David, es un simple artesano; de hecho, el palacio se ha convertido en una choza. David mismo había comenzado como pastor. Cuando Samuel lo buscó para ungirlo, parecía imposible y contradictorio que un joven pastor pudiera convertirse en el portador de la promesa de Israel. En el establo de Belén, precisamente donde estuvo el punto de partida, vuelve a comenzar la realeza davídica de un modo nuevo: en aquel niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. El nuevo trono desde el cual este David atraerá hacia sí el mundo es la Cruz. El nuevo trono -la Cruz- corresponde al nuevo inicio en el establo. Pero justamente así se construye el verdadero palacio davídico, la verdadera realeza. Así, pues, este nuevo palacio no es como los hombres se imaginan un palacio y el poder real. Este nuevo palacio es la comunidad de cuantos se dejan atraer por el amor de Cristo y con Él llegan a ser un solo cuerpo, una humanidad nueva. El poder que proviene de la Cruz, el poder de la bondad que se entrega, ésta es la verdadera realeza. El establo se transforma en palacio; precisamente a partir de este inicio, Jesús edifica la nueva gran comunidad, cuya palabra clave cantan los ángeles en el momento de su nacimiento: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama», hombres que ponen su voluntad en la suya, transformándose en hombres de Dios, hombres nuevos, mundo nuevo.
Gregorio de Nisa ha desarrollado en sus homilías navideñas la misma temática partiendo del mensaje de Navidad en el Evangelio de Juan: «Y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14). Gregorio aplica esta palabra de la morada a nuestro cuerpo, deteriorado y débil; expuesto por todas partes al dolor y al sufrimiento. Y la aplica a todo el cosmos, herido y desfigurado por el pecado. ¿Qué habría dicho si hubiese visto las condiciones en las que hoy se encuentra la tierra a causa del abuso de las fuentes de energía y de su explotación egoísta y sin ningún reparo? Anselmo de Canterbury, casi de manera profética, describió con antelación lo que nosotros vemos hoy en un mundo contaminado y con un futuro incierto: «Todas las cosas se encontraban como muertas, al haber perdido su innata dignidad de servir al dominio y al uso de aquellos que alaban a Dios, para lo que habían sido creadas; se encontraban aplastadas por la opresión y como descoloridas por el abuso que de ellas hacían los servidores de los ídolos, para los que no habían sido creadas» (PL 158, 955s). Así, según la visión de Gregorio, el establo del mensaje de Navidad representa la tierra maltratada. Cristo no reconstruye un palacio cualquiera. Él vino para volver a dar a la creación, al cosmos, su belleza y su dignidad: esto es lo que comienza con la Navidad y hace saltar de gozo a los ángeles. La tierra queda restablecida precisamente por el hecho de que se abre a Dios, que recibe nuevamente su verdadera luz y, en la sintonía entre voluntad humana y voluntad divina, en la unificación de lo alto con lo bajo, recupera su belleza, su dignidad. Así, pues, Navidad es la fiesta de la creación renovada. Los Padres interpretan el canto de los ángeles en la Noche santa a partir de este contexto: se trata de la expresión de la alegría porque lo alto y lo bajo, cielo y tierra, se encuentran nuevamente unidos; porque el hombre se ha unido nuevamente a Dios. Para los Padres, forma parte del canto navideño de los ángeles el que ahora ángeles y hombres canten juntos y, de este modo, la belleza del cosmos se exprese en la belleza del canto de alabanza. El canto litúrgico -siempre según los Padres- tiene una dignidad particular porque es un cantar junto con los coros celestiales. El encuentro con Jesucristo es lo que nos hace capaces de escuchar el canto de los ángeles, creando así la verdadera música, que acaba cuando perdemos este cantar juntos y este sentir juntos.
En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo vino a la tierra. Por eso, de allí se difunde una luz para todos los tiempos; por eso, de allí brota la alegría y nace el canto. Al final de nuestra meditación navideña quisiera citar una palabra extraordinaria de san Agustín. Interpretando la invocación de la oración del Señor: "Padre nuestro que estás en los cielos", él se pregunta: ¿qué es esto del cielo? Y ¿dónde está el cielo? Sigue una respuesta sorprendente: Que estás en los cielos significa: en los santos y en los justos. «En verdad, Dios no se encierra en lugar alguno. Los cielos son ciertamente los cuerpos más excelentes del mundo, pero, no obstante, son cuerpos, y no pueden ellos existir sino en algún espacio; mas, si uno se imagina que el lugar de Dios está en los cielos, como en regiones superiores del mundo, podrá decirse que las aves son de mejor condición que nosotros, porque viven más próximas a Dios. Por otra parte, no está escrito que Dios está cerca de los hombres elevados, o sea de aquellos que habitan en los montes, sino que fue escrito en el Salmo: "El Señor está cerca de los que tienen el corazón atribulado" (Sal 34 [33], 19), y la tribulación propiamente pertenece a la humildad. Mas así como el pecador fue llamado "tierra", así, por el contrario, el justo puede llamarse "cielo"» (Serm. in monte II 5,17). El cielo no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón. Y el corazón de Dios, en la Noche santa, ha descendido hasta un establo: la humildad de Dios es el cielo. Y si salimos al encuentro de esta humildad, entonces tocamos el cielo. Entonces, se renueva también la tierra. Con la humildad de los pastores, pongámonos en camino, en esta Noche santa, hacia el Niño en el establo. Toquemos la humildad de Dios, el corazón de Dios. Entonces su alegría nos alcanzará y hará más luminoso el mundo. Amén.

jueves, 15 de diciembre de 2011

4º Domingo de Adviento: Lc 1, 26-38


Lc 1, 26-38: 4º Domingo de Adviento

A una semana de celebrar la Navidad, la liturgia nos orienta en este cuarto domingo de Adviento para prepararnos a entrar de lleno en el proyecto de Dios para los hombres, para cada uno de nosotros: habitar entre nosotros y en nosotros.
Dios quiere conducir la historia y la vida de cada ser humano.
La primera lectura, la profecía de Natán al rey David, recuerda que no es el rey que tiene que construirle el templo al Señor o la morada de Dios entre los hombres. No, la iniciativa vendrá del mismo Dios: “El Señor te ha anunciado que El mismo te hará una casa”. “Tu casa y tu reino durarán eternamente delante de mí, y tu trono será estable para siempre”.
Es el anuncio solemne de la nueva humanidad de la que el mismo Dios toma la iniciativa pero cuyo cumplimiento estaba todavía lejano.

En su evangelio, Lucas pone en contraste la anunciación a Zacarías en el templo y la anunciación a María en un pueblo ignorado, Nazaret, en una provincia apartada, Galilea, despreciada por los judíos (la Galilea de los gentiles). Definitivamente, la presencia de Dios entre los hombres ya no pasa más por la institucionalidad del templo, sino por la respuesta de María a la invitación del ángel Gabriel (=enviado de Dios).
Dios se ha apartado del centro de poder (el templo de Jerusalén), para ir a la periferia insignificante de un pequeño pueblito, solicitando el consentimiento de una joven muchacha para realizar su proyecto de la nueva humanidad.

María está en la línea de la profecía de Natán: está comprometida con un hombre, José,  perteneciente a la familia de David. Pero José no será el padre del niño que se encarnará en ella. No, porque un hombre, un ser humano no puede ser de ninguna manera modelo de la nueva humanidad; tampoco puede ser  condicionada por una tradición humana transmitida por un padre humano. Aquí está el sentido teológico de la concepción virginal. La nueva humanidad será obra de Dios: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios”.

El Espíritu de Dios es el que actúa desde el comienzo de la creación en el libro de Génesis. Aquí es el mismo Espíritu que se hace presente al iniciarse la nueva creación.
Claramente lo que Lucas quiere decir para sus lectores es que con Jesús, empieza una nueva humanidad que es obra e iniciativa de Dios pero que no se realiza sino por la fe ideal de María; y, a partir de María, por la fe de toda comunidad y de todo creyente.

Al comienzo de la Biblia, Adán (que significa “hombre”), es obra de Dios,  creado por él,  y padre de la humanidad.
Jesús es otro Adán, en el linaje de Adán, descendiente de Adán (Lc 3, 28), pero a la vez nuevo Adán, comienzo de la nueva humanidad. Si a Adán lo creó Dios, a Jesús, en cuanto verdadero hombre, tiene que haberlo creado Dios también (Lc 1, 35). Por eso no puede ser hijo de José.
 ¿Cómo es esa nueva humanidad de Jesús y en qué consiste? Pues bien, el resto del evangelio es respuesta a esa pregunta. La humanidad que se manifestará en Jesús es expresión del proyecto de Dios para todos los hombres: que se amen, que se respeten, que fraternicen y solidaricen entre ellos. Jesús encarnará y manifestará lo que Dios quiere ser para los hombres y en cada hombre. Se identificará con los pobres y los pequeños, con los sufridos de la tierra: los enfermos, los postergados y los excluidos (lo que habrás hecho a este hermano más pequeño…). Se identificará con la comunidad orante (donde dos o tres se reúnen en mi nombre…). Se asimilará con el pan de la eucaristía que se parte y se reparte como alimento de la nueva humanidad.
La nueva humanidad revelada por Jesús es la que da el único sentido de la vida humana: ser vida al servicio de los demás y de todos los demases disminuidos en su humanidad, en su calidad de vida humana.

En este sentido surge aquí nuevamente la belleza de una obra como el Hogar de Cristo: brindar un hogar al que sufre, dignificar y humanizar vidas dañadas, heridas, conculcadas.
Decir junto a María: “Hágase en mí según tu palabra”, es vivir la disponibilidad en nuestra vida para que otros tengan “más vida”, para erradicar tendencias individualistas o que impiden a seres humanos de cualquier modo acceder a una vida humana más digna.
Por allí va también el sentido más profundo de la virginidad de María: estar lleno de gracia es estar lleno de compasión y de acogida misericordiosa frente a los que sufren.
Tal vez es algo de esa actitud que caracterizó al P. Hurtado: él que “acogía” con tanta fuerza por que también en él encontraba respuesta fecunda el Espíritu del Señor.
En estos días que nos separan de Navidad, preparemos nuestro corazón pidiendo humildemente la gracia de repetir junto a María: “hágase en mí según tu Palabra”.