miércoles, 9 de noviembre de 2011

Domingo 33º: Mateo 25, 14-30




Domingo 33°:  Mt 25, 14-30  


La primera lectura es tomada del libro de los Proverbios. En su capítulo final, se ensalzan las cualidades y virtudes de la mujer emprendedora. Lamentablemente los liturgistas han recortado este hermoso poema sobre la mujer fuerte o la mujer ideal, eliminando párrafos hoy muy valorados en nuestra cultura. Justamente se sacaron los versículos donde se le describe como mucho más que una buena y servicial dueña de casa. Además de todos sus cuidados y esmeros para su hogar y los suyos, es también activa en el ambiente público y es emprendedora en el comercio. “Examina y compra tierras, y con sus propias ganancias planta viñas…Teje y vende prendas de lino y proporciona cinturones a los comerciantes”. “Abre su boca con sabiduría y su lengua instruye con cariño”. Es gracias a ella que su marido adquiere notoriedad en la ciudad.
Ya es modelo de los servidores fieles que se alabarán en el evangelio de hoy y prototipo del lugar que debiera ocupar hoy en la vida de la Iglesia.

Con la parábola de los talentos, Jesús no pretende enseñar cómo manejarse con el dinero. Por cierto que un talento representa una gran cantidad de dinero. Era una moneda de oro equivalente al sueldo de 6.000 días de trabajo. ¡Los cinco talentos son algo así como tres veces una vida entera de trabajo!

Para Jesús se trata del tema siempre recurrente del Reino de Dios. ¡Hay que trabajar por la venida del Reino de Dios! Eso es lo que está en cuestión. Se acentúan la intensidad, habilidad, entusiasmo y alegría que significa trabajar por la venida de ese Reino. No por nada viene inmediatamente a continuación del texto de hoy el relato del juicio final. Viene a decirnos muy clarito en qué consiste el trabajar por la venida y promoción de ese Reino. Por eso, el primer y segundo servidor pueden entrar en el gozo de su amo. Son benditos del Padre porque han acogido a forasteros, han dado de comer y beber a los hambrientos y sedientos, han vestido a los desnudos, han visitado a los enfermos y a los encarcelados. Porque éste es el criterio: “lo que habrás hecho al más pequeño de éstos, es a mi mismo que lo habrás hecho”. Trabajar por la venida del Reino, manifestar el amor a Dios es practicar la justicia y la caridad.
Por supuesto las capacidades son muy distintas entre nosotros. Hay trabajadores eximios como el P. Alberto Hurtado: un hombre lleno de talentos y de gracia y que supo multiplicar todo lo recibido de una manera increíble. Pero todos hemos recibido nuestra parte para colaborar en la venida del Reino.
La parábola apunta al tercer servidor. “Tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra”. Es inexcusable tenerle miedo al amo y no dedicarse a lo que son sus intereses, sino ser holgazán dedicado a otras cosas. La reacción del amo es muy severa, igual que en la escena del juicio final: se le quita aun lo que tiene y se le da a otro; finalmente es arrojado fuera. Aquí también la vigilancia se entiende como fidelidad a una misión recibida. Jesús pone en guarda a sus discípulos contra una infidelidad que consiste en una insuficiencia de actividad concreta.
La parábola nos presenta la actitud característica del verdadero discípulo: los siervos fieles deben hacer fructificar los dones recibidos del Señor. Por el contrario, el que antepone su propia seguridad o tranquilidad personal al interés que tiene el amo de incrementar los bienes "del Reino", es un mal siervo; su infidelidad se llama egoísmo, falta de sentido de responsabilidad, pereza. El abstencionismo y la apatía, la pereza y la comodidad, el egoísmo y el miedo paralizante, frutos de una psicosis de seguridad, son los mayores pecados sociales que puede cometer un cristiano. Dios nos pide una fidelidad productiva de sus talentos.
Los talentos que de Dios recibimos son, en primer lugar, los bienes y riquezas de su reino: la salvación, la fe, su amor, su amistad... Son también, en segundo lugar, los dones naturales: vida y salud, inteligencia y voluntad, familia y educación, iniciativa y trabajo, simpatía y personalidad... La vocación cristiana a la fe en Cristo es el gran talento que resume todos los demás.
Pues bien, todos esos dones y talentos no son para nuestro uso privado y exclusivo. En realidad, más que propietarios, somos administradores de los mismos. El dilema insoslayable que se nos plantea es: explotar nuestros talentos al servicio de Dios y de los hermanos, o bien enterrarlos egoísta y estérilmente. Muchos cristianos entierran sus talentos, apuntándose al mínimo obligatorio para no complicarse la vida, para no tener que arriesgar nada en un compromiso serio en bien de los demás. Viven instalados, desilusionados, apáticos y fosilizados. Como el empleado holgazán, no malgastan su talento, pero lo entierran; se contentan con mantener intacto, pero infecundo, el depósito de la fe.
El evangelio nos convida a asumir el riesgo de invertir nuestros talentos en la construcción del Reino de Dios en nuestra vida personal, de la familia, de trabajo y de sociedad. Lo contrario es renunciar a crecer como persona y como cristiano enterrándonos en vida con nuestros talentos en conserva.
La voluntad de Dios es que seamos los servidores fieles que pasen a la fiesta del amo como “benditos del Padre y herederos del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo”.


sábado, 5 de noviembre de 2011

6 de noviembre 2011: Domingo 32º: Mateo 25, 1-13


Mt 25, 1-13: Parábola Vírgenes prudentes y necias

En la parábola de las doncellas, cinco sensatas y cinco necias, encontramos de nuevo el tema de la vigilancia bajo la metáfora bíblica de los desposorios de Dios con el pueblo. El novio de la humanidad está empeñado en hacer una alianza de bodas con su novia. La quiere engalanar y embellecer, para presentarla radiante. Quiere que sea como una nueva Jerusalén que desciende del cielo, hermosa (Apoc 21 9). A ese amor sólo se puede estar preparado mediante la vigilancia. Ese Dios que era, que es y que viene, tiene modos de presencias amorosas para las que es necesario disponer de suficiente aceite.

La rutina en el amor son las leyes, las tradiciones legalistas, las mentiras del sistema dominante en el mundo, que distraen y agotan el aceite de nuestras lámparas. No nos dejan entrar en la Boda. Nos faltan reservas espirituales, una nueva ética, un nuevo pensamiento cristiano, una nueva espiritualidad del reino para entrar en el Banquete de Bodas.


Hoy frente a las leyes del mercado, del consumo de objetos inútiles, que nos adormecen, sólo el aceite nuevo del evangelio puede alimentar nuestras lámparas. No es la rutina de nuestras prácticas, sino la conversión al Evangelio de Jesús lo que necesitan las vírgenes necias.


A veces podemos tener la impresión que nosotros, los cristianos, estamos como medio dormidos. ¡Tan poco dejamos escuchar nuestra voz! No solemos manifestar nuestra indignación por tantas inconsecuencias en nuestra convivencia: las crisis financieras, consecuencia de abusos inaceptables, los recientes escándalos en “el retail”, una economía de mercado desbocada, una cultura de creciente individualismo. ¿Tenemos un sentimiento de admiración por  los jóvenes que hoy son capaces de reclamar por más justicia en la educación, aunque con los impetus y excesos propios de la juventud? ¿Los adultos, no tenemos una tendencia a resignarnos, argumentando que “de todas maneras, no hay mucho que hacere”? La sana indignación puede constituir muchas veces un primer paso hacia una nueva toma de conciencia y posibles cambios.


En nuestra cultura actual, la Iglesia ha perdido sostenidamente credibilidad como “Institución”. ¿Puede recuperar un lenguaje profético y tener la audacia de “poner el dedo en la llaga”? La Iglesia, como toda institución en tiempos de crisis, corre el peligro de mirar demasiado hacia adentro, viendo dónde y buscando porqué hace agua. El gran desafío es mirar hacia afuera, hacia el mundo, hacia el hombre de estos tiempos presentes para renovarnos en esa profunda mirada creadora y regeneradora que es la mirada de cómo Dios mismo mira al mundo.


No nos podemos quedar dormidos como las vírgenes necias sin aceite en sus lámparas. Al contrario, vigilemos y estemos atentos a la llegada del novio, preparados para recibirlo y con nuestras lámparas aprestadas.
Nuestra vocación como Iglesia es ser “Lumen gentium”, “Luz de las naciones”.



sábado, 29 de octubre de 2011

Domingo 31º: Mt 23, 1-12



 31er Domingo: Mt 23, 1-12

El texto del evangelio de hoy se presta fácilmente para criticar a la Iglesia y a los responsables de su conducción. Entre nosotros es más fácil criticar que asumir. Es cierto que en la historia de la Iglesia ha habido grandes escándalos (Siglos XIV a XVI) y que situaciones recientes de pedofilia, por ejemplo, dan mucho que hablar. El Santo Padre Benedicto XVI pidió perdón esta semana en el encuentro ecuménico de Asís por la violencia de la que ha usado el cristianismo en la historia. Pero antes que todo, no olvidemos que la Iglesia somos todos los creyentes y que formamos un solo cuerpo con distintas funciones. No nos precipitemos en la interpretación de los textos. Siempre conviene darse el trabajo de mirar más de cerca y aprender de los eruditos que hicieron este esfuerzo. Veámoslo brevemente entonces.

El Evangelio de Mateo presenta un extenso enfrentamiento con los fariseos, mencionados unas 28 veces. Sabemos que influye mucho la situación de la comunidad en que así haya sido. Esa comunidad estaba compuesta principalmente por judíos conversos al cristianismo y muchos venían del ambiente fariseo. Ellos se vieron excomulgados por los dirigentes judíos.
Ahora bien, la situación era muy diferente en tiempos de Jesús. En su tiempo, eso es al menos medio siglo antes, había muchos grupos dentro del judaísmo, y cada uno de ellos tenía sus propias teologías, sus lecturas de la ley, sus puntos de vista, etc. Sin embargo, después de la destrucción de Jerusalén y del templo por parte de los romanos en el año 70, el judaísmo se unificó, tal vez para recomponer fuerzas. Se fijó la lista de los libros que componen las sagradas escrituras. Este movimiento de unificación se llamaba Jamnia (nombre de una ciudad filistea). Como consecuencia de esto, todos los grupos que no aceptaron a Jamnia quedaron excluidos de Israel. Así, todo el judaísmo vino a ser fariseo, y el cristianismo quedó excomulgado. Los cristianos, excluidos, ya no son Israel. Como reacción, Mateo (lo mismo ocurre en Juan) intenta deslegitimar a los líderes judíos de  la comunidad (probablemente Antioquia) a fin de confirmar que el cristianismo es el grupo verdaderamente fiel a Israel, y que no lo son los dirigentes judíos (los fariseos). Recordemos que el Jesús que se identifica con la comunidad critica a los fariseos de tiempos de la comunidad y no de tiempos de Jesús.

El evangelio de hoy acentúa el contraste entre “ellos” y “ustedes”. Ellos son los sucesores de Moisés. Mientras ustedes tienen a Dios y a Cristo.
“Hagan y cumplan todo lo que ellos les digan” es una invitación a ser coherentes: “practicar la justicia, la misericordia y la fe” (v. 23). Porque lo que hacen los escribas y fariseos no es a favor de los demás sino de ellos mismos para ser mirados y aplaudidos. Las filacterias son unos tubitos amarrados al frente y a los brazos y que contenían  textos de la Ley. Se usaban en la oración. Los agrandan para mostrar que hacen más oración. Los flecos de los mantos contenían un hilo púrpura violeta; al mirarlo, había que acordarse de los preceptos de Yahvé (Núm. 15, 38-40). Los alargan… La búsqueda de primeros puestos en banquetes y en la sinagoga es la pretensión de ser vistos.
“En cuanto a ustedes”: aquí se dirige el evangelista a la comunidad, tienen que tener una actitud diferente; que no se repitan esquemas fariseos. El uso de títulos no es compatible con el punto de partida: “todos ustedes son hermanos”. Hace alusión a tres títulos: Maestro, Padre y Doctor. Mateo quiere evitar que se altere la exigencia básica de sentirse una comunidad de hermanos, porque el uso de títulos genera comportamientos diferenciadores. Además quiere acentuar que en la nueva comunidad, el Mesías es el guía y maestro y Dios es el Padre. Termina con una sentencia que tiene apariencia de proverbio: “El que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado”. Mateo propone una iglesia o comunidad de hermanas y hermanos en la que no hay “señores” sino “servidores”.

Desde esta última perspectiva, es importante que siempre luchemos y matemos al fariseo que está en nosotros mismos y en nuestras comunidades.
Muchas veces nos creemos, o hay quienes se creen, buenos cristianos por lo exterior que los rodea, por una obra de beneficencia más o menos importante, porque donamos algo a la Iglesia, porque somos queridos por la gente, o porque salimos en la TV... Y, hasta es probable, que lo que decimos sea muy bueno.

Pero el evangelio va más lejos; nos invita a amar y a servir en la comunidad y en el mundo y a vivir nuestra fe practicando la justicia y la misericordia (v. 23).
Es necesario que junto a la catequesis y la doctrina, esté el testimonio de la práctica cristiana. Anunciar las doctrinas correctas es fácil. Practicarlas es el reto.
La Iglesia está llamada a anunciar el evangelio, la buena nueva. Cumple plenamente su cometido donde abre caminos de vida, esperanza y felicidad.
Miremos a San Alberto Hurtado para ir valientemente por esos caminos.

jueves, 13 de octubre de 2011


Domingo 29º: Mt 22, 15-21

La imagen del emperador y la imagen de Dios

En el evangelio de hoy se tratan temas muy actuales y contingentes: se trata de dinero, impuestos y política. ¡No son precisamente temas muy religiosos! Cuando se trata de llenar el formulario de declaración de impuestos, pocos empezarán persignándose y rezando. Tampoco suele hacerse al emitir nuestro voto el día de las elecciones. Pareciera que el dinero, los impuestos y la política tienen poco o nada que ver con el evangelio.
Sin embargo, lo que hoy leemos está en el evangelio de Marcos, Mateo y Lucas. Esos textos han forjado el adagio de sobra conocido: “Dar al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”.
Así se han concebido y justificado dos poderes paralelos, el poder temporal y el espiritual, el político y el religioso. Uno mirando a lo material, al mundo, a lo terrenal y el otro mirando al espíritu, al alma y al más allá. Dios y el Cesar, dos mundos separados por voluntad divina, revelada por Jesús.
¿Es esta la interpretación correcta del evangelio? Miremos de más cerca.

Unos fariseos y herodianos se acercan a Jesús tratando de ponerlo en una situación comprometedora: pagar el impuesto a los Romanos sería aparecer como colaborador del poder enemigo; no pagarlo ameritaría denunciarlo por rebelde. Los fariseos y herodianos eran enemigos declarados porque los herodianos, partidarios del rey Herodes, le hacían un guiño a los romanos; con esa complicidad tenían su cuota de poder. Aquí los vemos en una alianza temporal contra el enemigo común que es Jesús.
Jesús, perspicaz, “conociendo su malicia”, denuncia la trampa que le tienden. Les pide  “la moneda con que pagan el impuesto”. Eso ya genera una incomodidad, porque el judío piadoso jamás cargaría con una en su bolsillo. Ni siquiera podían mirarla porque tenía estampada la efigie del emperador y en su contorno figuraba la inscripción: “Cesar Tiberio hijo del divino Augusto”. Era un horror, una blasfemia: el divino emperador que era además el odioso ocupante de su país. El que andaba con esta moneda en su bolsillo era un colaborador de los romanos (herodiano).

En la respuesta de Jesús la traducción más exacta es: “devolver al Cesar lo que es del Cesar”, que significa devuélvanle su sucio dinero blasfemo. No se ensucien las manos como los herodianos pecadores y odiosos conciudadanos, porque cualquier partidario del emperador y de los ocupantes romanos era un judío detestable. El pequeño pacto entre herodianos y fariseos para tender la trampa a Jesús muestra que no les importa mucho la blasfemia. Querían que Jesús les “sacara las castañas del fuego”. Pero Jesús les está diciendo: Uds. colaboradores del poder imperial y de los romanos con quienes hacen negocios, sean consecuentes y paguen el impuesto correspondiente.

Jesús aprovecha la oportunidad para referirse al hombre que es imagen de Dios. Ese Dios que no es el emperador sino el Dios de Jesús, a quién llama “Abbá”, Padre. A ese Dios pertenecemos y a El sea el honor, la gloria y las gracias. Porque ese Dios es el salvador, el verdadero liberador. No es un tirano, un potentado, un excelso (=Augusto) como el emperador delante de quién se arrodillan con temblor y temor, aunque en su interior lo detestan, pero aun así sacan provecho de la situación y no pierden la oportunidad de enriquecerse.
En contraste con esa execrable actitud, Jesús invita a reproducir en la vida la imagen de Dios, no explotándonos, no aprovechándose los unos de los otros sino amándonos, sirviéndonos, formando la comunidad del “pueblo de Dios”.
Jesús había dicho a sus discípulos un poco antes: “saben que los jefes de las naciones las tiranizan y que los grandes las oprimen” (no existía democracia en esa época). “No será así entre ustedes: al contrario, el que quiera subir, sea servidor suyo y el que quiera ser primero, sea esclavo suyo”.
Tratándose de emperadores, reyes o políticos, el criterio evangélico es este: servicialidad para la felicidad de los seres humanos. Colabora con los poderes civiles y políticos que crean nuevas oportunidades para los hombres y que promueven la justicia. Reacciona y protesta cuando cometen injusticia u oprimen a los hombres.
Devolver el sucio dinero al Cesar manifiesta el rechazo de Jesús a la dominación explotadora del emperador. Jesús se juega por el proyecto del Padre: una comunidad sin injusticia, una convivencia donde se acoge a los débiles e indefensos. Es una invitación a que veamos todo lo referente a leyes, ordenamiento y organización de nuestra sociedad a la luz de la visión del Reino de Dios. Juzgar cualquier programa político o económico a la luz de los valores del Reino de Dios es equivalente a “dar a Dios lo que es de Dios”. Eso es buscar  ser imagen de Dios en nuestra vida, aun tratándose de dinero, impuestos o política.


“La política mira al bien común, está destinada a crear las instituciones de justicia social que traen el bien general.
¡Cuántos bienes dependen de las leyes! La educación, bienestar, libertad, el respeto a la conciencia, la organización de la vida económica, la defensa de la patria. A nadie, por tanto, es lícito desinteresarse de una causa en que se juegan intereses tan importantes”. (Padre Hurtado, H.S.)

sábado, 8 de octubre de 2011

Domingo 28º: Mt 22, 1-14

La voluntad de Dios es que todos los seres humanos tengan acceso al Reino de Dios o Reino de los cielos, como dice el evangelio de Mateo. ¿Qué es lo que limita entonces la entrada a ese Reino? Eso es lo que trata de alguna manera el evangelio de la parábola de la invitación a la boda del hijo del Rey. En esa parábola se describe la actitud de los que rechazan la invitación a la boda. No hicieron caso de la invitación porque tienen que atender a “sus negocios”. La invitación llega a molestar a tal punto que maltratan y matan a los enviados del Rey. El  “Rey que celebraba la boda de su hijo” termina extendiendo su invitación a todos los pueblos, a todos los que quieran acoger su llamado.

La boda del hijo del Rey es el banquete del Reino al que estamos convidados.
¿Estamos dispuestos a trabajar para que el banquete se realice, es decir a responder al llamado del Rey? ¿A qué tipo o categoría de convidados pertenecemos? ¿No nos pasa a veces que siendo convidados, tenemos buenas excusas para no participar? ¿O peor que podamos hasta convertirnos en obstáculo para que otros participen del banquete del Rey?
Participar del banquete al que convida el Rey es encontrarnos con el Dios que nos revela Jesús. Es un Dios Padre, cercano, misericordioso, un Dios que se encarna en el hombre, en el que sufre, en el que está despojado de su dignidad de ser humano. Es un Dios que no cesa de buscar la felicidad del hombre. La gloria de Dios se manifiesta donde el hombre tiene una vida digna. Ya decía San Ireneo en el siglo II: “La Gloria de Dios es que el hombre tenga vida” (Gloria Dei, homo vivens)

La vida y la predicación de Jesús buscan manifestarnos quién y cómo es Dios para el hombre y cual es la verdadera voluntad de su Padre: que el hombre sea feliz. La parábola del banquete se puede interpretar como una linda metáfora de todo aquello que hace feliz al ser humano.
Por supuesto que al decir que la voluntad de Dios es que el ser humano sea feliz, no se trata de una felicidad centrada en uno mismo, sino en la felicidad de todos, la felicidad compartida, la que tiene como búsqueda y mirada la concreción del bien común. El Reino de Dios se identifica con esa progresiva construcción de la nueva humanidad donde “Cristo llega a ser todo en todos”. Eso pasa por aliviar el dolor y el sufrimiento de nuestros hermanos. Pasa por ser “evangelio” o “buena nueva” para los marginados. Pasa por desarrollar en nosotros el “sentido social”: este es un tema muy querido por el P. Hurtado. Lo describe como esa “actitud espontánea para reaccionar fraternalmente frente a los demás, que lo hace ponerse en su punto de vista ajeno como si fuese el propio; que no tolera el abuso frente al indefenso; que se indigna cuando la justicia es violada. El sentido social se traduce en una responsabilidad social: “el no contentarse con no hacer el mal, sino que está obligado a hacer el bien y a trabajar por un mundo mejor”.
El sentido social es expresión de la fe y amor a Jesucristo cuando “se resuelva a mirar el problema social con los ojos de Cristo, a juzgarlo con su mente, a sentirlo con su corazón”. Todo eso por supuesto con la concurrencia del conocimiento y análisis riguroso de los problemas que aquejan a la sociedad y a los hombres y con los instrumentos adecuados.
“Ser católicos equivale a ser sociales”. “Porque ustedes son católicos deben ser sociales, esto es, sentir en ustedes el dolor humano y procurar solucionarlo”.
Por supuesto que es una misión a compartir con todos los hombres de buena voluntad, porque todos están convidados a la boda.

Queda en el evangelio de hoy una última sorpresa, la  del comensal que “no tenía traje de fiesta” y que es arrojado afuera, a las tinieblas”. La ausencia de traje de fiesta no es porque no tuvo el recurso para comprárselo. Estar sin traje de fiesta simboliza la ausencia de la actitud de amor y solidaridad. Aquel invitado carece de “sentido social”. No tiene nada que hacer en el banquete aquel que carece totalmente del sentido del banquete.

En estas semanas de gran crisis financiera global, originada por algunos países del viejo mundo desarrollado, es bueno hacer el ejercicio espiritual del principio y fundamento de nuestras vidas. ¿Sobre qué construimos nuestras vidas? ¿Qué sentido último damos a nuestros afanes y quehaceres?
En este mes celebramos un nuevo aniversario de la fundación del Hogar de Cristo y de la canonización de su fundador San Alberto Hurtado. Que él nos ayude a centrar nuestras vidas en lo que les da verdadero sentido y plenitud para que se construyan sobre la roca que es Cristo Jesús y su Reino.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Domingo 2 octubre 2011: 27º Domingo: Mt 21, 33-46  

La parábola de los viñadores homicidas es una verdadera tragedia. Es la parábola del amor rechazado.
En la Biblia, la viña es símbolo del pueblo de Dios (“la viña del Señor es la casa de Israel y los hombres de Judá son su plantación predilecta” Is.5, 6). Nos describe cómo Dios ama a su pueblo y espera una respuesta. En nuestra parábola de hoy, el resultado es un gran fracaso: la crueldad de los viñateros acaba sistemáticamente con el proyecto del Señor de la vid. Frente a tanta crueldad y frustración, la opinión de los oyentes es que “hay que acabar con esos miserables y entregar la viña a otros que entregarán al dueño el fruto a su debido tiempo”.
Es la respuesta humana, conforme a criterios de justicia humana. ¿Es esa también la respuesta de la justicia divina? Veamos qué nos dice Jesús.
Jesús corrige la reacción humana a partir de una cita de la escritura. “La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: ésta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos”. El Dios de Jesús, su Padre y nuestro Padre, no es un Dios vengativo; no puede tener gestos de exterminio de su pueblo (es la enorme diferencia con textos del Antiguo testamento). En segundo lugar, seguirá abierta la oferta del Reino para quienes quieran recibirlo: y ese proyecto de Dios que revela Jesús, nada ni nadie puede destruirlo.

Este evangelio no solamente pretende reflejarnos la fuerte tensión entre los judíos y las primeras comunidades cristianas. No se limita a lo ocurrido en vida a Jesús. Es también una potente convocación a nosotros hoy. Porque el Señor espera que nosotros, como Iglesia, como comunidad o como familia cristiana produzcamos los frutos propios del Reino: amor fraterno, justicia, solidaridad auténtica. De lo contrario, también a nosotros nos será arrebatado el Reino. Como cristianos, como seguidores de Jesús, es nuestra vocación y misión buscar modelar este mundo conforme al evangelio y al ejemplo que Jesús nos dio.  Buscar hacer nuestro mundo más justo, trabajar por mejorar siempre las relaciones entre los hombres y entre nosotros mismos, cuidar de la creación y de la naturaleza. Esta es la invitación de Dios a cada uno de nosotros. Por supuesto hacemos con ella lo que queremos, porque somos libres, Dios nos ha creado libres.

En su reciente visita a Alemania, Benedicto XVI habló de la libertad a sus connacionales en Berlín en estos términos: “La libertad necesita de una referencia a una instancia superior. El que haya valores que nada ni nadie pueda manipular, es la autentica garantía de nuestra libertad. El hombre que se sabe obligado a lo verdadero y al bien, estará inmediatamente de acuerdo con esto: la libertad se desarrolla sólo en la responsabilidad ante un bien mayor. Este bien existe sólo si es para todos; por tanto debo interesarme siempre de mis prójimos. La libertad no se puede vivir sin relaciones. En la convivencia humana no es posible la libertad sin solidaridad. Aquello que hago a costa de otros, no es libertad, sino una acción culpable que les perjudica a ellos y también a mí. Puedo realizarme verdaderamente como persona libre sólo cuando uso también mis fuerzas para el bien de los demás. Esto vale no sólo en el ámbito privado, sino también en el social”(Berlín, 22 sept.).

 Pero, ¿somos realmente libres? La respuesta de San Pablo es tajante: “Dios nos ha liberado en su Hijo Jesús para ser libres” (Gal 5, 1). Podemos seguir nuestro propio camino como se relata en el mito de Adán y Eva desde la primera página de la Biblia. Ellos decidieron (cayendo en la tentación) acapararse del conocimiento del bien y del mal. Al querer ser como Dios, se sustituyeron a El y  sustituyeron sus proyectos al proyecto de Dios. El resultado se describe: violencia y muerte (Caín mata a Abel).
Cuando conscientemente se deja a Dios afuera de las relaciones humanas y de la construcción de este mundo, no se puede esperar nada bueno.
Parte del drama de nuestro mundo actual está precisamente en dejar a Dios afuera. Comprobamos a diario que Dios no tiene espacio en la vida de muchas personas. Nuestro mundo se estructura en torno a lo que me es o nos es “útil”, lo que nos sirve y puede consumirse. El sentido de gratuidad se está evaporando. El Evangelio de hoy nos invita a hacer de Cristo y su proyecto la piedra angular de nuestra vida y de la convivencia humana.
Ciertamente no es una opción ni un camino fácil. Hacer de Cristo y de su evangelio la piedra angular de nuestra vida no estará exento de  dificultades y tensiones. Porque es comprometernos a construir el Reino de Dios con valores que están en contrapunto con los valores que nuestra cultura estima importantes. Así, por ejemplo, el espíritu de sencillez y pobreza (evangélica) están en contrapunto con el afán de poder y de posesión.
Promover la solidaridad, buscar aliviar el dolor y el sufrimiento de los demás, mostrarse misericordioso al ejemplo del buen samaritano, todo eso puede estar bien ajeno a lo que busca y promueve hoy nuestro mundo.  Seguir el camino de Jesús y su evangelio va chocar con intereses opuestos. Dios es fiel a su proyecto y a su alianza. Esa fidelidad se encarna a diario en muchos hombres y mujeres que, de una manera silenciosa,  se entregan con gran cariño y generosidad haciendo presente el Reino de Dios en este mundo. A veces se manifiesta de manera eximia en personas como el P. Hurtado, “una visita de Dios a Chile”. El más maravilloso milagro del P. Hurtado es la continuación de su acción en todos aquellos que buscan brindar un hogar a Cristo (“Cristo marginado y excluido,  Cristo en el anciano desvalido, Cristo en la calle, Cristo en al cárcel, Cristo en el minusválido”).
“Gracias a Dios”, nunca faltarán hombres y mujeres que nos muestren por donde pasa el camino del Reino de Dios y nos invitan a recorrerlo para nuestro mayor gozo y felicidad.

viernes, 23 de septiembre de 2011




Domingo 26º: Mt 21, 28-32

“Un hombre tenía dos hijos”: era una forma acostumbrada de iniciar un relato y una manera de hablar que llegaba a la gente. Eran familiares el relato de Caín y Abel, Ismael e Isaac, Esaú y Jacob. En otros momentos Jesús había hablado de un padre bueno con dos hijos.
¿Cual es el mensaje de la parábola de este domingo?
A los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, les molestaba esa pequeña parábola. No podían contestar otra cosa que era el segundo de los hijos que había cumplido la voluntad de su padre. El hijo en quién ellos no podían reconocerse. A renglón seguido viene la arremetida fuerte: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”.
Como ocurre a menudo con las parábolas, tenemos un relato con contrastes.
El dueño de la viña sólo tiene dos hijos. El primero de ellos hace de su “si” un “no”, el segundo de su “no” un “si”. Ambos hicieron lo contrario de lo que habían dicho. No necesitamos mucho autoconocimiento para reconocernos a nosotros mismos en ambos. Todos tenemos algo de los fariseos, de las prostitutas y de los publicanos, con un “va y ven” entre “si” y “no” y entre “no” y “si” después de todo.
A veces prometemos hacer lo que se nos pide para que nos dejen tranquilo, pero no pensamos hacer en realidad lo que se nos pide. Algo así pasa con nuestra fidelidad con la Iglesia: todos decimos “si” y “amen” con plena voz a todas las oraciones litúrgicas en nuestras celebraciones. En el fondo estamos diciendo que somos creyentes. Pero en la práctica de cada día, no queda mucho de todos esos “amen”. En este caso somos un poco como el primer hijo que dice “si” pero actúa con un “no”.
También ocurre al revés. Reconocemos al segundo hijo en personas que ya no más se dicen cristianos y sin embargo cumplen con la voluntad de Dios. Karl Rahner hablaba de los cristianos anónimos. Ocurre que puede llegar a ser nuestra propia situación. Porque, ¿quien de nosotros no se comporta a veces como un cristiano inconsecuente? Entonces la voz con reproche de un Juan Bautista nos puede llamar a la conversión. En este caso no nos apartamos de las exigentes consecuencias de nuestro “si” de creyentes.

El dueño de la viña simboliza a Dios quien tiene un tercer hijo del cual la parábola no dice nada. Es el hombre Jesús que llamaba a Dios “su Padre” y de quien Dios dice que es “su Hijo bien amado”. Su “si” nunca más se debilitó con un “no”. Aceptó todas las consecuencias, hasta la muerte y la muerte en cruz, como lo describe maravillosamente el antiguo himno cristológico en la carta a los Filipenses. Cuando angustiado hasta la muerte ora y pide que esa cruel muerte no sea su suerte, suspira: “no mi voluntad, sino la tuya”.
También conocemos a una hija de Dios, la madre de Jesús quién ha sido del todo un “si”. Cuando supo cómo y de quién vendría a ser madre, dijo simplemente: “Quiero servir al Señor: que se haga en mí según tu voluntad”. Su hijo no le hizo la vida fácil, pero mantuvo su “si” incondicional hasta el final.

Nos hace bien orar a Cristo glorificado pidiendo humildemente: “Cristo,  ten piedad de nosotros” y en el “Ave María” pedir a la Virgen que “ruegue por nosotros pecadores”. Porque después de todo somos pecadores, no criminales, pero nunca sin algún pecado. Somos personas de buena voluntad, pero siempre demasiado débiles para decir un rotundo “no” al mal, y decidirnos a elegir el bien. Es demasiado frecuente la contradicción en nuestro actuar con nuestras palabras.
El dueño de la viña en la parábola tenía sólo a dos hijos. Cada uno de nosotros es ambos hijos: es un permanente va y ven entre el “si” y el “no”. Pero es con gente como nosotros que Dios tiene que realizar el trabajo en su viña que es el mundo. Jamás podemos renunciar y debemos ayudarnos mutuamente, haciendo gala de nuestros mejores recursos para la venida y promoción de su reino: ¡que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo!