miércoles, 1 de mayo de 2013

6º Domingo de Pascua: Jn 14, 23-29

Sexto domingo de Pascua: Hechos 15, 1-2.22-29 – Juan 14, 23-29


 “Mi paz les doy, no se la doy como la da el mundo”, prometió Jesús a sus discípulos momentos antes de su muerte. Esa paz no les fue regalada así no más. A penas unos diez años más tarde, hubo una tremenda disputa en la primera comunidad de los cristianos. Escuchamos su descripción en la 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles. Felizmente también se describe cómo superaron aquel impasse para recuperar la paz mutua. Con eso, hasta el día de hoy, se nos deja una gran lección de cómo superar los conflictos. Ahora bien, aquello no es una tarea sencilla.

Los provocadores o instigadores no eran nada menos que Pablo y su asistente Bernabé. Estaban admitiendo en la comunidad a no-judíos que quisieron hacerse cristianos y eso sin obligarlos a cumplir con todos los preceptos de la Ley judía. Los judíos cristianos convencidos se escandalizaron, porque para ellos era impensable que se pudiera convertir gente al cristianismo sin tener que someterse a todas las normas y prescripciones de la Ley que el pueblo elegido había recibido de Dios mismo.  ¡Era poco menos que una falta de lesa majestad! Pero Pablo no se amilana y no cede. Así se planteó un conflicto abierto: ¡todo menos la paz! La paz que los discípulos recibieron de su Maestro Jesús no era para nada un regalo fácil. Era una misión difícil, complicada. Sólo se podía cumplir con “discernimiento”, es decir estando atentos al Espíritu del Señor, al “Paráclito” (el Espíritu Consolador que reunifica).

Los abogados, los jueces, los políticos saben cómo enfrentar el conflicto. La manera más sencilla es ignorarlo o la separación: cada cual va por su camino. Es lo que ocurre a menudo. Las jóvenes comunidades cristianas hubieran podido decir: estamos en un punto de quiebre, separémonos. Vamos cada cual por su camino y no nos juntemos nunca más.

Una segunda posibilidad frente al conflicto es una declaración de guerra. Así los primeros cristianos podían haber dicho: “vamos a pelear la cosa; busquemos los aliados más poderosos para nuestro punto de vista y ya veremos quién se impone. El perdedor obedece al vencedor”. Es lo que solemos observar en la historia de los seres humanos: se generan alianzas para liquidar por la fuerza al adversario y así se impone la voluntad de un bando sobre otro. De este modo se construyó la famosa “pax romana” del imperio romano, tentación y propuesta histórica que se ha repetido.

La joven Iglesia buscó el camino más difícil, el camino del diálogo. Así se constituyó el primer Concilio:  se congregaron en torno a la mesa de diálogo en Jerusalén. Podemos imaginarnos las palabras fuertes y apasionados, con el estilo confrontacional que caracteriza a veces a los de oriente medio. Pero aguantaron: se escucharon mutuamente, convencidos de las buenas intenciones de la otra parte y pudieron salir del embrollo. Forjaron un  sentir común para un compromiso honroso. El umbral de exigencias para admitir a los gentiles (Griegos) en la comunidad cristiano se puso lo más bajo posible. Sin embargo era necesario que tuvieran comprensión por los cristianos judíos y que admitieran algunas de las prescripciones de la Ley judía.

En la carta donde se manda la decisión y conclusión de la reunión en Jerusalén a los cristianos de Antioquia,  hay una frase muy notable. “El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido…” ¿Qué se han creído estos? diríamos nosotros. Pareciera una extraordinaria pretensión. Lo que admitimos y prohibimos, lo admite y prohíbe Dios mismo. ¿Quién puede reivindicar para sí tamaña afirmación? Pero también se puede leer como una expresión de humildad. Tratamos de buscar y entender (=discernir) lo mejor posible lo que coincide con la inspiración del Espíritu y darle curso a aquello de la manera más fiel y exacta posible dentro de lo que siempre son las limitaciones del lenguaje humano. Entonces se lee como un maravilloso ejemplo de “discernimiento comunitario”.

Jesús dijo a propósito del Espíritu que prometió enviar, que trabajaría como recuerdo para los discípulos y que más adelante les aclararía todo. El Espíritu trabaja en dos direcciones. Es la memoria de la Iglesia, la garantía de la fidelidad a la tradición. También trabaja como clave para la interpretación de los signos de los tiempos, como guía en el camino hacia un futuro desconocido. El Espíritu es la lengua en la cual entendemos a Dios. Así se describe Pentecostés en los Hechos de los Apóstoles. A pesar de la gran diversidad de idiomas, todos “entendieron lo mismo”. Sin embargo, la gente suele escuchar de distintas maneras. Entonces además de la diversidad de idiomas,  siempre se corre el riesgo del malentendido, de la confusión o de la contradicción. Aún así, se avanzará en la comprensión a condición de dejarse inspirar por el mismo Espíritu y no renunciar al esfuerzo y la perseverancia para dejar hablar al Espíritu del modo más claro posible. En eso consiste la humildad de la fe, tanto en la cumbre como en la base de la iglesia, cuando hay disposición para escuchar y entender el punto de vista del otro y viceversa.

Por cierto que hoy en día también hay divergencias y conflictos en la iglesia, en puntos donde unos insisten con mucha fuerza y donde otros pasan con ligereza. Está la fidelidad a la tradición contra la sensibilidad hacia los desafíos del futuro. ¿No nos puede enseñar mucho la iglesia de la primera generación de cristianos? La solución al conflicto que la dividió tuvo esa conclusión: “no imponer ninguna carga sino la estrictamente necesaria”. ¿Qué cargas se imponen hoy a la gente que quiere seguir perteneciendo a la iglesia? ¿A las personas que están dispuestas y capacitadas para tomar una responsabilidad en la comunidad cristiana? Por supuesto que son preguntas que ponen a prueba la paz en la iglesia. Con el celebrante de la Eucaristía el pueblo reza antes de la comunión que el Señor resucitado en medio de nosotros no mire nuestros pecados, sino la fe de la Iglesia, y conforme a su palabra, le conceda la paz y la unidad. ¡Aquello no es un regalo así no más sino una ardua misión!

martes, 23 de abril de 2013

5º Domingo de Pascua: Jn 13, 31-35



5° domingo de Pascua: Jn 13, 31-35


“En esto conocerán que son mis discípulos: si se tienen amor los unos a los otros" (Jn 13,35). Al decir “discípulos”, Jesús no se refiere a cada uno individualmente, sino a la comunidad de los que siguen a Jesús y sus enseñanzas, es decir, a la Iglesia. Jesús, en esta hora suprema en que nos deja Su Testamento antes de morir, no dice: "Conocerán que son mis discípulos, si viven pobres o si son obedientes, si han aprendido bien todas mis enseñanzas o si son capaces de predicar mi Evangelio". Son todas cosas necesarias, pero no coinciden con la quintaesencia de la Iglesia. Ésta es solamente el amor fraterno. Por eso, podría definirse a la Iglesia como "la comunidad de los que se aman como Cristo los ha amado". Cristo nos ha amado hasta dar su vida para que nosotros tengamos vida. Cristo nos ha amado hasta hacernos partícipes del mismo amor que existe entre el Padre y el Hijo. Cristo nos ha amado hasta hacerse esclavo y lavar los pies a los suyos, para que conociéramos bien que el amor, la autoridad entre sus discípulos, es fundamentalmente servicio. Si por encima del amor fraterno, o peor todavía, al margen de él, se ponen otros valores en la vida diaria de la Iglesia, habrá que concluir que no estamos tocando el corazón de la Iglesia.

 Esta Iglesia, amor y comunión, se realiza históricamente en las pequeñas comunidades de los orígenes cristianos, por ejemplo, en las comunidades fundadas por Pablo y Bernabé durante su primer viaje misionero (primera lectura). Esta Iglesia histórica es reflejo, a la vez que impulso, hacia la Iglesia eterna, morada definitiva y sin término de Dios entre los hombres (segunda lectura).

En nuestro complejo mundo globalizado, ¿qué es lo que le da mayor credibilidad a la Iglesia? Indudablemente es el testimonio de amor fraterno porque es lo que testimonia quién y cómo es Dios para todos los hombres. Es cierto que la Iglesia docente es necesaria, insustituible e inseparable de la Iglesia Caridad, pero a los ojos de los hombres, incluso los cristianos, no es su rostro más atractivo. También es importantísima la Iglesia que celebra los sacramentos y un modo muy apto de expresar su amor a sus hijos en diversas situaciones y circunstancias de la vida, pero tampoco es el rostro que más seduce a los cristianos, menos todavía a los que no lo son. El verdadero rostro de la Iglesia nos lo da la Iglesia-Caridad, comunión, la Iglesia que realmente ama y se dedica a comunicar amor mediante todos y cada uno de sus hijos. Es demás conocido el hermoso canto: “Donde hay caridad y amor, ahí está Dios”, que se fundamenta en la hermosa expresión de S. Juan: “Dios es Amor”. También podemos agregar: “Donde hay amor fraterno, ahí está la Iglesia”. Esa caridad – amor fraterno -  que en Dios tiene su manantial y en Dios termina su recorrido de amor por las vidas de los hombres. Dios, alfa y omega de la caridad, entre estos dos extremos del vocabulario griego, se hallan todas las demás consonantes y vocales con las cuales expresar de todo corazón nuestro amor al prójimo. No desliguemos jamás la caridad de la fe, del dogma, de la liturgia, de las instituciones, pero que el rostro más bello, genuino y verdadero, que cada uno de nosotros ofrezca a la Iglesia, sea el rostro de la caridad verdadera y del amor sincero.

Por eso es tan grande la misión que nos dejara San Alberto Hurtado en la Institución eclesial del “Hogar de Cristo”. Está llamado a ofrecer  el rostro acogedor, misericordioso y tierno del Señor a través de las miles de personas, trabajadores, voluntarios, socios y simpatizantes que configuramos el rostro del “Hogar de Cristo”. El Hogar de Cristo es un maravillo regalo a la Iglesia de Chile. ¿No podemos anhelar que, a futuro, sea también un regalo para América Latina?





domingo, 21 de abril de 2013

Extractos de homilías del Papa Francisco



Homilía en Domingo de Ramos
       1. Jesús ha despertado en el corazón tantas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa que no cuenta a los ojos del mundo. Él ha sabido comprender las miserias humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios y se ha inclinado para curar el cuerpo y el alma.
           2. No seáis nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; que está entre nosotros.
           3. ¿Qué tipo de rey es Jesús? Mirémoslo: montado en un pollino, no tiene una corte que lo sigue, no está rodeado por un ejército, símbolo de fuerza. (…) Jesús no entra en la Ciudad Santa para recibir los honores reservados a los reyes de la tierra (…); entra para ser azotado, insultado y ultrajado (…); entra para recibir una corona de espinas, una caña, un manto de púrpura: su realeza será objeto de burla; entra para subir al Calvario cargando un madero. Jesús entra en Jerusalén para morir en la cruz. Y es precisamente aquí donde resplandece su ser rey según Dios: su trono regio es el madero de la cruz.
           4. Los jóvenes deben decir al mundo: Es bueno seguir a Jesús; es bueno ir con Jesús; es bueno el mensaje de Jesús; es bueno salir de uno mismo, a las periferias del mundo y de la existencia, para llevar a Jesús.

           5. Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo; esta es una prueba clara. Cuando la gente nuestra anda ungida con óleo de alegría se le nota: por ejemplo, cuando sale de la misa con cara de haber recibido una buena noticia.
           6. Así hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia redentora: en las “periferias” donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones. No es precisamente en autoexperiencias ni en introspecciones reiteradas que vamos a encontrar al Señor.
           7. Esto os pido: sed pastores con “olor a oveja”, que eso se note.

           8. Es el ejemplo del Señor: Él es el más importante y lava los pies porque, entre nosotros, el que está más en alto debe estar al servicio de los otros. Y esto es un símbolo, es un signo, ¿no? Lavar los pies es: “Yo estoy a tu servicio”.
           9. A veces estoy enfadado con uno, o con una… pero… olvídalo, olvídalo, y si te pide un favor, hazlo. Ayudarse unos a otros: esto es lo que Jesús nos enseña y esto es lo que yo hago, y lo hago de corazón, porque es mi deber.

           10. En esta noche debe permanecer solo una palabra, que es la Cruz misma. La Cruz de Jesús es la Palabra con la que Dios ha respondido al mal del mundo. A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad Dios ha hablado, ha respondido, y su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia, perdón. Y también juicio: Dios nos juzga amándonos.
           11. Los cristianos deben responder al mal con el bien, tomando sobre sí la Cruz, como Jesús.

           12. Somos como los apóstoles del Evangelio: muchas veces preferimos mantener nuestras seguridades, pararnos ante una tumba, pensando en el difunto, que en definitiva solo vive en el recuerdo de la historia, como los grandes personajes del pasado. Tenemos miedo de las sorpresas de Dios.
           13. Hermanos y hermanas, no nos cerremos a la novedad que Dios quiere traer a nuestras vidas. ¿Estamos acaso con frecuencia cansados, decepcionados, tristes; sentimos el peso de nuestros pecados, pensamos que no lo podemos conseguir? No nos encerremos en nosotros mismos, no perdamos la confianza, nunca nos resignemos: no hay situaciones que Dios no pueda cambiar, no hay pecado que no pueda perdonar si nos abrimos a él.
           14. Acepta entonces que Jesús Resucitado entre en tu vida, acógelo como amigo, con confianza: ¡Él es la vida! Si hasta ahora has estado lejos de él, da un pequeño paso: te acogerá con los brazos abiertos. Si eres indiferente, acepta arriesgar: no quedarás decepcionado. Si te parece difícil seguirlo, no tengas miedo, confía en él, ten la seguridad de que él está cerca de ti, está contigo, y te dará la paz que buscas y la fuerza para vivir como él quiere.

           15. Jesús ha resucitado, hay la esperanza para ti, ya no estás bajo el dominio del pecado, del mal. Ha vencido el amor, ha triunfado la misericordia. La misericordia de Dios siempre vence.
           16. El poder de la resurrección, este paso de la esclavitud del mal a la libertad del bien, debe ponerse en práctica en todos los tiempos, en los momentos concretos de nuestra vida, en nuestra vida cotidiana. Cuántos desiertos debe atravesar el ser humano también hoy. Sobre todo el desierto que está dentro de él.
           17. He aquí, pues, la invitación que hago a todos: acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo. Dejémonos renovar por la misericordia de Dios, dejémonos amar por Jesús, dejemos que la fuerza de su amor transforme también nuestras vidas; y hagámonos instrumentos de esta misericordia, cauces a través de los cuales Dios pueda regar la tierra, custodiar toda la creación y hacer florecer la justicia y la paz.

jueves, 18 de abril de 2013

4º Domingo de Pascua: Jn 10, 27-30


4° Domingo de Pascua (Jn 10, 27-30)

Ejecutivos y Pastores


La principal misión de la Iglesia es anunciar el Evangelio o la Buena nueva: es la gran misión que da Jesús resucitado a sus discípulos. “La dulce y confortadora alegría de evangelizar” decía el cardenal Bergoglio a sus colegas cardenales unos días antes de ser elegido Papa.
Por cierto la fe cristiana es una fe que anuncia. Aquel que anuncia quiere ser entendido y comprendido. Por eso cada homilía busca ser un puente entre el lenguaje poético, metafórico de la Escritura y el lenguaje del hombre moderno. Aquí surge le pregunta: ¿en qué medida se entiende todavía el lenguaje poético y metafórico de la Biblia por parte del hombre acostumbrado al lenguaje del PC y de Internet? Por supuesto que tenemos que seguir buscando cómo se relaciona el lenguaje antiquísimo de la Biblia, de la “Palabra de Dios” con el lenguaje del hombre actual que vive en un mundo totalmente ajeno a aquel antiguo mundo bíblico: hoy es absolutamente otro el lenguaje y el mundo de la comunicación.

¿Qué puede decirnos la imagen del pastor en ese tiempo en que la tecnología  puede seguir todas nuestras actividades y que mucha gente para buscar una orientación se guía por su celular o por internet a través de un buscador?
Si queremos que el anuncio del “Buen Pastor” sea entendible hoy, entonces tenemos que re-des-cubrir esa hermosa metáfora desde un mundo de imágenes y lenguaje que ya no es para nada el nuestro.
Efectivamente, “El Pastor” evoca una imagen más bien suave y tierna, con el consiguiente peligro que entonces interpretemos al mismo Jesús que dijo: “Yo soy el buen pastor” como una imagen tierna que ponemos en un rinconcito ajeno a nuestro mundo.
Para los pocos privilegiados, familiarizados con el lenguaje bíblico y litúrgico, “El Pastor” tiene un profundo significado. Es una imagen que designa nada menos que a Dios. Es una palabra que invita a la entrega confiada a Él, no importen las circunstancias en las que nos encontremos. Pero nuestro mundo lleno de duro “hardware” y “software” que confunden, obstruye el acceso a la belleza y densidad de la imagen de “pastor”.
En este mundo nuestro, el percibir, sentir y comprender el lenguaje bíblico y metafórico, se va evanesciendo. Suena más fuerte el lenguaje de la gestión y ejecución: el lenguaje de la eficiencia y de las cifras y de los cuadros de producción, el rendimiento de las inversiones, el lenguaje de los organigramas y de las cartas “Gantt”.
Sin embargo, no debieran entrar en una irreconciliable competencia ambos lenguajes. Tal vez tienen algo que ofrecer el uno al otro. La eficiencia bien entendida puede producir frutos en una comunidad cristiana: una buena organización, un estilo pastoral adaptado y por sobre todo, valorando las cualidades y aportes de las personas. ¡Los pastores con cualidades de ejecutivos no sobran ni son un lujo!
Pero los ejecutivos se violentan a si mismos y a la realidad cuando piensan que todo se puede hacer y medir, hasta en las capas más profundas de la existencia humana, allí donde todo lenguaje enmudece. Los buenos ejecutivos saben aquello que ocurre en el corazón del ser humano y que no se puede medir con cifras. Los ejecutivos con corazón de pastor son imprescindibles.

Esa constatación nos lleva nuevamente adonde la imagen bíblica: Dios es el Pastor que define toda acción pastoral. Nuestro tiempo y nuestro mundo de la comunicación material y de la informática necesitan este tipo de eficiencia: una pastoral sanadora y liberadora. El conocimiento y manejo de una buena “administración de negocios” pueden aplicarse de lleno aquí: acogida, solidaridad y por sobre todo la atención por el valor único de cada ser humano. Allí donde se realizan estos valores, se puede hablar de cuidado y motivación pastoral.
Podemos referirnos  aquí a nuestro santo fundador: es el alma de un auténtico pastor que movió y conmovió al P.Hurtado cuando nos habla del “sentir social”: esa preocupación y con-moción por el ser humano, especialmente el débil, frágil, marginal y excluido. Es la forma de pastoreo que muestra el Jesús de los evangelios, revelándonos así la imagen de Buen Pastor que es Dios por todos los hombres.
Para eso se requieren pastores con cualidades de administrador y administradores con un corazón de pastor.

jueves, 11 de abril de 2013

3er Domingo de Pascua: Jn 21, 1-19

3er Domingo de Pascua: Jn 21, 1-19

Hoy se lee el epílogo del cuarto evangelio. Los dos últimos versículos del capítulo 20 que se leyeron el domingo pasado, son claramente final del evangelio. Lo de hoy es un agregado en forma de epílogo y retoma la escena de la pesca milagrosa y de un encuentro con Jesús resucitado en la eucaristía.
Inserto aquí un comentario de J.A. Pagola de la primera parte de este epílogo.

El encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos junto al lago de Galilea está descrito con clara intención catequética. En el relato subyace el simbolismo central de la pesca en medio del mar. Su mensaje no puede ser más actual para los cristianos: sólo la presencia de Jesús resucitado puede dar eficacia al trabajo evangelizador de sus discípulos.

El relato nos describe, en primer lugar, el trabajo que los discípulos llevan a cabo en la oscuridad de la noche. Todo comienza con una decisión de Simón Pedro: «Me voy a pescar». Los demás discípulos se adhieren a él: «También nosotros nos vamos contigo». Están de nuevo juntos, pero falta Jesús. Salen a pescar, pero no se embarcan escuchando su llamada, sino siguiendo la iniciativa de Simón Pedro.

El narrador deja claro que este trabajo se realiza de noche y resulta infructuoso: «aquella noche no cogieron nada». La «noche» significa en el lenguaje del evangelista la ausencia de Jesús que es la Luz. Sin la presencia de Jesús resucitado, sin su aliento y su palabra orientadora, no hay evangelización fecunda.

Con la llegada del amanecer, se hace presente Jesús. Desde la orilla, se comunica con los suyos por medio de su Palabra. Los discípulos no saben que es Jesús. Sólo lo reconocerán cuando, siguiendo dócilmente sus indicaciones, logren una captura sorprendente. Aquello sólo se puede deber a Jesús, el Profeta que un día los llamó a ser "pescadores de hombres".

La situación de no pocas parroquias y comunidades cristianas es crítica. Las fuerzas disminuyen. Los cristianos más comprometidos se multiplican para abarcar toda clase de tareas: siempre los mismos y los mismos para todo. ¿Hemos de seguir intensificando nuestros esfuerzos y buscando el rendimiento a cualquier precio, o hemos de detenernos a cuidar mejor la presencia viva del Resucitado en nuestro trabajo?

Para difundir la Buena Noticia de Jesús y colaborar eficazmente en su proyecto, lo más importante no es "hacer muchas cosas", sino cuidar mejor la calidad humana y evangélica de lo que hacemos. Lo decisivo no es el activismo sino el testimonio de vida que podamos irradiar los cristianos.

No podemos quedarnos en la "epidermis de la fe". Son momentos de cuidar, antes que nada, lo esencial. Llenamos nuestras comunidades de palabras, textos y escritos, pero lo decisivo es que, entre nosotros, se escuche a Jesús. Hacemos muchas reuniones, pero la más importante es la que nos congrega cada domingo para celebrar la Cena del Señor. Sólo en él se alimenta nuestra fuerza evangelizadora.

viernes, 5 de abril de 2013

2º Domingo de Pascua: Jn 20, 19-31

2° Domingo de Pascua: Jn 20 19-31

En Chile y especialmente en la zona central, en este 2° domingo de Resurrección, se celebra la popular y folclórica fiesta del “Quasimodo” (viene de la antigua antífona de entrada: “así como recién nacidos…). Hombres y mujeres enfermos que no pudieron recibir a Cristo sacramentado el día de Pascua de Resurrección, lo reciben este domingo en su casa. El sacerdote o diácono, repartiendo el Santísimo, va acompañado de una multitud de huasos a caballo o de ciclistas, todo muy adornado y pintoresco. Es una hermosa costumbre de una gran fe popular.
Precisamente es el tema de la fe en Cristo vivo, resucitado, que está central en el evangelio de hoy con la figura del apóstol Tomás. Este discípulo se caracteriza por su gran generosidad en seguir al Señor cuando invita a sus compañeros: “Vamos también nosotros a morir con Él” (Jn 11, 16). Pero cuestionará luego a Jesús que dice: “ya conocen el camino para ir a donde yo voy”. Todavía con el corazón embotado Tomás le replica: “Señor no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino? Conocemos bien la respuesta de Jesús: “Yo soy el camino…” (Jn 14, 6). Un poco más adelante precisa: “Quien me ha visto a mi ha visto al Padre”.
En el evangelio de hoy, los discípulos llenos de alegría anuncian a Tomás: “Hemos visto al Señor”. Sabemos que en el evangelio de Juan el verbo “ver” no se refiere a una visión sensible, sino es la percepción nueva que se abre a la mirada del creyente gracias a la acción del Espíritu, como nos lo sugiere el relato por el gesto del Señor que sopla sobre ellos diciendo: “Reciban el Espíritu Santo”. Lo que los discípulos han visto a partir de la obra del Espíritu Santo en ellos es el verdadero sentido del acontecimiento de la resurrección que es el triunfo de la vida sobre la muerte, del amor misericordioso sobre el odio. Eso lo entendemos por el alcance de las palabras de Jesús quien les da el poder de perdonar (es decir el poder de reconciliar a los hombres con el proyecto del Padre revelado en Jesús). Jesús les confirma el sentido redentor (reparador o de “nuevo orden”, “nueva creación”) instaurado con su Pasión gloriosa. Jesús los invita a compartir la gracia de la que son los primeros beneficiarios. Acceden (finalmente) al don de la fe (al recibir el Espíritu de Jesús). Porque, al fin y al cabo, es un ejercicio de fe, pues nada permite verificar que la reconciliación y la nueva creación estén visiblemente en marcha y que, por lo tanto, los pecados quedan efectivamente perdonados.
Tomás que aun no ha visto al Señor resucitado desde esta perspectiva, porque no estaba en la comunidad y aun no había recibido al Espíritu de Jesús, recorre un camino distinto para llegar a la fe. Llegará a creer que la misericordia del Señor ha triunfado de su pecado. El Resucitado le llama a salir de una culpabilidad que lo aquejaba probablemente a partir de la muerte (y fracaso) del Señor para acoger la vida nueva de su Espíritu. “Shalom o la paz esté con ustedes”. Con ese saludo familiar entre los judíos se presenta el Señor.
Se suele interpretar fácilmente que Tomás buscaba una prueba de la resurrección del Señor. El texto no dice que puso su mano en las llagas gloriosas de su Maestro. Como muchas veces ocurre en el cuarto evangelio, Tomás pedía un signo para creer y aceptar el amor misericordioso de su Señor. El signo es el de la Pasión y del sufrimiento, del costado abierto de donde nace la nueva humanidad. “No seas incrédulo, sino hombre de fe”.
A partir de allí Tomás puede acoger el don de la fe y pronunciar en el Espíritu la más hermosa profesión de fe de los evangelios: “Señor mío y Dios mío”. Por el Espíritu Santo reconoció en Jesús al hijo de Dios, vencedor de la muerte. Brotó la nueva creación (agua y sangre) de su corazón perforado. Aceptando la Pasión de Cristo pudo recibir la gracia de creer en la Resurrección.
¿No nos dice todo aquello que en la medida que reconocemos la Pasión de Cristo en la pasión de tantos hombres,  mujeres y niños dolientes, sufridos, vejados y que estamos dispuestos a poner nuestra mano en esas llagas, en esa misma medida el Espíritu nos dará la gracia de creer y reconocer a Cristo resucitado?
Es conmovedor el camino que recorrió el apóstol Tomás.
Desentendernos de la pasión de nuestros hermanos que es la Pasión de Cristo, nos puede dejar caer en la culpabilidad de Tomás (o la desesperanza que veremos el próximo domingo en los discípulos de Emaús).
Estando solo y fuera de la Comunidad, Tomás mantuvo su visión embotada, triste y sin fe. Estando nuevamente “con ellos”, descubre el camino de la fe.
¿No es hermoso que en el relato de hoy, Juan nos describe a su manera el evento de Pentecostés y el nacimiento de la Iglesia, la nueva comunidad y principio de la nueva humanidad?

viernes, 29 de marzo de 2013

Domingo de Pascua: Jn 20, 1.9


No está más en la tumba...

Domingo de RESURRECCIÓN: Jn 20, 1-9

¿Qué hay de tan especial en la vida de Jesús de Nazaret que después de 20 siglos, sigue siendo el personaje histórico más comentado y que más gente ha convocado a través de la historia?

Al leer los evangelios, constatamos a lo menos tres líneas destacadas de la vida de Jesús.
Jesús “revoluciona” la vivencia de la religión de su tiempo. Cuando se trata de hacer el bien al que está sufriendo o padeciendo gran necesidad, no hay prescripción religiosa que valga para no hacer el bien. “El Sábado está hecho para el hombre y no el hombre para el Sábado”.
Segunda constatación. Jesús triunfa del mal “haciendo el bien”. El bien es todo aquello que promueve la vida de los seres humanos. El mal es lo que destruye su vida de una u otra manera (¡incluso puede ser la religión!); el mal es pecado. Cuantos relatos evangélicos hablan de curaciones, de perdón de pecados o de llamados a ser clementes y misericordiosos.
 Lo más definitivo en la vida de Jesús es su mensaje que Él ha triunfado de la muerte, “el último enemigo”. De eso tratan todos los relatos de resurrección.

Es probable que jamás alguien hubiera hablado de la muerte de Jesús de Nazaret si no fuera porque con posterioridad, se manifestaron los acontecimientos que sus seguidores, llamados cristianos, calificaron de  glorificación o resurrección. Por lo mismo estamos aquí celebrando y conmemorando el misterio de nuestra fe: “anunciamos su muerte, proclamamos su resurrección y clamamos por su venida”.

Los relatos de resurrección hablan de vida más allá de la muerte. Nos cuentan que Dios es fiel a la obra de sus manos. Jesús está junto al Padre (“sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso” como reza el Credo), vive para siempre. ¿No es éste el anuncio pascual?
Este anuncio pascual está en continuidad con la vida de Jesús, de su predicación y de su “praxis”. Su mensaje, su “evangelio” no habló solamente de la vida después de la muerte, sino más bien de la vida aquí y ahora antes de la muerte.

Hay vida nueva allí donde gente que no le ve más sentido a su vida, de repente recibe nuevo impulso.
¡Cuántas veces puedo ser testigo de esta maravillosa gracia en la práctica del sacramento de la reconciliación! ¡Cuantas veces en el acompañamiento, doy gracias a Dios porque lo que era una situación sin salida, se transforma en un camino de vida!
Para el creyente, no hay duda que la gracia del resucitado actuó ayer, hoy y todos los días. El hoy y el futuro de la gracia se mantiene abierto para él que no se sepulta en su pasado doloroso.

En los evangelios las mujeres no encuentran más a Jesús en la tumba. Reciben la misión de dirigirse a Galilea, allí donde se inició el relato de la vida de Jesús. Es decir hay que ir donde los hombres y hay que hacer aquello mismo que hizo Jesús, “sintiendo en ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús”(Flp 2, 5). “Necesitamos salir…a la periferia, donde hay sufrimientos, donde hay sangre derramada, ceguera que desea ver, cautivos de tantos malos patrones” decía el Papa Francisco en su homilía a los sacerdotes en la misa crismal.
Ante las estructuras de muerte, Jesús hace presente la vida plena. “Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud” (Jn 10, 10). Por ello, sana a los enfermos, expulsa los demonios y compromete a los discípulos en la promoción de la dignidad humana y de relaciones sociales fundadas en la justicia.” (Aparecida 112)

En la medida que la práctica de evangelización de los discípulos misioneros de Jesús se enmarca en la práctica de su Maestro, en esa misma medida Él se hará presente entre nosotros y estará cambiando nuestra historia.
A esa experiencia de resurrección estamos todos convidados.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!