sábado, 10 de diciembre de 2011

3er Domingo de Adviento: Jn 1, 6-8. 19-28


 3er Domingo de Adviento: Jn 1, 6-8, 19-28


Ciertamente que Juan Bautista es un personaje muy querido por el autor del cuarto evangelio, lo mismo en los otros evangelios. Seguro que la figura del Bautista tuvo gran importancia en las primeras comunidades cristianas, por eso su papel relevante en cada evangelio.
¿Cuál era la real importancia del Bautista en la vida de las primeras comunidades?
La respuesta va en el sentido que fue consecuente: sufrió el martirio por denunciarle a Herodes la situación de pecado en la que vivía; dio su vida por testimoniar de la verdad. En el cuarto evangelio se le presenta como el que vino a dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él (por su testimonio).
“No era él la luz, vino sólo a dar testimonio de la luz”.

La presencia, la predicación y el estilo de vida de Juan Bautista causan un gran revuelo. Los evangelios señalan que mucha gente acudía donde él. Eso preocupaba a la autoridad central en Jerusalén, la que manda a jerarcas y autoridades del templo a averiguar lo que pasa y quién es él realmente.  Juan reconoce que él no es el “Mesías”, el tan anhelado libertador de aquel mundo de dominación extranjera y gran miseria reinante. No se identifica con ninguno de los personajes que ellos sospechaban y temían. Su temor viene de que se les podía arrebatar el control que ejercían sobre el pueblo desde el lugar sagrado del templo. Cuando Juan es requerido formalmente para darles a conocer su identidad y su misión, contesta con firmeza y claridad: “Yo soy la voz del que grita en el desierto: enderecen el camino del Señor”, citando al profeta Isaías. Como parecía que, con estas respuestas, carecía de la autoridad para bautizar, se le echa en cara su acción. Aquí Juan confirma su papel y misión de preparar la venida del Mesías. El bautiza con agua; el que viene después de él bautizará con espíritu. Es decir el bautismo de Juan es incompleto y preparatorio. Invita a la gente a cambiar de actitud, a dejar de ser cómplices de las injusticias del mundo. Eso ya no es poca cosa. Juan conoce su lugar. Anuncia al que viene, al que todavía no conocen y de quién él “no es digno de desatar la correa de su sandalia” (expresión que significa ponerse en lugar del novio). Juan no se pone en lugar del Mesías, sino abre paso a la venida de Jesús.

Jesús bautizará con “espíritu” y dará cumplimiento a lo que se señala en la primera lectura y que retomará el evangelio de Lucas para describir y resumir la misión de Jesús: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros, a proclamar un año de gracia del Señor.”


Durante esta semana, la liturgia volverá varias veces a la figura de Juan Bautista.
Por lo tanto es una invitación insistente a que nos pongamos en su senda, a que seamos valientes para allanar el camino al Señor. Seguir al Bautista es atreverse a ser profeta en nuestro mundo de hoy. Es invitar a dar el paso a reconocer a Jesús en medio de nosotros (“Entre ustedes hay alguien a quién no conocen”) cuyo espíritu es liberación para los pobres y los cautivos. Viene al caso citar aquí al cautivante filósofo francés Emanuel Levinas: “En el rostro del otro se manifiesta la epifanía del Señor”[1]. No es fijándose en algún detalle del rostro, porque esa sería observación distractiva. Es necesario fijarse con “los ojos del corazón” en el rostro del otro para percibir la misteriosa belleza de la presencia del Señor en él. La práctica de este ejercicio requiere una verdadera coversión. Pero se generará una nueva unión, una com-unión con Cristo presente en el otro. ¿No vivimos a veces este experiencia quasi mística en las fervientes celebraciones eucarísticas de nuestras comunidades eclesiales de base?

En estos tiempos de crisis, nuestro mundo carece de líderes carismáticos. Se busca y se espera a personajes que vengan a dar sentido, orientación y que abran caminos de esperanza.

Entre nosotros ha surgido años atrás un gran profeta: San Alberto Hurtado, verdadera visita de Dios a Chile. En estas semanas de Adviento,  el testimonio de su vida y su mensaje nos convidan a allanar los senderos y a preparar el camino para que en Chile la desigualdad económica y la exclusión social vayan menguando. ¿Quien más y mejor que él refirió a Jesús presente entre nosotros y que la mayoría de las veces desconocemos?
El bautismo con espíritu santo es aquel que, en nosotros, con nosotros y por nosotros, cambia el mundo según el espíritu de Jesús.
Por eso nos recuerda el P. Hurtado que  “los únicos que podemos cambiar el mundo somos nosotros”.




[1] “Le visage d´autrui, c´est l´épiphanie du Seigneur”

viernes, 2 de diciembre de 2011

2o Domingo de Adviento: Mc 1, 1-8


2º Domingo de Adviento: Mc 1, 1-18

Marcos vive en una comunidad cristiana, en un grupo de personas que están intentando poner en práctica el mensaje de Jesús de Nazaret. Ellos están experimentando un cambio profundísimo en su modo de vivir; para ellos, la experiencia que están atravesando constituye una inagotable fuente de alegría y de felicidad. El mensaje de Jesús ha sido, en verdad, buena noticia, la Buena Noticia : se sienten hijos de Dios y viven como hermanos de todos los que han querido adoptar este modo de vida; entre ellos no hay nadie que pase necesidad, porque todos han renunciado a hacerse ricos y lo que cada uno tiene lo comparte con todo el grupo; nadie está solo porque entre ellos todos son solidarios y sienten que en su solidaridad actúa la misericordia del Padre. El mundo se ha convertido ya allí, en ellos, en un mundo de hermanos... Pero esta transformación no ha sobrevenido de repente, sino como consecuencia de un proceso que, aunque pudiera estar avanzado, ha sido largo y aún no está terminado. Y Marcos quiere dejar escrito el testimonio de lo que dio origen a ese cambio tan profundo que se ha producido en la vida de los miembros del grupo.
Así empezó todo, dice Marcos. Estos son los orígenes, el comienzo de esa nueva realidad que se vive entre los grupos cristianos. Porque, a la vista del estilo de vida de los seguidores de Jesús, habrá quienes decidan adoptar ese modo de vivir e incorporarse al grupo: para ellos, para todos los que puedan sentirse atraídos por el mensaje de Jesús de Nazaret, escribe Marcos su evangelio, desde el principio. Para que todos sean conscientes de los hechos que dieron origen a lo que ahora viven y, probablemente, para que nadie intente llegar al final sin empezar por el principio.
Como está escrito en el profeta Isaías: «Mira: envío mi mensajero delante de ti; él preparará tu camino.» «Una voz grita desde el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos», se presentó Juan Bautista en el desierto proclamando un bautismo en señal de enmienda para el perdón de los pecados.
Juan Bautista, que tiene como misión preparar a los hombres para recibir al Mesías y escuchar su mensaje, se marcha fuera, se margina él mismo de la sociedad y proclama su mensaje desde un lugar despoblado.
Era la de entonces una sociedad injusta y opresora; por eso Juan empieza su tarea invitando a la gente a salir de aquel ambiente de pecado y a volver al desierto, el lugar que representa, según los testimonios del Antiguo Testamento, la época en la que las relaciones del pueblo con Dios fueron mejores (Sal 114,1), el tiempo en el que la experiencia de la liberación de la esclavitud, sentida como manifestación del amor eterno de Dios hacia su pueblo Jr 31,3; Is 63,7-9; Sal 98,3; 107,1-8; 136,10-24), estaba todavía a flor de piel; en correspondencia a esa muestra de amor, Israel se comprometió a vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, evitando que entre ellos se reprodujeran las estructuras de esclavitud que habían tenido que soportar en la tierra de Egipto (Ex 19,8).
Desde otro desierto, figura del primero, Juan empieza a proclamar su pregón. Este consiste en una invitación: enmiéndense, corrijan su modo de vivir, abandonen su vida de pecado.
Y fue saliendo hacia él todo el país judío y todos los habitantes de Jerusalén, y él los bautizaba en el río Jordán a medida que confesaban sus pecados.
En el modo de expresarse de los antiguos profetas (con quienes se muestra identificado Juan Bautista), pecado era todo aquello que hacía volver a la sociedad a la situación de Egipto, olvidándose del Dios que los liberó de la esclavitud y destruyendo la libertad y la dignidad de los que por Dios fueron liberados. Pecado era la injusticia y la explotación del hombre por el hombre, expresión y consecuencia de toda idolatría (Is 1,10-31; 59,9-15; Am 5,7-12).
El Bautista, para preparar el camino al Señor, a Dios, que viene en Jesús Mesías, Hijo de Dios, propone a los que salen de la sociedad injusta -«y fue saliendo hacia él todo el país judío y todos los habitantes de Jerusalén»- que rompan con la injusticia y que adopten un modo de vivir de acuerdo con la voluntad del Dios liberador, expresando esa decisión en un bautismo: «y él los bautizaba en el río Jordán a medida que confesaban sus pecados».
Así empezó todo. Este es el principio de los orígenes. Y así debería empezar el camino de cada hombre hacia la fe.
Sin embargo, ¿es posible descubrir en todos los que nos llamamos cristianos a personas que han roto con la injusticia, con la explotación del hombre por el hombre, con la violación de los derechos y de la dignidad de la persona...? Y esto es sólo el principio.
En los últimos tiempos se habla mucho de la necesidad de renovación dentro de la Iglesia. He aquí un camino: acabemos con cualquier tipo de complicidad con este mundo injusto y preparemos así el camino a Jesús, que llega. ¿Sabrá la Iglesia de verdad partir con un nuevo comienzo? ¿Sabrá renovarse en fidelidad amorosa al proyecto de Jesús de Nazareth? ¿A 50 años de la convocación del Concilio Vaticano II por Juan XXIII, hay suficiente coraje para retomar la corriente profética y el camino que él nos abrió?
La respuesta es que depende de cada uno de nosotros y de todos los que confesamos que somo cristianos.



jueves, 24 de noviembre de 2011

1er Domingo de Adviento: Mc 13, 33-37


 1er Domingo de Adviento: Mc 13, 33-37

 “Tengan cuidado” y “Estén prevenidos”, son dos invitaciones del evangelio en este primer Domingo de Adviento. En este mundo lleno de peligro de robos, de inseguridades, está cada vez más de moda el estar atento y prevenido. Se usan alarmas electrónicas, rayos láser y otros medios sofisticados para estar atento en nuestras casas, oficinas y barrios.  Se han agudizado los sistemas de   “alertas” frente a cualquier señal de terrorismo, gastando fortunas en detectar la menor posibilidad de amenaza. Además de esas alertas, hay que aprender a estar atento a los sutiles sistemas financieros que facilmente se nos meten impunemente las manos al bolsillo.
¿A ese cuidado y prevención nos convida el evangelio de hoy?
Si hemos de estar atentos y prevenidos, no es por miedo y desconfianza, sino por la espera y confianza de que alguien está por llegar, alguien esperado desde hace mucho tiempo.
El Adviento es un llamado que nos hace la Iglesia a estar atentos a la venida de Dios entre nosotros. Eso requiere agudizar los sentidos y crecer en discernimiento para percibir su venida y presencia en medio de nosotros. Tendemos a hacer la experiencia del abandono y del silencio de Dios, cuando nos enfermamos, cuando envejecemos, y tantas veces cuando observamos todo lo cruel que ocurre en nuestro mundo. Es precisamente en todos estos momentos de oscuridad que el evangelio nos invita a estar atentos, alertas, vigilantes, porque Dios es, en esencia, el Dios que viene a nosotros, que está entre nosotros de mil maneras, sobre todo allí donde hay dolor y sufrimiento.
El siguiente cuento nos puede aclarar cómo estar atento y prevenido.
Casimiro, un hombre muy religioso pedía insistentemente a Jesús que le dejara ver su rostro. Su máximo anhelo antes de morir era poder encontrarlo frente a frente.
Un buen día, estando en la Iglesia, escuchó una voz que le decía en su interior: Ha llegado el tiempo en el que me podrás ver: Mañana iré a visitarte a tu casa. Espérame y me verás. No faltaré. Casimiro volvió a su casa, y se puso a preparar todo para su encuentro con Jesús. Barrió la casa, puso en la puerta una bella alfombra nueva, preparó unas galletas y una torta, para ofrecerle una buena merienda a Jesús.
Al día siguiente, Casimiro se puso a la puerta de su casa con la torta, las galletas y las golosinas sobre una mesa. Pasaba el tiempo y no aparecía Jesús. De pronto, pasó por allí un niño jugando solo; se quedó mirando la torta y las golosinas y se fue acercando poco a poco, jugando cada vez más cerca. Estuvo allí un buen rato hasta que Casimiro lo regañó y le dijo: Vete a jugar lejos de mi casa, porque estoy esperando un visitante muy ilustre y no estoy dispuesto a que tú te comas lo que le he preparado para comer. El niño se fue muy triste a jugar en otra parte.
Un poco más tarde, vio venir a una viejita pobre que tenía la ropa y los zapatos muy sucios; era una viejita conocida en el vecindario; se acercó a la puerta de la casa de Casimiro para pedir una limosna, como acostumbraba, pero éste le prohibió que se acercara y pisara su alfombra nueva: Me la vas a manchar, le dijo. Vete, que estoy esperando un visitante muy ilustre y no estoy dispuesto a que tú me estropees la limpieza de mi casa. La viejita se fue muy triste a pedir una limosna en otra parte.
Pasaba el tiempo y Jesús no aparecía. Ya por la tarde, vino un vecino corriendo y le pidió a Casimiro que le ayudara a sacar su carro de un hueco en el que había caído por accidente; pero Casimiro dijo: No puedo dejar mi casa sola, porque estoy esperando un visitante muy ilustre, y no estoy dispuesto a que no me encuentre esperándolo. El vecino se fue muy triste a pedir ayuda en otra parte.
Cayó la noche y Jesús no apareció. Al otro día, Casimiro se fue a la Iglesia a preguntarle a Dios por qué no había cumplido su promesa: ¿Por qué, Señor? ¿Por qué no cumpliste tu promesa de ir a verme a mi casa? Hubo un Tiempo de silencio. Dios callaba. De pronto, Casimiro escuchó una voz que le decía en su interior: Fui y no me reconociste; yo era el niño que esperaba que me dieras un poco de torta y algunas golosinas para alegrarme la vida. Yo era la anciana pobre que pasó por delante de tu casa esperando recibir alguna ayuda para vivir. Yo era tu vecino que te pedía un favor. No quisiste verme. Las tres veces me fui muy triste a buscar en otra parte. Y Casimiro, salió fuera y lloró amargamente por no haber reconocido a Jesús”.

Estar atento y prevenido para recibir “al dueño de casa, al atardecer, a medianoche o al canto del gallo o por la mañana” (es decir ¡las 24 horas!), es estar atento al paso de Dios por nuestras vidas.
Los ritmos de vida que llevamos, la cultura crecientemente materialista y consumista en la que estamos inmersos, atentan contra la atención y acogida a ese paso de Dios. El evangelio del pasado Domingo nos recordaba que seremos juzgados por lo que hicimos y por lo que dejamos de hacer a los seres humanos en los que se encarna el paso de Dios por nuestras vidas.
Hoy se nos invita a estar atentos y a atender al mismo Señor que en ellos nos interpela y nos visita.







jueves, 17 de noviembre de 2011

Solemnidad de N.S.Jesucristo, Rey del Universo: Mateo 25, 31-46


Fiesta de Cristo Rey
Mt 25, 31-46

Hoy concluye el ciclo del año litúrgico con la fiesta de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. Es muy significativo que se nos propone el hermoso e impactante evangelio del juicio final de San Mateo. Con ello, la Iglesia nos invita a mirar hacia el final, pero no para olvidar el presente porque si hay un texto en la Biblia que tiene bien claro el presente, es éste. Mirar el futuro con los pies en la tierra y con el corazón en los hermanos.

A lo largo de su evangelio, Mateo destaca que Jesús no se ha alejado de nosotros. El evangelio de hoy es una insistente invitación a reconocerlo en nuestros hermanos que sufren: los hambrientos, los sedientos, los enfermos, los encarcelados, los sin techo, las víctimas de las drogas etc. Jesús se identifica con ellos, vive y sufre su pasión en ellos.
El quedar indiferente, el no reconocerlo en los más sufridos de nuestros hermanos, resulta en un juicio condenatorio con tremendas consecuencias (“el castigo eterno” en oposición a la “Vida eterna”).
Sin duda podemos señalar que aquí está el pecado más común y menos confesado: el pecado de omisión, el omitir el gesto de solidaridad con el prójimo.

El compromiso con los pobres es el test de nuestra fidelidad al Reino.
El amar y servirlos es amar y servir al Señor. Porque Jesús se identifica con el pobre, el pobre es un sacramento de Jesucristo.
En nuestro compromiso con ellos, se realiza la segunda petición del Padre nuestro: “Venga tu reino”.

Como “Hogar de Cristo”, no podemos dejar de mirar al P. Hurtado en relación con el evangelio de hoy. Lo más sublime del P. Hurtado es su maravilloso cristocentrismo. Así resume al Cristo de los evangelios largamente contemplado en la oración: “Pasó por el mundo haciendo el bien, un bien que no es una altiva caridad tirada al pobre, sino una efusión de un amor que no humilla, sino que comprende, compadece fraternalmente, eleva.  El gesto de Cristo es gesto de respeto, de comprensión, de compenetración afectiva con la masa doliente, de sentirse uno de ellos y de cargarse con todo su ser del lado de los que sufren, y de poner toda su palabra, su poder, su influencia del lado de ellos.

Pero hay mucho más: el pobre es Cristo mismo. El prójimo en general pero especialmente el pobre es sacramento de Cristo: “Cristo vaga por nuestras calles en la persona de tantos pobres dolientes, enfermos, desalojados de su mísero conventillo. Cristo, acurrucado bajo los puentes en la persona de tantos niños.  ¡Cristo no tiene hogar!.. El pobre suplementero, el lustrabotas...  la mujercita de tuberculosis piojosa es Cristo.  El borracho... no nos escandalicemos: es Cristo.  Insultarlo.  Burlarse de él.  Despreciarlo es despreciar a Cristo.
Por estar Cristo en el pobre, de un modo misterioso y que sólo la mirada alimentada y entrenada por la fe descubre, hay que atenderlo con toda reverencia: “Una de las primeras cualidades que hay que devolver a nuestros indigentes es la conciencia de su valor de personas, de su dignidad de ciudadanos, más aún, de hijos de Dios… Que los detalles para dignificar al pobre sea lo más importante”. Hasta el día de hoy, eso nos cuesta un montón. Muchos son capaces de dar una limosna; una gran cantidad de personas son  capaces de dar de su tiempo a los pobres. Mientras más digno el trato, más cuesta, hasta morir por ellos como el P. Hurtado. Es muy significativo que su último deseo fuera “el que se trabaje por crear un clima de verdadero amor y respeto al pobre, porque el pobre es Cristo.”

Anticipándose a la “Iglesia de los pobres” de la que hablara el Papa Juan XXIII al convocar al Concilio Vaticano II, el P. Hurtado sin cuidarse de expresiones audaces escribe: “La Iglesia es la sociedad de los pobres, la ciudad para ellos construida.  La Iglesia (es una) ciudad edificada para los pobres; es la ciudad de los pobres.  Los ricos (son) sólo tolerados.  La Iglesia es Iglesia de pobres y en sus comienzos los ricos al ser recibidos en ella se despojaban de sus bienes y los ponían a los pies de los Apóstoles para entrar en la Iglesia de los pobres.  Grandes de esta tierra, revístanse con sentimientos cristianos y miren con respeto a los pobres.”

Concluyamos con este antiguo poema:


CRISTO, no tienes manos,
Tienes sólo nuestras manos
Para construir un mundo nuevo donde habite la justicia.

CRISTO, no tienes pies,
Tienes sólo nuestros pies
Para poner en marcha a los oprimidos por el camino de la libertad.

CRISTO, no tienes labios,
Tienes sólo nuestros labios
Para proclamar a los pobres la Buena Nueva de la libertad.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Domingo 33º: Mateo 25, 14-30




Domingo 33°:  Mt 25, 14-30  


La primera lectura es tomada del libro de los Proverbios. En su capítulo final, se ensalzan las cualidades y virtudes de la mujer emprendedora. Lamentablemente los liturgistas han recortado este hermoso poema sobre la mujer fuerte o la mujer ideal, eliminando párrafos hoy muy valorados en nuestra cultura. Justamente se sacaron los versículos donde se le describe como mucho más que una buena y servicial dueña de casa. Además de todos sus cuidados y esmeros para su hogar y los suyos, es también activa en el ambiente público y es emprendedora en el comercio. “Examina y compra tierras, y con sus propias ganancias planta viñas…Teje y vende prendas de lino y proporciona cinturones a los comerciantes”. “Abre su boca con sabiduría y su lengua instruye con cariño”. Es gracias a ella que su marido adquiere notoriedad en la ciudad.
Ya es modelo de los servidores fieles que se alabarán en el evangelio de hoy y prototipo del lugar que debiera ocupar hoy en la vida de la Iglesia.

Con la parábola de los talentos, Jesús no pretende enseñar cómo manejarse con el dinero. Por cierto que un talento representa una gran cantidad de dinero. Era una moneda de oro equivalente al sueldo de 6.000 días de trabajo. ¡Los cinco talentos son algo así como tres veces una vida entera de trabajo!

Para Jesús se trata del tema siempre recurrente del Reino de Dios. ¡Hay que trabajar por la venida del Reino de Dios! Eso es lo que está en cuestión. Se acentúan la intensidad, habilidad, entusiasmo y alegría que significa trabajar por la venida de ese Reino. No por nada viene inmediatamente a continuación del texto de hoy el relato del juicio final. Viene a decirnos muy clarito en qué consiste el trabajar por la venida y promoción de ese Reino. Por eso, el primer y segundo servidor pueden entrar en el gozo de su amo. Son benditos del Padre porque han acogido a forasteros, han dado de comer y beber a los hambrientos y sedientos, han vestido a los desnudos, han visitado a los enfermos y a los encarcelados. Porque éste es el criterio: “lo que habrás hecho al más pequeño de éstos, es a mi mismo que lo habrás hecho”. Trabajar por la venida del Reino, manifestar el amor a Dios es practicar la justicia y la caridad.
Por supuesto las capacidades son muy distintas entre nosotros. Hay trabajadores eximios como el P. Alberto Hurtado: un hombre lleno de talentos y de gracia y que supo multiplicar todo lo recibido de una manera increíble. Pero todos hemos recibido nuestra parte para colaborar en la venida del Reino.
La parábola apunta al tercer servidor. “Tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra”. Es inexcusable tenerle miedo al amo y no dedicarse a lo que son sus intereses, sino ser holgazán dedicado a otras cosas. La reacción del amo es muy severa, igual que en la escena del juicio final: se le quita aun lo que tiene y se le da a otro; finalmente es arrojado fuera. Aquí también la vigilancia se entiende como fidelidad a una misión recibida. Jesús pone en guarda a sus discípulos contra una infidelidad que consiste en una insuficiencia de actividad concreta.
La parábola nos presenta la actitud característica del verdadero discípulo: los siervos fieles deben hacer fructificar los dones recibidos del Señor. Por el contrario, el que antepone su propia seguridad o tranquilidad personal al interés que tiene el amo de incrementar los bienes "del Reino", es un mal siervo; su infidelidad se llama egoísmo, falta de sentido de responsabilidad, pereza. El abstencionismo y la apatía, la pereza y la comodidad, el egoísmo y el miedo paralizante, frutos de una psicosis de seguridad, son los mayores pecados sociales que puede cometer un cristiano. Dios nos pide una fidelidad productiva de sus talentos.
Los talentos que de Dios recibimos son, en primer lugar, los bienes y riquezas de su reino: la salvación, la fe, su amor, su amistad... Son también, en segundo lugar, los dones naturales: vida y salud, inteligencia y voluntad, familia y educación, iniciativa y trabajo, simpatía y personalidad... La vocación cristiana a la fe en Cristo es el gran talento que resume todos los demás.
Pues bien, todos esos dones y talentos no son para nuestro uso privado y exclusivo. En realidad, más que propietarios, somos administradores de los mismos. El dilema insoslayable que se nos plantea es: explotar nuestros talentos al servicio de Dios y de los hermanos, o bien enterrarlos egoísta y estérilmente. Muchos cristianos entierran sus talentos, apuntándose al mínimo obligatorio para no complicarse la vida, para no tener que arriesgar nada en un compromiso serio en bien de los demás. Viven instalados, desilusionados, apáticos y fosilizados. Como el empleado holgazán, no malgastan su talento, pero lo entierran; se contentan con mantener intacto, pero infecundo, el depósito de la fe.
El evangelio nos convida a asumir el riesgo de invertir nuestros talentos en la construcción del Reino de Dios en nuestra vida personal, de la familia, de trabajo y de sociedad. Lo contrario es renunciar a crecer como persona y como cristiano enterrándonos en vida con nuestros talentos en conserva.
La voluntad de Dios es que seamos los servidores fieles que pasen a la fiesta del amo como “benditos del Padre y herederos del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo”.


sábado, 5 de noviembre de 2011

6 de noviembre 2011: Domingo 32º: Mateo 25, 1-13


Mt 25, 1-13: Parábola Vírgenes prudentes y necias

En la parábola de las doncellas, cinco sensatas y cinco necias, encontramos de nuevo el tema de la vigilancia bajo la metáfora bíblica de los desposorios de Dios con el pueblo. El novio de la humanidad está empeñado en hacer una alianza de bodas con su novia. La quiere engalanar y embellecer, para presentarla radiante. Quiere que sea como una nueva Jerusalén que desciende del cielo, hermosa (Apoc 21 9). A ese amor sólo se puede estar preparado mediante la vigilancia. Ese Dios que era, que es y que viene, tiene modos de presencias amorosas para las que es necesario disponer de suficiente aceite.

La rutina en el amor son las leyes, las tradiciones legalistas, las mentiras del sistema dominante en el mundo, que distraen y agotan el aceite de nuestras lámparas. No nos dejan entrar en la Boda. Nos faltan reservas espirituales, una nueva ética, un nuevo pensamiento cristiano, una nueva espiritualidad del reino para entrar en el Banquete de Bodas.


Hoy frente a las leyes del mercado, del consumo de objetos inútiles, que nos adormecen, sólo el aceite nuevo del evangelio puede alimentar nuestras lámparas. No es la rutina de nuestras prácticas, sino la conversión al Evangelio de Jesús lo que necesitan las vírgenes necias.


A veces podemos tener la impresión que nosotros, los cristianos, estamos como medio dormidos. ¡Tan poco dejamos escuchar nuestra voz! No solemos manifestar nuestra indignación por tantas inconsecuencias en nuestra convivencia: las crisis financieras, consecuencia de abusos inaceptables, los recientes escándalos en “el retail”, una economía de mercado desbocada, una cultura de creciente individualismo. ¿Tenemos un sentimiento de admiración por  los jóvenes que hoy son capaces de reclamar por más justicia en la educación, aunque con los impetus y excesos propios de la juventud? ¿Los adultos, no tenemos una tendencia a resignarnos, argumentando que “de todas maneras, no hay mucho que hacere”? La sana indignación puede constituir muchas veces un primer paso hacia una nueva toma de conciencia y posibles cambios.


En nuestra cultura actual, la Iglesia ha perdido sostenidamente credibilidad como “Institución”. ¿Puede recuperar un lenguaje profético y tener la audacia de “poner el dedo en la llaga”? La Iglesia, como toda institución en tiempos de crisis, corre el peligro de mirar demasiado hacia adentro, viendo dónde y buscando porqué hace agua. El gran desafío es mirar hacia afuera, hacia el mundo, hacia el hombre de estos tiempos presentes para renovarnos en esa profunda mirada creadora y regeneradora que es la mirada de cómo Dios mismo mira al mundo.


No nos podemos quedar dormidos como las vírgenes necias sin aceite en sus lámparas. Al contrario, vigilemos y estemos atentos a la llegada del novio, preparados para recibirlo y con nuestras lámparas aprestadas.
Nuestra vocación como Iglesia es ser “Lumen gentium”, “Luz de las naciones”.



sábado, 29 de octubre de 2011

Domingo 31º: Mt 23, 1-12



 31er Domingo: Mt 23, 1-12

El texto del evangelio de hoy se presta fácilmente para criticar a la Iglesia y a los responsables de su conducción. Entre nosotros es más fácil criticar que asumir. Es cierto que en la historia de la Iglesia ha habido grandes escándalos (Siglos XIV a XVI) y que situaciones recientes de pedofilia, por ejemplo, dan mucho que hablar. El Santo Padre Benedicto XVI pidió perdón esta semana en el encuentro ecuménico de Asís por la violencia de la que ha usado el cristianismo en la historia. Pero antes que todo, no olvidemos que la Iglesia somos todos los creyentes y que formamos un solo cuerpo con distintas funciones. No nos precipitemos en la interpretación de los textos. Siempre conviene darse el trabajo de mirar más de cerca y aprender de los eruditos que hicieron este esfuerzo. Veámoslo brevemente entonces.

El Evangelio de Mateo presenta un extenso enfrentamiento con los fariseos, mencionados unas 28 veces. Sabemos que influye mucho la situación de la comunidad en que así haya sido. Esa comunidad estaba compuesta principalmente por judíos conversos al cristianismo y muchos venían del ambiente fariseo. Ellos se vieron excomulgados por los dirigentes judíos.
Ahora bien, la situación era muy diferente en tiempos de Jesús. En su tiempo, eso es al menos medio siglo antes, había muchos grupos dentro del judaísmo, y cada uno de ellos tenía sus propias teologías, sus lecturas de la ley, sus puntos de vista, etc. Sin embargo, después de la destrucción de Jerusalén y del templo por parte de los romanos en el año 70, el judaísmo se unificó, tal vez para recomponer fuerzas. Se fijó la lista de los libros que componen las sagradas escrituras. Este movimiento de unificación se llamaba Jamnia (nombre de una ciudad filistea). Como consecuencia de esto, todos los grupos que no aceptaron a Jamnia quedaron excluidos de Israel. Así, todo el judaísmo vino a ser fariseo, y el cristianismo quedó excomulgado. Los cristianos, excluidos, ya no son Israel. Como reacción, Mateo (lo mismo ocurre en Juan) intenta deslegitimar a los líderes judíos de  la comunidad (probablemente Antioquia) a fin de confirmar que el cristianismo es el grupo verdaderamente fiel a Israel, y que no lo son los dirigentes judíos (los fariseos). Recordemos que el Jesús que se identifica con la comunidad critica a los fariseos de tiempos de la comunidad y no de tiempos de Jesús.

El evangelio de hoy acentúa el contraste entre “ellos” y “ustedes”. Ellos son los sucesores de Moisés. Mientras ustedes tienen a Dios y a Cristo.
“Hagan y cumplan todo lo que ellos les digan” es una invitación a ser coherentes: “practicar la justicia, la misericordia y la fe” (v. 23). Porque lo que hacen los escribas y fariseos no es a favor de los demás sino de ellos mismos para ser mirados y aplaudidos. Las filacterias son unos tubitos amarrados al frente y a los brazos y que contenían  textos de la Ley. Se usaban en la oración. Los agrandan para mostrar que hacen más oración. Los flecos de los mantos contenían un hilo púrpura violeta; al mirarlo, había que acordarse de los preceptos de Yahvé (Núm. 15, 38-40). Los alargan… La búsqueda de primeros puestos en banquetes y en la sinagoga es la pretensión de ser vistos.
“En cuanto a ustedes”: aquí se dirige el evangelista a la comunidad, tienen que tener una actitud diferente; que no se repitan esquemas fariseos. El uso de títulos no es compatible con el punto de partida: “todos ustedes son hermanos”. Hace alusión a tres títulos: Maestro, Padre y Doctor. Mateo quiere evitar que se altere la exigencia básica de sentirse una comunidad de hermanos, porque el uso de títulos genera comportamientos diferenciadores. Además quiere acentuar que en la nueva comunidad, el Mesías es el guía y maestro y Dios es el Padre. Termina con una sentencia que tiene apariencia de proverbio: “El que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado”. Mateo propone una iglesia o comunidad de hermanas y hermanos en la que no hay “señores” sino “servidores”.

Desde esta última perspectiva, es importante que siempre luchemos y matemos al fariseo que está en nosotros mismos y en nuestras comunidades.
Muchas veces nos creemos, o hay quienes se creen, buenos cristianos por lo exterior que los rodea, por una obra de beneficencia más o menos importante, porque donamos algo a la Iglesia, porque somos queridos por la gente, o porque salimos en la TV... Y, hasta es probable, que lo que decimos sea muy bueno.

Pero el evangelio va más lejos; nos invita a amar y a servir en la comunidad y en el mundo y a vivir nuestra fe practicando la justicia y la misericordia (v. 23).
Es necesario que junto a la catequesis y la doctrina, esté el testimonio de la práctica cristiana. Anunciar las doctrinas correctas es fácil. Practicarlas es el reto.
La Iglesia está llamada a anunciar el evangelio, la buena nueva. Cumple plenamente su cometido donde abre caminos de vida, esperanza y felicidad.
Miremos a San Alberto Hurtado para ir valientemente por esos caminos.