sábado, 30 de abril de 2011

1º de mayo 2011: 2º Domingo de Resurrección

2º Domingo de Resurrección: Jn 20, 19-31

Hace unos seis años atrás, escribí el siguiente comentario sobre Juan Pablo II.
“Apenados, miramos como el Santo Padre Juan Pablo II emprende su último viaje hacia el Padre de todas las misericordias. Con más de 100 viajes alrededor del mundo, recordamos en estos días su paso por Chile hace 18 años atrás. Creo que su visita no dejó indiferente a nadie y marca nuestra convivencia hasta el día de hoy. “El amor es más fuerte” gritó con potente voz a raíz de los disturbios durante la beatificación de Sor Teresita de los Andes. “Los pobres no pueden esperar” exclamó frente a economistas y políticos en la CEPAL. Dos pequeñas frases que nos orientan para ser colaboradores abnegados en el establecimiento del Reinado de Dios entre nosotros. Ya pronto en presencia del Padre eterno, Juan Pablo II seguirá intercediendo por la Iglesia a la que tanto amó y por la que entregó su vida”.
Hoy 1º de mayo y en la fiesta del Jesús de las Misericordias que él mismo introdujo como devoción para este segundo domingo de Resurrección, Juan Pablo II ha sido beatificado. Ya forma parte del gran coro de los beatos y santos de la Iglesia.

En la primera lectura de hoy de los Hechos de los Apóstoles, Lucas nos describe a la Iglesia naciente como una comunidad perfecta: “los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno”. Se dedicaban a la oración  y a la celebración de la Eucaristía. Ese gran entusiasmo que significaba una liquidación total para vivir una solidaridad completa se describe como primera reacción de la comunidad que vivía su fe en Cristo resucitado, esperando tal vez su pronto retorno. La comunidad se estructuraba como el nuevo y verdadero Israel, el nuevo pueblo de Dios, considerando que quedaba poco tiempo para que todo se cumpliera y llegara definitivamente el reinado de Dios.
Fue transcurriendo el tiempo y surgían las persecuciones y los martirios y no llegaba el reino de Dios en plenitud según la visión primitiva. Tuvieron que ampliar su horizonte a otros pueblos, razas y culturas. Fue el progresivo descubrimiento que el reinado de Dios no es sólo para este pequeño grupo primitivo que se dio una estructura de convivencia ideal, sino para toda la humanidad sin restricciones ni límite alguno. Así fue surgiendo paulatinamente el dinamismo evangelizador de la Iglesia como luz para todos los pueblos. Se va entendiendo que la voluntad de Dios manifestada en la vida y muerte de Jesús es el restablecimiento de las relaciones humanas en el respeto, en el servio mutuo y en el amor fraterno sin límites, preferentemente a los pobres y excluidos, como lo resume Lucas en su evangelio.

Continuando con el evangelio de hoy de Juan y en la línea de una lectura muy simbólica, como conviene, del cuarto evangelio, Tomás puede ser cada uno de nosotros (como “mellizo” de Tomás) y en un camino de fe que hemos de recorrer. La fe de Tomás se reducía a lo que el pensaba era la realidad. “No estaba con ellos”, la comunidad nueva de los discípulos que siguen al Señor muerto y resucitado y que se juegan por su reinado universal.
 No concibe aun a Cristo resucitado con sus heridas en los hombres (mujeres y niños) víctimas en el mundo. No comparte todavía la  misión impartida por el Señor que envía a sus discípulos a  trabajar por la nueva humanidad; a relacionarse con los demás en “la paz de Cristo” (“Felices los que trabajan por la paz…”); a sentirse ungido por el Espíritu del Señor resucitado para convertir ese mundo de injusticias y divisiones en un mundo donde se proclama y ejemplifica que el amor es más fuerte (= declarar libres de los pecados o imputarlos) y que amar y servir a los pobres es amar y servir al mismo Señor resucitado.

A través de sus innumerables viajes por todo el mundo, Juan Pablo II había tomado sobre sí esa misma misión que Jesús confió a los suyos: reconciliar a los hombres en el amor y trabajar incansablemente por la justicia y la paz.
¡Que el eje y sentido de nuestra vida pueda injertarse en esta misma misión!

sábado, 23 de abril de 2011

24 de abril de 2011: Domingo de Resurrección

No está más en la tumba...

Domingo de RESURRECCIÓN: Jn 20, 1-9

¿Qué hay de tan especial en la vida de Jesús de Nazaret que después de 20 siglos, sigue siendo el personaje histórico más comentado y que más gente ha convocado a través de la historia?

Al leer los evangelios, constatamos a lo menos tres líneas destacadas de la vida de Jesús.
Jesús “revoluciona” la vivencia de la religión de su tiempo. Cuando se trata de hacer el bien al que está sufriendo o padeciendo gran necesidad, no hay prescripción religiosa que valga para no hacer el bien. “El Sábado está hecho para el hombre y no el hombre para el Sábado”.
Segunda constatación. Jesús triunfa del mal “haciendo el bien”. El bien es todo aquello que promueve la vida de los seres humanos. El mal es lo que destruye su vida de una u otra manera (¡incluso puede ser la religión!); el mal es pecado. Cuantos relatos evangélicos hablan de curaciones, de perdón de pecados o de llamados a ser clementes y misericordiosos.
 Lo más definitivo en la vida de Jesús es su mensaje que Él ha triunfado de la muerte, “el último enemigo”. De eso tratan todos los relatos de resurrección.

Es probable que jamás alguien hubiera hablado de la muerte de Jesús de Nazaret si no fuera porque con posterioridad, se manifestaron los acontecimientos que sus seguidores, llamados cristianos, calificaron de  glorificación o resurrección. Por lo mismo estamos aquí celebrando y conmemorando el misterio de nuestra fe: “anunciamos su muerte, proclamamos su resurrección y clamamos por su venida”.

Los relatos de resurrección hablan de vida más allá de la muerte. Nos cuentan que Dios es fiel a la obra de sus manos. Jesús está junto al Padre (“sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso” como reza el Credo), vive para siempre. ¿No es éste el anuncio pascual?
Este anuncio pascual está en continuidad con la vida de Jesús, de su predicación y de su “praxis”. Su mensaje, su “evangelio” no habló solamente de la vida después de la muerte, sino más bien de la vida aquí y ahora antes de la muerte.

Hay vida nueva allí donde gente que no le ve más sentido a su vida, de repente recibe nuevo impulso.
¡Cuántas veces puedo ser testigo de esta maravillosa gracia en la práctica del sacramento de la reconciliación! ¡Cuantas veces en el acompañamiento, doy gracias a Dios porque lo que era una situación sin salida, se transforma en un camino de vida!
Para el creyente, no hay duda que la gracia del resucitado actuó ayer, hoy y todos los días. El hoy y el futuro de la gracia se mantiene abierto para él que no se sepulta en su pasado doloroso.

En los evangelios las mujeres no encuentran más a Jesús en la tumba. Reciben la misión de dirigirse a Galilea, allí donde se inició el relato de la vida de Jesús. Es decir hay que ir donde los hombres y hay que hacer aquello mismo que hizo Jesús, “sintiendo en ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús”(Flp 2, 5).  Tratándose del bien de los seres humanos, no escudarse en el pretexto de la letra o la norma de la ley. Estar dispuesto a la reconciliación sin condición, superar el mal practicando el bien.
“Ante las estructuras de muerte, Jesús hace presente la vida plena. “Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud” (Jn 10, 10). Por ello, sana a los enfermos, expulsa los demonios y compromete a los discípulos en la promoción de la dignidad humana y de relaciones sociales fundadas en la justicia.” (Aparecida 112)

En la medida que la práctica de evangelización de los discípulos misioneros de Jesús se enmarca en la práctica de su Maestro, en esa misma medida Él se hará presente entre nosotros y estará cambiando nuestra historia.
A esa experiencia de resurrección estamos todos convidados.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

jueves, 14 de abril de 2011

17 de abril: Domingo de Ramos


17 de abril: Domingo de Ramos: Mt 26,14 -26, 66

Con el Domingo de Ramos iniciamos la celebración de la Semana Santa. En la primera parte aclamamos a Jesús, junto al pueblo, en su entrada triunfal en Jerusalén.
La segunda parte, que corresponde a la liturgia de la palabra de la Eucaristía, trae como primera lectura la figura del tercer canto del Siervo de Dios. El evangelio es el relato de la Pasión según san Mateo.
Por lo extenso de esta celebración, no suele haber homilía. Aquí doy solamente unas breves reflexiones para este día de los Ramos y para profundizar durante la semana si se desea.

 En los evangelios, el relato de la Pasión no es un reportaje lúcido de algún testigo ocular, sino la condensación de la fe de los primeros cristianos. Como Judíos estaban familiarizados con los salmos y la visión del profeta Isaías del “Servidor doliente de Yahvé”. Es fundamental tomar en cuenta que siempre que se escribe a partir de la fe en la resurrección. Por eso mismo, también nos puede inspirar a nosotros hoy y el sufrimiento y la pasión de Jesús pueden estar como modelo de todos los que sufren a través de la historia.

La mirada invisible de Dios, llena de amor y ternura, nos mira a nosotros en el rostro humano de Jesús. La pasión de Jesús es como “una ventana hacia Dios”. Un Dios con una fuerza indefensa de amor. El Dios de Jesucristo es un Dios que no está en el poder. Es tan indefenso como tan fuerte es el amor.
El Cristo que se adora después del emperador Constantino como “Pantocrator” – o dominador del mundo, no es el Cristo del Gólgota. (Aquel Dios que nuestra liturgia invoca tan a menudo como “Dios todopoderoso”).

Este Jesús crucificado ha sido glorificado por su Padre Dios como “su mano derecha”, su representante. Dios ha legitimado a Jesús. Él es el enviado y ungido de Dios, pastor y por ende, “el” profeta, el bien amado de Dios. Esta es la fe de la resurrección. A la luz de esta fe, la muerte catastrófica en la cruz, toma un sentido radicalmente distinto. La cruz viene a ser el signo de la entrega irrestricta de Dios mismo por amor a los hombres.
Todos aquellos que sufren o son víctima de la injusticia, se pueden valer de Jesús. También es modelo para todo ser humano que se entrega, liberando sin cálculo a su prójimo. Jesús es tanto el sediento como el que aplaca la sed. El sufrimiento injusto y la salvación liberadora se funden en su persona en una sola realidad. Con Jesús, como crucificado, y que vive junto a Dios, todos los dolientes y sufrientes del mundo se pueden relacionar desde su fe con él. Una relación de amor íntimo que no quita el sufrimiento, el dolor, la pena y la soledad, ni  tampoco el fracaso. Una relación donde podemos sentirnos unidos solidariamente con él, “el bien amado de Dios”, un Dios de todos los hombres sin excepción.

miércoles, 6 de abril de 2011

10 de abril 2011; 5º Domingo de Cuaresma: Jn 11, 1-45


5º Domingo de Cuaresma: Jn 11, 1-45
La resurrección de Lázaro

En los dos últimos domingos, escuchamos los largos relatos con gran hermosura literaria de la samaritana y del ciego de nacimiento. Esos relatos, con profundo simbolismo, pretenden llevar al lector-auditor a descubrir la identidad de Jesús para suscitar la adhesión a su persona. Jesús da el agua viva.  Jesús es la verdadera luz.
Hoy, en el relato – parábola de la resurrección de Lázaro- Jesús afirma: “yo soy  la resurrección y la vida, el que cree en mi, aunque muera vivirá y él que vive y cree en mi, no morirá nunca. ¿Crees esto?”  Esa petición de Jesús para adherir a su persona  es lo medular, lo central del evangelio.

La realidad que Jesús descubre es que la muerte no es invencible, puesto que todo el que dé su adhesión a Jesús y practique el amor y la solidaridad según su estilo, todo el que esté dispuesto a jugarse la vida para que en este mundo se implante la justicia de Dios, aunque muera, no morirá. Parece una paradoja. Pero no lo es. Con el estilo característico del cuarto evangelio, el potente relato simbólico es anuncio, no de Lázaro sino de Jesús y de su buena nueva, y que es lo siguiente: la verdadera muerte no es la muerte física, corporal, sino el rechazar a Jesús y su predicación. Es el replegarse en si mismo y rechazar amar como él nos amó. ¡Sólo el amor es más fuerte que la muerte!

Veamos muy brevemente como este potente mensaje está  tratado por el evangelista en el evangelio de hoy.
Parte poniendo el tema del miedo frente a la muerte física: es lo que sienten los discípulos (y, porqué no decirlo, también todos nosotros). Volver a Judea, donde buscan matar a Jesús, es exponerse a morir y sería el fin de cómo los discípulos conciben el proyecto de Jesús. Para ellos salvarse significa evitar la muerte física; para Jesús es tener una vida que supera la muerte: la vida que él ofrece es más fuerte que la muerte. En ese contexto hay que situar la reviviscencia de Lázaro como una especia de parábola.

La vida que  Jesús comunica tiene su fundamento en la solidaridad y el amor sin límites. Jesús manifiesta su amor, amistad, cariño por Lázaro (lo “amaba”, “se estremece”, “se conmueve profundamente”, “llora”). El desarrollo del relato va poner de manifiesto que esos sentimientos de Jesús por Lázaro (que son los de Dios por cada uno de nosotros) son más fuertes que la muerte física y son capaces de  revivirlo. El relato – parábola nos describe maravillosamente aquella frase de Aparecida: “Jesús rostro humano de Dios y rostro divino del hombre”. Este séptimo y último signo del evangelio de Juan prepara al lector a reconocer la divinidad de Jesús (= la Vida y la Resurrección) precisamente en su plena y total humanidad que se manifiesta en sus profundos sentimientos por Lázaro.

Aquí está el gran desafío de la fe en Jesús. En ese punto se asoma la figura de Tomás: “Vamos también nosotros a morir con él”: maravillosa generosidad de Tomás, dispuesto a seguir a Jesús hasta la muerte (es como el doble de Jesús “mellizo”). Pero recién palpando las heridas de Jesús resucitado, entenderá la victoria de la vida (del amor-solidaridad) sobre la muerte.

La fe de Marta comparte la creencia de la resurrección al final de los tiempos, como recuperación de esta vida. Entonces Marta espera una intervención milagrosa de Jesús por su hermano. Que “resucitará en el último día” es algo muy lejano. Marta no comprende la novedad de Jesús. Al decir Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida”, la resurrección depende de la vida: Jesús es la resurrección por ser la vida. La vida que él comunica, sus sentimientos por Lázaro, al encontrarse con la negación de la vida, la muerte de Lázaro, la superan. A esto se llama resurrección. No está relegada a un futuro, porque Jesús, que es la vida, está presente. Jesús completa  la explicación: “el que vive y cree en mí, no morirá nunca”.

El dolor que manifiesta Jesús es un dolor-amor por su amigo Lázaro en contraste con el dolor por la muerte sin esperanza de los otros personajes. En la resurrección de Lázaro, la vida que vence la muerte manifiesta la Gloria-Amor de Dios, tema central del cuarto evangelio.

Se me ocurre que  los santos nos ayudan a entender este misterio ofrecido por Jesús a nuestra fe que la vida – amor solidario que él comunica es más fuerte que la muerte.
Podemos mirar al Padre Hurtado: nos marcó el camino, sigámoslo.
Alberto Hurtado vivía en Dios porque hizo la experiencia del amor profundo de Dios por él. Y manifestó ese ‘entusiasmo’ (lo que etimológicamente significa centrado en Dios) amando, especialmente a los pobres y excluidos, porque en ellos estaba Cristo. “El Padre y yo somos uno” dice Jesús en el evangelio de Juan (10, 30). El Espíritu del Padre se manifiesta en todo el accionar cristiano del P. Hurtado. Se dejaba traspasar por la vida divina para así dar vida a muchos hermanos.
El P. Hurtado vivió su propia muerte como Pascua, como paso hacia el Padre, y con alegría. Veía que iba a recibir en plenitud esa vida que comunicó tan generosamente a los preferidos de N.S.: los pobres.


sábado, 2 de abril de 2011

3 de abril 2011: 4º Domingo de Cuaresma: Jn 9, 1-41


4º Domingo de Cuaresma: Jn 9, 1-41
El ciego de nacimiento

El domingo pasado, como este domingo y el próximo, leemos el evangelio de San Juan: la samaritana, el ciego de nacimiento hoy y la resurrección de Lázaro. Repito lo señalado la semana pasada: conviene tomar en cuenta el carácter peculiar del cuarto evangelio, muy distinto en su expresión de los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). Mientras los sinópticos tienen un estilo más narrativo, el evangelio de Juan es netamente simbólico. Frecuentemente Jesús se identifica con símbolos: “Yo soy el pan verdadero”: el resto de los panes no son el verdadero alimento; “Yo tengo el agua verdadera”: el agua que tomamos no quita la sed; “Yo soy la vid verdadera”, “Yo soy el camino, la verdad y la vida” etc.
Por lo tanto, partamos escuchando el evangelio de hoy no como un relato descriptivo sino como el anuncio de verdades profundas.

El ciego de nacimiento representa para nosotros hoy, a todos los marginados de nuestro mundo: los excluidos, los que no pueden experimentar lo que significa ser persona.
Entonces este evangelio pretende aclararnos cual es la misión de Jesús: devolver la vida y la dignidad a los seres humanos, “creados a imagen y semejanza de Dios”. Recuerden que Juan Bautista presentó a Jesús como el Cordero de Dios que quita “el pecado” del mundo: el gran pecado es la privación o disminución de vida de muchos seres humanos.
 En tiempo de Jesús, a los enfermos, ciegos etc. se les atribuía su condición de tal como castigo por sus pecados. Hoy también  es frecuente que se culpen a los marginados porque son flojos, irresponsables, maleantes etc. Los excluidos están en situación de exclusión “por su culpa”.

Jesús, en alusión al hombre creado por Dios de arcilla del suelo, unge los ojos del ciego con barro: es un gesto de nueva creación. Jesús le devuelve la dignidad de hijo de Dios. Restaura lo que está roto en la humanidad.

Y viene la reacción de crítica y rechazo a lo obrado por Jesús: ¿Cómo es posible que un hombre que hace barro en día de sábado (día en el que estaba expresamente prohibido hacer barro y cualquier otro trabajo) dé vista a los ciegos (por lo demás tarea que los profetas habían anunciado que realizaría el Mesías)? Se origina el conflicto porque los fariseos y escribas tienen claro que su Dios es el que exige sometimiento y obediencia a las normas y leyes que ellos representan e interpretan, sin que le importe la libertad y la felicidad del ser humano. El que actúa rompiendo sus leyes no puede venir de Dios.

El ciego tendrá que resistir la crítica y rechazar el juicio condenatorio de sus interlocutores para convertirse a la acción regeneradora y liberadora de Jesús. Estando en ese proceso de conversión, Jesús se le aparece de nuevo y se da a conocer plenamente, y recibe su consentimiento de fe: “Creo Señor”.

Vivir hoy como creyente, como cristiano y auténtico discípulo de Jesucristo, es asumir la postura valiente y comprometida del ciego de nacimiento. Jesús le devolvió la vista para que pudiera ver y reconocer  el accionar de Dios y ahora, liberado de toda ceguera, hacerse un programa de vida y de compromiso para seguir a Jesús, para hacer lo mismo que Jesús.
Hoy también hay muchas trabas, normas y leyes, juicios y prejuicios, mecanismos inventados por los hombres, para mantener en situación de vida indigna a  incontables masas de seres humanos.
Un ejemplo: África tiene a unos 25 millones infectados con SIDA. La cifra tiende a duplicarse cada 10 años. Eso significa que para mediados de siglo, tendremos casi un continente entero infectado con SIDA.

Decía el P. Hurtado: “la moral social católica no se contenta con afirmar sólo lo que es lícito e ilícito, sino que mira más lejos y aspira a fundar nuestras relaciones humanas en la justicia, la caridad y la equidad… exige que se pongan en práctica los medios técnicos para la realización de sus principios: sin ellos las mejores doctrinas quedan sin valor” (Moral Social p.28).
El ciego de nacimiento se puso en coherencia con el evangelio de Jesús contra la doctrina de los escribas y fariseos.
Que el P. Hurtado nos ayude a ser también coherentes con las exigencias del evangelio en nuestro mundo de hoy.

sábado, 26 de marzo de 2011

27 de marzo: 3er Domingo de Cuaresma: Jn 4, 5-42


3er domingo de Cuaresma: Jn 4, 5-42:
Conversación de Jesús con la samaritana

Durante los tres próximos domingos de Cuaresma, la liturgia nos propone distintos episodios del evangelio de Juan: el encuentro de Jesús con la Samaritana, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro. Los episodios no tienen mayor relación entre ellos ni tampoco con los tres primeros domingos de Cuaresma.

Recordemos que Juan no es un evangelio sinóptico, no es un texto narrativo, ni lo que nos cuenta es probablemente histórico. Juan es un evangelio enteramente simbólico. No hay símiles sino identificaciones: “Yo soy la vid verdadera”; no dice “Yo soy como la vid”. Las demás vides, las de la realidad, no son verdaderas. “Yo soy el Pan verdadero”: el resto de los panes son sucedáneos. Yo tengo el “agua verdadera”, la otra no quita la sed. Por lo tanto tenemos que tener en cuenta en este evangelio el estilo literario y simbólico enteramente peculiar de Jesús. No estamos escuchando sencillamente la narración de una conversación tal como fue, sino que se trata de una sofisticada composición teológica, con intenciones muy profundas y a veces nada fáciles de detectar.

El episodio del encuentro de Jesús con la Samaritana en el pozo en pleno medio día es un momento chocante en aquella cultura antigua. Jesús entabla conversación con una mujer samaritana. Los samaritanos son enemigos de los “judíos”; los consideran herejes y renegados. El compartir con uno de ellos contamina el alma, peor aun, si se trata de una mujer. ¿Sabrá Jesús lo que está haciendo? Jesús pareciera saber, incluso antes que le pida de beber, que se trata de una mujer de “vida alegre” para decirlo de una forma. Ha tenido ya cinco hombres diferentes y ahora está con su sexta pareja (solo una pareja más que la afamada Liz Taylor). ¿Sabrá Jesús el lío en que se está metiendo?

El elemento crucial en esta conversación – lo mismo que en la parábola del hijo pródigo, o la Magdalena, o la mujer adúltera a punto de ser lapidada, o las negaciones de Pedro – es algo que nuestras mentes orientadas hacia nuestra manera de enfocar la justicia, pueden fácilmente no percibir. En cada situación donde Jesús se encuentra con un pecador(a), no pareciera estar interesado en los pecados pasados de la persona. Jamás humilla a un pecador(a), (salvo los hipócritas), jamás pide qué pecados se cometieron ni cuantas veces, jamás da una penitencia compensatoria, todo aquello bastante diferente de nuestra práctica del sacramento de la penitencia. Lo único que pide, es que el pecador(a) quiera volver a casa, y que sienta una sincera necesidad de perdón.
A Jesús no le importa lo que hayan hecho de malo; más le importa lo que les hace falta.

El pecado contrae el alma: empobrece  y termina hiriendo al pecador. Como en la parábola del hijo pródigo, Dios no puede impedir que nos lastimemos nosotros mismos, porque somos libres. Solo puede esperar pacientemente que volvamos a casa.
La Samaritana desafía a Jesús en el diálogo: “Cómo tú, siendo Judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”
Y si tienes esa agua que colma la sed para siempre, por favor dámela para que no tenga que venir cada día aquí a sacarla.
Jesús, hábilmente y suavemente la lleva hacia la verdad: las aguas del bautismo que revientan nuestros pequeños mundos oscuros y autosuficientes para que entre de lleno el flujo de vida verdadera.
¿Cómo podemos creer honradamente que somos hijos (as) de Dios y quedarnos pegados en las pequeñeces? ¿No será que nosotros mismos nos miramos en menos y no valoramos la mirada de Dios sobre nosotros mismos, al estilo de Jesús que valora infinitamente a la Samaritana?
¿No nos pasa un poco lo de Esaú que prefirió un plato de lentejas a la primogenitura: satisfacer un hambre momentánea en detrimento de la dignidad del derecho bautismal?
Jesús no miró a la Samaritana viendo en ella una mujer de vida alegre, sino miró y vio en ella a una princesa a la que se consideraba una cenicienta.
Dejemos que Jesús nos mire y nos sane de todas nuestras pequeñeces y miserias.








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sábado, 19 de marzo de 2011

20 de marzo 2011: 2º Domingo de Cuaresma: Mt 17, 1-9

2° Domingo de Cuaresma: Mt 17, 1-9:
La Transfiguración de Jesús

En las lecturas de hoy podemos decir que se encuentra un motivo central: la aparición o manifestación de Dios -que técnicamente se llama teofanía- en un momento importante de la vida de alguien, en las lecturas de hoy en la vida de Abram y en la vida de Jesús respectivamente. Y no es la única vez que Dios se hace presente en la vida de estos dos personajes. Abram tendrá otras visitas de Dios y Jesús ya lo ha sentido repetidas veces, en el Bautismo, en las tentaciones, cada vez esa presencia de Dios ayudará a desarrollar y madurar la misión de cada uno de ellos. En el caso de Jesús en el bautismo y las tentaciones esa presencia de Dios se le convierte en un programa de vida y en una compañía para comenzar la misión y ahora en la Transfiguración para enfrentar el último destino que le espera en Jerusalén y con su pequeño grupo que luego será una gran comunidad.

La transfiguración de Jesús, además de desvelar por un momento el esplendor de su naturaleza divina, delante de los discípulos, como presencia de Dios sirve para acreditar su misión salvífica que se concretiza en su enseñanza y en su sufrimiento redentor. Jesús delante de los discípulos y delante de los que mucho tiempo después escucharemos su testimonio, se revela como el “nuevo” Moisés y el “nuevo” Elías. Es precisamente delante de Pedro, que una vez le ha llamado la atención para que abandone su camino de sufrimiento que manifiesta su naturaleza divina, su pensamiento de Dios y no de hombre, como se lo dijo en aquella ocasión. Y de ello dos de los testigos nos comunican la experiencia, Juan, que entiende su misión desde esa nueva perspectiva nos dirá que “la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y vimos su esplendor, como de Hijo Único del Padre” (Jn 1,14) y Pedro, apelando a que fue testigo ocular, dirá que recibió de Dios Padre gloria y honor por medio de la voz que dijo : “Mi Hijo, mi Querido, es este, en Él me agradé. Y esa voz la oímos nosotros venida del cielo, cuando estábamos con Él en el monte santo” (2Ped 1,16-18).

Pues bien, Pedro, Juan y Santiago en este trozo evangélico de hoy, y los demás discípulos en los otros momentos de la convivencia con Jesús, han conocido su humanidad, tan cabal y perfecta, tan solidaria y compartida, ahora, en esta manifestación de Dios, ven una nueva realidad, ven la “gloria” de Dios manifestada en/para Jesús. Gloria que en el lenguaje bíblico quiere decir Dios mismo que se revela en su majestad y potencia, en su ser. La gloria es siempre una epifanía, manifestación de Dios, de sus atributos y de manera especial de su obra de salvación a favor de los hombres y mujeres. (Esa gloria es el signo palpable de la presencia divina, ya lo habíamos experimentado en el Sinaí (Ex 2,15) en la tienda de la alianza (29,43) y en el Templo (1Re 8,10-11). En una palabra es Dios que se revela para salvar, santificar y gobernar. Esta era la experiencia de la manifestación de Dios en el antiguo pueblo de Israel).
Esta revelación se vuelve plenitud en el nuevo Israel, la comunidad de Jesús, su Iglesia. Cristo será la revelación definitiva y última de Dios, es la revelación misma de Dios (cfr. Hb 1,13; 2Cor 4,6; 1Cor 2,8).

Este segundo domingo de Cuaresma puede convertirse en una nueva manifestación de Dios a nosotros, una teofanía que vivimos en pleno siglo XXI y de ahí tenemos que sacar consecuencias para nuestra vida personal y comunitaria. Esta transfiguración es una anticipación de la Pascua y si a los apóstoles los ayudaba a sostenerse en su fe, a nosotros esta Cuaresma debe procurarnos lo mismo, fortalecernos la fe, pero también hacernos participar en el misterio de la Cruz, mientras esperamos la manifestación pascual definitiva.

En términos más sencillos, en la vida de todos nosotros hay altos y bajos. Hay momentos cumbres – inolvidables y otros que no quisiéramos recordar nunca. Cuando vemos a dos recién casados que conocemos de larga data, parecieran haber cambiado de apariencia: irradian felicidad. Su día de boda es un momento cumbre. Pero después de la inmensa felicidad del romance, tienen que volver a lo de la vida diaria, lo de cada día. ¿Podrán llevar consigo para toda la vida aquella felicidad y resplandor de su día de boda?
O el caso de aquella señora que cuidó por años a su esposo enfermos con todo cariño y dedicación. Tenía que ayudarle con la comida y apoyarle en todo. Aun cuando se puso totalmente demente, le siguió atendiendo llena de ternura. Cuando se le preguntaba cómo lo hacía, contestaba: “Hemos tenido tantos momentos de felicidad en nuestro matrimonio. Siempre nos hemos apoyado el uno en el otro con mucho amor, y así han sido nuestras vidas. Me acuerdo cuando falleció nuestro segundo hijo, cómo me apoyó y consoló. Siempre fue mi gran apoyo; por cierto que no lo puedo dejar solo ahora”.
¿No fue un poco la experiencia de Jesús con sus discípulos en aquel monte? La experiencia de la transfiguración los llenó de alegría y fuerza para seguir la vida con ánimo y confianza.
Finalmente, cuando logramos una oración más profunda, la experiencia espiritual de la gracia de la consolación, donde sentimos la presencia reconfortante del Señor resucitado, nos anima y nos llena de esperanza para las situaciones de desolación.