viernes, 26 de julio de 2013

17º Domingo ordinario: Lc 11, 1-13


17º Domingo ordinario: Lc 11, 1-13

La oración es el espacio que damos para la comunicación con Dios: de Dios con nosotros y de nosotros con Dios. Dios es El que quiere estar con nosotros: El toma la iniciativa. Esa iniciativa es desde su corazón de Padre por sus hijos, de un Padre cercano y tierno (sentido del “Abbá”), cuyo único anhelo es dar lo mejor a sus hijos.

Jamás el hombre habría encontrado las palabras para dirigirse a Dios si no se lo hubiera enseñado. En Jesús, Dios mismo nos enseña las palabras más maravillosas y exactas para dirigirnos a Él. Porque son las palabras que lo dicen todo de Dios, del hombre y de nuestra vida: de nuestras preocupaciones y de las preocupaciones que debiéramos tener.

La oración del “Padre nuestro” es quizás el mejor resumen de todo el Evangelio: en la profunda unión de Jesús con su Padre, se abre y recibe el proyecto del Padre para los hombres. Jesús se desvive hasta la muerte para dar a conocer a los suyos ese proyecto del Padre. Entonces, para Jesús hacer la voluntad del Padre es construir su Reino en medio de nosotros, para que así sea santificado por todos su nombre y todos los seres humanos, que formamos el gran pueblo de Dios, podamos tener vida en abundancia, gracias a que adquirimos como don y con esfuerzo lo que necesitamos para vivir con dignidad (Pan), crecemos en la vida comunitaria y solidaria (Perdón), superemos egoísmos e individualismos (Tentaciones) y nos liberemos de aquello que nos oprime (Mal).(juntando la versión de Lc y Mt)

La oración del Padre nuestro nos hace ver que la primera parte es la causa de Dios: santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino. La segunda parte es la causa del hombre, que no es otra que la causa de Dios: su Reinado en medio de su pueblo! Jesús nos entrega un proyecto y un programa de vida. Fácilmente se nos puede transformar en un rezo que no toque  nuestro corazón ni transforme nuestro entorno.

A continuación viene un pequeño tratado sobre la oración.  La parábola del amigo inoportuno invita a tener confianza y perseverancia en la oración, porque si un amigo da lo que se le pide ante la insistencia del otro, con mayor razón Dios actuará así con los que se dirigen a Él.

En la segunda parte del texto vemos cómo la oración siempre alcanza su objetivo: el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama se le abre. Pero entendámoslo bien: Dios no necesita de nuestros halagos para darnos lo que necesitamos porque Él ya sabe lo que nosotros necesitamos antes de que nosotros se lo pidamos. En este sentido, Lucas nos dice que  la oración constituye una urgente invitación a la confianza y a la insistencia, con la certeza de ser escuchados. Basta precisar que Dios nos escucha, pero no en los tiempos y en los modos que fijamos nosotros. La oración oída es la oración que nos transforma, que nos hace entrar, bajo el impulso del Espíritu, en el proyecto de Dios, que nos introduce en su acción. Lo que se recibe no es automáticamente lo que se pide sino el don del Espíritu, que nos permitirá afrontar las situaciones de la vida con la fuerza de Dios. Así la oración es confianza y no acción mágica que resuelve nuestros problemas o carencias.



viernes, 19 de julio de 2013

16º Domingo ordinario: Lc 10. 38-42


16º Domingo: Lc 10, 38-42

Mientras el grupo de discípulos sigue su camino, Jesús entra solo en una aldea y se dirige a una casa donde encuentra a dos hermanas a las que quiere mucho. La presencia de su amigo Jesús va a provocar en las mujeres dos reacciones muy diferentes.
María, seguramente la hermana más joven, lo deja todo y se queda «sentada a los pies del Señor». Su única preocupación es escucharle. El evangelista la describe con los rasgos que caracterizan al verdadero discípulo: a los pies del Maestro, atenta a su voz, acogiendo su Palabra y alimentándose de su enseñanza.

La reacción de Marta es diferente. Desde que ha llegado Jesús, no hace sino desvivirse por acogerlo y atenderlo debidamente. Lucas la describe agobiada por múltiples ocupaciones. Desbordada por la situación y dolida con su hermana, expone su queja a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano».

Jesús no pierde la paz. Responde a Marta con un cariño grande, repitiendo despacio su nombre; luego, le hace ver que también a él le preocupa su agobio, pero ha de saber que escucharle a él es tan esencial y necesario que a ningún discípulo se le ha de dejar sin su Palabra «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor y no se la quitarán».

Jesús no critica el servicio de Marta. ¿Cómo lo va a hacer si él mismo está enseñando a todos con su ejemplo a vivir acogiendo, sirviendo y ayudando a los demás? Lo que critica es su modo de trabajar de manera nerviosa, bajo la presión de demasiadas ocupaciones.

Jesús no contrapone la vida activa y la contemplativa, ni la escucha fiel de su Palabra y el compromiso de vivir prácticamente su estilo de entrega a los demás. Alerta más bien del peligro de vivir absorbidos por un exceso de actividad, en agitación interior permanente, apagando en nosotros el Espíritu, contagiando nerviosismo y agobio más que paz y amor.

Apremiados por la disminución de fuerzas, nos estamos habituando a pedir a los cristianos más generosos toda clase de compromisos dentro y fuera de la Iglesia. Si, al mismo tiempo, no les ofrecemos espacios y momentos para conocer a Jesús, escuchar su Palabra y alimentarse de su Evangelio, corremos el riesgo de hacer crecer en la Iglesia la agitación y el nerviosismo, pero no su Espíritu y su paz. Nos podemos encontrar con unas comunidades animadas por funcionarios agobiados, pero no por testigos que irradian el aliento y vida de su Maestro.

(J A Pagola)

El P. Hurtado vivía una vida frenética de actividades. Sin embargo la actividad no lo aliena de la intimidad con el Señor, donde reside su verdadera fuerza. “Soy con frecuencia como una roca golpeada por todos lados por las olas que suben. No queda más escapada que por arriba. Durante una hora, durante un día, dejo que las olas azoten la roca; no miro el horizonte, sólo miro hacia arriba, hacia Dios. ¡Oh bendita vida activa, toda consagrada a mi Dios, toda entregada a los hombres, y cuyo exceso mismo me conduce para encontrarme a dirigirme hacia Dios! Él es la sola salida posible en mis preocupaciones, mi único refugio.”
En buscar la voluntad de Dios y en hacer lo que Dios quiere, “que se haga su voluntad”, “que venga a nosotros su Reino”, como lo pedimos en el Padre nuestro, allí reside el secreto del gozo y de la paz.
El P. Hurtado repetía a menudo el “Contento Señor Contento”. Vivía contento y alegre porque su vida era una vida entregada cumpliendo lo que Dios quería (verdadero contemplativo en la acción).
Que al ejemplo de la María del evangelio de hoy, podamos darnos regularmente este espacio que permita acoger al Señor en lo más hondo de nuestro corazón y así tratar de vivir un poco más lo que él quiere.






jueves, 11 de julio de 2013

15º Domingo ordinario:Lucas 10, 25-37

15º Domingo ordinario: Lucas 10, 25-37


“Sean compasivos como su Padre es compasivo”. Esta es la herencia que Jesús ha dejado a la humanidad. Para comprender la revolución que quiere introducir en la historia, hemos de leer con atención su relato del “buen samaritano”. En él se nos describe la actitud que hemos de promover, más allá de nuestras creencias y posiciones ideológicas o religiosas, para construir un mundo más humano. En la cuneta de un camino solitario yace un ser humano, robado, agredido, despojado de todo, medio muerto, abandonado a su suerte. En este herido sin nombre y sin patria resume Jesús la situación de tantas víctimas inocentes maltratadas injustamente y abandonadas en las cunetas de tantos caminos de la historia. En el horizonte aparecen dos viajeros: primero un sacerdote, luego un levita. Los dos pertenecen al mundo respetado de la religión oficial de Jerusalén. Los dos actúan de manera idéntica: “ven al herido, dan un rodeo y pasan de largo”. Los dos cierran sus ojos y su corazón, aquel hombre no existe para ellos, pasan sin detenerse. Esta es la crítica radical de Jesús a toda religión incapaz de generar en sus miembros un corazón compasivo. ¿Qué sentido tiene una religión tan poco humana?
 Por el camino viene un tercer personaje. No es sacerdote ni levita. Ni siquiera pertenece a la religión del Templo. Sin embargo, al llegar, “ve al herido, se conmueve y se acerca”. Luego, hace por aquel desconocido todo lo que puede para rescatarlo con vida y restaurar su dignidad. Esta es la dinámica que Jesús quiere introducir en el mundo. Lo primero es no cerrar los ojos. Saber “mirar” de manera atenta y responsable al que sufre. Esta mirada nos puede liberar del egoísmo y la indiferencia que nos permiten vivir con la conciencia tranquila y la ilusión de inocencia en medio de tantas víctimas inocentes. Al mismo tiempo, “conmovernos” y dejar que su sufrimiento nos duela también a nosotros. Lo decisivo es reaccionar y “acercarnos” al que sufre, no para preguntarnos si tengo o no alguna obligación de ayudarle, sino para descubrir de cerca que es un ser necesitado que nos está llamando. Nuestra actuación concreta nos revelará nuestra calidad humana. Todo esto no es teoría. El samaritano del relato no se siente obligado a cumplir un determinado código religioso o moral. Sencillamente, responde a la situación del herido inventando toda clase de gestos prácticos orientados a aliviar su sufrimiento y restaurar su vida y su dignidad. Jesús concluye con estas palabras. “Vete y haz tú lo mismo”.

J.A.Pagola

El lunes pasado 8 de julio, el Papa Francisco viajó a Lampedusa. Es una pequeña isla italiana, a unos 120 km de la costa africana de Túnez. Recibe muchos refugiados que buscan entrar a la Unión Europea. Agentes explotadores organizan los viajes en frágiles embarcaciones (las pateras) cobrando hasta 1.400 US $ por persona. Se calcula que unas 20.000 personas no llegaron a destino, ahogándose en el mar. El Papa lanzó una corona de flores al mar en recuerdo de ellos y se detuvo a rezar. Luego, en la homilía de la eucaristía señaló:

“Hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna; hemos caído en la actitud hipócrita del sacerdote y del servidor del altar, del que habla Jesús en la parábola del Buen Samaritano. Miramos al hermano medio muerto en el costado del camino, quizás pensamos: pobrecito, y seguimos por nuestro camino, no es nuestra tarea; y con esto nos sentimos bien.
La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos vuelve insensibles a los gritos de los otros, nos hace vivir en burbujas de jabón, que son lindas, pero no son nada, son ilusión de lo superficial, de lo provisorio, que lleva a la indiferencia hacia los otros. Más aún, lleva a la globalización de la indiferencia. ¡Nos hemos acostumbrado al sufrimiento del otro, no tenemos nada que ver, no nos interesa, no es mi problema!
'Adán, ¿dónde estás? ¿Dónde está tu hermano? Son las dos preguntas que Dios pone al inicio de la historia de la humanidad y que dirige también a todos los hombres de nuestro tiempo, también a nosotros.
Pero quisiera que nos planteáramos una pregunta: ¿Quien de entre nosotros ha llorado por este hecho o por hechos como este?, ¿por la muerte de estos hermanos y hermanas? ¿Quién ha llorado por estas personas que estaban sobre la barcaza? ¿Por las jóvenes madres que llevaban a sus niños? ¿Por estos hombres que deseaban algo para apoyar a sus familias? ¡Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia de llorar, del 'sufrir con': ¡es la globalización de la indiferencia!
Pidamos al Señor que borre lo que de Herodes ha quedado también en nuestro corazón. Pidamos al Señor la gracia de llorar nuestra indiferencia, la crueldad que hay en el mundo, en nosotros, también en quienes en el anonimato toman decisiones socio-económicas que abren la calle a dramas como este. '¿Quién ha llorado?'
Señor, en esta que es una liturgia de penitencia, pedimos perdón por la indiferencia hacia tantos hermanos y hermanas. Te pedimos perdón por quien se ha acomodado, por quien se ha cerrado en su propio bienestar que lleva a la anestesia del corazón. Te pedimos perdón por aquellos que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que llevan a este drama.
'¿Adán, dónde estás?' '¿Dónde está la sangre de tu hermano?'. Amen.

jueves, 4 de julio de 2013

14º Domingo ordinario: Lucas, 10, 1-12.17-20


14º Domingo ordinario: Lc 10, 1-12 y 17-20

El Papa Francisco está llamando a la Iglesia a salir de sí misma olvidando miedos e intereses propios, para ponerse en 
contacto con la vida real de las gentes y hacer presente el Evangelio allí donde los hombres y mujeres de hoy sufren y gozan, 
luchan y trabajan.
Con su lenguaje inconfundible y sus palabras vivas y concretas, nos está abriendo los ojos para advertirnos del riesgo de 
una Iglesia que se asfixia en una actitud autodefensiva: “cuando la Iglesia se encierra, se enferma”; “prefiero mil veces una 
Iglesia accidentada a una que esté enferma por encerrarse en sí misma”.
La consigna de Francisco es clara: “La Iglesia ha de salir de sí misma a la periferia, a dar testimonio del Evangelio y a 
encontrarse con los demás”. No está pensando en planteamientos teóricos, sino en pasos muy concretos: “Salgamos de 
nosotros mismos para encontrarnos con la pobreza”.
El Papa sabe lo que está diciendo. Quiere arrastrar a la Iglesia actual hacia una renovación evangélica profunda. No es 
fácil. “La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros, si tenemos todo bajo control, si 
somos nosotros los que construimos, programamos y planificamos nuestra vida según nuestros esquemas, seguridades y 
gustos”.
Pero Francisco no tiene miedo a la “novedad de Dios”. En la fiesta de Pentecostés ha formulado a toda la Iglesia una 
pregunta decisiva a la que tendremos que ir respondiendo en los próximos años: “¿Estamos decididos a recorrer caminos 
nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheraremos en estructuras caducas que han perdido la capacidad 
de respuesta?
No quiero ocultar mi alegría al ver que el Papa Francisco nos llama a reavivar en la Iglesia el aliento evangelizador que 
Jesús quiso que animara siempre a sus seguidores. El evangelista Lucas nos recuerda sus consignas. “Poneos en camino”. 
No hay que esperar a nada. No hemos de retener a Jesús dentro de nuestras parroquias. Hay que darlo a conocer en la vida.
“No llevéis bolsas, alforjas ni sandalias de repuesto”. Hay que salir a la vida de manera sencilla y humilde. Sin 
privilegios ni estructuras de poder. El Evangelio no se impone por la fuerza. Se contagia desde la fe en Jesús y la confianza
en el Padre.
Cuando entréis en una casa, decid: “Paz a esta casa”. Esto es lo primero. Dejad a un lado las condenas, curad a los 
enfermos, aliviad los sufrimientos que hay en el mundo. Decid a todos que Dios está cerca y nos quiere ver trabajando por 
una vida más humana. Esta es la gran noticia del reino de Dios.
(J.A.  Pagola)

Nota
El miércoles 4 de julio, el Papa Francisco se reunió con Daniel Scioli, gobernador de Buenos Aires. Scioli se mostró muy impresionado al ver que el papa se sentía tocado con la idea del viaje que realizará el próximo lunes a la isla de Lampedusa, lugar de desembarques de migrantes clandestinos que llegan a Europa cruzando el mar Mediterráneo en busca de refugio o mejores condiciones de vida, provenientes desde África o Medio Oriente. De los cuales decenas de miles han muerto en los naufragios. 
“Nos contó que él estaba rezando cuando le vino la idea de Lampedusa y se dijo 'Tengo que ir allí'”. “Porque quiere estar con esa gente, rezar con ellos y por tantos muertos” narró el gobernador.

sábado, 29 de junio de 2013

13er Domingo ordinario: Lucas 9, 51-62




13er Domingo: Lucas: 9, 51-62

Jesús emprende con decisión su marcha hacia Jerusalén. Sabe el peligro que corre en la capital, pero nada lo detiene. Su vida solo tiene un objetivo: anunciar y promover el proyecto del reino de Dios. La marcha comienza mal: los samaritanos lo rechazan. Está acostumbrado: lo mismo le ha sucedido en su pueblo de Nazaret.

Jesús sabe que no es fácil acompañarlo en su vida de profeta itinerante. No puede ofrecer a sus seguidores la seguridad y el prestigio que pueden prometer los letrados de la ley a sus discípulos. Jesús no engaña a nadie. Quienes lo quieran seguir tendrán que aprender a vivir como él.

Mientras van de camino, se le acerca un desconocido. Se le ve entusiasmado:”Te seguiré adonde vayas”. Antes que nada, Jesús le hace ver que no espere de él seguridad, ventajas ni bienestar. Él mismo “no tiene dónde reclinar su cabeza”. No tiene casa, come lo que le ofrecen, duerme donde puede.

No nos engañemos. El gran obstáculo que nos impide hoy a muchos cristianos seguir de verdad a Jesús es el bienestar en el que vivimos instalados. Nos da miedo tomarle en serio porque sabemos que nos exigiría vivir de manera más generosa y solidaria. Somos esclavos de nuestro pequeño bienestar. Tal vez, la crisis económica nos puede hacer más humanos y más cristianos.

Otro pide a Jesús que le deje ir a enterrar a su padre antes de seguirlo. Jesús le responde con un juego de palabras provocativo y enigmático: “Deja que los muertos entierren a sus muertos, tú vete a anunciar el reino de Dios”. Estas palabras desconcertantes cuestionan nuestro estilo convencional de vivir.

Hemos de ensanchar el horizonte en el que nos movemos. La familia no lo es todo. Hay algo más importante. Si nos decidimos a seguir a Jesús, hemos de pensar también en la familia humana: nadie debería vivir sin hogar, sin patria, sin papeles, sin derechos. Todos podemos hacer algo más por un mundo más justo y fraterno.

Otro está dispuesto a seguirlo, pero antes se quiere despedir de su familia. Jesús le sorprende con estas palabras: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios”. Colaborar en el proyecto de Jesús exige dedicación total, mirar hacia adelante sin distraernos, caminar hacia el futuro sin encerrarnos en el pasado.

Recientemente, el Papa Francisco nos ha advertido de algo que está pasando hoy en la Iglesia: “Tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, sacándonos de nuestros horizontes, con frecuencia limitados, cerrados y egoístas, para abrirnos a los suyos.”
Tal vez ha llegado el momento en que la Iglesia, olvidando cuestiones secundarias, ha de escuchar la llamada de Jesús: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.»

J.A.Pagola

viernes, 21 de junio de 2013

12º Domingo ordinario: Lucas 9, 18-24


Domingo 12º del tiempo ordinario: Lucas 9, 18-24

Los evangelistas nos muestran a Jesús en oración en los momentos importantes de su vida,  momentos que suelen ser destacados por los evangelios. ¿Y qué momento más importante cuando se trata de ahondar en la identidad y la misón de Jesús? Es el tema del evangelio de hoy día.
Jesús, el hijo de María, el carpintero de Nazaret, pasaba por uno más de su pueblo. Se referían a él como “el hijo de José” (Lc 4, 22) y muchos se extrañaron y “se pusieron furiosos” cuando, en su opinión, tomó atribuciones que de ninguna manera le correspondían. Fue tal la indignación que los cercanos de su pueblo quisieron “despeñarlo”. ¡Y eso que era sólo el comienzo de la misión de Jesús!

Sus discípulos, después de la resurrección y los primeros cristianos vieron en él, a la luz de la fe, al “Señor”, al “Hijo de Dios”. Nosotros también confesamos a este hombre como la transparencia plena de Dios, “la imagen de Dios invisible”(Col 1, 15), en quien Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. Pero, como muy bien lo afirma el Concilio Vaticano II, también seguimos viendo en  Jesús a aquel que "trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre" (Gaudium et Spes 22).
Por tanto, podemos también afirmar que su oración fue una oración de hombre. Su encuentro frecuente con Dios en la oración respondió a una necesidad vital de comunicación y de comunión con su Padre para que pudiera cumplir cabalmente la misión que iba descubriendo paulatinamente: encarnar la plenitud del ser humano, “amando a los suyos hasta el extremo” (Jn 13, 1).

El evangelio de hoy nos sitúa a Jesús habiendo tomado plena conciencia de su misión de amar a los suyos hasta el final con todas las consecuencias: “El Hijo del hombre debe sufrir mucho, ser rechazado por los senadores, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día”. La misión de los discípulos no es ajena a este camino que espontáneamente rechazamos, porque: ¿Quién está dispuesto a enfrentar el dolor, el sufrimiento, el rechazo de las autoridades y de los conciudadanos hasta llegar a la muerte? Ciertamente que es una propuesta totalmente contracultural. En efecto, nuestra cultura busca afanosamente cómo tener éxito, cómo llegar a ser alguien, cómo ser valorado y apreciado por los demás, cómo generar riqueza, acumularla y ostentarla, cómo prolongar la vida. Son todos rasgos fuertes y de peso en nuestra cultura actual. La respuesta de Jesús a lo que tanto se busca promover en nuestra cultura contemporánea es demoledora: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la salvará”.
Parece que no podemos estar más mal con este lenguaje tan contracultural en el mundo en  que nos toca vivir.

Aquí reside precisamente la gran paradoja de la tarea de la evangelización. Hoy ciertamente la paradoja se manifiesta más que nunca. El tema tiene sumamente preocupado a la Iglesia. Fue aquella preocupación de fondo el gran tema en la última Conferencia Episcopal Latinoamericana y del Caribe en el santuario de la Virgen de Aparecida en Brasil. Recordemos que el Cardenal Jorge Mario Bergoglio, hoy Papa Francisco, fue el Presidente del comité de redacción del documento final. Basándose parcialmente en el conocido método del “Ver, Juzgar y Actuar”, el documento se divide en tres partes, cuyo eje central, como hilo conductor es: ser “discípulos misioneros”.

Ver: “La vida de nuestros pueblos hoy”, mirando la muy compleja situación de la cultura contemporánea que no es una época de cambios sino un verdadero cambio de época, con todas las incertidumbres y desorientaciones que eso conlleva, pero que, al mismo tiempo, pareciera ser una corriente irreversible. Mirando atentamente esta compleja realidad, se pueden formar los juicios que podrán, posteriormente, inducir a acciones transformadoras.

El “Juzgar” la realidad desde luego es a la luz de la fe en Jesucristo y su Evangelio. La segunda parte del documento nos describe entonces “La vida de Jesucristo en los discípulos misioneros”. Su Evangelio o Buena nueva para los hombres de hoy: para la dignidad humana, la familia, la actividad humana del trabajo, de la ciencia y de la tecnología, el destino universal de los bienes y la ecología. La vocación de los discípulos misioneros a la santidad: es el apremiante llamado que nos hace el evangelio de hoy precisamente. Aquello no se limita al ámbito personal, individual sino tiene su meta comunitaria. Por eso el documento nos habla de la comunión de los discípulos misioneros en la Iglesia. Los discípulos misioneros tienen la misión de generar comunión y comunidad dentro de la múltiple y colorida diversidad. Por supuesto que tan grandes desafíos requieren de una sólida formación. Por eso el documento termina esa segunda parte con una amplia descripción del “itinerario formativo de los discípulos misioneros”.

La meta es concretar todo aquello en la vida de nuestros pueblos: ¿cómo actuar?
¿Cuáles son los derroteros para que fluya abundantemente “la vida de Jesucristo para nuestros pueblos”? El documento señala cuatro vertientes:
1.   La misión de los discípulos al servicio de la vida plena.
2.   El Reino de Dios y promoción de la dignidad humana.
3.   Familia, personas y vida.
4.   Nuestros pueblos y la cultura.

Sabemos que del dicho al hecho queda un gran trecho. El desafío es enorme. En sus 2000 años de historia, no es exagerado decir que jamás la Iglesia ha enfrentado un panorama de evangelización tan complejo.
Frente a los grandes y complejos momentos, es necesaria la oración, como nos señalan los evangelios en la vida de Jesús. De un modo muy especial la oración e invocación del Espíritu Santo para que “renueve la faz de la tierra”, para que todos, sin exclusión de nadie, nos entusiasmemos y nos dejemos llevar por la fuerza misteriosa y la gracia del Espíritu Santo que todo lo puede.

Resumiendo con una frase de J.A. Pagola que sintetiza bien el sentido de la vida de Jesús y por ende lo que es la evangelización liberadora:
“Lo que más le interesa a Dios no es la religión, sino un mundo más humano y amable. Lo que busca es una vida más digna, sana y dichosa para todos, empezando por los últimos. Lo dijo Jesús de muchas maneras: una religión que va contra la vida, o es falsa, o ha sido entendida de manera errónea. Lo que hace feliz a Dios es vernos felices, desde ahora y para siempre. Esta es la Buena Noticia que se nos revela en Jesucristo: Dios se nos da a sí mismo como lo que es: Amor”.

viernes, 14 de junio de 2013

11º Domingo ordinario: Lc 7, 36 - 8,3


11º Domingo: Lc 7, 36 – 8,3

¿Cómo miramos nosotros a los seres humanos? ¿Miramos primero y sobre todo  a su apariencia? ¿O encontramos a una persona, a un ser único? ¿Miramos como mira Jesús, de modo que nuestra mirada ayuda a crecer a la persona o…juzgamos fácilmente a las personas? Tal vez nos pasa a menudo lo mismo que a Simón el fariseo. Conoce sólo a dos categorías de personas: los justos y los pecadores; los observantes de la ley y de la religión, por un lado y los pecadores por otro lado. Por supuesto que Simón se incluye en la categoría de los justos y fieles observantes, los puros, los hombres de la religión y que, por lo mismo, están seguros que son amados por Dios. ¿Cómo es posible que Jesús se deja tocar por esa mujer: impura, prostituta? piensa Simón por sus adentros.
Sabemos que en los evangelios, Jesús nos revela el rostro de Dios, de su Padre y nuestro Padre que no excluye a nadie. A cada cual le da siempre una nueva oportunidad. No mira a las apariencias, no toma en cuenta los pecados ni el pasado.
Por cierto que nadie de nosotros puede cambiar su pasado. Pero que yo sea un pecador o pecadora depende de mi relación con Dios aquí y ahora. Si es una relación de amor, entonces no hay espacio para el pecado, sea cual sea mi pasado. El amor del Padre en Jesús sólo tiene ojos para el futuro. Aquel que le perdona a otro su pasado, lo libera de este pasado y hace de él o de ella una persona nueva.
Simón, que significa “recuérdate”, es interpelado por Jesús para que recuerde cómo Dios perdonó a David su doble trasgresión, cuando el rey de Israel sumó el crimen al adulterio: bastó un sincero movimiento de arrepentimiento de parte del culpable, para que Dios renunciara a aplicar la sentencia pronunciada contra él (primera lectura). E interpela a Simón: ¿Y no tendría piedad de esta hija de Abraham que moja mis pies con sus lágrimas en señal de arrepentimiento?
Simón se “olvidó” del rostro misericordioso de Dios anunciado en las Escrituras de la primera Alianza; vive encerrado en una religiosidad legalista sin alma, de la que Jesús intenta arrancarlo, proponiéndole una pequeña parábola en forma de adivinanza. Dentro de su sencillez, la parábola no deja de ser paradojal. Se esperaba que fueran los deudores que solicitaran la remisión de su deuda. No es así. La iniciativa viene del acreedor y su único motivo es la compasión: “Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda”.
Simón contesta sin problema la pregunta de Jesús: el reconocimiento de los deudores es por supuesto proporcional a la deuda remitida. Pero nada asegura que nuestro fariseo se haya dado cuenta del alcance de su respuesta. Por lo mismo Jesús va a interpretar la situación que están viviendo a la luz de la respuesta que Simón acaba de dar. Nuestro Señor da de entender con gran delicadeza a su interlocutor que él mismo es uno de los deudores de la parábola, la otra es la mujer pecadora. Dios perdonó a ambos su deuda, independientemente de la gravedad de sus respectivas faltas, e incluso antes que solicitaran su perdón. Pero ambos no han tomado conciencia en la misma medida de la misericordia divina. Como buen fariseo, Simón se considera justificado por su observancia de la ley. ¿Cómo podría discernir entonces en Jesús al Salvador que lo restablece delante de Dios en la justicia? Por lo mismo que el reconocimiento y el amor están ausentes de la comida que ofrece a Jesús, comida que sólo aparenta la convivencia.
En contraste la mujer – cuyo nombre no se menciona porque representa a la humanidad pecadora pero arrepentida -  ha entendido que Dios remite la deuda a sus hijos pecadores, no a razón del amor que éstos le demuestran. ¿Cómo podrían hacerlo si están separados de la fuente de la caridad? Al contrario, es a razón del descubrimiento de la divina gratuidad en la misericordia que pueden responder con su amor.
Este evangelio no nos puede dejar instalados en la comodidad de nuestro sillón. Nos invita a levantarnos y a cambiar nuestra actitud o a fortalecerla. Aprender a mirar con los ojos de Jesús. Lo que Jesús dice a Simón el fariseo, también lo dice a nosotros. Lo que hace esta mujer y muchas otras mujeres, es también lo que debemos hacer nosotros.
Así vivirá Cristo en mí. Al entrar en la mirada de Cristo, “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mi”. Con razón esta referencia de la carta a los Gálatas de San Pablo hoy en la segunda lectura, es la que más veces es citada en los escritos de San Alberto Hurtado. Pidamos por su intercesión esa maravillosa gracia por cada uno de nosotros.