jueves, 4 de julio de 2013

14º Domingo ordinario: Lucas, 10, 1-12.17-20


14º Domingo ordinario: Lc 10, 1-12 y 17-20

El Papa Francisco está llamando a la Iglesia a salir de sí misma olvidando miedos e intereses propios, para ponerse en 
contacto con la vida real de las gentes y hacer presente el Evangelio allí donde los hombres y mujeres de hoy sufren y gozan, 
luchan y trabajan.
Con su lenguaje inconfundible y sus palabras vivas y concretas, nos está abriendo los ojos para advertirnos del riesgo de 
una Iglesia que se asfixia en una actitud autodefensiva: “cuando la Iglesia se encierra, se enferma”; “prefiero mil veces una 
Iglesia accidentada a una que esté enferma por encerrarse en sí misma”.
La consigna de Francisco es clara: “La Iglesia ha de salir de sí misma a la periferia, a dar testimonio del Evangelio y a 
encontrarse con los demás”. No está pensando en planteamientos teóricos, sino en pasos muy concretos: “Salgamos de 
nosotros mismos para encontrarnos con la pobreza”.
El Papa sabe lo que está diciendo. Quiere arrastrar a la Iglesia actual hacia una renovación evangélica profunda. No es 
fácil. “La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros, si tenemos todo bajo control, si 
somos nosotros los que construimos, programamos y planificamos nuestra vida según nuestros esquemas, seguridades y 
gustos”.
Pero Francisco no tiene miedo a la “novedad de Dios”. En la fiesta de Pentecostés ha formulado a toda la Iglesia una 
pregunta decisiva a la que tendremos que ir respondiendo en los próximos años: “¿Estamos decididos a recorrer caminos 
nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheraremos en estructuras caducas que han perdido la capacidad 
de respuesta?
No quiero ocultar mi alegría al ver que el Papa Francisco nos llama a reavivar en la Iglesia el aliento evangelizador que 
Jesús quiso que animara siempre a sus seguidores. El evangelista Lucas nos recuerda sus consignas. “Poneos en camino”. 
No hay que esperar a nada. No hemos de retener a Jesús dentro de nuestras parroquias. Hay que darlo a conocer en la vida.
“No llevéis bolsas, alforjas ni sandalias de repuesto”. Hay que salir a la vida de manera sencilla y humilde. Sin 
privilegios ni estructuras de poder. El Evangelio no se impone por la fuerza. Se contagia desde la fe en Jesús y la confianza
en el Padre.
Cuando entréis en una casa, decid: “Paz a esta casa”. Esto es lo primero. Dejad a un lado las condenas, curad a los 
enfermos, aliviad los sufrimientos que hay en el mundo. Decid a todos que Dios está cerca y nos quiere ver trabajando por 
una vida más humana. Esta es la gran noticia del reino de Dios.
(J.A.  Pagola)

Nota
El miércoles 4 de julio, el Papa Francisco se reunió con Daniel Scioli, gobernador de Buenos Aires. Scioli se mostró muy impresionado al ver que el papa se sentía tocado con la idea del viaje que realizará el próximo lunes a la isla de Lampedusa, lugar de desembarques de migrantes clandestinos que llegan a Europa cruzando el mar Mediterráneo en busca de refugio o mejores condiciones de vida, provenientes desde África o Medio Oriente. De los cuales decenas de miles han muerto en los naufragios. 
“Nos contó que él estaba rezando cuando le vino la idea de Lampedusa y se dijo 'Tengo que ir allí'”. “Porque quiere estar con esa gente, rezar con ellos y por tantos muertos” narró el gobernador.

sábado, 29 de junio de 2013

13er Domingo ordinario: Lucas 9, 51-62




13er Domingo: Lucas: 9, 51-62

Jesús emprende con decisión su marcha hacia Jerusalén. Sabe el peligro que corre en la capital, pero nada lo detiene. Su vida solo tiene un objetivo: anunciar y promover el proyecto del reino de Dios. La marcha comienza mal: los samaritanos lo rechazan. Está acostumbrado: lo mismo le ha sucedido en su pueblo de Nazaret.

Jesús sabe que no es fácil acompañarlo en su vida de profeta itinerante. No puede ofrecer a sus seguidores la seguridad y el prestigio que pueden prometer los letrados de la ley a sus discípulos. Jesús no engaña a nadie. Quienes lo quieran seguir tendrán que aprender a vivir como él.

Mientras van de camino, se le acerca un desconocido. Se le ve entusiasmado:”Te seguiré adonde vayas”. Antes que nada, Jesús le hace ver que no espere de él seguridad, ventajas ni bienestar. Él mismo “no tiene dónde reclinar su cabeza”. No tiene casa, come lo que le ofrecen, duerme donde puede.

No nos engañemos. El gran obstáculo que nos impide hoy a muchos cristianos seguir de verdad a Jesús es el bienestar en el que vivimos instalados. Nos da miedo tomarle en serio porque sabemos que nos exigiría vivir de manera más generosa y solidaria. Somos esclavos de nuestro pequeño bienestar. Tal vez, la crisis económica nos puede hacer más humanos y más cristianos.

Otro pide a Jesús que le deje ir a enterrar a su padre antes de seguirlo. Jesús le responde con un juego de palabras provocativo y enigmático: “Deja que los muertos entierren a sus muertos, tú vete a anunciar el reino de Dios”. Estas palabras desconcertantes cuestionan nuestro estilo convencional de vivir.

Hemos de ensanchar el horizonte en el que nos movemos. La familia no lo es todo. Hay algo más importante. Si nos decidimos a seguir a Jesús, hemos de pensar también en la familia humana: nadie debería vivir sin hogar, sin patria, sin papeles, sin derechos. Todos podemos hacer algo más por un mundo más justo y fraterno.

Otro está dispuesto a seguirlo, pero antes se quiere despedir de su familia. Jesús le sorprende con estas palabras: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios”. Colaborar en el proyecto de Jesús exige dedicación total, mirar hacia adelante sin distraernos, caminar hacia el futuro sin encerrarnos en el pasado.

Recientemente, el Papa Francisco nos ha advertido de algo que está pasando hoy en la Iglesia: “Tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, sacándonos de nuestros horizontes, con frecuencia limitados, cerrados y egoístas, para abrirnos a los suyos.”
Tal vez ha llegado el momento en que la Iglesia, olvidando cuestiones secundarias, ha de escuchar la llamada de Jesús: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.»

J.A.Pagola

viernes, 21 de junio de 2013

12º Domingo ordinario: Lucas 9, 18-24


Domingo 12º del tiempo ordinario: Lucas 9, 18-24

Los evangelistas nos muestran a Jesús en oración en los momentos importantes de su vida,  momentos que suelen ser destacados por los evangelios. ¿Y qué momento más importante cuando se trata de ahondar en la identidad y la misón de Jesús? Es el tema del evangelio de hoy día.
Jesús, el hijo de María, el carpintero de Nazaret, pasaba por uno más de su pueblo. Se referían a él como “el hijo de José” (Lc 4, 22) y muchos se extrañaron y “se pusieron furiosos” cuando, en su opinión, tomó atribuciones que de ninguna manera le correspondían. Fue tal la indignación que los cercanos de su pueblo quisieron “despeñarlo”. ¡Y eso que era sólo el comienzo de la misión de Jesús!

Sus discípulos, después de la resurrección y los primeros cristianos vieron en él, a la luz de la fe, al “Señor”, al “Hijo de Dios”. Nosotros también confesamos a este hombre como la transparencia plena de Dios, “la imagen de Dios invisible”(Col 1, 15), en quien Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. Pero, como muy bien lo afirma el Concilio Vaticano II, también seguimos viendo en  Jesús a aquel que "trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre" (Gaudium et Spes 22).
Por tanto, podemos también afirmar que su oración fue una oración de hombre. Su encuentro frecuente con Dios en la oración respondió a una necesidad vital de comunicación y de comunión con su Padre para que pudiera cumplir cabalmente la misión que iba descubriendo paulatinamente: encarnar la plenitud del ser humano, “amando a los suyos hasta el extremo” (Jn 13, 1).

El evangelio de hoy nos sitúa a Jesús habiendo tomado plena conciencia de su misión de amar a los suyos hasta el final con todas las consecuencias: “El Hijo del hombre debe sufrir mucho, ser rechazado por los senadores, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día”. La misión de los discípulos no es ajena a este camino que espontáneamente rechazamos, porque: ¿Quién está dispuesto a enfrentar el dolor, el sufrimiento, el rechazo de las autoridades y de los conciudadanos hasta llegar a la muerte? Ciertamente que es una propuesta totalmente contracultural. En efecto, nuestra cultura busca afanosamente cómo tener éxito, cómo llegar a ser alguien, cómo ser valorado y apreciado por los demás, cómo generar riqueza, acumularla y ostentarla, cómo prolongar la vida. Son todos rasgos fuertes y de peso en nuestra cultura actual. La respuesta de Jesús a lo que tanto se busca promover en nuestra cultura contemporánea es demoledora: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la salvará”.
Parece que no podemos estar más mal con este lenguaje tan contracultural en el mundo en  que nos toca vivir.

Aquí reside precisamente la gran paradoja de la tarea de la evangelización. Hoy ciertamente la paradoja se manifiesta más que nunca. El tema tiene sumamente preocupado a la Iglesia. Fue aquella preocupación de fondo el gran tema en la última Conferencia Episcopal Latinoamericana y del Caribe en el santuario de la Virgen de Aparecida en Brasil. Recordemos que el Cardenal Jorge Mario Bergoglio, hoy Papa Francisco, fue el Presidente del comité de redacción del documento final. Basándose parcialmente en el conocido método del “Ver, Juzgar y Actuar”, el documento se divide en tres partes, cuyo eje central, como hilo conductor es: ser “discípulos misioneros”.

Ver: “La vida de nuestros pueblos hoy”, mirando la muy compleja situación de la cultura contemporánea que no es una época de cambios sino un verdadero cambio de época, con todas las incertidumbres y desorientaciones que eso conlleva, pero que, al mismo tiempo, pareciera ser una corriente irreversible. Mirando atentamente esta compleja realidad, se pueden formar los juicios que podrán, posteriormente, inducir a acciones transformadoras.

El “Juzgar” la realidad desde luego es a la luz de la fe en Jesucristo y su Evangelio. La segunda parte del documento nos describe entonces “La vida de Jesucristo en los discípulos misioneros”. Su Evangelio o Buena nueva para los hombres de hoy: para la dignidad humana, la familia, la actividad humana del trabajo, de la ciencia y de la tecnología, el destino universal de los bienes y la ecología. La vocación de los discípulos misioneros a la santidad: es el apremiante llamado que nos hace el evangelio de hoy precisamente. Aquello no se limita al ámbito personal, individual sino tiene su meta comunitaria. Por eso el documento nos habla de la comunión de los discípulos misioneros en la Iglesia. Los discípulos misioneros tienen la misión de generar comunión y comunidad dentro de la múltiple y colorida diversidad. Por supuesto que tan grandes desafíos requieren de una sólida formación. Por eso el documento termina esa segunda parte con una amplia descripción del “itinerario formativo de los discípulos misioneros”.

La meta es concretar todo aquello en la vida de nuestros pueblos: ¿cómo actuar?
¿Cuáles son los derroteros para que fluya abundantemente “la vida de Jesucristo para nuestros pueblos”? El documento señala cuatro vertientes:
1.   La misión de los discípulos al servicio de la vida plena.
2.   El Reino de Dios y promoción de la dignidad humana.
3.   Familia, personas y vida.
4.   Nuestros pueblos y la cultura.

Sabemos que del dicho al hecho queda un gran trecho. El desafío es enorme. En sus 2000 años de historia, no es exagerado decir que jamás la Iglesia ha enfrentado un panorama de evangelización tan complejo.
Frente a los grandes y complejos momentos, es necesaria la oración, como nos señalan los evangelios en la vida de Jesús. De un modo muy especial la oración e invocación del Espíritu Santo para que “renueve la faz de la tierra”, para que todos, sin exclusión de nadie, nos entusiasmemos y nos dejemos llevar por la fuerza misteriosa y la gracia del Espíritu Santo que todo lo puede.

Resumiendo con una frase de J.A. Pagola que sintetiza bien el sentido de la vida de Jesús y por ende lo que es la evangelización liberadora:
“Lo que más le interesa a Dios no es la religión, sino un mundo más humano y amable. Lo que busca es una vida más digna, sana y dichosa para todos, empezando por los últimos. Lo dijo Jesús de muchas maneras: una religión que va contra la vida, o es falsa, o ha sido entendida de manera errónea. Lo que hace feliz a Dios es vernos felices, desde ahora y para siempre. Esta es la Buena Noticia que se nos revela en Jesucristo: Dios se nos da a sí mismo como lo que es: Amor”.

viernes, 14 de junio de 2013

11º Domingo ordinario: Lc 7, 36 - 8,3


11º Domingo: Lc 7, 36 – 8,3

¿Cómo miramos nosotros a los seres humanos? ¿Miramos primero y sobre todo  a su apariencia? ¿O encontramos a una persona, a un ser único? ¿Miramos como mira Jesús, de modo que nuestra mirada ayuda a crecer a la persona o…juzgamos fácilmente a las personas? Tal vez nos pasa a menudo lo mismo que a Simón el fariseo. Conoce sólo a dos categorías de personas: los justos y los pecadores; los observantes de la ley y de la religión, por un lado y los pecadores por otro lado. Por supuesto que Simón se incluye en la categoría de los justos y fieles observantes, los puros, los hombres de la religión y que, por lo mismo, están seguros que son amados por Dios. ¿Cómo es posible que Jesús se deja tocar por esa mujer: impura, prostituta? piensa Simón por sus adentros.
Sabemos que en los evangelios, Jesús nos revela el rostro de Dios, de su Padre y nuestro Padre que no excluye a nadie. A cada cual le da siempre una nueva oportunidad. No mira a las apariencias, no toma en cuenta los pecados ni el pasado.
Por cierto que nadie de nosotros puede cambiar su pasado. Pero que yo sea un pecador o pecadora depende de mi relación con Dios aquí y ahora. Si es una relación de amor, entonces no hay espacio para el pecado, sea cual sea mi pasado. El amor del Padre en Jesús sólo tiene ojos para el futuro. Aquel que le perdona a otro su pasado, lo libera de este pasado y hace de él o de ella una persona nueva.
Simón, que significa “recuérdate”, es interpelado por Jesús para que recuerde cómo Dios perdonó a David su doble trasgresión, cuando el rey de Israel sumó el crimen al adulterio: bastó un sincero movimiento de arrepentimiento de parte del culpable, para que Dios renunciara a aplicar la sentencia pronunciada contra él (primera lectura). E interpela a Simón: ¿Y no tendría piedad de esta hija de Abraham que moja mis pies con sus lágrimas en señal de arrepentimiento?
Simón se “olvidó” del rostro misericordioso de Dios anunciado en las Escrituras de la primera Alianza; vive encerrado en una religiosidad legalista sin alma, de la que Jesús intenta arrancarlo, proponiéndole una pequeña parábola en forma de adivinanza. Dentro de su sencillez, la parábola no deja de ser paradojal. Se esperaba que fueran los deudores que solicitaran la remisión de su deuda. No es así. La iniciativa viene del acreedor y su único motivo es la compasión: “Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda”.
Simón contesta sin problema la pregunta de Jesús: el reconocimiento de los deudores es por supuesto proporcional a la deuda remitida. Pero nada asegura que nuestro fariseo se haya dado cuenta del alcance de su respuesta. Por lo mismo Jesús va a interpretar la situación que están viviendo a la luz de la respuesta que Simón acaba de dar. Nuestro Señor da de entender con gran delicadeza a su interlocutor que él mismo es uno de los deudores de la parábola, la otra es la mujer pecadora. Dios perdonó a ambos su deuda, independientemente de la gravedad de sus respectivas faltas, e incluso antes que solicitaran su perdón. Pero ambos no han tomado conciencia en la misma medida de la misericordia divina. Como buen fariseo, Simón se considera justificado por su observancia de la ley. ¿Cómo podría discernir entonces en Jesús al Salvador que lo restablece delante de Dios en la justicia? Por lo mismo que el reconocimiento y el amor están ausentes de la comida que ofrece a Jesús, comida que sólo aparenta la convivencia.
En contraste la mujer – cuyo nombre no se menciona porque representa a la humanidad pecadora pero arrepentida -  ha entendido que Dios remite la deuda a sus hijos pecadores, no a razón del amor que éstos le demuestran. ¿Cómo podrían hacerlo si están separados de la fuente de la caridad? Al contrario, es a razón del descubrimiento de la divina gratuidad en la misericordia que pueden responder con su amor.
Este evangelio no nos puede dejar instalados en la comodidad de nuestro sillón. Nos invita a levantarnos y a cambiar nuestra actitud o a fortalecerla. Aprender a mirar con los ojos de Jesús. Lo que Jesús dice a Simón el fariseo, también lo dice a nosotros. Lo que hace esta mujer y muchas otras mujeres, es también lo que debemos hacer nosotros.
Así vivirá Cristo en mí. Al entrar en la mirada de Cristo, “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mi”. Con razón esta referencia de la carta a los Gálatas de San Pablo hoy en la segunda lectura, es la que más veces es citada en los escritos de San Alberto Hurtado. Pidamos por su intercesión esa maravillosa gracia por cada uno de nosotros.


viernes, 7 de junio de 2013

10º Domingo ordinario: Lc 7, 11-17

10º Domingo: Lc 7, 11-17

EL SUFRIMIENTO HA DE SER TOMADO EN SERIO

Jesús llega a Naín cuando en la pequeña aldea se está viviendo un hecho muy triste. Jesús viene del camino, acompañado de sus discípulos y de un gran gentío. De la aldea sale un cortejo fúnebre camino del cementerio. Una madre viuda, acompañada por sus vecinos, lleva a enterrar a su único hijo.
En pocas palabras, Lucas nos ha descrito la trágica situación de la mujer. Es una viuda, sin esposo que la cuide y proteja en aquella sociedad controlada por los varones. Le quedaba solo un hijo, pero también éste acaba de morir. La mujer no dice nada. Solo llora su dolor. ¿Qué será de ella?
El encuentro ha sido inesperado. Jesús venía a anunciar también en Naín la Buena Noticia de Dios. ¿Cuál será su reacción? Según el relato, “el Señor la miró, se conmovió y le dijo: No llores”. Es difícil describir mejor al Profeta de la compasión de Dios.
No conoce a la mujer, pero la mira detenidamente. Capta su dolor y soledad, y se conmueve hasta las entrañas. El abatimiento de aquella mujer le llega hasta dentro. Su reacción es inmediata: “No llores”. Jesús no puede ver a nadie llorando. Necesita intervenir.
No lo piensa dos veces. Se acerca al féretro, detiene el entierro y dice al muerto: “Muchacho, a ti te lo digo, levántate”. Cuando el joven se reincorpora y comienza a hablar, Jesús “lo entrega a su madre” para que deje de llorar. De nuevo están juntos. La madre ya no estará sola.
Todo parece sencillo. El relato no insiste en el aspecto prodigioso de lo que acaba de hacer Jesús. Invita a sus lectores a que vean en él la revelación de Dios como Misterio de compasión y Fuerza de vida, capaz de salvar incluso de la muerte. Es la compasión de Dios la que hace a Jesús tan sensible al sufrimiento de la gente.
En la Iglesia hemos de recuperar cuanto antes la compasión como el estilo de vida propio de los seguidores de Jesús. La hemos de rescatar de una concepción sentimental y moralizante que la ha desprestigiado. La compasión que exige justicia es el gran mandato de Jesús: “Sean compasivos como su Padre es compasivo”.
Esta compasión es hoy más necesaria que nunca. Desde los centros de poder, todo se tiene en cuenta antes que el sufrimiento de las víctimas. Se funciona como si no hubiera dolientes ni perdedores. Desde las comunidades de Jesús se tiene que escuchar un grito de indignación absoluta: el sufrimiento de los inocentes ha de ser tomado en serio; no puede ser aceptado socialmente como algo normal pues es inaceptable para Dios. Él no quiere ver a nadie llorando.
Le dio lástima...

ANESTESIA 


Es increíble la necesidad que parece tener nuestra sociedad de exhibir trágicamente el sufrimiento humano en las primeras páginas de los periódicos y las pantallas de la televisión.


La fotografía de una mujer llorando a su marido enterrado en una mina, la imagen de un niño agonizando de hambre en cualquier país del Tercer Mundo o la de unos palestinos acribillados a balazos en su propio campo de refugio, se cotizan en muchos miles de dólares.


Todos los días leemos las noticias más crueles y contemplamos imágenes de destrucciones en masa, asesinatos, catástrofes, muertes de víctimas inocentes, mientras seguimos despreocupadamente nuestra vida.


Se diría que hasta nos dan una «cierta seguridad», pues nos parece que esas cosas siempre pasan a otros. Todavía no ha llegado nuestra hora. Nosotros podemos seguir disfrutando de nuestro fin de semana y haciendo planes para las vacaciones del verano.


Cuando la tragedia es más cercana y el sufrimiento afecta a alguien más próximo a nosotros, nos inquietamos más, no nos sentimos cómodos, no sabemos como eludir la situación para poder encontrar de nuevo la tranquilidad perdida.

Porque, con frecuencia, es eso lo que buscamos. Recuperar nuestra pequeña tranquilidad. A ratos, deseamos que desaparezcan el hambre y la miseria en el mundo. Pero simplemente para que no nos molesten demasiado. Deseamos que nadie sufra junto a nosotros, sencillamente porque no queremos ver amenazada nuestra pequeña felicidad diaria.


De mil maneras, nos esforzamos por eludir el sufrimiento, anestesiar nuestro corazón ante el dolor ajeno y permanecer distantes de todo lo que puede turbar nuestra paz.


La actitud de Jesús nos desenmascara y nos descubre que nuestro nivel de humanidad es terriblemente bajo.


Jesús es alguien que vive con gozo profundo la vida de cada día. Pero su alegría no es fruto de una cuidada evasión del sufrimiento propio o ajeno. Tiene su raíz en la experiencia gozosa de Dios como Padre acogedor y salvador de todos los hombres.

Por eso, su alegría no es una anestesia que le impide ser sensible al dolor que le rodea.


Cuando Jesús ve a una madre llorando la muerte de su hijo único, no se escabulle calladamente. Reacciona acercándose a su dolor como hermano, amigo, sembrador de paz y de vida.


En Jesús vamos descubriendo los creyentes que sólo quien tiene capacidad de gozar profundamente del amor del Padre a los pequeños, tiene capacidad de sufrir con ellos y aliviar su dolor.

Quien sigue las huellas de Jesús siempre será una persona feliz a quien le falta todavía la felicidad de los demás.



J A Pagola

viernes, 31 de mayo de 2013

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: Lc9, 11-17


Fiesta de Corpus Christi: Lc 9, 11-17

HACER MEMORIA DE JESÚS



Al narrar la última Cena de Jesús con sus discípulos, las primeras generaciones cristianas recordaban el deseo expresado de manera solemne por su Maestro: «Haced esto en memoria mía». Así lo recogen el evangelista Lucas y Pablo, el evangelizador de los gentiles.


Desde su origen, la Cena del Señor ha sido celebrada por los cristianos para hacer memoria de Jesús, actualizar su presencia viva en medio de nosotros y alimentar nuestra fe en él, en su mensaje y en su vida entregada por nosotros hasta la muerte. Recordemos cuatro momentos significativos en la estructura actual de la misa. Los hemos de vivir desde dentro y en comunidad.


La escucha del Evangelio. Hacemos memoria de Jesús cuando escuchamos en los evangelios el relato de su vida y su mensaje. Los evangelios han sido escritos, precisamente, para guardar el recuerdo de Jesús alimentando así la fe y el seguimiento de sus discípulos.


Del relato evangélico no aprendemos doctrina sino, sobre todo, la manera de ser y de actuar de Jesús, que ha de inspirar y modelar nuestra vida. Por eso, lo hemos de escuchar en actitud de discípulos que quieren aprender a pensar, sentir, amar y vivir como él.


La memoria de la Cena. Hacemos memoria de la acción salvadora de Jesús escuchando con fe sus palabras: "Esto es mi cuerpo. Vedme en estos trozos de pan entregándome por vosotros hasta la muerte... Éste es el cáliz de mi sangre. La he derramado para el perdón de vuestros pecados. Así me recordaréis siempre. Os he amado hasta el extremo".


En este momento confesamos nuestra fe en Jesucristo haciendo una síntesis del misterio de nuestra salvación: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús". Nos sentimos salvados por Cristo nuestro Señor.


La oración de Jesús. Antes de comulgar, pronunciamos la oración que nos enseñó Jesús. Primero, nos identificamos con los tres grandes deseos que llevaba en su corazón: el respeto absoluto a Dios, la venida de su reino de justicia y el cumplimiento de su voluntad de Padre. Luego, con sus cuatro peticiones al Padre: pan para todos, perdón y misericordia, superación de la tentación y liberación de todo mal.


La comunión con Jesús. Nos acercamos como pobres, con la mano tendida; tomamos el Pan de la vida; comulgamos haciendo un acto de fe; acogemos en silencio a Jesús en nuestro corazón y en nuestra vida: "Señor, quiero comulgar contigo, seguir tus pasos, vivir animado con tu espíritu y colaborar en tu proyecto de hacer un mundo más humano".



(J A Pagola)

viernes, 24 de mayo de 2013

Santísima Trinidad: Jn 16, 12-15

Domingo de la Santísima Trinidad: Jn 16, 12-15

A lo largo de los siglos, los teólogos se han esforzado por investigar el misterio de Dios ahondando conceptualmente en su naturaleza y exponiendo sus conclusiones con diferentes lenguajes. Pero, con frecuencia, nuestras palabras esconden su misterio más que revelarlo. Jesús no habla mucho de Dios. Nos ofrece sencillamente su experiencia.
A Dios Jesús lo llama “Padre” y lo experimenta como un misterio de bondad. Lo vive como una Presencia buena que bendice la vida y atrae a sus hijos e hijas a luchar contra lo que hace daño al ser humano. Para él, ese misterio último de la realidad que los creyentes llamamos “Dios” es una Presencia cercana y amistosa que está abriéndose camino en el mundo para construir, con nosotros y junto a nosotros, una vida más humana.
Jesús no separa nunca a ese Padre de su proyecto de transformar el mundo. No puede pensar en él como alguien encerrado en su misterio insondable, de espaldas al sufrimiento de sus hijos e hijas. Por eso, pide a sus seguidores abrirse al misterio de ese Dios, creer en la Buena Noticia de su proyecto, unirnos a él para trabajar por un mundo más justo y dichoso para todos, y buscar siempre que su justicia, su verdad y su paz reinen cada vez más en entre nosotros.
Por otra parte, Jesús se experimenta a sí mismo como “Hijo” de ese Dios, nacido para impulsar en la tierra el proyecto humanizador del Padre y para llevarlo a su plenitud definitiva por encima incluso de la muerte. Por eso, busca en todo momento lo que quiere el Padre. Su fidelidad a él lo conduce a buscar siempre el bien de sus hijos e hijas. Su pasión por Dios se traduce en compasión por todos los que sufren.
Por eso, la existencia entera de Jesús, el Hijo de Dios, consiste en curar la vida y aliviar el sufrimiento, defender a las víctimas y reclamar para ellas justicia, sembrar gestos de bondad, y ofrecer a todos la misericordia y el perdón gratuito de Dios: la salvación que viene del Padre.
Por último, Jesús actúa siempre impulsado por el “Espíritu” de Dios. Es el amor del Padre el que lo envía a anunciar a los pobres la Buena Noticia de su proyecto salvador. Es el aliento de Dios el que lo mueve a curar la vida. Es su fuerza salvadora la que se manifiesta en toda su trayectoria profética.
Este Espíritu no se apagará en el mundo cuando Jesús se ausente. Él mismo lo promete así a sus discípulos. La fuerza del Espíritu los hará testigos de Jesús, Hijo de Dios, y colaboradores del proyecto salvador del Padre. Así vivimos los cristianos prácticamente el misterio de la Trinidad.
(J.A.Pagola)