viernes, 7 de junio de 2013

10º Domingo ordinario: Lc 7, 11-17

10º Domingo: Lc 7, 11-17

EL SUFRIMIENTO HA DE SER TOMADO EN SERIO

Jesús llega a Naín cuando en la pequeña aldea se está viviendo un hecho muy triste. Jesús viene del camino, acompañado de sus discípulos y de un gran gentío. De la aldea sale un cortejo fúnebre camino del cementerio. Una madre viuda, acompañada por sus vecinos, lleva a enterrar a su único hijo.
En pocas palabras, Lucas nos ha descrito la trágica situación de la mujer. Es una viuda, sin esposo que la cuide y proteja en aquella sociedad controlada por los varones. Le quedaba solo un hijo, pero también éste acaba de morir. La mujer no dice nada. Solo llora su dolor. ¿Qué será de ella?
El encuentro ha sido inesperado. Jesús venía a anunciar también en Naín la Buena Noticia de Dios. ¿Cuál será su reacción? Según el relato, “el Señor la miró, se conmovió y le dijo: No llores”. Es difícil describir mejor al Profeta de la compasión de Dios.
No conoce a la mujer, pero la mira detenidamente. Capta su dolor y soledad, y se conmueve hasta las entrañas. El abatimiento de aquella mujer le llega hasta dentro. Su reacción es inmediata: “No llores”. Jesús no puede ver a nadie llorando. Necesita intervenir.
No lo piensa dos veces. Se acerca al féretro, detiene el entierro y dice al muerto: “Muchacho, a ti te lo digo, levántate”. Cuando el joven se reincorpora y comienza a hablar, Jesús “lo entrega a su madre” para que deje de llorar. De nuevo están juntos. La madre ya no estará sola.
Todo parece sencillo. El relato no insiste en el aspecto prodigioso de lo que acaba de hacer Jesús. Invita a sus lectores a que vean en él la revelación de Dios como Misterio de compasión y Fuerza de vida, capaz de salvar incluso de la muerte. Es la compasión de Dios la que hace a Jesús tan sensible al sufrimiento de la gente.
En la Iglesia hemos de recuperar cuanto antes la compasión como el estilo de vida propio de los seguidores de Jesús. La hemos de rescatar de una concepción sentimental y moralizante que la ha desprestigiado. La compasión que exige justicia es el gran mandato de Jesús: “Sean compasivos como su Padre es compasivo”.
Esta compasión es hoy más necesaria que nunca. Desde los centros de poder, todo se tiene en cuenta antes que el sufrimiento de las víctimas. Se funciona como si no hubiera dolientes ni perdedores. Desde las comunidades de Jesús se tiene que escuchar un grito de indignación absoluta: el sufrimiento de los inocentes ha de ser tomado en serio; no puede ser aceptado socialmente como algo normal pues es inaceptable para Dios. Él no quiere ver a nadie llorando.
Le dio lástima...

ANESTESIA 


Es increíble la necesidad que parece tener nuestra sociedad de exhibir trágicamente el sufrimiento humano en las primeras páginas de los periódicos y las pantallas de la televisión.


La fotografía de una mujer llorando a su marido enterrado en una mina, la imagen de un niño agonizando de hambre en cualquier país del Tercer Mundo o la de unos palestinos acribillados a balazos en su propio campo de refugio, se cotizan en muchos miles de dólares.


Todos los días leemos las noticias más crueles y contemplamos imágenes de destrucciones en masa, asesinatos, catástrofes, muertes de víctimas inocentes, mientras seguimos despreocupadamente nuestra vida.


Se diría que hasta nos dan una «cierta seguridad», pues nos parece que esas cosas siempre pasan a otros. Todavía no ha llegado nuestra hora. Nosotros podemos seguir disfrutando de nuestro fin de semana y haciendo planes para las vacaciones del verano.


Cuando la tragedia es más cercana y el sufrimiento afecta a alguien más próximo a nosotros, nos inquietamos más, no nos sentimos cómodos, no sabemos como eludir la situación para poder encontrar de nuevo la tranquilidad perdida.

Porque, con frecuencia, es eso lo que buscamos. Recuperar nuestra pequeña tranquilidad. A ratos, deseamos que desaparezcan el hambre y la miseria en el mundo. Pero simplemente para que no nos molesten demasiado. Deseamos que nadie sufra junto a nosotros, sencillamente porque no queremos ver amenazada nuestra pequeña felicidad diaria.


De mil maneras, nos esforzamos por eludir el sufrimiento, anestesiar nuestro corazón ante el dolor ajeno y permanecer distantes de todo lo que puede turbar nuestra paz.


La actitud de Jesús nos desenmascara y nos descubre que nuestro nivel de humanidad es terriblemente bajo.


Jesús es alguien que vive con gozo profundo la vida de cada día. Pero su alegría no es fruto de una cuidada evasión del sufrimiento propio o ajeno. Tiene su raíz en la experiencia gozosa de Dios como Padre acogedor y salvador de todos los hombres.

Por eso, su alegría no es una anestesia que le impide ser sensible al dolor que le rodea.


Cuando Jesús ve a una madre llorando la muerte de su hijo único, no se escabulle calladamente. Reacciona acercándose a su dolor como hermano, amigo, sembrador de paz y de vida.


En Jesús vamos descubriendo los creyentes que sólo quien tiene capacidad de gozar profundamente del amor del Padre a los pequeños, tiene capacidad de sufrir con ellos y aliviar su dolor.

Quien sigue las huellas de Jesús siempre será una persona feliz a quien le falta todavía la felicidad de los demás.



J A Pagola

viernes, 31 de mayo de 2013

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: Lc9, 11-17


Fiesta de Corpus Christi: Lc 9, 11-17

HACER MEMORIA DE JESÚS



Al narrar la última Cena de Jesús con sus discípulos, las primeras generaciones cristianas recordaban el deseo expresado de manera solemne por su Maestro: «Haced esto en memoria mía». Así lo recogen el evangelista Lucas y Pablo, el evangelizador de los gentiles.


Desde su origen, la Cena del Señor ha sido celebrada por los cristianos para hacer memoria de Jesús, actualizar su presencia viva en medio de nosotros y alimentar nuestra fe en él, en su mensaje y en su vida entregada por nosotros hasta la muerte. Recordemos cuatro momentos significativos en la estructura actual de la misa. Los hemos de vivir desde dentro y en comunidad.


La escucha del Evangelio. Hacemos memoria de Jesús cuando escuchamos en los evangelios el relato de su vida y su mensaje. Los evangelios han sido escritos, precisamente, para guardar el recuerdo de Jesús alimentando así la fe y el seguimiento de sus discípulos.


Del relato evangélico no aprendemos doctrina sino, sobre todo, la manera de ser y de actuar de Jesús, que ha de inspirar y modelar nuestra vida. Por eso, lo hemos de escuchar en actitud de discípulos que quieren aprender a pensar, sentir, amar y vivir como él.


La memoria de la Cena. Hacemos memoria de la acción salvadora de Jesús escuchando con fe sus palabras: "Esto es mi cuerpo. Vedme en estos trozos de pan entregándome por vosotros hasta la muerte... Éste es el cáliz de mi sangre. La he derramado para el perdón de vuestros pecados. Así me recordaréis siempre. Os he amado hasta el extremo".


En este momento confesamos nuestra fe en Jesucristo haciendo una síntesis del misterio de nuestra salvación: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús". Nos sentimos salvados por Cristo nuestro Señor.


La oración de Jesús. Antes de comulgar, pronunciamos la oración que nos enseñó Jesús. Primero, nos identificamos con los tres grandes deseos que llevaba en su corazón: el respeto absoluto a Dios, la venida de su reino de justicia y el cumplimiento de su voluntad de Padre. Luego, con sus cuatro peticiones al Padre: pan para todos, perdón y misericordia, superación de la tentación y liberación de todo mal.


La comunión con Jesús. Nos acercamos como pobres, con la mano tendida; tomamos el Pan de la vida; comulgamos haciendo un acto de fe; acogemos en silencio a Jesús en nuestro corazón y en nuestra vida: "Señor, quiero comulgar contigo, seguir tus pasos, vivir animado con tu espíritu y colaborar en tu proyecto de hacer un mundo más humano".



(J A Pagola)

viernes, 24 de mayo de 2013

Santísima Trinidad: Jn 16, 12-15

Domingo de la Santísima Trinidad: Jn 16, 12-15

A lo largo de los siglos, los teólogos se han esforzado por investigar el misterio de Dios ahondando conceptualmente en su naturaleza y exponiendo sus conclusiones con diferentes lenguajes. Pero, con frecuencia, nuestras palabras esconden su misterio más que revelarlo. Jesús no habla mucho de Dios. Nos ofrece sencillamente su experiencia.
A Dios Jesús lo llama “Padre” y lo experimenta como un misterio de bondad. Lo vive como una Presencia buena que bendice la vida y atrae a sus hijos e hijas a luchar contra lo que hace daño al ser humano. Para él, ese misterio último de la realidad que los creyentes llamamos “Dios” es una Presencia cercana y amistosa que está abriéndose camino en el mundo para construir, con nosotros y junto a nosotros, una vida más humana.
Jesús no separa nunca a ese Padre de su proyecto de transformar el mundo. No puede pensar en él como alguien encerrado en su misterio insondable, de espaldas al sufrimiento de sus hijos e hijas. Por eso, pide a sus seguidores abrirse al misterio de ese Dios, creer en la Buena Noticia de su proyecto, unirnos a él para trabajar por un mundo más justo y dichoso para todos, y buscar siempre que su justicia, su verdad y su paz reinen cada vez más en entre nosotros.
Por otra parte, Jesús se experimenta a sí mismo como “Hijo” de ese Dios, nacido para impulsar en la tierra el proyecto humanizador del Padre y para llevarlo a su plenitud definitiva por encima incluso de la muerte. Por eso, busca en todo momento lo que quiere el Padre. Su fidelidad a él lo conduce a buscar siempre el bien de sus hijos e hijas. Su pasión por Dios se traduce en compasión por todos los que sufren.
Por eso, la existencia entera de Jesús, el Hijo de Dios, consiste en curar la vida y aliviar el sufrimiento, defender a las víctimas y reclamar para ellas justicia, sembrar gestos de bondad, y ofrecer a todos la misericordia y el perdón gratuito de Dios: la salvación que viene del Padre.
Por último, Jesús actúa siempre impulsado por el “Espíritu” de Dios. Es el amor del Padre el que lo envía a anunciar a los pobres la Buena Noticia de su proyecto salvador. Es el aliento de Dios el que lo mueve a curar la vida. Es su fuerza salvadora la que se manifiesta en toda su trayectoria profética.
Este Espíritu no se apagará en el mundo cuando Jesús se ausente. Él mismo lo promete así a sus discípulos. La fuerza del Espíritu los hará testigos de Jesús, Hijo de Dios, y colaboradores del proyecto salvador del Padre. Así vivimos los cristianos prácticamente el misterio de la Trinidad.
(J.A.Pagola)

jueves, 16 de mayo de 2013

Pentecostés: Jn 20, 19-23


Jn 20, 19-23: Necesitados de salvación
      Aliento nuevo

NECESITADOS DE SALVACIÓN



El Espíritu Santo de Dios no es propiedad de la Iglesia. No pertenece en exclusiva a las religiones. Hemos de invocar su venida al mundo entero tan necesitado de salvación.

Ven Espíritu creador de Dios. En tu mundo no hay paz. Tus hijos e hijas se matan de manera ciega y cruel. No sabemos resolver nuestros conflictos sin acudir a la fuerza destructora de las armas. Nos hemos acostumbrado a vivir en un mundo ensangrentado por las guerras. Despierta en nosotros el respeto a todo ser humano. Haznos constructores de paz. No nos abandones al poder del mal.

Ven Espíritu liberador de Dios. Muchos de tus hijos e hijas vivimos esclavos del dinero. Atrapados por un sistema que nos impide caminar juntos hacia un mundo más humano. Los poderosos son cada vez más ricos, los débiles cada vez más pobres. Libera en nosotros la fuerza para trabajar por un mundo más justo. Haznos más responsables y solidarios. No nos dejes en manos de nuestro egoísmo.

Ven Espíritu renovador de Dios. La humanidad está rota y fragmentada. Una minoría de tus hijos e hijas disfrutamos de un bienestar que nos está deshumanizando cada vez más. Una mayoría inmensa muere de hambre, miseria y desnutrición. Entre nosotros crece la desigualdad y la exclusión social. Despierta en nosotros la compasión que lucha por la justicia. Enséñanos a defender siempre a los últimos. No nos dejes vivir con un corazón enfermo.

Ven Espíritu consolador de Dios. Muchos de tus hijos e hijas viven sin conocer el amor, el hogar o la amistad. Otros caminan perdidos y sin esperanza. No conocen una vida digna, solo la incertidumbre, el miedo o la depresión. Reaviva en nosotros la atención a los que viven sufriendo. Enséñanos a estar más cerca de quienes están más solos. Cúranos de la indiferencia.

Ven Espíritu bueno de Dios. Muchos de tus hijos e hijas no conocen tu amor ni tu misericordia. Se alejan de Ti porque te tienen miedo. Nuestros jóvenes ya no saben hablar contigo. Tu nombre se va borrando en las conciencias. Despierta en nosotros la fe y la confianza en Ti. Haznos portadores de tu Buena Noticia. No nos dejes huérfanos.

Ven Espíritu vivificador de Dios. Tus hijos e hijas no sabemos cuidar la vida. No acertamos a progresar sin destruir, no sabemos crecer sin acaparar. Estamos haciendo de tu mundo un lugar cada vez más inseguro y peligroso. En muchos va creciendo el miedo y se va apagando la esperanza. No sabemos hacia dónde nos dirigimos. Infunde en nosotros tu aliento creador. Haznos caminar hacia una vida más sana. No nos dejes solos. ¡Sálvanos!




Exhaló su aliento sobre ellos

ALIENTO NUEVO 



Vivimos en una sociedad donde quizás lo más significativo sea su carácter paradójico y hasta contradictorio.


Hemos aprendido a prolongar la vida con toda clase de técnicas, pero no acertamos luego a darle un contenido y un sentido satisfactorio.


Hemos logrado elevar el nivel de bienestar pero son cada día más los que experimentan una sensación difusa de vacío y malestar.


Se han multiplicado nuestras relaciones y contactos a través de toda clase de medios de comunicación y, sin embargo, crece la experiencia de aislamiento y soledad de muchas personas.


Nuestra sociedad está cada vez más poblada de gentes solitarias que buscan desesperadamente amarse, sin conseguirlo.


Hemos aplicado la racionalidad y la técnica a todos los sectores de la vida, pero crece en el mundo lo irracional, la explotación absurda, la violencia y la destrucción.


Movidos por el ansia de tener, acumulamos cosas y «poseemos» personas, pero experimentamos que no es el camino acertado para alcanzar la plenitud.


El hombre contemporáneo está pidiendo a gritos una vida nueva. La humanidad actual tiene «una cabeza demasiado grande para su alma». Necesitamos un aliento nuevo para humanizar nuestro progreso. Un alma nueva capaz de vivificar nuestra existencia.


Y no se trata de pensar en una revolución socio-política ni de derechas ni de izquierdas. Lo que necesitamos es una transformación radical de actitud.


«Una de las condiciones preliminares de la revolución es un cambio radical de la conciencia. El problema central para mí es el saber cómo se puede obtener este cambio radical de los hombres antes del cambio revolucionario de las instituciones de base social y política».


Los creyentes no nos sentimos huérfanos ante tal empresa. Creemos en el Espíritu como proximidad personal de Dios a los hombres y como fuerza, energía, luz y poder de gracia para orientar nuestra historia hacia adelante, hacia su consumación final.


Lo que necesitamos es acrecentar nuestra sensibilidad ante el Espíritu y acoger responsablemente la acción de Dios que, desde el fondo de la vida y lo mejor de nuestro ser, nos llama a caminar desde la hostilidad a la hospitalidad, desde el aislamiento egoísta hacia la fraternidad, del acumular para tener a la plenitud de ser.


Como dijo Juan Pablo II en Hiroshima, la vida de este planeta depende de «un único factor: la humanidad debe hacer una verdadera revolución moral».


Pero esta revolución no se hará si no escuchamos con cuidado y amor la acción profunda del Espíritu de Dios en Nosotros. «Lo que sucede en la profundidad de nuestro ser es digno de todo nuestro amor».



(Comentario de J.A.Pagola)

viernes, 10 de mayo de 2013

La Ascención: Lc 24, 46-53

Ascensión de N.S Jesucristo (Hechos 1, 1-11 – Lucas 24, 46-53)

- “Está en el cielo” se le contesta a un niño que pregunta donde está su abuelito que falleció.
- “¿Y donde está el cielo?” sigue preguntando el niño.
- “Pero sí, lo sabes”, se puede contestar. El cielo está donde está Jesús con Dios.
 Cuando vamos a misa el domingo, al rezar el Credo después de la homilía, lo proclamamos solemnemente: “Subió a los cielos, está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso”. ¡Por supuesto que aquello está muy lejos de ser un lenguaje infantil!  ¿Cómo se lo puede explicar a un niño? ¡Lograrlo, es entenderlo mejor uno mismo!
Leemos hoy dos descripciones de la Ascensión de Jesús, escritas por el mismo autor, San Lucas. Son bastante divergentes. Al concluir su evangelio y como una especie de epílogo, Lucas escribe que Jesús ascendió al cielo la misma tarde del día de la Resurrección. Pero acabamos de escuchar su otro relato en la primera lectura: “apareciendo a sus discípulos durante cuarenta días, les habló del reino de Dios…dicho esto, lo vieron levantarse hasta que une nube se lo quitó de la vista”. ¿Qué animó a Lucas a escribir dos relatos tan distintos?

El relato del evangelio habla por sí mismo. Cuando las mujeres llegaron a la tumba de Jesús y vieron que estaba vacía, escucharon de unos mensajeros divinos que no tenían que buscarlo entre los muertos. No estaba más allí. Había sido asunto inmediatamente donde su Padre en el cielo. Sus discípulos lo vieron aparecer delante de ellos y les había instruido para ir a dar testimonio, por todas partes, de todo lo que habían experimentado con él. Con este relato Lucas cierra su evangelio.

Con los Hechos de los Apóstoles, Lucas inicia un nuevo relato, el de la iglesia joven. Tengamos presente que Lucas escribe casi dos generaciones después de  haber ocurrido los acontecimientos. En su época, los años 80, parece que había cristianos que aun seguían esperando apariciones desde el cielo, o tal vez argumentaban que habían visto tales apariciones o que habían recibido misiones especiales. Lucas les da una advertencia: después de la desaparición de Jesús, aquel tiempo pasó para siempre. Por otro lado, también hubo cristianos que esperaban el pronto retorno de Jesús y, tal como lo escribe Lucas, se ilusionaban con la restauración del reino de Israel: ¿”Señor, es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel”? Lucas reprende a ambos grupos. Nadie puede saber cuando va a ocurrir aquello, nadie puede sacar la cuenta por Dios. La conclusión del relato es la misma que en el evangelio, pero ahora con palabras más enérgicas. ¡No sigan mirando hacia el cielo! La tarea está aquí y ahora: pongan manos a la obra. Dentro de muy poco recibirán la fuerza del Espíritu Santo para cumplir  la misión que les ha sido asignada. Empiecen ahora, aquí mismo en Jerusalén, en todo el país y más allá de las fronteras, hasta los confines del mundo.

Volvamos al niño. A un niño (y también para uno mismo) se puede explicar muy bien que no debe estar triste cuando su abuelito o abuelita, después de fallecer, se fue al cielo. Deja a su nieto solo, pero no lo abandona en realidad. Ha aprendido mucho del abuelito; lo tiene en su mente y se puede decir que, de alguna manera, es su espíritu que el niño tiene por encargo mantener vivo. La gente saca inspiración para su propia vida de recuerdos preciosos y de ejemplos de sus seres queridos que fallecieron. Es bueno hacer este ejercicio.

Otro ejercicio es darnos cuenta cómo el último capítulo del evangelio de Lucas  hace pasar al lector por las distintas tareas del duelo que enseña también la psicología moderna. La muerte-resurrección de Jesús tiene un primer momento de negación, incredulidad y desesperanza. Aquello está magistralmente descrito por Lucas en la espléndida escena de los discípulos de Emaus. No pueden aceptar la muerte  de Jesús. No aceptan perder lo que poseían: su propia visión del proyecto de Jesús: “Nosotros esperábamos que él fuera el liberador de Israel”, pero ya hace tres días que todo se acabó. Su desesperación gatilla un mecanismo de defensa por el cual dejan a la comunidad y se alejan de aquel lugar de fracaso. Sin embargo será  el mismo Jesús que les hará aceptar su muerte -fracaso para abrir su mente y su corazón al mensaje de la vida, la resurrección. Con Jesús elaboran sus sentimientos de tristeza y desesperanza. Estos se van transformando en nuevos ardores y entusiasmos. “¿No sentíamos arder nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?”  Y habiendo resucitado en ellos el proyecto de Jesús, deciden reintegrarse a la comunidad.
Es realmente notable observar como el final de este capítulo 24, que coincide con el final del evangelio, desemboca en algo que la psicología subraya también como tarea indispensable en el proceso de vivir el duelo. Es aquello de ir asumiendo los roles, responsabilidades y funciones del difunto. El proyecto de Jesús está en pié. “Realmente ha resucitado el Señor”, dirán los 11 apóstoles a los discípulos que se reintegran en la comunidad.
Tanto el final del evangelio como el comienzo de “los hechos de los Apóstoles” nos ponen delante a Jesús quién indica a sus discípulos cumplir todas las tareas que él mismo cumplió desde el principio. “Serán testigos míos en Jerusalén, Judea y Samaría y hasta el confín del mundo”.
Terminan con sentimientos de alegría: “se volvieron a Jerusalén muy contentos” al concluir su duelo y al asumir el proyecto de vida del Señor resucitado.

miércoles, 1 de mayo de 2013

6º Domingo de Pascua: Jn 14, 23-29

Sexto domingo de Pascua: Hechos 15, 1-2.22-29 – Juan 14, 23-29


 “Mi paz les doy, no se la doy como la da el mundo”, prometió Jesús a sus discípulos momentos antes de su muerte. Esa paz no les fue regalada así no más. A penas unos diez años más tarde, hubo una tremenda disputa en la primera comunidad de los cristianos. Escuchamos su descripción en la 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles. Felizmente también se describe cómo superaron aquel impasse para recuperar la paz mutua. Con eso, hasta el día de hoy, se nos deja una gran lección de cómo superar los conflictos. Ahora bien, aquello no es una tarea sencilla.

Los provocadores o instigadores no eran nada menos que Pablo y su asistente Bernabé. Estaban admitiendo en la comunidad a no-judíos que quisieron hacerse cristianos y eso sin obligarlos a cumplir con todos los preceptos de la Ley judía. Los judíos cristianos convencidos se escandalizaron, porque para ellos era impensable que se pudiera convertir gente al cristianismo sin tener que someterse a todas las normas y prescripciones de la Ley que el pueblo elegido había recibido de Dios mismo.  ¡Era poco menos que una falta de lesa majestad! Pero Pablo no se amilana y no cede. Así se planteó un conflicto abierto: ¡todo menos la paz! La paz que los discípulos recibieron de su Maestro Jesús no era para nada un regalo fácil. Era una misión difícil, complicada. Sólo se podía cumplir con “discernimiento”, es decir estando atentos al Espíritu del Señor, al “Paráclito” (el Espíritu Consolador que reunifica).

Los abogados, los jueces, los políticos saben cómo enfrentar el conflicto. La manera más sencilla es ignorarlo o la separación: cada cual va por su camino. Es lo que ocurre a menudo. Las jóvenes comunidades cristianas hubieran podido decir: estamos en un punto de quiebre, separémonos. Vamos cada cual por su camino y no nos juntemos nunca más.

Una segunda posibilidad frente al conflicto es una declaración de guerra. Así los primeros cristianos podían haber dicho: “vamos a pelear la cosa; busquemos los aliados más poderosos para nuestro punto de vista y ya veremos quién se impone. El perdedor obedece al vencedor”. Es lo que solemos observar en la historia de los seres humanos: se generan alianzas para liquidar por la fuerza al adversario y así se impone la voluntad de un bando sobre otro. De este modo se construyó la famosa “pax romana” del imperio romano, tentación y propuesta histórica que se ha repetido.

La joven Iglesia buscó el camino más difícil, el camino del diálogo. Así se constituyó el primer Concilio:  se congregaron en torno a la mesa de diálogo en Jerusalén. Podemos imaginarnos las palabras fuertes y apasionados, con el estilo confrontacional que caracteriza a veces a los de oriente medio. Pero aguantaron: se escucharon mutuamente, convencidos de las buenas intenciones de la otra parte y pudieron salir del embrollo. Forjaron un  sentir común para un compromiso honroso. El umbral de exigencias para admitir a los gentiles (Griegos) en la comunidad cristiano se puso lo más bajo posible. Sin embargo era necesario que tuvieran comprensión por los cristianos judíos y que admitieran algunas de las prescripciones de la Ley judía.

En la carta donde se manda la decisión y conclusión de la reunión en Jerusalén a los cristianos de Antioquia,  hay una frase muy notable. “El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido…” ¿Qué se han creído estos? diríamos nosotros. Pareciera una extraordinaria pretensión. Lo que admitimos y prohibimos, lo admite y prohíbe Dios mismo. ¿Quién puede reivindicar para sí tamaña afirmación? Pero también se puede leer como una expresión de humildad. Tratamos de buscar y entender (=discernir) lo mejor posible lo que coincide con la inspiración del Espíritu y darle curso a aquello de la manera más fiel y exacta posible dentro de lo que siempre son las limitaciones del lenguaje humano. Entonces se lee como un maravilloso ejemplo de “discernimiento comunitario”.

Jesús dijo a propósito del Espíritu que prometió enviar, que trabajaría como recuerdo para los discípulos y que más adelante les aclararía todo. El Espíritu trabaja en dos direcciones. Es la memoria de la Iglesia, la garantía de la fidelidad a la tradición. También trabaja como clave para la interpretación de los signos de los tiempos, como guía en el camino hacia un futuro desconocido. El Espíritu es la lengua en la cual entendemos a Dios. Así se describe Pentecostés en los Hechos de los Apóstoles. A pesar de la gran diversidad de idiomas, todos “entendieron lo mismo”. Sin embargo, la gente suele escuchar de distintas maneras. Entonces además de la diversidad de idiomas,  siempre se corre el riesgo del malentendido, de la confusión o de la contradicción. Aún así, se avanzará en la comprensión a condición de dejarse inspirar por el mismo Espíritu y no renunciar al esfuerzo y la perseverancia para dejar hablar al Espíritu del modo más claro posible. En eso consiste la humildad de la fe, tanto en la cumbre como en la base de la iglesia, cuando hay disposición para escuchar y entender el punto de vista del otro y viceversa.

Por cierto que hoy en día también hay divergencias y conflictos en la iglesia, en puntos donde unos insisten con mucha fuerza y donde otros pasan con ligereza. Está la fidelidad a la tradición contra la sensibilidad hacia los desafíos del futuro. ¿No nos puede enseñar mucho la iglesia de la primera generación de cristianos? La solución al conflicto que la dividió tuvo esa conclusión: “no imponer ninguna carga sino la estrictamente necesaria”. ¿Qué cargas se imponen hoy a la gente que quiere seguir perteneciendo a la iglesia? ¿A las personas que están dispuestas y capacitadas para tomar una responsabilidad en la comunidad cristiana? Por supuesto que son preguntas que ponen a prueba la paz en la iglesia. Con el celebrante de la Eucaristía el pueblo reza antes de la comunión que el Señor resucitado en medio de nosotros no mire nuestros pecados, sino la fe de la Iglesia, y conforme a su palabra, le conceda la paz y la unidad. ¡Aquello no es un regalo así no más sino una ardua misión!

martes, 23 de abril de 2013

5º Domingo de Pascua: Jn 13, 31-35



5° domingo de Pascua: Jn 13, 31-35


En esto conocerán que son mis discípulos: si se tienen amor los unos a los otros" (Jn 13,35). Al decir “discípulos”, Jesús no se refiere a cada uno individualmente, sino a la comunidad de los que siguen a Jesús y sus enseñanzas, es decir, a la Iglesia. Jesús, en esta hora suprema en que nos deja Su Testamento antes de morir, no dice: "Conocerán que son mis discípulos, si viven pobres o si son obedientes, si han aprendido bien todas mis enseñanzas o si son capaces de predicar mi Evangelio". Son todas cosas necesarias, pero no coinciden con la quintaesencia de la Iglesia. Ésta es solamente el amor fraterno. Por eso, podría definirse a la Iglesia como "la comunidad de los que se aman como Cristo los ha amado". Cristo nos ha amado hasta dar su vida para que nosotros tengamos vida. Cristo nos ha amado hasta hacernos partícipes del mismo amor que existe entre el Padre y el Hijo. Cristo nos ha amado hasta hacerse esclavo y lavar los pies a los suyos, para que conociéramos bien que el amor, la autoridad entre sus discípulos, es fundamentalmente servicio. Si por encima del amor fraterno, o peor todavía, al margen de él, se ponen otros valores en la vida diaria de la Iglesia, habrá que concluir que no estamos tocando el corazón de la Iglesia.

 Esta Iglesia, amor y comunión, se realiza históricamente en las pequeñas comunidades de los orígenes cristianos, por ejemplo, en las comunidades fundadas por Pablo y Bernabé durante su primer viaje misionero (primera lectura). Esta Iglesia histórica es reflejo, a la vez que impulso, hacia la Iglesia eterna, morada definitiva y sin término de Dios entre los hombres (segunda lectura).

En nuestro complejo mundo globalizado, ¿qué es lo que le da mayor credibilidad a la Iglesia? Indudablemente es el testimonio de amor fraterno porque es lo que testimonia quién y cómo es Dios para todos los hombres. Es cierto que la Iglesia docente es necesaria, insustituible e inseparable de la Iglesia Caridad, pero a los ojos de los hombres, incluso los cristianos, no es su rostro más atractivo. También es importantísima la Iglesia que celebra los sacramentos y un modo muy apto de expresar su amor a sus hijos en diversas situaciones y circunstancias de la vida, pero tampoco es el rostro que más seduce a los cristianos, menos todavía a los que no lo son. El verdadero rostro de la Iglesia nos lo da la Iglesia-Caridad, comunión, la Iglesia que realmente ama y se dedica a comunicar amor mediante todos y cada uno de sus hijos. Es demás conocido el hermoso canto: “Donde hay caridad y amor, ahí está Dios”, que se fundamenta en la hermosa expresión de S. Juan: “Dios es Amor”. También podemos agregar: “Donde hay amor fraterno, ahí está la Iglesia”. Esa caridad – amor fraterno -  que en Dios tiene su manantial y en Dios termina su recorrido de amor por las vidas de los hombres. Dios, alfa y omega de la caridad, entre estos dos extremos del vocabulario griego, se hallan todas las demás consonantes y vocales con las cuales expresar de todo corazón nuestro amor al prójimo. No desliguemos jamás la caridad de la fe, del dogma, de la liturgia, de las instituciones, pero que el rostro más bello, genuino y verdadero, que cada uno de nosotros ofrezca a la Iglesia, sea el rostro de la caridad verdadera y del amor sincero.

Por eso es tan grande la misión que nos dejara San Alberto Hurtado en la Institución eclesial del “Hogar de Cristo”. Está llamado a ofrecer  el rostro acogedor, misericordioso y tierno del Señor a través de las miles de personas, trabajadores, voluntarios, socios y simpatizantes que configuramos el rostro del “Hogar de Cristo”. El Hogar de Cristo es un maravillo regalo a la Iglesia de Chile. ¿No podemos anhelar que, a futuro, sea también un regalo para América Latina?