sábado, 16 de febrero de 2013

1er Domingo de Cuaresma: Lc 4, 1-13


1er Domingo de Cuaresma: Lc 4, 1-13

Esta semana cuando se celebraba el día de la Virgen de Lourdes, el Santo Padre Benedicto XVI anunció repentinamente su renuncia a su ministerio de obispo de Roma y de Papa, aduciendo su edad avanzada y sus fuerzas muy disminuidas para tamaña responsabilidad. Agradezcamos su decisión difícil y valiente y su conducción de la Iglesia durante un período complejo. Quedará tal vez la memoria de un “Papa barrendero” que limpió la Iglesia de muy lastimosas conductas de sacerdotes. Al iniciar este tiempo de Cuaresma pidamos en nuestras oraciones que el Espíritu Santo ilumine a los Cardenales llamados a elegir el nuevo sucesor de Benedicto XVI.
El Espíritu Santo conduce la historia de la salvación. Es el mismo Espíritu Santo por el cual Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María; lo confirmó como “Hijo predilecto” en su misión durante el bautismo en el Jordán y ahora lo lleva al desierto para vivir una profunda experiencia espiritual donde se va a enfrentar con “el mal espíritu” representado en las tentaciones del diablo. Recordemos que la palabra “diablo” significa “aquel que separa”, es decir aquel que busca separar y alejar a Jesús de su misión.
Como todos nosotros, Jesús tuvo que elegir entre dejarse llevar por el “buen espíritu”, resistiendo las tentaciones del diablo o el “mal espíritu”.
En otros términos, es también la confrontación entre el poder y el servicio. El poder puede ser muy seductor. Pero aquel que decide por un mundo animado por el Espíritu de Dios, elige el camino de la impotencia y el servicio. Porque sólo en la impotencia y el servicio puede hacerse presente el Reino de Dios y un mundo de justicia y amor.
Jesús pudo hacer fácilmente mal uso de su poder, sus talentos y sus posibilidades. Fueron tentaciones recurrentes en su vida. Nos lo atestiguan a menudo los evangelios. El pueblo quiere coronarlo como rey; los dirigentes le piden un signo inequívoco como prueba de que él es el Mesías; sus discípulos se oponen a que siga su camino a Jerusalén donde padecerá grandes sufrimientos. Pero Jesús se mantuvo fiel a su misión original. Cumplió cabalmente la voluntad de su Padre y no buscó su propia ventaja o prestigio. Toda su vida fue una lucha por un mundo mejor, por la vida y la dignidad de los seres humanos, especialmente los más postergados haciendo valer así el querer de Dios.

El combate que libró Jesús es también el combate que tiene que librar cada ser humano en su vida.
Los cuarenta días de cuaresma pueden ser un tiempo indicado para reflexionar  aquello. Atrevernos a confrontarnos con nosotros mismos y hacernos la pregunta: ¿qué es lo que tiene real importancia en mi vida? ¿Cuál es el fundamento de mi vida? ¿Qué principios me inspiran? Son preguntas que surgen espontáneamente cuando llegan momentos de prueba. Pruebas en el hogar, en el trabajo, con la salud, o graves contratiempos. Hay momentos cuando se experimenta que la vida no es sino un soplo y uno se pregunta de qué sirve preocuparse tanto de tantas cosas. Hay momentos cuando se percibe que no se es él que se quisiera ser o haber sido y que se consideran períodos de su vida como una mentira. Son los momentos oportunos para dejarse cuestionar: ¿por dónde voy? ¿Quiero dejar que el Espíritu del Señor anime mi vida a pesar de todo? ¿Quiero evitar dejarme seducir por los intereses propios, el poder, el prestigio o las posesiones? Cuando todas esas cosas llegan a presentarse con prioridad  en mi vida, terminan jugando en contra mí. Terminan atándome, privándome de libertad y termino como un esclavo persiguiendo los ídolos del tener, del poder, del placer.
El relato de las tentaciones de Jesús en el desierto nos enseña que no se puede idolatrar o adorar nada de lo creado. Aquello es un desafío y una misión muy difícil. Lo material, lo que me seduce y atrae en el poder, lo que me acomoda en la religión, son tentaciones de todos los tiempos y que suplantan fácilmente la palabra de Dios. Son las tentaciones que el mal espíritu nos va insinuando de mil maneras cada día: en el pasado, en el presente y en el futuro.
Fueron las grandes tentaciones del pueblo de Dios. Siendo ya el pueblo unificado de los israelitas en su travesía del desierto, murieron con comida en la boca, adoraron el becerro de oro y confiaron en su propia fuerza.
Lucas nos describe a Jesús quien vivió las mismas tentaciones de su pueblo como se relatan en la Biblia. Pero él se mantiene fiel a su vocación y misión. El ser humano tiene que quedar consciente de que es creatura de Dios y que Dios es su creador. Si lo olvida, viene a ser como un huérfano que ya no conoce su origen y llega a comportarse como dueño de la vida y a tomar un lugar que no le corresponde. Llega a vivir como alguien que se basta a sí mismo.
La cuaresma es un tiempo privilegiado para ponernos nuevamente a la búsqueda de lo que da sentido a nuestra vida y de aquello que es nuestro verdadero fundamento. Que junto al Creador podamos los cristianos participar activamente a la venida de un mundo de paz y justicia, orando y obrando con fe y esperanza que “venga su Reino”.

miércoles, 30 de enero de 2013

5º Domingo ordinario: Lc 5, 1-11


5º Domingo ordinario: Lc 5, 1-11

No temas
La culpa como tal no es algo inventado por las religiones, sino que constituye una de las experiencias humanas más antiguas y universales. Antes de que aflore el sentimiento religioso, se puede advertir en el ser humano esa sensación de «haber fallado» en algo. El problema no consiste en la experiencia de la culpa, sino en el modo de afrontarla.

Hay una manera sana de vivir la culpa. La persona asume la responsabilidad de sus actos «desacertados», lamenta el daño que ha podido causar y se esfuerza por mejorar en el futuro su conducta. Vivida así, la experiencia de la culpa forma parte de lo que significa ser una persona madura.

Pero hay también maneras poco sanas de vivir esta culpa. La persona se encierra morbosamente en su indignidad, fomenta sentimientos infantiles de mancha y suciedad, destruye su autoestima y se anula para crecer como persona. El individuo se atormenta, se humilla y lucha consigo mismo pero, al final de todos sus esfuerzos, sólo se encuentra con su propia culpabilidad.

Lo propio de la conciencia cristiana de pecado es vivir la experiencia de culpa ante un Dios que es amor y sólo amor. El creyente reconoce que ha sido infiel a ese amor infinito. Esto le da a su culpa un peso y una seriedad absoluta. Pero, al mismo tiempo, la libera de cualquier desesperanza, pues el creyente sabe que, aún siendo pecador, es aceptado por Dios y en él puede encontrar siempre la misericordia que salvan de toda indignidad y fracaso.

De manera sencilla deberíamos denunciar esa forma malsana y pseudo-religiosa de vivir la culpabilidad que lleva todavía a no pocos a sentirse como «gusanos» despreciables ante Dios y no como «hijos amados» con amor insondable por un Padre.

El relato evangélico (Lc 5,1-11) nos habla de Pedro como un hombre que, abrumado por su indignidad, se arroja a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mi, Señor, que soy pecador».

La respuesta de Jesús no podía ser otra: «No temas», no tengas miedo de ser pecador y estar junto a mí.

Esta es la suerte del creyente: se sabe pecador pero se sabe, al mismo tiempo, aceptado, comprendido y amado incondicionalmente por Dios.

J.A. Pagola

4º Domingo ordinario: Lc 4, 21-30


4º Domingo ordinario: Lc 4, 21-30
Pronto pudo ver Jesús lo que podía esperar de su propio pueblo. Los evangelistas no nos han ocultado la resistencia, el escándalo y la contradicción que encontró Jesús muy pronto, incluso en los ambientes más allegados.

Su actuación libre y liberadora resultaba demasiado molesta y acusadora. Su comportamiento ponía en peligro demasiados intereses.
Jesús lo comprende así con toda lucidez. Es difícil que un hombre que se pone a actuar escuchando fielmente a Dios sea bien aceptado en un pueblo que vive de espaldas a El. «Ningún profeta es bien mirado en su tierra».

Los creyentes no lo debiéramos olvidar. No se puede pretender seguir fielmente a Jesús y no provocar, de alguna manera, la reacción, la extrañeza, la crítica y hasta el rechazo de quienes, por diversos motivos, no pueden estar de acuerdo con un planteamiento cristiano de la vida.

¿No somos los creyentes demasiado «normales» y demasiado bien aceptados en una sociedad que no es tan normal ni tan aceptable cuando se miran las cosas desde la fe? ¿No nos sentimos demasiado a gusto y bien adaptados?

Nos da miedo ser diferentes. Hace mucho tiempo que está de moda «estar a la moda». Y no sólo cuando se trata de adquirir el traje de invierno o escoger los colores de verano. El «dictado de la moda» nos impone los gestos, las maneras, el lenguaje, las ideas, las actitudes y las posiciones que debemos defender.
Se necesita una gran dosis de coraje y de valor para ser fiel a las propias convicciones, cuando todo el mundo se acomoda y adapta "a lo que se lleva".

Es más fácil vivir sin un proyecto de vida personal, dejándose llevar por los acontecimientos y los convencionalismos sociales. Es más fácil instalarse cómodamente en la vida y vivir superficialmente según lo que nos dicten desde fuera.

Al comienzo, quizás, uno escucha todavía una voz interior que le dice que no es ése el camino acertado para crecer como persona ni como creyente. Pero, pronto nos tranquilizamos. No queremos pasar por «un anormal», «un extraño» o «un loco». Se está más seguro sin distanciarse del rebaño.

Y así seguimos caminando. En rebaño. Mientras desde el evangelio se nos sigue invitando a ser fieles a nuestras convicciones creyentes, incluso cuando puedan acarrearnos la crítica y el rechazo dentro de nuestra misma clase social, nuestro propio partido, el círculo profesional y social en el que nos movemos y hasta en el entorno más cercano de nuestros amigos y familiares.

José Antonio Pagola

jueves, 24 de enero de 2013

3er Domingo ordinario: Lc 4, 14-21



3er domingo ordinario: Lc 4, 14-21

Imaginémonos la escena. Un hombre de unos treinta años en la sinagoga de Nazaret. Pasa adelante y pide el rollo de la sagrada escritura. Se le pasa el rollo de papiro con el texto sagrado. Lo desenrolla y busca un texto de Isaías (61, 1-2). Lee el texto y devuelve el rollo. Se produce un silencio sepulcral. Cada cual mira atentamente a este hombre de Nazaret, Jeshua – llamado Jesús. Lo conocen de niño y conocen a toda su parentela. Jesús dice: estas palabras se han hecho realidad. Ya no son solamente palabras escritas en un papiro. Esta palabra bíblica se ha hecho carne: carne y sangre. Estoy aquí delante de Ustedes como esa palabra hecha carne, como su encarnación. Este texto de Isaías se ha cumplido en mi persona.

Aquello fue desde luego un momento muy solemne en la pequeña sinagoga de Nazaret. Era la declaración de principios de Jesús: su programa de vida, una declaración impresionante. Jesús revelaba su verdadera identidad. Ha sido ungido con el Espíritu de Dios. Es el profeta por excelencia. La identidad de Jesús no se acredita con una cédula de identidad. Jesús es el enviado de Dios. La palabra de Dios que lee en la Biblia es El mismo. El es el santo de Dios, como las sagradas escrituras también suelen llamarse santas. Esa palabrita “santo” no tiene nada que ver con las manos juntas y la cabeza ligeramente inclinada, con ojos mirando al cielo y una aureola detrás de la cabeza.
Santa es la Biblia porque defiende los santos derechos de cada ser humano y también por el sagrado deber de cada hombre frente a su semejante.
En San Alberto Hurtado tenemos un ejemplo privilegiado de esa auténtica santidad bíblica. Con el correr de los siglos, sabemos que al aparato eclesial para canonizar a una persona ha estado mirando con otros ojos y otros criterios, no tan inspirados en la Biblia.

Aquel que está lleno del Espíritu de Dios está animado por el Amor de Dios y vive ese Amor que es muy concreto.
En primer lugar es justicia. Eso significa que cuida y se preocupa por mejorar la suerte de los más pobres de este mundo. Se preocupa por un sistema justo como una economía justa por ejemplo. Se trata de cosas concretas: un sueldo justo, que no haya un abismo entre ricos y pobres, que no haya una desigualdad escandalosa y provocadora. Se trata también de una conducción política con justicia. No hay que perder de vista el contexto socio político religioso en tiempos de Jesús: Lucas grita contra el sistema económico – político militar dictatorial del imperio Romano. Estamos en el apogeo de su poder omnipotente y en Roma, se equipara a los emperadores con los dioses. En inaudito contraste, el evangelio anuncia un mundo nuevo, un mundo al revés: un nuevo reino, el Reino de Dios donde las relaciones de poder existentes se desvanecen.  Un mundo donde haya pan, derecho y amor y en abundancia para todos. A Jesús de Nazaret se le llamó el ungido, el Mesías de Dios porque encarnó aquel mundo nuevo que irradia hasta el día de hoy. Un mundo de servicialidad recíproca. ¡Es bueno imaginárnoslo! Bueno, nos lo imaginamos, nosotros los cristianos. Por eso nos juntamos semanalmente a celebrar la Eucaristía: para celebrar (hacer - realizar) lo que Jesús hizo, en la liturgia y en la vida diaria.

Cuando leemos el evangelio con esta óptica, con este sesgo político, económico, social, nos ponemos inquietos. Porque cuando miramos alrededor de nosotros, constatamos que el mundo no es para nada un mundo  cristiano, evangélico, basado en el  amor y la justicia. Bien percibimos este mundo nuevo en la persona y la vida de Jesucristo. Pero hoy, alrededor de nosotros: ¿qué mundo vemos? ¿Y quien de nosotros puede decir, al ejemplo de Jesús, que la palabra de Dios se ha cumplido en él, en ella? Nos convoca a trabajar por este mundo nuevo y mejor. Aquel viejo lider sud africano Nelson Mandela decía: “La pobreza no es un fenómeno natural sino obra humana”.

Por toda la Biblia Dios nos llama a ejercer la justicia y la misericordia hacia los pobres, excluidos, extranjeros y oprimidos. Dios llama: Salva a aquellos que están indefensos, aquellos innumerables desposeídos. Aquellos millones de seres humanos sin oportunidad de vida y entregados a inescrupulosos explotadores.
Gracias a Dios Chile ha recibido la visita de Dios en la bella persona de Alberto Hurtado: luchó por los derechos de los trabajadores y trabajadoras, denunció injusticias y toda forma de abuso, se preocupó de los niños bajo los puentes del Mapocho y de las personas en situación de calle. No se achicó en hablar  con los poderosos para recordarles sus deberes de justicia y solidaridad con los desamparados. Puso el dedo en la llaga de muchas estructuras injustas. Gritó a menudo su santa indignación frente a situaciones de injusticia.
Alberto Hurtado estaba lleno del Espíritu de Jesús. Un santo a la medida de las descripciones bíblicas de santidad y justicia. Nos mostró el camino para un Chile donde venga el Reino de Dios. ¡Sigamoslo!


jueves, 17 de enero de 2013

2º Domingo ordinario: Jn 2, 1- 12


Segundo Domingo del año: Jn 2, 1-12

El relato de las bodas de Caná es muy conocido y a veces se presta a bromear: cambiar el agua en vino es como un espectacular golpe de prestidigitación. Por supuesto que leer e interpretar el evangelio de esta forma es ignorar totalmente lo que nos busca transmitir. En primer lugar, el relato de Caná es un relato simbólico.
¿Cómo formular con palabras lo que alguien significa para ti? ¿Cómo expresar que estimas alguien muy en alto? ¿Qué imágenes surgen en ti para manifestar lo más íntimo de una relación de amor? Estas son las preguntas que nos deben animar al leer este maravilloso relato de las bodas de Caná.

La íntima relación de Dios con su pueblo Israël está simbolizada en muchos relatos bíblicos con la imagen de una fiesta de bodas. Los judíos creyentes están convencidos que su pueblo – y un día todos los hombres – está llamado por Dios para transformar su convivencia en algo así como una permanente fiesta de bodas. La Boda y el vino llaman a la salvación mesiánica.

Juan sugiere que hasta ahora, esta fiesta de bodas no tuvo lugar porque se acabó el vino. Pero ahora, con la venida de Jesús, se puede celebrar de lleno la fiesta.
Hay abundancia de vino y del mejor. Jesús es el verdadero vino de la boda, como también es el pan verdadero, la Luz verdadera y la vida verdadera en el cuarto evangelio. Jamás Dios se nos ha acercado tanto como en la persona de Jesús. Juan no deja de subrayar que en la vida y muerte de Jesús, la Gloria de Dios se ha manifestado visiblemente. El cumplimiento de la voluntad del Padre determina la hora y el tiempo de cada instante de su vida, no los hombres ni siquiera su madre. Ella intercede y dice sabiamente a los servidores como mujer creyente: “Hagan todo lo que él les diga.”

¿Cómo se descubre que se produjo un pequeño milagro? ¿Que ha brotado de modo imprevisto algo nuevo? ¿Que un ser humano o un acontecimiento es original y único? Eso solamente lo constatas, dice Juan, cuando miras con los ojos del corazón. Y pretende entrenarnos en aquello: en aprender a dejarnos fascinar por lo original, lo nuevo, lo maravilloso en las personas y los acontecimientos. Para Juan,  con Jesús se inicia la nueva creación. Para él “crear” no es sólo algo que tuvo lugar al comienzo de nuestra historia, sino algo que siempre ocurre de nuevo cuando experimentamos a las personas y las cosas como un regalo imprevisto. Quien mira con los ojos del corazón, descubre que la creación ocurre a cada momento de nuevo allí donde se comparten la vida y la alegría.

Como hombres modernos, ilustrados o post modernos, nos hemos enceguecido frente a la dimensión no material de la realidad. El poeta francés Antoine de Saint Exupéry ya escribió en el maravilloso libro “El Principito” que lo esencial es invisible a los ojos: sólo se ve bien con el corazón. Nos cuesta volver a mirar nuestra vida, nuestro entorno, nuestras relaciones humanas y nuestro mundo con los ojos del corazón. Juan nos enseña que  vivir con fe es aprender a mirar de otra manera. Es descubrir que la fuerza creadora y vivificadora de Dios está profundamente presente en todo lo que existe. Es descubrir el secreto de la proximidad de la vida divina en nuestra existencia humana. Eso es lo que Jesús nos ha mostrado con su manera de vivir y morir. En Él se ha manifestado la Gloria de Dios como una fuente incesante de vida y de alegría.

También es a partir de ese flujo divino que Pablo, en la segunda lectura de este domingo, nos llama para que todo nuestro quehacer se viva de tal forma que revele la presencia activa de Dios. El cumplimiento siempre viene de Dios pero jamás sin que los hombres estén dispuestos a poner lo mejor de si mismos.
En eso el amor está central. El amor debe inspirar toda forma de compromiso en la comunidad. Una comunidad creyente es una comunidad que guarda la unidad, respetando la pluralidad, con acogida para todos. Y donde cada persona puede vivir según su propia vocación y propios talentos. Entonces es en una comunidad así donde está presente el Espíritu de Jesús y que se sirve el mejor vino.


jueves, 10 de enero de 2013

Bautismo de Jesús: Lc 3, 15-16.21-22


El Bautismo del Señor: Lc 3, 15-16. 21-22

El tercer evangelista presenta la figura de Jesús no principalmente como objeto de admiración o de adoración, sino como aquel a quien el creyente debe seguir, asumiendo radicalmente sus actitudes y su proyecto. El Bautismo en Jesús, no fue un acto social, o de fanatismo religioso. Esta acción, por la cual el Espíritu revela la verdadera identidad de Jesús, marca cuál es su misión en la historia y por lo tanto su destino. Jesús, que supo comprometerse en la obra de Dios Padre, camina hacia la muerte, no en una actitud sádica, sino en total libertad. Él sabe por quién hace opción y conoce muy bien la consecuencia de estar de parte de Dios y de los favoritos de él: los pobres. Este es en definitiva, el sentido del bautismo de Jesús, matricularse en el Proyecto de Dios Padre, que es la vida en abundancia de todos los hombres y mujeres de la historia.

Celebrar el bautismo del Maestro de Galilea, tiene que llevarnos a comprender la invitación profunda que este acto de Jesús nos hace: renunciar a nuestros egoísmos, tomar su cruz cada día, seguirle y si es necesario perder la vida por su causa. Estar bautizados, por lo tanto, implica vincularse al proyecto de Jesús, que es el mismo proyecto de Dios, de manera sincera y seria. Jesús no pone condiciones teóricas, sino que presenta el ejemplo personal.

El Bautismo de Jesús antecede el inicio de su misión en medio del mundo. En la lógica de Lucas, Jesús tiene que ser ratificado por el Padre; sólo así puede dar inicio al tiempo nuevo, que va a inaugurar. El Bautista entra en escena como aquel que es precursor para la lógica del tercer evangelio. Pero su tarea sólo alcanza sentido si Dios mismo declara quien es Jesús. Por eso vemos al Espíritu entrar en escena para declarar sobre Jesús: “Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto”. Esta declaración que el Espíritu hace sobre la persona de Jesús, es extensiva sobre todo ser humano. Para eso Jesús iniciará su misión en medio del mundo, para limpiar el rostro de la humanidad violentada y la inmundicia que las estructuras de poder han cimentado sobre los débiles, a fin de que cada ser humano experimente en su propia vida, el ser hijo querido de Dios, predilecto de su amor.

El bautismo de Jesús inaugura su vida pública y contiene en potencia todo el itinerario que deberá recorrer. Parece un dato histórico cierto: Jesús, como tantos otros jóvenes de su tiempo, se siente conmovido por la predicación de Juan, y acude a recibir su «bautismo», con un rito de «inmersión» en las aguas del Jordán, un rito casi universal que significa una decisión radical de entrega a una Causa, por la que uno se declara ya decidido a dar la vida, a morir incluso. Jesús, con la coherencia de su vida, hará homenaje a su decisión de hacerse bautizar por Juan. Todo seguidor de Jesús está llamado a hacer suya esa coherencia de vida y esa radicalidad de decisión, que se expresa y anticipa en el rito del bautismo y se debe hacer realidad todos los días.

El bautismo no sólo se sitúa en el camino de la propia aventura espiritual, sino que implica una responsabilidad para con los demás, una misión universal: la construcción de un mundo nuevo, la edificación, aquí y ahora, de la Utopía («el Reino», como la llamaría Jesús). El bautizado cristiano, como «seguidor», como inspirado por el Jesús que se hizo bautizar por Juan muy conscientemente, muy adulto, está llamado a ser, con él, salvador de la humanidad y de la creación, del planeta, puesto en riesgo grave por las políticas anti-utópicas de la civilización capitalista industrial ecológicamente irresponsable. 

viernes, 4 de enero de 2013

Epifanía del Señor: Mt2, 1-12


La Epifanía del Señor: Mt 2, 1-12

«Unos magos de Oriente» se presentaron en Jerusalén preguntando: « ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a rendirle homenaje» (Mt 2,1-2). Se creía por entonces que el nacimiento de todo gran personaje en la tierra era acompañado por la aparición de una estrella en el firmamento. A Jesús no le debía faltar la suya... Lo de «la estrella», sobre la que se han lanzado todo tipo de hipótesis, es un símbolo. En el libro de los Números (24,17) se dice: «Avanza la estrella de Jacob y sube el cetro de Israel.» Esta estrella es símbolo del Mesías, que conduce a los paganos a la luz de la fe.  En la estrella que conduce a los magos a Jesús ve el evangelista Mateo la marcha de los paganos hasta la fe. Estos personajes, a más de extranjeros, ejercían una profesión penalizada por la Biblia: la magia. Eran originarios, tal vez, de la tribu de los Medos, que llegó a convertirse en casta sacerdotal entre los persas. Practicaban la adivinación, la medicina y la astrología, prácticas que, en la Biblia, no gozan de buena reputación.
Los dos primeros y únicos grupos de personajes que desfilaron ante Jesús, tras su nacimiento, no contaban entre los poderosos de la tierra, pues eran marginados del mismo pueblo de Israel (pastores) o extranjeros mal vistos por la religión oficial (magos), aunque respetuosamente tratados por Herodes. Dios se fija en los que no cuentan para anunciarles la buena noticia.

De los magos hemos sabido (¿inventado?) más con el tiempo. Pero nada de lo que sigue aparece en los evangelios. Desde el siglo II se piensa que eran tres, a juzgar por los tres regalos que le ofrecen al niño: oro (regalo real), incienso (para el culto) y mirra (para ungir el cadáver el día de la muerte); se les bautizó en el siglo VI con el nombre de reyes: Melchor, rey de Persia; Gaspar, rey de Arabia, y Baltasar, rey de la India. Estos tres reyes se habían reunido por orden de Dios en Persia para acudir hasta Belén, guiados por la estrella. San Beda (s. VIII) los considera representantes de Europa, Asia y Africa, los tres continentes conocidos en aquel tiempo; de ahí los distintos colores de su piel. En el siglo XII se trasladaron sus supuestos huesos desde Milán a la catedral de Colonia, donde hoy son venerados.

«Herodes el Grande.» Los poderosos de la tierra están representados por Herodes, una versión actualizada del faraón de Egipto, que quiso acabar con los primogénitos de los israelitas cuando el pueblo era esclavo. Moisés antes, y ahora Jesús, se libraron de la muerte. Dios andaba de por medio. Los poderosos no quieren que el pueblo alcance la libertad y acaban con la vida de quienes pueden concienciarlo.
Herodes, el gran rey Herodes, era famoso por su crueldad: mandó matar a su yerno, ahogado; mató a sus hijos Aristóbulo y Alejandro; estranguló a su mujer, Mariamme. Lo que el evangelio cuenta de él cuadra con sus ansias de poder y con su crueldad sin límites. Que mandó matar a los niños menores de dos años consta por el evangelio. Cuántos niños murieron (en todo caso, no más de quince, según los diferentes cálculos de demografía y natalidad) no lo sabemos.
Pero Dios estaba con Jesús. La orden fue burlada y el niño se libró huyendo a Egipto. Algo parecido sucedió con la orden del faraón de Egipto de matar, al nacer, a todo israelita varón (Ex 1,15-22).


«Sacerdotes y letrados.» El ala eclesiástica de la época y la cultura del momento cumplieron su papel. Dieron toda la información a Herodes para llegar a Jesús, pero, acomodados e instalados en su saber y posición social, no sintieron el más mínimo interés por acudir hasta él: tal vez no sentían necesidad de libertador alguno. «Herodes... convocó a todos los sumos sacerdotes y letrados del pueblo y les pidió información sobre dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: en Belén de Judá, así lo escribió el profeta» (Mt 2,3-4).
Después de esto ya sabemos: «José y María se fueron con el niño a Egipto.» En Egipto había comenzado la historia del pueblo de Israel. Jesús había venido para reiniciar esta historia. De allí, como al principio, saldría para conducir al nuevo pueblo a la tierra prometida.


Terminamos retomando una cita de una homilía de Benedicto XVI en una celebración de la Epifanía:
"Muchos han visto la estrella, pero son pocos los que han entendido su mensaje… Podemos entonces preguntarnos: ¿cuál es la razón por las que unos ven y encuentren, y otros no? ¿Qué es lo que abre los ojos y el corazón? ¿Qué les falta a aquellos que permanecen indiferentes, a aquellos que indican el camino pero no se mueven? Podemos responder: la demasiada seguridad en sí mismos, la pretensión de conocer perfectamente la realidad, la presunción de haber ya formulado un juicio definitivo sobre las cosas volviendo cerrados e insensibles sus corazones a la novedad de Dios. Están seguros de la idea que se han hecho del mundo y no se dejan ya conmover en lo profundo por la aventura de un Dios que quiere encontrarles. Ponen su confianza más en sí mismos que en Él y no consideran posible que Dios sea tan grande que pueda hacerse pequeño, que se pueda acercar verdaderamente a nosotros.
Al final, lo que falta es la humildad auténtica, que sabe someterse a lo que es más grande, pero también el auténtico valor, que lleva a creer a lo que es verdaderamente grande, aunque se manifieste en un Niño inerme. Falta la capacidad evangélica de ser niños en el corazón, de asombrarse, y de salir de sí para encaminarse en el camino que indica la estrella, el camino de Dios. El Señor sin embargo tiene el poder de hacernos capaces de ver y de salvarnos. Queramos, entonces, pedirle a Él que nos dé un corazón sabio e inocente, que nos consienta ver la estrella de su misericordia, nos encamine en su camino, para encontrarle y ser inundados por la gran luz y por la verdadera alegría que él ha traído a este mundo".