2º domingo de Adviento: Lc 3, 1-6:
“Preparen el camino del Señor”
El tiempo de Adviento es tiempo de esperanza y de
apertura al cambio: cambio de vestido y de nombre (Baruc), cambio de camino
(Isaías). Cambiar para que todos puedan ver la salvación de Dios.
En un bello poema Baruc canta con fe jubilosa la hora en que el Eterno va a
cumplir las promesas mesiánicas, va a crear la nueva Jerusalén, va a dar su
salvación. Jerusalén es presentada como una “Madre” enlutada por sus hijos
expatriados. Dios regala a Sión, su esposa, la salvación como manto regio, le
ciñe como diadema la “Gloria” del Eterno. La Madre desolada que vio partir a
sus hijos, esclavos y encadenados, los va a ver retornar libres y festejados
como un rey cuando va a tomar posesión de su trono. Le da un nombre nuevo
simbólico: “Paz en la Justicia” y “Gloria en la Misericordia”; es decir,
Ciudad-Paz por la salvación recibida de Dios. Ciudad-Gloria por el amor
misericordioso que le tiene Dios.
Haciéndose eco de los profetas del destierro, Baruc dice una palabra
consoladora a un pueblo que pasa dificultad: “El Señor se acuerda de ti” (5,5).
Ya el segundo Isaías se había preguntado: “¿Puede una madre olvidarse de su
criatura? (...) pues aunque ella se olvide, yo no me olvidaré” (Is 49,15). El
Dios fiel no se olvida de Jerusalén, su esposa, que es invitada ahora a
despojarse del luto y vestir “las galas perpetuas de la Gloria que Dios te da”
(5,1). Es la salvación que Dios ofrece para los que ama, de los que se acuerda
en su amor.
¿Dónde está nuestro profetismo cristiano? El profeta no es un adivino, ni
alguien que pre-dice los acontecimientos futuros. El profeta se enfrenta a todo
poderío personal y social, habla desde el “clamor de los pobres” y pretende
siempre que haya justicia. Obviamente le preocupa el futuro del pueblo, la
situación sangrante de los pobres. Los profetas surgen en los momentos de
crisis y de cambios para avizorar una situación nueva, llena de libertad, de
justicia, de solidaridad, de paz. Monseñor Oscar Romero fue un gran profeta en
El Salvador. Alberto Hurtado fue profeta de la Justicia en Chile.
La misión del profeta cristiano es cuestionar los “sistemas” infieles al
Espíritu, defender a toda persona atropellada y a todo pueblo amenazado,
alentar esperanzas en situaciones catastróficas y promover la conversión hacia
actitudes solidarias. Tiene experiencia del pueblo (vive encarnado) y contacto
con Dios (es un místico), y de ahí obtiene la fuerza para su misión. Por medio
de los profetas, Dios guía a su pueblo “con su justicia y su misericordia” (Bar
5,9). El profeta “allana los caminos” a seguir.
En el evangelio, al llegar la plenitud de los tiempos, el mismo Dios anuncia la
cercanía del Reino por medio de Juan y asegura con Isaías que “todos verán la
salvación de Dios” (Lc 3,6). Para el Dios que llega con el don de la salvación
debemos preparar el camino en el hoy de nuestra propia historia.
Juan Bautista, profeta precursor de Jesús, fue hijo de un “mudo” (pueblo en
silencio) que renunció al “sacerdocio” (a los privilegios de la herencia), y de
una “estéril” (fruto del Espíritu). Le “vino la palabra” estando apartado del
poder y en el contacto con las bases, con el pueblo. La palabra siempre llega
desde el desierto (donde sólo hay palabra) y se dirige a los instalados (entre
quienes habitan los ídolos) para desenmascararlos. La palabra profética le
costó la vida a Juan. Su deseo profético es profundo y universal: “todos verán
la salvación de Dios”. La salvación viene en la historia (nuestra historia se
hace historia de salvación), con una condición: la conversión (“preparen el
camino del Señor”). ¿Qué debemos hacer para ser todos un poco profetas?
La invitación de Isaías, repetida por Juan Bautista y corroborada por Baruc,
nos invita a entrar en el dinamismo de la conversión, a ponernos en camino, a
cambiar. Cambiar desde dentro, creciendo en lo fundamental, en el amor para que
“puedan discernir lo que es mejor”
(Flp 1,10). Con la penetración y sensibilidad del amor escucharemos las
exigencias del Señor que llega y saldremos a su encuentro “llenos del fruto de
justicia” (1,11).
Esa renovación desde dentro tiene su manifestación externa porque se “aplanan
las altas montañas”, “se rellenan los valles”, “serán enderezados los senderos
sinuosos y nivelados los caminos desparejos” (Bar 5,7). Se liman asperezas, se
suprimen desigualdades y se acortan distancias para que la salvación llegue a
todos. La humanidad transformada es la humanidad reconciliada e igualada,
integrada en familia de fe: “los hijos reunidos de Oriente a Occidente” (Bar
5,5). Convertirse entonces es ensanchar el corazón y dilatar la esperanza para
hacerla a la medida del mundo, a la medida de Dios. Una humanidad más
igualitaria y respetuosa de la dignidad de todos es el mejor camino para que
Dios llegue trayendo su salvación. A cada uno corresponde examinar qué
renuncias impone el enderezar lo torcido o aplanar las montañas o rellenar valles. Nuestros caminos
deben ser rectificados para que llegue Dios.
Adviento debe ser el tiempo fuerte para nuestra transformación, para nuestro
encuentro con Dios, con ese Dios hecho Ser humano para salvarnos, para meterse
muy dentro de lo nuestro.
Dejémonos impregnar por la gracia de este acontecimiento que se nos aproxima,
dejemos que estas celebraciones de la Eucaristía y de la liturgia de estos días
nos ayuden a profundizar el misterio que estamos por celebrar.
Unidos en la esperanza caminamos juntos al encuentro con Dios. Pero al mismo
tiempo, Él camina con nosotros señalando el camino porque “Dios conducirá a Israel
en la alegría, a la luz de su Gloria, acompañándolo con su misericordia y su
justicia” (Bar 5,9).
(Tomado de
“Servicioskoinonia.org”)