sábado, 11 de agosto de 2012


19º domingo: Jn 6, 41-51

Éste es el pan que baja del cielo, para que quién coma de él no muera”.
Comprobamos cómo la medicina moderna se afana en descubrir remedios para prolongar la vida humana, para postergar la vejez. Pareciera que el gran sueño del hombre fuera seguir viviendo y no extinguirse (morir) jamás. Sin embargo, somos mortales y está en nuestros genes y nuestra sangre y nada ni nadie nos puede preservar de la muerte.
Nuestra vida es como una vela. En cuanto se haya prendido, se consume hasta extinguirse. El nacimiento de un ser humano es ya el comienzo de su muerte. “Sus padres comieron el maná en el desierto y murieron”, dice Jesús a los Judíos (Jn 6, 49). Nosotros estamos aquí en la tierra, camino a la muerte; eso es un lado de la vida. También está el otro lado: estamos camino a la vida plena.
De modo que cada ser humano es como un misterio: por un lado estamos entregados a las fuerzas de la muerte y por otro lado también llevamos dentro de nosotros el germen de la vida eterna. Lo que vemos y experimentamos es lo frágil y pasajero de nuestra existencia. Lo que creemos y esperamos es la realidad creciente de la vida eterna, la que nos viene de arriba por la fuerza del Espíritu de Dios y que algún día se verá con plena luz.

El alimento para el crecimiento y desarrollo de esta vida divina en nosotros son la palabra de Dios que escuchamos y el pan que compartimos cuando celebramos la eucaristía. “Yo soy el pan de vida. Quien come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 51). Por esta razón los Padres de la Iglesia llaman a la Eucaristía un remedio para la vida eterna.
El pan eucarístico y el vino son alimentos humanos. Cuando comimos o bebemos, el cuerpo absorbe los alimentos y se transforman en el cuerpo del que se alimenta: vienen a ser cuerpo y sangre del mismo.
En el banquete eucarístico, ocurre con un sentido mucho más profundo exactamente lo contrario. Si bien el cuerpo asimila el pan y el vino como cualquier otro alimento, bajo estas especies, es Cristo resucitado que nos transforma en El. Participamos de su vida gloriosa de modo que “ya no vivimos nosotros, sino El mismo Cristo vive en nosotros” (Gal 2, 20). Así Cristo viene a ser el cumplimiento de nuestro eterno sueño de vida inmortal.

Se nos recuerda el secreto de la Eucaristía cuando el sacerdote mezcla unas gotas de agua en el vino durante las ofrendas y reza: “El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”. Eso es el núcleo de lo que llamamos consagración, el núcleo de la fe en la Eucaristía: somos “asuntos” en el cuerpo de Cristo, asuntos en su vida divina y así nuestra vida encuentra su plenitud en la vida de Dios. La Iglesia recibe siempre vida nueva a partir de esta cena eucarística y, fortaleciéndose con este pan, seguirá existiendo hasta que venga el día de Cristo.

Los Judíos murmuraban y se preguntaban: “¿Cómo puede éste darnos a comer su propia carne?” (Jn 6, 52) ¡Aquello no les cabía en su cabeza! Tal vez también nosotros murmuramos y nos preguntamos cómo es posible aquello. Hay una sola respuesta: “Quien cree tiene vida eterna” (Jn 6, 40). Creer en Jesús, darle nuestra adhesión incluye siempre practicar el amor con el prójimo y “trabajar “ por la venida de su Reino en este mundo.

Sólo nos resta entregarnos humildemente a este milagro del amor divino, porque es el mismo Jesús que dará cumplimiento a esta promesa. Y eso no es un asunto de entendimiento, sino de amor sin medida, “porque no hay nada imposible para Dios” (Lc 1, 37)



viernes, 3 de agosto de 2012


18º Domingo :  Jn 6, 24-35

 Al día siguiente, la gente vuelve a buscar a Jesús. Cuando lo encuentran, le preguntan: “Maestro, ¿cuándo llegaste aquí? Jesús no contesta su pregunta porque el evangelista señaló al comienzo de su evangelio: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Éste es el tema que Jesús va a tratar de explicar en este difícil capítulo del discurso del pan de vida. Difícil capítulo, porque entenderlo con la mente y recibirlo en el corazón y vivirlo en la vida real de cada día es llegar a ser un verdadero seguidor y discípulo de Jesús. Bien lo dice el Padre Hurtado: “Mi misa es mi vida y mi vida es una misa prolongada”. Por este misma razón, la liturgia nos hará profundizar en este tema durante los siguientes cuatro domingos.

El texto y el diálogo con Jesús nos hace pasar del signo, 5.000 hombres que comieron a saciedad a partir de la distribución que él mismo hizo de los cinco panes de cebada y los dos pescados, al significado del signo. ¡Por supuesto que no se trataba de “llenarse el estómago sin más”! Aplacar el hambre es importante y es una necesidad vital. Pero no debemos quedarnos en eso. La vida es mucho más que satisfacer necesidades primarias. La vida nos ha sido dada por Dios no sólo para comer, sino “para buscar a Dios”,  para ser discípulos de Jesús y para “trabajar” por la venida de su Reino. Escribe San Pablo en su carta a los Romanos: “El reino de Dios no consiste en comidas ni bebidas, sino en la justicia, la paz y el gozo del Espíritu Santo” (14, 17).
Jesús invita a sus oyentes a dar ese paso: pasar del pan material a ese otro pan que es él mismo. “Trabajen no por un alimento que perece, sino por un alimento que dura y da vida eterna”.
Como suele ocurrir siempre en los evangelios, Jesús invita no a  ser receptor de vida (“El que quiere ganar su vida la pierde”) sino a ser dador de vida. Esta es la comida que quiere dar Jesús: “Esta es la comida que les dará el Hijo del hombre, porque Dios, el Padre, ha puesto su sello en él”. Sólo entonces, sus oyentes piden ese pan que El les promete: “Señor, danos siempre ese pan”.

El don del pan era una invitación a la generosidad; no era solamente donación de algo (el pan), expresaba la donación de la persona. Al retener solamente el aspecto material, la satisfacción de la propia necesidad, la han vaciado de su contenido y no han respondido al amor. No basta encontrar solución a la necesidad material; hay que aspirar a la plenitud humana, y esto requiere colaboración del hombre (trabajen). Han limitado su horizonte: el alimento que se acaba (el pan) da sólo una vida que perece; el que no se acaba (el amor), da vida definitiva. El pan ha de ser expresión del amor. Ellos ven el pan sin comprender el amor, y en Jesús ven al hombre, sin descubrir el Espíritu. Jesús es el Hijo del Hombre portador del Espíritu (sellado por el Padre).
Jesús se había presentado como dador de pan; ahora se identifica él mismo con el pan (“Yo soy el pan de la vida”). Él es el don continuo del amor del Padre a la humanidad.
Comer ese pan significa dar la adhesión a Jesús, creer en él, asimilarse a él; es la misma actividad formulada antes en términos de trabajo (vv. 27.29).  Él es el alimento que Dios ofrece a los hombres, con el que se obtiene la calidad de vida que los encamina a su plenitud.

La adhesión a Jesús satisface toda necesidad y toda aspiración del hombre (“el que me come nunca pasará hambre, el que me da su adhesión nunca pasará sed”), porque no lo centra en la búsqueda de su propia perfección, sino en el don de sí mismo. Mientras la perfección tiene una meta tan ilusoria y tan lejana como el ideal que cada uno se fabrique, el don de sí mismo es concreto e inmediato y sus metas se van alcanzando con la práctica de cada día, pudiendo llegar al extremo, como en el caso de Jesús. Con la búsqueda de la perfección el hombre va edificando su propio pedestal; con la adhesión a Jesús, se pone al servicio de los demás y crea la igualdad en el amor.




sábado, 28 de julio de 2012


17º Domingo: Jn 6, 1-15

Dada la brevedad del Evangelio según san Marcos, cuya lectura continua veníamos haciendo, la liturgia de la Palabra de este domingo, y de los cuatro siguientes, girará en torno a la multiplicación de los panes y al discurso eucarístico que sigue en el Evangelio de san Juan, el discípulo amado.
Aunque la fuerza del texto está en la generosidad de Jesús al multiplicar el pan y los peces para una muchedumbre hambrienta, se nos aclara  la razón de la muchedumbre por seguir a Jesús: “Mucha gente lo seguía, porque habían visto las señales milagrosas que hacía sanando a los enfermos”. Buscaban a aquel que los librara de todas sus calamidades.
Ahora Jesús va a dar un signo distinto: no de sanación de alguna enfermedad, sino una invitación a entrar en una nueva lógica, la lógica del evangelio que nada tiene que ver con nuestra lógica humana.
Jesús orienta a sus discípulos en la confusión de qué hacer y cómo hacerlo. Es el sentido de la pregunta a Felipe: ¿con qué compraremos panes para que coman éstos? Lo decía para tantearlo, para ver hasta donde había crecido en la fe y en el entendimiento del evangelio. La respuesta de Felipe, después de un rápido cálculo, es muy humana; es la conclusión de la fría lógica de las cifras: doscientos denarios o más de medio año de jornal, a penas daría para un pedacito de pan, para engañar el hambre. Andrés si parece que conoce la solución: que los que, siguiendo a Jesús, han decidido ponerse al servicio de la humanidad (a ellos, al grupo de Jesús, a la comunidad cristiana, representada en el muchacho que tiene los panes y los peces), compartan todo lo que tienen, aunque sea poco, aunque sólo sean cinco panes y un par de pescados. Pero a Andrés le falta confianza, no está seguro de que sólo compartiendo se pueda resolver completamente el problema: «¿qué es eso para tantos?»
¿Y qué hace Jesús?  El pequeño y casi insignificante gesto de recibir en sus manos los cinco panes y los dos peces para repartirlos está al origen de un milagro grandioso. La lógica de los números: cinco panes y dos peces, algo absolutamente ridículo frente al hambre de miles de personas, cede aquí a la lógica de la solidaridad, de la justicia, del amor, del romper el pan y compartir los unos con los otros.
Hay que atreverse aun con los medios más insignificantes. No dudar, no ponerse a calcular, no decir que es imposible, sino simplemente actuar y con Dios como único puntal: “Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados; lo mismo todo lo que quisieron del pescado.” Jesús enseña que la dinámica del Reino es el arte de compartir. Quizá todo el dinero del mundo no fuese suficiente para comprar el alimento necesario para los que pasan hambre… ¡El problema no se soluciona comprando, el problema se soluciona compartiendo! La dinámica del mundo capitalista es precisamente el dinero. Creemos que sin dinero nada se puede hacer y tratamos de convertirlo todo en papel moneda, no sólo los recursos naturales sino también los recursos humanos y los valores: el amor, la amistad, el servicio, la justicia, la fraternidad, la fe, etc. En el mundo neoliberal nada se nos da gratuitamente, todo tiene su precio. Se nos ha olvidado que la vida acontece por pura gratuidad, por puro don de Dios.
Jesús en esta multiplicación de los panes y de los peces parte de lo que la gente tiene en el momento. El milagro no es tanto la multiplicación del alimento, sino lo que ocurre en el interior de sus oyentes: se sintieron interpelados por la palabra de Jesús y, dejando a un lado el egoísmo, cada cual colocó lo poco que aún le quedaba, y se maravillaron después de que vieron que el alimento se multiplicó y sobró. Comprendieron entonces que si el pueblo pasaba hambre y necesidad, no era tanto por la situación de pobreza, sino por el egoísmo de los hombres y mujeres que conformes con lo que tenían, no les importaba que los demás pasaran necesidad. El gesto de compartir marca profundamente la vida de las primeras comunidades que siguieron a Jesús. Compartir el pan se convierte en un gesto que prolonga y mantiene la vida, un gesto de pascua y de resurrección. Al partir el pan se descubre la presencia nueva del resucitado.
El esfuerzo humano y los recursos nunca serán suficientes frente a la magnitud de las necesidades. Nos sentimos profundamente incapaces de satisfacer a veces necesidades elementales de alimento y abrigo decente. Sin embargo, nuestro empeño es imprescindible. Tal como en el evangelio, sin los 5 panes y los 2 peces, sin “poner de lo nuestro”,  Jesús no habría realizado el signo: transformar lo poco, lo insignificante en una sobreabundancia y una sobreabundancia tal que a nadie le faltó el pan.

¿Cuándo nos vamos a imaginar que este signo que nos describe el evangelio y repetido 6 veces a través de los distintos evangelios, es lo que Jesús quiere realizar cada día en medio de nosotros?
Es el camino para un mundo nuevo, es el camino liberador del evangelio donde nadie debiera pasar necesidad alguna, cuando existen el desprendimiento y la generosidad en el compartir. Es la enseñanza de Jesús proclamada y vivida en cada Eucaristía.
Y como pregunta final:
 ¿Con qué “pan” alimento yo mi vida: el del afán de dinero, o de fama, o de comodidad… o con el pan del servicio?

sábado, 21 de julio de 2012


16º Domingo:Mc 6, 30-34: “Sintió compasión de ellos”

Después del envío en misión, los apóstoles vienen a contar a Jesús “todo lo que habían hecho y enseñado”. A continuación aparece un maravilloso rasgo humano de Jesús: los convida a descansar y a comer algo. Y se marchan a un lugar apartado y tranquilo. Sin embargo, la gente se da cuenta y la multitud se les adelanta. Adiós descanso y tranquilidad: lo primero para Jesús es atenderlos. Marcos dice que a Jesús, le dio lástima la gente (“se conmociona”,  “se conmueve hasta las entrañas”), porque andaban como ovejas sin pastor.

La imagen de Jesús “buen Pastor” es la que está presente en los inicios de la representación iconográfica de la Iglesia, en la primera mitad del siglo III (se ha descubierto esa imagen en las catacumbas). Representa una actitud fundamental o básica de Dios por el hombre y explicitada por Jesús. “Jesús parece estar recordando las palabras pronunciadas por el profeta Ezequiel seis siglos antes: en el pueblo de Dios hay ovejas que viven sin pastor: ovejas «débiles» a las que nadie conforta; ovejas «enfermas» a las que nadie cura; ovejas «heridas» a las que nadie venda. Hay también ovejas «descarriadas» a las que nadie se acerca y ovejas «perdidas» a las que nadie busca (Ezequiel 34).” Tal vez es una crítica de Jesús a los dirigentes políticos y religiosos de Israel que dispersan y extravían a su pueblo. En todo caso, podemos percibirlo como una invitación a que tengamos también entre nosotros la misma actitud fundamental de compasión, de misericordia, de amor solidario.
(Con la “constantinización de la Iglesia a partir del siglo IV, prevalecerá la imagen del Cristo “Pantocrator” y se aplicarán en la liturgia los títulos reservados al emperador: “todopoderoso”, Cristo coronado, glorioso y triunfador etc. Se sacraliza la figura del pastor y se ensalza a la jerarquía).
Al ver la muchedumbre, Jesús siente compasión de ellos, porque están hambrientos, o están cansados, o porque están desorientados. En todo caso Jesús los ve con los ojos de la misericordia de Dios. Jesús es movido a compasión desde adentro, es decir, se conmueve hasta las entrañas y, en consecuencia, debe actuar solidariamente. Con esa misma mirada ve al leproso que solicita su curación (Mc 1, 41), a la muchedumbre que no tiene nada que comer (Mc 8, 2), y al niño enfermo de epilepsia (Mc 9, 22). Ve, siente y desarrolla la capacidad de compadecerse. Es lo que llamamos misericordia, que es lo mismo que decir, acción de solidaridad, amor desinteresado a las personas que sufren. El sufrimiento de la multitud no es indiferente a la mirada de Jesús. Todo lo contrario. Jesús es sensible a las situaciones de dolor y de sufrimiento humano. Esta misericordia que nace en las entrañas lleva a superar el egoísmo y la insolidaridad y hace posible el nacimiento de una nueva familia humana.



jueves, 12 de julio de 2012


15º Domingo: Mc 6,7-13
Los cristianos nos preocupamos mucho de que la Iglesia cuente con medios adecuados para cumplir eficazmente su tarea: recursos económicos, poder social, plataformas eficientes. Nos parece lo más normal. Sin embargo, cuando Jesús envía a sus discípulos a prolongar su misión, no piensa en lo que deben llevar consigo, sino precisamente en lo contrario: lo que no deben llevar.
El estilo de vida que les propone es tan desafiante y provocativo que pronto las generaciones cristianas lo suavizaron. ¿Qué hemos de hacer hoy con estas palabras de Jesús?, ¿borrarlas del evangelio?, ¿olvidarlas para siempre?, ¿tratar de ser también hoy fieles a su espíritu?
Jesús pide a sus discípulos que no tomen consigo dinero ni provisiones. El «mundo nuevo» que él busca no se construye con dinero. Su proyecto no lo sacarán adelante los ricos, sino gente sencilla que sepa vivir con pocas cosas porque han descubierto lo esencial: el reino de Dios y su justicia.
No llevarán siquiera zurrón, al estilo de los filósofos cínicos que llevaban colgando del hombro una bolsa donde guardaban las limosnas para asegurarse su futuro. La obsesión por la seguridad no es buena. Desde la tranquilidad del bienestar no es fácil crear el reino de Dios como un espacio de vida digna para todos.
Sus seguidores irán descalzos, como las clases más oprimidas de Galilea. No llevarán sandalias. Tampoco túnica de repuesto para protegerse del frío de la noche. La gente los debe ver identificados con los últimos. Si se alejan de los pobres, no podrán anunciar la Buena Noticia de Dios a los más necesitados.
Para los seguidores de Jesús no es malo perder el poder, la seguridad y el prestigio social que hemos tenido cuando la Iglesia lo dominaba todo. Puede ser una bendición si nos conduce a una vida más fiel a Jesús. El poder no transforma los corazones; la seguridad del bienestar nos aleja de los pobres; el prestigio nos llena de nosotros mismos.
Jesús imaginaba a sus seguidores de otra manera: liberados de ataduras, identificados con los últimos, con la confianza puesta totalmente en Dios, curando a los que sufren, buscando para todos la paz. Sólo así se introduce en el mundo su proyecto. 
Jesús no quiso dejar el evangelio en manos del dinero. El dinero le resta credibilidad al evangelio. Desde el poder económico no se puede predicar la conversión que necesita nuestra sociedad ni crear un espacio de solidaridad para todos. Jesús no cree en el poder como fuerza transformadora. El poder suele ir acompañado de autoritarismo impositivo y no es capaz de cambiar los corazones. Jesús cree en el servicio humilde de los que buscan una sociedad mejor para todos.
¿Qué ha podido pasar para distanciarnos tanto de aquel proyecto inicial de Jesús? No pensemos que se trata de una utopía ingenua, pero imposible en un mundo como el nuestro. Aquí hay algo que no podemos eludir. El evangelio es anunciado por aquellos que saben vivir con sencillez. Hombres y mujeres libres que conocen el gozo de caminar por la vida sin sentirse esclavos de las cosas.
Esta sociedad necesita descubrir que hay que volver a una vida sencilla y sobria. No basta con aumentar la producción y alcanzar un mayor nivel de vida. No es suficiente ganar siempre más, comprar más y más cosas, disfrutar de mayor bienestar.
Esta sociedad necesita como nunca el impacto de hombres y mujeres que sepan vivir con pocas cosas. Creyentes capaces de mostrar que la felicidad no está en acumular bienes. Seguidores de Jesús que nos recuerdan que no somos ricos cuando poseemos muchas cosas, sino cuando sabemos disfrutarlas con sencillez y compartirlas con generosidad. Quienes viven una vida sencilla y una solidaridad generosa son los que mejor predican hoy la conversión que más necesita nuestra sociedad.


                                      José Antonio Pagola

viernes, 6 de julio de 2012


14º Domingo: Mc 6, 1-6a

En nuestro mundo actual de la omnipresencia  de los medios de comunicación, la pregunta indispensable del comunicador es: “¿Cómo llego?”, “¿Cómo impacta nuestro programa, nuestro mensaje?” La obsesión por el “rating” tiende a ser más importante que la pregunta: “¿Y qué tengo que decir?” o “¿Cual es la verdad a transmitir?”
Los Presidentes de los países tienen asesores comunicacionales que les soplan cómo transformar cada comunicación en una buena noticia, que haga subir su popularidad.
Los artistas famosos trabajan con expertos que les indican cómo vestirse, cómo moverse, los sonidos y las luces a usar, todo eso para que pase menos apercibido el poco contenido que a veces están entregando.

Dios se hizo presente y se hace presente de un modo muy distinto. No busca “rating”, no está preocupado por la fama.
Para llegar al hombre, Dios se hizo hombre. Eligió a un hombre con pinta de un cualquiera. Vivió casi toda su vida en un pequeño pueblo por allí lejos en el norte de Israel, un lugar que se miraba con desconfianza y cierto desprecio desde la capital. No tenía estudios, no había frecuentado ninguna escuela rabínica. Tenía sólo la modesta profesión de un humilde carpintero. Se ganó el pan de cada día trabajando duramente como todos. Su familia era muy conocida, vivía en una pequeña vivienda que todos ubicaban. Era un “don nadie”, un cualquiera del pueblo.

¿Por qué Dios actuó y actúa así? «Dios es tímido». Tiene mucho más respeto de nuestra libertad que la que tenemos nosotros mismos y los unos de los otros. Esto crea una gran responsabilidad. San Agustín decía: «Tengo miedo de Jesús que pasa» (Timeo Jesum transeuntem). Podría, en efecto, pasar sin que me percate, pasar sin que yo esté dispuesto a acogerle.

Y es cierto. Dios hace las cosas más grandes y más “increíbles” del modo más sencillo e inimaginable. Así con un pedacito de pan que recibimos en nuestra mano, nos dice todo lo que significa para nosotros.

Más extraordinario aun: muestra su rostro en el rostro de gente que no nos dicen nada: gente que no tienen celular, que no saben expresarse, que andan por la calle deambulando sin asearse, que viven en lugares apartados que miramos en menos, que no son para nada útiles a este mundo, que están en asilos para deficientes o trastornados. Podemos alargar la lista de los que no tienen lugar en este mundo por su insignificancia o por llegar a ser incluso un estorbo o trastorno. “Todos ellos son el rostro de Dios”. “Lo que hiciste al más pequeños de ellos, a Mi lo hiciste”.
Ayer como hoy, Dios busca hacerse presente y opera signos para los que están atentos a la novedad de su presencia. No es fácil reconocer el paso de Dios por nuestra vida, sobre todo cuando se presenta como un cualquiera.
Jesús en Nazaret, entre los suyos no pudo hacer ningún milagro. Se asombraba de su falta de fe. Los suyos lo conocían desde siempre como uno igual a ellos. Su incredulidad impide a Jesús actuar en medio de ellos. Nos puede acechar el mismo peligro a quienes creemos conocerlo mejor: la tentación de encerrarnos en nuestras ideas preconcebidas y el cerrarnos a la novedad de su mensaje y al misterio de su persona. Lo podemos tener piadosamente “relegado al Sagrario” y no reconocerlo vivo entre nosotros y entre los más menesterosos.
A veces nos quedamos por mucho tiempo con el Jesús de las primeras catequesis y no hemos crecido en el conocimiento de un Jesús que busca inspirar y modelar toda nuestra vida. Nos puede enseñar que es mejor dar que recibir; que somos más felices siendo solidarios que encerrados en lo nuestro; que vale la pena arriesgarse por todo lo bueno y justo.

Puede guiarnos en nuestra oración la hermosa canción: ¡Con nosotros está, y no le conocemos, con nosotros está: su nombre es el Señor!




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sábado, 30 de junio de 2012

13er domingo: Mc 5, 21-43

El evangelio de hoy trae el relato de dos milagros. El primero, él de la hija de Jairo, jefe de la sinagoga, muerta y que vuelve a vivir,  envuelve al segundo, él de la mujer con flujo de sangre que también recibe una nueva vida. Los dos milagros tienen referencia al libro de la Sabiduría. La muerte no es obra de Dios. Dios no encuentra alegría en que perezca algún ser vivo. Dios ha destinado al hombre a vivir para siempre (“lo hizo a imagen de su propia naturaleza”).
Muchas personas con una enfermedad crónica se reconocerán en la mujer que ya sufre por 12 años de pérdida de sangre (hemorroides), yendo de un especialista a otro y sin resultado, salvo un tremendo gastadero de dinero. Pero no renuncian a la lucha y buscan salvación donde curanderos alternativos de todo tipo, por aquello de “¿quién sabe si éste o esto me curará?”
Algo así pasó con la mujer del evangelio: busca una alternativa. Y ésta es Jesús, de quién se hablaba maravillas. Está decidida a poner todo en juego. Según la Ley judía, ella era impura(Lv 15, 19-31). Nadie podía tocarla sin caer legalmente en impureza. ¡Tampoco  podía tocar a nadie! Sin embargo, se atreve a romper esta sagrada prohibición. Se mezcla entre la multitud que se apretuja entorno a Jesús y toca el borde de su manto, sin que alguien lo viera, hasta que el mismo Jesús lo haya percibido. Porque ésta era su apuesta y su firme convicción: “con sólo tocar su manto quedaré sanada”. Y se produjo el milagro: de golpe cesa su pérdida de sangre. Cuando Jesús se da vuelta, ella sabía que fue desenmascarada. ¡Había hecho impuro a Jesús! Pero Jesús no dio la menor importancia a eso y le aseguró que su fe la había salvado. (El evangelista nos muestra la ineficacia de la Ley mosaica versus la fe en Jesús)
Para nosotros, hombres modernos, todo eso parece ser pura magia. Y podemos preguntarnos si realmente eso ocurrió. Pues bien, esa pregunta no es relevante. Se trata de lo que Marcos quiere dejar en claro a sus lectores: por el modo de cómo Jesús trata a gente en situación de grave necesidad, Dios revela de hecho que no encuentra alegría en que gente perezca sino que quiere ofrecerles vida nueva.
Lo mismo ocurre con la hija de un jefe de la sinagoga. Una muchacha de 12 años (se repite la cifra 12) que ya está llegando a ser una mujer, pero está enferma de muerte(¿anorexia nerviosa?). Jesús acompaña al padre, pero en el camino llega la noticia que la muchacha había fallecido. Por lo tanto el hombre no tenía porque seguir acompañando e importunando a Jesús. Pero no hacía falta. “No temas, basta que creas”, le dijo Jesús. Y les dijo a la gente que lloraba y gritaba: “¿Porqué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme”. Cuando todos se burlaban de él, los despidió. No hay sanación milagrosa sin fe y confianza en Dios. (Aquí el evangelista muestra también lo inútil de la antigua institución religiosa: la sinagoga. El jefe de la sinagoga tiene que ir haciendo la ruptura con la institución que él mismo representa y abrir la puerta de su casa para dejar entrar a Jesús).
Talitá Kum” le dijo Jesús a la muchacha. Una de las escasas palabras arameas que encontramos en los evangelios. ¿Hace uso el evangelista del arameo para dar aquí al acontecimiento un peso extraordinario? “¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!” Y la tomó de la mano como si fuera a decirle: entiendo tu angustia de llegar a ser adulta, tu angustia de tener que asumir de ahora en adelante tu vida. Siempre fuiste una niñita dependiente que ha vivido en un ambiente muy protegido. Ahora es tiempo de ponerte de pié. Jesús no la acoge en sus brazos, no la acurruca sino hace que se ponga de pié y vaya por la vida por si misma. Es lo que hizo y eso es el milagro: los primeros pasos en atreverse a una vida más autónoma.
Podemos imaginarnos cómo el padre habrá conversado largamente esa noche con su mujer: “¿escuchaste lo tajante que fue Jesús: no está muerta, sino duerme?” Eso va más allá de nuestra hija o de nuestro hogar. Hay un mensaje para todo el mundo y todos los hombres. La muerte es sólo una apariencia. Si la muerta es el fin de nuestra vida, el fin definitivo de nuestro amor, entonces no es de extrañar que los hombres tengan miedo de vivir, miedo de amar. Entonces alguien como nuestra hija dejará de comer, dejará de amar, dejará de vivir.
Tal vez la mujer sanada de su flujo de sangre haya tenido pensamientos parecidos. Si no puedo tener hijos, si no puedo dar vida, si no puedo dar amor a un hombre y recibir amor de él, si eso es mi fin definitivo, entonces esta no es vida. No quería conformarme con eso. Y gracias a Dios, tengo vida nueva: la vida.
¿No tocamos aquí el núcleo de nuestra fe cristiana? Vivir sin la perspectiva de la vida sin fin es como vivir en un sarcófago. Por muy confortable y lujoso que fuera, sigue siendo un sarcófago. No nos dice el Señor también a nosotros: Talitá Kum. ¡Niña levántate! La vida es más hermosa de lo que crees. Porque está destinada a la inmortalidad.