sábado, 30 de junio de 2012

13er domingo: Mc 5, 21-43

El evangelio de hoy trae el relato de dos milagros. El primero, él de la hija de Jairo, jefe de la sinagoga, muerta y que vuelve a vivir,  envuelve al segundo, él de la mujer con flujo de sangre que también recibe una nueva vida. Los dos milagros tienen referencia al libro de la Sabiduría. La muerte no es obra de Dios. Dios no encuentra alegría en que perezca algún ser vivo. Dios ha destinado al hombre a vivir para siempre (“lo hizo a imagen de su propia naturaleza”).
Muchas personas con una enfermedad crónica se reconocerán en la mujer que ya sufre por 12 años de pérdida de sangre (hemorroides), yendo de un especialista a otro y sin resultado, salvo un tremendo gastadero de dinero. Pero no renuncian a la lucha y buscan salvación donde curanderos alternativos de todo tipo, por aquello de “¿quién sabe si éste o esto me curará?”
Algo así pasó con la mujer del evangelio: busca una alternativa. Y ésta es Jesús, de quién se hablaba maravillas. Está decidida a poner todo en juego. Según la Ley judía, ella era impura(Lv 15, 19-31). Nadie podía tocarla sin caer legalmente en impureza. ¡Tampoco  podía tocar a nadie! Sin embargo, se atreve a romper esta sagrada prohibición. Se mezcla entre la multitud que se apretuja entorno a Jesús y toca el borde de su manto, sin que alguien lo viera, hasta que el mismo Jesús lo haya percibido. Porque ésta era su apuesta y su firme convicción: “con sólo tocar su manto quedaré sanada”. Y se produjo el milagro: de golpe cesa su pérdida de sangre. Cuando Jesús se da vuelta, ella sabía que fue desenmascarada. ¡Había hecho impuro a Jesús! Pero Jesús no dio la menor importancia a eso y le aseguró que su fe la había salvado. (El evangelista nos muestra la ineficacia de la Ley mosaica versus la fe en Jesús)
Para nosotros, hombres modernos, todo eso parece ser pura magia. Y podemos preguntarnos si realmente eso ocurrió. Pues bien, esa pregunta no es relevante. Se trata de lo que Marcos quiere dejar en claro a sus lectores: por el modo de cómo Jesús trata a gente en situación de grave necesidad, Dios revela de hecho que no encuentra alegría en que gente perezca sino que quiere ofrecerles vida nueva.
Lo mismo ocurre con la hija de un jefe de la sinagoga. Una muchacha de 12 años (se repite la cifra 12) que ya está llegando a ser una mujer, pero está enferma de muerte(¿anorexia nerviosa?). Jesús acompaña al padre, pero en el camino llega la noticia que la muchacha había fallecido. Por lo tanto el hombre no tenía porque seguir acompañando e importunando a Jesús. Pero no hacía falta. “No temas, basta que creas”, le dijo Jesús. Y les dijo a la gente que lloraba y gritaba: “¿Porqué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme”. Cuando todos se burlaban de él, los despidió. No hay sanación milagrosa sin fe y confianza en Dios. (Aquí el evangelista muestra también lo inútil de la antigua institución religiosa: la sinagoga. El jefe de la sinagoga tiene que ir haciendo la ruptura con la institución que él mismo representa y abrir la puerta de su casa para dejar entrar a Jesús).
Talitá Kum” le dijo Jesús a la muchacha. Una de las escasas palabras arameas que encontramos en los evangelios. ¿Hace uso el evangelista del arameo para dar aquí al acontecimiento un peso extraordinario? “¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!” Y la tomó de la mano como si fuera a decirle: entiendo tu angustia de llegar a ser adulta, tu angustia de tener que asumir de ahora en adelante tu vida. Siempre fuiste una niñita dependiente que ha vivido en un ambiente muy protegido. Ahora es tiempo de ponerte de pié. Jesús no la acoge en sus brazos, no la acurruca sino hace que se ponga de pié y vaya por la vida por si misma. Es lo que hizo y eso es el milagro: los primeros pasos en atreverse a una vida más autónoma.
Podemos imaginarnos cómo el padre habrá conversado largamente esa noche con su mujer: “¿escuchaste lo tajante que fue Jesús: no está muerta, sino duerme?” Eso va más allá de nuestra hija o de nuestro hogar. Hay un mensaje para todo el mundo y todos los hombres. La muerte es sólo una apariencia. Si la muerta es el fin de nuestra vida, el fin definitivo de nuestro amor, entonces no es de extrañar que los hombres tengan miedo de vivir, miedo de amar. Entonces alguien como nuestra hija dejará de comer, dejará de amar, dejará de vivir.
Tal vez la mujer sanada de su flujo de sangre haya tenido pensamientos parecidos. Si no puedo tener hijos, si no puedo dar vida, si no puedo dar amor a un hombre y recibir amor de él, si eso es mi fin definitivo, entonces esta no es vida. No quería conformarme con eso. Y gracias a Dios, tengo vida nueva: la vida.
¿No tocamos aquí el núcleo de nuestra fe cristiana? Vivir sin la perspectiva de la vida sin fin es como vivir en un sarcófago. Por muy confortable y lujoso que fuera, sigue siendo un sarcófago. No nos dice el Señor también a nosotros: Talitá Kum. ¡Niña levántate! La vida es más hermosa de lo que crees. Porque está destinada a la inmortalidad.



sábado, 16 de junio de 2012

11º Domingo ordinario: Mc 4, 26-34


11º Domingo ordinario: Mc 4, 26-34

El evangelio de Marcos se escribió alrededor del año 70, probablemente para la joven y pequeña comunidad cristiana de Roma, en tiempos del todopoderoso imperio romano. Allí los cristianos son una pequeña e insignificante minoría en un mundo adverso y hostil al mensaje cristiano. Tenían que luchar contra el desánimo y las defecciones. El evangelista busca animarlos: ¡no se rindan! Sigan sembrando la semilla de la palabra de Dios. En ese contexto, Marcos pone en boca de Jesús dos pequeñas parábolas sobre el Reino de Dios. Invita a los seguidores de Jesús a tener paciencia en su misión de dar a conocer el proyecto del Padre que Jesús vino a anunciar.
Hay que trabajar con humildad y paciencia como el sembrador que esparce la semilla. Todo el resto es algo misterioso y maravilloso: el granito que produce un tierno tallito, luego una espiga donde van madurando lentamente nuevas semillas.
Una segunda comparación nos pone una semilla aun más modesta: la del grano de mostaza. Termina produciendo un arbusto grande y vigoroso donde los pajaritos vienen a anidar. Ambas parábolas, tomadas de la vida campesina de Galilea, ilustran cómo los discípulos de Jesús estamos llamados a acoger la palabra y a anunciarla sin preocuparnos demasiado de la eficacia, del éxito, del rendimiento. Es una invitación a ser en primer lugar humildes colaboradores de la palabra de Dios, simples sembradores antes que cosechadores.
En nuestro mundo cada vez más secularizado y donde la Iglesia institucional ha perdido su posición social dominante durante muchos siglos, conviene insistir en el mensaje del evangelio de hoy: ser humildes sembradores del proyecto de Dios para los hombres. No es algo grandioso ni aparatoso. Es algo tan sencillo como el grano de mostaza, la más pequeña de las semillas, pero que va creciendo secretamente en el corazón de las personas.
Aquí viene la enseñanza y el mensaje central: es Dios el que da el crecimiento a su Reino, es decir el advenimiento de un mundo más justo y equitativo, un mundo de hermanos, un mundo donde hay espacio para que todos los seres humanos puedan vivir su vida con dignidad.
Para nosotros los sembradores y anunciadores, aquello es un gran y profundo acto de fe. Hacemos el esfuerzo inicial de la siembra, pero al final todo depende de la gracia, de Dios cuyo reino quiere venir a nosotros, como lo rezamos en la oración que Jesús mismo nos enseñó.
Por cierto que el acto de anunciar y sembrar hoy requiere de renovada creatividad. Ya no ayudan mucho las antiguas recetas o las catequesis tradicionales.
Tenemos que confiar y ejercernos en el acto de fe que el evangelio sigue siendo hoy la gran buena nueva para la renovación, la vida y la salvación de nuestro mundo.
La próxima semana tendrá lugar la nueva cumbre mundial sobre “Desarrollo sustentable” en Rio. Participarán más de 135 países. El tema central se expresa en el lema: “El futuro que queremos”. El texto preparatorio de las Naciones Unidas sigue centrado en la economía, la que no sale del esquema de “economía de mercado” cuyo principio articulador es el “negocio”. Esta perspectiva está destruyendo nuestro planeta con consecuencias cada vez más a la vista. ¿Cómo recuperar una mirada de respeto al planeta, a lo que la sabiduría indígena llama la “pacha mama” o lo madre tierra? ¿Cómo generar nuevas conductas humanas a partir de lo que nos dice hoy la naturaleza? ¿Cómo entrar en la actitud de humildad del sembrador de las pequeñas parábolas de hoy?
El desafío no es menor, porque puede ser una tarea de sobrevivencia de la humanidad aprender a descifrar inteligentemente lo que la naturaleza nos está diciendo en vez de seguirla explotando vorazmente.



miércoles, 6 de junio de 2012

Corpus Christi


El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: Mc 14, 12-16.22-26

“La Iglesia vive de la Eucaristía” empieza señalando la encíclica “Ecclesia de Eucharistia”. La Iglesia brota de la Eucaristía en cuanto es contacto vital con Jesucristo, con su palabra y con su cuerpo. No puede cimentarse el pueblo de Dios como “Iglesia” si no se reúne en asamblea para celebrar su fe: alimentarse de la palabra de Dios y del cuerpo sacramentado de Jesús para que nutran toda nuestra vida. Decía el P. Hurtado: “mi misa es mi vida y mi vida es una misa prolongada”. Esta sencilla frase expresa muy bien la intrínseca relación entre Eucaristía y vida y viceversa.

Sin embargo hoy se está vivienda cada vez más una realidad dramática. La falta de celebrantes y escasez de sacerdotes imposibilita en muchos lugares la celebración de la eucaristía. En Brasil, el país con el mayor número de católicos del mundo, la gran mayoría de las celebraciones dominicales tienen que realizarse en ausencia de presbítero (ADAP). Viene a ser frecuente también en nuestro país. Urge, por lo tanto, que ese sagrado derecho del pueblo de Dios a alimentarse de la palabra y del cuerpo sacramentado de Jesús, encuentre nuevas vías de satisfacción y realización para que la Iglesia se mantenga viva como “luz para los pueblos”.

En segundo lugar, tal vez se puede plantear la pregunta por la forma y el contenido de la celebración. ¿Cómo vivir la Eucaristía como momento de celebración comunitaria de la vida cristiana y de nuestro vivir en Jesús? ¿Cuánto nos ayuda el fiel cumplimiento de ritos con siglos de antigüedad?  ¿Es imperativo adecuar los textos y las oraciones litúrgicas a la sencillez del lenguaje de los evangelios y a la mentalidad contemporánea? Estas y muchas otras preguntas no tienen una respuesta sencilla pero pueden ayudar a entrar en una búsqueda para poder vivir con más autenticidad la celebración de la renovación del misterio pascual.
        
Por lo tanto, también es de gran interés que cada cual considera cómo vive y participa de la eucaristía. ¿Dejo que la palabra de Dios afecte a mi corazón? ¿Permito que la comunión con el cuerpo de Cristo signifique cuerpo entregado por los demás?

Bien celebrada, la Eucaristía es invitación a la comunión profunda con Jesús y compromiso de anunciar y trabajar por la venida de su Reino.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Domingo de la Santísima Trinidad


Solemnidad de la Santísima Trinidad: Mateo 28, 16-20
Solemos iniciar toda oración persignándonos “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Seguramente que la mayoría de las veces no le tomamos el peso a esa maravillosa invocación de nuestro Dios que es a la vez Padre, Hijo y Espíritu. Supera todo entendimiento y nos invita siempre a ponernos en una humilde actitud de contemplación de aquel misterio.
A continuación, reproduzco la reflexión que hace José Antonio Pagola, sacerdote biblista y pastoralista. Con su lenguaje sencillo, nos pone “ad portas” de la contemplación del misterio de la Santísima Trinidad.
 “A lo largo de veinte siglos de cristianismo, grandes teólogos han escrito estudios profundos sobre la Trinidad, tratando de pensar conceptualmente el misterio de Dios. Sin embargo, ellos mismos dicen que, para saber de Dios, lo importante no es «discurrir» mucho, sino «saber» algo del amor.
La razón es sencilla. La teología cristiana viene a decir, en definitiva, que Dios es Amor. No es una realidad fría e impersonal, un ser triste, solitario y narcisista. No hemos de imaginarlo como poder impenetrable, encerrado en sí mismo. En su ser más íntimo, Dios es amor, vida compartida, amistad gozosa, diálogo, entrega mutua, abrazo, comunión de personas.
Lo grande es que nosotros estamos hechos a imagen de ese Dios. El ser humano es una especie de «miniatura» de Dios. Es fácil intuirlo. Siempre que sentimos necesidad de amar y ser amados, siempre que sabemos acoger y buscamos ser acogidos, cuando disfrutamos compartiendo una amistad que nos hace crecer, cuando sabemos dar y recibir vida, estamos saboreando el «amor trinitario» de Dios. Ese amor que brota en nosotros proviene de él.
Por eso, el mejor camino para aproximarnos al misterio de Dios no son los libros que hablan de él, sino las experiencias amorosas que se nos regalan en la vida. Cuando dos jóvenes se besan, cuando dos enamorados se entregan mutuamente, cuando dos esposos hacen brotar de su amor una nueva vida, están viviendo experiencias que, incluso cuando son torpes e imperfectas, apuntan hacia Dios.
Quien no sabe nada de dar y recibir amor, quien no sabe compartir ni dialogar, quien solo se escucha a sí mismo, quien se cierra a toda amistad, quien busca su propio interés, quien sólo sabe ganar dinero, competir y triunfar, ¿qué puede saber de Dios?
El amor trinitario de Dios no es un amor excluyente, un «amor egoísta» entre tres. Es amor que se difunde y regala a todas las criaturas. Por eso, quien vive el amor desde Dios, aprende a amar a quienes no le pueden corresponder, sabe dar sin apenas recibir, puede incluso «enamorarse» de los más pobres y pequeños, puede entregar su vida a construir un mundo más amable y digno de Dios.
Un antiguo himno gregoriano reza: “ubi caritas et amor, Deus ibi est”: donde hay amor, allí está Dios. El ejercicio del amor y de la caridad es la misión de todo cristiano. El amor es la mejor defensa y el mejor testimonio de Dios, como lo escribe el papa Benedicto XVI en su encíclica “Deus caritas est”. El santo Padre describe el núcleo de la fe cristiana, la imagen de Dios típicamente cristiana: “Dios es Amor de donde fluye la imagen del hombre y la manera cristiana de vivir el amor al prójimo, la caridad. El himno al amor de Pablo tiene que ser la “carta magna” de todo servicio eclesial: si no tengo amor, no soy nada.”
                                      

jueves, 24 de mayo de 2012

Domingo de Pentecostés


PENTECOSTÉS: Hech 2, 1-11 y Jn 20, 19-23

El pasaje evangélico nos ofrece una imagen maravillosa para aclarar la conexión entre Jesús, el Espíritu Santo y el Padre: el Espíritu Santo es representado como el soplo de Jesús resucitado (cfr Jn 20,22). El evangelista Juan retoma aquí una imagen del relato de la creación, allí donde se dice que Dios sopló en la nariz del hombre un aliento de vida (cfr Gen 2,7). El soplo de Dios es vida. Ahora, el Señor sopla en nuestra alma un nuevo aliento de vida, el Espíritu Santo, su más íntima esencia, y de este modo nos acoge en la familia de Dios. Con el Bautismo y la Confirmación se nos hace este don de modo específico, y con los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia se repite continuamente: el Señor sopla en nuestra alma un aliento de vida. Todos los Sacramentos, cada uno a su propia manera, comunican al hombre la vida divina, gracias al Espíritu Santo que opera en ellos.
En la liturgia de hoy captamos aún una conexión ulterior. El Espíritu Santo es Creador, es al mismo tiempo Espíritu de Jesucristo, pero de modo que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo y único Dios. Y a la luz de la primera Lectura podemos añadir: El Espíritu Santo anima a la Iglesia. Ésta no procede de la voluntad humana, de la reflexión, de la habilidad del hombre y de su capacidad organizativa, ya que si fuese así ya se habría extinguido desde hacía tiempo, como sucede con todo lo humano. Esta en cambio es el Cuerpo de Cristo, animado por el Espíritu Santo. Las imágenes del viento y del fuego, usadas por san Lucas para representar la venida del Espíritu Santo (cfr Hch 2,2-3), recuerdan el Sinaí, donde Dios se había revelado al pueblo de Israel y le había concedido su alianza; "la montaña del Sinaí estaba cubierta de humo – se lee en el libro del Éxodo –, porque el Señor había bajado a ella en el fuego" (19,18). De hecho Israel festejó el quincuagésimo día después de la Pascua, después de la conmemoración de la fuga de Egipto, como la fiesta del Sinaí, la fiesta del Pacto. Cuando san Lucas habla de lenguas de fuego para representar al Espíritu Santo, se recuerda ese antiguo Pacto, establecido sobre la base de la Ley recibida por Israel en el Sinaí. Así el acontecimiento de Pentecostés es representado como un nuevo Sinaí, como el don de un nuevo Pacto en el que la alianza con Israel se extiende a todos los pueblos de la tierra, en el que caen todos los muros de la vieja Ley y aparece su corazón más santo e inmutable, es decir, el amor, que el Espíritu Santo comunica y difunde, el amor que lo abraza todo. Al mismo tiempo la Ley se dilata, se abre, aún haciéndose más sencilla: es el nuevo Pacto, que el Espíritu “escribe” en los corazones de cuantos creen en Cristo. La extensión del Pacto a todos los pueblos de la tierra la representa san Lucas a través de un conjunto de poblaciones considerable para aquella época: (Hch 2,9-11). Con esto se nos dice una cosa muy importante: que la Iglesia es católica desde el primer momento, que su universalidad no es fruto de la inclusión sucesiva de comunidades diversas. Desde el primer instante, de hecho, el Espíritu Santo la creó como Iglesia de todos los pueblos; ésta abraza al mundo entero, supera todas las fronteras de raza, clase, nación; abate todas las barreras y une a los hombres en la profesión del Dios uno y trino. Desde el principio la Iglesia es una, católica y apostólica: esta es su verdadera naturaleza y como tal debe ser reconocida. Es santa no gracias a la capacidad de sus miembros, sino porque Dios mismo, con su Espíritu, la crea, la purifica y la santifica siempre.
Finalmente, el Evangelio de hoy nos entrega esta bellísima expresión: “Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor” (Jn 20,20). Estas palabras son profundamente humanas. El Amigo perdido está presente de nuevo, y quien antes estaba turbado se alegra. Pero dicen mucho más. Porque el Amigo perdido no viene de un lugar cualquiera, sino de la noche de la muerte; ¡y la ha atravesado! No es uno cualquiera, sino que es el Amigo y al mismo tiempo Aquel que es la Verdad y que hace vivir a los hombres; y lo que da no es una alegría cualquiera, sino la propia alegría, don del Espíritu Santo. Sí, es hermoso vivir porque soy amado, y es la Verdad la que me ama. Se alegraron los discípulos, viendo al Señor. Hoy, en Pentecostés, esta expresión está destinada también a nosotros, porque en la fe podemos verle; en la fe Él viene entre nosotros, y también a nosotros nos enseña las manos y el costado, y nosotros nos alegramos. Por ello queremos rezar: ¡Señor, muéstrate! Haznos el don de tu presencia y tendremos el don más bello, tu alegría. Amén.
(Extracto de homilía de Benedicto XVI en Pentecostés 2009)

miércoles, 16 de mayo de 2012

Ascención de Nuestro Señor


La Ascención del Señor: Mc 16, 15-20

El evangelio de Marcos empieza: “Buena noticia de Jesús, el Mesías, Hijo de Dios”. Termina con el mandato final de Jesús resucitado: “Vayan al mundo entero y proclamen la Buena noticia a toda la creación”. El lector o oyente del evangelio ahora sabe que la Buena noticia es el mismo Jesús, toda su persona y su peculiar manera de actuar y hablar, siempre buscando dar vida nueva a las personas privadas de una vida digna.
“Jesús no crea un círculo cerrado de seguidores centrados en la veneración del maestro tras su muerte, ni una religión nueva basada en el culto a Dios como centro y eje de todo, ni siquiera un círculo o comunidad de orantes dedicados a pedir a Dios por la conversión de los pecadores. No. Más bien, invita a los miembros de su comunidad, a sus discípulos, a los que llama hermanos, a salir de la comunidad y abrirse al mundo sin distinción de raza ni lengua para proclamar la buena noticia, esto es, que es posible una sociedad alternativa en la que se favorezca la vivencia de aquellos valores humanos que hacen de las personas seres libres, solidarios, iguales, y capaces, llegado el caso, de amar hasta dar la vida. El que dé la adhesión a este programa de vida, hallará la verdadera vida (se salvará); el que no, viviendo, estará abocado a una vida sin hondura ni profundidad (se condenará). Así de fácil. Los que se adhieran a este estilo de vida que es el de Jesús podrán hacer lo imposible: liberarán a las personas de las ideologías opresoras (echarán demonios en mi nombre), tendrán una capacidad de comunicación antes nunca vista (hablarán lenguas nuevas), quedarán inmunes a todo veneno mortal que acabe con la vida verdadera (tomarán serpientes en la mano y, si beben algún veneno, no les hará daño) y, sobre todo, aliviarán el dolor de todos los que sufren, dándoles vida (pondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos). Esta y no otra es la misión del cristiano en el mundo. Es curioso que Jesús no les encomiende ningún tipo de culto, rito o práctica religiosa y que no les hable en esta última recomendación de su relación con Dios. Y es que Jesús entiende que Dios se encuentra en el ser humano y que cada vez que se anuncia esta buena noticia y se pone en práctica, se está rindiendo culto a ese Dios que ya no está en el cielo, sino en lo hondo del corazón humano. Ese Dios que en Jesús se ha hecho hombre para que los seres humanos lleguen a ser hijos suyos, esto es, como dioses.
Después de estas recomendaciones Jesús se fue con Dios y nos dejó la tarea de continuar la misión liberadora de la humanidad”.

viernes, 11 de mayo de 2012

6º Domingo de Resurrección


6º Domingo de Resurrección: Jn 15, 9-17
<<NO DESVIARNOS DEL AMOR>>
El evangelista Juan pone en boca de Jesús un largo discurso de despedida en el que se recogen con una intensidad especial algunos rasgos fundamentales que han de recordar sus discípulos a lo largo de los tiempos, para ser fieles a su persona y a su proyecto. También en nuestros días.
«Permanezcan en mi amor». Es lo primero. No se trata sólo de vivir en una religión, sino de vivir en el amor con que nos ama Jesús, el amor que recibe del Padre. Ser cristiano no es en primer lugar un asunto doctrinal, sino una cuestión de amor. A lo largo de los siglos, los discípulos conocerán incertidumbres, conflictos y dificultades de todo orden. Lo importante será siempre no desviarse del amor.
Permanecer en el amor de Jesús no es algo teórico ni vacío de contenido. Consiste en «guardar sus mandamientos», que él mismo resume enseguida en el mandato del amor fraterno: «Éste es mi mandamiento; que se amen unos a otros como yo los he amado». El cristiano encuentra en su religión muchos mandamientos. Su origen, su naturaleza y su importancia son diversos y desiguales. Con el paso del tiempo, las normas se multiplican. Sólo del mandato del amor dice Jesús: «Este mandato es el mío». En cualquier época y situación, lo decisivo para el cristianismo es no salirse del amor fraterno.
Jesús no presenta este mandato del amor como una ley que ha de regir nuestra vida haciéndola más dura y pesada, sino como una fuente de alegría: «Les hablo de esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría llegue a plenitud». Cuando entre nosotros falta verdadero amor, se crea un vacío que nada ni nadie puede llenar de alegría.
Sin amor no es posible dar pasos hacia un cristianismo más abierto, cordial, alegre, sencillo y amable donde podamos vivir como «amigos» de Jesús, según la expresión evangélica. No sabremos cómo generar alegría. Aún sin quererlo, seguiremos cultivando un cristianismo triste, lleno de quejas, resentimientos, lamentos y desazón.
A nuestro cristianismo le falta, con frecuencia, la alegría de lo que se hace y se vive con amor. A nuestro seguimiento a Jesucristo le falta el entusiasmo de la innovación, y le sobra la tristeza de lo que se repite sin la convicción de estar reproduciendo lo que Jesús quería de nosotros.
                                      José Antonio Pagola