miércoles, 18 de abril de 2012

3 Domingo de Resurrección: Lc 24, 35-48


3er Domingo de Resurrección: Lc 24, 35-48

El evangelista Lucas escribe para cristianos de la segunde generación; ninguna de ellos conoció a Jesús en vida. En eso se parecen a todas las generaciones siguientes. Seguramente oían repetirse el mensaje: “Jesús fue ejecutado, murió pero resucitó; vive y está junto a ustedes”.
 El difícil mensaje  de la resurrección es lo que Lucas ha intentado transmitir a sus lectores, al igual que los otros evangelistas.
La presencia del crucificado -vivo ahora- es extraña y misteriosa. Esto explica que no sea reconocido por sus discípulos a la primera: María Magdalena cree estar hablando con el jardinero (Jn 2,15); los dos de Emaús, sin reconocerlo, caminan largamente con él y le reprochan ser el único forastero que no tiene conocimiento de los trágicos sucesos de Jerusalén (Lc 24,18)... Lo reconocen después de que Jesús les hable, les explique las Sagradas Escrituras, parta el pan o coma con ellos pescado. Partir el pan, comer pescado y leer las Sagradas Escrituras eran los ingredientes de las comidas eucarísticas que la primitiva comunidad celebraba el primer día de la semana, el domingo, día en que tienen lugar las apariciones en los Evangelios.
En términos generales, el relato de Emaüs dice que, donde gente se reúne para leer e interpretar las escrituras, tratando de entender quién era Jesús, lo que dijo, lo que hizo y donde  comparten entre ellos el pan de la eucaristía, allí se puede percibir su presencia de resucitado. Pero no se puede ver, hay que creerlo. Es donde podemos “sentir arder nuestro corazón”.
En la Eucaristía, trágico recuerdo de la muerte, celebración gozosa de la resurrección, compromiso de amor fraterno y entrega mutua, el cristiano descubre cada domingo la presencia del resucitado. Presencia que lo impulsa a gritar por el mundo, sin miedos ni complejos, que ha comenzado ya otro mundo, que es posible ya otra vida, desde ahora, en la que todos los hombres se sienten a la mesa para partir el pan y compartir la existencia.
Pero aun así, con la experiencia de la eucaristía,  el evangelista Lucas se dio cuenta que seguían preguntas acerca de la resurrección. Es cierto que Jesús viene a nosotros cuando nos reunimos en su nombre, pero ¿cómo está presente? No es una presencia como antes de su muerte, tal como lo veían y escuchaban sus discípulos. Repitámoslo: es una presencia extraña y misteriosa.
¿Es como una especie de presencia espiritual en nuestro vivo recuerdo de su ejemplo, de su fuerza? Lucas insiste que no es un espíritu que ven los discípulos. “Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo”. Y Jesús, mostrando sus manos y sus piés, dice: “tóquenme y vean”. El evangelista no agrega que intentaron tocarlo. Y no hubieran podido hacerlo, porque el cuerpo glorioso no es más de este mundo y por lo tanto no se puede tocar. Es cierto que Jesús da otro paso más, cuando “se resistían a creer”, come delante de sus ojos un pedazo de pescado asado y, a continuación, nuevamente refiere a lo que estaba escrito de él en las escrituras. Lucas describe la presencia de Jesús con mucho realismo, pero no es la presencia al modo “cuando todavía estaba con ustedes”. Es definitivamente una presencia nueva y misteriosa.
Al igual que las comunidades primitivas, vivimos esa presencia en nuestras asambleas eucarísticas y cuando nos juntamos en su nombre. También la vivimos cuando tocamos sus heridas en las heridas de nuestros hermanos, cuando animamos y consolamos a los abatidos, cuando somos  portadores de vida y esperanza.
Jesús resucitado nos llama a ser “testigos de todo esto”.






jueves, 12 de abril de 2012

2º Domingo de Resurrección: Jn 20, 19-31


2° Domingo de Pascua: Jn 20, 19-31

En Chile y especialmente en la zona central, en este 2° domingo de Resurrección, se celebra la popular y folclórica fiesta del “Quasimodo” (viene de la antigua antífona de entrada: “así como recién nacidos…). Hombres y mujeres enfermos que no pudieron recibir a Cristo sacramentado el día de Pascua de Resurrección, lo reciben este domingo en su casa. El sacerdote o diácono, repartiendo el Santísimo, va acompañado de una multitud de huasos a caballo o de ciclistas, todo muy adornado y pintoresco. Es una hermosa costumbre de una gran fe popular.

Precisamente es el tema de la fe en Cristo vivo, resucitado, que está central en el evangelio de hoy con la figura del apóstol Tomás. Este discípulo se caracteriza por su gran generosidad en seguir al Señor cuando invita a sus compañeros: “Vamos también nosotros a morir con Él” (Jn 11, 16). Pero cuestionará luego a Jesús que dice: “ya conocen el camino para ir a donde yo voy”. Todavía con el corazón embotado Tomás le replica: “Señor no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino? Conocemos bien la respuesta de Jesús: “Yo soy el camino…” (Jn 14, 6). Un poco más adelante precisa: “Quien me ha visto a mi ha visto al Padre”.

En el evangelio de hoy, los discípulos llenos de alegría anuncian a Tomás: “Hemos visto al Señor”. Sabemos que en el evangelio de Juan el verbo “ver” no se refiere a una visión sensible, sino es la percepción nueva que se abre a la mirada del creyente gracias a la acción del Espíritu, como nos lo sugiere el relato por el gesto del Señor que sopla sobre ellos diciendo: “Reciban el Espíritu Santo”. Lo que los discípulos han visto a partir de la obra del Espíritu Santo en ellos es el verdadero sentido del acontecimiento de la resurrección que es el triunfo de la vida sobre la muerte, del amor misericordioso sobre el odio. Eso lo entendemos por el alcance de las palabras de Jesús quien les da el poder de perdonar (es decir el poder de reconciliar a los hombres con el proyecto del Padre revelado en Jesús). Jesús les confirma el sentido redentor (reparador o de “nuevo orden”, “nueva creación”) instaurado con su Pasión gloriosa. Jesús los invita a compartir la gracia de la que son los primeros beneficiarios. Acceden (finalmente) al don de la fe (al recibir el Espíritu de Jesús). Porque, al fin y al cabo, es un ejercicio de fe, pues nada permite verificar que la reconciliación y la nueva creación estén visiblemente en marcha y que, por lo tanto, los pecados quedan efectivamente perdonados.

Tomás que aun no ha visto al Señor resucitado desde esta perspectiva, porque no estaba en la comunidad y aun no había recibido al Espíritu de Jesús, recorre un camino distinto para llegar a la fe. Llegará a creer que la misericordia del Señor ha triunfado de su pecado. El Resucitado le llama a salir de una culpabilidad que lo aquejaba probablemente a partir de la muerte (y fracaso) del Señor para acoger la vida nueva de su Espíritu. “Shalom o la paz esté con ustedes”. Con ese saludo familiar entre los judíos se presenta el Señor.

Se suele interpretar fácilmente que Tomás buscaba una prueba de la resurrección del Señor. El texto no dice que puso su mano en las llagas gloriosas de su Maestro. Como muchas veces ocurre en el cuarto evangelio, Tomás pedía un signo para creer y aceptar el amor misericordioso de su Señor. El signo es el de la Pasión y del sufrimiento, del costado abierto de donde nace la nueva humanidad. “No seas incrédulo, sino hombre de fe”.

A partir de allí Tomás puede acoger el don de la fe y pronunciar en el Espíritu la más hermosa profesión de fe de los evangelios: “Señor mío y Dios mío”. Por el Espíritu Santo reconoció en Jesús al hijo de Dios, vencedor de la muerte. Brotó la nueva creación (agua y sangre) de su corazón perforado. Aceptando la Pasión de Cristo pudo recibir la gracia de creer en la Resurrección.

¿No nos dice todo aquello que en la medida que reconocemos la Pasión de Cristo en la pasión de tantos hombres,  mujeres y niños dolientes, sufridos, vejados y que estamos dispuestos a poner nuestra mano en esas llagas, en esa misma medida el Espíritu nos dará la gracia de creer y reconocer a Cristo resucitado?
Es conmovedor el camino que recorrió el apóstol Tomás.
Desentendernos de la pasión de nuestros hermanos que es la Pasión de Cristo, nos puede dejar caer en la culpabilidad de Tomás (o la desesperanza que veremos el próximo domingo en los discípulos de Emaús).
Estando solo y fuera de la Comunidad, Tomás mantuvo su visión embotada, triste y sin fe. Estando nuevamente “con ellos”, descubre el camino de la fe.

¿No es hermoso que en el relato de hoy,  Juan nos describe a su manera el evento de Pentecostés y el nacimiento de la Iglesia, la nueva comunidad y principio de la nueva humanidad?

sábado, 7 de abril de 2012

Domingo de Resurrección: Jn 20, 1-9


LA RESURRECCIÓN:  Jn 20, 1-9

La Resurrección es el máximo misterio de nuestra fe.
El proyecto de Jesús, la utopía del Reino que los judíos pensaron haber acabado al clavarlo en la cruz, está vivo para siempre en la historia de la humanidad. ¿Cómo fue eso? Pues aquí no hay ningún paso lógico que lo pueda explicar. Tocamos el corazón del misterio de nuestra fe.

De la Resurrección misma, prácticamente no podemos decir nada. Ningún vocabulario, ninguna palabra traduce adecuadamente lo que es. Los evangelios y el nuevo testamento ya usan distintas palabras para referirse al misterio de la resurrección: Jesús ha sido glorificado por Dios (Juan). Nos quiere decir que Jesús está definitivamente con el  Padre y participa de su eterna y divina gloria. Otras expresiones se refieren a su exaltación (después de la humillación y la obediencia hasta la muerte en la cruz). En otras partes se habla del viviente y de la vida: el viviente que accedió a la vida de y en Dios (Lucas y Pablo). Parece claro que ninguna palabra puede reflejar adecuadamente lo que supera toda palabra.

Para los discípulos, es una experiencia de revelación, con mucho vaivén,  además de  miedo y dudas: vemos en las escrituras que éstas son las reacciones que suelen asociarse a escenas de revelación (Moisés) como acontecimiento de perturbación; ocurre algo totalmente inesperado que proviene de fuera de las personas y produce una metamorfosis en sus vidas. Para ellos, la resurrección es una novedad total, una nueva creación.

Leemos en los evangelios que los discípulos de Jesús (¡sobre todo las  mujeres!), después de un período de completa desorientación, descubren y experimentan que su querido Maestro y amigo, a pesar de su muerte, les sigue tocando  su corazón. Su mensaje aun los motiva y su ‘muerte’ ya no tiene el sentido de muerte. Se sienten animados y energizados por su Espíritu.

Es esta pequeña comunidad de discípulos y discípulas que da definitivamente origen al mayor movimiento religioso de la historia: el cristianismo. Y eso no tiene sentido sin su fe en lo que llamamos la resurrección.

Miremos el evangelio de hoy en Juan. Ya señalé en otra oportunidad que los relatos de Juan tienen un alcance simbólico. Si los leemos solamente como relación de hechos que ocurrieron, no vamos a ser tocados por el alcance simbólico.
“El primer día de la semana” es el día en que  un hombre nuevo y una nueva humanidad han nacido del costado abierto del crucificado. De ahora en adelante, se podrá proclamar e implantar el proyecto de Jesús: que las relaciones entre los hombres se basen en el amor y la justicia, en la paz, la verdad y  la vida.

La contradicción en el texto: “al amanecer” y “estando aún oscuro” nos quiere decir que María Magdalena, que representa a la comunidad, está todavía en la oscuridad a pesar de que ya ha amanecido, porque creía que la tiniebla había vencido a la luz,  la muerte a la vida, el poder y el odio al amor. Queda descolocada (“corre”) al comprobar que el sepulcro está vacío e irrumpe donde Pedro y Juan. Son dos posturas en la comunidad: Pedro que había negado a Jesús porque creía que la muerte es más fuerte que el amor y Juan, el que había entrado con Jesús a la sala del juicio y lo había acompañado hasta la misma cruz, dispuesto a dar la vida por amor, con él. Allí, al pie de la cruz, fue testigo de que cuando la vida se entrega por amor es fuente de más y más vida. Por eso, al llegar al sepulcro, sólo él supo interpretar los signos que tenían ante sí y sólo creyó él. Juan ve con los ojos del corazón. Pedro está todavía atrapado en la antigua religión y tardará un poco más en acoger sin condiciones el mensaje de Jesús hasta estar dispuesto él también a dar la vida, como pastor, por las ovejas.
El texto nos invita a hacer un camino de fe que nos haga comprender el significado de la resurrección de Jesús para nuestras vidas. No basta con correr de un lado para otro buscando al Señor sin comprender lo que su resurrección significa. Es necesario aprender a descubrir en los signos de muerte el germen de la vida. Allí donde el discípulo desprevenido experimenta el vacío de la tumba, el ‘otro discípulo’, el que ama entrañablemente al Señor, descubre la manifestación más profunda del Dios de la vida.
Creer en la resurrección de Jesús es hacer realidad en nuestro mundo el Reinado del Resucitado y su Causa: Reino de Vida, de Justicia, de Amor y de Paz.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Domingo de Ramos: Mc 14,1-15,47


DOMINGO DE RAMOS: Mc 14,1 – 15,47

En este relato de la pasión, Marcos nos ayuda a entender que la condena injusta de Jesús no ocurrió por accidente, sino que fue cometida con toda premeditación y conciencia.


Jesús resultaba sospechoso para las autoridades del Templo. Él iba de pueblo en pueblo anunciando una buena noticia a los pobres en compañía de un grupo de amigos y amigas. Entraba en contacto con los marginados: enfermos, prostitutas, endemoniados... Su voz y su acción eran un rayo de luz que iluminaba la vida triste de los campesinos.
 Para Jesús, la relación del ser humano con Dios era un sendero hacia la libertad y la plenitud. Esta manera de actuar le trajo inevitables conflictos con la autoridad. Ésta no admitía el menor cambio en la interpretación oficial de la ley y la manera de vivir la relación con Dios.


Finalmente Jesús subió a Jerusalén para dar testimonio de la verdad que libera al ser humano. Continuó anunciando la irrenunciable vocación a la libertad de todo ser humano. Las autoridades, entonces, decidieron efectuar un plan que venían preparando. Lo arrestaron gracias a la traición de uno de sus discípulos.
Luego vino el juicio injusto; testigos falsos, irrespeto al derecho de defenderse y, por último, lo condenaron a muerte. Todo estaba preparado de antemano. Ante la autoridad romana el juicio fue una farsa. Pilato era conocido por su proceder violento y precipitado. Para evitarse contradicciones con las autoridades del templo, entrega a Jesús a la muerte ultrajante.


El doble juicio que Jesús padeció fue una expresión de la injusticia. Lo mataban sencillamente porque ponía en riesgo la credibilidad del sistema religioso, político y económico. Pero no motivando revueltas populares, sino presentando un proyecto de vida alternativo donde las personas valían en sí mismas y todos tenían los mismos derechos. En la actualidad continuamos empeñados en la tarea de Jesús: hacer valer el derecho de los excluidos, de los pobres, hacer presente el proyecto salvador del Padre por el que Jesús dio su vida.


La semana santa es llamada a vivir como Jesús y por Él, con Él y en Él, bajar de la cruz a los crucificados de nuestro mundo.

viernes, 23 de marzo de 2012

5º Domingo de Cuaresma: Jn 12, 20-33


5º Domingo de Cuaresma: Jn 12, 20-33
Ha llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado” : en el evangelio de Juan, la glorificación de Jesús ocurre con lo que Él nos dice al final del texto de hoy: “Cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”.
Jesús es Dios mismo que se entrega gratuitamente por nosotros sin condición y sin límite. Nos invita a unirnos a Él en su amor oblativo por la vida del mundo y por la vida plena de cada uno de nosotros. El discurso empieza con una breve parábola. Sólo el grano de trigo que muere da mucho fruto. “Esta brevísima parábola presenta una vez más la lección fundamental del Evangelio entero y el punto máximo del mensaje de Jesús: al amor que se da a sí mismo y que por ese perderse a sí mismo, por ese morir a sí mismo, genera vida.
Estamos ante una de las típicas “paradojas” del evangelio: “perder” la vida por amor es la forma de “ganarla” para la vida eterna (o sea, de cara a los valores definitivos); morir a sí mismo es la verdadera manera de vivir, entregar la vida es la mejor forma de retenerla, darla es la mejor forma de recibirla. Captar la verdad de esa figura literaria que es la paradoja o contradicción aparente, es descubrir el evangelio.”
“Cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”.
“Cuando Jesús sea alzado a una cruz y aparezca crucificado sobre el Gólgota, todos podrán conocer el amor insondable de Dios. Se darán cuenta de que Dios es amor y sólo amor para todo ser humano. Se sentirán atraídos por el Crucificado. En él descubrirán la manifestación suprema del Misterio de Dios.
Para ello se necesita centrar nuestra mirada interior en Jesús y dejarnos conmover, al descubrir en esa crucifixión el gesto final de una vida entregada día a día por un mundo más humano para todos. Un mundo que encuentre su salvación en Dios. Pero, probablemente a Jesús empezamos a conocerlo de verdad cuando, atraídos por su entrega total al Padre y su pasión por una vida más feliz para todos sus hijos, escuchamos aunque sea débilmente su llamada: “El que quiera servirme que me siga, y dónde esté yo, allí estará también mi servidor”.
Todo arranca de un deseo de “servir” a Jesús, de colaborar en su tarea, de vivir sólo para su proyecto, de seguir sus pasos para manifestar, de múltiples maneras y con gestos casi siempre pobres, cómo nos ama Dios a todos. Entonces empezamos a convertirnos en sus seguidores. Esto significa compartir su vida y su destino: “donde esté yo, allí estará mi servidor”. Esto es ser cristiano: estar donde estaba Jesús, ocuparnos de lo que se ocupaba él, tener las metas que él tenía, estar en la cruz como estuvo él, estar un día a la derecha del Padre donde está él.
¿Cómo sería una Iglesia “atraída” por el Crucificado, impulsada por el deseo de “servirle” sólo a él y ocupada en las cosas en que se ocupaba él? ¿Cómo sería una Iglesia que atrajera a la gente hacia Jesús?” [i]






[i] Comentario al Evangelio del Domingo J.A.Pagola

jueves, 15 de marzo de 2012

4º Domingo de Cuaresma: Jn 3, 14-21


4º Domingo de Cuaresma: Jn 3, 14-21

El evangelio de este 4º domingo de la Cuaresma forma parte del diálogo entre Jesús y Nicodemo que se produce después del episodio de la purificación del templo. Juan presenta a Nicodemo como perteneciendo al grupo fariseo y jefe entre los judíos. ¡No es un personaje cualquiera!
Nicodemo, después de la expulsión de los mercaderes del templo, se fue a negociar con Jesús para establecer un acuerdo. El estaba dispuesto a aceptar que Jesús era un «maestro venido de parte de Dios», pero quería que todo se desarrollara «dentro de un orden», dentro del orden que establecía la Ley. Nicodemo propone a Jesús que realice su misión de acuerdo con ellos, actuando como maestro de la Ley de Moisés, que era, según las doctrinas fariseas, fuente de vida y norma de comportamiento para el hombre.
La respuesta de Jesús fue tajante: no es sólo una reforma de las instituciones religiosas lo que él propone; según el proyecto de Dios, hay que «nacer de nuevo», hay que crear una nueva sociedad formada por hombres nuevos (Jn 3,1-12).
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.” La Ley, explica Jesús a Nicodemo, ya no puede cumplir sus funciones en el pueblo de Israel, según la doctrina de los fariseos. Incluso fue incapaz de impedir que la más importante de sus instituciones, el templo, se convirtiera en un instrumento de explotación del pueblo y todavía en nombre de Dios.
La  vida de Dios llegará a los hombres por un camino totalmente nuevo: por “el Hombre levantado en alto”, colgado en una cruz por su fidelidad al proyecto de su Padre: su compromiso de amor incondicional con toda la humanidad. De este modo, “todo el que cree en él”, todo él que decida asumir su forma de vivir y de morir (gastar la vida amando), nacerá de nuevo y obtendrá “la Vida eterna” o definitiva. El “Hombre levantado en alto” viene a ser la norma de comportamiento para todos los que elijan la luz y abandonen la oscuridad de un mundo organizado en contra de la voluntad de Dios y de la felicidad del hombre.
El hombre «levantado en alto» será, además, la revelación de una imagen de Dios inconcebible para los que habían vivido bajo la Ley. Esta, además de indicar qué era lo que el hombre debía hacer y qué lo que le estaba prohibido, establecía también el castigo que correspondía a los que violaban sus mandatos. La Ley era para el hombre una constante amenaza de castigo. Pero Dios no es, no quiere ser, una amenaza para los seres que más ama, para los hombres. Y por eso ha decidido revelarse y manifestar su gloria en el amor de aquel hombre que llevó su compromiso hasta la entrega de su propia vida. Y en lugar de prometer un cielo para los que se porten bien y de amenazar con un infierno para los que se porten mal, envía a su Hijo para que nos descubra el infierno en que hemos convertido la tierra, y nos enseñe a construir el cielo aquí y ahora. Y dimite de su función de juez supremo y nos traspasa a nosotros la responsabilidad de decidir y de escoger entre salvar y condenar nuestra vida y nuestro mundo: «Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios”.
El evangelista Juan es el mismo que anunciará que “Dios es amor”. El Santo Padre Benedicto XVI ha retomado esa afirmación bíblica central en el título de su primera encíclica. Señala que creer en el amor de Dios expresa para el cristiano la opción fundamental de su vida. Se comienza a ser cristiano por el encuentro con una Persona, con un acontecimiento que Juan nos expresó con las siguientes palabras:  Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna” (Nº 1)…. “En un mundo en el cual a veces se relaciona el nombre de Dios con la venganza o incluso con la obligación del odio y la violencia, éste es un mensaje de gran actualidad y con un significado muy concreto”. Con su encíclica, el Santo Padre busca “suscitar en el mundo un renovado dinamismo de compromiso en la respuesta humana al amor divino.”
Estas semanas son especialmente propicias para leer esta hermosa encíclica y así profundizar y actualizar la palabra de Dios de este 4º domingo de Cuaresma.










miércoles, 7 de marzo de 2012

3er Domingo de Cuaresma: Jn 2, 13-25


3er Domingo de Cuaresma: Jn 2, 13-25

Desde muchos siglos antes de Jesús, en Palestina sólo había un templo. En una sociedad tan religiosa, si sólo se podía encontrar a Dios en un lugar, los intermediarios de ese encuentro, los que controlaban el acceso a ese lugar adquirían, por ese hecho, el mayor poder que un hombre puede pretender: la capacidad para facilitar o impedir la relación de los hombres con Dios. Los sumos sacerdotes, que se atribuyeron en exclusiva ese poder, muy pronto lo aprovecharon en beneficio propio. En tiempos de Jesús, controlaban directa o indirectamente la venta de animales -corderos, bueyes y palomas- para los sacrificios (las ceremonias de aquella religión incluían casi siempre el sacrificio de un animal, el impuesto religioso y el cambio de moneda -sólo se podía pagar ese impuesto en moneda oficial del templo; Mt 21,12; Jn 2,15-). El tesoro del templo funcionaba también como banco en el que se depositaban las grandes fortunas y, además, el templo poseía grandes extensiones de tierra; era la primera empresa de Palestina y uno de los bancos más grandes de aquella época. Y todo porque aquélla, decían, era la casa de Dios; y ellos tenían la llave. Jesús va a acabar con esta situación.
Jesús se presenta con un azote en la mano: con esta descripción el evangelista Juan nos muestra a Jesús como el Mesías que viene a purificar el templo. Era una de las funciones del Mesías que esperaban en las tradiciones proféticas judías, la de castigar a los responsables del desorden establecido.  Pero Jesús y el proyecto de su Padre van mucho más allá.
No puede consentir que lo que debería haber sido un lugar de encuentro con el Dios liberador se haya convertido en un negocio para explotar a los pobres. Su gesto es una acusación contra los dirigentes religiosos de Israel que manejan la fe del pueblo para enriquecerse; pero, al mismo tiempo, echando fuera a los animales, está indicando que ya no van a hacer falta para dar culto a Dios. Dios, ya se había dicho muchos siglos antes, no necesitaba para nada la sangre de los animales; lo que él quería era que los hombres practicaran la justicia y el derecho; ésas eran las ceremonias religiosas que Dios agradecía.
En un áspero diálogo, Jesús reclama un nuevo Templo y por lo tanto una nueva manera de relacionarse los hombres con Dios. “Destruyan este Templo y en tres días lo levantaré”. Por supuesto que las autoridades judías no se dan por aludidas e insinúan que Jesús no está en su sano juicio.
El nuevo Templo es el cuerpo de Jesús. Dios ya no habita en un lugar, en un majestuoso edificio con una impresionante estructura que explota masivamente a la gente. De ahora en adelante, Dios está presente en el cuerpo del Hombre que da su vida por amor a los hombres, en Jesús que acoge a humildes y a pecadores
Dios revela su gloria en el amor leal que se manifiesta en la entrega de ese Hombre en la cruz y en la vida que, por la fuerza del amor de Dios, acabará venciendo a la muerte, y seguirá manifestando su gloria y haciéndose presente en cada hombre y en cada grupo que intenten amar con la misma lealtad. “Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Dios ya no requiere de lugares o edificios especiales para estar presente. Quiere estar presente en los seres humanos. Quiere habitar en aquellos que viven según el espíritu de Jesús dentro o fuera de la Iglesia, dentro o fuera de instituciones o movimientos religiosos, incluso en personas que a veces catalogamos como agnósticos. Dios vive en los de “corazón puro”.
Este evangelio invita a que también se purifique nuestra iglesia y a nosotros mismos. La iglesia nunca puede terminar en una institución donde desaparece el soplo del Espíritu. Una Iglesia que cantara la gloria de Dios con hermosos rituales pero sin sensibilidad y acogida a los humildes y a los heridos de nuestra sociedad, se podría estar transformando en una iglesia vacía del Espíritu de Jesucristo.
 Nos invita a que también nosotros vivamos con un corazón puro delante de Dios y de los hombres. Es una invitación especial en este tiempo de Cuaresma. Que nos interpele la Cuaresma de solidaridad. Que tengamos un mayor tiempo de oración, que nos apartemos de todo lujo innecesario, que podamos destruir las paredes de nuestro egoísmo y echar puentes de solidaridad hacia los necesitados.
En este sentido, nos puede iluminar muy particularmente el ejemplo de San Alberto Hurtado.