viernes, 13 de mayo de 2011

15 de mayo de 2011: 4º Domingo de Resurrección: Jn 10, 1-10


Cuarto Domingo de Resurrección: Jn 10, 1-10


Esta semana marca un vuelco en los evangelios del tiempo pascual. Hasta ahora hemos tenido relatos de Jesús resucitado; ahora se dirigen al compromiso de aquellos que acogen al resucitado y al crecimiento de la Iglesia. La liturgia nos va orientando ya hacia Pentecostés y bajo la conducción del primer Apóstol, san Pedro.

Centrémonos en el texto del evangelio de hoy. Es precedido por la curación del ciego de nacimiento y la afirmación de Jesús: “Yo he venido a abrir un proceso contra el orden éste; así los que no ven, verán, y los que ven, quedarán ciegos.” A continuación en el evangelio de hoy dice Jesús: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su  vida por las ovejas.” Claramente percibimos entonces lo que viene a ser la vida de Jesús: un conflicto con las autoridades de su época (los pastores malos ya descritos en Ezequiel 34) que se han adueñado de la religión y del templo para provecho propio. El conflicto y el rechazo a la persona y al mensaje de Jesús están puestos de manifiesto en el episodio inmediatamente anterior de la curación del ciego de nacimiento (4º Domingo de Cuaresma): “a nosotros nos consta que ese hombre (Jesús) es un pecador”. Jesús no rehuye del conflicto; al contrario, hay profunda coherencia entre lo que dice y lo que hace. Jesús va a dar su vida por ser consecuente con el nuevo orden, donde todos tienen cabida. Jesús es la puerta que da acceso a un modo de vivir  en el que la injusticia, la opresión, la violencia y la muerte, que son propios del orden este (esto es, de toda sociedad humana cuya organización se basa en estos pilares: la riqueza, el poder y las desigualdades), son sustituidos por la hermandad, la solidaridad y el amor. (“Yo soy la puerta, el que entre por mí quedará al seguro, podrá entrar y salir y encontrará pastos. Yo he venido para que tengan vida y les rebose”).

La misión de Jesús como buen pastor es la que toma sobre sí el Santo Padre. Nosotros los fieles lo consideramos como supremo Pastor por el ministerio petrino. El mismo Cristo resucitado encargó el cuidado del rebaño: “sé pastor de mis ovejas”.

 Esa misión confiada por Cristo a Pedro y a sus sucesores, es compartida por todos los que ejercen un ministerio pastoral y han sido llamados y designados en la Iglesia para esa misión. Es lo que llamamos la Iglesia jerárquica.
Es interesante observar aquí el camino recorrido entre el Concilio Vaticano I y Vaticano II.
Vaticano I declaró: «La Iglesia de Cristo no es una comunidad de iguales, en la que todos los fieles tuvieran los mismos derechos, sino que es una sociedad de desiguales, no sólo porque entre los fieles unos son clérigos y otros laicos, sino, de una manera especial, porque en la Iglesia reside el poder que viene de Dios, por el que a unos es dado santificar, enseñar y gobernar, y a otros no» (Constitución sobre la Iglesia, 1870).
Vaticano II en la Constitución dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentium”, reestructura profundamente la perspectiva anterior. En su capítulo segundo, trata del “pueblo de Dios”, describiendo ampliamente la gran tradición bíblica de esta rica expresión. El trato de la jerarquía viene después del pueblo de Dios, porque recién en el capítulo tercero señala: “Para apacentar el pueblo de Dios…Cristo Señor instituyó en su Iglesia diversos ministerios ordenados al bien de todo el Cuerpo. Porque los ministros que poseen la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos, a fin de que todos cuantos son miembros del pueblo de Dios y gozan, por tanto, de la dignidad cristiana tiendan libre y ordenadamente a un mismo fin y lleguen a la salvación”. Por lo tanto, la jerarquía que predomina en Vaticano I, viene ahora en segundo lugar y al servicio del pueblo de Dios. Es cierto que la práctica posterior no ha sido demasiado consecuente con esta perspectiva de Vaticano II, resurgiendo la tendencia de la primacía de la jerarquía sobre el pueblo de Dios. Es evidente que hoy cuesta retomar lo que nos dice el Concilio después de declaradas las funciones de la jerarquía. “Cuanto se ha dicho del pueblo de Dios se dirige por igual a laicos, religiosos y clérigos. Y cita a Efesios 4, 15-16: “viviendo en la verdad y el amor, crezcamos hasta alcanzar del todo al que es la cabeza, a Cristo. Gracias a él, el cuerpo entero recibe unidad y cohesión gracias a los ligamentos que lo vivifican y por la acción propia de cada miembro; así el cuerpo va creciendo y construyéndose en el amor”.
La iglesia, como pueblo de Dios, es el cuerpo místico de Cristo. Todos los cristianos tenemos la función y la misión de difundir a Cristo y su evangelio a todos los hombres. Es la afirmación central de la última conferencia episcopal latinoamericana de Aparecida. Pareciera entonces, retomarse aquello del Vaticano II que se llegó a echar de menos en las últimas décadas. Todos tenemos que trabajar por una Iglesia que sea una puerta abierta y genere un espacio acogedor donde las personas más diversas sean bienvenidas y se encuentren en casa. Que cada cual que entra y sale por esa puerta, reciba vida y en abundancia.

sábado, 7 de mayo de 2011

8 de mayo 2011: tercer Domingo de Resurrección




3er Domingo de Resurrección: Lc 24, 13-35

La muerte de Jesús de Nazaret ejecutado como criminal en el suplicio de la cruz, reservado a los peores criminales y en un lugar desolado, la cima de una cantera abandonada en las afueras de Jerusalén,  fue noticia conmovedora en su momento. Era la Pascua judía y Jerusalén estaba atestada de peregrinos venidos de todo el mundo conocido de esa época. ¡Se calcula que podía haber una afluencia de 200 a 300.000 peregrinos! Lo ocurrido era tema de conversación en todas las bocas. Por eso la gran extrañeza de los discípulos a la pregunta del forastero que se les junta en su caminata hacia Emaus: ¿Cómo que no sabes lo que ha ocurrido en estos días en Jerusalén? Y ellos apresurándose en dar “su versión” de los hechos con “su interpretación” desde su desánimo y desesperación: “Nosotros esperábamos que él iba a cambiar este mundo (=libertador de Israel)”. Pero “ya ves”, todo sigue igual.

Tal vez muchos se identificaban con estos discípulos desilusionados, una situación que Lucas, escribiendo su evangelio unos 50 años después de la muerte y resurrección de Jesús, pareciera comprobar como una penosa situación en la Iglesia naciente. En ese contexto compone ese precioso relato para reencantar la fe de los discípulos en Jesús vivo y resucitado. Es un relato a ser saboreado despacio. Desde luego no lo consideremos como un reporte o descripción de hechos ocurridos, sino una preciosa composición literaria dentro de la perspectiva  lucaniana de reforzar la fe en Cristo vivo y resucitado a partir del testimonio de dos discípulos y con el claro propósito de revitalizar la fe de la comunidad en Cristo resucitado.

Casi dos mil años después, no es raro escuchar y percibir también  desilusiones en nuestra Iglesia. Así por ejemplo, muchos esperaban del Concilio Vaticano II grandes cambios en la Iglesia: que fuera una Iglesia de los pobres, una Iglesia de los laicos, una Iglesia que valorara los derechos de la mujer con su  participación y su responsabilidad activa, una Iglesia de los jóvenes, una Iglesia que acogiera y acompañara a los matrimonios en dificultad, una Iglesia que fuera más comprensiva de los grandes cambios ocurridos en la vivencia de la sexualidad. Pero ha pasado el tiempo y todo sigue igual o peor: hay gran escasez de vocaciones sacerdotales y religiosas, parroquias y comunidades sin pastor, congregaciones religiosas en extinción; en muchas partes del mundo se presenta un panorama de una cultura religiosa muy declinante frente a la emergencia invasora de una cultura secularizada e individualista, característica del mundo occidental que era otrora el mundo de la cristiandad.

Surge entonces la gran pregunta: ¿por donde pasa el camino del reencantamiento de la fe en Cristo vivo y resucitado?
Desde luego hay que evitar alejarse de la comunidad o mandarse cambiar.
Para volver al reencantamiento de la fe, el evangelista señala dos importantes pasos: dejarse ayudar y “acompañar” en la lectura y comprensión de las sagradas escrituras y ser profundamente solidarios en compartir el pan, ambos pasos tanto en el sentido literal como figurado. En el sentido literal y cultual, son los dos momentos que componen  nuestra eucaristía, la liturgia de la palabra y la liturgia de la eucaristía; ésta busca ser precisamente celebración de nuestra fe en Cristo muerto y resucitado, vida para el mundo.

En el sentido figurado, es vivir y descubrir a Cristo resucitado en los signos de los tiempos; es agudizar nuestra inteligencia espiritual a la presencia del Dios de la vida en medio de nosotros que nos impulsa a compartir, a ser plenamente solidarios y a moldear este mundo según el proyecto del Padre.

Pasa por creer lo que exclamó Juan Pablo II en Chile y en un contexto de violencia y confrontación: “el amor es más fuerte”. Eso no se puede creer si no se experimenta. Es el punto neurálgico de la catequesis de Jesús a los dos discípulos: “el Mesías tenía que sufrir para entrar en su gloria”. Pasa también por vincularse con los demás en nombre de Jesús, es decir en nombre del amor incondicional y solidario.  La presencia real del resucitado se hace patente en el compartir el pan. El gesto de Jesús era lo que faltaba para que los discípulos dejaran de estar centrados en si mismos, en su manera de ver e interpretar y se abrieran completamente al compartir: “inmediatamente regresan a su comunidad.”
Abrirse al otro, al Otro (Cristo) que necesita y sufre hasta estar en nuestras vidas y compartir con nosotros para sentir su alegría,  eso es vivir la fe en Cristo resucitado. Es la fe que proclama, anhela y construye nuestras relaciones humanas basadas en la armonía, la paz, la justicia y la alegría para todos.



sábado, 30 de abril de 2011

1º de mayo 2011: 2º Domingo de Resurrección

2º Domingo de Resurrección: Jn 20, 19-31

Hace unos seis años atrás, escribí el siguiente comentario sobre Juan Pablo II.
“Apenados, miramos como el Santo Padre Juan Pablo II emprende su último viaje hacia el Padre de todas las misericordias. Con más de 100 viajes alrededor del mundo, recordamos en estos días su paso por Chile hace 18 años atrás. Creo que su visita no dejó indiferente a nadie y marca nuestra convivencia hasta el día de hoy. “El amor es más fuerte” gritó con potente voz a raíz de los disturbios durante la beatificación de Sor Teresita de los Andes. “Los pobres no pueden esperar” exclamó frente a economistas y políticos en la CEPAL. Dos pequeñas frases que nos orientan para ser colaboradores abnegados en el establecimiento del Reinado de Dios entre nosotros. Ya pronto en presencia del Padre eterno, Juan Pablo II seguirá intercediendo por la Iglesia a la que tanto amó y por la que entregó su vida”.
Hoy 1º de mayo y en la fiesta del Jesús de las Misericordias que él mismo introdujo como devoción para este segundo domingo de Resurrección, Juan Pablo II ha sido beatificado. Ya forma parte del gran coro de los beatos y santos de la Iglesia.

En la primera lectura de hoy de los Hechos de los Apóstoles, Lucas nos describe a la Iglesia naciente como una comunidad perfecta: “los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno”. Se dedicaban a la oración  y a la celebración de la Eucaristía. Ese gran entusiasmo que significaba una liquidación total para vivir una solidaridad completa se describe como primera reacción de la comunidad que vivía su fe en Cristo resucitado, esperando tal vez su pronto retorno. La comunidad se estructuraba como el nuevo y verdadero Israel, el nuevo pueblo de Dios, considerando que quedaba poco tiempo para que todo se cumpliera y llegara definitivamente el reinado de Dios.
Fue transcurriendo el tiempo y surgían las persecuciones y los martirios y no llegaba el reino de Dios en plenitud según la visión primitiva. Tuvieron que ampliar su horizonte a otros pueblos, razas y culturas. Fue el progresivo descubrimiento que el reinado de Dios no es sólo para este pequeño grupo primitivo que se dio una estructura de convivencia ideal, sino para toda la humanidad sin restricciones ni límite alguno. Así fue surgiendo paulatinamente el dinamismo evangelizador de la Iglesia como luz para todos los pueblos. Se va entendiendo que la voluntad de Dios manifestada en la vida y muerte de Jesús es el restablecimiento de las relaciones humanas en el respeto, en el servio mutuo y en el amor fraterno sin límites, preferentemente a los pobres y excluidos, como lo resume Lucas en su evangelio.

Continuando con el evangelio de hoy de Juan y en la línea de una lectura muy simbólica, como conviene, del cuarto evangelio, Tomás puede ser cada uno de nosotros (como “mellizo” de Tomás) y en un camino de fe que hemos de recorrer. La fe de Tomás se reducía a lo que el pensaba era la realidad. “No estaba con ellos”, la comunidad nueva de los discípulos que siguen al Señor muerto y resucitado y que se juegan por su reinado universal.
 No concibe aun a Cristo resucitado con sus heridas en los hombres (mujeres y niños) víctimas en el mundo. No comparte todavía la  misión impartida por el Señor que envía a sus discípulos a  trabajar por la nueva humanidad; a relacionarse con los demás en “la paz de Cristo” (“Felices los que trabajan por la paz…”); a sentirse ungido por el Espíritu del Señor resucitado para convertir ese mundo de injusticias y divisiones en un mundo donde se proclama y ejemplifica que el amor es más fuerte (= declarar libres de los pecados o imputarlos) y que amar y servir a los pobres es amar y servir al mismo Señor resucitado.

A través de sus innumerables viajes por todo el mundo, Juan Pablo II había tomado sobre sí esa misma misión que Jesús confió a los suyos: reconciliar a los hombres en el amor y trabajar incansablemente por la justicia y la paz.
¡Que el eje y sentido de nuestra vida pueda injertarse en esta misma misión!

sábado, 23 de abril de 2011

24 de abril de 2011: Domingo de Resurrección

No está más en la tumba...

Domingo de RESURRECCIÓN: Jn 20, 1-9

¿Qué hay de tan especial en la vida de Jesús de Nazaret que después de 20 siglos, sigue siendo el personaje histórico más comentado y que más gente ha convocado a través de la historia?

Al leer los evangelios, constatamos a lo menos tres líneas destacadas de la vida de Jesús.
Jesús “revoluciona” la vivencia de la religión de su tiempo. Cuando se trata de hacer el bien al que está sufriendo o padeciendo gran necesidad, no hay prescripción religiosa que valga para no hacer el bien. “El Sábado está hecho para el hombre y no el hombre para el Sábado”.
Segunda constatación. Jesús triunfa del mal “haciendo el bien”. El bien es todo aquello que promueve la vida de los seres humanos. El mal es lo que destruye su vida de una u otra manera (¡incluso puede ser la religión!); el mal es pecado. Cuantos relatos evangélicos hablan de curaciones, de perdón de pecados o de llamados a ser clementes y misericordiosos.
 Lo más definitivo en la vida de Jesús es su mensaje que Él ha triunfado de la muerte, “el último enemigo”. De eso tratan todos los relatos de resurrección.

Es probable que jamás alguien hubiera hablado de la muerte de Jesús de Nazaret si no fuera porque con posterioridad, se manifestaron los acontecimientos que sus seguidores, llamados cristianos, calificaron de  glorificación o resurrección. Por lo mismo estamos aquí celebrando y conmemorando el misterio de nuestra fe: “anunciamos su muerte, proclamamos su resurrección y clamamos por su venida”.

Los relatos de resurrección hablan de vida más allá de la muerte. Nos cuentan que Dios es fiel a la obra de sus manos. Jesús está junto al Padre (“sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso” como reza el Credo), vive para siempre. ¿No es éste el anuncio pascual?
Este anuncio pascual está en continuidad con la vida de Jesús, de su predicación y de su “praxis”. Su mensaje, su “evangelio” no habló solamente de la vida después de la muerte, sino más bien de la vida aquí y ahora antes de la muerte.

Hay vida nueva allí donde gente que no le ve más sentido a su vida, de repente recibe nuevo impulso.
¡Cuántas veces puedo ser testigo de esta maravillosa gracia en la práctica del sacramento de la reconciliación! ¡Cuantas veces en el acompañamiento, doy gracias a Dios porque lo que era una situación sin salida, se transforma en un camino de vida!
Para el creyente, no hay duda que la gracia del resucitado actuó ayer, hoy y todos los días. El hoy y el futuro de la gracia se mantiene abierto para él que no se sepulta en su pasado doloroso.

En los evangelios las mujeres no encuentran más a Jesús en la tumba. Reciben la misión de dirigirse a Galilea, allí donde se inició el relato de la vida de Jesús. Es decir hay que ir donde los hombres y hay que hacer aquello mismo que hizo Jesús, “sintiendo en ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús”(Flp 2, 5).  Tratándose del bien de los seres humanos, no escudarse en el pretexto de la letra o la norma de la ley. Estar dispuesto a la reconciliación sin condición, superar el mal practicando el bien.
“Ante las estructuras de muerte, Jesús hace presente la vida plena. “Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud” (Jn 10, 10). Por ello, sana a los enfermos, expulsa los demonios y compromete a los discípulos en la promoción de la dignidad humana y de relaciones sociales fundadas en la justicia.” (Aparecida 112)

En la medida que la práctica de evangelización de los discípulos misioneros de Jesús se enmarca en la práctica de su Maestro, en esa misma medida Él se hará presente entre nosotros y estará cambiando nuestra historia.
A esa experiencia de resurrección estamos todos convidados.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

jueves, 14 de abril de 2011

17 de abril: Domingo de Ramos


17 de abril: Domingo de Ramos: Mt 26,14 -26, 66

Con el Domingo de Ramos iniciamos la celebración de la Semana Santa. En la primera parte aclamamos a Jesús, junto al pueblo, en su entrada triunfal en Jerusalén.
La segunda parte, que corresponde a la liturgia de la palabra de la Eucaristía, trae como primera lectura la figura del tercer canto del Siervo de Dios. El evangelio es el relato de la Pasión según san Mateo.
Por lo extenso de esta celebración, no suele haber homilía. Aquí doy solamente unas breves reflexiones para este día de los Ramos y para profundizar durante la semana si se desea.

 En los evangelios, el relato de la Pasión no es un reportaje lúcido de algún testigo ocular, sino la condensación de la fe de los primeros cristianos. Como Judíos estaban familiarizados con los salmos y la visión del profeta Isaías del “Servidor doliente de Yahvé”. Es fundamental tomar en cuenta que siempre que se escribe a partir de la fe en la resurrección. Por eso mismo, también nos puede inspirar a nosotros hoy y el sufrimiento y la pasión de Jesús pueden estar como modelo de todos los que sufren a través de la historia.

La mirada invisible de Dios, llena de amor y ternura, nos mira a nosotros en el rostro humano de Jesús. La pasión de Jesús es como “una ventana hacia Dios”. Un Dios con una fuerza indefensa de amor. El Dios de Jesucristo es un Dios que no está en el poder. Es tan indefenso como tan fuerte es el amor.
El Cristo que se adora después del emperador Constantino como “Pantocrator” – o dominador del mundo, no es el Cristo del Gólgota. (Aquel Dios que nuestra liturgia invoca tan a menudo como “Dios todopoderoso”).

Este Jesús crucificado ha sido glorificado por su Padre Dios como “su mano derecha”, su representante. Dios ha legitimado a Jesús. Él es el enviado y ungido de Dios, pastor y por ende, “el” profeta, el bien amado de Dios. Esta es la fe de la resurrección. A la luz de esta fe, la muerte catastrófica en la cruz, toma un sentido radicalmente distinto. La cruz viene a ser el signo de la entrega irrestricta de Dios mismo por amor a los hombres.
Todos aquellos que sufren o son víctima de la injusticia, se pueden valer de Jesús. También es modelo para todo ser humano que se entrega, liberando sin cálculo a su prójimo. Jesús es tanto el sediento como el que aplaca la sed. El sufrimiento injusto y la salvación liberadora se funden en su persona en una sola realidad. Con Jesús, como crucificado, y que vive junto a Dios, todos los dolientes y sufrientes del mundo se pueden relacionar desde su fe con él. Una relación de amor íntimo que no quita el sufrimiento, el dolor, la pena y la soledad, ni  tampoco el fracaso. Una relación donde podemos sentirnos unidos solidariamente con él, “el bien amado de Dios”, un Dios de todos los hombres sin excepción.

miércoles, 6 de abril de 2011

10 de abril 2011; 5º Domingo de Cuaresma: Jn 11, 1-45


5º Domingo de Cuaresma: Jn 11, 1-45
La resurrección de Lázaro

En los dos últimos domingos, escuchamos los largos relatos con gran hermosura literaria de la samaritana y del ciego de nacimiento. Esos relatos, con profundo simbolismo, pretenden llevar al lector-auditor a descubrir la identidad de Jesús para suscitar la adhesión a su persona. Jesús da el agua viva.  Jesús es la verdadera luz.
Hoy, en el relato – parábola de la resurrección de Lázaro- Jesús afirma: “yo soy  la resurrección y la vida, el que cree en mi, aunque muera vivirá y él que vive y cree en mi, no morirá nunca. ¿Crees esto?”  Esa petición de Jesús para adherir a su persona  es lo medular, lo central del evangelio.

La realidad que Jesús descubre es que la muerte no es invencible, puesto que todo el que dé su adhesión a Jesús y practique el amor y la solidaridad según su estilo, todo el que esté dispuesto a jugarse la vida para que en este mundo se implante la justicia de Dios, aunque muera, no morirá. Parece una paradoja. Pero no lo es. Con el estilo característico del cuarto evangelio, el potente relato simbólico es anuncio, no de Lázaro sino de Jesús y de su buena nueva, y que es lo siguiente: la verdadera muerte no es la muerte física, corporal, sino el rechazar a Jesús y su predicación. Es el replegarse en si mismo y rechazar amar como él nos amó. ¡Sólo el amor es más fuerte que la muerte!

Veamos muy brevemente como este potente mensaje está  tratado por el evangelista en el evangelio de hoy.
Parte poniendo el tema del miedo frente a la muerte física: es lo que sienten los discípulos (y, porqué no decirlo, también todos nosotros). Volver a Judea, donde buscan matar a Jesús, es exponerse a morir y sería el fin de cómo los discípulos conciben el proyecto de Jesús. Para ellos salvarse significa evitar la muerte física; para Jesús es tener una vida que supera la muerte: la vida que él ofrece es más fuerte que la muerte. En ese contexto hay que situar la reviviscencia de Lázaro como una especia de parábola.

La vida que  Jesús comunica tiene su fundamento en la solidaridad y el amor sin límites. Jesús manifiesta su amor, amistad, cariño por Lázaro (lo “amaba”, “se estremece”, “se conmueve profundamente”, “llora”). El desarrollo del relato va poner de manifiesto que esos sentimientos de Jesús por Lázaro (que son los de Dios por cada uno de nosotros) son más fuertes que la muerte física y son capaces de  revivirlo. El relato – parábola nos describe maravillosamente aquella frase de Aparecida: “Jesús rostro humano de Dios y rostro divino del hombre”. Este séptimo y último signo del evangelio de Juan prepara al lector a reconocer la divinidad de Jesús (= la Vida y la Resurrección) precisamente en su plena y total humanidad que se manifiesta en sus profundos sentimientos por Lázaro.

Aquí está el gran desafío de la fe en Jesús. En ese punto se asoma la figura de Tomás: “Vamos también nosotros a morir con él”: maravillosa generosidad de Tomás, dispuesto a seguir a Jesús hasta la muerte (es como el doble de Jesús “mellizo”). Pero recién palpando las heridas de Jesús resucitado, entenderá la victoria de la vida (del amor-solidaridad) sobre la muerte.

La fe de Marta comparte la creencia de la resurrección al final de los tiempos, como recuperación de esta vida. Entonces Marta espera una intervención milagrosa de Jesús por su hermano. Que “resucitará en el último día” es algo muy lejano. Marta no comprende la novedad de Jesús. Al decir Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida”, la resurrección depende de la vida: Jesús es la resurrección por ser la vida. La vida que él comunica, sus sentimientos por Lázaro, al encontrarse con la negación de la vida, la muerte de Lázaro, la superan. A esto se llama resurrección. No está relegada a un futuro, porque Jesús, que es la vida, está presente. Jesús completa  la explicación: “el que vive y cree en mí, no morirá nunca”.

El dolor que manifiesta Jesús es un dolor-amor por su amigo Lázaro en contraste con el dolor por la muerte sin esperanza de los otros personajes. En la resurrección de Lázaro, la vida que vence la muerte manifiesta la Gloria-Amor de Dios, tema central del cuarto evangelio.

Se me ocurre que  los santos nos ayudan a entender este misterio ofrecido por Jesús a nuestra fe que la vida – amor solidario que él comunica es más fuerte que la muerte.
Podemos mirar al Padre Hurtado: nos marcó el camino, sigámoslo.
Alberto Hurtado vivía en Dios porque hizo la experiencia del amor profundo de Dios por él. Y manifestó ese ‘entusiasmo’ (lo que etimológicamente significa centrado en Dios) amando, especialmente a los pobres y excluidos, porque en ellos estaba Cristo. “El Padre y yo somos uno” dice Jesús en el evangelio de Juan (10, 30). El Espíritu del Padre se manifiesta en todo el accionar cristiano del P. Hurtado. Se dejaba traspasar por la vida divina para así dar vida a muchos hermanos.
El P. Hurtado vivió su propia muerte como Pascua, como paso hacia el Padre, y con alegría. Veía que iba a recibir en plenitud esa vida que comunicó tan generosamente a los preferidos de N.S.: los pobres.


sábado, 2 de abril de 2011

3 de abril 2011: 4º Domingo de Cuaresma: Jn 9, 1-41


4º Domingo de Cuaresma: Jn 9, 1-41
El ciego de nacimiento

El domingo pasado, como este domingo y el próximo, leemos el evangelio de San Juan: la samaritana, el ciego de nacimiento hoy y la resurrección de Lázaro. Repito lo señalado la semana pasada: conviene tomar en cuenta el carácter peculiar del cuarto evangelio, muy distinto en su expresión de los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). Mientras los sinópticos tienen un estilo más narrativo, el evangelio de Juan es netamente simbólico. Frecuentemente Jesús se identifica con símbolos: “Yo soy el pan verdadero”: el resto de los panes no son el verdadero alimento; “Yo tengo el agua verdadera”: el agua que tomamos no quita la sed; “Yo soy la vid verdadera”, “Yo soy el camino, la verdad y la vida” etc.
Por lo tanto, partamos escuchando el evangelio de hoy no como un relato descriptivo sino como el anuncio de verdades profundas.

El ciego de nacimiento representa para nosotros hoy, a todos los marginados de nuestro mundo: los excluidos, los que no pueden experimentar lo que significa ser persona.
Entonces este evangelio pretende aclararnos cual es la misión de Jesús: devolver la vida y la dignidad a los seres humanos, “creados a imagen y semejanza de Dios”. Recuerden que Juan Bautista presentó a Jesús como el Cordero de Dios que quita “el pecado” del mundo: el gran pecado es la privación o disminución de vida de muchos seres humanos.
 En tiempo de Jesús, a los enfermos, ciegos etc. se les atribuía su condición de tal como castigo por sus pecados. Hoy también  es frecuente que se culpen a los marginados porque son flojos, irresponsables, maleantes etc. Los excluidos están en situación de exclusión “por su culpa”.

Jesús, en alusión al hombre creado por Dios de arcilla del suelo, unge los ojos del ciego con barro: es un gesto de nueva creación. Jesús le devuelve la dignidad de hijo de Dios. Restaura lo que está roto en la humanidad.

Y viene la reacción de crítica y rechazo a lo obrado por Jesús: ¿Cómo es posible que un hombre que hace barro en día de sábado (día en el que estaba expresamente prohibido hacer barro y cualquier otro trabajo) dé vista a los ciegos (por lo demás tarea que los profetas habían anunciado que realizaría el Mesías)? Se origina el conflicto porque los fariseos y escribas tienen claro que su Dios es el que exige sometimiento y obediencia a las normas y leyes que ellos representan e interpretan, sin que le importe la libertad y la felicidad del ser humano. El que actúa rompiendo sus leyes no puede venir de Dios.

El ciego tendrá que resistir la crítica y rechazar el juicio condenatorio de sus interlocutores para convertirse a la acción regeneradora y liberadora de Jesús. Estando en ese proceso de conversión, Jesús se le aparece de nuevo y se da a conocer plenamente, y recibe su consentimiento de fe: “Creo Señor”.

Vivir hoy como creyente, como cristiano y auténtico discípulo de Jesucristo, es asumir la postura valiente y comprometida del ciego de nacimiento. Jesús le devolvió la vista para que pudiera ver y reconocer  el accionar de Dios y ahora, liberado de toda ceguera, hacerse un programa de vida y de compromiso para seguir a Jesús, para hacer lo mismo que Jesús.
Hoy también hay muchas trabas, normas y leyes, juicios y prejuicios, mecanismos inventados por los hombres, para mantener en situación de vida indigna a  incontables masas de seres humanos.
Un ejemplo: África tiene a unos 25 millones infectados con SIDA. La cifra tiende a duplicarse cada 10 años. Eso significa que para mediados de siglo, tendremos casi un continente entero infectado con SIDA.

Decía el P. Hurtado: “la moral social católica no se contenta con afirmar sólo lo que es lícito e ilícito, sino que mira más lejos y aspira a fundar nuestras relaciones humanas en la justicia, la caridad y la equidad… exige que se pongan en práctica los medios técnicos para la realización de sus principios: sin ellos las mejores doctrinas quedan sin valor” (Moral Social p.28).
El ciego de nacimiento se puso en coherencia con el evangelio de Jesús contra la doctrina de los escribas y fariseos.
Que el P. Hurtado nos ayude a ser también coherentes con las exigencias del evangelio en nuestro mundo de hoy.