viernes, 18 de febrero de 2011

20 de febrero de 2011: 7º Domingo ordinario: Mt 5, 38-48

7º Domingo ordinario: Mateo 5, 38-48


Las exigencias del evangelio nos suenan increíblemente altas: tan altas que parecieran inalcanzables. Nos pueden hacer reaccionar negativamente: “esas exigencias son impracticables, y solo son para grandes santos pero no para nosotros, “el común de los mortales”.

¿Cómo entender y más difícil aun cómo practicar lo que hoy nos dice Jesús: “sean perfectos como es perfecto su Padre celestial”? Jesús cita el libro de la perfección judía, el Levítico: “sean santos, porque yo soy santo”. Algunas traducciones más recientes nos ayudan tal vez a contornar o reinterpretar lo que pareciera un mandato imposible. “Sean buenos como es del todo bueno su Padre celestial”.

El llamado a la bondad y a la misericordia pueden ser un lenguaje más aceptable para nosotros hoy. Después de todo vivimos en la tierra y no en el cielo y “la perfección no es de este mundo”.

Por lo tanto los cristianos no deben ser unos santos heroicos. Algunas raras excepciones llegan a serlo, pero la Iglesia y el pueblo de Dios están compuestos por hombres y mujeres ordinarios. La invitación a ser buenos, tolerantes los unos con los otros, dispuestos a perdonar y a empezar siempre de nuevo nuestras relaciones humanas, a practicar el “borrón y cuenta nueva” es una invitación más al alcance de nuestro limitado entendimiento.

No debemos cesar en pedir a Dios crecer en bondad y misericordia para con nosotros mismos y para con los demás. Sobre todo que los cristianos nunca dejemos de mostrar al mundo, aun que sea muy deficientemente, la infinita bondad y misericordia de nuestro Padre Dios.

jueves, 10 de febrero de 2011

13 de febrero de 2011: 6º Domingo ordinario: Mt 5, 17-37

6º Domingo ordinario: Mt 5, 17-37

Las tristes noticias de la Iglesia los últimos meses y ampliamente difundidas en los medios de comunicación, tal vez no nos han permitido estar atentos a una gran y hermosa noticia de nuestro Santo Padre Benedicto XVI. Invitó recientemente a leer y estudiar la Biblia junto a nuestros hermanos judíos, dando así un paso vigoroso en la senda del movimiento ecuménico iniciado en el Concilio Vaticano II. El complejo evangelio de este domingo puede ser un buen ejercicio en este sentido.

Sabemos que el evangelio de Mateo fue escrito en y para la comunidad judía, seguidora de Jesús y sus enseñanzas. Después de las Bienaventuranzas(4º domingo), y una breve proclamación de lo que son los seguidores de Jesús (“sal y luz”, 5º domingo), Mateo quiere alertar contra la sospecha de que Jesús ha venido para “destruir” la “ley y los profetas”. La expresión “la ley y los profetas” designa toda “la Biblia”. En Mateo volvemos a encontrarla otras dos veces; en ambas se explica que la ley y los profetas se expresan en “la regla de oro” (7,12) y en el mandamiento doble de amar “a Dios y al prójimo”(24,40). Mateo estará preocupado en que la Biblia o Palabra de Dios “se cumpla” en la nueva comunidad.

La larga perícopa (el texto de hoy) -por otra parte- no puede despegarse de lo que dirá a continuación. Allí Jesús aclarará que busca una “justicia mayor” que los escribas y fariseos (por tanto, ir más allá del cumplimiento que ellos pretenden), y precisamente indicará una serie de textos de la ley aclarando qué es esa “justicia mayor”, o ese “cumplimiento” que aquí propone: “han oído que se dijo... pero yo les digo”.

En tiempos de Jesús los mandamientos a cumplir o evitar eran 613 y esto era visto -frecuentemente- como “pesadas cargas” (23,4), con lo que se termina “cerrando a los hombres el Reino” (23,13). El problema está en la comparación entre la exigencia de obediencia de la ley que propone Jesús y la que proponen los “escribas y fariseos”. Eso queda expresado -además- en el “yugo suave y la carga liviana” (11,30) contrastando con las cargas imposibles de llevar.

La comunidad de Mateo, fiel al judaísmo, se encuentra con la predicación de los fariseos que es presentada como “discurso único”: lo no fariseo no es verdadero judaísmo. Jesús pretende mostrar que supera esa fidelidad, pero no aniquilando “la ley y los profetas”, ni estableciendo escala de valores que enseñen a cumplir algunos y desatender otros mandamientos, por más insignificantes que sean. Jesús propone ir más allá, quiere ir a la plenitud, a una justicia mayor que la que enseñan los fariseos, y mostrar que de esa manera se dan por superados.
Hasta las normas más insignificantes tienen sentido, pero no en el esquema hipócrita de los fariseos que todo lo cumplen para ser mirados y aplaudidos, sino el sistema gratuito que busca lo mejor para los demás, como nos gustaría a nosotros mismos, es decir, amar al prójimo, simplemente.

La clave de todo el relato radica en el significado de “cumplimiento”. El amor supone un nuevo modo de cumplimiento. Así como los profetas “se cumplen”, también la ley (11,13), Jesús -que es “como Moisés”- presenta una nueva enseñanza que plenifica todo lo antiguo. No son los códigos legales, sino “toda” la enseñanza de Dios lo que debe cumplirse. Es una invitación a volvernos capaces de crear espacios de encuentro, de felicidad en la relación con Dios y con los hermanos.
La “justicia mayor” que propone Jesús y por la cual se “cumplirán la ley y los profetas” es encontrar espacios de amor, solidaridad, gratuidad y justicia; eso basta para cumplir “todo”, hasta lo más pequeño de la Ley. Pablo lo formula de modo semejante: “el que ama al prójimo ha cumplido la ley... el amor es la ley en plenitud” (Rom 13,8-10).
Entonces el evangelio de hoy nos sitúa correctamente en la gran corriente de los evangelios por la cual llega el Reino de Dios a este mundo.


jueves, 3 de febrero de 2011

6 de febrero de 2011: 5º Domingo ordinario: Mt 5, 13-16

Mt 5, 13-16 :  Sal de la tierra y luz del mundo*
Las bienaventuranzas se hacen realidad en la “comunidad bienaventurada” que es “comunidad sal y luz”. Así tenemos que los pobres de espíritu, los pacifistas, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que buscan la paz, los perseguidos por causa de la justicia son todos aquellos y aquellas que constituyen comunidad de Mateo. Esta misma comunidad es la llamada a recibir y practicar el mensaje del Sermón de la Montaña, que se inicia precisamente con las bienaventuranzas.
Comunidad “sal de la tierra”
Muchas veces cuando leemos este texto creemos que “sal de la tierra” es la misma sal de la cocina, la que usamos con nuestros alimentos cotidianos. Pero si nos fijamos en el contexto de aquella época en que se escribió esta comparación nos damos cuenta que en las culturas antiguas, para conservar la comida y condimentarlas, la sal se convirtió en símbolo de alianza y amistad entre los pueblos y entre las familias. Recuerdos de estas antiguas alianzas las encontramos en Lv 2,13 y Nm 18,19.
Sabemos también que en Palestina en tiempos de Jesús, los pastores que llevan las ovejas al campo durante el día, las dejan sueltas pasteando. En la noche, ellas tienen que volver al corral para no quedar expuestas a las fieras salvajes. Volvían comiendo la sal de la tierra que se encontraba en las orillas del lago de Tiberíades o del Mar Muerto. La sal de la tierra conducía las ovejas de vuelta al rebaño. Así, no es difícil imaginarnos que cuando Jesús dice a su comunidad “ustedes son la sal de la tierra” estaba diciendo: “Ustedes tienen la función de reunir al pueblo disperso en el rebaño del Padre para que no se pierda ni vaya a quedar expuesto a las fieras del mundo”. La misión de las discípulas y los discípulos es la de unir a la humanidad en el reino de Dios.
También era costumbre en Palestina usar la sal para activar las fogatas en las frías noches de invierno, y cuando la sal perdía sus componentes químicos propios para activar el fuego, ya no servía más de combustible. La recomendación de Jesús: “Tengan sal en ustedes” (Mc 9,50) significa “mantengan el calor en ustedes, la capacidad de sostener la vida”. La comunidad “sal de la tierra” en la medida que testimonia las bienaventuranzas es capaz de llevar este fuego por dentro, es capaz de llevarlo igualmente a los demás. Jesús insiste en la capacidad de la comunidad para convocar, para reunir, para juntar, para animar, para acompañar. Cuando pierde esta capacidad “ya no sirve más que para tirarla afuera y ser pisoteada por los hombres”. Tarea permanente de la comunidad será pues velar para no perder su sabor y su gusto, que su testimonio no se desvirtúe, motivos por los cuales es bienaventurada no se vayan a perder.
Comunidad “luz del mundo”
La luz era muy importante en la vida cotidiana. La luz es símbolo de vida, de alegría, de prosperidad y seguridad en abierto contraste con la adversidad, el dolor y la muerte. Las casas de los pobres estaban iluminadas por una sola lámpara, pues generalmente poseían una sola pieza. La palabra de Dios se compara a la luz que guía a los seres humanos; “lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Sl 119,105), en consecuencia su Palabra irá delante como “luz para las naciones”.
En los cantos del Siervo Sufriente del profeta Isaías, el Siervo descubre la misión como fruto de un largo proceso. Primero, el Siervo pensaba que su misión era sólo con el pueblo de Israel, después descubrió que esto no bastaba. Su misión debía alcanzar a todos los pueblos. El debía ser “luz para las naciones” (Is 49,6). Ahora la misión del Siervo aparece más amplia, asume la forma concreta de un proyecto: reconducir a los exiliados de Israel y traerlos de regreso, organizarlo nuevamente en tribus y reunirlos en torno a Dios (Is 49,5-6). El Siervo es llamado para restablecer la alianza de Dios con su pueblo como lo hicieran Moisés y Josué en el comienzo de la historia.
Jesús aplica esta misión a la comunidad de sus discípulos y sus discípulas. Toda la comunidad debe ser “luz del mundo”, misionera, en el sentido de iluminar a la humanidad con la luz del Reino. No puede apropiarse de la luz que ha recibido. Con esta luz debe iluminar ampliamente, como expuesta en candelero. Tal luz no puede ser otra que “las buenas obras” de la comunidad, aquellas por las cuales, esta comunidad es bienaventurada: tener hambre y sed de justicia, ser misericordiosa, construir la paz, luchar por la causa de la justicia, etc. Solo cuando estas obras “brillen”, quienes las vean podrán “glorificar al Padre que está en los cielos”.
* Comentario tomado de “Servicios Koinonía”

jueves, 27 de enero de 2011

30 de enero de 2011: 4º Domingo ordinario: Mt 5, 1-12

4º Domingo ordinario: Mt 5, 1-12 (Las Bienaventuranzas)

¿Quién no busca ser feliz? ¿Para quién la felicidad no es la brújula que orienta, consciente o inconscientemente, toda su vida? ¿Qué significa ser feliz en este mundo tan complejo y ajetreado en el que vivimos?
¡Qué manera más curiosa de decirnos hoy el evangelio donde está la felicidad! ¿La felicidad no consiste en conseguir todo lo que anhelo? Que tenga buena salud, que tenga pareja amorosa, que tenga una linda familia e hijos sanos, que tenga un grato trabajo, que no me falte dinero etc.
Que tenga, que tenga, que tenga… La respuesta del evangelio va por el camino opuesto: el camino de la privación, del dolor y del sufrimiento, de bregar por la justicia y la paz: ¡los pobres tienen un sitial central y privilegiado! Tanto el evangelio de Mateo como Lucas los declara felices en primer lugar.
Es para quedar perplejo. ¿Quién puede entender ese lenguaje? “Muchos discípulos suyos dijeron al oírlo: Esto que dice es demasiado; ¿quien puede hacerle caso?” (Jn 6, 60) Y se mandaron cambiar. Igual que en tiempos de Jesús, hoy siguen resonando fuertes las palabras del evangelio. Y tenemos la tentación de decir: eso no es para mí. Es sólo para aquellos que quieren ser santos. Efectivamente, se pone este evangelio el día 1º de noviembre, la fiesta de todos los santos. También estuvo este texto de las bienaventuranzas por espacio de unos 42 años junto a la tumba del P. Hurtado con el hermoso cuadro del pintor Venegas en la parroquia de Jesús Obrero.
¿Cómo entender la primera bienaventuranza: que traducida literalmente dice: “Felices los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”? Las traducciones modernas dirán: “Felices los que eligen ser pobres” o “Felices los que tienen alma de pobres”.
Estar sumido en la pobreza o ser pobre no parece ser precisamente una condición envidiable. ¿Acaso no luchamos en el Hogar de Cristo junto a muchas otras entidades por la superación de la pobreza? ¿Cómo puede ser entonces una bienaventuranza?
Dios no quiere que haya pobres. Dios no quiere que los hombres sufran. La pobreza no se debe considerar como una virtud que haga los hombres más agradables a Dios. Como tampoco lo es el sufrimiento.
Dios, según los escritos que consideramos palabra de Dios, no se hace responsable de que exista la pobreza entre los hombres. Los verdaderos responsables somos los hombres mismos. (ver p.ej. Is. 3, 14-15) Unos más: los que se aprovechan de la situación, los que, gracias a la pobreza de muchos, viven en la opulencia. Otros menos, pero también culpables: los que aceptan sin luchar la situación por comodidad, por miedo o por mantener la esperanza de pasar un día a formar parte de la minoría de privilegiados.
La palabra de Dios nos enseña que Dios ama a los pobres de una manera especial. Pero precisamente porque ama a los pobres quiere que dejen de serlo. La pobreza hace sufrir. Y Dios, que ama a todos los hombres, no quiere que ninguno sufra; y por eso muestra una mayor preferencia por los que sufren, por los que están más faltos de amor, de justicia, de pan...
Entonces la primera bienaventuranza debe entenderse más bien como una  vocación y una misión a luchar contra la pobreza de los hombres y de los pueblos. “Elegir ser pobre o tener alma de pobres” es sentir la llamada para trabajar por un mundo sin pobres, sin miseria y sin los  sufrimientos causados por los hombres. Es una llamada a romper con la ambición y con el deseo de tener cada vez más; es una propuesta de solidaridad -la solidaridad con los más débiles es la expresión social del auténtico amor cristiano- con los pobres.
Tal vez se ha entendido, a partir de esa primera bienaventuranza, que la pobreza es el camino más corto para llegar al cielo. Pero grandes apóstoles de la solidaridad, como el P. Hurtado, nos dan a entender que la pobreza es el primero de los obstáculos para que el cielo baje a la tierra. ¿Y no es éste el proyecto de Dios que nos revela Jesús? El nos enseña que “venga a nosotros tu reino” (Mt 6, 10).
Dios ama a los pobres. Dios se encarnó y vivió entre los pobres. Jesús sana de los sufrimientos y alivia de la miseria: un tercio de los evangelios se dedica a describirnos su acción en este sentido.
Concluyendo: Dios no quiere pobres; y por eso serán dichosos los que eligen ser pobres para poder dedicarse a construir un mundo en el que no haya pobres. Porque en ese mundo Dios será el rey.

martes, 18 de enero de 2011

23 de enero de 2011 3er Domingo ordinario: Mt 4, 12-23





3er Domingo Ordinario: Mt 4, 12-23


Quién quiere dar a conocer una noticia importante tiene que convocar a una conferencia de prensa. Tendrá que preocuparse de que concurra un gran número de medios de comunicación si pretende divulgar su noticia con eficacia y además, en  un lugar destacado.
Jesús actuó muy distinto. Si alguien alguna vez en la historia tuvo una noticia importante que entregar, ese fue Jesús: “El Reino de los Cielos está cerca”.
Jesús no dio a conocer esta noticia en Jerusalén: capital política y religiosa de Israel. Allí estaba el templo, construcción majestuosa y símbolo de la presencia de Dios en medio del pueblo elegido. Jesús prefirió alejarse de Jerusalén. La mayor parte de su vida y de su actividad se desarrollan en una remota provincia del norte, desconsiderada y con mala fama por encima. ¿Cuál fue la razón de Jesús para actuar de ese modo?

¿Arrancó de Jerusalén porque temía por su vida? Tal vez nos sugiere algo en este sentido el evangelista Mateo. Juan Bautista había sido arrestado y Jesús podía correr igual suerte. En los relatos de la infancia ya se señala al lector que sus padres tuvieron que huir a Egipto con el niño. Años después, ya muerto Herodes y habiendo vuelto a Israel, nuevamente tienen que buscar seguridad lejos de la capital: tres veces “refugiado político” podríamos decir y antes que existiera ese término!
Ahora bien, una lectura atenta del evangelio revela razones más profundas. El evangelista nos presenta a Jesús como aquel que cumple las profecías. Hay que recordar que los lectores de Mateo son mayoritariamente judíos conversos; por lo tanto es gente que domina bien las escrituras y hay que argumentar desde allí. Aquí se trata de la profecía que en una región lejana, la Galilea de los paganos, para el pueblo que “caminaba a oscuras” le brilló “una luz intensa” y “los que habitaban un país de sombras se inundaron de luz” (Is 9,1).

Como predicador itinerante, Jesús empieza reclutando a discípulos. No es un “headhunter”, no busca a “los más capaces”. Recluta en un ambiente sencillo: entre los pescadores del lago de Galilea; tal vez eran iletrados. Su método llama mucho la atención. Simplemente decía a un par de pescadores hermanos y después a otro par de hermanos: “Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres”. Y sin más reflexión ni preguntas, dejan todo para seguirlo inmediatamente. Cuesta imaginarnos que haya sido tan sencillo. ¿Quién deja repentinamente atrás a su empresa y a su familia sin ponderar primero y reflexionar bien lo que le espera, el paso trascendental que está dando?
Como suele ocurrir, los evangelistas no nos hacen fieles descripciones de los hechos. Esa es nuestra mentalidad periodística actual. Lo que quiere destacar Mateo es que un llamado de Jesús requiere una respuesta inmediata e incondicional. Eso mismo está descrito por  Lucas  en términos mucho más agudos (Lc 9, 57-62). En otras palabras se podría decir: quien veía a Jesús actuando, lo que decía y lo que hacía,  podía ser tocado tan profundamente por su modo de ser que era capaz de decidir resueltamente: “a este hombre lo quiero seguir, estoy dispuesto a quemar las naves por él y por su proyecto”.


Lucas (5,4-11) es un poco más explícito para describir la vocación de los primeros discípulos. Después de haber estado bregando toda la noche sin pescar nada, lo intentan una vez más a petición de Jesús. Esta vez se les repletan las redes. Se quedaron asombrados y con miedo. Después de este signo extraordinario, viene el diálogo lacónico. “Jesús dijo a Simón: No temas: desde ahora lo que pescarás serán hombres. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron”.
 ¿Pescadores de hombres? ¿Cómo son? Tal como Simón y sus compañeros sacaron peces gracias a Jesús, a partir de ahora sacarían a hombres del agua. Y no precisamente del agua refrescante y purificante del Jordán, sino del agua del lago y del mar donde muchos se hunden y se ahogan. Recordemos que en la mentalidad bíblica, las aguas del lago o del mar representan fuerzas oscuras y hostiles. Algo así como la marejada del tsunami que atrapó a un sinnúmero de gente.  Pescar a hombres significa entonces salvarlos de ser devorados por el mal. Eso es exactamente lo que hizo Jesús y junto a él sus discípulos. Lo resume Mateo: “Jesús recorría Galilea entera, proclamando la buena noticia del reino y curando toda dolencia y enfermedad del pueblo”.
Toda acción solidaria que realicemos en busca participar de la acción de Jesús hoy. Salvar del flagelo a los niños víctimas de la drogadicción. Dar un techo  al que no tiene donde cobijarse. Acompañar a adultos mayores solos y abandonados. Procurar un espacio digno para un  desarrollo más humano de la familia. Esa es una buena manera de proclamar la buena noticia del reino y de curar toda dolencia y enfermedad del pueblo, siguiendo a Jesús y al Padre Hurtado.

jueves, 6 de enero de 2011

9 de enero de 2011: El Bautismo de Jesús: Mt 3, 13-17

El Bautismo de Jesús: Mateo 3, 13-17

Los judíos no bautizan a sus hijos pequeños. Los varoncitos son circuncidados a los 8 días de su nacimiento y reciben su nombre. Así fue también con Jesús como lo relata Lucas (2, 21). Sin embargo Jesús se dejó bautizar como adulto. Por lo tanto no fue un bautismo de niñito: un poco de agua tibia con una conchita sobre la cabeza y que se seca enseguida con un pañito. Lo suyo fue sumergirse completamente en las aguas del Jordán para salir de allí como un hombre renacido y nuevo. Recibió un nuevo nombre de Dios mismo: “mi hijo amado”. Y a continuación empezó su misión.

 “Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo”, le dice Jesús a Juan que rehusaba bautizarlo. Aquello fue su programa de vida: cumplir todo lo que es justo. Cuando Jesús empieza a presentarse en público, lo declara explícitamente. “He venido para cumplir la ley y los profetas” (Mateo 5, 17). Cumplimiento de la justicia quiere decir de la relación “justa”, correcta entre Dios y los hombres y de la relación justa de los hombres entre ellos y de cada ser humano consigo mismo.

Para realizar este proyecto de cumplimiento, Jesús tuvo que ser sumergido en la profundidad de las  aguas oscuras y, a continuación, emerger de ellas. En cuanto salió del agua, el cielo se abrió, escribe Mateo. Sabemos que el evangelista, por respeto al nombre de Dios, suele usar metáforas. Que el cielo se abra podemos entender algo así como que Dios se hace presente. Antes el cielo estaba cerrado, la presencia de Dios no era revelada. Ahora se revela, se hace pública y además, se hace oír. Revelaba la identidad de Jesús. De ahora en adelante Jesús llamará a Dios su padre y le rezará como su hijo.

Cuando leemos atentamente el evangelio, reconocemos en la descripción del bautismo de Jesús  su muerte y  su resurrección de entre los muertos. Él mismo ha hablado de su muerte cercana como de un segundo bautismo. “Tengo que pasar por un bautismo, y, ¡qué angustia siento hasta que esto se haya cumplido!” (Lucas 12, 50) Y a dos de sus discípulos les predijo que también ellos pasarían por este mismo bautismo (Marcos 10, 39). Podríamos leer este evangelio con fruición incluso en la pascua de resurrección.

Probablemente no hay nadie entre nosotros que haya decido bautizarse. Pero hoy se empieza a dar cada vez más el caso de bautismos de adultos. Tal vez podemos decir que, en este caso, se acercan realmente al bautismo de Jesús. En realidad cada cristiano revive anualmente su bautismo en la celebración de la vigilia de la pascua de resurrección. Se renuevan las promesas bautismales, eso quiere decir las promesas que otras personas hicieron por nosotros. Nos bautizamos nuevamente, es decir somos rociados con algunas gotas de agua bendita.

Si quisiéramos darle más importancia a esta repetición de antiguas fórmulas y rituales, tendríamos que convertirlo de una manera muy distinta en la realidad de nuestra vida diaria. Ser “bautizados”, independientemente de un ritual litúrgico, tendrá que entenderse, vivirse y darle forma como todo aquello  fue en el principio. Es dejarse sumergir en la amenaza mortal de las aguas oscuras y de allí resurgir, purificado y renacido como un hombre nuevo. Es bajar a la tumba, como la semilla que se deposita en la tierra, y dejarla vacía al encontrar la fuerza para levantarse desde allí.
Es recibir al Espíritu Santo para hacer a Dios presente en la historia, para vivir por “cumplir justicia”[1]  como decía el P. Hurtado, justicia con el mundo, con los demás y con nosotros mismos. Y a la vez sentirnos también “hijos predilectos”, amados incondicionalmente por el Padre. Podremos ser débiles, pecadores pero el Espíritu lucha en cada uno de nosotros para que colaboremos con el maravilloso proyecto de Dios que busca llevar la creación a su plenitud.

En realidad la Pascua se celebra cada domingo. Debiera ser una celebración que de alguna manera manifiesta y produce en la vida cotidiana lo que celebra: es decir la práctica de una vida de resucitado. Entonces tendremos que empezar por bajar a la tumba. La tumba es todo aquello que nos mantiene cautivos en la oscuridad y  el mal. La salida pasa por la piedra que no somos capaces de remover solos. Pero podemos empezar por deshacernos  de la mortaja para doblarla.



[1] Darse, es cumplir justicia.
Darse, es ofrecerse a sí mismo y todo lo que tiene.
Darse, es orientar todas sus capacidades de acción hacia el Señor.
Darse, es dilatar su corazón y dirigir firmemente su voluntad hacia el que los aguarda.
Darse, es amar para siempre y de manera tan completa como se es capaz.
Cuando uno se ha dado, todo aparece simple. Se ha encontrado la libertad y se experimenta toda la verdad de la palabra de San Agustín:
Ama y haz lo que quieras. Ama et fac ut vis