jueves, 17 de enero de 2013

2º Domingo ordinario: Jn 2, 1- 12


Segundo Domingo del año: Jn 2, 1-12

El relato de las bodas de Caná es muy conocido y a veces se presta a bromear: cambiar el agua en vino es como un espectacular golpe de prestidigitación. Por supuesto que leer e interpretar el evangelio de esta forma es ignorar totalmente lo que nos busca transmitir. En primer lugar, el relato de Caná es un relato simbólico.
¿Cómo formular con palabras lo que alguien significa para ti? ¿Cómo expresar que estimas alguien muy en alto? ¿Qué imágenes surgen en ti para manifestar lo más íntimo de una relación de amor? Estas son las preguntas que nos deben animar al leer este maravilloso relato de las bodas de Caná.

La íntima relación de Dios con su pueblo Israël está simbolizada en muchos relatos bíblicos con la imagen de una fiesta de bodas. Los judíos creyentes están convencidos que su pueblo – y un día todos los hombres – está llamado por Dios para transformar su convivencia en algo así como una permanente fiesta de bodas. La Boda y el vino llaman a la salvación mesiánica.

Juan sugiere que hasta ahora, esta fiesta de bodas no tuvo lugar porque se acabó el vino. Pero ahora, con la venida de Jesús, se puede celebrar de lleno la fiesta.
Hay abundancia de vino y del mejor. Jesús es el verdadero vino de la boda, como también es el pan verdadero, la Luz verdadera y la vida verdadera en el cuarto evangelio. Jamás Dios se nos ha acercado tanto como en la persona de Jesús. Juan no deja de subrayar que en la vida y muerte de Jesús, la Gloria de Dios se ha manifestado visiblemente. El cumplimiento de la voluntad del Padre determina la hora y el tiempo de cada instante de su vida, no los hombres ni siquiera su madre. Ella intercede y dice sabiamente a los servidores como mujer creyente: “Hagan todo lo que él les diga.”

¿Cómo se descubre que se produjo un pequeño milagro? ¿Que ha brotado de modo imprevisto algo nuevo? ¿Que un ser humano o un acontecimiento es original y único? Eso solamente lo constatas, dice Juan, cuando miras con los ojos del corazón. Y pretende entrenarnos en aquello: en aprender a dejarnos fascinar por lo original, lo nuevo, lo maravilloso en las personas y los acontecimientos. Para Juan,  con Jesús se inicia la nueva creación. Para él “crear” no es sólo algo que tuvo lugar al comienzo de nuestra historia, sino algo que siempre ocurre de nuevo cuando experimentamos a las personas y las cosas como un regalo imprevisto. Quien mira con los ojos del corazón, descubre que la creación ocurre a cada momento de nuevo allí donde se comparten la vida y la alegría.

Como hombres modernos, ilustrados o post modernos, nos hemos enceguecido frente a la dimensión no material de la realidad. El poeta francés Antoine de Saint Exupéry ya escribió en el maravilloso libro “El Principito” que lo esencial es invisible a los ojos: sólo se ve bien con el corazón. Nos cuesta volver a mirar nuestra vida, nuestro entorno, nuestras relaciones humanas y nuestro mundo con los ojos del corazón. Juan nos enseña que  vivir con fe es aprender a mirar de otra manera. Es descubrir que la fuerza creadora y vivificadora de Dios está profundamente presente en todo lo que existe. Es descubrir el secreto de la proximidad de la vida divina en nuestra existencia humana. Eso es lo que Jesús nos ha mostrado con su manera de vivir y morir. En Él se ha manifestado la Gloria de Dios como una fuente incesante de vida y de alegría.

También es a partir de ese flujo divino que Pablo, en la segunda lectura de este domingo, nos llama para que todo nuestro quehacer se viva de tal forma que revele la presencia activa de Dios. El cumplimiento siempre viene de Dios pero jamás sin que los hombres estén dispuestos a poner lo mejor de si mismos.
En eso el amor está central. El amor debe inspirar toda forma de compromiso en la comunidad. Una comunidad creyente es una comunidad que guarda la unidad, respetando la pluralidad, con acogida para todos. Y donde cada persona puede vivir según su propia vocación y propios talentos. Entonces es en una comunidad así donde está presente el Espíritu de Jesús y que se sirve el mejor vino.


jueves, 10 de enero de 2013

Bautismo de Jesús: Lc 3, 15-16.21-22


El Bautismo del Señor: Lc 3, 15-16. 21-22

El tercer evangelista presenta la figura de Jesús no principalmente como objeto de admiración o de adoración, sino como aquel a quien el creyente debe seguir, asumiendo radicalmente sus actitudes y su proyecto. El Bautismo en Jesús, no fue un acto social, o de fanatismo religioso. Esta acción, por la cual el Espíritu revela la verdadera identidad de Jesús, marca cuál es su misión en la historia y por lo tanto su destino. Jesús, que supo comprometerse en la obra de Dios Padre, camina hacia la muerte, no en una actitud sádica, sino en total libertad. Él sabe por quién hace opción y conoce muy bien la consecuencia de estar de parte de Dios y de los favoritos de él: los pobres. Este es en definitiva, el sentido del bautismo de Jesús, matricularse en el Proyecto de Dios Padre, que es la vida en abundancia de todos los hombres y mujeres de la historia.

Celebrar el bautismo del Maestro de Galilea, tiene que llevarnos a comprender la invitación profunda que este acto de Jesús nos hace: renunciar a nuestros egoísmos, tomar su cruz cada día, seguirle y si es necesario perder la vida por su causa. Estar bautizados, por lo tanto, implica vincularse al proyecto de Jesús, que es el mismo proyecto de Dios, de manera sincera y seria. Jesús no pone condiciones teóricas, sino que presenta el ejemplo personal.

El Bautismo de Jesús antecede el inicio de su misión en medio del mundo. En la lógica de Lucas, Jesús tiene que ser ratificado por el Padre; sólo así puede dar inicio al tiempo nuevo, que va a inaugurar. El Bautista entra en escena como aquel que es precursor para la lógica del tercer evangelio. Pero su tarea sólo alcanza sentido si Dios mismo declara quien es Jesús. Por eso vemos al Espíritu entrar en escena para declarar sobre Jesús: “Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto”. Esta declaración que el Espíritu hace sobre la persona de Jesús, es extensiva sobre todo ser humano. Para eso Jesús iniciará su misión en medio del mundo, para limpiar el rostro de la humanidad violentada y la inmundicia que las estructuras de poder han cimentado sobre los débiles, a fin de que cada ser humano experimente en su propia vida, el ser hijo querido de Dios, predilecto de su amor.

El bautismo de Jesús inaugura su vida pública y contiene en potencia todo el itinerario que deberá recorrer. Parece un dato histórico cierto: Jesús, como tantos otros jóvenes de su tiempo, se siente conmovido por la predicación de Juan, y acude a recibir su «bautismo», con un rito de «inmersión» en las aguas del Jordán, un rito casi universal que significa una decisión radical de entrega a una Causa, por la que uno se declara ya decidido a dar la vida, a morir incluso. Jesús, con la coherencia de su vida, hará homenaje a su decisión de hacerse bautizar por Juan. Todo seguidor de Jesús está llamado a hacer suya esa coherencia de vida y esa radicalidad de decisión, que se expresa y anticipa en el rito del bautismo y se debe hacer realidad todos los días.

El bautismo no sólo se sitúa en el camino de la propia aventura espiritual, sino que implica una responsabilidad para con los demás, una misión universal: la construcción de un mundo nuevo, la edificación, aquí y ahora, de la Utopía («el Reino», como la llamaría Jesús). El bautizado cristiano, como «seguidor», como inspirado por el Jesús que se hizo bautizar por Juan muy conscientemente, muy adulto, está llamado a ser, con él, salvador de la humanidad y de la creación, del planeta, puesto en riesgo grave por las políticas anti-utópicas de la civilización capitalista industrial ecológicamente irresponsable. 

viernes, 4 de enero de 2013

Epifanía del Señor: Mt2, 1-12


La Epifanía del Señor: Mt 2, 1-12

«Unos magos de Oriente» se presentaron en Jerusalén preguntando: « ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a rendirle homenaje» (Mt 2,1-2). Se creía por entonces que el nacimiento de todo gran personaje en la tierra era acompañado por la aparición de una estrella en el firmamento. A Jesús no le debía faltar la suya... Lo de «la estrella», sobre la que se han lanzado todo tipo de hipótesis, es un símbolo. En el libro de los Números (24,17) se dice: «Avanza la estrella de Jacob y sube el cetro de Israel.» Esta estrella es símbolo del Mesías, que conduce a los paganos a la luz de la fe.  En la estrella que conduce a los magos a Jesús ve el evangelista Mateo la marcha de los paganos hasta la fe. Estos personajes, a más de extranjeros, ejercían una profesión penalizada por la Biblia: la magia. Eran originarios, tal vez, de la tribu de los Medos, que llegó a convertirse en casta sacerdotal entre los persas. Practicaban la adivinación, la medicina y la astrología, prácticas que, en la Biblia, no gozan de buena reputación.
Los dos primeros y únicos grupos de personajes que desfilaron ante Jesús, tras su nacimiento, no contaban entre los poderosos de la tierra, pues eran marginados del mismo pueblo de Israel (pastores) o extranjeros mal vistos por la religión oficial (magos), aunque respetuosamente tratados por Herodes. Dios se fija en los que no cuentan para anunciarles la buena noticia.

De los magos hemos sabido (¿inventado?) más con el tiempo. Pero nada de lo que sigue aparece en los evangelios. Desde el siglo II se piensa que eran tres, a juzgar por los tres regalos que le ofrecen al niño: oro (regalo real), incienso (para el culto) y mirra (para ungir el cadáver el día de la muerte); se les bautizó en el siglo VI con el nombre de reyes: Melchor, rey de Persia; Gaspar, rey de Arabia, y Baltasar, rey de la India. Estos tres reyes se habían reunido por orden de Dios en Persia para acudir hasta Belén, guiados por la estrella. San Beda (s. VIII) los considera representantes de Europa, Asia y Africa, los tres continentes conocidos en aquel tiempo; de ahí los distintos colores de su piel. En el siglo XII se trasladaron sus supuestos huesos desde Milán a la catedral de Colonia, donde hoy son venerados.

«Herodes el Grande.» Los poderosos de la tierra están representados por Herodes, una versión actualizada del faraón de Egipto, que quiso acabar con los primogénitos de los israelitas cuando el pueblo era esclavo. Moisés antes, y ahora Jesús, se libraron de la muerte. Dios andaba de por medio. Los poderosos no quieren que el pueblo alcance la libertad y acaban con la vida de quienes pueden concienciarlo.
Herodes, el gran rey Herodes, era famoso por su crueldad: mandó matar a su yerno, ahogado; mató a sus hijos Aristóbulo y Alejandro; estranguló a su mujer, Mariamme. Lo que el evangelio cuenta de él cuadra con sus ansias de poder y con su crueldad sin límites. Que mandó matar a los niños menores de dos años consta por el evangelio. Cuántos niños murieron (en todo caso, no más de quince, según los diferentes cálculos de demografía y natalidad) no lo sabemos.
Pero Dios estaba con Jesús. La orden fue burlada y el niño se libró huyendo a Egipto. Algo parecido sucedió con la orden del faraón de Egipto de matar, al nacer, a todo israelita varón (Ex 1,15-22).


«Sacerdotes y letrados.» El ala eclesiástica de la época y la cultura del momento cumplieron su papel. Dieron toda la información a Herodes para llegar a Jesús, pero, acomodados e instalados en su saber y posición social, no sintieron el más mínimo interés por acudir hasta él: tal vez no sentían necesidad de libertador alguno. «Herodes... convocó a todos los sumos sacerdotes y letrados del pueblo y les pidió información sobre dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: en Belén de Judá, así lo escribió el profeta» (Mt 2,3-4).
Después de esto ya sabemos: «José y María se fueron con el niño a Egipto.» En Egipto había comenzado la historia del pueblo de Israel. Jesús había venido para reiniciar esta historia. De allí, como al principio, saldría para conducir al nuevo pueblo a la tierra prometida.


Terminamos retomando una cita de una homilía de Benedicto XVI en una celebración de la Epifanía:
"Muchos han visto la estrella, pero son pocos los que han entendido su mensaje… Podemos entonces preguntarnos: ¿cuál es la razón por las que unos ven y encuentren, y otros no? ¿Qué es lo que abre los ojos y el corazón? ¿Qué les falta a aquellos que permanecen indiferentes, a aquellos que indican el camino pero no se mueven? Podemos responder: la demasiada seguridad en sí mismos, la pretensión de conocer perfectamente la realidad, la presunción de haber ya formulado un juicio definitivo sobre las cosas volviendo cerrados e insensibles sus corazones a la novedad de Dios. Están seguros de la idea que se han hecho del mundo y no se dejan ya conmover en lo profundo por la aventura de un Dios que quiere encontrarles. Ponen su confianza más en sí mismos que en Él y no consideran posible que Dios sea tan grande que pueda hacerse pequeño, que se pueda acercar verdaderamente a nosotros.
Al final, lo que falta es la humildad auténtica, que sabe someterse a lo que es más grande, pero también el auténtico valor, que lleva a creer a lo que es verdaderamente grande, aunque se manifieste en un Niño inerme. Falta la capacidad evangélica de ser niños en el corazón, de asombrarse, y de salir de sí para encaminarse en el camino que indica la estrella, el camino de Dios. El Señor sin embargo tiene el poder de hacernos capaces de ver y de salvarnos. Queramos, entonces, pedirle a Él que nos dé un corazón sabio e inocente, que nos consienta ver la estrella de su misericordia, nos encamine en su camino, para encontrarle y ser inundados por la gran luz y por la verdadera alegría que él ha traído a este mundo".

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Sagrada Familia de Jesús, María y José Lc 2, 41-52


Sagrada Familia de Jesús, María y José  Lc 2, 41-52

UNA FAMILIA DIFERENTE

Entre los católicos se defiende casi instintivamente el valor de la familia, pero no siempre nos detenemos a reflexionar el contenido concreto de un proyecto familiar, entendido y vivido desde el Evangelio. ¿Cómo sería una familia inspirada en Jesús?
La familia, según él, tiene su origen en el misterio del Creador que atrae a la mujer y al varón a ser "una sola carne", compartiendo su vida en una entrega mutua, animada por un amor libre y gratuito. Esto es lo primero y decisivo. Esta experiencia amorosa de los padres puede engendrar una familia sana.
Siguiendo la llamada profunda de su amor, los padres se convierten en fuente de vida nueva. Es su tarea más apasionante. La que puede dar una hondura y un horizonte nuevo a su amor. La que puede consolidar para siempre su obra creadora en el mundo.
Los hijos son un regalo y una responsabilidad. Un reto difícil y una satisfacción incomparable. La actuación de Jesús, defendiendo siempre a los pequeños y abrazando y bendiciendo a los niños, sugiere la actitud básica: cuidar la vida frágil de quienes comienzan su andadura por este mundo. Nadie les podrá ofrecer nada mejor.
Una familia cristiana trata de vivir una experiencia original en medio de la sociedad actual, indiferente y agnóstica: construir su hogar desde Jesús. "Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". Es Jesús quien alienta, sostiene y orienta la vida sana de la familia.
El hogar se convierte entonces en un espacio privilegiado para vivir las experiencias más básicas de la fe cristiana: la confianza en un Dios Bueno, amigo del ser humano; la atracción por el estilo de vida de Jesús; el descubrimiento del proyecto de Dios, de construir un mundo más digno, justo y amable para todos. La lectura del Evangelio en familia es, para todo esto, una experiencia decisiva.
En un hogar donde se le vive a Jesús con fe sencilla, pero con pasión grande, crece una familia siempre acogedora, sensible al sufrimiento de los más necesitados, donde se aprende a compartir y a comprometerse por un mundo más humano. Una familia que no se encierra solo en sus intereses sino que vive abierta a la familia humana.
Muchos padres viven hoy desbordados por diferentes problemas, y demasiado solos para enfrentarse a su tarea. ¿No podrían recibir una ayuda más concreta y eficaz desde las comunidades cristianas? A muchos padres creyentes les haría mucho bien encontrarse, compartir sus inquietudes y apoyarse mutuamente. No es evangélico exigirles tareas heroicas y desentendernos luego de sus luchas y desvelos.

José Antonio Pagola

miércoles, 19 de diciembre de 2012

4º Domingo de Adviento: Lc 1, 39-45


4º Domingo de Adviento: Lc 1, 39-45


El evangelio de hoy presenta a dos mujeres en un entrañable encuentro de dos embarazadas. Isabel, la que se llamaba estéril y estaba en su sexto mes de embarazo de Juan Bautista, el gran profeta y precursor de Jesús Mesías. María, la joven muchacha recién embarazada de Jesús. María no es su nombre real. Es la traducción griega de su nombre hebreo ‘Miriam’. Sus padres la llamaron Miriam, la hermanita de Moisés, la que estuvo observando y cuidando que el pequeño Moisés fuera rescatado de las aguas de la muerte y llevado a la corte del faraón.

Después de la liberación de la esclavitud de Egipto, acompañó a Moisés y a Aarón como conductora del pueblo. Miriam conduce a aquellos que se juegan por los oprimidos. Canta su Magnificat por la liberación de Israel. Isabel, traducción castellana de Elizabeth, aclama a voz en grito, es decir ‘llena de alegría’: “Bendita tu entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”. Elizabeth, en hebreo ‘Eliseba’, lleva el mismo nombre que la mujer de Aarón. En los tiempos bíblicos, los nombres de las personas son muy importantes. El nombre que recibe una persona suele indicar cual es su misión. María, la que va a ser la madre de Jesús Mesías, es la nueva Miriam. Como su patrona y junta con Isabel, la sucesora de Eliseba, está a la cuna de la liberación de Dios.

Con su maternidad, esas mujeres están haciendo historia. Es el amanecer de un nuevo futuro. Juan Bautista preparará el camino a Jesús con su predicación y llamado a la penitencia y conversión. Jesús, ‘Yeshua’, que significa ‘Dios salva’, traerá como Mesías la esperada salvación y liberación en nombre de Dios. En él, el Reino de Dios de la alegría, la paz, el amor y la justicia se irá abriendo camino. La vida de Jesús transparenta el amor de Dios por los hombres. María irá experimentando y realizando progresivamente quién es realmente su hijo. Irá creyendo en él y le será fiel hasta al pié de la cruz. Y despúes, junta a las otros mujeres y los apóstoles, esperará la Pentecostés, la irrupción tempestuosa del cristianismo por la fuerza del Espíritu de Dios, el Espíritu de Jesús, él que llenará irresistiblemente con fervor y fuego los corazones de muchos.

Ni María ni Isabel supieron lo que les esperaba y lo que iba a provocar el nacimiento de sus hijos en la historia. Como madres con gozoso embarazo, se encuentran mutuamente hoy llenas de alegría. Como madres, llenas de esperanza, de tierno amor y dedicación, han educado a su hijo y lo han visto crecer. Como madres que no entendieron el estilo de vida poco común y provocador de sus hijos, se mantuvieron fieles. Ambas llegaron a ser también madres dolorosas tocadas en lo más hondo de su corazón por la muerte cruel de sus hijos. Juan Bautista será degollado por Herodes. Jesús morirá la horrible muerte de cruz, traicionado, negado y denostado.
Al celebrar la Navidad en unos días más con cantos de júbilo y música, con luces de colores, con árboles de pascua adornados y estrellas y al contemplar el pesebre con el niño, sabemos ya como fue la vida de ‘Yeshua de Nazareth’. Entonces es para dejarnos embargar de emoción y gratitud de tanto amor de Dios por nosotros los hombres. Al igual que María e Isabel, podemos declarar felices a todos los que creen que el camino de vida del niño Jesús es un camino de salvación para todos nosotros: un camino de Luz en nuestro oscuro tiempo de crisis.

Jesús de Nazareth es nuestra esperanza por otro mundo y un mundo mejor. Él es la estrella que nos precede. ¿Pero tenemos nosotros el corazón de los pastores, de los tres sabios, de María y de José? ¿Optamos también por el establo o preferimos ir más bien al palacio del rey Herodes o de Poncio Pilato? La estrella de Jesús se detuvo sobre el establo, junto a la sencillez, la pobreza, la pequeñez, las suaves fuerzas de la paz y del Amor.

jueves, 13 de diciembre de 2012

3er Domingo de Adviento: Lc 3, 10-18


3er domingo de Adviento: Lc 3, 10-18

Los textos de la liturgia de hoy nos invitan a la alegría. Ese es el modo de esperar al Señor: la auténtica alegría del pueblo de Dios es Cristo, el Mesías largo tiempo esperado. A los filipenses Pablo les recomienda: “Alégrense siempre en el señor. Otra vez les digo, alégrense”.
El pasaje de Lucas nos habla del testimonio de Juan Bautista, el precursor. Su predicación impresiona al pueblo, la gente se acerca para preguntarle: “¿Qué debemos hacer?” (v.10), es una prueba de que han comprendido el mensaje, perciben que el bautismo de Juan exige un comportamiento. La respuesta llega enseguida: compartan lo que tengan: vestido, comida, etc. (vv. 10-11).
No se pregunta lo que hay que pensar, ni siquiera lo que hay que creer. El Evangelio pretende que el oyente de la Palabra de Dios se convierta, es decir, que su conducta y su comportamiento estén de acuerdo con la justicia que exige el Reino. La buena noticia entraña una exigencia nítida: los que tienen bienes o poder deben compartirlos con los que no tienen nada o son más débiles. Gracias a esta conversión, los pobres y menesterosos son iguales a los otros. En realidad, los pobres no preguntan, sino que están en “expectación”. El “¿qué debemos hacer?” lo deberían preguntar quienes tienen el dinero, la cultura, el poder... porque la exigencia básica, según la Biblia, es compartir.
La conversión es un cambio de conducta más que un cambio de ideas; es la transformación de una situación vieja en una situación nueva. Convertirse es actuar de manera evangélica. El evangelio nos invita a una “conversión al futuro” que se despliega en el Reino. No es mirar y volverse atrás. El futuro (que es Dios y su reinado) es la meta de la llamada a la conversión.
La tentación para no convertirse es quedarse en una búsqueda permanente o contentarse con preguntar sin escuchar respuestas verdaderas. Según el Bautista, la conversión exige “limpiar la era” (saber seleccionar o elegir), “recoger el trigo” (ir a lo más importante y no quedarse en las ramas) y “quemar la paja” (echar por la borda lo inservible o lo que nos inmoviliza); acoger la Buena Nueva de la venida del Señor requiere esa conversión. Con nuestros gestos discernimos lo que nos acerca de aquello que nos aleja de la llegada del Señor. Este día Dios discernirá entre el trigo y la paja que haya en nuestra conducta.
Este domingo se denominó tradicionalmente domingo “gaudete”, o de alegría. Por dos veces nos dice Pablo que estemos alegres, alegres por la venida del Señor, por la celebración próxima de la Navidad, por mantener la esperanza, por situarnos en proceso de conversión y por compartir con los hermanos la cena del Señor.
En la Biblia, la alegría acompaña todo cumplimiento de las promesas de Dios. Esta vez el gozo será particularmente profundo: “El Señor está cerca” (Flp 4,5). Toda petición a Dios debe estar apoyada en la acción de gracias (v. 6). La práctica de la justicia y la vivencia de la alegría nos llevarán a la paz auténtica, al Shalom (vida, integridad) de Dios.
¿Qué debemos hacer? Es la pregunta que muchos nos podemos formular hoy. La respuesta de Juan Bautista no es teoría vacía. Es a través de gestos y acciones concretas de justicia, respeto, solidaridad, y coherencia cristiana, como demostramos nuestra voluntad de paz, vamos construyendo un tejido social más digno de hijos de Dios, vamos conquistando los cambios radicales y profundos que nuestra vida y nuestra sociedad necesitan. Pero para eso, es necesario purificar el corazón, dejarnos invadir por el Espíritu de Dios, liberarnos de las ataduras del egoísmo y el acomodamiento, no temer al cambio y disponernos con alegría, con esperanza y entusiasmo a contribuir en la construcción de un futuro no remoto más humano, que sea verdadera expresión del Reino de Dios que Jesús nos trae, y así poder exclamar con alegría: ¡venga a nosotros tu Reino, Señor!
(tomado de  "servicioskoinonia.org")

viernes, 7 de diciembre de 2012

2º Domingo de Adviento: Lc 3, 1-6

2º domingo de Adviento: Lc 3, 1-6:
“Preparen el camino del Señor”
El tiempo de Adviento es tiempo de esperanza y de apertura al cambio: cambio de vestido y de nombre (Baruc), cambio de camino (Isaías). Cambiar para que todos puedan ver la salvación de Dios.

En un bello poema Baruc canta con fe jubilosa la hora en que el Eterno va a cumplir las promesas mesiánicas, va a crear la nueva Jerusalén, va a dar su salvación. Jerusalén es presentada como una “Madre” enlutada por sus hijos expatriados. Dios regala a Sión, su esposa, la salvación como manto regio, le ciñe como diadema la “Gloria” del Eterno. La Madre desolada que vio partir a sus hijos, esclavos y encadenados, los va a ver retornar libres y festejados como un rey cuando va a tomar posesión de su trono. Le da un nombre nuevo simbólico: “Paz en la Justicia” y “Gloria en la Misericordia”; es decir, Ciudad-Paz por la salvación recibida de Dios. Ciudad-Gloria por el amor misericordioso que le tiene Dios.
Haciéndose eco de los profetas del destierro, Baruc dice una palabra consoladora a un pueblo que pasa dificultad: “El Señor se acuerda de ti” (5,5). Ya el segundo Isaías se había preguntado: “¿Puede una madre olvidarse de su criatura? (...) pues aunque ella se olvide, yo no me olvidaré” (Is 49,15). El Dios fiel no se olvida de Jerusalén, su esposa, que es invitada ahora a despojarse del luto y vestir “las galas perpetuas de la Gloria que Dios te da” (5,1). Es la salvación que Dios ofrece para los que ama, de los que se acuerda en su amor.

¿Dónde está nuestro profetismo cristiano? El profeta no es un adivino, ni alguien que pre-dice los acontecimientos futuros. El profeta se enfrenta a todo poderío personal y social, habla desde el “clamor de los pobres” y pretende siempre que haya justicia. Obviamente le preocupa el futuro del pueblo, la situación sangrante de los pobres. Los profetas surgen en los momentos de crisis y de cambios para avizorar una situación nueva, llena de libertad, de justicia, de solidaridad, de paz. Monseñor Oscar Romero fue un gran profeta en El Salvador. Alberto Hurtado fue profeta de la Justicia en Chile.

La misión del profeta cristiano es cuestionar los “sistemas” infieles al Espíritu, defender a toda persona atropellada y a todo pueblo amenazado, alentar esperanzas en situaciones catastróficas y promover la conversión hacia actitudes solidarias. Tiene experiencia del pueblo (vive encarnado) y contacto con Dios (es un místico), y de ahí obtiene la fuerza para su misión. Por medio de los profetas, Dios guía a su pueblo “con su justicia y su misericordia” (Bar 5,9). El profeta “allana los caminos” a seguir.

En el evangelio, al llegar la plenitud de los tiempos, el mismo Dios anuncia la cercanía del Reino por medio de Juan y asegura con Isaías que “todos verán la salvación de Dios” (Lc 3,6). Para el Dios que llega con el don de la salvación debemos preparar el camino en el hoy de nuestra propia historia.

Juan Bautista, profeta precursor de Jesús, fue hijo de un “mudo” (pueblo en silencio) que renunció al “sacerdocio” (a los privilegios de la herencia), y de una “estéril” (fruto del Espíritu). Le “vino la palabra” estando apartado del poder y en el contacto con las bases, con el pueblo. La palabra siempre llega desde el desierto (donde sólo hay palabra) y se dirige a los instalados (entre quienes habitan los ídolos) para desenmascararlos. La palabra profética le costó la vida a Juan. Su deseo profético es profundo y universal: “todos verán la salvación de Dios”. La salvación viene en la historia (nuestra historia se hace historia de salvación), con una condición: la conversión (“preparen el camino del Señor”). ¿Qué debemos hacer para ser todos un poco profetas?
La invitación de Isaías, repetida por Juan Bautista y corroborada por Baruc, nos invita a entrar en el dinamismo de la conversión, a ponernos en camino, a cambiar. Cambiar desde dentro, creciendo en lo fundamental, en el amor para que “puedan discernir  lo que es mejor” (Flp 1,10). Con la penetración y sensibilidad del amor escucharemos las exigencias del Señor que llega y saldremos a su encuentro “llenos del fruto de justicia” (1,11).
Esa renovación desde dentro tiene su manifestación externa porque se “aplanan las altas montañas”, “se rellenan los valles”, “serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos” (Bar 5,7). Se liman asperezas, se suprimen desigualdades y se acortan distancias para que la salvación llegue a todos. La humanidad transformada es la humanidad reconciliada e igualada, integrada en familia de fe: “los hijos reunidos de Oriente a Occidente” (Bar 5,5). Convertirse entonces es ensanchar el corazón y dilatar la esperanza para hacerla a la medida del mundo, a la medida de Dios. Una humanidad más igualitaria y respetuosa de la dignidad de todos es el mejor camino para que Dios llegue trayendo su salvación. A cada uno corresponde examinar qué renuncias impone el enderezar lo torcido o aplanar las montañas  o rellenar valles. Nuestros caminos deben ser rectificados para que llegue Dios.
Adviento debe ser el tiempo fuerte para nuestra transformación, para nuestro encuentro con Dios, con ese Dios hecho Ser humano para salvarnos, para meterse muy dentro de lo nuestro.
Dejémonos impregnar por la gracia de este acontecimiento que se nos aproxima, dejemos que estas celebraciones de la Eucaristía y de la liturgia de estos días nos ayuden a profundizar el misterio que estamos por celebrar.

Unidos en la esperanza caminamos juntos al encuentro con Dios. Pero al mismo tiempo, Él camina con nosotros señalando el camino porque “Dios conducirá a Israel en la alegría, a la luz de su Gloria, acompañándolo con su misericordia y su justicia” (Bar 5,9).
(Tomado de “Servicioskoinonia.org”)