viernes, 17 de agosto de 2012


20º Domingo: Jn 6, 51-59

El pasaje evangélico de este domingo continúa la lectura del capítulo 6 de Juan como en los domingos anteriores.
Se repite la afirmación categórica y central del domingo pasado: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. ¿Cómo hay que entender o interpretar una afirmación tan tajante? “Los judíos discutían entre sí, diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?” Me parece que la pregunta de los judíos sigue siendo también relevante para nosotros. Al contestar a los judíos, Jesús agrega un nuevo elemento. “Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.” Se incluye de repente el elemento de la sangre. Como el pan deviene el cuerpo de Cristo, el vino deviene la sangre de Cristo. Obviamente, se pasó de lleno al contexto de la celebración de la Eucaristía, donde  tocamos el gran misterio de nuestra fe: “Éste es el sacramento de nuestra fe” se proclama después de la consagración.

 Para entender la Eucaristía es esencial partir de los signos elegidos por Jesús. El pan es signo de alimento, de comunión entre quienes lo comen juntos; a través de él llega al altar y es santificado todo el trabajo humano. Esa santificación del trabajo humano, y que se entienda por trabajo humano todo nuestro quehacer, viene a ser la carne de Jesús para la vida del mundo. O sea en la Eucaristía, todo nuestro quehacer se transforma en la carne de Jesús para la Vida del mundo: no basta que quede en un sagrario sino tiene que ser distribuido para la Vida del mundo.

Aparentemente sin mayor conexión con el signo de la multiplicación de los panes, Jesús introduce el tema de su sangre. Ahora bien, ¿por qué, para significar su sangre, Jesús eligió precisamente el vino? ¿Qué representa el vino para los hombres? En Chile lo sabemos muy bien: representa la alegría, la fiesta; no representa tanto la utilidad (como el pan) cuanto el deleite. No está hecho sólo para beber, sino también para brindar. Jesús multiplica los panes por la necesidad de la gente, pero en Caná multiplicó el vino para la alegría de los comensales. La Escritura dice que «el vino recrea el corazón del hombre y el pan sostiene su vigor» (Sal 104, 15). El símbolo del vino elegido por Jesús deviene su sangre. ¿Qué significa y qué evoca para nosotros la palabra sangre? Evoca en primer lugar todo el sufrimiento  y el dolor que existen en el mundo. Los derramamientos de sangre a partir de los enfrentamientos y las guerras entre los hombres. El vino que deviene la sangre de Jesús asume entonces todos estos sufrimientos y dolores para ser santificados y recibir un sentido y una esperanza de Vida nueva.

 Si Jesús hubiera elegido para la Eucaristía pan y agua, habría indicado sólo la santificación del sufrimiento («pan y agua» son de hecho sinónimos de ayuno, de austeridad y de penitencia). Al elegir pan y vino quiso indicar también la santificación de la alegría. Qué bello sería si aprendiéramos a vivir también los gozos de la vida, eucarísticamente, esto es, en acción de gracias a Dios.
Pero el vino, además de alegría, evoca también un problema grave. En la segunda lectura escuchamos esta advertencia del Apóstol: «no abusen del vino que lleva al libertinaje; más bien llénense del Espíritu Santo”. Sugiere combatir la ebriedad del vino con «la sobria embriaguez del Espíritu», una embriaguez con otra, la embriaguez de la Vida nueva, la embriaguez de cumplir lo que Dios quiere.

A veces experimentamos que nuestras Misas – Eucaristías pueden ser un grato encuentro con hermosos cantos y buenas lecturas; a veces son el cumplimiento ritual rutinario que no motivan mayormente a un compromiso renovado. Estamos bien lejos de lo que decía el padre de la Iglesia, Orígenes: “la Eucaristía es un signo de conspiración”. Ciertamente la Eucaristía tiene un lado profético riesgoso.  Basta recordar al obispo Oscar Romero, asesinado en plena celebración de la Eucaristía. Al ejemplo de Jesús, se desangró  en el altar literalmente para la Vida de su pueblo.

Jesús dijo: “Hagan esto en conmemoración mía”. Por lo tanto, más que un piadoso o sagrado ritual, más incluso que una celebración litúrgica de la fe, se trata del “Hagan esto”, es decir Cristo (y todo su evangelio) tiene que llegar a ser nuestra comida y nuestra bebida, nuestro cuerpo y nuestra sangre. Tenemos que estar dispuestos a asumir su vida en la nuestra. Eso sí que es una tremenda misión y responsabilidad. Así también es siempre el desafío del amor auténtico, pero es el único que da sentido a la vida.
Jamás debiéramos “desconectar” la Eucaristía de la vida:  la vida nuestra de cada día, la de nuestros hermanos y la de todos los seres humanos del mundo entero. Debiéramos salir de la Eucaristía como verdaderos voluntarios para alimentar a nuestros hermanos, para aliviar todos los sufrimientos y dolores, para compartir todas las alegrías y esperanzas.

Al terminar el celebrante dice: “Podemos irnos en la paz del Señor”; es la misión de ir por el mundo anunciando y construyendo esa paz siendo ahora otros tantos Cristos los que hemos comulgado de su cuerpo y de su sangre.

martes, 14 de agosto de 2012

15 de agosto: ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA
Lc 1, 39-56

A penas María ha recibido la extraordinaria noticia invitándola a ser la Madre del Señor, se olvida de sí misma, se pone en camino y a toda prisa se dirige a la provincia de Judea, cruzando todo el país a través de las montañas de Samaría, para acompañar a su anciana prima Isabel que tiene 6 meses de embarazo. Así el evangelista destaca en ella su actitud de pronto servicio.
El encuentro de María con su pariente está bajo el signo del Espíritu al igual que el encuentro con el ángel en la anunciación.
El Espíritu de Dios está actuando, “renovando la faz de la tierra”, cambiando el curso de la historia. No va a ser una intervención portentosa ni con grandes manifestaciones y medios muy llamativos. Al contrario. Todo está bajo el signo de la sencillez, pero con un potente mensaje de vida y de esperanza para los pobres de la tierra.
Esa va a ser la tónica de uno de los más bellos cantos de toda la Biblia: el Magnificat.

Mi alma canta la grandeza del Señor y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es Santo!”
María representa el Israel fiel a Dios y a su alianza; por su boca alaba a Dios por su fidelidad y el cumplimiento de sus promesas: la venida del Mesías ya realizada en su persona.
La promesa hecha a Abraham y a su descendencia, la alianza concluida con Moisés para liberar al pueblo de la esclavitud de Egipto, concluyen ahora como intervención definitiva de Dios en la historia, en la humilde persona de María.
Los grandes hitos de la liberación de Israel están condensados en “las grandes cosas” que Dios ha hecho en favor de María (el pequeño Israel fiel).
En el compromiso activo de Dios a favor de su pueblo, éste reconoce que su nombre es Santo. Hoy también en nuestro compromiso y nuestra solidaridad con los sufridos de la tierra, éstos reconocerán que el nombre de Dios es Santo. Es el testimonio de la Iglesia que esperan los pobres de la tierra. Es el gran testimonio que el Hogar de Cristo está llamado a dar a los que sufren hoy en medio de nosotros para que también ellos puedan reconocer y alabar las cosas grandes del Señor y proclamar su santo Nombre.

La segunda estrofa del Magnificat anuncia proféticamente el futuro de la humanidad desheredada: podemos contemplar aquí a los casi dos tercios de la humanidad  que pasan hambre.

Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevé a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías.”
El proyecto de Dios no se derrumba a pesar de las grandes injusticias. Dios ha intervenido y sigue interviniendo para defender los intereses de los pobres y desbaratar los planes de los ricos y poderosos. El cántico de María es él de los débiles, de  los sufridos, de los marginados y desheredados, de los “sin voz”, de todos los excluidos de los beneficios y los bienes de la tierra. Anuncia lo que proclamará Jesús en las bienaventuranzas: “Felices los pobres, porque a ustedes pertenece el Reino de Dios”.

Es lo que anuncia la tercera estrofa: el futuro y no muy lejano cumplimiento de las promesas:
Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, a favor de Abraham y de su descendencia para siempre”.
Hoy es nuestro compromiso por un mundo más justo y más solidario que es signo  del cumplimiento de las promesas.
No hay que esperar que nos sacuda un rayo sino ponernos pronto en camino, al ejemplo de María, para ayudar y servir y proclamar así la Santidad del nombre de Dios en medio de nuestros hermanos.

La fiesta de la Asunción que celebramos hoy es la confirmación definitiva de que nuestra esperanza tiene sentido. Esta vida, aunque parezca enferma  de muerte, en realidad está preñada de vida. Es la vida del Resucitado que se manifiesta ya en nosotros y en primer lugar en María, Madre de Jesús y Madre nuestra.
Que ella nos bendiga y nos acompañe en nuestro compromiso solidario de cada día.

sábado, 11 de agosto de 2012


19º domingo: Jn 6, 41-51

Éste es el pan que baja del cielo, para que quién coma de él no muera”.
Comprobamos cómo la medicina moderna se afana en descubrir remedios para prolongar la vida humana, para postergar la vejez. Pareciera que el gran sueño del hombre fuera seguir viviendo y no extinguirse (morir) jamás. Sin embargo, somos mortales y está en nuestros genes y nuestra sangre y nada ni nadie nos puede preservar de la muerte.
Nuestra vida es como una vela. En cuanto se haya prendido, se consume hasta extinguirse. El nacimiento de un ser humano es ya el comienzo de su muerte. “Sus padres comieron el maná en el desierto y murieron”, dice Jesús a los Judíos (Jn 6, 49). Nosotros estamos aquí en la tierra, camino a la muerte; eso es un lado de la vida. También está el otro lado: estamos camino a la vida plena.
De modo que cada ser humano es como un misterio: por un lado estamos entregados a las fuerzas de la muerte y por otro lado también llevamos dentro de nosotros el germen de la vida eterna. Lo que vemos y experimentamos es lo frágil y pasajero de nuestra existencia. Lo que creemos y esperamos es la realidad creciente de la vida eterna, la que nos viene de arriba por la fuerza del Espíritu de Dios y que algún día se verá con plena luz.

El alimento para el crecimiento y desarrollo de esta vida divina en nosotros son la palabra de Dios que escuchamos y el pan que compartimos cuando celebramos la eucaristía. “Yo soy el pan de vida. Quien come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 51). Por esta razón los Padres de la Iglesia llaman a la Eucaristía un remedio para la vida eterna.
El pan eucarístico y el vino son alimentos humanos. Cuando comimos o bebemos, el cuerpo absorbe los alimentos y se transforman en el cuerpo del que se alimenta: vienen a ser cuerpo y sangre del mismo.
En el banquete eucarístico, ocurre con un sentido mucho más profundo exactamente lo contrario. Si bien el cuerpo asimila el pan y el vino como cualquier otro alimento, bajo estas especies, es Cristo resucitado que nos transforma en El. Participamos de su vida gloriosa de modo que “ya no vivimos nosotros, sino El mismo Cristo vive en nosotros” (Gal 2, 20). Así Cristo viene a ser el cumplimiento de nuestro eterno sueño de vida inmortal.

Se nos recuerda el secreto de la Eucaristía cuando el sacerdote mezcla unas gotas de agua en el vino durante las ofrendas y reza: “El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”. Eso es el núcleo de lo que llamamos consagración, el núcleo de la fe en la Eucaristía: somos “asuntos” en el cuerpo de Cristo, asuntos en su vida divina y así nuestra vida encuentra su plenitud en la vida de Dios. La Iglesia recibe siempre vida nueva a partir de esta cena eucarística y, fortaleciéndose con este pan, seguirá existiendo hasta que venga el día de Cristo.

Los Judíos murmuraban y se preguntaban: “¿Cómo puede éste darnos a comer su propia carne?” (Jn 6, 52) ¡Aquello no les cabía en su cabeza! Tal vez también nosotros murmuramos y nos preguntamos cómo es posible aquello. Hay una sola respuesta: “Quien cree tiene vida eterna” (Jn 6, 40). Creer en Jesús, darle nuestra adhesión incluye siempre practicar el amor con el prójimo y “trabajar “ por la venida de su Reino en este mundo.

Sólo nos resta entregarnos humildemente a este milagro del amor divino, porque es el mismo Jesús que dará cumplimiento a esta promesa. Y eso no es un asunto de entendimiento, sino de amor sin medida, “porque no hay nada imposible para Dios” (Lc 1, 37)



viernes, 3 de agosto de 2012


18º Domingo :  Jn 6, 24-35

 Al día siguiente, la gente vuelve a buscar a Jesús. Cuando lo encuentran, le preguntan: “Maestro, ¿cuándo llegaste aquí? Jesús no contesta su pregunta porque el evangelista señaló al comienzo de su evangelio: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Éste es el tema que Jesús va a tratar de explicar en este difícil capítulo del discurso del pan de vida. Difícil capítulo, porque entenderlo con la mente y recibirlo en el corazón y vivirlo en la vida real de cada día es llegar a ser un verdadero seguidor y discípulo de Jesús. Bien lo dice el Padre Hurtado: “Mi misa es mi vida y mi vida es una misa prolongada”. Por este misma razón, la liturgia nos hará profundizar en este tema durante los siguientes cuatro domingos.

El texto y el diálogo con Jesús nos hace pasar del signo, 5.000 hombres que comieron a saciedad a partir de la distribución que él mismo hizo de los cinco panes de cebada y los dos pescados, al significado del signo. ¡Por supuesto que no se trataba de “llenarse el estómago sin más”! Aplacar el hambre es importante y es una necesidad vital. Pero no debemos quedarnos en eso. La vida es mucho más que satisfacer necesidades primarias. La vida nos ha sido dada por Dios no sólo para comer, sino “para buscar a Dios”,  para ser discípulos de Jesús y para “trabajar” por la venida de su Reino. Escribe San Pablo en su carta a los Romanos: “El reino de Dios no consiste en comidas ni bebidas, sino en la justicia, la paz y el gozo del Espíritu Santo” (14, 17).
Jesús invita a sus oyentes a dar ese paso: pasar del pan material a ese otro pan que es él mismo. “Trabajen no por un alimento que perece, sino por un alimento que dura y da vida eterna”.
Como suele ocurrir siempre en los evangelios, Jesús invita no a  ser receptor de vida (“El que quiere ganar su vida la pierde”) sino a ser dador de vida. Esta es la comida que quiere dar Jesús: “Esta es la comida que les dará el Hijo del hombre, porque Dios, el Padre, ha puesto su sello en él”. Sólo entonces, sus oyentes piden ese pan que El les promete: “Señor, danos siempre ese pan”.

El don del pan era una invitación a la generosidad; no era solamente donación de algo (el pan), expresaba la donación de la persona. Al retener solamente el aspecto material, la satisfacción de la propia necesidad, la han vaciado de su contenido y no han respondido al amor. No basta encontrar solución a la necesidad material; hay que aspirar a la plenitud humana, y esto requiere colaboración del hombre (trabajen). Han limitado su horizonte: el alimento que se acaba (el pan) da sólo una vida que perece; el que no se acaba (el amor), da vida definitiva. El pan ha de ser expresión del amor. Ellos ven el pan sin comprender el amor, y en Jesús ven al hombre, sin descubrir el Espíritu. Jesús es el Hijo del Hombre portador del Espíritu (sellado por el Padre).
Jesús se había presentado como dador de pan; ahora se identifica él mismo con el pan (“Yo soy el pan de la vida”). Él es el don continuo del amor del Padre a la humanidad.
Comer ese pan significa dar la adhesión a Jesús, creer en él, asimilarse a él; es la misma actividad formulada antes en términos de trabajo (vv. 27.29).  Él es el alimento que Dios ofrece a los hombres, con el que se obtiene la calidad de vida que los encamina a su plenitud.

La adhesión a Jesús satisface toda necesidad y toda aspiración del hombre (“el que me come nunca pasará hambre, el que me da su adhesión nunca pasará sed”), porque no lo centra en la búsqueda de su propia perfección, sino en el don de sí mismo. Mientras la perfección tiene una meta tan ilusoria y tan lejana como el ideal que cada uno se fabrique, el don de sí mismo es concreto e inmediato y sus metas se van alcanzando con la práctica de cada día, pudiendo llegar al extremo, como en el caso de Jesús. Con la búsqueda de la perfección el hombre va edificando su propio pedestal; con la adhesión a Jesús, se pone al servicio de los demás y crea la igualdad en el amor.




sábado, 28 de julio de 2012


17º Domingo: Jn 6, 1-15

Dada la brevedad del Evangelio según san Marcos, cuya lectura continua veníamos haciendo, la liturgia de la Palabra de este domingo, y de los cuatro siguientes, girará en torno a la multiplicación de los panes y al discurso eucarístico que sigue en el Evangelio de san Juan, el discípulo amado.
Aunque la fuerza del texto está en la generosidad de Jesús al multiplicar el pan y los peces para una muchedumbre hambrienta, se nos aclara  la razón de la muchedumbre por seguir a Jesús: “Mucha gente lo seguía, porque habían visto las señales milagrosas que hacía sanando a los enfermos”. Buscaban a aquel que los librara de todas sus calamidades.
Ahora Jesús va a dar un signo distinto: no de sanación de alguna enfermedad, sino una invitación a entrar en una nueva lógica, la lógica del evangelio que nada tiene que ver con nuestra lógica humana.
Jesús orienta a sus discípulos en la confusión de qué hacer y cómo hacerlo. Es el sentido de la pregunta a Felipe: ¿con qué compraremos panes para que coman éstos? Lo decía para tantearlo, para ver hasta donde había crecido en la fe y en el entendimiento del evangelio. La respuesta de Felipe, después de un rápido cálculo, es muy humana; es la conclusión de la fría lógica de las cifras: doscientos denarios o más de medio año de jornal, a penas daría para un pedacito de pan, para engañar el hambre. Andrés si parece que conoce la solución: que los que, siguiendo a Jesús, han decidido ponerse al servicio de la humanidad (a ellos, al grupo de Jesús, a la comunidad cristiana, representada en el muchacho que tiene los panes y los peces), compartan todo lo que tienen, aunque sea poco, aunque sólo sean cinco panes y un par de pescados. Pero a Andrés le falta confianza, no está seguro de que sólo compartiendo se pueda resolver completamente el problema: «¿qué es eso para tantos?»
¿Y qué hace Jesús?  El pequeño y casi insignificante gesto de recibir en sus manos los cinco panes y los dos peces para repartirlos está al origen de un milagro grandioso. La lógica de los números: cinco panes y dos peces, algo absolutamente ridículo frente al hambre de miles de personas, cede aquí a la lógica de la solidaridad, de la justicia, del amor, del romper el pan y compartir los unos con los otros.
Hay que atreverse aun con los medios más insignificantes. No dudar, no ponerse a calcular, no decir que es imposible, sino simplemente actuar y con Dios como único puntal: “Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados; lo mismo todo lo que quisieron del pescado.” Jesús enseña que la dinámica del Reino es el arte de compartir. Quizá todo el dinero del mundo no fuese suficiente para comprar el alimento necesario para los que pasan hambre… ¡El problema no se soluciona comprando, el problema se soluciona compartiendo! La dinámica del mundo capitalista es precisamente el dinero. Creemos que sin dinero nada se puede hacer y tratamos de convertirlo todo en papel moneda, no sólo los recursos naturales sino también los recursos humanos y los valores: el amor, la amistad, el servicio, la justicia, la fraternidad, la fe, etc. En el mundo neoliberal nada se nos da gratuitamente, todo tiene su precio. Se nos ha olvidado que la vida acontece por pura gratuidad, por puro don de Dios.
Jesús en esta multiplicación de los panes y de los peces parte de lo que la gente tiene en el momento. El milagro no es tanto la multiplicación del alimento, sino lo que ocurre en el interior de sus oyentes: se sintieron interpelados por la palabra de Jesús y, dejando a un lado el egoísmo, cada cual colocó lo poco que aún le quedaba, y se maravillaron después de que vieron que el alimento se multiplicó y sobró. Comprendieron entonces que si el pueblo pasaba hambre y necesidad, no era tanto por la situación de pobreza, sino por el egoísmo de los hombres y mujeres que conformes con lo que tenían, no les importaba que los demás pasaran necesidad. El gesto de compartir marca profundamente la vida de las primeras comunidades que siguieron a Jesús. Compartir el pan se convierte en un gesto que prolonga y mantiene la vida, un gesto de pascua y de resurrección. Al partir el pan se descubre la presencia nueva del resucitado.
El esfuerzo humano y los recursos nunca serán suficientes frente a la magnitud de las necesidades. Nos sentimos profundamente incapaces de satisfacer a veces necesidades elementales de alimento y abrigo decente. Sin embargo, nuestro empeño es imprescindible. Tal como en el evangelio, sin los 5 panes y los 2 peces, sin “poner de lo nuestro”,  Jesús no habría realizado el signo: transformar lo poco, lo insignificante en una sobreabundancia y una sobreabundancia tal que a nadie le faltó el pan.

¿Cuándo nos vamos a imaginar que este signo que nos describe el evangelio y repetido 6 veces a través de los distintos evangelios, es lo que Jesús quiere realizar cada día en medio de nosotros?
Es el camino para un mundo nuevo, es el camino liberador del evangelio donde nadie debiera pasar necesidad alguna, cuando existen el desprendimiento y la generosidad en el compartir. Es la enseñanza de Jesús proclamada y vivida en cada Eucaristía.
Y como pregunta final:
 ¿Con qué “pan” alimento yo mi vida: el del afán de dinero, o de fama, o de comodidad… o con el pan del servicio?

sábado, 21 de julio de 2012


16º Domingo:Mc 6, 30-34: “Sintió compasión de ellos”

Después del envío en misión, los apóstoles vienen a contar a Jesús “todo lo que habían hecho y enseñado”. A continuación aparece un maravilloso rasgo humano de Jesús: los convida a descansar y a comer algo. Y se marchan a un lugar apartado y tranquilo. Sin embargo, la gente se da cuenta y la multitud se les adelanta. Adiós descanso y tranquilidad: lo primero para Jesús es atenderlos. Marcos dice que a Jesús, le dio lástima la gente (“se conmociona”,  “se conmueve hasta las entrañas”), porque andaban como ovejas sin pastor.

La imagen de Jesús “buen Pastor” es la que está presente en los inicios de la representación iconográfica de la Iglesia, en la primera mitad del siglo III (se ha descubierto esa imagen en las catacumbas). Representa una actitud fundamental o básica de Dios por el hombre y explicitada por Jesús. “Jesús parece estar recordando las palabras pronunciadas por el profeta Ezequiel seis siglos antes: en el pueblo de Dios hay ovejas que viven sin pastor: ovejas «débiles» a las que nadie conforta; ovejas «enfermas» a las que nadie cura; ovejas «heridas» a las que nadie venda. Hay también ovejas «descarriadas» a las que nadie se acerca y ovejas «perdidas» a las que nadie busca (Ezequiel 34).” Tal vez es una crítica de Jesús a los dirigentes políticos y religiosos de Israel que dispersan y extravían a su pueblo. En todo caso, podemos percibirlo como una invitación a que tengamos también entre nosotros la misma actitud fundamental de compasión, de misericordia, de amor solidario.
(Con la “constantinización de la Iglesia a partir del siglo IV, prevalecerá la imagen del Cristo “Pantocrator” y se aplicarán en la liturgia los títulos reservados al emperador: “todopoderoso”, Cristo coronado, glorioso y triunfador etc. Se sacraliza la figura del pastor y se ensalza a la jerarquía).
Al ver la muchedumbre, Jesús siente compasión de ellos, porque están hambrientos, o están cansados, o porque están desorientados. En todo caso Jesús los ve con los ojos de la misericordia de Dios. Jesús es movido a compasión desde adentro, es decir, se conmueve hasta las entrañas y, en consecuencia, debe actuar solidariamente. Con esa misma mirada ve al leproso que solicita su curación (Mc 1, 41), a la muchedumbre que no tiene nada que comer (Mc 8, 2), y al niño enfermo de epilepsia (Mc 9, 22). Ve, siente y desarrolla la capacidad de compadecerse. Es lo que llamamos misericordia, que es lo mismo que decir, acción de solidaridad, amor desinteresado a las personas que sufren. El sufrimiento de la multitud no es indiferente a la mirada de Jesús. Todo lo contrario. Jesús es sensible a las situaciones de dolor y de sufrimiento humano. Esta misericordia que nace en las entrañas lleva a superar el egoísmo y la insolidaridad y hace posible el nacimiento de una nueva familia humana.



jueves, 12 de julio de 2012


15º Domingo: Mc 6,7-13
Los cristianos nos preocupamos mucho de que la Iglesia cuente con medios adecuados para cumplir eficazmente su tarea: recursos económicos, poder social, plataformas eficientes. Nos parece lo más normal. Sin embargo, cuando Jesús envía a sus discípulos a prolongar su misión, no piensa en lo que deben llevar consigo, sino precisamente en lo contrario: lo que no deben llevar.
El estilo de vida que les propone es tan desafiante y provocativo que pronto las generaciones cristianas lo suavizaron. ¿Qué hemos de hacer hoy con estas palabras de Jesús?, ¿borrarlas del evangelio?, ¿olvidarlas para siempre?, ¿tratar de ser también hoy fieles a su espíritu?
Jesús pide a sus discípulos que no tomen consigo dinero ni provisiones. El «mundo nuevo» que él busca no se construye con dinero. Su proyecto no lo sacarán adelante los ricos, sino gente sencilla que sepa vivir con pocas cosas porque han descubierto lo esencial: el reino de Dios y su justicia.
No llevarán siquiera zurrón, al estilo de los filósofos cínicos que llevaban colgando del hombro una bolsa donde guardaban las limosnas para asegurarse su futuro. La obsesión por la seguridad no es buena. Desde la tranquilidad del bienestar no es fácil crear el reino de Dios como un espacio de vida digna para todos.
Sus seguidores irán descalzos, como las clases más oprimidas de Galilea. No llevarán sandalias. Tampoco túnica de repuesto para protegerse del frío de la noche. La gente los debe ver identificados con los últimos. Si se alejan de los pobres, no podrán anunciar la Buena Noticia de Dios a los más necesitados.
Para los seguidores de Jesús no es malo perder el poder, la seguridad y el prestigio social que hemos tenido cuando la Iglesia lo dominaba todo. Puede ser una bendición si nos conduce a una vida más fiel a Jesús. El poder no transforma los corazones; la seguridad del bienestar nos aleja de los pobres; el prestigio nos llena de nosotros mismos.
Jesús imaginaba a sus seguidores de otra manera: liberados de ataduras, identificados con los últimos, con la confianza puesta totalmente en Dios, curando a los que sufren, buscando para todos la paz. Sólo así se introduce en el mundo su proyecto. 
Jesús no quiso dejar el evangelio en manos del dinero. El dinero le resta credibilidad al evangelio. Desde el poder económico no se puede predicar la conversión que necesita nuestra sociedad ni crear un espacio de solidaridad para todos. Jesús no cree en el poder como fuerza transformadora. El poder suele ir acompañado de autoritarismo impositivo y no es capaz de cambiar los corazones. Jesús cree en el servicio humilde de los que buscan una sociedad mejor para todos.
¿Qué ha podido pasar para distanciarnos tanto de aquel proyecto inicial de Jesús? No pensemos que se trata de una utopía ingenua, pero imposible en un mundo como el nuestro. Aquí hay algo que no podemos eludir. El evangelio es anunciado por aquellos que saben vivir con sencillez. Hombres y mujeres libres que conocen el gozo de caminar por la vida sin sentirse esclavos de las cosas.
Esta sociedad necesita descubrir que hay que volver a una vida sencilla y sobria. No basta con aumentar la producción y alcanzar un mayor nivel de vida. No es suficiente ganar siempre más, comprar más y más cosas, disfrutar de mayor bienestar.
Esta sociedad necesita como nunca el impacto de hombres y mujeres que sepan vivir con pocas cosas. Creyentes capaces de mostrar que la felicidad no está en acumular bienes. Seguidores de Jesús que nos recuerdan que no somos ricos cuando poseemos muchas cosas, sino cuando sabemos disfrutarlas con sencillez y compartirlas con generosidad. Quienes viven una vida sencilla y una solidaridad generosa son los que mejor predican hoy la conversión que más necesita nuestra sociedad.


                                      José Antonio Pagola