jueves, 29 de noviembre de 2012

1er Domingo de Adviento: Lc 21, 25-28.34-36


1er Domingo de Adviento: Lc 21, 25-28. 34-36


La liturgia inicia hoy la celebración del primer domingo de Adviento. Sabemos que son las cuatro semanas de preparación a la Navidad. Sin embargo, la liturgia recién pondrá lecturas y temas propios de Navidad sólo 8 días antes. Durante tres semanas la Iglesia invita a vivir un proceso de conversión. La conversión no es otra cosa que entrar en el proyecto de Dios para nuestro mundo  y compartir la mirada de Jesús sobre nosotros mismos, los demás y nuestra historia. En realidad, no es poca cosa acceder a este tipo de conversión. Trataré de profundizar en este tema durante los tres primeros domingos de Adviento.

“Llegarán los días…”: es una invitación a la vigilancia. No basta entrar en el ritmo de actividades de cada día como si fueran a durar para siempre. Este mundo pasa o más bien nosotros pasamos por este mundo para acoger a otro que se manifestará pronto. La expresión “en aquellos días” marca como un ritmo la primera lectura: se trata de contemplar en la fe lo que se anuncia, con el fin de orientar nuestra vida en la dirección correcta.
Podríamos pensar espontáneamente que las palabras de Jesús del evangelio de hoy, se refieren a un futuro lejano, a este momento final que llamamos la Parusía, de la cual San Pablo nos precisa que será anunciada  “a la voz del arcángel y al son de la trompeta de Dios” (1 Tes 4, 16). En realidad, si miramos de más cerca el evangelio de hoy, descubrimos que Jesús anuncia la inminencia de su retorno en la gloria, según un proceso que se desarrolla en el tiempo. En efecto, Jesús revela su mensaje según un díptico: un cataclismo cósmico precede y anuncia la venida en la gloria del Hijo del hombre. El acontecimiento inicial se nos presenta explícitamente como una de-creación, es decir una vuelta al caos primordial: los astros que Dios colocó en el firmamento para regular las fiestas y las estaciones son conmovidos, los elementos en la tierra son desencadenados. Esta des-construcción cósmica simboliza el oscurecimiento de las facultades espirituales y la anarquía de las pasiones a consecuencia del pecado. Las obras de la carne: “dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez” a las que Jesús agrega “las preocupaciones de la vida”, aturden el corazón del hombre y lo inclinan hacia abajo, hacia la tierra donde queda prisionero como un pájaro cogido en la trampa del cazador.
La otra cara del díptico nos habla de la venida del Hijo del hombre: “sobre una nube, lleno de poder y de gloria”. Es una alusión directa a la Resurrección. Dios no permite que fracase su proyecto de amor: después del triunfo aparente del pecado, se levanta Cristo resucitado, Sol de justicia de la  nueva creación que inaugura la mañana del domingo de Pascua. Así las imágenes que Jesús usa no se refieren al fin del mundo sino al fin de un mundo; un mundo cerrado sobre sí mismo, encerrado en sus miedos, prisionero del pecado y que la Resurrección ha hecho volar a pedazos.
Bajo esta perspectiva, el avenimiento del Hijo del hombre no es más un evento terrorífico sino, al revés, viene a ser el momento esperado de la liberación. Esta salvación ad-viene, viene hacia nosotros de a poco en el corazón de la historia para trabajarla desde dentro como un fermento escondido en la masa. Desposa nuestra condición temporal y respeta nuestras opciones y caminos. Se acerca y nos encaminamos a su encuentro. Por cierto un día la historia llegará a su plenitud y entraremos en el mundo definitivo: en el eterno presente de Dios. Sin embargo, no conocemos ni el día ni la hora (Mt 25, 13).
Lo que el Señor espera de nosotros es continuar nuestro caminar a su encuentro, creciendo “cada vez más en el amor mutuo y hacia todos los demás, fortaleciendo nuestros corazones en la santidad y haciéndonos irreprochables delante de Dios, nuestro Padre para el día en que Nuestro Señor Jesucristo vendrá con todos sus santos” (2ª lectura).
Vivir nuestra fe en Jesús resucitado es convertirnos a su proyecto de un mundo nuevo y de la nueva creación. Por experiencia sabemos que es un proceso lento, difícil, complicado. Vivimos una historia llena de dolor y de malas noticias – las que nos ofrecen cada día por la radio, la televisión y los diarios – pero es irreversible. Estamos en la última etapa de la evolución del hombre, el Hombre, sin más adjetivos, que ha empezado en la muerte y resurrección de Jesús. La gloria de este Hombre se irradia a  través de todos los portadores de paz y de buenas noticias, de todos los hombres y mujeres que trabajan por construir una sociedad más justa, que ponen sus talentos al servicio de los marginados y desamparados. Es la otra Historia que se escribe día tras día con actos de amor y servicio.












viernes, 23 de noviembre de 2012

34º Domingo: N.S.Jesucristo, Rey del Universo


Solemnidad de Cristo Rey: Jn 18, 33b-37

Las últimas palabras que pronuncia una persona muy querida antes de morir suelen recordarse con especial cariño. Se pueden considerar como su testamento. Así, el P. Hurtado, a pocas semanas de fallecer y sabiendo de su enfermedad terminal  pide a sus colaboradores más cercanos: “Procuren que en el Hogar haya respeto al pobre; que les cuiden sus camas, que las cucharas, los platos, estén limpios. Busquen al pobre, él es Cristo, trátenlo con amor y respeto”. Esas palabras siguen siendo el norte del Hogar de Cristo.


En este último domingo del año litúrgico, se leen las últimas palabras que Jesús pronunció antes de su muerte en cruz. Habló de su realeza.
“Cristo Rey del universo” se llama la fiesta de hoy desde 1925. La expresión no puede ser más triunfalista. El título corresponde a la visión del libro del Apocalipsis donde “el Primero que resucitó de entre los muertos” aparece como “el Rey de los reyes de la tierra”. Sin embargo, en el evangelio de Juan desaparece todo rastro triumfalista.

Pilato estaba intrigado para saber si los reclamos y protestas contra Jesús tenían fundamento. Si el acusado afirmaba que él era efectivamente el rey de los judíos, entonces Pilato tenía un problema serio entre manos. Pero Jesús lo tranquilizó. Pilato no tenía nada que temer de él. Porque la realeza que reclamaba Jesús no pertenecía a este mundo donde reinan los poderosos como Pilato. Su dominio, si así se quiere llamarlo, consiste en que él da testimonio de la verdad. Pilato reacciona con escepticismo. ¿Qué es la verdad? Aquello va a ser un dolor de cabeza. Así que juzgando según sus normas y criterios, concluye, tal vez aliviado, que Jesús es inocente. Pero no lo entienden así sus oponentes. No es cuestión de soltar no más a Jesús: ¡exigen que se crucifique! Con eso no se eliminó la candente pregunta: ¿Qué es la verdad? Ciertamente para los poderosos sólo cuenta su poder. Según ellos cada cual puede tener su verdad, siempre que preste oído a lo que dictamina su poder, y él que no quiere oír tiene que atenerse a las consecuencias. Jesús tuvo que atenerse a las dramáticas consecuencias del poder imperial de Pilato.

La Verdad (con mayúscula) de la que dio testimonio Jesús es la realidad de Dios que ningún ser mortal jamás pueda ver pero en la que puede confiar.
Verdad en hebreo significa ante todo confiabilidad. Así confiar en Dios es como construir sobre roca. Jesús dio a conocer quien y cómo es Dios (Jn 1, 18) al dar a conocer sus obras: su Reino, su Justicia y paz, liberar a los hombres de las fuerzas del mal, sanar a los enfermos de sus dolencias. Este es el poder de la verdad. Quien se deje llevar por la verdad, dijo Jesús, escucha mis palabras. La verdad lo hará libre (Jn 8, 32). Quien presta atención a lo que dicen los evangelios no puede ceder a la verdad de los poderes políticos, económicos y otros que dominan nuestro mundo. El seguidor de Cristo y de su evangelio es libre para el poder de la verdad, que viene a ser el supremo poder.
Hoy no celebramos a Jesús rey sino a Cristo rey: el Señor de la historia resucitado y glorificado y que participa de la dominación de Dios. De eso trata con solemnes palabras superlativas el libro del Apocalipsis describiendo una visión del fin de los tiempos, cuando todos los reinos de este mundo terminarán para ascender en el reino acabado de Dios. Celebramos anticipadamente la perspectiva de aquello que llegará alguna vez a su plenitud y lo que solemos rezar en el Padre nuestro: venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

En vísperas de un nuevo año litúrgico miramos hacia adelante. Los cristianos queremos expresar nuestra esperanza que la justicia del Reino de Dios está llegando a este mundo. No se dejan dominar por el pesimismo de todo lo que anda mal. Celebran su certeza de fe que el Reino de Dios está creciendo entre los hombres, en muchos lugares, tal vez no de forma espectacular o a veces incluso de modo invisible, como granitos de mostaza o como pedacitos de levadura que levantan toda la masa. Crece donde los hombres promueven y practican la justicia, no importa la escala, donde se trabaja por la paz por frágil que sea, donde se pide y se concede el perdón, donde se borran las culpas y las personas se reconcilian. Por cierto que estas cosas no son la gran noticia de cada día, pero ocurren aquí y allá y “de a pedacitos”. 

Celebrar la fiesta de Cristo Rey es mirar hacia el futuro que se nos promete.
Pero no solamente con las manos juntas. También se trata del futuro que estamos llamados a construir nosotros mismos. Si adherimos firmemente a nuestra fe que pertenecemos al Reino de Dios, tendremos que conducirnos según sus leyes y aportar lo nuestro para que la voluntad de Dios se haga. Daremos testimonio de la verdad, practicaremos la justicia haciendo justicia a nuestros prójimos en cuanto dependa de nosotros. Trabajaremos por la paz y la reconciliación. No nos desanimaremos cuando no se logre. El poder de perdón y reconciliación de Dios es mayor que cualquier fuerza del mal.


miércoles, 14 de noviembre de 2012

33er Domingo: Mc 13, 24-32



33er Domingo: Mc 13, 24-32

“EL FINAL DE LOS TIEMPOS”

 Cuando yo era niño pequeño, se escuchaban a algunos predicadores que, desde el púlpito en el centro de la iglesia y con severo dedo índice, lanzaban las penas del infierno a los asustados fieles con descripciones del cielo, infierno y juicio final. Ciertamente es un estilo y un lenguaje que hoy está en desuso. Sin embargo, al término de cada año litúrgico, la Iglesia nuevamente nos pone delante de los ojos las escenas terroríficas que describe la Biblia para hablarnos del fin de los tiempos.

El estilo apocalíptico que usa la Biblia para hablarnos del fin de los tiempos no es fácil. Parece que ese lenguaje estaba en boga en tiempos de Jesús. Ciertamente eran tiempos difíciles, complicados. A partir del deseo de “mejores tiempos”, se fecundaba la imaginación con todo tipo de imágenes y visiones para escapar de la dura realidad en la que vivía aquella pobre gente. Con palabras terroríficas y símbolos, se pretendía anunciar la catástrofe o el final catastrófico de todas las fuerzas enemigas. En el fondo se buscaba anunciar el fin de todos y todas las cosas que se oponían al Señorío de Dios para dejar que Él triunfara en el gran combate final.

En verdad eran tiempos angustiantes cuando Marcos escribió su evangelio. Conoció en Roma las sangrientas persecuciones del emperador Nerón contra los cristianos en el año 64. Sin duda supo también de la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 por los romanos. Esa destrucción significó realmente el fin para los judíos conjuntamente con las continuas persecuciones de los cristianos.

El evangelio de Marcos era un mensaje de alegría y esperanza en esos terribles tiempos de angustia, inseguridad y convulsión. Era como un faro para orientar a los cristianos en las tremendas tempestades que vivían y para enfrentar mejor la permanente perspectiva de la muerte del sangriento martirio. Era un estímulo para su fe en Jesús Mesías, el Hijo del Hombre que se presentó y actuó en nombre de Dios. Así según el evangelio de Marcos, volvería a liberar de todas las miserias. De este modo, este evangelio vino a ser una seguridad, un salvavidas o tabla de salvación a donde arrimarse: ese salvavidas es la adhesión a la persona de Jesucristo. Jesucristo muerto y resucitado: aquel que sufrió también un sangriento martirio en la cruz pero fue liberado por Dios de toda muerte y destrucción, resucitó y como tal vino a ser el preludio de un tiempo nuevo.

Así aunque oscurezcan el sol y la luna y se caigan las estrellas del cielo, Jesús es el único ejemplo luminoso por el cual guiarnos. Y lo es para cada cual, porque a su regreso reunirá a todos los hombres de los cuatro puntos  cardenales del mundo.

En este contexto el fin de los tiempos viene a ser el comienzo de la liberación total. “Aprendan lo que les enseña la higuera: cuando las ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta”. El fin del dolor, de los tiempos de persecución: están a las puertas los tiempos nuevos y los cristianos pueden seguir firmes en la esperanza. “El cielo y la tierra pasarán” escribe Marcos, pero Cristo es nuestra garantía, nuestro aval de que Dios nos salva.

¿Y qué nos pasa a los cristianos del siglo XXI? También nos rodean catástrofes naturales: terremotos, tsunamis a veces con millares de muertos. Ciudades enteras se destruyen por las guerras. Hay grandes migraciones: pueblos enteros perseguidos y echados de sus tierras o asesinados. ¿Pero se nos persigue por ser cristianos? No, ya no se echan a cristianos a los leones. Pocas veces se mata por la fe. Más bien se niega la fe. Los tiempos de cristiandad han desaparecido. Algunos manifiestan rencor por lo que antaño les enseñaba el catecismo y terminan renegando de la fe. Otros simplemente no pueden conciliar la imagen de Dios como Padre bueno con todo el dolor e injusticia que  observan a diario en el mundo. Otros se molestan cuando habla la Iglesia o sus pastores. Otros critican a la Iglesia por su riqueza o su afán de poder. Es cierto que después de la primavera del Concilio Vaticano II hace más de 50 años atrás, se vivió como un largo invierno: poca innovación, poco frescor evangélico y demasiada repetición de fórmulas dogmáticas añejas, incomprensibles para el hombre de hoy. ¿Cuando se van hacer flexibles las ramas de la Iglesia, cuando van a brotar sus hojas anunciando un nuevo verano?

A dario los M.C. nos muestran de manera instantánea todas las catástrofes de nuestro mundo: las naturales y las que provocan los hombres. Pero es no menos cierto que hay también muchos hombres y mujeres que hacen un bien enorme. Gente con un gran amor por el prójimo, con profundo compromiso por los pobres y sufridos de la tierra, con un extraordinario sentido de la misericordia. Matrimonios preocupados de adoptar niños huérfanos o abandonados, voluntarios que se vinculan con las personas en situación de calle, misioneros o laicos que dejan la comodidad y seguridad de su entorno y  ofrecen los mejores años de su vida como voluntarios en un país difícil. Jóvenes, hombres y mujeres que sueñan con un mundo de paz y justicia y no con el mundo del poder y de la bolsa de comercio. Se oponen enérgicamente al mundo de la explotación, corrupción, cinismo, humillación, terror y violencia. Nuestro mundo está necesitado de todos y todas aquellos inspirados en estas visiones de  luz y de paz, de amor y de justicia para formar un contrapeso. Desde sus visiones renovadoras se irán abriendo sendas para otro mundo, un mundo nuevo. Para el “fin de los tiempos…”: los tiempos de terror, de espanto por supuesto. Nosotros como cristianos estamos llamados a unirnos a todos aquellos que se dejan guiar por sus visiones de un mundo nuevo, todos los que quieren hacerle el “contrapeso” al terror, a la injusticia, a todas las formas de violencia y exclusión.

¿No es a esa hermosa y entusiasmante visión y misión que vino a convidarnos San Alberto Hurtado? Que podamos unirnos a todas las personas de buena voluntad de por el mundo entero que luchan contra todo lo que significa injusticia y muerte. “Otro mundo es posible” suena a imposible, pero no lo es desde la perspectiva del Dios de la Biblia, el Dios de Jesucristo, el resucitado que vive para siempre. “El cielo y la tierra pasarán”, pero jamás el Eterno, Aquel que salva y libera y llevará todo a su plenitud. Esta es nuestra fe, la fe que proclamamos, la fe que nos mueve y nos compromete a vivir con esperanza y con gran sentido de solidaridad. Vivir nuestra fe es vivir ya el mundo nuevo de Jesucristo resucitado.


sábado, 10 de noviembre de 2012

32º Domingo: Mc 12, 38-44



32º Domingo: Mc 12, 38-44

Se encuentra gente que tienen una mirada aguda sobre nuestra convivencia hoy en día y distinguen rápidamente entre la locura del “show”,  de los que buscan llamar la atención y los que tienen los verdaderos gestos sencillos.

Sin duda Jesús fue de esas personas agudas y excepcionales: no se dejaba engañar por las apariencias. “Cuídense de las personas…a quienes les gusta ser saludadas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes…” Las palabras de Jesús se dirigen a personajes influyentes y muy considerados en aquella sociedad. Jesús desenmascara su actitud falsa.

¿Qué nos diría hoy? ¿Sobre quienes se detendría su mirada aguda? Tal vez observaría tantos personajes influyentes de nuestra pantalla chica de TV que esconden su vacío interior con un show rutilante o con declaraciones grandilocuentes. Tal vez fiscalizaría la pobreza espiritual con la que hoy se entretiene de manera abusiva a las grandes masas.
Seguramente llevaría nuestra atención hacia todos y todas aquellos que sencillamente buscan hacer bien su trabajo, que ayudan a algún hombre o  mujer enferma,  que practican sin ningún aspaviento la solidaridad, que son fieles a sus compromisos. Nos señalaría a todos aquellos padres heroicos que cuidan con esmero y sacrificio a su hijo o hija con alguna deficiencia síquica o física y buscan educarlos con infinito amor y paciencia. Nos mostraría a todas estas personas que luchan por avanzar en la vida a pesar de sus sueños rotos y sus ideales dañados y que  aun  con gran adversidad,  crecen como personas atentas a los dolores y sufrimientos de los demás. Nos llevaría a seguir a aquellos  que se meten en los lugares de marginalidad y exclusión y se vinculan con los que viven tristes y abandonados. Ellos, a pesar de vivir desesperanzados, son aun capaces de “darlo todo” a otros que están peor que ellos mismos.

El Reino de Dios se juega y acontece en el corazón de los pequeños y humildes capaces de darse por entero. La viuda del evangelio de hoy es un modelo. Ella no da así no más, sino “de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”.

En nuestra Iglesia latinoamericana del siglo XXI, ¿somos consecuentes con la declaración tantas veces proclamada de la opción preferencial por los pobres, “la que está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza”(Benedicto XVI en Aparecida)? ¿Se les acoge, hay preocupación por ellos, está viva y operante la opción por los pobres? ¿Pueden sentirse bien y tener poder de decisión en las comunidades eclesiales? ¿No reproducen a veces nuestras asambleas cristianas las mismas segregaciones sociales que observamos en nuestras urbanizaciones? Como Jesús, que tengamos ojos para mirar y discernir por dónde pasa el Reino de Dios y qué se opone a su Reino.

Decía San Alberto Hurtado: “Donde termina la justicia empieza la caridad”. Siempre acecha el peligro que todos estamos de acuerdo en practicar la caridad descuidando el compromiso por la justicia. Si bien no hay porque dar  necesariamente hasta el “último peso” como la viuda del evangelio, estamos invitados a atrevernos a “darnos a nosotros mismos” y a comprometernos con el sueño de Dios y de su Reino, donde los últimos son los primeros.
“Darse es cumplir la justicia” repetía el P. Hurtado. Entrar en esta línea de solidaridad es bastante más exigente que dar una limosna.

El evangelio de hoy es un llamado a la conversión, no sólo la conversión personal sino también la conversión de nuestra comunidad cristiana: desde la preferencia por los grandes y poderosos hacia la preferencia por los más pequeños.


jueves, 1 de noviembre de 2012

31er Domingo: Mc 12, 28b-31


31er Domingo: Mc 12, 28b-34


365 prescripciones, tantas como días en el año…Con ellas  tenían que lidiar los judíos en tiempo de Jesús cuando querían observar la Ley. ¡Incluso algunos escribas iban hasta 613 prescripciones!
Por lo tanto no extraña que un escriba se acerque a Jesús con la pregunta: “¿Cual es ahora el núcleo de todo ese asunto; de qué se trata?”
Y Jesús de contestar con las antiquísimas palabras, la oración matinal de todo judio piadoso: “Escucha Israel: el Señor, tu Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Y Jesús añade: “ amarás a tu prójimo como a ti mismo.”
Tal vez quisiéramos hoy en día meternos en el pellejo de este escriba y hacer la pregunta: ¿Maestro, cómo tenemos que vivir hoy nuestra fe? Hay tantas dudas por allí, hay tantas confesiones y también tantas negaciones. El Santo Padre acaba de proclamar el año de la fe. La fe parece tener cada vez menos espacio en nuestra cultura centrada en la racionalidad económica y el rendimiento material.
Creer en Dios. Hoy en día nuestra fe está cargada con el peso de siglos de formulaciones y tradiciones. Basta mirar de más cerca el “Credo” que rezamos los domingos en nuestra Eucaristía. ¿Es realmente una formulación adecuada y motivadora para llevar alguien a la fe en Dios? Está pendiente el desafío de ponerlo en lenguaje contemporaneo.
Por otro lado, se usa y abusa del nombre de Dios;  se bendice y se maldice, se trata con indiferencia y con fanatismo. Hoy en día y en nuestra famosa cultura “postmoderna”, “Dios” nada menos divide hasta Oriente de Occidente. Por siglos hemos tenida guerras religiosas y “santas”. ¡Estas “jihad” (en el sentido de luchas físicas) no han terminado!
Entonces es bien relevante preguntarnos por el núcleo de todo este asunto.
Muéstranos a Dios, desprovisto de todos los ornatos y prejuicios, de toda la carga de formulaciones seculares. Muéstranos a Dios en toda su desnudez.  El Dios que se hizo Jesús y que en Jesús nos proclama las bienaventuranzas, que opta por los pobres y por la justicia. El Dios que en Jesús nos muestra el amor hasta el extremo de morir en la cruz.
Volver a la profunda sencillez del evangelio con sus paradojas que echan abajo la sabiduría humana: éste es el camino de la fe para el hombre de hoy (Mt 11, 25).
Si Jesús pudiera contestarnos hoy la pregunta del letrado, con toda seguridad volvería a usar las mismas antiquísimas palabras. Parafraseando un poco: “Escuchen, o hombres y mujeres de este mundo moderno: Dios existe; Dios es la existencia misma; Dios es la vida. Y por eso vale la pena amarlo. Hazlo con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas. Y con el mismo amor y fuerza, amarte a ti mismo y a los demás.”
El creyente es alguien que ama la vida, tal como Dios y que ama a los hombres. Y aquello es más importante que cualquier sacrificio, que cualquier rito o liturgia, más importante que cualquier mortificación o incluso martirio.
Entonces, ¿no tenemos que hacer nada especial para Dios, no tenemos que desgastarnos por Él, no tenemos que sacrificarnos? ¿No nos debe costar su buen poco?
Pues diría: Dios es gratuidad. El es tan precioso y todo lo precioso es gratuito: el aire, la vida, la amistad, el amor. En este sentido Dios también es “gratuito”. Como lo señala un antiguo y difícil concepto: Dios es gracia. Equivale a decir lo mismo.
“Sabernos amados por Dios y por lo mismo poder amar mucho a la vida y a los hombres.” Una fe así es nuestra verdadera riqueza y “nos cambia la vida”.
Nos podrán robar mucho, pero jamás aquello.

miércoles, 24 de octubre de 2012

30º Domingo: Mc 10, 46-52


30º Domingo: Marcos 10,46-52

¿Cómo no me di cuenta de eso antes? ¿Cómo es posible que eso no lo entendiera y no lo viera como lo veo ahora? ¿Porqué he tenido que llegar a la edad que tengo para entenderlo?  A veces ésta es nuestra propia experiencia o escuchamos esas preguntas en conversaciones. Muchas veces nos persigue la ceguera…

En el evangelio de este domingo, Marcos relata a los lectores de su época, los cristianos de su comunidad, una experiencia parecida de los discípulos de Jesús. Esos discípulos tenían mucha dificultad para ver en Jesús al verdadero Mesías. Veían en él a un Mesías que tendría éxito, alguien que llegaría a reinar con poder y majestad. Por eso discutían quien era el más importante entre ellos, cómo ocupar el primer puesto (véase el evangelio del domingo pasado), cómo dejarse servir; estaban preocupados de sí mismos.
Ahora bien, Jesús se daba a conocer como el Mesías de pobres y pequeños, de marginados y excluidos. Iba camino a Jerusalén dónde tendría que sufrir mucho, ser condenado como un criminal y ser ejecutado. Los discípulos no querían ver aquello; no lo entendían; simplemente no lo querían ver. Y sólo después de la resurrección de Jesús, sus ojos se abrieron,  fueron sanados de su ceguera y se pusieron a seguir al verdadero Jesús, el verdadero Mesías, el rey de los pequeños, de los pobres y desclasados. Cincuenta años después de la muerte de Jesús, Marcos da ese testimonio en su joven comunidad cristiana. ¿Cómo pudieron haber sido tan obtusos aquellos discípulos? se pregunta, pero no quisieron verlo; estaban ciegos, enceguecidos. Tal vez es un poco la historia personal de Marcos; tal vez había en aquella comunidad un grupo importante de personas que tenían serios problemas para seguir radicalmente a Jesús porque tenían otro concepto del verdadero Mesías.

De todo aquello da testimonio Marcos para sus lectores a la luz de un relato: la curación milagrosa del ciego Bartimeo, hijo de Timeo.
Se describe a un mendigo ciego a la orilla del camino. Así Marcos esboza en pocas palabras el drama de este hombre y al mismo tiempo, el drama de muchos discapacitados en la antigüedad. Una discapacidad llevaba inevitablemente a la mendicidad y tendía a recluir al afectado fuera de la sociedad. Una discapacidad se relacionaba con una desgracia de la cual era responsable el mismo discapacitado o sus padres.
Aquí el afectado, Bartimeo quería recuperar la vista. Estaba ansioso por salir de su situación de marginado y excluido. Sin duda había oído hablar de Jesús y de las cosas milagrosas que hacía. Puso su confianza en la promesa del profeta Jeremías que Dios se preocupa de los ciegos y tullidos (primera lectura). En nuestro relato Bartimeo se hace oír y comienza a gritar: “por favor, ayúdenme” (“Hijo de David, ten compasión de mí”). Su grito es un estorbo para los que se encuentran allí. Lo empujan, no debe molestar a Jesús: los sanos quieren guardar a Jesús para ellos mismos. Su opción es la de un Mesías para los fuertes y los sanos, no para los débiles.
Pero Jesús se detiene. Tiene atención y vista para el ciego. A Jesús le interpela su miseria. Los discípulos no entienden que Jesús ha venido precisamente para gente como Bartimeo, para gente que quedó a orilla del camino de la vida, excluidos de la convivencia humana. Los que rodean a Jesús dan muestra de ser ellos mismos ciegos, de no ver lo que Jesús estima importante: dar la mano a aquel que necesita ayuda.
¿Qué quieres que haga por ti? le pregunta Jesús. En el evangelio del domingo pasado, Jesús hizo la misma pregunta a Santiago y a Juan. “Queremos los mejores puestos” le contestaron. “Maestro, que pueda ver”, suplica el ciego o sea que tenga un lugar en la sociedad, que sea considerado como persona. Jesús le dice: “tu fe te ha sanado”. Jesús quería que Bartimeo y todos nosotros en la figura de él, recuperáramos la verdadera vista. Bartimeo vendrá a ser un seguidor de Jesús en la continuación de su camino a Jerusalén, dónde sufrirá el momento más difícil de su vida. Ser un verdadero discípulo – seguidor de Jesús significa seguirlo en su camino del amor entregado gratuitamente.

En este relato, el llamado por seguir a Jesús se acentúa de tal modo que la sanación física de Bartimeo pasa a segundo rango. En una sola frase escuchamos hasta tres veces el verbo llamar. “Llámenlo, llamaron al ciego, te llama”. Es el llamado para entrar en el proceso del seguimiento, el proceso de cómo llegar a ser discípulo de Jesús. Este evangelio nos deja en claro que para este ciego curado y para los muchos que siguen ciego y también para nosotros, lo más decisivo es: Ver “de verdad” a Jesús y seguirlo. Tenerlo como modelo en el camino de la vida siguiendo su ejemplo. Así el relato de Bartimeo es también nuestro relato y el relato de nuestra época.



miércoles, 17 de octubre de 2012

29º Domingo: Mc 10, 35-45


29º Domingo: Mc 10, 35-45

Estamos celebrando siete años de la canonización de San Alberto Hurtado y los 68 años de la fundación del Hogar de Cristo. La fuerza de la figura de San Alberto está en habernos dejado un modelo de amor y servicio a los pobres: ¡en ellos servimos al mismo Cristo! Como lo rezamos en la oración a San Alberto: “tú nos llamas a vivir la fe comprometida, consecuente y solidaria. Tú nos guías con entusiasmo en el seguimiento del Maestro”.
¿En qué consiste este seguimiento del Maestro? Es lo que Jesús nos recuerda en el evangelio de este domingo: El no vino para ser servido, sino para servir. San Alberto y su obra, el Hogar de Cristo, nos dejan una gran enseñanza de cómo vivir hoy en el mundo, este seguimiento del Maestro.
La escena del evangelio de hoy es de discusión y rivalidad. Les cuesta  mucho a los discípulos de Jesús entender su enseñanza y ejemplo: ellos están en otra. No se interesan por lo que Jesús les había anunciado por el camino: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser rechazado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, sufrir la muerte y, al tercer día, resucitar”. Ellos hablan otro lenguaje lleno de palabras como poder y gloria, sentarse a la derecha y a la izquierda, ocupar los primeros puestos. Pero nada de servir y dar la vida.
Se acercan al Maestro, pero no con intención de aprender. Quieren simplemente que haga lo que le piden. Están tan convencidos de su camino que no le dejan opción al maestro, para que les muestre el suyo. Jesús, que los conocía bien, se muestra dispuesto a oírlos y les deja que expresen su petición. Y, una vez más, constata que sus discípulos no entienden el camino que les propone: un camino de servicio, de ponerse a la cola, de dar vida dando la vida. “No saben lo que piden”, les dice, reprochándoles su ignorancia y anunciándoles de paso el sendero que han de seguir para poder sentarse a la derecha y a la izquierda: aceptar una muerte como la suya, o una vida como servicio hasta la muerte.
El evangelista cuenta, a continuación, la reacción indignada contra Santiago y Juan de los otros diez discípulos, imbuidos de la misma mentalidad. Jesús tiene que intervenir para amonestarlos marcando el contraste que existe entre la comunidad cristiana y la organización mundana. Mientras que los que pertenecen a su grupo deben servir hasta dar la vida, si fuera necesario, los jefes de las naciones no entienden otra práctica que la dominación y la imposición de su autoridad con mano de hierro. Jesús no acepta en su comunidad primeros puestos, si no es para el servicio; en su evangelio no aparece ni siquiera la palabra “poder”, pues quien tiene poder termina dominando al pueblo; no quiere hablar de gloria ni de triunfo, sino de amor hasta la muerte como manifestación de su gloria. Su comunidad no se rige por la lógica mundana basada en el poder, que lleva aparejado con frecuencia las otras dos nefastas aspiraciones del ser humano: el prestigio y el dinero. Él no es todopoderoso, sino el siervo de Dios del libro de Isaías, que, aplastado por el sufrimiento, entrega su vida en sacrificio de reparación (primera lectura).
La grandeza del cristiano consiste en hacerse siervo, al ejemplo de Jesús, para que nazca una comunidad de hombres nuevos. Nuestro mundo necesita de  auténticos cristianos que encarnen hoy el ideal de Cristo de amor y servicio incondicional a los más pequeños y humildes, dispuestos a darse por entero y hasta la propia vida si se precisara.
San Alberto tenía en su alma ese espíritu de Jesús glorificado cuando escribió: Comienza por darte. Hay una manera cristiana de trabajar. El que se da, crece. Pero no hay que darse a cualquiera, ni por cualquier motivo, sino a lo que vale verdaderamente la pena. Al pobre en la desgracia. A esa población en la miseria. A la clase explotada. A la verdad, a la justicia, a la ascensión de la humanidad, a toda causa grande, al bien común de su nación, de su grupo, de toda la humanidad. A Cristo que recapitula estas causas en sí mismo, que las contiene, que las purifica, que las eleva. A la Iglesia, mensajera de la luz, dadora de vida, libertadora. A Dios, a Dios en plenitud, sin reserva, porque es el bien supremo de la persona, y el supremo Bien Común. Cada vez que me doy así, recortando de mi haber, sacrificando de lo mío, olvidándome, Yo adquiero más valor, un ser más pleno, me enriquezco con lo mejor que embellece el mundo; yo lo completo, y lo oriento hacia su destino más bello, su máximum de valor, su plenitud de ser.”
Pidamos la gracia, por la intercesión de San Alberto, de llegar a ser mujeres y hombres entusiasmados y apasionados por darnos generosamente en el servicio a los preferidos del Señor. Dejemos que se nos conmueva el corazón, mirando con los ojos bien abiertos donde están y cuales son las necesidades y los sufrimientos de nuestros hermanos. Que esta conmoción induzca, en un segundo momento, a una sana reflexión para que se abran nuestras manos y se muevan nuestros pies en una acción liberadora.