miércoles, 24 de octubre de 2012

30º Domingo: Mc 10, 46-52


30º Domingo: Marcos 10,46-52

¿Cómo no me di cuenta de eso antes? ¿Cómo es posible que eso no lo entendiera y no lo viera como lo veo ahora? ¿Porqué he tenido que llegar a la edad que tengo para entenderlo?  A veces ésta es nuestra propia experiencia o escuchamos esas preguntas en conversaciones. Muchas veces nos persigue la ceguera…

En el evangelio de este domingo, Marcos relata a los lectores de su época, los cristianos de su comunidad, una experiencia parecida de los discípulos de Jesús. Esos discípulos tenían mucha dificultad para ver en Jesús al verdadero Mesías. Veían en él a un Mesías que tendría éxito, alguien que llegaría a reinar con poder y majestad. Por eso discutían quien era el más importante entre ellos, cómo ocupar el primer puesto (véase el evangelio del domingo pasado), cómo dejarse servir; estaban preocupados de sí mismos.
Ahora bien, Jesús se daba a conocer como el Mesías de pobres y pequeños, de marginados y excluidos. Iba camino a Jerusalén dónde tendría que sufrir mucho, ser condenado como un criminal y ser ejecutado. Los discípulos no querían ver aquello; no lo entendían; simplemente no lo querían ver. Y sólo después de la resurrección de Jesús, sus ojos se abrieron,  fueron sanados de su ceguera y se pusieron a seguir al verdadero Jesús, el verdadero Mesías, el rey de los pequeños, de los pobres y desclasados. Cincuenta años después de la muerte de Jesús, Marcos da ese testimonio en su joven comunidad cristiana. ¿Cómo pudieron haber sido tan obtusos aquellos discípulos? se pregunta, pero no quisieron verlo; estaban ciegos, enceguecidos. Tal vez es un poco la historia personal de Marcos; tal vez había en aquella comunidad un grupo importante de personas que tenían serios problemas para seguir radicalmente a Jesús porque tenían otro concepto del verdadero Mesías.

De todo aquello da testimonio Marcos para sus lectores a la luz de un relato: la curación milagrosa del ciego Bartimeo, hijo de Timeo.
Se describe a un mendigo ciego a la orilla del camino. Así Marcos esboza en pocas palabras el drama de este hombre y al mismo tiempo, el drama de muchos discapacitados en la antigüedad. Una discapacidad llevaba inevitablemente a la mendicidad y tendía a recluir al afectado fuera de la sociedad. Una discapacidad se relacionaba con una desgracia de la cual era responsable el mismo discapacitado o sus padres.
Aquí el afectado, Bartimeo quería recuperar la vista. Estaba ansioso por salir de su situación de marginado y excluido. Sin duda había oído hablar de Jesús y de las cosas milagrosas que hacía. Puso su confianza en la promesa del profeta Jeremías que Dios se preocupa de los ciegos y tullidos (primera lectura). En nuestro relato Bartimeo se hace oír y comienza a gritar: “por favor, ayúdenme” (“Hijo de David, ten compasión de mí”). Su grito es un estorbo para los que se encuentran allí. Lo empujan, no debe molestar a Jesús: los sanos quieren guardar a Jesús para ellos mismos. Su opción es la de un Mesías para los fuertes y los sanos, no para los débiles.
Pero Jesús se detiene. Tiene atención y vista para el ciego. A Jesús le interpela su miseria. Los discípulos no entienden que Jesús ha venido precisamente para gente como Bartimeo, para gente que quedó a orilla del camino de la vida, excluidos de la convivencia humana. Los que rodean a Jesús dan muestra de ser ellos mismos ciegos, de no ver lo que Jesús estima importante: dar la mano a aquel que necesita ayuda.
¿Qué quieres que haga por ti? le pregunta Jesús. En el evangelio del domingo pasado, Jesús hizo la misma pregunta a Santiago y a Juan. “Queremos los mejores puestos” le contestaron. “Maestro, que pueda ver”, suplica el ciego o sea que tenga un lugar en la sociedad, que sea considerado como persona. Jesús le dice: “tu fe te ha sanado”. Jesús quería que Bartimeo y todos nosotros en la figura de él, recuperáramos la verdadera vista. Bartimeo vendrá a ser un seguidor de Jesús en la continuación de su camino a Jerusalén, dónde sufrirá el momento más difícil de su vida. Ser un verdadero discípulo – seguidor de Jesús significa seguirlo en su camino del amor entregado gratuitamente.

En este relato, el llamado por seguir a Jesús se acentúa de tal modo que la sanación física de Bartimeo pasa a segundo rango. En una sola frase escuchamos hasta tres veces el verbo llamar. “Llámenlo, llamaron al ciego, te llama”. Es el llamado para entrar en el proceso del seguimiento, el proceso de cómo llegar a ser discípulo de Jesús. Este evangelio nos deja en claro que para este ciego curado y para los muchos que siguen ciego y también para nosotros, lo más decisivo es: Ver “de verdad” a Jesús y seguirlo. Tenerlo como modelo en el camino de la vida siguiendo su ejemplo. Así el relato de Bartimeo es también nuestro relato y el relato de nuestra época.



miércoles, 17 de octubre de 2012

29º Domingo: Mc 10, 35-45


29º Domingo: Mc 10, 35-45

Estamos celebrando siete años de la canonización de San Alberto Hurtado y los 68 años de la fundación del Hogar de Cristo. La fuerza de la figura de San Alberto está en habernos dejado un modelo de amor y servicio a los pobres: ¡en ellos servimos al mismo Cristo! Como lo rezamos en la oración a San Alberto: “tú nos llamas a vivir la fe comprometida, consecuente y solidaria. Tú nos guías con entusiasmo en el seguimiento del Maestro”.
¿En qué consiste este seguimiento del Maestro? Es lo que Jesús nos recuerda en el evangelio de este domingo: El no vino para ser servido, sino para servir. San Alberto y su obra, el Hogar de Cristo, nos dejan una gran enseñanza de cómo vivir hoy en el mundo, este seguimiento del Maestro.
La escena del evangelio de hoy es de discusión y rivalidad. Les cuesta  mucho a los discípulos de Jesús entender su enseñanza y ejemplo: ellos están en otra. No se interesan por lo que Jesús les había anunciado por el camino: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser rechazado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, sufrir la muerte y, al tercer día, resucitar”. Ellos hablan otro lenguaje lleno de palabras como poder y gloria, sentarse a la derecha y a la izquierda, ocupar los primeros puestos. Pero nada de servir y dar la vida.
Se acercan al Maestro, pero no con intención de aprender. Quieren simplemente que haga lo que le piden. Están tan convencidos de su camino que no le dejan opción al maestro, para que les muestre el suyo. Jesús, que los conocía bien, se muestra dispuesto a oírlos y les deja que expresen su petición. Y, una vez más, constata que sus discípulos no entienden el camino que les propone: un camino de servicio, de ponerse a la cola, de dar vida dando la vida. “No saben lo que piden”, les dice, reprochándoles su ignorancia y anunciándoles de paso el sendero que han de seguir para poder sentarse a la derecha y a la izquierda: aceptar una muerte como la suya, o una vida como servicio hasta la muerte.
El evangelista cuenta, a continuación, la reacción indignada contra Santiago y Juan de los otros diez discípulos, imbuidos de la misma mentalidad. Jesús tiene que intervenir para amonestarlos marcando el contraste que existe entre la comunidad cristiana y la organización mundana. Mientras que los que pertenecen a su grupo deben servir hasta dar la vida, si fuera necesario, los jefes de las naciones no entienden otra práctica que la dominación y la imposición de su autoridad con mano de hierro. Jesús no acepta en su comunidad primeros puestos, si no es para el servicio; en su evangelio no aparece ni siquiera la palabra “poder”, pues quien tiene poder termina dominando al pueblo; no quiere hablar de gloria ni de triunfo, sino de amor hasta la muerte como manifestación de su gloria. Su comunidad no se rige por la lógica mundana basada en el poder, que lleva aparejado con frecuencia las otras dos nefastas aspiraciones del ser humano: el prestigio y el dinero. Él no es todopoderoso, sino el siervo de Dios del libro de Isaías, que, aplastado por el sufrimiento, entrega su vida en sacrificio de reparación (primera lectura).
La grandeza del cristiano consiste en hacerse siervo, al ejemplo de Jesús, para que nazca una comunidad de hombres nuevos. Nuestro mundo necesita de  auténticos cristianos que encarnen hoy el ideal de Cristo de amor y servicio incondicional a los más pequeños y humildes, dispuestos a darse por entero y hasta la propia vida si se precisara.
San Alberto tenía en su alma ese espíritu de Jesús glorificado cuando escribió: Comienza por darte. Hay una manera cristiana de trabajar. El que se da, crece. Pero no hay que darse a cualquiera, ni por cualquier motivo, sino a lo que vale verdaderamente la pena. Al pobre en la desgracia. A esa población en la miseria. A la clase explotada. A la verdad, a la justicia, a la ascensión de la humanidad, a toda causa grande, al bien común de su nación, de su grupo, de toda la humanidad. A Cristo que recapitula estas causas en sí mismo, que las contiene, que las purifica, que las eleva. A la Iglesia, mensajera de la luz, dadora de vida, libertadora. A Dios, a Dios en plenitud, sin reserva, porque es el bien supremo de la persona, y el supremo Bien Común. Cada vez que me doy así, recortando de mi haber, sacrificando de lo mío, olvidándome, Yo adquiero más valor, un ser más pleno, me enriquezco con lo mejor que embellece el mundo; yo lo completo, y lo oriento hacia su destino más bello, su máximum de valor, su plenitud de ser.”
Pidamos la gracia, por la intercesión de San Alberto, de llegar a ser mujeres y hombres entusiasmados y apasionados por darnos generosamente en el servicio a los preferidos del Señor. Dejemos que se nos conmueva el corazón, mirando con los ojos bien abiertos donde están y cuales son las necesidades y los sufrimientos de nuestros hermanos. Que esta conmoción induzca, en un segundo momento, a una sana reflexión para que se abran nuestras manos y se muevan nuestros pies en una acción liberadora.

jueves, 11 de octubre de 2012

28º Domingo: Mc 10, 17-30


28º Domingo: Mc 10, 17-30

“Jesús se puso en camino”: los evangelios son la gran enseñanza del camino para seguir a Jesús. Un hombre llega corriendo y se arrodilla delante de él. No pide una sanación, ni compasión. Lo impulsa una fuerte inquietud interior: ¿“qué debo hacer para heredar la vida eterna”? Jesús le recuerda los mandamientos que tienen que ver con el prójimo (la segunda tabla de la Ley), agregando: “no defraudarás” o sea “no ser injusto”. Se trata de un hombre bueno, correcto: “todo eso lo he cumplido desde pequeño”. Sin embargo, queda una inquietud e insatisfacción interior. “Jesús lo miró con cariño” y lo invita a dar el paso definitivo para encontrar la paz interior y la felicidad completa. Tiene que desprenderse de sus posesiones, entregando su riqueza a los pobres. Después de eso estará libre para seguir a Jesús en su camino, el camino hacia el reino de Dios. Aquí está el nudo: no se resigna a dejar sus riquezas, sus comodidades. Queda apegado a sus muchos bienes y por lo tanto “se marchó triste”, no aceptó la liberación y la felicidad que le ofrece Jesús. ¡Son condiciones inaceptables!
Si se examinaran, muchos cristianos podrían verse reflejados en esta escena y en este hombre bueno. El filósofo ateo Nietzsche se preguntaba porqué los cristianos no mostraban más alegría. Aquí nos entrega el evangelio la respuesta. Nuestro corazón no encontrará la felicidad en los bienes materiales, en la riqueza sino en ser solidario, en crecer en fraternidad y en compartir: eso es el camino del reino de Dios. El evangelio pone una frase durísima en boca de Jesús para aquel que niega ese camino: “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de Dios”.

Podemos ahora intentar una aplicación, ensanchando nuestra mirada a la realidad de nuestro mundo y nuestra humanidad.
Sabemos que una minoría de los seres humanos, vale decir un tercio, vive razonablemente bien acomodado con buen estilo de vida…a costa de dos tercios que viven en pobreza y miseria.
Sabemos, aunque preferimos ignorar, que el problema ha llegado a una situación insostenible. Ya no se trata sólo de heredar la vida eterna, sino de salvar simplemente la vida en nuestro planeta. Siempre se ha pensado que los recursos eran ilimitados y que hay espacio de “crecimiento económico” para todos. Pero desde fines del siglo pasado, se ha descubierto que hay un tope a los recursos de la tierra. Desde hace algunos años se ha comprobado que si todos los seres humanos quisieran vivir como los de los llamados países desarrollados, se necesitarían los recursos de nueve veces nuestra hermosa tierra (informe del PNUD de 2007-2008 publicado en 2009). Nuestro apego al modelo de desarrollo nos lleva  derecho a una extensión masiva de vida en nuestro mundo.

Parafraseando el evangelio, se puede decir: «sólo una cosa tienes que hacer si quieres todavía alcanzar»... una prolongación de la vida: abandona el «sistema» que te lleva a la muerte, centrado obsesivamente en el enriquecimiento material, ciego a los costes ecológicos, y pasa a adoptar un nuevo estilo de vida, un nuevo paradigma, una nueva forma de mirar al planeta, comprendiendo que eres Tierra y dependes de ella, y que en vez de vivir de espaldas a ella y en guerra contra ella, debes vivir en amistad y en relación cariñosa y simbiótica con ella.





sábado, 6 de octubre de 2012

27º Domingo: Mc 10, 2-16


27º Domingo: Mc 10, 2-16

Los cristianos no podemos cerrar los ojos ante un hecho profundamente doloroso. Los divorciados no se sienten, en general, comprendidos por la Iglesia ni por las comunidades cristianas. La mayoría solo percibe una dureza disciplinar que no llegan a entender. Abandonados a sus problemas y sin la ayuda que necesitarían, no encuentran en la Iglesia un lugar para ellos.
No se trata de poner en discusión la visión cristiana del matrimonio, sino de ser fieles a ese Jesús que, al mismo tiempo que defiende la indisolubilidad del matrimonio, se hace presente a todo hombre o mujer ofreciendo su comprensión y su gracia precisamente a quien más las necesita. Este es el reto. ¿Cómo mostrar a los divorciados la misericordia infinita de Dios a todo ser humano? ¿Cómo estar junto a ellos de manera cristiana?
Antes que nada hemos de recordar que los divorciados que se han vuelto a casar civilmente siguen siendo miembros de la Iglesia. No están excomulgados; no han sido expulsados de la Iglesia. Aunque algunos de sus derechos queden restringidos, forman parte de la comunidad y han de encontrar en los cristianos la solidaridad y comprensión que necesitan para vivir su difícil situación de manera humana y cristiana.
Si la Iglesia les retira el derecho a recibir la comunión es porque «su estado y condición de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía» (Familiaris consortio, n. 84). Pero esto no autoriza a nadie a condenarlos como personas excluidas de la salvación ni a adoptar una postura de desprecio o marginación.
Al contrario, el mismo Juan Pablo II exhorta a los responsables de la comunidad cristiana «a que ayuden a los divorciados cuidando, con caridad solícita, que no se sientan separados de la Iglesia, pues pueden e incluso deben, en cuanto bautizados, tomar parte en su vida» (Familiaris consortio, n. 84). Como todos los demás cristianos, también ellos tienen derecho a escuchar la Palabra de Dios, tomar parte en la asamblea eucarística, colaborar en diferentes obras e iniciativas de la comunidad, y recibir la ayuda que necesitan para vivir su fe y para educar cristianamente a sus hijos.
Es injusto que una comprensión estrecha de la disciplina de la Iglesia y un rigorismo que tiene poco que ver con el espíritu cristiano nos lleven a marginar y abandonar incluso a personas que se esforzaron sinceramente por salvar su primer matrimonio, que no tienen fuerzas para enfrentarse solos a su futuro, que viven fielmente su matrimonio civil, que no pueden rehacer en manera alguna su matrimonio anterior o que tienen adquiridas nuevas obligaciones morales en su actual situación.
En cualquier caso, a los divorciados que se sienten creyentes solo les quiero recordar una cosa: Dios es infinitamente más grande, más comprensivo y más amigo que todo lo que pueden ver en nosotros los cristianos, y los hombres de Iglesia. Dios es Dios. Cuando nosotros no los entendemos, él los entiende. Confien siempre en él.


J.A.Pagola

viernes, 28 de septiembre de 2012

26º Domingo: Mc 9, 37-42.44.46-47


26º Domingo: Mc 9, 37-42.44. 46-47 

En el evangelio de hoy, se nos presentan tres exigencias de conversión para aquel que desea caminar en pos del Señor.
Veamos con más detalle cada exigencia.

Jesús empieza por denunciar la mentalidad del que piensa que lo controla en cierta medida, atribuyendo a nuestros propios méritos los dones que nos ha entregado. Es una manera indirecta de Jesús de desenmascarar en sus discípulos una sed de poder que se debe reemplazar por el deseo de hacerse servidor de sus hermanos. Observemos que en el evangelio, los discípulos reprochan a la persona que echó a los demonios en nombre de Jesús de no seguirlos a ellos y no de no seguir a Jesús. Eso es bien revelador. De hecho toman el lugar de Jesús y se erigen como los garantes de la ortodoxia de aquellos que actúan en nombre de Jesús. La recomendación que nos insinúa el evangelista es no creernos los propietarios de los dones de Dios a partir de nuestra práctica u observancia religiosa o nuestra pertenencia a la Iglesia. El Espíritu sopla donde quiere. ¿No nos sentimos a veces incómodos cuando gente de fuera de la Iglesia realiza las mismas obras de misericordia que nosotros y a veces incluso mejor? Nos cuesta reconocer que también ellos contribuyen con la llegada del reino de Dios. Es así que todos los que se comprometen, creyentes o no, y luchan  por la justicia, la paz y la solidaridad, contribuyen a expulsar los demonios de violencia, de odio y de represión.

En la segunda parte del evangelio, Jesús nos invita a examinar nuestra conciencia en lo que se refiere a nuestra actitud hacia los más pobres y los más pequeños: « Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que tienen fe, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar ».
Esta segunda exigencia en nuestro seguimiento de Jesús nos recuerda la necesidad vital para nosotros los cristianos, de ponernos continuamente delante de esta elección de disponibilidad, de acogida y de ayuda hacia los más desposeídos, que su pobreza sea material, humana o espiritual. Jesús vino y sigue viniendo hacia nosotros como un pobre y el abajamiento es el camino de salvación. Además, ¿cómo pretender seguir a Jesús y dejar de lado a los pobres cuando nuestro Señor no deja de recordarnos que no ha venido para los ricos y los sanos sino para los pobres y los pecadores?

La tercera exigencia que propone Jesús es la decisión por parte del discípulo a comprometerse y a desgastarse por el Evangelio. Nuestro Señor nos quiere prevenir de la costumbre y la rutina en nuestra manera de vivir el Evangelio. Pone delante de nuestra mirada  los lazos susceptibles de impedirnos vivir en  plenitud y con radicalidad la Buena Nueva de su Amor: nos pide “cortarlos”.
Jesús explicita en la forma de tres sentencias imaginadas lo que pudiera entrabar al discípulo en su camino de la fe: “Si tu mano…si tu pié…si tu ojo son para ti ocasión de pecado, córtalos”. La mano, el pié, el ojo: tres órganos que usamos para comunicarnos. Jesús toca tres puntos ligados a las relaciones que mantenemos con nuestros hermanos.
El pié pudiera ser el hecho de ir donde queremos sin dar cuenta a nadie, aun menos a Dios. La mano pudiera representar el hecho de apropiarnos lo que recibimos de otros, sea de nuestro hermano o sea de Dios mismo. El ojo pudiera ser nuestras envidias nunca colmadas, nuestros celos, nuestras miradas silenciosas que cautivan, que reducen al otro a ser solo un objeto. Tres pecados que nos repliegan sobre nosotros mismos, nos encierran en la soledad y nos impiden abrirnos a nuestros hermanos y a Dios. Tres pecados que nos deshumanizan al atacarse a nuestro ser relacional.
Frente a eso, Jesús nos indica nuestra responsabilidad: « Córtalo ». Es que se trata de que yo actúe, que yo corte en mí lo que es malo y me lleva al pecado. Jesús no lo puede hacer en mi lugar. Dicho de otra manera, si no quiero convertirme, no me obligará. Tanto como mi libertad puede cooperar con la gracia, también puede oponerse a ella.

Nuestras comunidades son también el espacio donde nos ayudamos mutuamente a “cortar” lo que nos esclaviza para poder vivir en la libertad de los hijos de Dios.

jueves, 20 de septiembre de 2012

25º Domingo: Mc 9, 30-37


25º Domingo: Mc 9, 30-37

Estamos ya en la segunda mitad del evangelio de Marc. Hemos escuchado la confesión de fe de Pedro y, a partir de allí,  el nuevo camino de Jesús hacia su destino: Jerusalén donde va terminar su vida de manera trágica. Aquello mismo de su fracaso en la capital lo vuelve a recalcar a sus discípulos. Pero el horizonte de fracaso de la vida de su maestro no entra en sus mentes. Siguen soñando para él y para ellos un camino de éxito: ser considerados por los hombres. El proyecto que anida en su corazón es radicalmente distinto al proyecto en el corazón de Jesús. Ellos sueñan y se entusiasman con “un reino de Dios” que signifique recuperación de poder, de prestigio, de triunfo. Les cuesta mucho soltar ese sueño de pura ambición humana – todo aquello que sigue moviendo nuestro mundo actual y también nos entra a cada uno de nosotros hasta por los poros – y entrar en el proyecto de Jesús, un proyecto de amor y servicio sin condición y sin límite.
La clarividencia de Jesús desenmascara la ambición de los suyos: “¿De qué hablaban en el camino?” Esa misma pregunta de Jesús nos debe seguir cuestionando a fondo: ¿Qué me mueve a diario en mi vida? ¿Qué metas me propongo y para qué? Si queremos ser auténticos discípulos de Jesús, no podemos evadir la respuesta y mirar para el lado.
Como Jesús convocó a sus discípulos para rectificar y reorientar su proyecto de vida, así también nos interpela su palabra hoy. Su respuesta atraviesa los siglos, las tradiciones y hasta las instituciones más importantes y las doctrinas más sabias. “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos”.
¿Quién puede entusiasmarse con esa respuesta? ¿Se fijan nuestros ojos y nuestros deseos en los miles de aquellos “hombres y mujeres de rostro desconocido, a quienes nadie hará homenaje alguno, pero que se desviven en el servicio desinteresado a los demás. Personas que no viven para su éxito personal. Gentes que no piensan solo en satisfacer egoístamente sus deseos, sino que se preocupan de la felicidad de otros?” (J.A.Pagola)
Que la palabra de Jesús abra nuestros ojos y nuestros corazones para emprender el camino que nos libera de todo lo que nos puede mantener cautivos: tantos espejismos de las ambiciones humanas que se van esfumando cuando corremos detrás de ellos. Como dice San Agustín: “Señor, tu has hecho nuestro corazón a tu medida y solo encuentra su descanso en Ti.”
¡Aquí Jesús nos pone de ejemplo a un niño!
Muchas actitudes y reacciones de los niños nos desarman: su mirada inocente, su capacidad de gozar con muy pocas cosas, su simple disfrute de cosas sencillas de la vida.
Los evangelios son insistentes en que nos volvamos como niños y en acogerlos en nombre de él, porque “quien acoge a un niño en nombre de Jesús, a él lo acoge”.



jueves, 13 de septiembre de 2012

24ºDomingo: Mc 8, 27-35


24º Domingo: Mc 8, 27-35

En su primer versículo, el evangelio de Marco propone que el lector vaya descubriendo el misterio de “la Buena Nueva de Jesús, Mesías, Hijo de Dios”. En el desarrollo del relato, Jesús se da a conocer progresivamente como aquel que habla con autoridad, aquel que cura a los enfermos y aquel que revela el amor con que ofrece el perdón de Dios a los pecadores. Todos estos rasgos van intrigando a sus contemporáneas que reconocen en él a un profeta: Juan Bautista, Elías o algún otro profeta. Pero a Jesús, más que importarle la opinión pública sobre su identidad, le importa la opinión de ese pequeño grupo de discípulos y amigos que lo siguen, porque ellos tendrán que continuar su obra de anunciar el Reino y hacer presente el amor de Dios por los hombres, especialmente los más pobres y más despreciados.

Como en los otros evangelios, Pedro es él que responde por los demás a la pregunta de Jesús: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” “Tú eres el Mesías, respondió Pedro”. Esta confesión de fe de Pedro se da en el lugar “bisagra” del evangelio, con un antes y un después. Pedro todavía tiene una imagen triunfalista del Mesías, Él que restablecerá y posicionará todo el poder del pueblo judío y del cual los discípulos serán una parte importante. Jesús emprenderá inmediatamente la rectificación de esa percepción falsa del Mesías. Viene una breve catequesis sobre el misterio pascual: su sufrimiento, su muerte en la cruz y su resurrección. Esta visión es radicalmente opuesta a la imagen triunfalista que tenía Pedro. ¡Decide corregir y “reprender” a Jesús! La reacción de Jesús es extremadamente enérgica, porque no es nada menos que la suprema tentación de Satanás en boca de Pedro. Renglón seguido Jesús da a conocer las condiciones para ser de verdad su discípulo. Como Jesús, el discípulo tiene que olvidarse de si mismo. Su vida es para los demás, para dar vida a los demás. Quien “quiera salvar su vida, la perderá; quién la pierda por mí y por el Evangelio, la salvará”. Si somos sinceros con nosotros mismos, experimentaremos que hay más alegría en el dar que en el recibir. Descubriremos que dándonos con amor y sacrificio a una causa que nos trasciende, nos llega paz y felicidad al corazón. Aquello es como una ley inscrita en lo profundo de nuestro ser. Es también la verdad liberadora que nos revela Jesús.

La conferencia de Aparecida nos recuerda que la vida de la Iglesia se juega en ser discípulos y misioneros de Jesucristo y agrega la hermosa frase: “para que nuestros pueblos en Él tengan Vida”.
¿Qué significa ser hoy discípulos y apóstoles o misioneros de Jesucristo?
¿Y nosotros, quién y cómo decimos que es Él?
No se trata de dar sólo una respuesta de tipo catequética, ni saber repetir lo que han dicho los Concilios o el Magisterio de la Iglesia. Todo eso puede ser útil para profundizar nuestra fe.
Hay que dar un gran paso más. La invitación es a entrar en el estilo de vida de Jesús: su oración, su intimidad con el Padre, su cercanía con los pobres, los enfermos, los excluidos, los pecadores.

Es tajante lo que nos dice en la liturgia de hoy la carta del apóstol Santiago: “la fe, si no va acompañada de las obras, está completamente muerta”. Son las obras que Jesús mismo nos muestra en los evangelios.

Pidamos que el Espíritu de Jesús que hemos recibido en nuestro bautismo, nos anime a seguir sus huellas y la senda que Él abrió, practicando hoy con creatividad sus obras.