jueves, 20 de septiembre de 2012

25º Domingo: Mc 9, 30-37


25º Domingo: Mc 9, 30-37

Estamos ya en la segunda mitad del evangelio de Marc. Hemos escuchado la confesión de fe de Pedro y, a partir de allí,  el nuevo camino de Jesús hacia su destino: Jerusalén donde va terminar su vida de manera trágica. Aquello mismo de su fracaso en la capital lo vuelve a recalcar a sus discípulos. Pero el horizonte de fracaso de la vida de su maestro no entra en sus mentes. Siguen soñando para él y para ellos un camino de éxito: ser considerados por los hombres. El proyecto que anida en su corazón es radicalmente distinto al proyecto en el corazón de Jesús. Ellos sueñan y se entusiasman con “un reino de Dios” que signifique recuperación de poder, de prestigio, de triunfo. Les cuesta mucho soltar ese sueño de pura ambición humana – todo aquello que sigue moviendo nuestro mundo actual y también nos entra a cada uno de nosotros hasta por los poros – y entrar en el proyecto de Jesús, un proyecto de amor y servicio sin condición y sin límite.
La clarividencia de Jesús desenmascara la ambición de los suyos: “¿De qué hablaban en el camino?” Esa misma pregunta de Jesús nos debe seguir cuestionando a fondo: ¿Qué me mueve a diario en mi vida? ¿Qué metas me propongo y para qué? Si queremos ser auténticos discípulos de Jesús, no podemos evadir la respuesta y mirar para el lado.
Como Jesús convocó a sus discípulos para rectificar y reorientar su proyecto de vida, así también nos interpela su palabra hoy. Su respuesta atraviesa los siglos, las tradiciones y hasta las instituciones más importantes y las doctrinas más sabias. “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos”.
¿Quién puede entusiasmarse con esa respuesta? ¿Se fijan nuestros ojos y nuestros deseos en los miles de aquellos “hombres y mujeres de rostro desconocido, a quienes nadie hará homenaje alguno, pero que se desviven en el servicio desinteresado a los demás. Personas que no viven para su éxito personal. Gentes que no piensan solo en satisfacer egoístamente sus deseos, sino que se preocupan de la felicidad de otros?” (J.A.Pagola)
Que la palabra de Jesús abra nuestros ojos y nuestros corazones para emprender el camino que nos libera de todo lo que nos puede mantener cautivos: tantos espejismos de las ambiciones humanas que se van esfumando cuando corremos detrás de ellos. Como dice San Agustín: “Señor, tu has hecho nuestro corazón a tu medida y solo encuentra su descanso en Ti.”
¡Aquí Jesús nos pone de ejemplo a un niño!
Muchas actitudes y reacciones de los niños nos desarman: su mirada inocente, su capacidad de gozar con muy pocas cosas, su simple disfrute de cosas sencillas de la vida.
Los evangelios son insistentes en que nos volvamos como niños y en acogerlos en nombre de él, porque “quien acoge a un niño en nombre de Jesús, a él lo acoge”.



jueves, 13 de septiembre de 2012

24ºDomingo: Mc 8, 27-35


24º Domingo: Mc 8, 27-35

En su primer versículo, el evangelio de Marco propone que el lector vaya descubriendo el misterio de “la Buena Nueva de Jesús, Mesías, Hijo de Dios”. En el desarrollo del relato, Jesús se da a conocer progresivamente como aquel que habla con autoridad, aquel que cura a los enfermos y aquel que revela el amor con que ofrece el perdón de Dios a los pecadores. Todos estos rasgos van intrigando a sus contemporáneas que reconocen en él a un profeta: Juan Bautista, Elías o algún otro profeta. Pero a Jesús, más que importarle la opinión pública sobre su identidad, le importa la opinión de ese pequeño grupo de discípulos y amigos que lo siguen, porque ellos tendrán que continuar su obra de anunciar el Reino y hacer presente el amor de Dios por los hombres, especialmente los más pobres y más despreciados.

Como en los otros evangelios, Pedro es él que responde por los demás a la pregunta de Jesús: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” “Tú eres el Mesías, respondió Pedro”. Esta confesión de fe de Pedro se da en el lugar “bisagra” del evangelio, con un antes y un después. Pedro todavía tiene una imagen triunfalista del Mesías, Él que restablecerá y posicionará todo el poder del pueblo judío y del cual los discípulos serán una parte importante. Jesús emprenderá inmediatamente la rectificación de esa percepción falsa del Mesías. Viene una breve catequesis sobre el misterio pascual: su sufrimiento, su muerte en la cruz y su resurrección. Esta visión es radicalmente opuesta a la imagen triunfalista que tenía Pedro. ¡Decide corregir y “reprender” a Jesús! La reacción de Jesús es extremadamente enérgica, porque no es nada menos que la suprema tentación de Satanás en boca de Pedro. Renglón seguido Jesús da a conocer las condiciones para ser de verdad su discípulo. Como Jesús, el discípulo tiene que olvidarse de si mismo. Su vida es para los demás, para dar vida a los demás. Quien “quiera salvar su vida, la perderá; quién la pierda por mí y por el Evangelio, la salvará”. Si somos sinceros con nosotros mismos, experimentaremos que hay más alegría en el dar que en el recibir. Descubriremos que dándonos con amor y sacrificio a una causa que nos trasciende, nos llega paz y felicidad al corazón. Aquello es como una ley inscrita en lo profundo de nuestro ser. Es también la verdad liberadora que nos revela Jesús.

La conferencia de Aparecida nos recuerda que la vida de la Iglesia se juega en ser discípulos y misioneros de Jesucristo y agrega la hermosa frase: “para que nuestros pueblos en Él tengan Vida”.
¿Qué significa ser hoy discípulos y apóstoles o misioneros de Jesucristo?
¿Y nosotros, quién y cómo decimos que es Él?
No se trata de dar sólo una respuesta de tipo catequética, ni saber repetir lo que han dicho los Concilios o el Magisterio de la Iglesia. Todo eso puede ser útil para profundizar nuestra fe.
Hay que dar un gran paso más. La invitación es a entrar en el estilo de vida de Jesús: su oración, su intimidad con el Padre, su cercanía con los pobres, los enfermos, los excluidos, los pecadores.

Es tajante lo que nos dice en la liturgia de hoy la carta del apóstol Santiago: “la fe, si no va acompañada de las obras, está completamente muerta”. Son las obras que Jesús mismo nos muestra en los evangelios.

Pidamos que el Espíritu de Jesús que hemos recibido en nuestro bautismo, nos anime a seguir sus huellas y la senda que Él abrió, practicando hoy con creatividad sus obras.

jueves, 6 de septiembre de 2012

23º Domingo: Mc 7, 31-37


 Domingo 23º: Mc 7, 31-37


El personaje central de esta perícopa de Marcos es un sordo mudo en tierra pagana. Es la perfecta descripción de un hombre excluído y marginado de la sociedad. Estamos en territorio de Tiro y Sidón, fuera del sagrado territorio de Israel. Se trata, por lo tanto, de un pagano. Sus limitaciones físicas lo marginan de toda convivencia en la sociedad. Además, como pagano, es también sordo a “la Ley y los Profetas”. Está incapacitado de acceder a la verdad y poder alabar al Señor. Desde la óptica judía, pertenecía a la numerosa categoría social de los malditos y desdichados. Los judíos “excluían” a esa categoría de personas a tal punto que ni siquiera se les podía tocar.

Sin embargo, tiene amigos o personas dispuestas a ayudarle. De por si,  no puede tomar la iniciativa del encuentro con Jesús. Al no poder escuchar ni expresarse, vive en una dependencia de su entorno.  Ellos lo presentan a Jesús “y le piden que le imponga las manos”.
¿Cuál es la reacción de Jesús? Una vez más, Jesús transgrede el entramado código ético socio - religioso de los judíos y que generaba verdadera exclusión social. Para Jesús la misión del Hijo del Hombre era liberar de toda forma de esclavitud que impidiera vivir a fondo la dignidad de ser hijo de Dios y, por lo tanto, miembro con plenos derechos de la Comunidad de los hombres.
Jesús se detuvo” y “apartándolo de la gente”, se vinculó de un modo muy particular e íntimo con él: le metió los dedos en los oídos y con saliva le tocó la lengua. Luego, mirando al cielo, suspiró y dijo al hombre: ‘¡Effatá!’ (es decir: ‘¡Ábrete!’)”. No es un abracadabra mágico; al abrir los sentidos de este hombre, Jesús lo abre a la comunicación con los demás, con el mundo. Transparenta la gloria de Dios en él que ahora podrá llevar una vida nueva y digna.

Desde luego el sordo mudo en territorio pagano está por los paganos cerrados al proyecto de Dios y su curación por Jesús es símbolo del mundo pagano que se va abriendo al Evangelio. Llama la atención la alabanza de la gente (¡aqui los paganos!) que es una generalización: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (alusión a Gen 1,31: “Vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno” y a  Isaïas 35, 4-6 “los oídos del sordo se abrirán...la lengua del mudo cantará…).

En una perspectiva de actualización, podemos considerar que el sordo mudo está  también por muchos marginados y excluídos de nuestro tiempo moderno. No faltan las aplicaciones: personas en situación de calle, adultos mayores postrados mal atendidos en pequeñas piezas a veces sin luz ni ventilación, jóvenes hiper comunicados pero que se sienten muy solos, gente desorientada y que ha perdido el rumbo de la vida.

Copio un comentario del P. Jesús Álvarez: “La enfermedad del sordomudo nos remite también a una gran enfermedad de hoy: la incomunicación en la era de las comunicaciones, en la cual los medios de comunicación ocasionan a menudo incomunicación en el hogar, en la sociedad; incomunicación con la naturaleza, con Dios, con el misterio de la propia persona. Y simboliza también la ceguera espiritual, la falta de fe, la incomunicación de los hombres con su Padre Dios, la más triste de todas las incomunicaciones...”
Es remarcable cómo el evangelio describe la actitud de Jesús como actitud de cercanía con un ser humano sufriente que había perdido, o tal vez nunca había tenido la posibilidad de comunicarse o escuchar a los demás. Aquello debió resultar sorprendente para los que acompañaban al Señor en su recorrido por territorios extranjeros e incluso chocante por lo ya señalado. Jesús devolvió a este pobre hombre su plena dignidad de ser humano. Sin duda que este hombre vivió el momento más importante de su vida.

Cualquiera de nosotros podría decir ante este milagro del Señor: “¡Eso es imposible para mi! Yo no sé cómo hacer ese tipo de milagros... No sé cómo devolverle a una persona sorda su capacidad de oír, o a una persona muda su capacidad para hablar”. Pero el Señor nos diría: “No te pido tanto. Sencillamente trátalo como un ser humano...”. Cristo resucitado sigue actuando cuando nos vamos dando palabras que sucitan y re-sucitan las ganas de vivir. Tal vez ese es el mejor milagro que podamos hacer hoy.

sábado, 1 de septiembre de 2012

22º Domingo: Mc 7, 1-8.14-15.21-23



22º Domingo: Mc 7, 1-8.14-15.21-23

  Las tres lecturas de este domingo se prestan fácilmente –lo que no es frecuente- a ser unidas en un mismo tema o conjunto de temas. Es el tema de la ley, el legalismo, la verdadera ley y la verdadera religión.
  Primero, señalemos algo sobre la importancia de lo puro e impuro en la religión judía. La ley de lo puro y de lo impuro es un punto muy importante en la vida cultual. No se podía participar en el culto sin el estado de pureza. La palabra «pureza» no tiene para los judíos el mismo contenido que tiene para nosotros. Para ellos, un ser humano puro era el que no se había contaminado, ni siquiera por inadvertencia, con alguna de las cosas prohibidas por la ley. Por ejemplo, no lavarse las manos, no lavar vasos, jarras y bandejas, comer carne de cerdo o conejo, estar una mujer en su período menstrual o tener cualquier persona hemorragias, eran actos o situaciones tenidos por impuros, que contaminaban al sujeto durante un determinado tiempo. Un leproso era un impuro permanente, lo mismo que todos los que tuvieran una enfermedad que no se pudiera curar. Todo el que se contaminaba con estas cosas o personas, aunque no fuera por culpa suya, tenía que purificarse, habitualmente con agua, otras veces pagando sacrificios.
  Quizás razones históricas, como la travesía en el desierto o simplemente unas sólidas normas de higiene eran efectivamente “salvación” de muchas enfermedades en una civilización donde la medicina era muy rudimentaria.
Pero de allí a concluir que la práctica de esas normas era el camino de unión con Dios y de Dios con su pueblo, evidentemente eso está absolutamente fuera del discurso de Jesús. La relación con Dios no está en este tipo de culto y eso no solamente está fuera del discurso de Jesús, sino es fundamento de graves increpaciones hacia los fariseos y representantes de la Ley (ver el lenguaje durísimo en Mt. 23).
  Tal vez es la permanente tentación del hombre de todos los tiempos de “poder controlar la relación con Dios”. Si la podemos circunscribir a  algunas formas de culto y de prácticas (normalmente inofensivas y reducidas al ambiente privado y, lo que sí es mucho más grave, controladas y dictadas por grupos de poder en la práctica religiosa), entonces la salvación está asegurada.
  Este tipo de religiosidad (el modo de ligar y religarse con Dios) encuentra gran respuesta en las masas. Antiguamente, eran las procesiones, hasta procesiones públicas de penitencia; las peregrinaciones; las mandas: muy populares hasta el día de hoy. Y tienen un efecto purificador, siempre que ayuden a crecer en devoción, en el amor a Dios y al próojimo. Pero poner fundamentalmente en el cumplimiento de esas prácticas la salvación, eso ya es franca desviación. La crítica permanente de Jesús a la dirección de los Fariseos y representantes de la Ley va precisamente en este sentido. Y al denunciar los mecanismos de control que ejercían sobre el pueblo y al quitarles su poder, puesto que el pueblo prefiere a Jesús y percibe en Él a un verdadero Libertador de las prácticas que aplastaban, Jesús se expone a su condena a muerte.
  Las palabras de Jesús declaran abolida -para los cristianos- esta ley, porque nada de lo que Dios ha creado es impuro; Dios no se ofende porque hayamos tocado un muerto o porque hayamos comido tal o cual alimento. Lo impuro es todo lo que sale premeditadamente de nuestro corazón y no lo que hacemos sin querer. Para Jesús la pureza (lo que hace pura a una persona) significa buenos pensamientos, amor, solidaridad, justicia, servicio y entrega a los demás, etc., es decir, lo contrario de lo que sale premeditada y maliciosamente de nuestro corazón.
  Otro tema íntimamente relacionado es el de la esencia de la ley, el espíritu de la letra de la ley. Para Jesús no se trata de cumplir literalmente los preceptos, la letra de la ley; lo verdaderamente importante es cumplir con el espíritu de la ley, lo que a veces puede permitir o hasta exigir una exención o hasta un incumplimiento de la misma. «La letra mata», o «la ley se venga», solemos decir. Porque la ley no es absoluta, y porque es un medio, es necesario preguntarse por el fin de la ley, su espíritu, su núcleo, su sentido.
  Lo que decimos de las leyes como medios, no como fines, se puede ampliar a las prácticas religiosas rituales, a la religiosidad de prácticas externas, que también con demasiada frecuencia han sido entronizadas en el catolicismo como lo central, como lo realmente salvífico… El texto de Santiago de la segunda lectura de hoy responde a este punto y al anterior: la «verdadera religión», dice Santiago, consiste en visitar a los huérfanos y las viudas y guardarse de la corrupción. Santiago viene a decir que los ritos, preceptos y prácticas cúlticas que interesan son la caridad fraterna comprometida y la honradez.
  En Chile, acabamos de celebrar el mes de la solidaridad, con la centralidad de la figura de san Alberto Hurtado. Inciamos ahora el mes de la patria. Estamos llamados a construir un país según los criterios de Jesús y su evangelio. Estamos llamados a vivir en “la libertad de los hijos de Dios”. No significa para nada que cada cual hace lo que quiere, sino que aprendamos a vivir desde una conciencia formada e iluminada y desde un corazón creyente que lleva una vida según sus propios talentos y posibilidades, buscando “hacer el bien”, aunque eso entrara en conflicto con determinadas tradiciones o prescripciones.

sábado, 25 de agosto de 2012

21er Domingo: Jn 6, 61-70


21er Domingo: Jn 6, 61-70
Los últimos 4 domingos, hemos leído y escuchado en el discurso del pan de vida el diálogo entre Jesús y los Judíos. Jesús les ha explicado el sentido profundo del signo de la multiplicación de los panes. Ha intentado llevar a sus auditores y muchos simpatizantes (discípulos) hacia el sentido espiritual del signo de los panes multiplicados. El mismo es el pan de vida bajado del cielo. El que come de este pan vivirá para siempre.
Al final de este largo capítulo, viene la reacción de los oyentes: “Este discurso es bien duro: ¿quién puede hacerle caso?” No solamente los judíos, sino “muchos de sus discípulos” no pueden aceptar el lenguaje de Jesús. Sin embargo, frente a la deserción y abandono masivo, Jesús no se retracta de ninguna de sus palabras. Hasta a sus más íntimos, los Doce, les pregunta: “¿También ustedes quieren abandonarme?”
Jesús nos hace la misma pregunta hoy en día, al igual que Josué nos hace la pregunta: ¿qué Dios o qué dioses queremos servir? ¿Queremos, al igual que los israelitas, servir sólo al Señor y decimos como ellos: “El es nuestro Dios”? ¿O preferimos elegir a los dioses  del mundo en que vivimos? Estos dioses son el dinero, el poder, el éxito, el placer o “cada cual para sí mismo”, o “la vida es para disfrutarla”. Podemos darle muchas vueltas, pero vivimos en un mundo con una cultura consumista, donde la economía tiene que crecer permanentemente (¡crecimiento infinito en un mundo finito!), donde la bolsa tiene que subir, porque de otra manera viene el pánico. Un mundo que dice por variados medios, que para ser feliz, hay que endeudarse con cómodas cuotas hasta que de repente se descubre que se está viviendo por encima de sus medios, generando grandes crisis económicas  o de insolvencia. Los más pudientes (países o estratos sociales) explotando a los más débiles. En fin, es este el lado negativo de un mundo  que sólo se persigue a sí mismo y pareciera conducir ciegamente hacia el precipicio por este camino.
Por lo tanto es de alcance existencial la pregunta: “¿a qué Dios o qué dioses queremos servir?”  No es una pregunta más entre otras. Tal vez sea la más importante de nuestra vida. Porque según la respuesta que damos, se irá moldeando nuestra vida con todas sus decisiones: desde nuestro quehacer, nuestro pensar, nuestras palabras, y todas nuestras acciones. En caso que nos decidimos por los dioses de este mundo, significa decidir por lo nuestro y nuestro propio yo. Eso es decidir por lo finito, lo pasajero, lo mortal, porque con nuestra muerte todo se acaba. Pero si nos decidimos por el Dios que Jesús nos ha revelado con su propia vida, si nos decidimos por sus palabras y sus acciones, entonces nos decidimos no por nosotros mismos y nuestro propio yo, sino por sus Bienaventuranzas. Entonces buscamos ser humildes de corazón, sentir con el que siente dolor y pena, ser misericordiosos; buscamos y anhelamos, desde nuestra fe, promover  la justicia y la paz. Entonces vamos a querer compartir con él que tiene poco y buscaremos amar a nuestro prójimo como amamos a Dios y a nosotros mismos. Eso es decidirnos no por lo finito y mortal sino por lo que queda en vida eterna.
A la pregunta de Jesús a los Doce si también ellos quieren irse, como suele ocurrir en los evangelios, Pedro toma la palabra por todos: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.” Su respuesta no deja ninguna escapatoria. Nos invita a que nosotros también contestemos al igual que él.

viernes, 17 de agosto de 2012


20º Domingo: Jn 6, 51-59

El pasaje evangélico de este domingo continúa la lectura del capítulo 6 de Juan como en los domingos anteriores.
Se repite la afirmación categórica y central del domingo pasado: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. ¿Cómo hay que entender o interpretar una afirmación tan tajante? “Los judíos discutían entre sí, diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?” Me parece que la pregunta de los judíos sigue siendo también relevante para nosotros. Al contestar a los judíos, Jesús agrega un nuevo elemento. “Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.” Se incluye de repente el elemento de la sangre. Como el pan deviene el cuerpo de Cristo, el vino deviene la sangre de Cristo. Obviamente, se pasó de lleno al contexto de la celebración de la Eucaristía, donde  tocamos el gran misterio de nuestra fe: “Éste es el sacramento de nuestra fe” se proclama después de la consagración.

 Para entender la Eucaristía es esencial partir de los signos elegidos por Jesús. El pan es signo de alimento, de comunión entre quienes lo comen juntos; a través de él llega al altar y es santificado todo el trabajo humano. Esa santificación del trabajo humano, y que se entienda por trabajo humano todo nuestro quehacer, viene a ser la carne de Jesús para la vida del mundo. O sea en la Eucaristía, todo nuestro quehacer se transforma en la carne de Jesús para la Vida del mundo: no basta que quede en un sagrario sino tiene que ser distribuido para la Vida del mundo.

Aparentemente sin mayor conexión con el signo de la multiplicación de los panes, Jesús introduce el tema de su sangre. Ahora bien, ¿por qué, para significar su sangre, Jesús eligió precisamente el vino? ¿Qué representa el vino para los hombres? En Chile lo sabemos muy bien: representa la alegría, la fiesta; no representa tanto la utilidad (como el pan) cuanto el deleite. No está hecho sólo para beber, sino también para brindar. Jesús multiplica los panes por la necesidad de la gente, pero en Caná multiplicó el vino para la alegría de los comensales. La Escritura dice que «el vino recrea el corazón del hombre y el pan sostiene su vigor» (Sal 104, 15). El símbolo del vino elegido por Jesús deviene su sangre. ¿Qué significa y qué evoca para nosotros la palabra sangre? Evoca en primer lugar todo el sufrimiento  y el dolor que existen en el mundo. Los derramamientos de sangre a partir de los enfrentamientos y las guerras entre los hombres. El vino que deviene la sangre de Jesús asume entonces todos estos sufrimientos y dolores para ser santificados y recibir un sentido y una esperanza de Vida nueva.

 Si Jesús hubiera elegido para la Eucaristía pan y agua, habría indicado sólo la santificación del sufrimiento («pan y agua» son de hecho sinónimos de ayuno, de austeridad y de penitencia). Al elegir pan y vino quiso indicar también la santificación de la alegría. Qué bello sería si aprendiéramos a vivir también los gozos de la vida, eucarísticamente, esto es, en acción de gracias a Dios.
Pero el vino, además de alegría, evoca también un problema grave. En la segunda lectura escuchamos esta advertencia del Apóstol: «no abusen del vino que lleva al libertinaje; más bien llénense del Espíritu Santo”. Sugiere combatir la ebriedad del vino con «la sobria embriaguez del Espíritu», una embriaguez con otra, la embriaguez de la Vida nueva, la embriaguez de cumplir lo que Dios quiere.

A veces experimentamos que nuestras Misas – Eucaristías pueden ser un grato encuentro con hermosos cantos y buenas lecturas; a veces son el cumplimiento ritual rutinario que no motivan mayormente a un compromiso renovado. Estamos bien lejos de lo que decía el padre de la Iglesia, Orígenes: “la Eucaristía es un signo de conspiración”. Ciertamente la Eucaristía tiene un lado profético riesgoso.  Basta recordar al obispo Oscar Romero, asesinado en plena celebración de la Eucaristía. Al ejemplo de Jesús, se desangró  en el altar literalmente para la Vida de su pueblo.

Jesús dijo: “Hagan esto en conmemoración mía”. Por lo tanto, más que un piadoso o sagrado ritual, más incluso que una celebración litúrgica de la fe, se trata del “Hagan esto”, es decir Cristo (y todo su evangelio) tiene que llegar a ser nuestra comida y nuestra bebida, nuestro cuerpo y nuestra sangre. Tenemos que estar dispuestos a asumir su vida en la nuestra. Eso sí que es una tremenda misión y responsabilidad. Así también es siempre el desafío del amor auténtico, pero es el único que da sentido a la vida.
Jamás debiéramos “desconectar” la Eucaristía de la vida:  la vida nuestra de cada día, la de nuestros hermanos y la de todos los seres humanos del mundo entero. Debiéramos salir de la Eucaristía como verdaderos voluntarios para alimentar a nuestros hermanos, para aliviar todos los sufrimientos y dolores, para compartir todas las alegrías y esperanzas.

Al terminar el celebrante dice: “Podemos irnos en la paz del Señor”; es la misión de ir por el mundo anunciando y construyendo esa paz siendo ahora otros tantos Cristos los que hemos comulgado de su cuerpo y de su sangre.

martes, 14 de agosto de 2012

15 de agosto: ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA
Lc 1, 39-56

A penas María ha recibido la extraordinaria noticia invitándola a ser la Madre del Señor, se olvida de sí misma, se pone en camino y a toda prisa se dirige a la provincia de Judea, cruzando todo el país a través de las montañas de Samaría, para acompañar a su anciana prima Isabel que tiene 6 meses de embarazo. Así el evangelista destaca en ella su actitud de pronto servicio.
El encuentro de María con su pariente está bajo el signo del Espíritu al igual que el encuentro con el ángel en la anunciación.
El Espíritu de Dios está actuando, “renovando la faz de la tierra”, cambiando el curso de la historia. No va a ser una intervención portentosa ni con grandes manifestaciones y medios muy llamativos. Al contrario. Todo está bajo el signo de la sencillez, pero con un potente mensaje de vida y de esperanza para los pobres de la tierra.
Esa va a ser la tónica de uno de los más bellos cantos de toda la Biblia: el Magnificat.

Mi alma canta la grandeza del Señor y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es Santo!”
María representa el Israel fiel a Dios y a su alianza; por su boca alaba a Dios por su fidelidad y el cumplimiento de sus promesas: la venida del Mesías ya realizada en su persona.
La promesa hecha a Abraham y a su descendencia, la alianza concluida con Moisés para liberar al pueblo de la esclavitud de Egipto, concluyen ahora como intervención definitiva de Dios en la historia, en la humilde persona de María.
Los grandes hitos de la liberación de Israel están condensados en “las grandes cosas” que Dios ha hecho en favor de María (el pequeño Israel fiel).
En el compromiso activo de Dios a favor de su pueblo, éste reconoce que su nombre es Santo. Hoy también en nuestro compromiso y nuestra solidaridad con los sufridos de la tierra, éstos reconocerán que el nombre de Dios es Santo. Es el testimonio de la Iglesia que esperan los pobres de la tierra. Es el gran testimonio que el Hogar de Cristo está llamado a dar a los que sufren hoy en medio de nosotros para que también ellos puedan reconocer y alabar las cosas grandes del Señor y proclamar su santo Nombre.

La segunda estrofa del Magnificat anuncia proféticamente el futuro de la humanidad desheredada: podemos contemplar aquí a los casi dos tercios de la humanidad  que pasan hambre.

Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevé a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías.”
El proyecto de Dios no se derrumba a pesar de las grandes injusticias. Dios ha intervenido y sigue interviniendo para defender los intereses de los pobres y desbaratar los planes de los ricos y poderosos. El cántico de María es él de los débiles, de  los sufridos, de los marginados y desheredados, de los “sin voz”, de todos los excluidos de los beneficios y los bienes de la tierra. Anuncia lo que proclamará Jesús en las bienaventuranzas: “Felices los pobres, porque a ustedes pertenece el Reino de Dios”.

Es lo que anuncia la tercera estrofa: el futuro y no muy lejano cumplimiento de las promesas:
Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, a favor de Abraham y de su descendencia para siempre”.
Hoy es nuestro compromiso por un mundo más justo y más solidario que es signo  del cumplimiento de las promesas.
No hay que esperar que nos sacuda un rayo sino ponernos pronto en camino, al ejemplo de María, para ayudar y servir y proclamar así la Santidad del nombre de Dios en medio de nuestros hermanos.

La fiesta de la Asunción que celebramos hoy es la confirmación definitiva de que nuestra esperanza tiene sentido. Esta vida, aunque parezca enferma  de muerte, en realidad está preñada de vida. Es la vida del Resucitado que se manifiesta ya en nosotros y en primer lugar en María, Madre de Jesús y Madre nuestra.
Que ella nos bendiga y nos acompañe en nuestro compromiso solidario de cada día.