miércoles, 28 de marzo de 2012

Domingo de Ramos: Mc 14,1-15,47


DOMINGO DE RAMOS: Mc 14,1 – 15,47

En este relato de la pasión, Marcos nos ayuda a entender que la condena injusta de Jesús no ocurrió por accidente, sino que fue cometida con toda premeditación y conciencia.


Jesús resultaba sospechoso para las autoridades del Templo. Él iba de pueblo en pueblo anunciando una buena noticia a los pobres en compañía de un grupo de amigos y amigas. Entraba en contacto con los marginados: enfermos, prostitutas, endemoniados... Su voz y su acción eran un rayo de luz que iluminaba la vida triste de los campesinos.
 Para Jesús, la relación del ser humano con Dios era un sendero hacia la libertad y la plenitud. Esta manera de actuar le trajo inevitables conflictos con la autoridad. Ésta no admitía el menor cambio en la interpretación oficial de la ley y la manera de vivir la relación con Dios.


Finalmente Jesús subió a Jerusalén para dar testimonio de la verdad que libera al ser humano. Continuó anunciando la irrenunciable vocación a la libertad de todo ser humano. Las autoridades, entonces, decidieron efectuar un plan que venían preparando. Lo arrestaron gracias a la traición de uno de sus discípulos.
Luego vino el juicio injusto; testigos falsos, irrespeto al derecho de defenderse y, por último, lo condenaron a muerte. Todo estaba preparado de antemano. Ante la autoridad romana el juicio fue una farsa. Pilato era conocido por su proceder violento y precipitado. Para evitarse contradicciones con las autoridades del templo, entrega a Jesús a la muerte ultrajante.


El doble juicio que Jesús padeció fue una expresión de la injusticia. Lo mataban sencillamente porque ponía en riesgo la credibilidad del sistema religioso, político y económico. Pero no motivando revueltas populares, sino presentando un proyecto de vida alternativo donde las personas valían en sí mismas y todos tenían los mismos derechos. En la actualidad continuamos empeñados en la tarea de Jesús: hacer valer el derecho de los excluidos, de los pobres, hacer presente el proyecto salvador del Padre por el que Jesús dio su vida.


La semana santa es llamada a vivir como Jesús y por Él, con Él y en Él, bajar de la cruz a los crucificados de nuestro mundo.

viernes, 23 de marzo de 2012

5º Domingo de Cuaresma: Jn 12, 20-33


5º Domingo de Cuaresma: Jn 12, 20-33
Ha llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado” : en el evangelio de Juan, la glorificación de Jesús ocurre con lo que Él nos dice al final del texto de hoy: “Cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”.
Jesús es Dios mismo que se entrega gratuitamente por nosotros sin condición y sin límite. Nos invita a unirnos a Él en su amor oblativo por la vida del mundo y por la vida plena de cada uno de nosotros. El discurso empieza con una breve parábola. Sólo el grano de trigo que muere da mucho fruto. “Esta brevísima parábola presenta una vez más la lección fundamental del Evangelio entero y el punto máximo del mensaje de Jesús: al amor que se da a sí mismo y que por ese perderse a sí mismo, por ese morir a sí mismo, genera vida.
Estamos ante una de las típicas “paradojas” del evangelio: “perder” la vida por amor es la forma de “ganarla” para la vida eterna (o sea, de cara a los valores definitivos); morir a sí mismo es la verdadera manera de vivir, entregar la vida es la mejor forma de retenerla, darla es la mejor forma de recibirla. Captar la verdad de esa figura literaria que es la paradoja o contradicción aparente, es descubrir el evangelio.”
“Cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”.
“Cuando Jesús sea alzado a una cruz y aparezca crucificado sobre el Gólgota, todos podrán conocer el amor insondable de Dios. Se darán cuenta de que Dios es amor y sólo amor para todo ser humano. Se sentirán atraídos por el Crucificado. En él descubrirán la manifestación suprema del Misterio de Dios.
Para ello se necesita centrar nuestra mirada interior en Jesús y dejarnos conmover, al descubrir en esa crucifixión el gesto final de una vida entregada día a día por un mundo más humano para todos. Un mundo que encuentre su salvación en Dios. Pero, probablemente a Jesús empezamos a conocerlo de verdad cuando, atraídos por su entrega total al Padre y su pasión por una vida más feliz para todos sus hijos, escuchamos aunque sea débilmente su llamada: “El que quiera servirme que me siga, y dónde esté yo, allí estará también mi servidor”.
Todo arranca de un deseo de “servir” a Jesús, de colaborar en su tarea, de vivir sólo para su proyecto, de seguir sus pasos para manifestar, de múltiples maneras y con gestos casi siempre pobres, cómo nos ama Dios a todos. Entonces empezamos a convertirnos en sus seguidores. Esto significa compartir su vida y su destino: “donde esté yo, allí estará mi servidor”. Esto es ser cristiano: estar donde estaba Jesús, ocuparnos de lo que se ocupaba él, tener las metas que él tenía, estar en la cruz como estuvo él, estar un día a la derecha del Padre donde está él.
¿Cómo sería una Iglesia “atraída” por el Crucificado, impulsada por el deseo de “servirle” sólo a él y ocupada en las cosas en que se ocupaba él? ¿Cómo sería una Iglesia que atrajera a la gente hacia Jesús?” [i]






[i] Comentario al Evangelio del Domingo J.A.Pagola

jueves, 15 de marzo de 2012

4º Domingo de Cuaresma: Jn 3, 14-21


4º Domingo de Cuaresma: Jn 3, 14-21

El evangelio de este 4º domingo de la Cuaresma forma parte del diálogo entre Jesús y Nicodemo que se produce después del episodio de la purificación del templo. Juan presenta a Nicodemo como perteneciendo al grupo fariseo y jefe entre los judíos. ¡No es un personaje cualquiera!
Nicodemo, después de la expulsión de los mercaderes del templo, se fue a negociar con Jesús para establecer un acuerdo. El estaba dispuesto a aceptar que Jesús era un «maestro venido de parte de Dios», pero quería que todo se desarrollara «dentro de un orden», dentro del orden que establecía la Ley. Nicodemo propone a Jesús que realice su misión de acuerdo con ellos, actuando como maestro de la Ley de Moisés, que era, según las doctrinas fariseas, fuente de vida y norma de comportamiento para el hombre.
La respuesta de Jesús fue tajante: no es sólo una reforma de las instituciones religiosas lo que él propone; según el proyecto de Dios, hay que «nacer de nuevo», hay que crear una nueva sociedad formada por hombres nuevos (Jn 3,1-12).
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.” La Ley, explica Jesús a Nicodemo, ya no puede cumplir sus funciones en el pueblo de Israel, según la doctrina de los fariseos. Incluso fue incapaz de impedir que la más importante de sus instituciones, el templo, se convirtiera en un instrumento de explotación del pueblo y todavía en nombre de Dios.
La  vida de Dios llegará a los hombres por un camino totalmente nuevo: por “el Hombre levantado en alto”, colgado en una cruz por su fidelidad al proyecto de su Padre: su compromiso de amor incondicional con toda la humanidad. De este modo, “todo el que cree en él”, todo él que decida asumir su forma de vivir y de morir (gastar la vida amando), nacerá de nuevo y obtendrá “la Vida eterna” o definitiva. El “Hombre levantado en alto” viene a ser la norma de comportamiento para todos los que elijan la luz y abandonen la oscuridad de un mundo organizado en contra de la voluntad de Dios y de la felicidad del hombre.
El hombre «levantado en alto» será, además, la revelación de una imagen de Dios inconcebible para los que habían vivido bajo la Ley. Esta, además de indicar qué era lo que el hombre debía hacer y qué lo que le estaba prohibido, establecía también el castigo que correspondía a los que violaban sus mandatos. La Ley era para el hombre una constante amenaza de castigo. Pero Dios no es, no quiere ser, una amenaza para los seres que más ama, para los hombres. Y por eso ha decidido revelarse y manifestar su gloria en el amor de aquel hombre que llevó su compromiso hasta la entrega de su propia vida. Y en lugar de prometer un cielo para los que se porten bien y de amenazar con un infierno para los que se porten mal, envía a su Hijo para que nos descubra el infierno en que hemos convertido la tierra, y nos enseñe a construir el cielo aquí y ahora. Y dimite de su función de juez supremo y nos traspasa a nosotros la responsabilidad de decidir y de escoger entre salvar y condenar nuestra vida y nuestro mundo: «Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios”.
El evangelista Juan es el mismo que anunciará que “Dios es amor”. El Santo Padre Benedicto XVI ha retomado esa afirmación bíblica central en el título de su primera encíclica. Señala que creer en el amor de Dios expresa para el cristiano la opción fundamental de su vida. Se comienza a ser cristiano por el encuentro con una Persona, con un acontecimiento que Juan nos expresó con las siguientes palabras:  Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna” (Nº 1)…. “En un mundo en el cual a veces se relaciona el nombre de Dios con la venganza o incluso con la obligación del odio y la violencia, éste es un mensaje de gran actualidad y con un significado muy concreto”. Con su encíclica, el Santo Padre busca “suscitar en el mundo un renovado dinamismo de compromiso en la respuesta humana al amor divino.”
Estas semanas son especialmente propicias para leer esta hermosa encíclica y así profundizar y actualizar la palabra de Dios de este 4º domingo de Cuaresma.










miércoles, 7 de marzo de 2012

3er Domingo de Cuaresma: Jn 2, 13-25


3er Domingo de Cuaresma: Jn 2, 13-25

Desde muchos siglos antes de Jesús, en Palestina sólo había un templo. En una sociedad tan religiosa, si sólo se podía encontrar a Dios en un lugar, los intermediarios de ese encuentro, los que controlaban el acceso a ese lugar adquirían, por ese hecho, el mayor poder que un hombre puede pretender: la capacidad para facilitar o impedir la relación de los hombres con Dios. Los sumos sacerdotes, que se atribuyeron en exclusiva ese poder, muy pronto lo aprovecharon en beneficio propio. En tiempos de Jesús, controlaban directa o indirectamente la venta de animales -corderos, bueyes y palomas- para los sacrificios (las ceremonias de aquella religión incluían casi siempre el sacrificio de un animal, el impuesto religioso y el cambio de moneda -sólo se podía pagar ese impuesto en moneda oficial del templo; Mt 21,12; Jn 2,15-). El tesoro del templo funcionaba también como banco en el que se depositaban las grandes fortunas y, además, el templo poseía grandes extensiones de tierra; era la primera empresa de Palestina y uno de los bancos más grandes de aquella época. Y todo porque aquélla, decían, era la casa de Dios; y ellos tenían la llave. Jesús va a acabar con esta situación.
Jesús se presenta con un azote en la mano: con esta descripción el evangelista Juan nos muestra a Jesús como el Mesías que viene a purificar el templo. Era una de las funciones del Mesías que esperaban en las tradiciones proféticas judías, la de castigar a los responsables del desorden establecido.  Pero Jesús y el proyecto de su Padre van mucho más allá.
No puede consentir que lo que debería haber sido un lugar de encuentro con el Dios liberador se haya convertido en un negocio para explotar a los pobres. Su gesto es una acusación contra los dirigentes religiosos de Israel que manejan la fe del pueblo para enriquecerse; pero, al mismo tiempo, echando fuera a los animales, está indicando que ya no van a hacer falta para dar culto a Dios. Dios, ya se había dicho muchos siglos antes, no necesitaba para nada la sangre de los animales; lo que él quería era que los hombres practicaran la justicia y el derecho; ésas eran las ceremonias religiosas que Dios agradecía.
En un áspero diálogo, Jesús reclama un nuevo Templo y por lo tanto una nueva manera de relacionarse los hombres con Dios. “Destruyan este Templo y en tres días lo levantaré”. Por supuesto que las autoridades judías no se dan por aludidas e insinúan que Jesús no está en su sano juicio.
El nuevo Templo es el cuerpo de Jesús. Dios ya no habita en un lugar, en un majestuoso edificio con una impresionante estructura que explota masivamente a la gente. De ahora en adelante, Dios está presente en el cuerpo del Hombre que da su vida por amor a los hombres, en Jesús que acoge a humildes y a pecadores
Dios revela su gloria en el amor leal que se manifiesta en la entrega de ese Hombre en la cruz y en la vida que, por la fuerza del amor de Dios, acabará venciendo a la muerte, y seguirá manifestando su gloria y haciéndose presente en cada hombre y en cada grupo que intenten amar con la misma lealtad. “Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Dios ya no requiere de lugares o edificios especiales para estar presente. Quiere estar presente en los seres humanos. Quiere habitar en aquellos que viven según el espíritu de Jesús dentro o fuera de la Iglesia, dentro o fuera de instituciones o movimientos religiosos, incluso en personas que a veces catalogamos como agnósticos. Dios vive en los de “corazón puro”.
Este evangelio invita a que también se purifique nuestra iglesia y a nosotros mismos. La iglesia nunca puede terminar en una institución donde desaparece el soplo del Espíritu. Una Iglesia que cantara la gloria de Dios con hermosos rituales pero sin sensibilidad y acogida a los humildes y a los heridos de nuestra sociedad, se podría estar transformando en una iglesia vacía del Espíritu de Jesucristo.
 Nos invita a que también nosotros vivamos con un corazón puro delante de Dios y de los hombres. Es una invitación especial en este tiempo de Cuaresma. Que nos interpele la Cuaresma de solidaridad. Que tengamos un mayor tiempo de oración, que nos apartemos de todo lujo innecesario, que podamos destruir las paredes de nuestro egoísmo y echar puentes de solidaridad hacia los necesitados.
En este sentido, nos puede iluminar muy particularmente el ejemplo de San Alberto Hurtado.

miércoles, 29 de febrero de 2012

2º domingo de Cuaresma: Mc 9, 1-9


2º Domingo de Cuaresma: Mc 9, 1-9

La primera lectura de este 2º domingo de Cuaresma nos trae el muy conocido relato de Dios que pone a prueba la fe de Abraham al pedirle el sacrificio de su hijo único Isaac.
Tal como la tierra prometida era un regalo de Dios para Abraham, así también su hijo Isaac era un regalo, un hijo de la promesa, un regalo de Dios. Pero al mismo tiempo viene a ser una prueba, un test para comprobar la fe de Abraham. ¿El hijo Isaac que le ha sido regalado, va a considerarlo como su posesión y tomar el control de su futuro, o al contrario, quiere dejar abierto su futuro y confiarlo en manos de Dios?  Éste es el punto.

Un texto conocido de “El Profeta” del poeta libanés Kahlil Gibran, recita lo siguiente:
Una mujer que apretaba a un niñito contra su pecho le decía: háblanos de los niños. Y contestó: “Sus hijos no son sus hijos… Ustedes pueden dar alojamiento a sus cuerpos, pero no a sus almas, porque sus almas habitan en la casa de mañana que Ustedes no pueden visitar, ni siquiera en sus sueños.”
Ningún ser humano puede ser posesión de otro. Cada cual sigue siendo una persona propia y única y que siempre habrá que recibir agradecido como un don.
Volviendo a la primera lectura, Dios no quiere un Isaac sacrificado sino un Abraham creyente y confiando en Dios. En este relato se trata esencialmente de la confianza de Abraham: su entrega llena de fe y su convicción de que Dios cuidará por un final feliz.

Este texto del libro de Génesis viene a iluminar también el evangelio de hoy. Después de su ministerio en Galilea y el anuncio del Reino, Jesús ha ido tomando conciencia que su Padre le pide la entrega total, una entrega que terminará  con el sacrificio de su vida en la cruz en Jerusalén. Aquello es totalmente inaceptable para Pedro. En la persona de Pedro, es el mismo Satanás que tienta a Jesús para desviarlo de su misión. La reacción de Jesús es tan enérgica y decisiva que increpa a Pedro: “¡Aléjate, Satanás! Tus pensamientos son los de los hombres, no los de Dios”.  En efecto, nuestro pensamiento va en la línea de buscar la comodidad, el éxito, conservar nuestra vida. Jesús aclara cual es su misión y la voluntad del Padre: “El que quiere salvar su vida, la perderá; quien la pierda por mí y por el Evangelio, la salvará”.
Después del anuncio de la Pasión, Jesús aparece como el nuevo Isaac, pero que no se salvará del sacrificio.

Igual que en el monte Moria, aquí en el monte Tabor se produce una transformación. Dios no dice: Si, tendrás que morir, porque de otro modo no puedo ser misericordioso. Dios tampoco dice: Tienes que conseguir mi perdón con el sacrificio de tu propia sangre. Nada de eso: Dios envuelve a Jesús con su luz, con su resplandor, con el calor de su infinito amor. Los discípulos elegidos lo pueden contemplar y lo pueden oír: “Porque vive así, Jesús es para mí el Hijo amado: escúchenlo y síganlo”. Su enseñanza y su seguimiento llevan a la única vida verdadera.

Como en Abraham, en Jesús hay confianza y entrega al Padre. Con la fuerza del Espíritu, Jesús puede desprenderse de su vida. Voluntariamente  y libremente sigue su camino. Se deja quebrar y perderá su vida para salvarla y para salvarnos a todos nosotros.

Sólo lo que soltamos y entregamos, se quedará con nosotros.
Sólo aquello de lo que nos desprendemos, nos será devuelto.
Hemos sido llamados para entregar nuestra vida, con la fuerza del Espíritu. De esta manera llegamos a ser portadores de vida y de bendición para siempre.





miércoles, 22 de febrero de 2012

1er Domingo de Cuaresma: Mc 1, 12-15


1er Domingo de Cuaresma: Mc 1, 12-15

En los tres versículos anteriores al texto del evangelio de este domingo, se describe el Bautismo de Jesús. Jesús ha dejado su pueblo de toda la vida, Nazaret en Galilea;  se ha dirigido al Jordán donde bautizaba Juan y ha sido bautizado por él.
Es el modo extraordinariamente resumido como Marcos nos presenta a Jesús quién, en su bautismo, toma conciencia de su misión: recibe el Espíritu, es decir Dios, su Padre, le comunica su misión. “Tu eres mi Hijo a quien yo quiero, mi predilecto.” ¿Tiene Jesús claridad del contenido de su misión? La respuesta es si y no. Jesús ha tomado conciencia que su misión es dar su vida por la felicidad de los hombres e irá descubriendo progresivamente, en su profunda fidelidad al Espíritu, por donde lleva el camino para hacernos felices.

En este camino Jesús va estar tentado en muchas oportunidades. Marcos no hace una descripción de las tentaciones, como Lucas y Mateo, indicándonos así que no se trata de hechos aislados que sucedieron una vez y no volvieron a repetirse más. Este relato colocado al comienzo del evangelio nos presenta el marco general en el que se desarrollará toda la actividad pública de Jesús y las tentaciones con las que se enfrentará.
Su actividad será un proceso de liberación (cuarenta días en el desierto, como los cuarenta años del pueblo de Israel) que llevará a un nuevo modo de vivir en libertad (a una nueva tierra prometida).
Jesús se enfrentará con 3 grandes tentaciones: 1ª El Dios de Jesús es un Dios con un proyecto de felicidad para los hombres, no  solamente para los judíos sino para todos; los fariseos se oponían a un Dios así para todos los hombres. Por eso Marcos pone una multiplicación de los panes para los judíos y otra para los paganos (Mc 6 y 8). Y la consiguiente confrontación con los fariseos (Mc 8, 11).
2ª Para Jesús, hombre y mujer son iguales. Eso también se lo objetan los fariseos (Mc 10,2ss).
 La tercera tentación que le presentan los fariseos es: ¿de donde viene el poder, de Dios o de Cesar?  Tanto el Cesar como los fariseos habían ocupado el puesto de Dios y oprimían al pueblo. Jesús hace ver que hay que romper con esa forma de ejercer la autoridad. De este modo los fariseos representan a Satanás en persona; lo mismo ocurrirá con Pedro cuando no acepta seguir a Jesús en el camino de la cruz (Mc 8,33).
Los fariseos y el mismo Pedro en la situación señalada son como las fieras con las que se enfrenta Jesús. Durante toda su actividad, Jesús sufrirá la amenaza de personas que intentarán acabar con su vida, y desde el comienzo (Mc 3, 6), hasta que al final lo mataron.
Además de las fieras, están los ángeles que lo servían. Los ángeles son “enviados de Dios” o “mensajeros de Dios”. Juan Bautista es un ángel/mensajero de Dios (Mc 1, 2); así también todos los hombres y mujeres que ayudarán a Jesús a llegar hasta el fin en su proyecto de amor hacia los hombres.

Los dos últimos versículos del texto de hoy son como la proclama o manifiesto de Jesús: su retorno a Galilea, después del martirio de Juan (de paso anunciando el martirio de Jesús y de muchos de sus seguidores).  Galilea va a ser el lugar desde donde se comunica la buena nueva para toda la humanidad y con el llamado a enmendarse para creer en el proyecto divino de nueva humanidad que nos trae Jesús.

Al iniciar la cuaresma, este breve texto de San Marcos nos recuerda que nuestra conversión consiste en entrar en el proyecto de Jesús, resistiendo las tentaciones que nos apartan de su realización. El proyecto de Jesús es un proyecto de vida y liberación para todos los hombres y en particular para los oprimidos  y los excluidos sociales.

El seguimiento de Jesús no es fácil. El mundo intentará sobornarnos, ofreciéndonos el éxito fácil, el poder o la riqueza para nosotros solos. O se nos amedrentará y acusará, como a Jesús, argumentando que nuestro compromiso es ilegal o que tenemos una actitud subversiva, con el siguiente riesgo de ser juzgados y condenados por ello.
Necesitamos que nuestro compromiso esté siempre bajo la luz y la inspiración del Espíritu para que intentemos organizar este mundo de acuerdo con lo que Dios quiere.



miércoles, 15 de febrero de 2012

7º Domingo ordinario: Mc 2, 1-12


7º Domingo Tiempo Ordinario: Marcos 2, 1-12
<<EL PERDÓN NOS PONE DE PIE>>     
El paralítico del episodio evangélico es un hombre hundido en la pasividad. No puede moverse por sí mismo. No habla ni dice nada. Se deja llevar por los demás. Vive atado a su camilla, paralizado por una vida alejada de Dios, el Creador de la vida.
Por el contrario, cuatro vecinos que lo quieren de verdad se movilizan con todas sus fuerzas para acercarlo a Jesús. No se detienen ante ningún obstáculo hasta que consiguen llevarlo a «donde está él». Saben que Jesús puede ser el comienzo de una vida nueva para su amigo.
Jesús capta en el fondo de sus esfuerzos «la fe que tienen en él» y, de pronto, sin que nadie le haya pedido nada, pronuncia esas cinco palabras que pueden cambiar para siempre una vida: «Hijo, tus pecados quedan perdonados». Dios te comprende, te quiere y te perdona.
Se nos dice que había allí unos «escribas». Están «sentados». Se sienten maestros y jueces. No piensan en la alegría del paralítico, ni aprecian los esfuerzos de quienes lo han traído hasta Jesús. Hablan con seguridad. No se cuestionan su manera de pensar. Lo saben todo acerca de Dios: Jesús «está blasfemando». Ya está en su corazón cerrado la acusación para condenarlo a muerte (14, 64); es una nueva alusión al misterio pascual.
Jesús no entra en discusiones teóricas sobre Dios. No hace falta. El vive lleno de Dios. Y ese Dios que es sólo Amor lo empuja a despertar la fe, perdonar el pecado y liberar la vida de las personas. Las tres órdenes que da al paralítico lo dicen todo: «Levántate»: ponte de pie; recupera tu dignidad; libérate de lo que paraliza tu vida. «Coge tu camilla»: enfréntate al futuro con fe nueva; estás perdonado de tu pasado. «Vete a tu casa»: aprende a convivir.
No es posible seguir a Jesús viviendo como «paralíticos» que no saben como salir del inmovilismo, la inercia o la pasividad. Tal vez, necesitamos como nunca reavivar en nuestras comunidades la celebración del perdón que Dios nos ofrece en Jesús. Ese perdón puede ponernos de pie para enfrentarnos al futuro con confianza y alegría nueva.
El perdón de Dios, recibido con fe en el corazón y celebrado con gozo junto a los hermanos y hermanas, nos puede liberar de lo que nos bloquea interiormente. Con Jesús todo es posible. Nuestras comunidades pueden cambiar. Nuestra fe puede ser más libre y audaz. 

(Tomado de “El Camino abierto por Jesús” de José Antonio Pagola)