sábado, 8 de octubre de 2011

Domingo 28º: Mt 22, 1-14

La voluntad de Dios es que todos los seres humanos tengan acceso al Reino de Dios o Reino de los cielos, como dice el evangelio de Mateo. ¿Qué es lo que limita entonces la entrada a ese Reino? Eso es lo que trata de alguna manera el evangelio de la parábola de la invitación a la boda del hijo del Rey. En esa parábola se describe la actitud de los que rechazan la invitación a la boda. No hicieron caso de la invitación porque tienen que atender a “sus negocios”. La invitación llega a molestar a tal punto que maltratan y matan a los enviados del Rey. El  “Rey que celebraba la boda de su hijo” termina extendiendo su invitación a todos los pueblos, a todos los que quieran acoger su llamado.

La boda del hijo del Rey es el banquete del Reino al que estamos convidados.
¿Estamos dispuestos a trabajar para que el banquete se realice, es decir a responder al llamado del Rey? ¿A qué tipo o categoría de convidados pertenecemos? ¿No nos pasa a veces que siendo convidados, tenemos buenas excusas para no participar? ¿O peor que podamos hasta convertirnos en obstáculo para que otros participen del banquete del Rey?
Participar del banquete al que convida el Rey es encontrarnos con el Dios que nos revela Jesús. Es un Dios Padre, cercano, misericordioso, un Dios que se encarna en el hombre, en el que sufre, en el que está despojado de su dignidad de ser humano. Es un Dios que no cesa de buscar la felicidad del hombre. La gloria de Dios se manifiesta donde el hombre tiene una vida digna. Ya decía San Ireneo en el siglo II: “La Gloria de Dios es que el hombre tenga vida” (Gloria Dei, homo vivens)

La vida y la predicación de Jesús buscan manifestarnos quién y cómo es Dios para el hombre y cual es la verdadera voluntad de su Padre: que el hombre sea feliz. La parábola del banquete se puede interpretar como una linda metáfora de todo aquello que hace feliz al ser humano.
Por supuesto que al decir que la voluntad de Dios es que el ser humano sea feliz, no se trata de una felicidad centrada en uno mismo, sino en la felicidad de todos, la felicidad compartida, la que tiene como búsqueda y mirada la concreción del bien común. El Reino de Dios se identifica con esa progresiva construcción de la nueva humanidad donde “Cristo llega a ser todo en todos”. Eso pasa por aliviar el dolor y el sufrimiento de nuestros hermanos. Pasa por ser “evangelio” o “buena nueva” para los marginados. Pasa por desarrollar en nosotros el “sentido social”: este es un tema muy querido por el P. Hurtado. Lo describe como esa “actitud espontánea para reaccionar fraternalmente frente a los demás, que lo hace ponerse en su punto de vista ajeno como si fuese el propio; que no tolera el abuso frente al indefenso; que se indigna cuando la justicia es violada. El sentido social se traduce en una responsabilidad social: “el no contentarse con no hacer el mal, sino que está obligado a hacer el bien y a trabajar por un mundo mejor”.
El sentido social es expresión de la fe y amor a Jesucristo cuando “se resuelva a mirar el problema social con los ojos de Cristo, a juzgarlo con su mente, a sentirlo con su corazón”. Todo eso por supuesto con la concurrencia del conocimiento y análisis riguroso de los problemas que aquejan a la sociedad y a los hombres y con los instrumentos adecuados.
“Ser católicos equivale a ser sociales”. “Porque ustedes son católicos deben ser sociales, esto es, sentir en ustedes el dolor humano y procurar solucionarlo”.
Por supuesto que es una misión a compartir con todos los hombres de buena voluntad, porque todos están convidados a la boda.

Queda en el evangelio de hoy una última sorpresa, la  del comensal que “no tenía traje de fiesta” y que es arrojado afuera, a las tinieblas”. La ausencia de traje de fiesta no es porque no tuvo el recurso para comprárselo. Estar sin traje de fiesta simboliza la ausencia de la actitud de amor y solidaridad. Aquel invitado carece de “sentido social”. No tiene nada que hacer en el banquete aquel que carece totalmente del sentido del banquete.

En estas semanas de gran crisis financiera global, originada por algunos países del viejo mundo desarrollado, es bueno hacer el ejercicio espiritual del principio y fundamento de nuestras vidas. ¿Sobre qué construimos nuestras vidas? ¿Qué sentido último damos a nuestros afanes y quehaceres?
En este mes celebramos un nuevo aniversario de la fundación del Hogar de Cristo y de la canonización de su fundador San Alberto Hurtado. Que él nos ayude a centrar nuestras vidas en lo que les da verdadero sentido y plenitud para que se construyan sobre la roca que es Cristo Jesús y su Reino.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Domingo 2 octubre 2011: 27º Domingo: Mt 21, 33-46  

La parábola de los viñadores homicidas es una verdadera tragedia. Es la parábola del amor rechazado.
En la Biblia, la viña es símbolo del pueblo de Dios (“la viña del Señor es la casa de Israel y los hombres de Judá son su plantación predilecta” Is.5, 6). Nos describe cómo Dios ama a su pueblo y espera una respuesta. En nuestra parábola de hoy, el resultado es un gran fracaso: la crueldad de los viñateros acaba sistemáticamente con el proyecto del Señor de la vid. Frente a tanta crueldad y frustración, la opinión de los oyentes es que “hay que acabar con esos miserables y entregar la viña a otros que entregarán al dueño el fruto a su debido tiempo”.
Es la respuesta humana, conforme a criterios de justicia humana. ¿Es esa también la respuesta de la justicia divina? Veamos qué nos dice Jesús.
Jesús corrige la reacción humana a partir de una cita de la escritura. “La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: ésta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos”. El Dios de Jesús, su Padre y nuestro Padre, no es un Dios vengativo; no puede tener gestos de exterminio de su pueblo (es la enorme diferencia con textos del Antiguo testamento). En segundo lugar, seguirá abierta la oferta del Reino para quienes quieran recibirlo: y ese proyecto de Dios que revela Jesús, nada ni nadie puede destruirlo.

Este evangelio no solamente pretende reflejarnos la fuerte tensión entre los judíos y las primeras comunidades cristianas. No se limita a lo ocurrido en vida a Jesús. Es también una potente convocación a nosotros hoy. Porque el Señor espera que nosotros, como Iglesia, como comunidad o como familia cristiana produzcamos los frutos propios del Reino: amor fraterno, justicia, solidaridad auténtica. De lo contrario, también a nosotros nos será arrebatado el Reino. Como cristianos, como seguidores de Jesús, es nuestra vocación y misión buscar modelar este mundo conforme al evangelio y al ejemplo que Jesús nos dio.  Buscar hacer nuestro mundo más justo, trabajar por mejorar siempre las relaciones entre los hombres y entre nosotros mismos, cuidar de la creación y de la naturaleza. Esta es la invitación de Dios a cada uno de nosotros. Por supuesto hacemos con ella lo que queremos, porque somos libres, Dios nos ha creado libres.

En su reciente visita a Alemania, Benedicto XVI habló de la libertad a sus connacionales en Berlín en estos términos: La libertad necesita de una referencia a una instancia superior. El que haya valores que nada ni nadie pueda manipular, es la autentica garantía de nuestra libertad. El hombre que se sabe obligado a lo verdadero y al bien, estará inmediatamente de acuerdo con esto: la libertad se desarrolla sólo en la responsabilidad ante un bien mayor. Este bien existe sólo si es para todos; por tanto debo interesarme siempre de mis prójimos. La libertad no se puede vivir sin relaciones. En la convivencia humana no es posible la libertad sin solidaridad. Aquello que hago a costa de otros, no es libertad, sino una acción culpable que les perjudica a ellos y también a mí. Puedo realizarme verdaderamente como persona libre sólo cuando uso también mis fuerzas para el bien de los demás. Esto vale no sólo en el ámbito privado, sino también en el social”(Berlín, 22 sept.).

 Pero, ¿somos realmente libres? La respuesta de San Pablo es tajante: “Dios nos ha liberado en su Hijo Jesús para ser libres” (Gal 5, 1). Podemos seguir nuestro propio camino como se relata en el mito de Adán y Eva desde la primera página de la Biblia. Ellos decidieron (cayendo en la tentación) acapararse del conocimiento del bien y del mal. Al querer ser como Dios, se sustituyeron a El y  sustituyeron sus proyectos al proyecto de Dios. El resultado se describe: violencia y muerte (Caín mata a Abel).
Cuando conscientemente se deja a Dios afuera de las relaciones humanas y de la construcción de este mundo, no se puede esperar nada bueno.
Parte del drama de nuestro mundo actual está precisamente en dejar a Dios afuera. Comprobamos a diario que Dios no tiene espacio en la vida de muchas personas. Nuestro mundo se estructura en torno a lo que me es o nos es “útil”, lo que nos sirve y puede consumirse. El sentido de gratuidad se está evaporando. El Evangelio de hoy nos invita a hacer de Cristo y su proyecto la piedra angular de nuestra vida y de la convivencia humana.
Ciertamente no es una opción ni un camino fácil. Hacer de Cristo y de su evangelio la piedra angular de nuestra vida no estará exento de  dificultades y tensiones. Porque es comprometernos a construir el Reino de Dios con valores que están en contrapunto con los valores que nuestra cultura estima importantes. Así, por ejemplo, el espíritu de sencillez y pobreza (evangélica) están en contrapunto con el afán de poder y de posesión.
Promover la solidaridad, buscar aliviar el dolor y el sufrimiento de los demás, mostrarse misericordioso al ejemplo del buen samaritano, todo eso puede estar bien ajeno a lo que busca y promueve hoy nuestro mundo.  Seguir el camino de Jesús y su evangelio va chocar con intereses opuestos. Dios es fiel a su proyecto y a su alianza. Esa fidelidad se encarna a diario en muchos hombres y mujeres que, de una manera silenciosa,  se entregan con gran cariño y generosidad haciendo presente el Reino de Dios en este mundo. A veces se manifiesta de manera eximia en personas como el P. Hurtado, “una visita de Dios a Chile”. El más maravilloso milagro del P. Hurtado es la continuación de su acción en todos aquellos que buscan brindar un hogar a Cristo (“Cristo marginado y excluido,  Cristo en el anciano desvalido, Cristo en la calle, Cristo en al cárcel, Cristo en el minusválido”).
“Gracias a Dios”, nunca faltarán hombres y mujeres que nos muestren por donde pasa el camino del Reino de Dios y nos invitan a recorrerlo para nuestro mayor gozo y felicidad.

viernes, 23 de septiembre de 2011




Domingo 26º: Mt 21, 28-32

“Un hombre tenía dos hijos”: era una forma acostumbrada de iniciar un relato y una manera de hablar que llegaba a la gente. Eran familiares el relato de Caín y Abel, Ismael e Isaac, Esaú y Jacob. En otros momentos Jesús había hablado de un padre bueno con dos hijos.
¿Cual es el mensaje de la parábola de este domingo?
A los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, les molestaba esa pequeña parábola. No podían contestar otra cosa que era el segundo de los hijos que había cumplido la voluntad de su padre. El hijo en quién ellos no podían reconocerse. A renglón seguido viene la arremetida fuerte: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”.
Como ocurre a menudo con las parábolas, tenemos un relato con contrastes.
El dueño de la viña sólo tiene dos hijos. El primero de ellos hace de su “si” un “no”, el segundo de su “no” un “si”. Ambos hicieron lo contrario de lo que habían dicho. No necesitamos mucho autoconocimiento para reconocernos a nosotros mismos en ambos. Todos tenemos algo de los fariseos, de las prostitutas y de los publicanos, con un “va y ven” entre “si” y “no” y entre “no” y “si” después de todo.
A veces prometemos hacer lo que se nos pide para que nos dejen tranquilo, pero no pensamos hacer en realidad lo que se nos pide. Algo así pasa con nuestra fidelidad con la Iglesia: todos decimos “si” y “amen” con plena voz a todas las oraciones litúrgicas en nuestras celebraciones. En el fondo estamos diciendo que somos creyentes. Pero en la práctica de cada día, no queda mucho de todos esos “amen”. En este caso somos un poco como el primer hijo que dice “si” pero actúa con un “no”.
También ocurre al revés. Reconocemos al segundo hijo en personas que ya no más se dicen cristianos y sin embargo cumplen con la voluntad de Dios. Karl Rahner hablaba de los cristianos anónimos. Ocurre que puede llegar a ser nuestra propia situación. Porque, ¿quien de nosotros no se comporta a veces como un cristiano inconsecuente? Entonces la voz con reproche de un Juan Bautista nos puede llamar a la conversión. En este caso no nos apartamos de las exigentes consecuencias de nuestro “si” de creyentes.

El dueño de la viña simboliza a Dios quien tiene un tercer hijo del cual la parábola no dice nada. Es el hombre Jesús que llamaba a Dios “su Padre” y de quien Dios dice que es “su Hijo bien amado”. Su “si” nunca más se debilitó con un “no”. Aceptó todas las consecuencias, hasta la muerte y la muerte en cruz, como lo describe maravillosamente el antiguo himno cristológico en la carta a los Filipenses. Cuando angustiado hasta la muerte ora y pide que esa cruel muerte no sea su suerte, suspira: “no mi voluntad, sino la tuya”.
También conocemos a una hija de Dios, la madre de Jesús quién ha sido del todo un “si”. Cuando supo cómo y de quién vendría a ser madre, dijo simplemente: “Quiero servir al Señor: que se haga en mí según tu voluntad”. Su hijo no le hizo la vida fácil, pero mantuvo su “si” incondicional hasta el final.

Nos hace bien orar a Cristo glorificado pidiendo humildemente: “Cristo,  ten piedad de nosotros” y en el “Ave María” pedir a la Virgen que “ruegue por nosotros pecadores”. Porque después de todo somos pecadores, no criminales, pero nunca sin algún pecado. Somos personas de buena voluntad, pero siempre demasiado débiles para decir un rotundo “no” al mal, y decidirnos a elegir el bien. Es demasiado frecuente la contradicción en nuestro actuar con nuestras palabras.
El dueño de la viña en la parábola tenía sólo a dos hijos. Cada uno de nosotros es ambos hijos: es un permanente va y ven entre el “si” y el “no”. Pero es con gente como nosotros que Dios tiene que realizar el trabajo en su viña que es el mundo. Jamás podemos renunciar y debemos ayudarnos mutuamente, haciendo gala de nuestros mejores recursos para la venida y promoción de su reino: ¡que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo!

jueves, 15 de septiembre de 2011

18 de septiembre: Domingo 25º: Mt 20, 1-16



Domingo 25º: Mt 20, 1-16

En la selección de textos del capítulo veinte, se ha elegido esta parábola de los trabajadores de la viña, contratados a diversas horas del día, de la madrugada hasta el atardecer, pero que reciben el mismo salario. Esta parábola, una de las muchas que tiene como propias el evangelio de Mateo, versa como tantas otras sobre el Reino de Dios, uno de cuyos aspectos quiere subrayar. Es bastante inverosímil que haya trabajadores aún por contratar a últimas horas de la tarde, cuando supuestamente el dueño ha salido ya varias veces a contratarlos. Más inverosímil es aún, y por eso mismo será la clave de la parábola, que se dé el mismo salario a unos y a otros. En este caso se trata de subrayar la absoluta gratuidad de la gracia de Dios, que llama cuando quiere y cuya generosidad en la paga no deja de suscitar admiración, si no se está cegado por la envidia. En otras parábolas quedará aún más claro que el salario es Dios mismo, el don de su misma vida, bienaventurada y eterna como Él mismo; y por eso absolutamente gratuita e inasequible al empeño y los méritos de los seres humanos. Basta leer en este sentido la parábola del tesoro o la perla, o las del banquete de bodas y el reparto de talentos, que se leerán en próximos domingos.

El hombre debe trabajar en la viña del Señor, y ojalá lo haga desde muy temprano en su vida, desde la mañana de su existencia; pero, al menos, que vaya en el último momento a colaborar con la oferta de Dios: que no se cierre definitivamente a su invitación. Pero su trabajo no es un derecho o un mérito para el don que Dios le hace. Claro que, al hablar aquí del salario normal de un jornalero, del denario que se solía pagar por un día, parece que la paga es exactamente lo que corresponde, y que la generosidad del dueño sólo se muestra en que da ese jornal a los que no han trabajado o apenas. Pero, el fondo de la enseñanza es que no hay proporción entre el trabajo y el salario; que la generosidad del dueño es con todos los jornaleros, ya que el premio es trabajar en la Viña elegida del Señor, colaborar con el Dios de la Vida y de la Historia en la tarea de la creación y la nueva creación. Es todo obra de su don de gracia, desde la vocación hasta los esfuerzos primeros y últimos de esos “siervos inútiles” que somos, y que no hacemos más que lo que debíamos hacer (Lc 17, 10).


Porque efectivamente, en la realidad del Reino, el salario es Dios mismo, su misma vida regalada graciosamente a los discípulos colaboradores, su Gracia hecha vida de los hijos de Dios que viven como hermanos, sin envidias ni codicias. Que no tienen un ojo envidioso para ver los bienes y ventajas que creen descubrir en el prójimo, y dejan a Dios ser Dios en su absoluta libertad y generosidad sin límites. Es en cierta medida un paralelo a la enseñanza de la parábola lucana del “hijo pródigo”, que más bien debería llamarse del “padre misericordioso”. También allí el hermano mayor se cree con derecho a mayores favores y ventajas y no es capaz de reconocer y acoger al hermano perdido recobrado ahora por el padre. Aquí se acentúa también que siempre es posible la conversión del hombre; que a cualquier hora se puede ir a trabajar a la viña, a colaborar con la gracia generosa de Dios. No se cierran nunca las puertas de su Misericordia; y el salario es tan grande, que no caben las celotipias y envidias, sino desde una perspectiva de corazón mezquino y de fraternidad negada. Si Dios tiene privilegiados, serán siempre “los últimos”, los pequeños, los débiles, los enfermos y los mismos pecadores.


En este día que celebramos nuestras fiestas patrias, este evangelio nos invita a trabajar por un país donde venga efectivamente el Reino de Dios, donde haya felicidad y oportunidad para todos, sin exclusión para nadie. !Que Dios nos bendiga en esas hermosas tareas y nos entusiasmemos con toda nuestra generosidad!


viernes, 9 de septiembre de 2011

11 de septiembre 2011: Domingo 24º: Mateo 18, 21-35


Domingo 24°: Mt 18, 21-35

11 de septiembre de 1973: nos recuerda el día del golpe militar  que tendría una secuela de unos 3.000 detenidos desaparecidos hasta el retorno a la democracia 17 años más tarde. Esa cifra no cuenta las miles de personas torturadas, ni tampoco las miles de personas y familias que tuvieron que dejar el país. ¡Recientemente, se documentó a unos 10.000 detenidos desaparecidos!
11 de septiembre de 2001: terroristas logran la destrucción total de las célebres torres gemelas en el centro de Nueva York. Aproximadamente 3.000 personas de unos 62 países terminan quemados vivos.
En ambos casos ¿pueden los familiares de las víctimas perdonar a los causantes de tanto dolor y tragedia? Al igual que el domingo pasado, el perdón es el tema del evangelio de hoy día.

La comunidad de Mateo se hacía la pregunta formulada por Pedro: ¿Cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces? “No te digo hasta 7 veces, sino  hasta setenta veces siete” le contesta Jesús (¡o sea 490 veces!) Se pierde la cuenta, lo que es precisamente la intención de Jesús. En el mundo de Jesús, el Reino de Dios, no se lleva la cuenta de cuantas veces se perdona ni tampoco  hay límites en ofrecer el perdón. ¿Cuál es la motivación de Jesús para un perdón sin límite?

Como siempre, cuando Jesús tiene algo muy importante que revelar, recurre a una parábola. Aquí la parábola del servidor del Rey a quién se perdona una cantidad inimaginable. Este servidor al que se acaba de  condonar toda su deuda, agarra del cuello a un deudor suyo por una suma relativamente modesta: el equivalente al jornal de unos tres meses. No le perdona, lo maltrata físicamente y lo manda a la cárcel. Enterándose, el Rey se enfada: “¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?” Hay que dimensionar que la diferencia entre las dos deudas es algo así como un millón de veces: si el primero debía 100.000 millones, el segundo sólo debía cien mil.

Jesús ciertamente será totalmente consecuente con su predicación que nos revela el rostro misericordioso de su Padre. Jesús es el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre, como lo dijera alguna vez Juan Pablo II. La vida y la enseñanza de Jesús están llenas con modelos de perdón. Tenemos la conmovedora parábola del hijo pródigo. Este hijo  habiendo malgastado la herencia exigida antes de tiempo es nuevamente acogido incondicionalmente en los brazos misericordiosos de su progenitor. Están también  el perdón y la acogida a Zaqueo, a María Magdalena, a la mujer adúltera, y a sus propios verdugos que lo torturan en la cruz.

Al seguir a Jesús, los cristianos estamos invitados a entrar en ese muy exigente camino del perdón sin límites, porque el perdón es la imagen del Dios- amor a cuya imagen hemos sido creados.
Ahora bien, eso no es para hablar a la ligera del perdón. En una vida humana ocurren cosas tan trágicas que el perdón pareciera imposible o requiere de verdadero heroísmo. ¿Cómo será el dolor de una madre cuyo hijo fue detenido y desapareció sin tener ninguna explicación o petición de perdón hasta el día de hoy?
¿Cómo vivir el resto de su vida y tener la imagen de cariño de padre cuando desde pequeñita se ha sido abusada innumerables veces en el seno de la propia familia? ¡Cuanta violencia intrafamiliar, cuanta infidelidad de pareja! A veces el daño ocasionado es tan grande y tan destructor que una vida humana queda corta para poder reponerse y reconciliarse. No se puede exigir a la ligera lo que   humanamente pareciera imposible, sobre todo en casos que se ha pasado por situaciones de daño casi irreparable.
Por otro lado no es salida ni alivio al daño sufrido, el provocar daño al ofensor. No se puede retribuir mal por mal, ni dejarse llevar por el ‘ojo por ojo o diente por diente’. Mateo ya señaló lo que se llama la regla de oro: “no hacer al otro lo que no quieres que se te haga a ti”. El odio y el rencor no tienen lugar en el perdón; además  sólo resultarían en más daño para el ofendido. Perdonar y ser perdonado aparece como la única vía para romper la espiral mortal del odio y del rencor.
Al decir Jesús que hay que perdonar setenta veces siete, ofrece el único camino de reconciliación y liberación. A través del perdón actúa misteriosamente la gracia de la reconciliación. Pero sigue siendo un ideal.
A veces se pasa la vida con el deseo de perdonar y se perdona interiormente, pero  no se logra concretar el perdón. Como el caso de la mujer que no llega a perdonar a su pareja: “arruinó mi matrimonio y la juventud de nuestros hijos; pero deseo llegar por lo menos  a  no odiarlo más”. Esta mujer manifiesta el deseo de no dejarse dominar por el mal, quiere sanar interiormente y soltarse del mal que se le hizo.
Nunca se podrá revertir el mal cometido. Lo hecho, hecho está. Pero el perdón rompe el mal y engendra nueva vida. El perdón invita a confiar nuevamente en lo que hay de bueno en el fuero interno de cada persona. En eso está el proceso liberador que abre un futuro con nuevo horizonte. No es fácil. Requiere tiempo, diálogo, paciencia por ambos lados. Pero gracias a Dios se dan  casos donde se la juega una pareja para un nuevo comienzo. En estos casos se asoma algo del mundo nuevo de ese Reino de Dios del que habló Jesús. Nada contribuye más a la felicidad que el amor-perdón.
Dios nos dará esa felicidad, perdonando nuestras ofensas “así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

viernes, 2 de septiembre de 2011

4 de septiembre: Mateo 18, 15-20


Domingo 23°: Mateo 18, 15-20

El evangelio empieza con una situación donde alguien me ha ofendido. Estamos en el contexto de una comunidad cristiana, constituida por personas muy diversas y donde se han producido roces, diferencias de punto de vista hasta llegar a la ofensa. La ofensa produce daño en la convivencia, daño que podría ser irreversible de no reaccionar y no buscar como reparar lo que atenta a la vida de la comunidad.
En primer lugar, si me han ofendido no se trata de divulgar la ofensa. No hay que prestarse a ser caja de resonancia de lo que daña el vínculo de afecto y respeto. Esto último construye comunidad mientras lo primero la destruye. El evangelista invita a ser constructivo: “si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”. Aquí se alude a lo que precede inmediatamente en el evangelio: la oveja perdida que el pastor recobra con mucho esfuerzo. Lo mismo hay que hacer todo lo posible por no perder a tu hermano, por mantenerlo en la comunidad. Así que no se trata en primer lugar de obtener alguna satisfacción-reparación por haber sido ofendido sino que el punto es no perder al hermano. ¡Tenemos responsabilidad sobre el otro cuando nos ha ofendido!
Sabemos que no siempre resulta el intento como lo describe el evangelio. Si hay algo difícil entre nosotros los seres humanos, es saber relacionarnos bien, sin rencor, con humildad y paciencia, con amor como primer y último criterio. Nos lo recuerda San Pablo en la segunda lectura: “al amor no hace mal al prójimo; el amor es la plenitud de la Ley”.

A menudo ocurre también que observamos cómo personas  hacen daño  que afecta a la comunidad. En este caso la mayoría de la gente estará inclinada a decir: eso no me incumbe. Dice el evangelio: no llama en seguida a la policía, no anda al tiro al tribunal; llama a dos o tres testigos. Si la persona en cuestión  quiere escuchar, habremos ganado a nuestro hermano. Pero si este paso no resulta, a pesar de nuestros esfuerzos, no queda más camino que presentar el asunto en público: frente a toda la comunidad, dice el evangelio. Sólo cuando lo hemos intentado todo y no produce resultado, entonces perderemos a nuestro hermano y lo excluiremos de la comunidad. Sólo entonces está perdido y tendremos que considerarlo como un pagano o un publicano.
Cada miembro de la comunidad tiene una gran responsabilidad. Jesús lo introduce con toda solemnidad: “En verdad les digo: todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo”.
Los poderes conferidos por Jesús a Pedro se extienden ahora a los integrantes de la comunidad, siempre en un contexto de fortalecerla, de re-unirla cuando hay ofensa o división. Ciertamente que esos poderes van más allá de cómo se ha interpretado tradicionalmente, limitándolos a la confesión sacramental. Lo que hacemos de bien o de mal entre nosotros también se considera como bien o mal a los ojos de Dios. Por lo tanto es una gran responsabilidad de cada cual en la comunidad. Pero Jesús nos dice algo maravillo para ayudarnos. Nuevamente lo introduce solemnemente: “También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá”.
¿Se trata de cualquier contenido y de cualquier petición? ¿Pedimos “unidos”, como “comunidad que ha discernido lo que Dios quiere”? Lo que Dios quiere está muchas veces expresado en el evangelio: aceptación mutua, hacernos el bien unos a otros, ser “paciente y humilde de corazón”,  no vivir en ambiente de ghetto cerrado, ser sal de la tierra y luz del mundo. Esa oración comunitaria y que Jesús mismo nos enseñó en el “Padre nuestro”, viene a ser su presencia de resucitado en medio de nosotros. “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”.
Por cierto que es una presencia misteriosa la del resucitado. Vivimos esta misma presencia misteriosa cuando escuchamos la palabra de Dios; en las especies de pan y de vino consagrados; en la asamblea de los fieles; en cualquier ser humano que sufre hambre, sed, frío, enfermedad, encarcelamiento etc. ¿No son todos momentos donde viene a nosotros su Reino o su Reinado?
La voluntad del Padre es que venga a notros (a toda la humanidad) su Reino donde nadie carezca del pan necesario para llevar una vida digna, donde sanamos y superamos todo lo que divide y separa y donde resistimos las formas de existencia en materialismo e individualismo.
En este mes de la Patria, pidamos que venga su reino a Chile, a esta hermosa tierra que Dios nos ha regalado. Pidamos para que crezca la capacidad de llegar a entendimientos por sobre los enfrentamientos. Vivimos momentos históricos y se abren grandes oportunidades, como pocas veces en nuestra historia, para consensuar nuevas posturas en la educación, permitiendo el acceso a una educación de calidad sin exclusiones sociales. Ha llegado el momento de implementar medidas correctivas para ir disminuyendo las inequidades sociales que se arrastran por varias décadas. ¡Que a todos nos pueda fascinar la construcción de una sociedad más justa y más feliz!

viernes, 26 de agosto de 2011

28 de agosto: Domingo 22º : Mateo 16, 21-28


Domingo 22°: Mateo 16, 21-28

El domingo pasado vimos cómo Pedro, en nombre de la comunidad de los discípulos de Jesús y por obra y gracia de Dios, lo reconoció como el Cristo, el Hijo de Dios vivo. A su vez Jesús confiere a Pedro el poder y la misión de hacer entrar al rebaño y a toda la humanidad en el Reino de Dios.
Para que Pedro y su misión compartida por todos los discípulos, no se sienta henchido de orgullo, Jesús aclara cual es el camino por donde pasa el Reino de Dios. No es precisamente el camino del éxito, de las aclamaciones y de la felicidad fácil que todos buscamos.
Que grande es la desilusión de Pedro cuando Jesús le precisa a él y a los discípulos que va camino al patíbulo, que todo va a terminar pronto en Jerusalén en un conflicto sin remedio con las máximas autoridades religiosas y políticas y que, en breve plazo (=tercer día), estaría nuevamente vivo, resucitado.
Es demasiado. No puede ser así. El camino del Reino de Dios no puede pasar por un camino de perdición y fracaso. Eso va contra toda expectativa e imagen que se tiene de la felicidad. Pedro decide corregir inmediatamente a Jesús. Ve que su querido maestro está equivocado; le toma aparte y le reprende: ¡Señor, eso no sucederá!
La reacción de Jesús es inmediata y drástica, porque Pedro lo está tentando y  desviando de su misión. Satanás que había tentado a Jesús en el desierto, ha vuelto y nada menos que en el mismo Pedro  a quien Jesús acaba de confiar las potestades del Reino de Dios.
“Atrás, retírate Satanás. Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”. Pedro, la persona en quien Jesús ha depositado la máxima confianza y responsabilidad es aquel que aquí recibe la expresión más dura usada contra alguien en el evangelio. A los fariseos y letrados Jesús los trató de “raza de víboras” y “sepulcros blanqueados” por su hipocresía, por haber hecho de la religión un traje a su medida, por manipular según su conveniencia la relación entre Dios y los hombres. Las propuestas de los fariseos chocan con el proyecto de Jesús pero Jesús sabe a qué atenerse con ellos y no tienen cabida en el Reino de Dios.
Pero que Pedro pretenda desviar a Jesús de su misión liberadora es absolutamente inaceptable.
Jesús tiene que aclarar inmediatamente que en el Reino de Dios, no se trata de sentarse en tronos, de buscar sentirse bien, de llegar a ser importante y exitoso.
El Reino de Dios pasa por un camino de amor y servicio. No hay amor y servicio sin romper el cascarrón del egoísmo y sin una decisión de poner su vida al servicio de los demás. Este es el sentido de la expresión evangélica “negarse a si mismo”, expresión oriental que significa vivir de cara a los demás, vivir para los otros, no ser egoísta.  Jesús explicita cual es el pensamiento de Dios en agudo contraste con el pensamiento de los hombres. El que quiere salvar su vida la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, (es decir por el proyecto de Jesús y de su Reino de amor y justicia), la encontrará.
¿Puede ser más paradojal el pensamiento de Dios comparado con él de los hombres? Nos cuesta aceptarlo.
 Nos pasa a menudo lo del profeta Jeremías. El Señor y su Evangelio nos seducen. Estamos dispuestos a grandes cosas. Pero los fracasos, los dolores de la vida, las injusticias nos desaniman. ¿Quién no se siente alguna vez tentado de tirarlo todo por la borda? Lo mismo estuvo tentado Jeremías. “No hablaré más en su nombre”. Pero allí está esa intervención misteriosa de Dios: “había en mi corazón como un fuego abrasador…me esforzaba por contenerla, pero no podía”. La gracia de Dios es más fuerte y nos sostiene en nuestra debilidad y desánimo. El pensamiento de Dios y el  Reino de Dios abren camino a pesar de nuestras debilidades y reticencias.

Estamos  terminando el mes de la solidaridad. Hemos recordado con más intensidad el mensaje del P. Hurtado. Su figura y su pensamiento nos recuerdan que nos  esforcemos y nos sensibilicemos a buscar y encontrar los caminos por donde pasa el Reino de Dios en el Chile de hoy.
¿Cómo construir un Chile más solidario? ¿Cómo lograr el Chile que soñamos? ¿Cómo abordar las grandes injusticias sociales que están provocando repudio en la ciudadanía? ¿Cómo trabajar por un Chile con rostro más humano? ¿Cómo corregir los aspectos deshumanizantes en nuestra economía, en nuestra leyes laborales y en muchos otros aspectos?

Que el Señor ponga en nuestros corazones esa llamita que animó al profeta Jeremías. Pidámoslo también por la intercesión de ese profeta de la justicia, el P. Hurtado,  un fuego que encendió a muchos otros fuegos.