viernes, 9 de septiembre de 2011

11 de septiembre 2011: Domingo 24º: Mateo 18, 21-35


Domingo 24°: Mt 18, 21-35

11 de septiembre de 1973: nos recuerda el día del golpe militar  que tendría una secuela de unos 3.000 detenidos desaparecidos hasta el retorno a la democracia 17 años más tarde. Esa cifra no cuenta las miles de personas torturadas, ni tampoco las miles de personas y familias que tuvieron que dejar el país. ¡Recientemente, se documentó a unos 10.000 detenidos desaparecidos!
11 de septiembre de 2001: terroristas logran la destrucción total de las célebres torres gemelas en el centro de Nueva York. Aproximadamente 3.000 personas de unos 62 países terminan quemados vivos.
En ambos casos ¿pueden los familiares de las víctimas perdonar a los causantes de tanto dolor y tragedia? Al igual que el domingo pasado, el perdón es el tema del evangelio de hoy día.

La comunidad de Mateo se hacía la pregunta formulada por Pedro: ¿Cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces? “No te digo hasta 7 veces, sino  hasta setenta veces siete” le contesta Jesús (¡o sea 490 veces!) Se pierde la cuenta, lo que es precisamente la intención de Jesús. En el mundo de Jesús, el Reino de Dios, no se lleva la cuenta de cuantas veces se perdona ni tampoco  hay límites en ofrecer el perdón. ¿Cuál es la motivación de Jesús para un perdón sin límite?

Como siempre, cuando Jesús tiene algo muy importante que revelar, recurre a una parábola. Aquí la parábola del servidor del Rey a quién se perdona una cantidad inimaginable. Este servidor al que se acaba de  condonar toda su deuda, agarra del cuello a un deudor suyo por una suma relativamente modesta: el equivalente al jornal de unos tres meses. No le perdona, lo maltrata físicamente y lo manda a la cárcel. Enterándose, el Rey se enfada: “¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?” Hay que dimensionar que la diferencia entre las dos deudas es algo así como un millón de veces: si el primero debía 100.000 millones, el segundo sólo debía cien mil.

Jesús ciertamente será totalmente consecuente con su predicación que nos revela el rostro misericordioso de su Padre. Jesús es el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre, como lo dijera alguna vez Juan Pablo II. La vida y la enseñanza de Jesús están llenas con modelos de perdón. Tenemos la conmovedora parábola del hijo pródigo. Este hijo  habiendo malgastado la herencia exigida antes de tiempo es nuevamente acogido incondicionalmente en los brazos misericordiosos de su progenitor. Están también  el perdón y la acogida a Zaqueo, a María Magdalena, a la mujer adúltera, y a sus propios verdugos que lo torturan en la cruz.

Al seguir a Jesús, los cristianos estamos invitados a entrar en ese muy exigente camino del perdón sin límites, porque el perdón es la imagen del Dios- amor a cuya imagen hemos sido creados.
Ahora bien, eso no es para hablar a la ligera del perdón. En una vida humana ocurren cosas tan trágicas que el perdón pareciera imposible o requiere de verdadero heroísmo. ¿Cómo será el dolor de una madre cuyo hijo fue detenido y desapareció sin tener ninguna explicación o petición de perdón hasta el día de hoy?
¿Cómo vivir el resto de su vida y tener la imagen de cariño de padre cuando desde pequeñita se ha sido abusada innumerables veces en el seno de la propia familia? ¡Cuanta violencia intrafamiliar, cuanta infidelidad de pareja! A veces el daño ocasionado es tan grande y tan destructor que una vida humana queda corta para poder reponerse y reconciliarse. No se puede exigir a la ligera lo que   humanamente pareciera imposible, sobre todo en casos que se ha pasado por situaciones de daño casi irreparable.
Por otro lado no es salida ni alivio al daño sufrido, el provocar daño al ofensor. No se puede retribuir mal por mal, ni dejarse llevar por el ‘ojo por ojo o diente por diente’. Mateo ya señaló lo que se llama la regla de oro: “no hacer al otro lo que no quieres que se te haga a ti”. El odio y el rencor no tienen lugar en el perdón; además  sólo resultarían en más daño para el ofendido. Perdonar y ser perdonado aparece como la única vía para romper la espiral mortal del odio y del rencor.
Al decir Jesús que hay que perdonar setenta veces siete, ofrece el único camino de reconciliación y liberación. A través del perdón actúa misteriosamente la gracia de la reconciliación. Pero sigue siendo un ideal.
A veces se pasa la vida con el deseo de perdonar y se perdona interiormente, pero  no se logra concretar el perdón. Como el caso de la mujer que no llega a perdonar a su pareja: “arruinó mi matrimonio y la juventud de nuestros hijos; pero deseo llegar por lo menos  a  no odiarlo más”. Esta mujer manifiesta el deseo de no dejarse dominar por el mal, quiere sanar interiormente y soltarse del mal que se le hizo.
Nunca se podrá revertir el mal cometido. Lo hecho, hecho está. Pero el perdón rompe el mal y engendra nueva vida. El perdón invita a confiar nuevamente en lo que hay de bueno en el fuero interno de cada persona. En eso está el proceso liberador que abre un futuro con nuevo horizonte. No es fácil. Requiere tiempo, diálogo, paciencia por ambos lados. Pero gracias a Dios se dan  casos donde se la juega una pareja para un nuevo comienzo. En estos casos se asoma algo del mundo nuevo de ese Reino de Dios del que habló Jesús. Nada contribuye más a la felicidad que el amor-perdón.
Dios nos dará esa felicidad, perdonando nuestras ofensas “así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

viernes, 2 de septiembre de 2011

4 de septiembre: Mateo 18, 15-20


Domingo 23°: Mateo 18, 15-20

El evangelio empieza con una situación donde alguien me ha ofendido. Estamos en el contexto de una comunidad cristiana, constituida por personas muy diversas y donde se han producido roces, diferencias de punto de vista hasta llegar a la ofensa. La ofensa produce daño en la convivencia, daño que podría ser irreversible de no reaccionar y no buscar como reparar lo que atenta a la vida de la comunidad.
En primer lugar, si me han ofendido no se trata de divulgar la ofensa. No hay que prestarse a ser caja de resonancia de lo que daña el vínculo de afecto y respeto. Esto último construye comunidad mientras lo primero la destruye. El evangelista invita a ser constructivo: “si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”. Aquí se alude a lo que precede inmediatamente en el evangelio: la oveja perdida que el pastor recobra con mucho esfuerzo. Lo mismo hay que hacer todo lo posible por no perder a tu hermano, por mantenerlo en la comunidad. Así que no se trata en primer lugar de obtener alguna satisfacción-reparación por haber sido ofendido sino que el punto es no perder al hermano. ¡Tenemos responsabilidad sobre el otro cuando nos ha ofendido!
Sabemos que no siempre resulta el intento como lo describe el evangelio. Si hay algo difícil entre nosotros los seres humanos, es saber relacionarnos bien, sin rencor, con humildad y paciencia, con amor como primer y último criterio. Nos lo recuerda San Pablo en la segunda lectura: “al amor no hace mal al prójimo; el amor es la plenitud de la Ley”.

A menudo ocurre también que observamos cómo personas  hacen daño  que afecta a la comunidad. En este caso la mayoría de la gente estará inclinada a decir: eso no me incumbe. Dice el evangelio: no llama en seguida a la policía, no anda al tiro al tribunal; llama a dos o tres testigos. Si la persona en cuestión  quiere escuchar, habremos ganado a nuestro hermano. Pero si este paso no resulta, a pesar de nuestros esfuerzos, no queda más camino que presentar el asunto en público: frente a toda la comunidad, dice el evangelio. Sólo cuando lo hemos intentado todo y no produce resultado, entonces perderemos a nuestro hermano y lo excluiremos de la comunidad. Sólo entonces está perdido y tendremos que considerarlo como un pagano o un publicano.
Cada miembro de la comunidad tiene una gran responsabilidad. Jesús lo introduce con toda solemnidad: “En verdad les digo: todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo”.
Los poderes conferidos por Jesús a Pedro se extienden ahora a los integrantes de la comunidad, siempre en un contexto de fortalecerla, de re-unirla cuando hay ofensa o división. Ciertamente que esos poderes van más allá de cómo se ha interpretado tradicionalmente, limitándolos a la confesión sacramental. Lo que hacemos de bien o de mal entre nosotros también se considera como bien o mal a los ojos de Dios. Por lo tanto es una gran responsabilidad de cada cual en la comunidad. Pero Jesús nos dice algo maravillo para ayudarnos. Nuevamente lo introduce solemnemente: “También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá”.
¿Se trata de cualquier contenido y de cualquier petición? ¿Pedimos “unidos”, como “comunidad que ha discernido lo que Dios quiere”? Lo que Dios quiere está muchas veces expresado en el evangelio: aceptación mutua, hacernos el bien unos a otros, ser “paciente y humilde de corazón”,  no vivir en ambiente de ghetto cerrado, ser sal de la tierra y luz del mundo. Esa oración comunitaria y que Jesús mismo nos enseñó en el “Padre nuestro”, viene a ser su presencia de resucitado en medio de nosotros. “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”.
Por cierto que es una presencia misteriosa la del resucitado. Vivimos esta misma presencia misteriosa cuando escuchamos la palabra de Dios; en las especies de pan y de vino consagrados; en la asamblea de los fieles; en cualquier ser humano que sufre hambre, sed, frío, enfermedad, encarcelamiento etc. ¿No son todos momentos donde viene a nosotros su Reino o su Reinado?
La voluntad del Padre es que venga a notros (a toda la humanidad) su Reino donde nadie carezca del pan necesario para llevar una vida digna, donde sanamos y superamos todo lo que divide y separa y donde resistimos las formas de existencia en materialismo e individualismo.
En este mes de la Patria, pidamos que venga su reino a Chile, a esta hermosa tierra que Dios nos ha regalado. Pidamos para que crezca la capacidad de llegar a entendimientos por sobre los enfrentamientos. Vivimos momentos históricos y se abren grandes oportunidades, como pocas veces en nuestra historia, para consensuar nuevas posturas en la educación, permitiendo el acceso a una educación de calidad sin exclusiones sociales. Ha llegado el momento de implementar medidas correctivas para ir disminuyendo las inequidades sociales que se arrastran por varias décadas. ¡Que a todos nos pueda fascinar la construcción de una sociedad más justa y más feliz!

viernes, 26 de agosto de 2011

28 de agosto: Domingo 22º : Mateo 16, 21-28


Domingo 22°: Mateo 16, 21-28

El domingo pasado vimos cómo Pedro, en nombre de la comunidad de los discípulos de Jesús y por obra y gracia de Dios, lo reconoció como el Cristo, el Hijo de Dios vivo. A su vez Jesús confiere a Pedro el poder y la misión de hacer entrar al rebaño y a toda la humanidad en el Reino de Dios.
Para que Pedro y su misión compartida por todos los discípulos, no se sienta henchido de orgullo, Jesús aclara cual es el camino por donde pasa el Reino de Dios. No es precisamente el camino del éxito, de las aclamaciones y de la felicidad fácil que todos buscamos.
Que grande es la desilusión de Pedro cuando Jesús le precisa a él y a los discípulos que va camino al patíbulo, que todo va a terminar pronto en Jerusalén en un conflicto sin remedio con las máximas autoridades religiosas y políticas y que, en breve plazo (=tercer día), estaría nuevamente vivo, resucitado.
Es demasiado. No puede ser así. El camino del Reino de Dios no puede pasar por un camino de perdición y fracaso. Eso va contra toda expectativa e imagen que se tiene de la felicidad. Pedro decide corregir inmediatamente a Jesús. Ve que su querido maestro está equivocado; le toma aparte y le reprende: ¡Señor, eso no sucederá!
La reacción de Jesús es inmediata y drástica, porque Pedro lo está tentando y  desviando de su misión. Satanás que había tentado a Jesús en el desierto, ha vuelto y nada menos que en el mismo Pedro  a quien Jesús acaba de confiar las potestades del Reino de Dios.
“Atrás, retírate Satanás. Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”. Pedro, la persona en quien Jesús ha depositado la máxima confianza y responsabilidad es aquel que aquí recibe la expresión más dura usada contra alguien en el evangelio. A los fariseos y letrados Jesús los trató de “raza de víboras” y “sepulcros blanqueados” por su hipocresía, por haber hecho de la religión un traje a su medida, por manipular según su conveniencia la relación entre Dios y los hombres. Las propuestas de los fariseos chocan con el proyecto de Jesús pero Jesús sabe a qué atenerse con ellos y no tienen cabida en el Reino de Dios.
Pero que Pedro pretenda desviar a Jesús de su misión liberadora es absolutamente inaceptable.
Jesús tiene que aclarar inmediatamente que en el Reino de Dios, no se trata de sentarse en tronos, de buscar sentirse bien, de llegar a ser importante y exitoso.
El Reino de Dios pasa por un camino de amor y servicio. No hay amor y servicio sin romper el cascarrón del egoísmo y sin una decisión de poner su vida al servicio de los demás. Este es el sentido de la expresión evangélica “negarse a si mismo”, expresión oriental que significa vivir de cara a los demás, vivir para los otros, no ser egoísta.  Jesús explicita cual es el pensamiento de Dios en agudo contraste con el pensamiento de los hombres. El que quiere salvar su vida la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, (es decir por el proyecto de Jesús y de su Reino de amor y justicia), la encontrará.
¿Puede ser más paradojal el pensamiento de Dios comparado con él de los hombres? Nos cuesta aceptarlo.
 Nos pasa a menudo lo del profeta Jeremías. El Señor y su Evangelio nos seducen. Estamos dispuestos a grandes cosas. Pero los fracasos, los dolores de la vida, las injusticias nos desaniman. ¿Quién no se siente alguna vez tentado de tirarlo todo por la borda? Lo mismo estuvo tentado Jeremías. “No hablaré más en su nombre”. Pero allí está esa intervención misteriosa de Dios: “había en mi corazón como un fuego abrasador…me esforzaba por contenerla, pero no podía”. La gracia de Dios es más fuerte y nos sostiene en nuestra debilidad y desánimo. El pensamiento de Dios y el  Reino de Dios abren camino a pesar de nuestras debilidades y reticencias.

Estamos  terminando el mes de la solidaridad. Hemos recordado con más intensidad el mensaje del P. Hurtado. Su figura y su pensamiento nos recuerdan que nos  esforcemos y nos sensibilicemos a buscar y encontrar los caminos por donde pasa el Reino de Dios en el Chile de hoy.
¿Cómo construir un Chile más solidario? ¿Cómo lograr el Chile que soñamos? ¿Cómo abordar las grandes injusticias sociales que están provocando repudio en la ciudadanía? ¿Cómo trabajar por un Chile con rostro más humano? ¿Cómo corregir los aspectos deshumanizantes en nuestra economía, en nuestra leyes laborales y en muchos otros aspectos?

Que el Señor ponga en nuestros corazones esa llamita que animó al profeta Jeremías. Pidámoslo también por la intercesión de ese profeta de la justicia, el P. Hurtado,  un fuego que encendió a muchos otros fuegos.

sábado, 20 de agosto de 2011

21 de agosto 2011: 21º Domingo: Mateo 16, 13-20


Domingo 21º: Mateo 16, 13-20

La escena de hoy nos lleva al centro del evangelio: la identidad real de Jesús. Hoy en día, las encuestas forman parte de nuestra cultura política y económica. Es fácil opinar a partir de las encuestas, porque se consideran como datos objetivos y seguros; me puedo refugiar en ellas y prescindir de emitir una opinión personal. Algo parecido ocurre en nuestra escena de hoy de Jesús con sus discípulos. Les pregunta por las opiniones que circulan sobre él entre la gente. Formula la pregunta con un juego de palabras: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? No les cuesta mucho a los discípulos recoger las opiniones que han escuchado. Para unos es Juan Bautista, quien habría vuelto a la vida. Para otros es Elías o Jeremías o uno de los profetas. En realidad, a Jesús no le interesaba saber qué opinaba la gente de él, no buscaba medir su popularidad. Su interés iba por otro lado y sorprende a los apóstoles con la pregunta dirigida directamente a ellos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Se podía esperar que cada cual fuera dando su opinión. Sin embargo es uno que toma la palabra por todos. Dice Simón Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.
La respuesta de Pedro no tiene nada que ver con las opiniones que circulan entre la gente. Es una hermosa confesión de fe por la que Jesús lo proclama “bienaventurado”. No arranca de un conocimiento humano, sino de una gracia divina. “Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque eso no te lo revela el conocimiento humano (la carne y la sangre), sino mi Padre que está en los cielos”. La confesión de fe de Pedro es una verdadera conversión. No se trata de repetir lo que dicen por allí y dejarse llevar por las voces de afuera. Ha habido una atención hacia adentro, hacia aquella voz que habla en lo secreto del corazón. Pedro despierta a la fe en el Hijo por obra y gracia del Padre.
Esta escena me hace pensar en la iluminación que recibió San Ignacio en la visión del Cardoner: “recibí una gran claridad en el entendimiento, de manera que en todo el transcurso de mi vida…juntando todas cuantas ayudas haya tenido de Dios y todas cuantas cosas he sabido, aunque las junte todas en uno, no me parece haber alcanzado tanto como en aquella sola vez”. (Autobiografía 30)
A pesar de esa maravillosa confesión de fe, Pedro pronto mostrará también su resistencia a seguir a Jesús. Escucharemos el próximo domingo cómo Jesús tiene que recriminarlo por rechazar tajantemente el camino de la cruz: “¡Aléjate, Satanás! Quieres hacerme caer. Piensas como los hombres, no como Dios.” Cuando Jesús será apresado y condenado, Pedro negará por tres veces tener algo que ver con Él. Impresiona cómo este evangelio muestra la debilidad del hombre en quien Jesús pone toda su confianza y la máxima responsabilidad de la comunidad. Con la imagen de la roca, Jesús le confiere una gran misión: “tu eres Pedro, y sobre esta piedra (mismo juego de palabra en el original) edificaré mi iglesia”. Como ocurre en la Biblia, al darle esa gran misión Jesús cambia el nombre de Simón por Pedro. Pedro será la roca, el signo visible en la historia de la presencia de Cristo. Cristo es la verdadera roca pero invisible después de su resurrección. Pedro y un poco más adelante junto a los apóstoles y sus sucesores (18, 18) reciben las llaves del reino de los cielos y el poder que se expresa en “atar y desatar”, es decir “condenar y absolver”, ser criterio y agente para testimoniar donde está el Espíritu de Jesús y donde está su opuesto.
 Para quienes escuchamos hoy el evangelio de Mateo, “atar y desatar” toman un sentido más amplio. Puede significar: juntar a la gente, sean quienes sean, más allá de las diferencias que los separan o  oponen. Atar es juntar y mover a la gente en torno a un ideal común, como se pretende por ejemplo al realizar una caminata por la solidaridad. Atar es fundar y fortalecer la unión en nombre de Jesús. Desatar es liberar a la gente de lo que oprime: un pasado que los persigue, desilusiones que paralizan, soledades que mantienen cautivo, prejuicios que distorsionan la mirada sobre el prójimo. Desatar tiene que ver con perdonar y hacer posible la conversión.
Dejémonos interpelar por la pregunta de Jesús: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy?” Nuestra respuesta  hoy será distinta a la de Pedro, porque es totalmente otro el contexto. Se actualizará en lenguaje de hoy. Irá en el sentido de afirmar que Jesús es Cristo resucitado que se hace presente cuando nos reunimos en su nombre, cuando estamos dispuestos a hacer lo que él mismo haría en nuestro lugar, retomando la famosa expresión del P. Hurtado.

La comunidad que Jesús prometió construir sobre Pedro, la roca, no es en primer lugar la iglesia de Roma de la que el Papa es el fundamento. En tiempo de Mateo era la comunidad de Pedro. En nuestro tiempo es toda comunidad en la cual y por la cual el evangelio viene a ser un cuerpo vivo, en profunda unión con todas las comunidades donde ocurre lo mismo, y en particular en comunión con el “Santo Padre” cuya función principal es ser el gran mediador de esa unión.
De modo que la Iglesia es no solamente la de Roma, sino toda comunidad grande o pequeña donde se vive y se hace ‘en conmemoración de Jesús’ lo que él mismo vivió e hizo. 

Con una mirada que busca ver donde está y donde se construye hoy la Iglesia,  podemos descubrirla en cada eucaristía que se celebra; en el quehacer diario del Hogar de Cristo que abre los brazos misericordiosos de Jesús para abrazar a nuestros hermanos y hermanas excluidos y heridos socialmente.

miércoles, 10 de agosto de 2011

14 de agosto 2011: 20º Domingo: Mateo 15, 21-28



Domingo 20: Mt 15, 21-28

El relato en el evangelio del encuentro de Jesús con una mujer siro fenicia es sorprendente. Cuesta encajarlo en el conjunto de la dinámica del evangelio.
La región de Tiro y Sidón era país de paganos, al oeste de la Galilea, actualmente el sur del Líbano. Los judíos consideraban a los paganos como perros. Una mujer no judía, una Cananea, en un mundo y una cultura donde la mujer no tenía ni voz ni voto y pagana encima,  pasa interpelando en voz a cuello a Jesús. Le suplicaba que salvara a su hija aquejada por un espíritu impuro (podríamos pensar en una enfermedad como epilepsia por ejemplo). Jesús queda indiferente. Hace como que no la oyera. Pero, cuando la mujer no se desanima y sigue insistiendo, empieza a irritar a los discípulos: “Señor, atiéndela porque nos persigue con sus gritos” (más precisamente: “despídela concediéndole lo que pide”). La respuesta de Jesús es dura: “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”. No está bien que el pan destinado a los que pertenecen al pueblo elegido, se dé a los perritos, a los paganos. El texto dice “cachorritos”, el diminutivo de perros, para atenuar la expresión dura y despectiva de perros en labios de Jesús. La mujer no se siente ofendida ni despreciada y replica con astucia y ternura: “Y sin embargo los cachorros comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños”. La respuesta es un flechazo para Jesús y provoca un giro en su manera de pensar. ¡Jesús permite que la fe de esa mujer pagana le haga cambiar su postura!

Se puede interpretar ese encuentro como un giro en la vocación de Jesús como Mesías. Es una apertura hacia los paganos, lo que es remarcable en un evangelio como el de Mateo escrito para cristianos que provienen del judaísmo. Aquí se asoma la perspectiva nueva que el apóstol Pablo va a concretizar como apóstol de los paganos: Jesús Mesías no está solamente para el pueblo de Israel sino para todos los pueblos.

Este breve y conmovedor relato se presta a muchas perspectivas. Por de pronto está el contraste entre los de “dentro” y los de “fuera” de la Iglesia. Los de “dentro” no somos los únicos con “el mensaje de salvación”, con “el sentido de la vida”, con “toda la verdad”. No se puede mantener que nosotros los cristianos somos los buenos y los otros los malos o los menos buenos, o que los buenos son los cristianos practicantes. Después de la dura controversia con los fariseos, en el episodio inmediatamente anterior, sobre lo que contamina al hombre, el encuentro con la mujer cananea  quiere dejar en claro que la iglesia-comunidad se realiza donde Dios responde a la fe humana. Es grande el contraste con la comunidad de los fariseos (y la comunidad de “judíos conversos”), donde la fe en Dios es cumplimiento de normas y preceptos. El mismo Jesús no absolutizó la fe en una determinada forma o principios. Muchos relatos evangélicos son “gritos de fe” hacia Jesús desde el corazón con sus dolores y angustias. Este evangelio es como una invitación a tener presente que nada puede pretender que viene de  una especie de estatuto divino: ninguna norma o ley, ninguna iglesia, ningún principio o ninguna tradición.  Dios tampoco aparece como una instancia autoritaria de poder que se podría imponer a otros por medio de principios o normas.

Este evangelio ciertamente nos invita a una actitud de escucha y de receptividad en un mundo que se hace cada vez más pluricultural y donde no se progresa o se convence por el camino de la imposición de principios, normas y verdades absolutas sino por el camino del diálogo abierto y el respeto mutuo. ¿Estamos dispuestos a aprender de otros, incluso de otras religiones, o de agnósticos o humanistas por sólo nombrar algunas categorías? No se trata de perder seguridad en nuestra fe. No se trata de entrar en un camino de relativismo. Se trata de crecer en apertura y “sensibilidad” hacia fuera si queremos estar al servicio de los demás sin restricción.

¿Cuál es hoy nuestra mirada hacia aquellos cristianos que no vienen a misa el domingo? (sólo el 9% de los católicos cumple con el precepto dominical). ¿Tenemos ojo para lo esencial, para el núcleo del cristianismo que es el amor?  ¿El amor de Jesús, el amor del buen samaritano? ¿La ética de la solidaridad?
Vamos a iniciar la celebración de la semana de la solidaridad. Quiero dejar al habla al mismo P. Hurtado. “Se engaña si pretende ser cristiano quien acude con frecuencia al templo, pero no cuida de aliviar las miserias del pobre. Se engaña quien piensa con frecuencia en el cielo, pero se olvida de las miserias de la tierra en que vive.
La fe cristiana nos enseña que desamparar al menor de nuestros hermanos es desamparar a Cristo mismo; aliviar a cualquiera de ellos es aliviar a Cristo en persona. Tocar a uno de los hombres es ‘tocar a Cristo’. Por esto nos dijo Cristo que todo el bien o el mal que hiciéramos al más pequeño de sus hermanos a Él lo hacíamos”. (H.S.)

Que el P. Hurtado nos ayude a tener hoy esa misma mirada que él tuvo sobre los excluidos: ver en ellos al mismo Cristo y preguntarnos frente a sus necesidades: “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”  Esta es la fe que agrada al Señor.

viernes, 5 de agosto de 2011

7 de agosto 2011: 19º Domingo ordinario: Mateo 14, 22-23


Domingo 19°: Mateo 14, 22-33:  La tempestad calmada

El evangelio de Jesús caminando sobre las aguas tempestuosas del lago habla fuerte a nuestra imaginación. Tiene algo de lo que conocemos hoy como película con efectos digitales. Contemplemos la escena. Se describe a los discípulos aterrorizados en la barca. A pesar de que varios de ellos son navegantes aguerridos y conocedores de los caprichos del lago de Galilea, perciben que están a punto de naufragar. ¿No fue el mismo Jesús quien les dio la orden de “pasar antes que él a la otra orilla”? ¿Por qué les tiró a esa aventura donde sus vidas se encuentran en serio peligro? Para colmo de terror, perciben a un fantasma caminando sobre las aguas y gritan de espanto. No es para menos en este contexto: los fantasmas forman parte de muchas leyendas terroríficas  de navegantes. Ahora bien, el fantasma que camina sobre el lago les habla y se identifica: “Soy yo”. Todavía no se disipa la mortal angustia,  reconocen la voz pero sigue la inseguridad. Para salir de la duda, Pedro, en nombre de los demás discípulos, pide una prueba imposible: caminar sobre las aguas al encuentro de Jesús. Jesús acepta el desafío. La fe incipiente de Pedro no resiste la prueba del embate del viento y de las olas. Le inunda el miedo y se hunde. Sólo su grito de socorro hacia Jesús lo salva. La mano de Jesús lo sostiene firmemente y escucha el reproche del Señor: “Hombre de poca fe, ¿porqué dudaste?” La escena termina en una gran paz con la confesión de fe de los discípulos: “ciertamente eres Hijo de Dios”.

Por supuesto que este relato es una experiencia de fe con imágenes. Se trata de Jesús, de Pedro, de la iglesia primitiva, de la fe de los primeros cristianos y de nuestra fe. En la Biblia, la imagen del mar en tempestad es frecuente y es símbolo de perdición y de muerte, de lo que se opone a Dios, mientras Dios reina sobre la tempestad y la muerte. Ya en los salmos, la imagen es recurrente. Por ejemplo el salmo 107: 25-30, describe casi la escena del evangelio: la borrasca que levanta las olas, los gritos de angustia hacia el Señor, la tempestad aplacada y la alabanza al Señor por estar salvos. ¡Es como si este salmo hubiera inspirado la escena del evangelio! Jesús, el Señor, domina la muerte, la adversidad “No teman, yo soy”. Reminiscencia del Dios que se revela a Moisés en el éxodo y de aquel que siempre estará con nosotros: “yo estaré con ustedes siempre” son las últimas palabras del evangelio de Mateo.

Los evangelios se escribieron a partir de la fe en la resurrección. Es la fe en Jesús de Nazaret. Después de su muerte fue puesto como Mesías a la derecha de Dios, investido de la gloria y majestad divina. Cristo resucitado es el Señor y se hace presente a todos aquellos que se dirigen a él en confianza. Esta fe confiada no siempre está igualmente fuerte. Incluso  Pedro a quien Jesús llama “piedra” sobre la que construirá su iglesia (Mt 16, 18) y quien es símbolo de unidad, es llamado “hombre de poca fe”. Su angustia pareció más fuerte que su confianza. Más adelante en este mismo  evangelio, se le va a tildar de obstáculo, piedra de tope e incluso de “Satanás” (16, 23) o sea lo opuesto a fundamento de la iglesia. Son todas expresiones que se fueron introduciendo en el evangelio después de la muerte de Pedro. Los tiempos eran difíciles para la iglesia. La unidad de la que Pedro era el símbolo, estaba a la deriva. Había división y Pablo la atestigua. Los cristianos judíos se sentían pasados a llevar por los cristianos no judíos con el peligro de la desaparición de sus tradiciones. Están también los estragos de las persecuciones. La iglesia parece hundirse y sienten que Cristo ya no está más allí para sus seguidores. Se perciben solos y abandonados en el barco de la iglesia. El viento contrario sopla cada vez más fuerte. El agua les llega hasta el cuello. De allí su grito de angustia: “Señor, sálvanos”. Cuando esa gente de poca fe recupera la confianza en la presencia de Jesús y se deja agarrar de la mano por él, la tempestad se calma.

Después de XX siglos y de haber navegado por muchos mares, hoy la Iglesia no atraviesa precisamente mares tranquilos. Son muchas las dudas y los cuestionamientos. Casos de pedofilia de influyentes sacerdotes; algunos que se han quitado la vida: ¿cómo no va a doler lo que ocurre y afectar la credibilidad de la Iglesia? Soplan vientos en contra y hay fuerte oleaje. Pero estamos convidados a confiar en el Señor siempre presente. Nos sigue diciendo desde nuestros temores y angustias: “Ánimo, no teman, soy yo” y “estoy con ustedes para siempre”.
A propósito de la situación de la Iglesia hoy en el mundo, cito un párrafo de Antonio Pagola: “El verdadero problema de la Iglesia no es la secularización progresiva de la sociedad moderna, ni el final de la "sociedad 
de cristiandad" en la que se ha sustentado durante siglos, sino nuestro miedo secreto a fundamentar la fe sólo en la verdad de Jesucristo.

No nos atrevemos a escuchar los signos de estos tiempos a la luz del Evangelio, pues no estamos dispuestos a escuchar 
ninguna llamada a renovar nuestra manera de entender y de vivir nuestro seguimiento a Jesús. Sin embargo, también hoy es 
él nuestra única esperanza. Donde comienza el miedo a Jesús termina nuestra fe.”


Finalmente, podemos aplicar también lo sucedido a los discípulos y a la Iglesia, a nuestra vida personal. Cuantas veces nuestra vida se parece a esta barca sacudida por las olas y el viento contrario. La barca sacudida puede ser mi estado de ánimo, mi salud, familia, trabajo. A veces avanzamos valientemente, confiados en Dios. Con la persistencia de la adversidad, puede venir el momento crítico de la angustia y desesperación hasta quedar agotado, sin fuerzas y sin esperanza. En esos momentos críticos, que podamos escuchar la voz de Jesús: “ánimo, soy yo” y con su invitación, nos atrevamos a “caminar sobre las aguas”.