viernes, 2 de septiembre de 2011

4 de septiembre: Mateo 18, 15-20


Domingo 23°: Mateo 18, 15-20

El evangelio empieza con una situación donde alguien me ha ofendido. Estamos en el contexto de una comunidad cristiana, constituida por personas muy diversas y donde se han producido roces, diferencias de punto de vista hasta llegar a la ofensa. La ofensa produce daño en la convivencia, daño que podría ser irreversible de no reaccionar y no buscar como reparar lo que atenta a la vida de la comunidad.
En primer lugar, si me han ofendido no se trata de divulgar la ofensa. No hay que prestarse a ser caja de resonancia de lo que daña el vínculo de afecto y respeto. Esto último construye comunidad mientras lo primero la destruye. El evangelista invita a ser constructivo: “si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”. Aquí se alude a lo que precede inmediatamente en el evangelio: la oveja perdida que el pastor recobra con mucho esfuerzo. Lo mismo hay que hacer todo lo posible por no perder a tu hermano, por mantenerlo en la comunidad. Así que no se trata en primer lugar de obtener alguna satisfacción-reparación por haber sido ofendido sino que el punto es no perder al hermano. ¡Tenemos responsabilidad sobre el otro cuando nos ha ofendido!
Sabemos que no siempre resulta el intento como lo describe el evangelio. Si hay algo difícil entre nosotros los seres humanos, es saber relacionarnos bien, sin rencor, con humildad y paciencia, con amor como primer y último criterio. Nos lo recuerda San Pablo en la segunda lectura: “al amor no hace mal al prójimo; el amor es la plenitud de la Ley”.

A menudo ocurre también que observamos cómo personas  hacen daño  que afecta a la comunidad. En este caso la mayoría de la gente estará inclinada a decir: eso no me incumbe. Dice el evangelio: no llama en seguida a la policía, no anda al tiro al tribunal; llama a dos o tres testigos. Si la persona en cuestión  quiere escuchar, habremos ganado a nuestro hermano. Pero si este paso no resulta, a pesar de nuestros esfuerzos, no queda más camino que presentar el asunto en público: frente a toda la comunidad, dice el evangelio. Sólo cuando lo hemos intentado todo y no produce resultado, entonces perderemos a nuestro hermano y lo excluiremos de la comunidad. Sólo entonces está perdido y tendremos que considerarlo como un pagano o un publicano.
Cada miembro de la comunidad tiene una gran responsabilidad. Jesús lo introduce con toda solemnidad: “En verdad les digo: todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo”.
Los poderes conferidos por Jesús a Pedro se extienden ahora a los integrantes de la comunidad, siempre en un contexto de fortalecerla, de re-unirla cuando hay ofensa o división. Ciertamente que esos poderes van más allá de cómo se ha interpretado tradicionalmente, limitándolos a la confesión sacramental. Lo que hacemos de bien o de mal entre nosotros también se considera como bien o mal a los ojos de Dios. Por lo tanto es una gran responsabilidad de cada cual en la comunidad. Pero Jesús nos dice algo maravillo para ayudarnos. Nuevamente lo introduce solemnemente: “También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá”.
¿Se trata de cualquier contenido y de cualquier petición? ¿Pedimos “unidos”, como “comunidad que ha discernido lo que Dios quiere”? Lo que Dios quiere está muchas veces expresado en el evangelio: aceptación mutua, hacernos el bien unos a otros, ser “paciente y humilde de corazón”,  no vivir en ambiente de ghetto cerrado, ser sal de la tierra y luz del mundo. Esa oración comunitaria y que Jesús mismo nos enseñó en el “Padre nuestro”, viene a ser su presencia de resucitado en medio de nosotros. “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”.
Por cierto que es una presencia misteriosa la del resucitado. Vivimos esta misma presencia misteriosa cuando escuchamos la palabra de Dios; en las especies de pan y de vino consagrados; en la asamblea de los fieles; en cualquier ser humano que sufre hambre, sed, frío, enfermedad, encarcelamiento etc. ¿No son todos momentos donde viene a nosotros su Reino o su Reinado?
La voluntad del Padre es que venga a notros (a toda la humanidad) su Reino donde nadie carezca del pan necesario para llevar una vida digna, donde sanamos y superamos todo lo que divide y separa y donde resistimos las formas de existencia en materialismo e individualismo.
En este mes de la Patria, pidamos que venga su reino a Chile, a esta hermosa tierra que Dios nos ha regalado. Pidamos para que crezca la capacidad de llegar a entendimientos por sobre los enfrentamientos. Vivimos momentos históricos y se abren grandes oportunidades, como pocas veces en nuestra historia, para consensuar nuevas posturas en la educación, permitiendo el acceso a una educación de calidad sin exclusiones sociales. Ha llegado el momento de implementar medidas correctivas para ir disminuyendo las inequidades sociales que se arrastran por varias décadas. ¡Que a todos nos pueda fascinar la construcción de una sociedad más justa y más feliz!

viernes, 26 de agosto de 2011

28 de agosto: Domingo 22º : Mateo 16, 21-28


Domingo 22°: Mateo 16, 21-28

El domingo pasado vimos cómo Pedro, en nombre de la comunidad de los discípulos de Jesús y por obra y gracia de Dios, lo reconoció como el Cristo, el Hijo de Dios vivo. A su vez Jesús confiere a Pedro el poder y la misión de hacer entrar al rebaño y a toda la humanidad en el Reino de Dios.
Para que Pedro y su misión compartida por todos los discípulos, no se sienta henchido de orgullo, Jesús aclara cual es el camino por donde pasa el Reino de Dios. No es precisamente el camino del éxito, de las aclamaciones y de la felicidad fácil que todos buscamos.
Que grande es la desilusión de Pedro cuando Jesús le precisa a él y a los discípulos que va camino al patíbulo, que todo va a terminar pronto en Jerusalén en un conflicto sin remedio con las máximas autoridades religiosas y políticas y que, en breve plazo (=tercer día), estaría nuevamente vivo, resucitado.
Es demasiado. No puede ser así. El camino del Reino de Dios no puede pasar por un camino de perdición y fracaso. Eso va contra toda expectativa e imagen que se tiene de la felicidad. Pedro decide corregir inmediatamente a Jesús. Ve que su querido maestro está equivocado; le toma aparte y le reprende: ¡Señor, eso no sucederá!
La reacción de Jesús es inmediata y drástica, porque Pedro lo está tentando y  desviando de su misión. Satanás que había tentado a Jesús en el desierto, ha vuelto y nada menos que en el mismo Pedro  a quien Jesús acaba de confiar las potestades del Reino de Dios.
“Atrás, retírate Satanás. Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”. Pedro, la persona en quien Jesús ha depositado la máxima confianza y responsabilidad es aquel que aquí recibe la expresión más dura usada contra alguien en el evangelio. A los fariseos y letrados Jesús los trató de “raza de víboras” y “sepulcros blanqueados” por su hipocresía, por haber hecho de la religión un traje a su medida, por manipular según su conveniencia la relación entre Dios y los hombres. Las propuestas de los fariseos chocan con el proyecto de Jesús pero Jesús sabe a qué atenerse con ellos y no tienen cabida en el Reino de Dios.
Pero que Pedro pretenda desviar a Jesús de su misión liberadora es absolutamente inaceptable.
Jesús tiene que aclarar inmediatamente que en el Reino de Dios, no se trata de sentarse en tronos, de buscar sentirse bien, de llegar a ser importante y exitoso.
El Reino de Dios pasa por un camino de amor y servicio. No hay amor y servicio sin romper el cascarrón del egoísmo y sin una decisión de poner su vida al servicio de los demás. Este es el sentido de la expresión evangélica “negarse a si mismo”, expresión oriental que significa vivir de cara a los demás, vivir para los otros, no ser egoísta.  Jesús explicita cual es el pensamiento de Dios en agudo contraste con el pensamiento de los hombres. El que quiere salvar su vida la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, (es decir por el proyecto de Jesús y de su Reino de amor y justicia), la encontrará.
¿Puede ser más paradojal el pensamiento de Dios comparado con él de los hombres? Nos cuesta aceptarlo.
 Nos pasa a menudo lo del profeta Jeremías. El Señor y su Evangelio nos seducen. Estamos dispuestos a grandes cosas. Pero los fracasos, los dolores de la vida, las injusticias nos desaniman. ¿Quién no se siente alguna vez tentado de tirarlo todo por la borda? Lo mismo estuvo tentado Jeremías. “No hablaré más en su nombre”. Pero allí está esa intervención misteriosa de Dios: “había en mi corazón como un fuego abrasador…me esforzaba por contenerla, pero no podía”. La gracia de Dios es más fuerte y nos sostiene en nuestra debilidad y desánimo. El pensamiento de Dios y el  Reino de Dios abren camino a pesar de nuestras debilidades y reticencias.

Estamos  terminando el mes de la solidaridad. Hemos recordado con más intensidad el mensaje del P. Hurtado. Su figura y su pensamiento nos recuerdan que nos  esforcemos y nos sensibilicemos a buscar y encontrar los caminos por donde pasa el Reino de Dios en el Chile de hoy.
¿Cómo construir un Chile más solidario? ¿Cómo lograr el Chile que soñamos? ¿Cómo abordar las grandes injusticias sociales que están provocando repudio en la ciudadanía? ¿Cómo trabajar por un Chile con rostro más humano? ¿Cómo corregir los aspectos deshumanizantes en nuestra economía, en nuestra leyes laborales y en muchos otros aspectos?

Que el Señor ponga en nuestros corazones esa llamita que animó al profeta Jeremías. Pidámoslo también por la intercesión de ese profeta de la justicia, el P. Hurtado,  un fuego que encendió a muchos otros fuegos.

sábado, 20 de agosto de 2011

21 de agosto 2011: 21º Domingo: Mateo 16, 13-20


Domingo 21º: Mateo 16, 13-20

La escena de hoy nos lleva al centro del evangelio: la identidad real de Jesús. Hoy en día, las encuestas forman parte de nuestra cultura política y económica. Es fácil opinar a partir de las encuestas, porque se consideran como datos objetivos y seguros; me puedo refugiar en ellas y prescindir de emitir una opinión personal. Algo parecido ocurre en nuestra escena de hoy de Jesús con sus discípulos. Les pregunta por las opiniones que circulan sobre él entre la gente. Formula la pregunta con un juego de palabras: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? No les cuesta mucho a los discípulos recoger las opiniones que han escuchado. Para unos es Juan Bautista, quien habría vuelto a la vida. Para otros es Elías o Jeremías o uno de los profetas. En realidad, a Jesús no le interesaba saber qué opinaba la gente de él, no buscaba medir su popularidad. Su interés iba por otro lado y sorprende a los apóstoles con la pregunta dirigida directamente a ellos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Se podía esperar que cada cual fuera dando su opinión. Sin embargo es uno que toma la palabra por todos. Dice Simón Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.
La respuesta de Pedro no tiene nada que ver con las opiniones que circulan entre la gente. Es una hermosa confesión de fe por la que Jesús lo proclama “bienaventurado”. No arranca de un conocimiento humano, sino de una gracia divina. “Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque eso no te lo revela el conocimiento humano (la carne y la sangre), sino mi Padre que está en los cielos”. La confesión de fe de Pedro es una verdadera conversión. No se trata de repetir lo que dicen por allí y dejarse llevar por las voces de afuera. Ha habido una atención hacia adentro, hacia aquella voz que habla en lo secreto del corazón. Pedro despierta a la fe en el Hijo por obra y gracia del Padre.
Esta escena me hace pensar en la iluminación que recibió San Ignacio en la visión del Cardoner: “recibí una gran claridad en el entendimiento, de manera que en todo el transcurso de mi vida…juntando todas cuantas ayudas haya tenido de Dios y todas cuantas cosas he sabido, aunque las junte todas en uno, no me parece haber alcanzado tanto como en aquella sola vez”. (Autobiografía 30)
A pesar de esa maravillosa confesión de fe, Pedro pronto mostrará también su resistencia a seguir a Jesús. Escucharemos el próximo domingo cómo Jesús tiene que recriminarlo por rechazar tajantemente el camino de la cruz: “¡Aléjate, Satanás! Quieres hacerme caer. Piensas como los hombres, no como Dios.” Cuando Jesús será apresado y condenado, Pedro negará por tres veces tener algo que ver con Él. Impresiona cómo este evangelio muestra la debilidad del hombre en quien Jesús pone toda su confianza y la máxima responsabilidad de la comunidad. Con la imagen de la roca, Jesús le confiere una gran misión: “tu eres Pedro, y sobre esta piedra (mismo juego de palabra en el original) edificaré mi iglesia”. Como ocurre en la Biblia, al darle esa gran misión Jesús cambia el nombre de Simón por Pedro. Pedro será la roca, el signo visible en la historia de la presencia de Cristo. Cristo es la verdadera roca pero invisible después de su resurrección. Pedro y un poco más adelante junto a los apóstoles y sus sucesores (18, 18) reciben las llaves del reino de los cielos y el poder que se expresa en “atar y desatar”, es decir “condenar y absolver”, ser criterio y agente para testimoniar donde está el Espíritu de Jesús y donde está su opuesto.
 Para quienes escuchamos hoy el evangelio de Mateo, “atar y desatar” toman un sentido más amplio. Puede significar: juntar a la gente, sean quienes sean, más allá de las diferencias que los separan o  oponen. Atar es juntar y mover a la gente en torno a un ideal común, como se pretende por ejemplo al realizar una caminata por la solidaridad. Atar es fundar y fortalecer la unión en nombre de Jesús. Desatar es liberar a la gente de lo que oprime: un pasado que los persigue, desilusiones que paralizan, soledades que mantienen cautivo, prejuicios que distorsionan la mirada sobre el prójimo. Desatar tiene que ver con perdonar y hacer posible la conversión.
Dejémonos interpelar por la pregunta de Jesús: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy?” Nuestra respuesta  hoy será distinta a la de Pedro, porque es totalmente otro el contexto. Se actualizará en lenguaje de hoy. Irá en el sentido de afirmar que Jesús es Cristo resucitado que se hace presente cuando nos reunimos en su nombre, cuando estamos dispuestos a hacer lo que él mismo haría en nuestro lugar, retomando la famosa expresión del P. Hurtado.

La comunidad que Jesús prometió construir sobre Pedro, la roca, no es en primer lugar la iglesia de Roma de la que el Papa es el fundamento. En tiempo de Mateo era la comunidad de Pedro. En nuestro tiempo es toda comunidad en la cual y por la cual el evangelio viene a ser un cuerpo vivo, en profunda unión con todas las comunidades donde ocurre lo mismo, y en particular en comunión con el “Santo Padre” cuya función principal es ser el gran mediador de esa unión.
De modo que la Iglesia es no solamente la de Roma, sino toda comunidad grande o pequeña donde se vive y se hace ‘en conmemoración de Jesús’ lo que él mismo vivió e hizo. 

Con una mirada que busca ver donde está y donde se construye hoy la Iglesia,  podemos descubrirla en cada eucaristía que se celebra; en el quehacer diario del Hogar de Cristo que abre los brazos misericordiosos de Jesús para abrazar a nuestros hermanos y hermanas excluidos y heridos socialmente.

miércoles, 10 de agosto de 2011

14 de agosto 2011: 20º Domingo: Mateo 15, 21-28



Domingo 20: Mt 15, 21-28

El relato en el evangelio del encuentro de Jesús con una mujer siro fenicia es sorprendente. Cuesta encajarlo en el conjunto de la dinámica del evangelio.
La región de Tiro y Sidón era país de paganos, al oeste de la Galilea, actualmente el sur del Líbano. Los judíos consideraban a los paganos como perros. Una mujer no judía, una Cananea, en un mundo y una cultura donde la mujer no tenía ni voz ni voto y pagana encima,  pasa interpelando en voz a cuello a Jesús. Le suplicaba que salvara a su hija aquejada por un espíritu impuro (podríamos pensar en una enfermedad como epilepsia por ejemplo). Jesús queda indiferente. Hace como que no la oyera. Pero, cuando la mujer no se desanima y sigue insistiendo, empieza a irritar a los discípulos: “Señor, atiéndela porque nos persigue con sus gritos” (más precisamente: “despídela concediéndole lo que pide”). La respuesta de Jesús es dura: “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”. No está bien que el pan destinado a los que pertenecen al pueblo elegido, se dé a los perritos, a los paganos. El texto dice “cachorritos”, el diminutivo de perros, para atenuar la expresión dura y despectiva de perros en labios de Jesús. La mujer no se siente ofendida ni despreciada y replica con astucia y ternura: “Y sin embargo los cachorros comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños”. La respuesta es un flechazo para Jesús y provoca un giro en su manera de pensar. ¡Jesús permite que la fe de esa mujer pagana le haga cambiar su postura!

Se puede interpretar ese encuentro como un giro en la vocación de Jesús como Mesías. Es una apertura hacia los paganos, lo que es remarcable en un evangelio como el de Mateo escrito para cristianos que provienen del judaísmo. Aquí se asoma la perspectiva nueva que el apóstol Pablo va a concretizar como apóstol de los paganos: Jesús Mesías no está solamente para el pueblo de Israel sino para todos los pueblos.

Este breve y conmovedor relato se presta a muchas perspectivas. Por de pronto está el contraste entre los de “dentro” y los de “fuera” de la Iglesia. Los de “dentro” no somos los únicos con “el mensaje de salvación”, con “el sentido de la vida”, con “toda la verdad”. No se puede mantener que nosotros los cristianos somos los buenos y los otros los malos o los menos buenos, o que los buenos son los cristianos practicantes. Después de la dura controversia con los fariseos, en el episodio inmediatamente anterior, sobre lo que contamina al hombre, el encuentro con la mujer cananea  quiere dejar en claro que la iglesia-comunidad se realiza donde Dios responde a la fe humana. Es grande el contraste con la comunidad de los fariseos (y la comunidad de “judíos conversos”), donde la fe en Dios es cumplimiento de normas y preceptos. El mismo Jesús no absolutizó la fe en una determinada forma o principios. Muchos relatos evangélicos son “gritos de fe” hacia Jesús desde el corazón con sus dolores y angustias. Este evangelio es como una invitación a tener presente que nada puede pretender que viene de  una especie de estatuto divino: ninguna norma o ley, ninguna iglesia, ningún principio o ninguna tradición.  Dios tampoco aparece como una instancia autoritaria de poder que se podría imponer a otros por medio de principios o normas.

Este evangelio ciertamente nos invita a una actitud de escucha y de receptividad en un mundo que se hace cada vez más pluricultural y donde no se progresa o se convence por el camino de la imposición de principios, normas y verdades absolutas sino por el camino del diálogo abierto y el respeto mutuo. ¿Estamos dispuestos a aprender de otros, incluso de otras religiones, o de agnósticos o humanistas por sólo nombrar algunas categorías? No se trata de perder seguridad en nuestra fe. No se trata de entrar en un camino de relativismo. Se trata de crecer en apertura y “sensibilidad” hacia fuera si queremos estar al servicio de los demás sin restricción.

¿Cuál es hoy nuestra mirada hacia aquellos cristianos que no vienen a misa el domingo? (sólo el 9% de los católicos cumple con el precepto dominical). ¿Tenemos ojo para lo esencial, para el núcleo del cristianismo que es el amor?  ¿El amor de Jesús, el amor del buen samaritano? ¿La ética de la solidaridad?
Vamos a iniciar la celebración de la semana de la solidaridad. Quiero dejar al habla al mismo P. Hurtado. “Se engaña si pretende ser cristiano quien acude con frecuencia al templo, pero no cuida de aliviar las miserias del pobre. Se engaña quien piensa con frecuencia en el cielo, pero se olvida de las miserias de la tierra en que vive.
La fe cristiana nos enseña que desamparar al menor de nuestros hermanos es desamparar a Cristo mismo; aliviar a cualquiera de ellos es aliviar a Cristo en persona. Tocar a uno de los hombres es ‘tocar a Cristo’. Por esto nos dijo Cristo que todo el bien o el mal que hiciéramos al más pequeño de sus hermanos a Él lo hacíamos”. (H.S.)

Que el P. Hurtado nos ayude a tener hoy esa misma mirada que él tuvo sobre los excluidos: ver en ellos al mismo Cristo y preguntarnos frente a sus necesidades: “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”  Esta es la fe que agrada al Señor.

viernes, 5 de agosto de 2011

7 de agosto 2011: 19º Domingo ordinario: Mateo 14, 22-23


Domingo 19°: Mateo 14, 22-33:  La tempestad calmada

El evangelio de Jesús caminando sobre las aguas tempestuosas del lago habla fuerte a nuestra imaginación. Tiene algo de lo que conocemos hoy como película con efectos digitales. Contemplemos la escena. Se describe a los discípulos aterrorizados en la barca. A pesar de que varios de ellos son navegantes aguerridos y conocedores de los caprichos del lago de Galilea, perciben que están a punto de naufragar. ¿No fue el mismo Jesús quien les dio la orden de “pasar antes que él a la otra orilla”? ¿Por qué les tiró a esa aventura donde sus vidas se encuentran en serio peligro? Para colmo de terror, perciben a un fantasma caminando sobre las aguas y gritan de espanto. No es para menos en este contexto: los fantasmas forman parte de muchas leyendas terroríficas  de navegantes. Ahora bien, el fantasma que camina sobre el lago les habla y se identifica: “Soy yo”. Todavía no se disipa la mortal angustia,  reconocen la voz pero sigue la inseguridad. Para salir de la duda, Pedro, en nombre de los demás discípulos, pide una prueba imposible: caminar sobre las aguas al encuentro de Jesús. Jesús acepta el desafío. La fe incipiente de Pedro no resiste la prueba del embate del viento y de las olas. Le inunda el miedo y se hunde. Sólo su grito de socorro hacia Jesús lo salva. La mano de Jesús lo sostiene firmemente y escucha el reproche del Señor: “Hombre de poca fe, ¿porqué dudaste?” La escena termina en una gran paz con la confesión de fe de los discípulos: “ciertamente eres Hijo de Dios”.

Por supuesto que este relato es una experiencia de fe con imágenes. Se trata de Jesús, de Pedro, de la iglesia primitiva, de la fe de los primeros cristianos y de nuestra fe. En la Biblia, la imagen del mar en tempestad es frecuente y es símbolo de perdición y de muerte, de lo que se opone a Dios, mientras Dios reina sobre la tempestad y la muerte. Ya en los salmos, la imagen es recurrente. Por ejemplo el salmo 107: 25-30, describe casi la escena del evangelio: la borrasca que levanta las olas, los gritos de angustia hacia el Señor, la tempestad aplacada y la alabanza al Señor por estar salvos. ¡Es como si este salmo hubiera inspirado la escena del evangelio! Jesús, el Señor, domina la muerte, la adversidad “No teman, yo soy”. Reminiscencia del Dios que se revela a Moisés en el éxodo y de aquel que siempre estará con nosotros: “yo estaré con ustedes siempre” son las últimas palabras del evangelio de Mateo.

Los evangelios se escribieron a partir de la fe en la resurrección. Es la fe en Jesús de Nazaret. Después de su muerte fue puesto como Mesías a la derecha de Dios, investido de la gloria y majestad divina. Cristo resucitado es el Señor y se hace presente a todos aquellos que se dirigen a él en confianza. Esta fe confiada no siempre está igualmente fuerte. Incluso  Pedro a quien Jesús llama “piedra” sobre la que construirá su iglesia (Mt 16, 18) y quien es símbolo de unidad, es llamado “hombre de poca fe”. Su angustia pareció más fuerte que su confianza. Más adelante en este mismo  evangelio, se le va a tildar de obstáculo, piedra de tope e incluso de “Satanás” (16, 23) o sea lo opuesto a fundamento de la iglesia. Son todas expresiones que se fueron introduciendo en el evangelio después de la muerte de Pedro. Los tiempos eran difíciles para la iglesia. La unidad de la que Pedro era el símbolo, estaba a la deriva. Había división y Pablo la atestigua. Los cristianos judíos se sentían pasados a llevar por los cristianos no judíos con el peligro de la desaparición de sus tradiciones. Están también los estragos de las persecuciones. La iglesia parece hundirse y sienten que Cristo ya no está más allí para sus seguidores. Se perciben solos y abandonados en el barco de la iglesia. El viento contrario sopla cada vez más fuerte. El agua les llega hasta el cuello. De allí su grito de angustia: “Señor, sálvanos”. Cuando esa gente de poca fe recupera la confianza en la presencia de Jesús y se deja agarrar de la mano por él, la tempestad se calma.

Después de XX siglos y de haber navegado por muchos mares, hoy la Iglesia no atraviesa precisamente mares tranquilos. Son muchas las dudas y los cuestionamientos. Casos de pedofilia de influyentes sacerdotes; algunos que se han quitado la vida: ¿cómo no va a doler lo que ocurre y afectar la credibilidad de la Iglesia? Soplan vientos en contra y hay fuerte oleaje. Pero estamos convidados a confiar en el Señor siempre presente. Nos sigue diciendo desde nuestros temores y angustias: “Ánimo, no teman, soy yo” y “estoy con ustedes para siempre”.
A propósito de la situación de la Iglesia hoy en el mundo, cito un párrafo de Antonio Pagola: “El verdadero problema de la Iglesia no es la secularización progresiva de la sociedad moderna, ni el final de la "sociedad 
de cristiandad" en la que se ha sustentado durante siglos, sino nuestro miedo secreto a fundamentar la fe sólo en la verdad de Jesucristo.

No nos atrevemos a escuchar los signos de estos tiempos a la luz del Evangelio, pues no estamos dispuestos a escuchar 
ninguna llamada a renovar nuestra manera de entender y de vivir nuestro seguimiento a Jesús. Sin embargo, también hoy es 
él nuestra única esperanza. Donde comienza el miedo a Jesús termina nuestra fe.”


Finalmente, podemos aplicar también lo sucedido a los discípulos y a la Iglesia, a nuestra vida personal. Cuantas veces nuestra vida se parece a esta barca sacudida por las olas y el viento contrario. La barca sacudida puede ser mi estado de ánimo, mi salud, familia, trabajo. A veces avanzamos valientemente, confiados en Dios. Con la persistencia de la adversidad, puede venir el momento crítico de la angustia y desesperación hasta quedar agotado, sin fuerzas y sin esperanza. En esos momentos críticos, que podamos escuchar la voz de Jesús: “ánimo, soy yo” y con su invitación, nos atrevamos a “caminar sobre las aguas”.


sábado, 30 de julio de 2011

Domingo 31 de julio: Mateo 14, 13-21 y festividad de San Ignacio de Loyola






Domingo 18º: Mt 14, 13-21

Celebramos hoy la fiesta de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús y desde luego de la espiritualidad que lleva su nombre. San Ignacio era un hombre con un profundo sentido de Dios que lo llevaba a buscarlo y hallarlo en todas las cosas. El P. Nadal resumió esa mística con la fórmula “ser contemplativo en la acción”. Es una fórmula paradójica, porque tradicionalmente se consideraba la contemplación y la acción como momentos separados y muy distintos: la contemplación era dirigirse directamente a Dios por la oración y podía transformarse en una forma de vida, la vida contemplativa. Mientras la acción era dirigirse a los hombres: la acción apostólica de la vida activa. Simplificando mucho, se podría imaginar la espiritualidad ignaciana como el punto de intersección de una línea vertical (contemplación) con una horizontal (acción). La genialidad de esa visión consiste en superar cierto dualismo y en dar mejor cuenta del misterio de la encarnación.

 San Ignacio concluye el laborioso itinerario de sus Ejercicios Espirituales con la contemplación para alcanzar amor. Esa contemplación está enriquecida de todo el misterio de Cristo y pide como gracia final el “poder en todo amar y servir a su divina majestad”. De este modo,  lo más mínimo de la vida puede ser un continuo ejercicio de amor en la medida que sea un continuo servicio. Ese amor-servicio es manifestación de Cristo salvador como encarnación de lo que Dios quiere aquí y ahora (ver Mt. 20, 38: Jesús que ha venido para servir y dar su vida en rescate por muchos).

Ahora bien, ¿cuales son las acciones dónde hoy debiera expresarse preferentemente el “amor-servicio”?
Hace unos treinta y seis años atrás, a los diez años de haberse terminado el Concilio Vaticano II, la Compañía de Jesús se preguntó por su misión en el mundo de hoy. Como respuesta salió el importante documento del servicio de la fe y la promoción de la justicia. “La misión de la Compañía de Jesús hoy es el servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta, en cuanto forma parte de la reconciliación de los hombres exigida por la reconciliación de ellos mismos con Dios”. La urgencia de esa misión viene por la constatación que “nuestro mundo, caracterizado por una interdependencia creciente, está sin embargo dividido por la injusticia, injusticia no sólo de las personas, sino encarnada también en las instituciones y las estructuras socio-económicas, que dominan la vida de las naciones y de la comunidad internacional”.

Una de las grandes injusticias hoy es el hambre que sufren muchas personas. Las Naciones Unidas estiman que mueren diariamente 70.000 personas de hambre y enfermedad. Y sin embargo, se producen diariamente más alimentos de lo que se requiere para la satisfacción de todos. Entonces, ¿quién es responsable de que muere diariamente tanta gente inocente? En estos días, la prensa nos muestra el drama de la hambruna en el cuerno de África:  más de 12 millones de seres humanos sufren una muy severa hambruna (Somalia, norte de Kenia y sur de Etiopía). Los niños son las  grandes víctimas. En nota adjunta se puede leer un dramático relato de esa situación. (1)[i]

En el evangelio de hoy vemos que Jesús se enfrentó con  situaciones muy duras. Aquello no era un mundo de paz bucólica. La gente estaba angustiada y abatida como ovejas sin pastor (9, 36). La muchedumbre que lo rodeaba sufría enfermedades y padecía hambre. Nos dice el evangelio de hoy que el dolor y el sufrimiento de la gente le tomaban hasta las tripas. Por eso se puso a aliviarles de sus dolencias. Porque esa era la misión de Jesús: aliviar el sufrimiento humano para manifestar el amor – misericordia de Dios, su Padre y nuestro Padre.
Los discípulos no están en esta perspectiva de amor-servicio de Jesús y buscan despedir a la multitud y que vayan a comprarse alimentos. Comprar significa volver a la sociedad de la que proceden para someterse otra vez a las leyes de mercado que los han mantenido en la miseria. A la propuesta de comprar de los discípulos, Jesús les invita a dar de comer a la gente. Replican con la insuficiencia del recurso disponible: 5 panes y dos pescados. Pero 5 más 2 suman 7, cifra bíblica de plenitud.

Conocemos el resto del relato. Ayudará leerlo como una metáfora más que una interpretación literal. La metáfora nos dice que el amor-servicio pedido y  bendecido por Jesús y al cual se convirtieron los discípulos en la acción solidaria del reparto,  alivia el hambre de la gente y procura su felicidad.
La lección que deja Jesús es que  el amor-servicio manifestado en compartir todo lo que se tiene asegura la abundancia y libera del dolor y sufrimientos que imponen una sociedad injusta.

Desde luego podemos profundizar nuestra lectura y percibir aquí una alusión al pan de la eucaristía: “este es mi cuerpo entregado por ustedes: hagan esto en conmemoración mía”. El don total de Jesús invita al don total de la comunidad. En estos gestos sacramentales se manifiesta el advenimiento de la nueva humanidad conforme al proyecto de Dios.






[i] MOGADISCIO, jul (IPS) – Cuando el Programa Mundial de Alimentos (PMA) envió esta semana la primera parte de un paquete de ayuda a Somalia, ya era demasiado tarde para Farah, el hijo de dos años de Qadija Ali. Murió en los brazos de su madre durante el viaje de 16 días que ella y sus otros ocho hijos hicieron hasta Mogadiscio desde una aldea azotada por la sequía en el distrito de Wanlaweyn, en la sureña región de Baja Shabelle. “Lo llevé todo el día muerto, y yo pensé que sólo estaba dormido. No teníamos nada para darle, ni agua ni comida por tres días”, dijo conmovida a IPS en el campamento de Badbado, en las afueras de la capital somalí. La familia de Ali llegó a tener 50 cabezas de ganado, 20 cabras y cinco camellos antes del comienzo de la sequía en el sur de Somalia hace dos años. Era una de las familias más ricas en la región. “Comenzó como una escasez de agua en las primeras temporadas, y luego no hubo más lluvia. El pasto se secó, los pozos y ríos también. Nuestros animales comenzaron a morir uno tras otro y no había pasturas ni agua para ellos”, contó esta mujer mientras cargaba a otro de sus hijos, débil y desnutrido. El campamento de Badbado, que en somalí significa “rescate”, es el mayor asentamiento de la capital para los desplazados por la sequía. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) informó que actualmente el sitio alberga a unas 28.000 personas, aproximadamente 5.000 familias. Pero Ali no tiene a todos sus seres queridos en el campamento. Su esposo quedó en la aldea para cuidar las pocas pertenencias que les quedaban, mientras ella y sus hijos viajaban junto a otras cientos de familias para escapar del hambre y buscar ayuda. Ella no ha sabido nada más de él. En tanto, la asistencia ha llega muy tarde para algunos. Muchos niños y niñas arriban al campamento demasiado débiles y desnutridos como para poder ser salvados por los médicos. Algunos han pasado varios días sin alimentos ni agua. La mayoría tienen un físico muy pequeño para su edad: los de tres años tienen la estatura de un niño de uno. “Llegan aquí exhaustos y muy débiles por el hambre. Dos o tres niños y adultos mueren cada semana en Mogadiscio, pero no hay estadísticas exactas, ya que los campamentos están ubicados en diversos lugares de la ciudad” y es difícil reunir la información, dijo a IPS Muna Igeh, enfermera en Badbado, mientras atendía a uno de los pequeños desnutridos.
Daahir Gabow, padre de siete hijos, tuvo que ver sucumbir a dos de sus pequeños por desnutrición poco después de haber llegado a Mogadiscio. Dijo que los médicos y las enfermeras en el Hospital Bandair, uno de los principales centros de salud de Mogadiscio, hicieron todo lo posible para salvar la vida de su hija, pero “el destino hizo lo suyo”.
Gabow señaló que él y su familia intentaron afrontar la sequía, pero fue inútil. “Quisimos capear la sequía como lo habíamos hecho en otras ocasiones, pero nuestro ganado no pudo sobrevivir. Muchos de nuestros vecinos comenzaron a irse luego de perder su ganado, así que entendimos que era tiempo de partir”, contó Gabow mientras se preparaba para el entierro de su pequeña. “Caminamos durante 21 días. Comimos y bebimos lo que pudimos hallar, y dormimos donde nos encontrábamos cuando el sol se ponía. Esto nunca lo había visto, ni mi padre me contó jamás que le hubiera pasado a él. Son momentos de prueba, así que debemos ser pacientes y fuertes”, señaló.
Elhadji As Sy, director regional del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) para África oriental y austral, indicó que el hambre suponía una “crisis de supervivencia para los niños”. Somalia es el país más afectado por una severa sequía que azota al Cuerno de África y que ha dejado a unas 11 millones de personas en urgente necesidad de ayuda humanitaria.
Kenia, Etiopía y Djibouti también afrontan una crisis, considerada la peor en 60 años. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) estima que un total de 2,23 millones de niños y niñas en Somalia, Kenia y Etiopía sufren desnutrición. El foro mundial informó haber enviado 1.300 toneladas métricas de suministros al sur somalí, incluyendo insumos médicos para atender a 66.000 menores con déficit alimentario.
Mientras, los habitantes del sur somalí siguen abandonando sus hogares. La ONU señaló que por lo menos 100.000 desplazados han llegado a Mogadiscio, de los cuales unos 40.000 lo hicieron apenas el mes pasado. “Durante el último mes, las cifras de Acnur muestran que casi 40.000 somalíes desplazados por la sequía y el hambre han arribado a Mogadiscio en busca de comida, agua, refugio y otro tipo de asistencia”, dijo el martes Vivian Tan, portavoz de la agencia. La ONU estima que el número crece, con un promedio de llegadas diarias de 1.000 personas en julio. Organizaciones no gubernamentales locales están proveyendo también asistencia humanitaria, pero los residentes dicen que ésta es limitada.
El PMA comenzó el 27 de este mes a enviar ayuda por aire a Mogadiscio por primera vez desde que el grupo extremista islámico Al Shabaab prohibió a todas las organizaciones internacionales operar en las regiones que controla. La agencia destinó 14 toneladas de suplementos alimenticios para niños desnutridos en los campamentos de Mogadiscio. David Orr, portavoz de Acnur, dijo a periodistas en la capital somalí que más ayuda llegaría en los próximos días.
(FIN/2011)