miércoles, 25 de mayo de 2011

29 de mayo 2011: 6º Domingo de Resurrección


6º Domingo de Resurrección: Jn 14, 15-21

En el evangelio del domingo pasado, vimos al apóstol Felipe preguntar a Jesús: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. Y Jesús de contestarle: “Felipe, quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. “El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago y aun mayores”. La primera lectura de los Hechos es una confirmación de lo dicho por Jesús. Felipe predicando a Cristo en una ciudad de Samaria. Su anuncio del evangelio es acompañado de numerosos signos: enfermos, paralíticos y lisiados son sanados y hay gran alegría en esa ciudad. Sabemos que entre judíos y samaritanos había enemistad y odios ancestrales porque los consideraban como herejes y extranjeros (ver la parábola del buen samaritano Lc. 10 y en el encuentro de Jesús con la samaritana a quien le pide de beber Jn 4).
Jesús, en quien actuaba el Espíritu, ya traspasaba las fronteras y las rivalidades entre pueblos. El apóstol Felipe no hace menos en la expansión de la pequeña iglesia naciente, conducida por el Espíritu. La llegada de Pedro y Juan confirma la acción del Espíritu; caen prejuicios y fronteras y se avanza en la paz y la unidad. Se produce un pequeño Pentecostés.

En dos semanas más, se va a celebrar la solemnidad de Pentecostés: la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia.
La tercera persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo, es muchas veces como el “pariente pobre” de la Trinidad. Se habla bastante menos de Él que del Padre y del Hijo. Y sin embargo, nos revela rasgos maravillosos de Dios, lo que Carl Jung llamó los aspectos femeninos del único Dios: la intuición, la creatividad, la compasión, el amor incondicional. Aspectos asociados también con la ignición y el fuego en el corazón que guardan las madres. En la Biblia aparece por ejemplo en el libro de la Sabiduría, donde la sabiduría de Dios, el Espíritu, está sentada a la puerta de nuestras casas, esperando pacientemente poder entrar (ver igualmente Apocalipsis 3, 20). También en el libro del Génesis, el Espíritu de Dios empolla amorosamente como un pájaro hembra el desastroso caos hacia un cosmos armonioso. En el evangelio de hoy  lo percibimos en la tierna sensibilidad de Jesús de no dejar huérfanos a sus discípulos. En la Biblia, constatamos que ciertamente un rasgo fuerte de Dios  es su empatía por los huérfanos y las viudas. Y directamente cercana a nosotros está  la experiencia de la consolación en la oración.

La fiesta de Pentecostés cierra el ciclo pascual. Es la fiesta del envío y del dinamismo apostólico de la Iglesia. El gran reto de la Iglesia es ser luz de las naciones y presencia en el mundo. El mundo, como se le llama en el evangelio de Juan,  es el mundo de la injusticia, del afán de poder y de lucro, de dominación y posesión. Al revés, el Espíritu de Jesús resucitado es amor, paz, justicia, solidaridad y hermandad. Es este Espíritu que la Iglesia está llamada a hacer realidad. Su discurso en un mundo marcado por el pecado (ver el cordero de Dios que quita el pecado del mundo) será muchas veces contra cultural, denunciante y profético, pero es anunciar el camino que recorrió Jesús y el apóstol Felipe y es la misión de nosotros hoy. Tal vez no logremos grandes cambios en este mundo. Lo importante es no obstaculizar la acción del Espíritu santo y estar dispuestos a ser humildemente su instrumento.

Es cierto que aquí se aborda una temática muy compleja. No podemos ver las cosas en blanco y negro. A modo de ejemplo podemos preguntarnos: ¿Cómo se compatibiliza el sermón de la montaña con un compromiso activo en la vida política y económica? Nuestra sociedad exige competencia, eficiencia y eficacia. ¿No es lo que se pretende prioritariamente en la reorganización del Hogar de Cristo estos últimos años? Con los aportes generosos de muchos chilenos, buscamos encaminar a Chile por sendas de auténtica solidaridad. En este gran reto, es preciso ir midiendo los resultados cuantitativos y cualitativos para ir haciendo los ajustes correspondientes. Por supuesto que eso requiere un exigente profesionalismo. Pero al mismo tiempo, el profesionalismo y excelencia en todo emprendimiento nunca pueden dejar de lado lo más bello de Cristo y su evangelio: dar siempre prioridad al otro, al más vulnerable, haciéndose prójimo con una actitud de servicio amoroso y humilde.
Aquí pareciera que los antagónicos enfoques de la cultura ambiental y de las exigencias del evangelio, entran en choque frontal. Se genera una tensión dialéctica cuya síntesis armoniosa es compleja de lograr.

“Hidroaysén” es otro ejemplo que hoy sacude y divide nuestra convivencia. Todos queremos más bienestar, mejores condiciones de vida, lo que llamamos “desarrollo”. Eso pasa por disponer de más energía en un plazo relativamente corto. Ese medio para un buen fin en sí, tiene consecuencias dañinas y perversas. Aparentemente, no hay sustituto energético equivalente en el corto plazo y que sea menos dañino. Tal vez hay que revisar también la premisa del raciocinio y preguntarnos como sociedad: “¿qué desarrollo queremos, qué formas de bienestar para todos los chilenos hoy? Por cierto que esta pregunta requiere un gran debate y mucha reflexión. Traigo a colación las palabras del Santo Padre:  en la sociedad actual, si queremos que exista paz social, «es preciso elegir entre la lógica del lucro como criterio último de nuestra actividad y la lógica del compartir y de la solidaridad» (Benedicto XVI).
No dejan de preocupar las crecientes manifestaciones de descontento y las protestas. Hoy por hoy los ritmos de vida y de trabajo conllevan demasiadas tendencias a deshumanizar. Si vamos perdiendo la posibilidad de vincularnos con respeto y de descubrir la belleza y dignidad de cada ser humano, simplemente contribuimos a deshumanizar más nuestra sociedad actual. Eso sería tomar un camino de destrucción y de muerte. En estas semanas previas a Pentecostés, es necesario pedir con fe en nuestra oración. Que el Señor nos dé luz, que ilumine a su Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad. Que puedan encontrarse los caminos por donde dejemos fluir las gracias del Espíritu Santo para que venga el Reino de Dios a este mundo.

Nos pueden guiar esas palabras de Tomás Chesterton:
“Señor, danos la fuerza para aceptar las cosas que son inevitables.
Danos el coraje para cambiar las cosas que deben ser cambiadas.
Y por sobre todo, danos la sabiduría para distinguir entre ambas”.

miércoles, 18 de mayo de 2011

22 de mayo 2010: 5º Domingo de Resurrección: Jn 14, 1-12


5º Domingo de Resurrección: Jn 14,  1-12

El evangelio de este quinto domingo de Resurrección se sitúa en el contexto de amor y  servicio de la Última Cena, seguido con un largo discurso de Jesús (4 capítulos).
Jesús habla de Dios con gran familiaridad, hablando de Él como de su Padre. Felipe (citado 11 veces en el evangelio), lo mismo Tomás (citado 7 veces; nótese que 7 es una cifra de plenitud en contraste con el 11, porque el Jesús histórico y el Jesús resucitado se revelan en plenitud a Tomás en particular) y los demás discípulos, todavía no entienden los gestos y el lenguaje de Jesús. No perciben que Dios está en él: que Dios es Jesús que se les manifiesta en la invitación al amor incondicional (13, 1) y al servicio sin restricción (signo del lavado de los pies).
Viendo a Jesús que hablaba con tanto entusiasmo de su Padre, Felipe le pide: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. En esa petición todavía no está la fe en Jesús. Piensa que al ver (físicamente) al Padre, por fin entenderá todo aquello de los gestos y discursos de Jesús. Los discípulos habían visto a Jesús retirarse en la soledad para orar a su Padre y les hablaba de él con tanta convicción y entusiasmo. Ellos se daban cuenta que el Padre era el secreto íntimo de la vida de Jesús. Por eso se explica la iniciativa de Felipe que es algo así como: ¡déjate de hablar del Padre y organiza un encuentro con él para que lo conozcamos de una vez!

La pregunta de Felipe era seguramente la pregunta de muchos discípulos en tiempos que se escribía este evangelio entre los años 90 y 100;  sigue siendo una pregunta actual para nosotros: ¿Dios, donde está, donde verlo, cómo experimentarlo y conocerlo?
De modo más general, aquí está también la pregunta y la búsqueda, tal vez no consciente, por el sentido de la vida. Porque cada pregunta por el sentido de la vida es en el fondo la pregunta por quién y cómo es Dios. A su vez, la pregunta por quién y cómo es Dios es la pregunta por lo más hondo de nuestro ser, por ese secreto dinamismo interior que nos impulsa a buscar la plenitud de nuestro ser, aquello que comenta San Agustín: “Señor tu nos has hecho para ti, y mi corazón no encuentra paz hasta descansar en ti”.

La respuesta de Jesús a la pregunta de Felipe es clara: Felipe, “el que me ha visto, ha visto al Padre”.
Jesús remite a si mismo. Jesús es la imagen viviente de Dios invisible e indecible. Para ver a Dios y empezar a conocerlo, tenemos que mirar a Jesús. Como Jesús lleno de ternura y amor, así es Dios.
Como Jesús fiel y misericordioso, así es Dios.
Como Jesús cercano a los hombres y a los que sufren, así es Dios cercano a todos nosotros, especialmente a los que sufren.
Dios es Jesús. En el hombre Jesús vamos conociendo al mismo Dios.
Así también Jesús es la protesta viviente de Dios contra el mundo y contra el hombre que lo organiza a su conveniencia y al revés del proyecto de Jesús.  En Jesús Dios nos deja ver que el desamor no tiene sentido, que la violencia no tiene sentido, incluso el sufrimiento y hasta la misma muerte. La resurrección de Jesús es la protesta de Dios contra el desamor, el sufrimiento y la muerte.

Así como Dios es Jesús, su imagen viviente, también Jesús es imagen viviente del hombre. Quien ve a Jesús ve también al hombre auténtico. Jesús es la palabra eterna y definitiva sobre el hombre. Por eso dirá con toda razón a Tomás: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.
Jesús es Camino. Entre los muchos caminos que ofrece el mundo, el camino de Jesús es un proyecto de liberación para el hombre. Es el amor al hombre que le devuelve la razón de vivir en momentos de confusión y desesperación.
Jesús es Verdad. La palabra anunciada y testimoniada por Jesús es criterio de verdad entre tantos discursos, proyectos y filosofías que nos invaden.
Jesús es Vida. Jesús da sentido a la vida. Representa el proyecto de vida que nos puede salvar de la injusticia, de la exclusión y del caos.
“El que cree en mí hará también las obras que Yo hago y aún mayores”: es decir, por nuestras obras en la línea del proyecto y de las obras de Jesús, mostraremos también a Dios mismo a los hombres y al mundo. Donde ponemos gestos de amor, de solidaridad, de compartir generoso, allí mostramos a Dios.

Es del caso reproducir aquí parte de un discurso de Pascua de Resurrección de Benedicto XVI. “¡Cuántas veces las relaciones entre persona y persona, entre grupos y grupos, entre pueblo y pueblo están marcados no por el amor, sino por el egoísmo, la injusticia, el odio, la violencia! Son las llagas de la humanidad, abiertas y doloridas en todos los ángulos del planeta, ignoradas con frecuencia y a veces voluntariamente escondidas, llagas que desgarran las almas y los cuerpos de innumerables hermanos y hermanas nuestros. Esas llagas esperan ser aliviadas y curadas por las llagas gloriosas del Señor resucitado y por la solidaridad de todos los que, siguiendo sus huellas, realizan gestos de amor, se comprometen de hecho en favor de la justicia y derraman en torno suyo signos luminosos de esperanza en los lugares ensangrentados por los conflictos y allí donde la dignidad de la persona humana continúa siendo vilipendiada y conculcada”.

De alguna manera el P. Hurtado quiso dejar en el Hogar de Cristo el rostro de Dios para los desheredados de Chile. Pero más allá de esa hermosa obra, invita a todos a seguir a Cristo, a “chiflarse por él”, a hacer lo que haría si estuviera en mí lugar. Nos llama “a pasar por el mundo haciendo el bien como Cristo, a despertar en nosotros el sentido de nuestra solidaridad en Cristo: recordar que somos hermanos y sufrir íntimamente con el dolor de nuestros hermanos, pues ningún dolor humano me es ajeno”. Así mostraremos de verdad al Padre.

viernes, 13 de mayo de 2011

15 de mayo de 2011: 4º Domingo de Resurrección: Jn 10, 1-10


Cuarto Domingo de Resurrección: Jn 10, 1-10


Esta semana marca un vuelco en los evangelios del tiempo pascual. Hasta ahora hemos tenido relatos de Jesús resucitado; ahora se dirigen al compromiso de aquellos que acogen al resucitado y al crecimiento de la Iglesia. La liturgia nos va orientando ya hacia Pentecostés y bajo la conducción del primer Apóstol, san Pedro.

Centrémonos en el texto del evangelio de hoy. Es precedido por la curación del ciego de nacimiento y la afirmación de Jesús: “Yo he venido a abrir un proceso contra el orden éste; así los que no ven, verán, y los que ven, quedarán ciegos.” A continuación en el evangelio de hoy dice Jesús: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su  vida por las ovejas.” Claramente percibimos entonces lo que viene a ser la vida de Jesús: un conflicto con las autoridades de su época (los pastores malos ya descritos en Ezequiel 34) que se han adueñado de la religión y del templo para provecho propio. El conflicto y el rechazo a la persona y al mensaje de Jesús están puestos de manifiesto en el episodio inmediatamente anterior de la curación del ciego de nacimiento (4º Domingo de Cuaresma): “a nosotros nos consta que ese hombre (Jesús) es un pecador”. Jesús no rehuye del conflicto; al contrario, hay profunda coherencia entre lo que dice y lo que hace. Jesús va a dar su vida por ser consecuente con el nuevo orden, donde todos tienen cabida. Jesús es la puerta que da acceso a un modo de vivir  en el que la injusticia, la opresión, la violencia y la muerte, que son propios del orden este (esto es, de toda sociedad humana cuya organización se basa en estos pilares: la riqueza, el poder y las desigualdades), son sustituidos por la hermandad, la solidaridad y el amor. (“Yo soy la puerta, el que entre por mí quedará al seguro, podrá entrar y salir y encontrará pastos. Yo he venido para que tengan vida y les rebose”).

La misión de Jesús como buen pastor es la que toma sobre sí el Santo Padre. Nosotros los fieles lo consideramos como supremo Pastor por el ministerio petrino. El mismo Cristo resucitado encargó el cuidado del rebaño: “sé pastor de mis ovejas”.

 Esa misión confiada por Cristo a Pedro y a sus sucesores, es compartida por todos los que ejercen un ministerio pastoral y han sido llamados y designados en la Iglesia para esa misión. Es lo que llamamos la Iglesia jerárquica.
Es interesante observar aquí el camino recorrido entre el Concilio Vaticano I y Vaticano II.
Vaticano I declaró: «La Iglesia de Cristo no es una comunidad de iguales, en la que todos los fieles tuvieran los mismos derechos, sino que es una sociedad de desiguales, no sólo porque entre los fieles unos son clérigos y otros laicos, sino, de una manera especial, porque en la Iglesia reside el poder que viene de Dios, por el que a unos es dado santificar, enseñar y gobernar, y a otros no» (Constitución sobre la Iglesia, 1870).
Vaticano II en la Constitución dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentium”, reestructura profundamente la perspectiva anterior. En su capítulo segundo, trata del “pueblo de Dios”, describiendo ampliamente la gran tradición bíblica de esta rica expresión. El trato de la jerarquía viene después del pueblo de Dios, porque recién en el capítulo tercero señala: “Para apacentar el pueblo de Dios…Cristo Señor instituyó en su Iglesia diversos ministerios ordenados al bien de todo el Cuerpo. Porque los ministros que poseen la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos, a fin de que todos cuantos son miembros del pueblo de Dios y gozan, por tanto, de la dignidad cristiana tiendan libre y ordenadamente a un mismo fin y lleguen a la salvación”. Por lo tanto, la jerarquía que predomina en Vaticano I, viene ahora en segundo lugar y al servicio del pueblo de Dios. Es cierto que la práctica posterior no ha sido demasiado consecuente con esta perspectiva de Vaticano II, resurgiendo la tendencia de la primacía de la jerarquía sobre el pueblo de Dios. Es evidente que hoy cuesta retomar lo que nos dice el Concilio después de declaradas las funciones de la jerarquía. “Cuanto se ha dicho del pueblo de Dios se dirige por igual a laicos, religiosos y clérigos. Y cita a Efesios 4, 15-16: “viviendo en la verdad y el amor, crezcamos hasta alcanzar del todo al que es la cabeza, a Cristo. Gracias a él, el cuerpo entero recibe unidad y cohesión gracias a los ligamentos que lo vivifican y por la acción propia de cada miembro; así el cuerpo va creciendo y construyéndose en el amor”.
La iglesia, como pueblo de Dios, es el cuerpo místico de Cristo. Todos los cristianos tenemos la función y la misión de difundir a Cristo y su evangelio a todos los hombres. Es la afirmación central de la última conferencia episcopal latinoamericana de Aparecida. Pareciera entonces, retomarse aquello del Vaticano II que se llegó a echar de menos en las últimas décadas. Todos tenemos que trabajar por una Iglesia que sea una puerta abierta y genere un espacio acogedor donde las personas más diversas sean bienvenidas y se encuentren en casa. Que cada cual que entra y sale por esa puerta, reciba vida y en abundancia.

sábado, 7 de mayo de 2011

8 de mayo 2011: tercer Domingo de Resurrección




3er Domingo de Resurrección: Lc 24, 13-35

La muerte de Jesús de Nazaret ejecutado como criminal en el suplicio de la cruz, reservado a los peores criminales y en un lugar desolado, la cima de una cantera abandonada en las afueras de Jerusalén,  fue noticia conmovedora en su momento. Era la Pascua judía y Jerusalén estaba atestada de peregrinos venidos de todo el mundo conocido de esa época. ¡Se calcula que podía haber una afluencia de 200 a 300.000 peregrinos! Lo ocurrido era tema de conversación en todas las bocas. Por eso la gran extrañeza de los discípulos a la pregunta del forastero que se les junta en su caminata hacia Emaus: ¿Cómo que no sabes lo que ha ocurrido en estos días en Jerusalén? Y ellos apresurándose en dar “su versión” de los hechos con “su interpretación” desde su desánimo y desesperación: “Nosotros esperábamos que él iba a cambiar este mundo (=libertador de Israel)”. Pero “ya ves”, todo sigue igual.

Tal vez muchos se identificaban con estos discípulos desilusionados, una situación que Lucas, escribiendo su evangelio unos 50 años después de la muerte y resurrección de Jesús, pareciera comprobar como una penosa situación en la Iglesia naciente. En ese contexto compone ese precioso relato para reencantar la fe de los discípulos en Jesús vivo y resucitado. Es un relato a ser saboreado despacio. Desde luego no lo consideremos como un reporte o descripción de hechos ocurridos, sino una preciosa composición literaria dentro de la perspectiva  lucaniana de reforzar la fe en Cristo vivo y resucitado a partir del testimonio de dos discípulos y con el claro propósito de revitalizar la fe de la comunidad en Cristo resucitado.

Casi dos mil años después, no es raro escuchar y percibir también  desilusiones en nuestra Iglesia. Así por ejemplo, muchos esperaban del Concilio Vaticano II grandes cambios en la Iglesia: que fuera una Iglesia de los pobres, una Iglesia de los laicos, una Iglesia que valorara los derechos de la mujer con su  participación y su responsabilidad activa, una Iglesia de los jóvenes, una Iglesia que acogiera y acompañara a los matrimonios en dificultad, una Iglesia que fuera más comprensiva de los grandes cambios ocurridos en la vivencia de la sexualidad. Pero ha pasado el tiempo y todo sigue igual o peor: hay gran escasez de vocaciones sacerdotales y religiosas, parroquias y comunidades sin pastor, congregaciones religiosas en extinción; en muchas partes del mundo se presenta un panorama de una cultura religiosa muy declinante frente a la emergencia invasora de una cultura secularizada e individualista, característica del mundo occidental que era otrora el mundo de la cristiandad.

Surge entonces la gran pregunta: ¿por donde pasa el camino del reencantamiento de la fe en Cristo vivo y resucitado?
Desde luego hay que evitar alejarse de la comunidad o mandarse cambiar.
Para volver al reencantamiento de la fe, el evangelista señala dos importantes pasos: dejarse ayudar y “acompañar” en la lectura y comprensión de las sagradas escrituras y ser profundamente solidarios en compartir el pan, ambos pasos tanto en el sentido literal como figurado. En el sentido literal y cultual, son los dos momentos que componen  nuestra eucaristía, la liturgia de la palabra y la liturgia de la eucaristía; ésta busca ser precisamente celebración de nuestra fe en Cristo muerto y resucitado, vida para el mundo.

En el sentido figurado, es vivir y descubrir a Cristo resucitado en los signos de los tiempos; es agudizar nuestra inteligencia espiritual a la presencia del Dios de la vida en medio de nosotros que nos impulsa a compartir, a ser plenamente solidarios y a moldear este mundo según el proyecto del Padre.

Pasa por creer lo que exclamó Juan Pablo II en Chile y en un contexto de violencia y confrontación: “el amor es más fuerte”. Eso no se puede creer si no se experimenta. Es el punto neurálgico de la catequesis de Jesús a los dos discípulos: “el Mesías tenía que sufrir para entrar en su gloria”. Pasa también por vincularse con los demás en nombre de Jesús, es decir en nombre del amor incondicional y solidario.  La presencia real del resucitado se hace patente en el compartir el pan. El gesto de Jesús era lo que faltaba para que los discípulos dejaran de estar centrados en si mismos, en su manera de ver e interpretar y se abrieran completamente al compartir: “inmediatamente regresan a su comunidad.”
Abrirse al otro, al Otro (Cristo) que necesita y sufre hasta estar en nuestras vidas y compartir con nosotros para sentir su alegría,  eso es vivir la fe en Cristo resucitado. Es la fe que proclama, anhela y construye nuestras relaciones humanas basadas en la armonía, la paz, la justicia y la alegría para todos.



sábado, 30 de abril de 2011

1º de mayo 2011: 2º Domingo de Resurrección

2º Domingo de Resurrección: Jn 20, 19-31

Hace unos seis años atrás, escribí el siguiente comentario sobre Juan Pablo II.
“Apenados, miramos como el Santo Padre Juan Pablo II emprende su último viaje hacia el Padre de todas las misericordias. Con más de 100 viajes alrededor del mundo, recordamos en estos días su paso por Chile hace 18 años atrás. Creo que su visita no dejó indiferente a nadie y marca nuestra convivencia hasta el día de hoy. “El amor es más fuerte” gritó con potente voz a raíz de los disturbios durante la beatificación de Sor Teresita de los Andes. “Los pobres no pueden esperar” exclamó frente a economistas y políticos en la CEPAL. Dos pequeñas frases que nos orientan para ser colaboradores abnegados en el establecimiento del Reinado de Dios entre nosotros. Ya pronto en presencia del Padre eterno, Juan Pablo II seguirá intercediendo por la Iglesia a la que tanto amó y por la que entregó su vida”.
Hoy 1º de mayo y en la fiesta del Jesús de las Misericordias que él mismo introdujo como devoción para este segundo domingo de Resurrección, Juan Pablo II ha sido beatificado. Ya forma parte del gran coro de los beatos y santos de la Iglesia.

En la primera lectura de hoy de los Hechos de los Apóstoles, Lucas nos describe a la Iglesia naciente como una comunidad perfecta: “los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno”. Se dedicaban a la oración  y a la celebración de la Eucaristía. Ese gran entusiasmo que significaba una liquidación total para vivir una solidaridad completa se describe como primera reacción de la comunidad que vivía su fe en Cristo resucitado, esperando tal vez su pronto retorno. La comunidad se estructuraba como el nuevo y verdadero Israel, el nuevo pueblo de Dios, considerando que quedaba poco tiempo para que todo se cumpliera y llegara definitivamente el reinado de Dios.
Fue transcurriendo el tiempo y surgían las persecuciones y los martirios y no llegaba el reino de Dios en plenitud según la visión primitiva. Tuvieron que ampliar su horizonte a otros pueblos, razas y culturas. Fue el progresivo descubrimiento que el reinado de Dios no es sólo para este pequeño grupo primitivo que se dio una estructura de convivencia ideal, sino para toda la humanidad sin restricciones ni límite alguno. Así fue surgiendo paulatinamente el dinamismo evangelizador de la Iglesia como luz para todos los pueblos. Se va entendiendo que la voluntad de Dios manifestada en la vida y muerte de Jesús es el restablecimiento de las relaciones humanas en el respeto, en el servio mutuo y en el amor fraterno sin límites, preferentemente a los pobres y excluidos, como lo resume Lucas en su evangelio.

Continuando con el evangelio de hoy de Juan y en la línea de una lectura muy simbólica, como conviene, del cuarto evangelio, Tomás puede ser cada uno de nosotros (como “mellizo” de Tomás) y en un camino de fe que hemos de recorrer. La fe de Tomás se reducía a lo que el pensaba era la realidad. “No estaba con ellos”, la comunidad nueva de los discípulos que siguen al Señor muerto y resucitado y que se juegan por su reinado universal.
 No concibe aun a Cristo resucitado con sus heridas en los hombres (mujeres y niños) víctimas en el mundo. No comparte todavía la  misión impartida por el Señor que envía a sus discípulos a  trabajar por la nueva humanidad; a relacionarse con los demás en “la paz de Cristo” (“Felices los que trabajan por la paz…”); a sentirse ungido por el Espíritu del Señor resucitado para convertir ese mundo de injusticias y divisiones en un mundo donde se proclama y ejemplifica que el amor es más fuerte (= declarar libres de los pecados o imputarlos) y que amar y servir a los pobres es amar y servir al mismo Señor resucitado.

A través de sus innumerables viajes por todo el mundo, Juan Pablo II había tomado sobre sí esa misma misión que Jesús confió a los suyos: reconciliar a los hombres en el amor y trabajar incansablemente por la justicia y la paz.
¡Que el eje y sentido de nuestra vida pueda injertarse en esta misma misión!

sábado, 23 de abril de 2011

24 de abril de 2011: Domingo de Resurrección

No está más en la tumba...

Domingo de RESURRECCIÓN: Jn 20, 1-9

¿Qué hay de tan especial en la vida de Jesús de Nazaret que después de 20 siglos, sigue siendo el personaje histórico más comentado y que más gente ha convocado a través de la historia?

Al leer los evangelios, constatamos a lo menos tres líneas destacadas de la vida de Jesús.
Jesús “revoluciona” la vivencia de la religión de su tiempo. Cuando se trata de hacer el bien al que está sufriendo o padeciendo gran necesidad, no hay prescripción religiosa que valga para no hacer el bien. “El Sábado está hecho para el hombre y no el hombre para el Sábado”.
Segunda constatación. Jesús triunfa del mal “haciendo el bien”. El bien es todo aquello que promueve la vida de los seres humanos. El mal es lo que destruye su vida de una u otra manera (¡incluso puede ser la religión!); el mal es pecado. Cuantos relatos evangélicos hablan de curaciones, de perdón de pecados o de llamados a ser clementes y misericordiosos.
 Lo más definitivo en la vida de Jesús es su mensaje que Él ha triunfado de la muerte, “el último enemigo”. De eso tratan todos los relatos de resurrección.

Es probable que jamás alguien hubiera hablado de la muerte de Jesús de Nazaret si no fuera porque con posterioridad, se manifestaron los acontecimientos que sus seguidores, llamados cristianos, calificaron de  glorificación o resurrección. Por lo mismo estamos aquí celebrando y conmemorando el misterio de nuestra fe: “anunciamos su muerte, proclamamos su resurrección y clamamos por su venida”.

Los relatos de resurrección hablan de vida más allá de la muerte. Nos cuentan que Dios es fiel a la obra de sus manos. Jesús está junto al Padre (“sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso” como reza el Credo), vive para siempre. ¿No es éste el anuncio pascual?
Este anuncio pascual está en continuidad con la vida de Jesús, de su predicación y de su “praxis”. Su mensaje, su “evangelio” no habló solamente de la vida después de la muerte, sino más bien de la vida aquí y ahora antes de la muerte.

Hay vida nueva allí donde gente que no le ve más sentido a su vida, de repente recibe nuevo impulso.
¡Cuántas veces puedo ser testigo de esta maravillosa gracia en la práctica del sacramento de la reconciliación! ¡Cuantas veces en el acompañamiento, doy gracias a Dios porque lo que era una situación sin salida, se transforma en un camino de vida!
Para el creyente, no hay duda que la gracia del resucitado actuó ayer, hoy y todos los días. El hoy y el futuro de la gracia se mantiene abierto para él que no se sepulta en su pasado doloroso.

En los evangelios las mujeres no encuentran más a Jesús en la tumba. Reciben la misión de dirigirse a Galilea, allí donde se inició el relato de la vida de Jesús. Es decir hay que ir donde los hombres y hay que hacer aquello mismo que hizo Jesús, “sintiendo en ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús”(Flp 2, 5).  Tratándose del bien de los seres humanos, no escudarse en el pretexto de la letra o la norma de la ley. Estar dispuesto a la reconciliación sin condición, superar el mal practicando el bien.
“Ante las estructuras de muerte, Jesús hace presente la vida plena. “Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud” (Jn 10, 10). Por ello, sana a los enfermos, expulsa los demonios y compromete a los discípulos en la promoción de la dignidad humana y de relaciones sociales fundadas en la justicia.” (Aparecida 112)

En la medida que la práctica de evangelización de los discípulos misioneros de Jesús se enmarca en la práctica de su Maestro, en esa misma medida Él se hará presente entre nosotros y estará cambiando nuestra historia.
A esa experiencia de resurrección estamos todos convidados.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

jueves, 14 de abril de 2011

17 de abril: Domingo de Ramos


17 de abril: Domingo de Ramos: Mt 26,14 -26, 66

Con el Domingo de Ramos iniciamos la celebración de la Semana Santa. En la primera parte aclamamos a Jesús, junto al pueblo, en su entrada triunfal en Jerusalén.
La segunda parte, que corresponde a la liturgia de la palabra de la Eucaristía, trae como primera lectura la figura del tercer canto del Siervo de Dios. El evangelio es el relato de la Pasión según san Mateo.
Por lo extenso de esta celebración, no suele haber homilía. Aquí doy solamente unas breves reflexiones para este día de los Ramos y para profundizar durante la semana si se desea.

 En los evangelios, el relato de la Pasión no es un reportaje lúcido de algún testigo ocular, sino la condensación de la fe de los primeros cristianos. Como Judíos estaban familiarizados con los salmos y la visión del profeta Isaías del “Servidor doliente de Yahvé”. Es fundamental tomar en cuenta que siempre que se escribe a partir de la fe en la resurrección. Por eso mismo, también nos puede inspirar a nosotros hoy y el sufrimiento y la pasión de Jesús pueden estar como modelo de todos los que sufren a través de la historia.

La mirada invisible de Dios, llena de amor y ternura, nos mira a nosotros en el rostro humano de Jesús. La pasión de Jesús es como “una ventana hacia Dios”. Un Dios con una fuerza indefensa de amor. El Dios de Jesucristo es un Dios que no está en el poder. Es tan indefenso como tan fuerte es el amor.
El Cristo que se adora después del emperador Constantino como “Pantocrator” – o dominador del mundo, no es el Cristo del Gólgota. (Aquel Dios que nuestra liturgia invoca tan a menudo como “Dios todopoderoso”).

Este Jesús crucificado ha sido glorificado por su Padre Dios como “su mano derecha”, su representante. Dios ha legitimado a Jesús. Él es el enviado y ungido de Dios, pastor y por ende, “el” profeta, el bien amado de Dios. Esta es la fe de la resurrección. A la luz de esta fe, la muerte catastrófica en la cruz, toma un sentido radicalmente distinto. La cruz viene a ser el signo de la entrega irrestricta de Dios mismo por amor a los hombres.
Todos aquellos que sufren o son víctima de la injusticia, se pueden valer de Jesús. También es modelo para todo ser humano que se entrega, liberando sin cálculo a su prójimo. Jesús es tanto el sediento como el que aplaca la sed. El sufrimiento injusto y la salvación liberadora se funden en su persona en una sola realidad. Con Jesús, como crucificado, y que vive junto a Dios, todos los dolientes y sufrientes del mundo se pueden relacionar desde su fe con él. Una relación de amor íntimo que no quita el sufrimiento, el dolor, la pena y la soledad, ni  tampoco el fracaso. Una relación donde podemos sentirnos unidos solidariamente con él, “el bien amado de Dios”, un Dios de todos los hombres sin excepción.