jueves, 10 de octubre de 2013

28º Domingo ordinario: Lc 17, 11-19


28º Domingo: Lc 17, 11-19

Lucas gusta de presentar la vida cristiana y el movimiento de Jesús como un camino. Y no es un camino cualquiera, sino un camino hacia Jerusalén, donde Jesús enfrentará su Pascua: en el paso de su muerte – resurrección vivirá el retorno a su Padre.
Y esta es la misión de Jesús: invitarnos a entrar con El en este mismo camino que lleva al Padre, único camino que nos humaniza y nos libera.

 En el evangelio de hoy, de los 10 curados de la lepra, sólo uno entra en el camino de Jesús: “levántate y vete, tu fe te ha salvado”. “Levántate” usa el mismo verbo que para la resurrección de Jesús y “vete” es el mismo movimiento aplicado a Jesús de camino a Jerusalén.
¡Nuevamente un samaritano – enemigo de los judíos – es el salvado! Un samaritano, agradecido de su curación, se pone en al camino del seguimiento de Jesús.

Sin embargo, son 10 los curados de su enfermedad, la lepra, que en tiempo de Jesús, cubría un amplio espectro de enfermedades infecciosas a la piel. “Diez” en lenguaje bíblico tiene un sentido de plenitud (en Génesis, en el relato de la creación Dios habla 10 veces antes de que termine su obra; también están las diez palabras de Dios que llamamos los diez mandamientos; para celebrar la liturgia un día sábado, se requiere un mínimo de 10 fieles etc.). Los diez curados de su enfermedad pueden representar a todos los hombres amados incondicionalmente por Dios sin distinción de raza, cultura o religión. Dios ama a cada persona entrañablemente y de modo único y total, porque cada ser humano es su creación.

Pero también los 10 sufren una grave enfermedad. Viven una vida inhumana. Los leprosos vivían a distancia, fuera de las aldeas y de los pueblos, para no contagiar. Al acercarse, tenían que emitir ruido con una carraca para señalar su presencia. Eran como muertos en vida. Jesús deja que se le acerquen y oye su clamor: ¡Señor, ten piedad de nosotros! Jesús los mira – lo lógico era alejarse – porque en Jesús es Dios que mira la miseria de su pueblo y no lo puede soportar.

En Jesús, Dios actúa y quiere salvar. A la orden de Jesús, obedecen y “en el camino quedaron purificados”. Es de suponer que cumplieron entonces con las prescripciones rituales, presentándose a los sacerdotes en el templo para comprobar su curación, alabando agradecidos a Dios (Levítico 14, 1-32). El samaritano no puede acompañar porque no está permitido que entre al templo: por su condición de enemigo, está excluido. Sin embargo, también alaba al Señor echándose a los pies de Jesús en un gesto de adoración. Alaba y encuentra a Dios que salva, no en el templo, sino en Jesús.

Una vez más, Lucas muestra sutilmente que el Dios que hay que adorar y que salva, no está más en el templo sino en Jesús. No salva la observancia de la Ley ni el cumplimiento de las prescripciones rituales, sino la fe en Jesús.
En el documento de “Aparecida”, nuestros obispos señalan: “No resistiría a los embates del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados…A todos nos toca recomenzar desde Cristo(N° 12)”.

Y podemos agregar con este evangelio: desde un Dios que no excluye a nadie. Dios toma en su amor hasta los más marginados de la sociedad como eran los leprosos para darles vida nueva.

Dios se identifica con ellos cuando en el mismo Jesús se hace uno de ellos: en su pasión sufre  la exclusión radical y el abandono total al morir en la cruz. Pero Dios lo resucitó. Queda para siempre la buena nueva: al amor es más fuerte. ¡El amor vence la exclusión y le gana a la misma muerte!

Hoy, como en tiempos de Jesús, también hay numerosos excluidos y marginados. Los adultos y los jóvenes que vagan por nuestras calles. Los enfermos en hospitales que nadie visita. Los adultos mayores que vienen a ser un estorbo (y que en países desarrollados se suaviza su muerte con la eutanasia). Los que caen en el consumo de las drogas y son apartados de su medio social. Las mujeres víctimas de violencia intrafamiliar y que no pueden hacer valer sus derechos. Los que no pueden encontrar un trabajo porque no califican por su edad, por su condición social. La lista que sigue es larga.
A ejemplo de Jesús, podemos acercarnos a todos ellos. Y la práctica de nuestro amor misericordioso puede devolverles su dignidad de ser humano, de personas que se sienten queridas y amadas, para que se levanten y se pongan a caminar descubriendo la fe por el amor solidario.

viernes, 4 de octubre de 2013

27º Domingo ordinario: Lc 17, 3b-10


27º Domingo: Lc 17, 3b-10

En la primera lectura del profeta Habacuc, escuchamos el grito del judío piadoso: ¿Hasta cuando, Señor, pediré auxilio sin que Tú escuches, clamaré hacia ti: “violencia”, sin que Tú salves? Ese hombre experimentaba dolor, violencia, iniquidad, opresión, saqueo, discordia.

Hoy, casi en forma instantánea, experimentamos muchísimo más el grito de aquel hombre piadoso. En efecto  los medios de comunicación modernos nos ponen en interacción con los dramas del mundo entero: las muertes por uso de armas químicas en Siria, las decenas de muertes a diario por violencia y odio en Iraq etc.
Alrededor de nosotros y quizás incluso en nuestra propia familia, experimentamos grandes dolores o sufrimientos: una enfermedad incurable, el repentino fallecimiento de una persona indispensable, una dolorosa separación de pareja: tantas situaciones desde donde se grita al Señor          ¿hasta cuando?  Clamando por ayuda, alivio y por más fe.

El profeta Habacuc muestra a un justo que no entiende el silencio de Dios ante la injusticia y la violencia humana causadas por pecadores. Dios le invita a una nueva visión: una visión de fe y esperanza en el momento fijado: “el que no tiene el alma recta, sucumbirá, pero el justo vivirá por su fidelidad”.

 Ese momento, ese día ha llegado ya en Jesús que ha tenido que cargar en la cruz con la injusticia humana muriendo víctima de ella, pero revelando al mismo tiempo que sólo el amor pondrá remedio a los males del mundo.
Jesús resucitado actúa en su Espíritu, que “no es  un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de sobriedad” (2ª lectura).
La fe en Jesús es vivir “con la ayuda de este Espíritu que habita en nosotros” y que invita a actuar con amor y buen juicio para ser sus testigos en nuestro mundo.

“Tener fe como un grano de mostaza” (semilla pequeñísima) es vivir según el evangelio y el camino de Jesús de dónde viene la fuerza necesaria para cambiar las injusticias o cargar con los dolores propios y de nuestros hermanos para apuntar hacia un horizonte de vida, de resurrección.

Aquí está siempre la tremenda paradoja del evangelio que descoloca. ¿Cómo puede ser el camino de Jesús un camino de liberación y, en realidad, el único camino de liberación? Aun en ambiente cristiano, a veces es poco creíble que el camino del evangelio y de Jesús sea el único camino de liberación.
El Papa Francisco se ha ido desprendiendo de todos los signos y símbolos de poder de los Papa, remanentes de los antiguos signos de poder de los emperadores. Se pone en el nivel de un “tú a tú” con los que sufren. Ha ido a visitar a los refugiados africanos en la isla de Lampedusa; ha estado con los refugiados de todo el mundo en el centro de acogida para refugiados de los jesuitas en Roma. Ha querido acompañar brevemente a los desempleados de Cerdeña. Su presencia y sus gestos comunican fe y esperanza para los sufridos  y excluídos de este mundo. Nos muestra el camino de Jesús y del Evangelio: el camino de la fe que la Iglesia está llamada a recorrer. Este viernes al visitar la tumba de San Francisco en Asís, nos dijo: “Mi visita es, sobre todo una peregrinación de amor, para rezar sobre la tumba de un hombre que se desnudó de sí mismo y se revistió de Cristo y que, según el ejemplo de Cristo, amó a todos, sobre todo a los más débiles y abandonados, y amó con estupor y sencillez la creación de Dios...”

Jesús se daba cuenta que las relaciones entre los hombres se estructuran según esquemas de poder y de dominación: “Los reyes de las naciones las dominan y los que ejercen el poder se hacen llamar bienhechores. Pero ustedes nada de eso; al contrario, el más grande entre ustedes iguálese al más joven y el que dirige al que sirve”. ¿Quiénes se sienten desafiados hoy por esta orientación evangélica? ¿Puede alguien “sentirse bien” si está sin seguridades, sin poder como Jesús?
Según el evangelio sólo tendría fe, él que se adhiere a las enseñanzas y al modo de ser de Jesús.
El evangelio no habla de la fe en las mandas, en las novenas, o de nuestras muchas formas de creencia o devociones, no anuncia indulgencias plenarias etc. Por supuesto que todas estas prácticas y observancias pueden ayudar y nos pueden acercar a “Jesús de Nazareth”, pero tal vez no debieran ser el acento de las catequesis, como a veces ocurre.
Por momentos  puede ser bueno  reconocer que somos “siervos inútiles”, pues no andamos en el sistema de la fe, sino en el del cumplimiento de las obras de la ley, como los fariseos, que, al final, de su trabajo tienen que considerarse “siervos inútiles”, pero no “hijos de Dios” que es a lo que estamos convidados a ser, como ciudadanos libres y felices del reino, dispuestos para “en todo amar y servir”.

jueves, 26 de septiembre de 2013

26º Domingo ordinario: Lc 16, 19-31


Domingo 26º: Lc 16, 19-31
Parábola del “rico Epulón y Lázaro”

Dos hombres remarcables han dejado una profunda huella en el alma de Chile en el siglo pasado: San Alberto Hurtado y el Cardenal Raúl Silva Henríquez. Ambos han sido “profetas de la Justicia”. Adjunto un precioso texto redactado en el ocaso de la vida del Cardenal: “mi sueño para Chile”. Sintetiza admirablemente su pensamiento, su vida y sus grandes líneas como pastor de la Iglesia de Santiago. Es absolutamente actual e, incluso, como comentario al evangelio de este domingo.

La liturgia de la palabra trata, en el fondo, el tema de la justicia social. Sabemos que San Alberto Hurtado fue un gran precursor en la Iglesia de Chile de aquello tan profundo que nos recuerda este domingo la palabra de Dios. Se puede volver a leer el capítulo 5 de su libro:”Humanismo Social”. ¡Qué mejor comentario a la primera lectura de Amos 6, 1ª. 4-7 que estas vibrantes páginas salidas de la pluma de San Alberto Hurtado!
En el evangelio de hoy, tenemos a dos personajes: un rico y un pobre; como en otras parábolas hay dos personajes: el padre y el hijo mayor, el fariseo y el publicano, los hijos y la viña, y por lo tanto confrontan dos actitudes o dos personajes. Contrasta fuertemente la vida de uno y de otro. El rico lo pasa bien, festejando. El pobre, (y aquí un detalle insólito: lleva nombre, se llama Lázaro, abreviación de Eleazar que significa: “Dios le ayuda”) lo pasa muy mal. La referencia a los perros que se le acercaban a lamerle sus llagas ya es repugnante para nosotros hoy. Lo era aun mucho más para los oyentes de Jesús, pues además de la extrema pobreza se agrega la connotación de impureza y de paria. Hoy lo llamamos más suavemente “un excluido social”. Pero a unos y otros les espera el mismo final: la muerte. Sin embargo, acá se empieza a remarcar el contraste expresado entre “ser llevado por los ángeles al seno de Abrahán” y simplemente ser “sepultado”. La diferencia de atención entre uno y otro es evidente. Los papeles se han invertido: el pobre vivió el tránsito a pasarlo bien para siempre en el seno de Abrahán; el rico está “en el infierno” donde lo pasará mal para siempre. El rico parece entender el por qué de su situación, e incluso pretende alertar a sus hermanos para evitarlo, aunque Abraham se lo especifica: “recibiste bienes, Lázaro males”. Esto nos ubica en el contexto de las bienaventuranzas de Lucas: la inversión de la situación presente es lo que se espera para el final. «Bienaventurados los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios... Pero ¡ay de ustedes, los ricos!, porque ya han recibido su consuelo» (Lc 6,20.24). En un contexto donde Lucas quiere alertar a los ricos sobre su suerte (“háganse amigos con el dinero injusto”, 16,9), sobre la posibilidad de ser recibidos en las moradas eternas, la parábola quiere indicar que sólo compartiendo sus bienes, como ya lo indicaba la Ley y los profetas, será posible participar del gozo eterno. Sólo buscando activamente que los pobres de la tierra, los “Lázaros” de este mundo, la pasen bien en sus vidas, podrán participar de los gozos eternos. En este sentido Lucas es, propiamente, un “Evangelio de los ricos”: les comunica la buena noticia que se pueden salvar -cosa que parecía imposible (ver Mc 10,23-27)- si comparten sus bienes con sus hermanos, si saben descubrir en los despreciados y ulcerosos de la tierra a verdaderos hermanos.

MI SUEÑO DE CHILE

Me preguntan por el país que sueño o que deseo. Y debo decir que mi deseo es que en Chile el hombre y la mujer sean respetados. El ser humano es lo más hermoso que Dios ha hecho. El ser humano es “imagen y semejanza” de la belleza y de la bondad de Dios. Quiero que en mi patria desde que un ser humano es concebido en el vientre de una mujer, hasta que llega a la ancianidad sea respetado y valorado. De cualquier condición social, de cualquier pensamiento político, de cualquier credo religioso, todos merecen nuestro respeto.

Quiero en mi país todos vivan con dignidad. La lucha contra la miseria es una tarea de la cual nadie puede sentirse excluido. Quiero que en Chile no haya más miseria para los pobres. Que cada niño tenga una escuela donde estudiar. Que los enfermos puedan acceder fácilmente a la salud. Que cada jefe de hogar tenga un trabajo estable y que le permita alimentar a su familia. Y que cada familia pueda habitar en una casa digna donde pueda reunirse a comer, a jugar y a amarse entrañablemente.

Quiero un país donde reine la solidaridad. Muchas veces ante las distintas catástrofes que el país ha debido enfrentar, se ha demostrado la generosidad y la nobleza de nuestro pueblo. No es necesario que los terremotos solamente vengan a unir a los chilenos. Creo que quienes poseen más riquezas deben apoyar y ayudar a quienes menos poseen. Creo que los más fuertes no pueden desentenderse de los más débiles. Y que los más sabios deben responsabilizarse de los que permanecen en la ignorancia. La solidaridad es un imperativo urgente para nosotros. Chile debe desterrar los egoísmos y ambiciones para convertirse en una patria solidaria.

Quiero un país donde se pueda vivir el amor. ¡Esto es fundamental! Nada sacamos con mejorar los índices económicos o con levantar grandes industrias y edificios, si no crecemos en nuestra capacidad de amar. Los jóvenes no nos perdonarían esa falta. Pido y ruego que se escuche a los jóvenes y se les responda como ellos se merecen. La juventud es nuestra fuerza más hermosa. Ellos tienen el derecho a ser amados. Y tienen la responsabilidad de aprender a amar de un modo limpio y abierto. Pido y ruego que la sociedad entera ponga su atención en los jóvenes, pero de un modo especial, eso se lo pido y ruego a las familias ¡No abandonen a los jóvenes! ¡Escúchenlos, miren sus virtudes antes que sus defectos, muéstrenles con sus testimonios un estilo de vivir entusiasmante!

Y por último, quiero para mi patria lo más sagrado que yo pueda decir: que vuelva su mirada hacia el Señor. Un país fraterno sólo es posible cuando se reconoce la paternidad bondadosa de nuestro Dios. He dedicado mi vida a esa tarea: que los hombres y mujeres de mi tierra conozcan al Dios vivo y verdadero, que se dejen amar por El y que lo amen con todo el corazón. Quiero que mi patria escuche la Buena Noticia del evangelio de Jesucristo, que  tanto consuelo y esperanza trae para todos. Este es mi sueño para Chile y creo que con la ayuda de María, ese sueño es posible convertirlo en realidad.

RAÚL CARDENAL SILVA HENRÍQUEZ
Santiago, 19 de Noviembre de 1991

miércoles, 18 de septiembre de 2013

25º Domingo ordinario: Lc 16, 1-13


25º Domingo: Lc 16, 1-13

“No pueden servir a Dios y al Dinero”. Estas palabras de Jesús no pueden ser olvidadas en estos momentos por quienes nos sentimos sus seguidores, pues encierran la advertencia más grave que ha dejado Jesús a la Humanidad.
 El Dinero, convertido en ídolo absoluto, es el gran enemigo para construir ese mundo más justo y fraterno, querido por Dios.


Desgraciadamente, la Riqueza se ha convertido en nuestro mundo globalizado en un ídolo de inmenso poder que, para subsistir, exige cada vez más víctimas y deshumaniza y empobrece cada vez más la historia humana. En estos momentos nos encontramos atrapados por una crisis generada en gran parte por el ansia de acumular.


Prácticamente, todo se organiza, se mueve y dinamiza desde esa lógica: buscar más productividad, más consumo, más bienestar, más energía, más poder sobre los demás... Esta lógica es imperialista. Si no la detenemos, puede poner en peligro al ser humano y al mismo Planeta.


Tal vez, lo primero es tomar conciencia de lo que está pasando. Esta no es solo una crisis económica. Es una crisis social y humana. En estos momentos tenemos ya datos suficientes en nuestro entorno y en el horizonte del mundo para percibir el drama humano en el que vivimos inmersos.


Cada vez es más patente ver que un sistema que conduce a una minoría de ricos a acumular cada vez más poder, abandonando en el hambre y la miseria a millones de seres humanos, es una insensatez insoportable. Inútil mirar a otra parte.


Ya ni las sociedades más progresistas son capaces de asegurar un trabajo digno a millones de ciudadanos. ¿Qué progreso es este que, lanzándonos a todos hacia el bienestar, deja a tantas familias sin recursos para vivir con dignidad?


La crisis está arruinando el sistema democrático. Presionados por las exigencias del Dinero, los gobernantes no pueden atender a las verdaderas necesidades de sus pueblos. ¿Qué es la política si ya no está al servicio del bien común?


La disminución de los gastos sociales en los diversos campos y la privatización interesada e indigna de servicios públicos como la sanidad seguirán golpeando a los más indefensos generando cada vez más exclusión, desigualdad vergonzosa y fractura social.


Los seguidores de Jesús no podemos vivir encerrados en una religión aislada de este drama humano. Las comunidades cristianas pueden ser en estos momentos un espacio de concienciación, discernimiento y compromiso. Nos hemos de ayudar a vivir con lucidez y responsabilidad. La crisis nos puede hacer más humanos y más cristianos.(J.A. Pagola)

sábado, 14 de septiembre de 2013

24º Domingo ordinario: Lc 15, 1-32


24º Domingo: Lc 15, 1 -32
Jesús buscaba sin duda la «conversión» de todo el pueblo de Israel. Nadie lo dudaba. Entonces, ¿por qué perdía el tiempo acogiendo a prostitutas y recaudadores, gente al fin y al cabo indeseable y pecadora? ¿Por qué se despreocupaba de los que vivían en el marco de la Alianza y se dedicaba tanto a un pequeño grupo de perdidos y perdidas?

Jesús respondió con varias parábolas. Quería meter en el corazón de todos algo que llevaba muy dentro. Los «perdidos» le pertenecen a Dios. Él los busca apasionadamente y, cuando los recupera, su alegría es incontenible. Todos tendríamos que alegrarnos con él.

En una de las parábolas habla de un «pastor insensato» que ha perdido una oveja. Aunque está perdida, aquella oveja es suya. Por eso, no duda en salir a buscarla, abandonando en «el campo» al resto del rebaño. Cuando la encuentra, su alegría es indescriptible. «La carga sobre los hombros», en un gesto de ternura y cariño, y se la lleva a casa. Al llegar, invita a sus amigos a compartir su alegría. Todos le entenderán: «He encontrado la oveja que se me había perdido».

La gente no se lo podía creer. ¿No es una locura arriesgar así la suerte de todo el rebaño? ¿Acaso una oveja vale más que las noventa y nueve? ¿Puede este pastor insensato ser metáfora de Dios? ¿Será verdad que Dios no rechaza a los «perdidos», sino que los busca apasionadamente? ¿Será cierto que el Padre no da a nadie por perdido?

La parábola explica muy bien por qué Jesús busca el encuentro con pecadores y prostitutas. Su actuación con las «ovejas perdidas» de Israel hace pensar. ¿Dónde se mueven hoy los pastores llamados a actuar como Jesús? ¿Dentro del redil o junto a las ovejas alejadas? ¿Cuántos se dedican a escuchar a los «perdidos», ofrecerles la amistad de Dios y acompañarlos en su posible retorno al Padre?

Nosotros somos más «sensatos» que Jesús. Para nosotros, lo primero es cuidar y defender a los cristianos. Luego, gritar desde lejos a toda esa gente perdida que vive al margen de la moral que predicamos. Pero entonces, ¿cómo podrán creer que Dios no los está condenando desde lejos sino buscando desde cerca?
No quería Jesús que la gente de Galilea  sintiera a Dios como un rey, un señor o un juez. Él lo experimentaba como un padre increíblemente bueno. En la parábola del «padre bueno» les hizo ver cómo imaginaba él a Dios.
Dios es como un padre que no piensa en su propia herencia. Respeta las decisiones de sus hijos. No se ofende cuando uno de ellos le da por «muerto» y le pide su parte de la herencia.
Lo ve partir de casa con tristeza, pero nunca lo olvida. Aquel hijo siempre podrá volver a casa sin temor alguno. Cuando un día lo ve venir hambriento y humillado, el padre «se conmueve», pierde el control y corre al encuentro de su hijo.
Se olvida de su dignidad de «señor» de la familia, y lo abraza y besa efusivamente como una madre. Interrumpe su confesión para ahorrarle más humillaciones. Ya ha sufrido bastante. No necesita explicaciones para acogerlo como hijo.
No le impone castigo alguno. No le exige un ritual de purificación. No parece sentir siquiera la necesidad de manifestarle su perdón. No hace falta. Nunca ha dejado de amarlo. Siempre ha buscado su felicidad.
Él mismo se preocupa de que su hijo se sienta de nuevo bien. Le regala el anillo de la casa y el mejor vestido. Ofrece una fiesta a todo el pueblo. Habrá banquete, música y baile. El hijo ha de conocer junto al padre la fiesta buena de la vida, no la diversión falsa que buscaba entre prostitutas paganas.
Así sentía Jesús a Dios y así lo repetiría también hoy a quienes olvidados de él, se sienten lejos o comienzan a verse como «perdidos» en medio de la vida.
Cualquier teología, predicación o catequesis que olvida esta parábola central de Jesús e impide experimentar a Dios como un Padre respetuoso y bueno, que acoge a sus hijos perdidos ofreciéndoles su perdón gratuito e incondicional, no proviene de Jesús ni transmite su Buena Noticia de Dios. (J.A.Pagola)

miércoles, 4 de septiembre de 2013

23er Domingo ordinario: Lc 14, 25-33


23er Domingo : Lc 14, 25-33

 El evangelio de hoy nos pone nuevamente delante de unas fuertes exigencias para seguir a Jesús. En efecto, para ser cristiano, se requiere mucho más que el bautismo, que es la condición y la práctica hoy para ser un cristiano reconocido al menos en derecho, al estar inscrito en un registro.
Ahora bien si se considera que el bautismo es como la “semilla de vida divina”, esa semilla requiere de esmerados cuidados para producir frutos. Eso será la tarea de los padres y de todos los que intervienen en la formación y catequesis del niño.
Por la lectura del evangelio de hoy, se ve que la cosa no era así al comienzo. Se describen condiciones muy duras y prácticamente utópicas para seguir a Jesús.

La primera condición: “cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos  y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo”.
Jesús parece poner una condición imposible. Suena muy duro, como algo inhumano.
Mirándolo de más cerca, tal vez no se trata de comparar cariños y amores. Más bien hay que entenderlo a partir del proyecto de Jesús: la venida del Reino en medio de nosotros. Eso es lo central del Evangelio como es lo central en la oración que Jesús nos enseñó: el Padre nuestro.  Si el afecto a la familia y a nuestros seres queridos impidiera la venida del Reino, entonces no se estaría en la línea del evangelio. Si solamente me importan los míos y mi vida, desligándome de la misión cristiana de construir un mundo con más justicia, más conforme al proyecto de Jesús, entonces dejo de ser discípulo de Jesús. Seré un cristiano de nombre pero no de verdad.

La segunda condición: “El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”.
A veces se ha entendido esta condición en un sentido muy pasivo. Aguantar y sufrir lo que se me viene encima: los múltiples problemas que va presentando  la vida, o problemas de salud, de relaciones humanas, etc.
Antiguamente se asociaba también a hacer sacrificios, a mortificarse: de allí las prácticas de severas penitencias, de mandas.
En el contexto del evangelio y de la vida de Jesús, la cruz es la máxima expresión de fidelidad de Jesús a su proyecto, a lo que el Padre quiso que entregara. Tal como Jesús sufrió la persecución y hasta la muerte en cruz por ser consecuente con su proyecto, también al discípulo de Jesús le tocará la oposición, el rechazo y la persecución si retoma ese proyecto.
Hay que hacerlo con discernimiento y calibrando sus fuerzas, no comprometiéndose a más de lo que se pueda cumplir. Es el significado de los dos ejemplos que se agregan. La construcción de la torre exige hacer una buena planificación para calcular los materiales de que se disponen. O si se va ir a una batalla, hay que contar con las fuerzas suficientes para enfrentar al adversario. Aquí no se trata tanto de prudencia o de cálculo humano, sino de poder testimoniar y sostener el testimonio por el Reino.

La tercera condición parece ser la más drástica: “Cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo”.
¿Cómo se puede entender una formulación tan radical?
Es nuevamente una invitación a situarnos delante de las exigencias del Reino. Cuesta convencernos que el Reino tiene que ver con el aquí y ahora, con nuestro mundo de hoy y con las realidades de cada día. Todo sería más simple si estuviera lejos o si fuera algo más bien para la otra vida. Pero no es esa la presentación del Reino que Jesús proclamó.
Igual que en tiempos de Jesús, entre nosotros hay también injusticias. Es posible que el apego a los bienes o a los privilegios que se poseen, constituyen un obstáculo para poner fin a las injusticias. A nivel global, se constata que unos pocos acaparan mucho y grandes masas van quedando con poco. Chile no es una excepción a esa triste tendencia mundial.  Mientras el 10% más acomodado disfruta del  41% del PIB, el 10% más pobre se tiene que conformar con el  1,2 % del PIB.

Según la ética del evangelio, lo propio deja de ser de uno cuando otro lo necesita, entendiéndolo, por supuesto, en primera instancia, a nivel de satisfacción de necesidades básicas y vitales. Porque lo primero siempre es la dignidad del ser humano. Nada ni nadie puede postergar ese derecho inherente a todo ser humano: su dignidad. De allí viene la gran tradición de la práctica de la caridad en la historia de la Iglesia frente a las carencias y a todo lo que disminuye o imposibilita una vida humana digna.
 El agudo sentido social del P. Hurtado le hizo decir con razón que “donde termina la justicia, empieza la caridad”. El sentido social no es otro que el sentido de la dignidad de todo ser humano. Esa dignidad no suele restituirse con una limosna o cualquier acción caritativa puntual. La dignidad se restituye generando condiciones que fomentan el desarrollo de la persona, de sus capacidades, de todo su ser. Esa es precisamente tarea de la justicia.
El evangelio no es una invitación a construir ideologías de corte socialista, o sociedades igualitarias. Es claramente una invitación a desprenderse de si mismo, a abrirse al otro, a fomentar la comunión de personas.
Aceptemos de buena gana la invitación del Papa Francisco a salir de nosotros mismos, a ir a las periferias, a salir de nuestras comodidades, a jugarnos, desde nuestra fe, por un mundo más justo, más conforme al proyecto de Jesús.

jueves, 29 de agosto de 2013

22º Domingo ordinario: Lc 14, 1.7-14


  22º Domingo: Lc 14, 1.7-14

“Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos”. Aquí tenemos los dos elementos que configuran el mundo futuro e ideal para el judío piadoso: el descanso y la mesa compartida. Desde siempre para los judíos era una norma social y religiosa convidar a la mesa a gente humilde o al menos llevarles parte del banquete con ocasión de una fiesta religiosa u otra fiesta importante. Ahora bien ese deber de compartir fraterno se fue descuidando para convidar sólo amigos y relaciones útiles. Es precisamente lo que Jesús echa en cara en la segunda parte. “Cuando des un banquete, no invites a tus amigos ni a tus vecinos ricos, sino más bien a los pobres, a los lisiados…”, a los que no podrán retribuirte.
El discurso de Jesús está en continuidad con lo que Dios quiere para los hombres y que ya se manifestara de muchas formas en el primer testamento. Es lo que los evangelios llamarán el anuncio del Reino  o la Buena Nueva y que pasa por considerarnos, por amar y servirnos, por erradicar todo aquello que  pueda separar y dividirnos, por luchar contra todos los flagelos que impidan una vida humana digna. Por otro lado, el discurso de Jesús es ruptura con las distorsiones del sueño de Dios que los hombres han introducido. La búsqueda de figuración, de afán de poder, de ser más importante que el otro, de ser calculador para conseguir más en provecho propio.
Con este trasfondo debemos concluir que el cristiano debe sentar a su mesa, o lo que es igual, compartir su vida con los marginados de la sociedad, que no tienen, por lo común, lugar en la mesa de la vida: pobres, lisiados, cojos y ciegos como se describen en los evangelios en tiempo de Jesús. Hoy se nos agregan muchas otras categorías de personas: los sin casa, los sin acceso a salud, los con poca oportunidad de educación, los drogadictos etc. Quien genera un importante espacio en su vida para acogerlos y servirlos, sentirá la dicha verdadera de quien da sin esperar recibir. “Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte…”
Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy muestran las reglas de oro del protocolo cristiano: renunciar a darse importancia, invitar a quienes no pueden corresponder; dar la preferencia a los demás, sentar a la mesa de la vida a quienes hemos arrojado lejos de la sociedad.
Este domingo 1º de septiembre, iniciamos el mes de la Patria. Pero tomemos creciente conciencia que la verdadera patria  es la que nos encamina al reino de Dios, donde no habrá más marginados, ni excluidos sociales, ni odios, ni rencores, ni rivalidades, ni injusticias sociales. Todo eso por supuesto es un horizonte utópico. La utopía es lo que viene a dar sentido al esfuerzo de cada día, lo que nos anima e impulsa a hacer el bien y a soñar con este Chile para que esté de a poco más cerca del corazón de Jesús.
¿Cuál es el camino? De eso trata el evangelio de hoy. Jesús se ha definido en el evangelio de Juan como camino, verdad y vida, o como camino que lleva a la verdad que es y conduce a la vida. Y la vida florece en plenitud entre nosotros cuando está impregnada de amor sin deseos de protagonismo, cuando se sabe ocupar el único lugar de libre elección del cristiano: el último puesto, para que no haya últimos, para que no haya quienes estén arriba y abajo, como Jesús se propuso. Maravillosa utopía que nos empuja para conseguir cuanto antes la única aspiración o meta que debe ponerse el cristiano: la de hacer un mundo de hermanos, igualados en el servicio mutuo.
Que el Padre Hurtado mantenga viva en nuestros corazones la llama de la solidaridad que no se limita al mes de la solidaridad que recién concluyó, sino que es tarea de cada día de nuestra la vida.