miércoles, 14 de noviembre de 2012

33er Domingo: Mc 13, 24-32



33er Domingo: Mc 13, 24-32

“EL FINAL DE LOS TIEMPOS”

 Cuando yo era niño pequeño, se escuchaban a algunos predicadores que, desde el púlpito en el centro de la iglesia y con severo dedo índice, lanzaban las penas del infierno a los asustados fieles con descripciones del cielo, infierno y juicio final. Ciertamente es un estilo y un lenguaje que hoy está en desuso. Sin embargo, al término de cada año litúrgico, la Iglesia nuevamente nos pone delante de los ojos las escenas terroríficas que describe la Biblia para hablarnos del fin de los tiempos.

El estilo apocalíptico que usa la Biblia para hablarnos del fin de los tiempos no es fácil. Parece que ese lenguaje estaba en boga en tiempos de Jesús. Ciertamente eran tiempos difíciles, complicados. A partir del deseo de “mejores tiempos”, se fecundaba la imaginación con todo tipo de imágenes y visiones para escapar de la dura realidad en la que vivía aquella pobre gente. Con palabras terroríficas y símbolos, se pretendía anunciar la catástrofe o el final catastrófico de todas las fuerzas enemigas. En el fondo se buscaba anunciar el fin de todos y todas las cosas que se oponían al Señorío de Dios para dejar que Él triunfara en el gran combate final.

En verdad eran tiempos angustiantes cuando Marcos escribió su evangelio. Conoció en Roma las sangrientas persecuciones del emperador Nerón contra los cristianos en el año 64. Sin duda supo también de la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 por los romanos. Esa destrucción significó realmente el fin para los judíos conjuntamente con las continuas persecuciones de los cristianos.

El evangelio de Marcos era un mensaje de alegría y esperanza en esos terribles tiempos de angustia, inseguridad y convulsión. Era como un faro para orientar a los cristianos en las tremendas tempestades que vivían y para enfrentar mejor la permanente perspectiva de la muerte del sangriento martirio. Era un estímulo para su fe en Jesús Mesías, el Hijo del Hombre que se presentó y actuó en nombre de Dios. Así según el evangelio de Marcos, volvería a liberar de todas las miserias. De este modo, este evangelio vino a ser una seguridad, un salvavidas o tabla de salvación a donde arrimarse: ese salvavidas es la adhesión a la persona de Jesucristo. Jesucristo muerto y resucitado: aquel que sufrió también un sangriento martirio en la cruz pero fue liberado por Dios de toda muerte y destrucción, resucitó y como tal vino a ser el preludio de un tiempo nuevo.

Así aunque oscurezcan el sol y la luna y se caigan las estrellas del cielo, Jesús es el único ejemplo luminoso por el cual guiarnos. Y lo es para cada cual, porque a su regreso reunirá a todos los hombres de los cuatro puntos  cardenales del mundo.

En este contexto el fin de los tiempos viene a ser el comienzo de la liberación total. “Aprendan lo que les enseña la higuera: cuando las ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta”. El fin del dolor, de los tiempos de persecución: están a las puertas los tiempos nuevos y los cristianos pueden seguir firmes en la esperanza. “El cielo y la tierra pasarán” escribe Marcos, pero Cristo es nuestra garantía, nuestro aval de que Dios nos salva.

¿Y qué nos pasa a los cristianos del siglo XXI? También nos rodean catástrofes naturales: terremotos, tsunamis a veces con millares de muertos. Ciudades enteras se destruyen por las guerras. Hay grandes migraciones: pueblos enteros perseguidos y echados de sus tierras o asesinados. ¿Pero se nos persigue por ser cristianos? No, ya no se echan a cristianos a los leones. Pocas veces se mata por la fe. Más bien se niega la fe. Los tiempos de cristiandad han desaparecido. Algunos manifiestan rencor por lo que antaño les enseñaba el catecismo y terminan renegando de la fe. Otros simplemente no pueden conciliar la imagen de Dios como Padre bueno con todo el dolor e injusticia que  observan a diario en el mundo. Otros se molestan cuando habla la Iglesia o sus pastores. Otros critican a la Iglesia por su riqueza o su afán de poder. Es cierto que después de la primavera del Concilio Vaticano II hace más de 50 años atrás, se vivió como un largo invierno: poca innovación, poco frescor evangélico y demasiada repetición de fórmulas dogmáticas añejas, incomprensibles para el hombre de hoy. ¿Cuando se van hacer flexibles las ramas de la Iglesia, cuando van a brotar sus hojas anunciando un nuevo verano?

A dario los M.C. nos muestran de manera instantánea todas las catástrofes de nuestro mundo: las naturales y las que provocan los hombres. Pero es no menos cierto que hay también muchos hombres y mujeres que hacen un bien enorme. Gente con un gran amor por el prójimo, con profundo compromiso por los pobres y sufridos de la tierra, con un extraordinario sentido de la misericordia. Matrimonios preocupados de adoptar niños huérfanos o abandonados, voluntarios que se vinculan con las personas en situación de calle, misioneros o laicos que dejan la comodidad y seguridad de su entorno y  ofrecen los mejores años de su vida como voluntarios en un país difícil. Jóvenes, hombres y mujeres que sueñan con un mundo de paz y justicia y no con el mundo del poder y de la bolsa de comercio. Se oponen enérgicamente al mundo de la explotación, corrupción, cinismo, humillación, terror y violencia. Nuestro mundo está necesitado de todos y todas aquellos inspirados en estas visiones de  luz y de paz, de amor y de justicia para formar un contrapeso. Desde sus visiones renovadoras se irán abriendo sendas para otro mundo, un mundo nuevo. Para el “fin de los tiempos…”: los tiempos de terror, de espanto por supuesto. Nosotros como cristianos estamos llamados a unirnos a todos aquellos que se dejan guiar por sus visiones de un mundo nuevo, todos los que quieren hacerle el “contrapeso” al terror, a la injusticia, a todas las formas de violencia y exclusión.

¿No es a esa hermosa y entusiasmante visión y misión que vino a convidarnos San Alberto Hurtado? Que podamos unirnos a todas las personas de buena voluntad de por el mundo entero que luchan contra todo lo que significa injusticia y muerte. “Otro mundo es posible” suena a imposible, pero no lo es desde la perspectiva del Dios de la Biblia, el Dios de Jesucristo, el resucitado que vive para siempre. “El cielo y la tierra pasarán”, pero jamás el Eterno, Aquel que salva y libera y llevará todo a su plenitud. Esta es nuestra fe, la fe que proclamamos, la fe que nos mueve y nos compromete a vivir con esperanza y con gran sentido de solidaridad. Vivir nuestra fe es vivir ya el mundo nuevo de Jesucristo resucitado.


sábado, 10 de noviembre de 2012

32º Domingo: Mc 12, 38-44



32º Domingo: Mc 12, 38-44

Se encuentra gente que tienen una mirada aguda sobre nuestra convivencia hoy en día y distinguen rápidamente entre la locura del “show”,  de los que buscan llamar la atención y los que tienen los verdaderos gestos sencillos.

Sin duda Jesús fue de esas personas agudas y excepcionales: no se dejaba engañar por las apariencias. “Cuídense de las personas…a quienes les gusta ser saludadas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes…” Las palabras de Jesús se dirigen a personajes influyentes y muy considerados en aquella sociedad. Jesús desenmascara su actitud falsa.

¿Qué nos diría hoy? ¿Sobre quienes se detendría su mirada aguda? Tal vez observaría tantos personajes influyentes de nuestra pantalla chica de TV que esconden su vacío interior con un show rutilante o con declaraciones grandilocuentes. Tal vez fiscalizaría la pobreza espiritual con la que hoy se entretiene de manera abusiva a las grandes masas.
Seguramente llevaría nuestra atención hacia todos y todas aquellos que sencillamente buscan hacer bien su trabajo, que ayudan a algún hombre o  mujer enferma,  que practican sin ningún aspaviento la solidaridad, que son fieles a sus compromisos. Nos señalaría a todos aquellos padres heroicos que cuidan con esmero y sacrificio a su hijo o hija con alguna deficiencia síquica o física y buscan educarlos con infinito amor y paciencia. Nos mostraría a todas estas personas que luchan por avanzar en la vida a pesar de sus sueños rotos y sus ideales dañados y que  aun  con gran adversidad,  crecen como personas atentas a los dolores y sufrimientos de los demás. Nos llevaría a seguir a aquellos  que se meten en los lugares de marginalidad y exclusión y se vinculan con los que viven tristes y abandonados. Ellos, a pesar de vivir desesperanzados, son aun capaces de “darlo todo” a otros que están peor que ellos mismos.

El Reino de Dios se juega y acontece en el corazón de los pequeños y humildes capaces de darse por entero. La viuda del evangelio de hoy es un modelo. Ella no da así no más, sino “de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”.

En nuestra Iglesia latinoamericana del siglo XXI, ¿somos consecuentes con la declaración tantas veces proclamada de la opción preferencial por los pobres, “la que está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza”(Benedicto XVI en Aparecida)? ¿Se les acoge, hay preocupación por ellos, está viva y operante la opción por los pobres? ¿Pueden sentirse bien y tener poder de decisión en las comunidades eclesiales? ¿No reproducen a veces nuestras asambleas cristianas las mismas segregaciones sociales que observamos en nuestras urbanizaciones? Como Jesús, que tengamos ojos para mirar y discernir por dónde pasa el Reino de Dios y qué se opone a su Reino.

Decía San Alberto Hurtado: “Donde termina la justicia empieza la caridad”. Siempre acecha el peligro que todos estamos de acuerdo en practicar la caridad descuidando el compromiso por la justicia. Si bien no hay porque dar  necesariamente hasta el “último peso” como la viuda del evangelio, estamos invitados a atrevernos a “darnos a nosotros mismos” y a comprometernos con el sueño de Dios y de su Reino, donde los últimos son los primeros.
“Darse es cumplir la justicia” repetía el P. Hurtado. Entrar en esta línea de solidaridad es bastante más exigente que dar una limosna.

El evangelio de hoy es un llamado a la conversión, no sólo la conversión personal sino también la conversión de nuestra comunidad cristiana: desde la preferencia por los grandes y poderosos hacia la preferencia por los más pequeños.


jueves, 1 de noviembre de 2012

31er Domingo: Mc 12, 28b-31


31er Domingo: Mc 12, 28b-34


365 prescripciones, tantas como días en el año…Con ellas  tenían que lidiar los judíos en tiempo de Jesús cuando querían observar la Ley. ¡Incluso algunos escribas iban hasta 613 prescripciones!
Por lo tanto no extraña que un escriba se acerque a Jesús con la pregunta: “¿Cual es ahora el núcleo de todo ese asunto; de qué se trata?”
Y Jesús de contestar con las antiquísimas palabras, la oración matinal de todo judio piadoso: “Escucha Israel: el Señor, tu Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Y Jesús añade: “ amarás a tu prójimo como a ti mismo.”
Tal vez quisiéramos hoy en día meternos en el pellejo de este escriba y hacer la pregunta: ¿Maestro, cómo tenemos que vivir hoy nuestra fe? Hay tantas dudas por allí, hay tantas confesiones y también tantas negaciones. El Santo Padre acaba de proclamar el año de la fe. La fe parece tener cada vez menos espacio en nuestra cultura centrada en la racionalidad económica y el rendimiento material.
Creer en Dios. Hoy en día nuestra fe está cargada con el peso de siglos de formulaciones y tradiciones. Basta mirar de más cerca el “Credo” que rezamos los domingos en nuestra Eucaristía. ¿Es realmente una formulación adecuada y motivadora para llevar alguien a la fe en Dios? Está pendiente el desafío de ponerlo en lenguaje contemporaneo.
Por otro lado, se usa y abusa del nombre de Dios;  se bendice y se maldice, se trata con indiferencia y con fanatismo. Hoy en día y en nuestra famosa cultura “postmoderna”, “Dios” nada menos divide hasta Oriente de Occidente. Por siglos hemos tenida guerras religiosas y “santas”. ¡Estas “jihad” (en el sentido de luchas físicas) no han terminado!
Entonces es bien relevante preguntarnos por el núcleo de todo este asunto.
Muéstranos a Dios, desprovisto de todos los ornatos y prejuicios, de toda la carga de formulaciones seculares. Muéstranos a Dios en toda su desnudez.  El Dios que se hizo Jesús y que en Jesús nos proclama las bienaventuranzas, que opta por los pobres y por la justicia. El Dios que en Jesús nos muestra el amor hasta el extremo de morir en la cruz.
Volver a la profunda sencillez del evangelio con sus paradojas que echan abajo la sabiduría humana: éste es el camino de la fe para el hombre de hoy (Mt 11, 25).
Si Jesús pudiera contestarnos hoy la pregunta del letrado, con toda seguridad volvería a usar las mismas antiquísimas palabras. Parafraseando un poco: “Escuchen, o hombres y mujeres de este mundo moderno: Dios existe; Dios es la existencia misma; Dios es la vida. Y por eso vale la pena amarlo. Hazlo con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas. Y con el mismo amor y fuerza, amarte a ti mismo y a los demás.”
El creyente es alguien que ama la vida, tal como Dios y que ama a los hombres. Y aquello es más importante que cualquier sacrificio, que cualquier rito o liturgia, más importante que cualquier mortificación o incluso martirio.
Entonces, ¿no tenemos que hacer nada especial para Dios, no tenemos que desgastarnos por Él, no tenemos que sacrificarnos? ¿No nos debe costar su buen poco?
Pues diría: Dios es gratuidad. El es tan precioso y todo lo precioso es gratuito: el aire, la vida, la amistad, el amor. En este sentido Dios también es “gratuito”. Como lo señala un antiguo y difícil concepto: Dios es gracia. Equivale a decir lo mismo.
“Sabernos amados por Dios y por lo mismo poder amar mucho a la vida y a los hombres.” Una fe así es nuestra verdadera riqueza y “nos cambia la vida”.
Nos podrán robar mucho, pero jamás aquello.

miércoles, 24 de octubre de 2012

30º Domingo: Mc 10, 46-52


30º Domingo: Marcos 10,46-52

¿Cómo no me di cuenta de eso antes? ¿Cómo es posible que eso no lo entendiera y no lo viera como lo veo ahora? ¿Porqué he tenido que llegar a la edad que tengo para entenderlo?  A veces ésta es nuestra propia experiencia o escuchamos esas preguntas en conversaciones. Muchas veces nos persigue la ceguera…

En el evangelio de este domingo, Marcos relata a los lectores de su época, los cristianos de su comunidad, una experiencia parecida de los discípulos de Jesús. Esos discípulos tenían mucha dificultad para ver en Jesús al verdadero Mesías. Veían en él a un Mesías que tendría éxito, alguien que llegaría a reinar con poder y majestad. Por eso discutían quien era el más importante entre ellos, cómo ocupar el primer puesto (véase el evangelio del domingo pasado), cómo dejarse servir; estaban preocupados de sí mismos.
Ahora bien, Jesús se daba a conocer como el Mesías de pobres y pequeños, de marginados y excluidos. Iba camino a Jerusalén dónde tendría que sufrir mucho, ser condenado como un criminal y ser ejecutado. Los discípulos no querían ver aquello; no lo entendían; simplemente no lo querían ver. Y sólo después de la resurrección de Jesús, sus ojos se abrieron,  fueron sanados de su ceguera y se pusieron a seguir al verdadero Jesús, el verdadero Mesías, el rey de los pequeños, de los pobres y desclasados. Cincuenta años después de la muerte de Jesús, Marcos da ese testimonio en su joven comunidad cristiana. ¿Cómo pudieron haber sido tan obtusos aquellos discípulos? se pregunta, pero no quisieron verlo; estaban ciegos, enceguecidos. Tal vez es un poco la historia personal de Marcos; tal vez había en aquella comunidad un grupo importante de personas que tenían serios problemas para seguir radicalmente a Jesús porque tenían otro concepto del verdadero Mesías.

De todo aquello da testimonio Marcos para sus lectores a la luz de un relato: la curación milagrosa del ciego Bartimeo, hijo de Timeo.
Se describe a un mendigo ciego a la orilla del camino. Así Marcos esboza en pocas palabras el drama de este hombre y al mismo tiempo, el drama de muchos discapacitados en la antigüedad. Una discapacidad llevaba inevitablemente a la mendicidad y tendía a recluir al afectado fuera de la sociedad. Una discapacidad se relacionaba con una desgracia de la cual era responsable el mismo discapacitado o sus padres.
Aquí el afectado, Bartimeo quería recuperar la vista. Estaba ansioso por salir de su situación de marginado y excluido. Sin duda había oído hablar de Jesús y de las cosas milagrosas que hacía. Puso su confianza en la promesa del profeta Jeremías que Dios se preocupa de los ciegos y tullidos (primera lectura). En nuestro relato Bartimeo se hace oír y comienza a gritar: “por favor, ayúdenme” (“Hijo de David, ten compasión de mí”). Su grito es un estorbo para los que se encuentran allí. Lo empujan, no debe molestar a Jesús: los sanos quieren guardar a Jesús para ellos mismos. Su opción es la de un Mesías para los fuertes y los sanos, no para los débiles.
Pero Jesús se detiene. Tiene atención y vista para el ciego. A Jesús le interpela su miseria. Los discípulos no entienden que Jesús ha venido precisamente para gente como Bartimeo, para gente que quedó a orilla del camino de la vida, excluidos de la convivencia humana. Los que rodean a Jesús dan muestra de ser ellos mismos ciegos, de no ver lo que Jesús estima importante: dar la mano a aquel que necesita ayuda.
¿Qué quieres que haga por ti? le pregunta Jesús. En el evangelio del domingo pasado, Jesús hizo la misma pregunta a Santiago y a Juan. “Queremos los mejores puestos” le contestaron. “Maestro, que pueda ver”, suplica el ciego o sea que tenga un lugar en la sociedad, que sea considerado como persona. Jesús le dice: “tu fe te ha sanado”. Jesús quería que Bartimeo y todos nosotros en la figura de él, recuperáramos la verdadera vista. Bartimeo vendrá a ser un seguidor de Jesús en la continuación de su camino a Jerusalén, dónde sufrirá el momento más difícil de su vida. Ser un verdadero discípulo – seguidor de Jesús significa seguirlo en su camino del amor entregado gratuitamente.

En este relato, el llamado por seguir a Jesús se acentúa de tal modo que la sanación física de Bartimeo pasa a segundo rango. En una sola frase escuchamos hasta tres veces el verbo llamar. “Llámenlo, llamaron al ciego, te llama”. Es el llamado para entrar en el proceso del seguimiento, el proceso de cómo llegar a ser discípulo de Jesús. Este evangelio nos deja en claro que para este ciego curado y para los muchos que siguen ciego y también para nosotros, lo más decisivo es: Ver “de verdad” a Jesús y seguirlo. Tenerlo como modelo en el camino de la vida siguiendo su ejemplo. Así el relato de Bartimeo es también nuestro relato y el relato de nuestra época.



miércoles, 17 de octubre de 2012

29º Domingo: Mc 10, 35-45


29º Domingo: Mc 10, 35-45

Estamos celebrando siete años de la canonización de San Alberto Hurtado y los 68 años de la fundación del Hogar de Cristo. La fuerza de la figura de San Alberto está en habernos dejado un modelo de amor y servicio a los pobres: ¡en ellos servimos al mismo Cristo! Como lo rezamos en la oración a San Alberto: “tú nos llamas a vivir la fe comprometida, consecuente y solidaria. Tú nos guías con entusiasmo en el seguimiento del Maestro”.
¿En qué consiste este seguimiento del Maestro? Es lo que Jesús nos recuerda en el evangelio de este domingo: El no vino para ser servido, sino para servir. San Alberto y su obra, el Hogar de Cristo, nos dejan una gran enseñanza de cómo vivir hoy en el mundo, este seguimiento del Maestro.
La escena del evangelio de hoy es de discusión y rivalidad. Les cuesta  mucho a los discípulos de Jesús entender su enseñanza y ejemplo: ellos están en otra. No se interesan por lo que Jesús les había anunciado por el camino: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser rechazado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, sufrir la muerte y, al tercer día, resucitar”. Ellos hablan otro lenguaje lleno de palabras como poder y gloria, sentarse a la derecha y a la izquierda, ocupar los primeros puestos. Pero nada de servir y dar la vida.
Se acercan al Maestro, pero no con intención de aprender. Quieren simplemente que haga lo que le piden. Están tan convencidos de su camino que no le dejan opción al maestro, para que les muestre el suyo. Jesús, que los conocía bien, se muestra dispuesto a oírlos y les deja que expresen su petición. Y, una vez más, constata que sus discípulos no entienden el camino que les propone: un camino de servicio, de ponerse a la cola, de dar vida dando la vida. “No saben lo que piden”, les dice, reprochándoles su ignorancia y anunciándoles de paso el sendero que han de seguir para poder sentarse a la derecha y a la izquierda: aceptar una muerte como la suya, o una vida como servicio hasta la muerte.
El evangelista cuenta, a continuación, la reacción indignada contra Santiago y Juan de los otros diez discípulos, imbuidos de la misma mentalidad. Jesús tiene que intervenir para amonestarlos marcando el contraste que existe entre la comunidad cristiana y la organización mundana. Mientras que los que pertenecen a su grupo deben servir hasta dar la vida, si fuera necesario, los jefes de las naciones no entienden otra práctica que la dominación y la imposición de su autoridad con mano de hierro. Jesús no acepta en su comunidad primeros puestos, si no es para el servicio; en su evangelio no aparece ni siquiera la palabra “poder”, pues quien tiene poder termina dominando al pueblo; no quiere hablar de gloria ni de triunfo, sino de amor hasta la muerte como manifestación de su gloria. Su comunidad no se rige por la lógica mundana basada en el poder, que lleva aparejado con frecuencia las otras dos nefastas aspiraciones del ser humano: el prestigio y el dinero. Él no es todopoderoso, sino el siervo de Dios del libro de Isaías, que, aplastado por el sufrimiento, entrega su vida en sacrificio de reparación (primera lectura).
La grandeza del cristiano consiste en hacerse siervo, al ejemplo de Jesús, para que nazca una comunidad de hombres nuevos. Nuestro mundo necesita de  auténticos cristianos que encarnen hoy el ideal de Cristo de amor y servicio incondicional a los más pequeños y humildes, dispuestos a darse por entero y hasta la propia vida si se precisara.
San Alberto tenía en su alma ese espíritu de Jesús glorificado cuando escribió: Comienza por darte. Hay una manera cristiana de trabajar. El que se da, crece. Pero no hay que darse a cualquiera, ni por cualquier motivo, sino a lo que vale verdaderamente la pena. Al pobre en la desgracia. A esa población en la miseria. A la clase explotada. A la verdad, a la justicia, a la ascensión de la humanidad, a toda causa grande, al bien común de su nación, de su grupo, de toda la humanidad. A Cristo que recapitula estas causas en sí mismo, que las contiene, que las purifica, que las eleva. A la Iglesia, mensajera de la luz, dadora de vida, libertadora. A Dios, a Dios en plenitud, sin reserva, porque es el bien supremo de la persona, y el supremo Bien Común. Cada vez que me doy así, recortando de mi haber, sacrificando de lo mío, olvidándome, Yo adquiero más valor, un ser más pleno, me enriquezco con lo mejor que embellece el mundo; yo lo completo, y lo oriento hacia su destino más bello, su máximum de valor, su plenitud de ser.”
Pidamos la gracia, por la intercesión de San Alberto, de llegar a ser mujeres y hombres entusiasmados y apasionados por darnos generosamente en el servicio a los preferidos del Señor. Dejemos que se nos conmueva el corazón, mirando con los ojos bien abiertos donde están y cuales son las necesidades y los sufrimientos de nuestros hermanos. Que esta conmoción induzca, en un segundo momento, a una sana reflexión para que se abran nuestras manos y se muevan nuestros pies en una acción liberadora.

jueves, 11 de octubre de 2012

28º Domingo: Mc 10, 17-30


28º Domingo: Mc 10, 17-30

“Jesús se puso en camino”: los evangelios son la gran enseñanza del camino para seguir a Jesús. Un hombre llega corriendo y se arrodilla delante de él. No pide una sanación, ni compasión. Lo impulsa una fuerte inquietud interior: ¿“qué debo hacer para heredar la vida eterna”? Jesús le recuerda los mandamientos que tienen que ver con el prójimo (la segunda tabla de la Ley), agregando: “no defraudarás” o sea “no ser injusto”. Se trata de un hombre bueno, correcto: “todo eso lo he cumplido desde pequeño”. Sin embargo, queda una inquietud e insatisfacción interior. “Jesús lo miró con cariño” y lo invita a dar el paso definitivo para encontrar la paz interior y la felicidad completa. Tiene que desprenderse de sus posesiones, entregando su riqueza a los pobres. Después de eso estará libre para seguir a Jesús en su camino, el camino hacia el reino de Dios. Aquí está el nudo: no se resigna a dejar sus riquezas, sus comodidades. Queda apegado a sus muchos bienes y por lo tanto “se marchó triste”, no aceptó la liberación y la felicidad que le ofrece Jesús. ¡Son condiciones inaceptables!
Si se examinaran, muchos cristianos podrían verse reflejados en esta escena y en este hombre bueno. El filósofo ateo Nietzsche se preguntaba porqué los cristianos no mostraban más alegría. Aquí nos entrega el evangelio la respuesta. Nuestro corazón no encontrará la felicidad en los bienes materiales, en la riqueza sino en ser solidario, en crecer en fraternidad y en compartir: eso es el camino del reino de Dios. El evangelio pone una frase durísima en boca de Jesús para aquel que niega ese camino: “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de Dios”.

Podemos ahora intentar una aplicación, ensanchando nuestra mirada a la realidad de nuestro mundo y nuestra humanidad.
Sabemos que una minoría de los seres humanos, vale decir un tercio, vive razonablemente bien acomodado con buen estilo de vida…a costa de dos tercios que viven en pobreza y miseria.
Sabemos, aunque preferimos ignorar, que el problema ha llegado a una situación insostenible. Ya no se trata sólo de heredar la vida eterna, sino de salvar simplemente la vida en nuestro planeta. Siempre se ha pensado que los recursos eran ilimitados y que hay espacio de “crecimiento económico” para todos. Pero desde fines del siglo pasado, se ha descubierto que hay un tope a los recursos de la tierra. Desde hace algunos años se ha comprobado que si todos los seres humanos quisieran vivir como los de los llamados países desarrollados, se necesitarían los recursos de nueve veces nuestra hermosa tierra (informe del PNUD de 2007-2008 publicado en 2009). Nuestro apego al modelo de desarrollo nos lleva  derecho a una extensión masiva de vida en nuestro mundo.

Parafraseando el evangelio, se puede decir: «sólo una cosa tienes que hacer si quieres todavía alcanzar»... una prolongación de la vida: abandona el «sistema» que te lleva a la muerte, centrado obsesivamente en el enriquecimiento material, ciego a los costes ecológicos, y pasa a adoptar un nuevo estilo de vida, un nuevo paradigma, una nueva forma de mirar al planeta, comprendiendo que eres Tierra y dependes de ella, y que en vez de vivir de espaldas a ella y en guerra contra ella, debes vivir en amistad y en relación cariñosa y simbiótica con ella.





sábado, 6 de octubre de 2012

27º Domingo: Mc 10, 2-16


27º Domingo: Mc 10, 2-16

Los cristianos no podemos cerrar los ojos ante un hecho profundamente doloroso. Los divorciados no se sienten, en general, comprendidos por la Iglesia ni por las comunidades cristianas. La mayoría solo percibe una dureza disciplinar que no llegan a entender. Abandonados a sus problemas y sin la ayuda que necesitarían, no encuentran en la Iglesia un lugar para ellos.
No se trata de poner en discusión la visión cristiana del matrimonio, sino de ser fieles a ese Jesús que, al mismo tiempo que defiende la indisolubilidad del matrimonio, se hace presente a todo hombre o mujer ofreciendo su comprensión y su gracia precisamente a quien más las necesita. Este es el reto. ¿Cómo mostrar a los divorciados la misericordia infinita de Dios a todo ser humano? ¿Cómo estar junto a ellos de manera cristiana?
Antes que nada hemos de recordar que los divorciados que se han vuelto a casar civilmente siguen siendo miembros de la Iglesia. No están excomulgados; no han sido expulsados de la Iglesia. Aunque algunos de sus derechos queden restringidos, forman parte de la comunidad y han de encontrar en los cristianos la solidaridad y comprensión que necesitan para vivir su difícil situación de manera humana y cristiana.
Si la Iglesia les retira el derecho a recibir la comunión es porque «su estado y condición de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía» (Familiaris consortio, n. 84). Pero esto no autoriza a nadie a condenarlos como personas excluidas de la salvación ni a adoptar una postura de desprecio o marginación.
Al contrario, el mismo Juan Pablo II exhorta a los responsables de la comunidad cristiana «a que ayuden a los divorciados cuidando, con caridad solícita, que no se sientan separados de la Iglesia, pues pueden e incluso deben, en cuanto bautizados, tomar parte en su vida» (Familiaris consortio, n. 84). Como todos los demás cristianos, también ellos tienen derecho a escuchar la Palabra de Dios, tomar parte en la asamblea eucarística, colaborar en diferentes obras e iniciativas de la comunidad, y recibir la ayuda que necesitan para vivir su fe y para educar cristianamente a sus hijos.
Es injusto que una comprensión estrecha de la disciplina de la Iglesia y un rigorismo que tiene poco que ver con el espíritu cristiano nos lleven a marginar y abandonar incluso a personas que se esforzaron sinceramente por salvar su primer matrimonio, que no tienen fuerzas para enfrentarse solos a su futuro, que viven fielmente su matrimonio civil, que no pueden rehacer en manera alguna su matrimonio anterior o que tienen adquiridas nuevas obligaciones morales en su actual situación.
En cualquier caso, a los divorciados que se sienten creyentes solo les quiero recordar una cosa: Dios es infinitamente más grande, más comprensivo y más amigo que todo lo que pueden ver en nosotros los cristianos, y los hombres de Iglesia. Dios es Dios. Cuando nosotros no los entendemos, él los entiende. Confien siempre en él.


J.A.Pagola