sábado, 6 de octubre de 2012

27º Domingo: Mc 10, 2-16


27º Domingo: Mc 10, 2-16

Los cristianos no podemos cerrar los ojos ante un hecho profundamente doloroso. Los divorciados no se sienten, en general, comprendidos por la Iglesia ni por las comunidades cristianas. La mayoría solo percibe una dureza disciplinar que no llegan a entender. Abandonados a sus problemas y sin la ayuda que necesitarían, no encuentran en la Iglesia un lugar para ellos.
No se trata de poner en discusión la visión cristiana del matrimonio, sino de ser fieles a ese Jesús que, al mismo tiempo que defiende la indisolubilidad del matrimonio, se hace presente a todo hombre o mujer ofreciendo su comprensión y su gracia precisamente a quien más las necesita. Este es el reto. ¿Cómo mostrar a los divorciados la misericordia infinita de Dios a todo ser humano? ¿Cómo estar junto a ellos de manera cristiana?
Antes que nada hemos de recordar que los divorciados que se han vuelto a casar civilmente siguen siendo miembros de la Iglesia. No están excomulgados; no han sido expulsados de la Iglesia. Aunque algunos de sus derechos queden restringidos, forman parte de la comunidad y han de encontrar en los cristianos la solidaridad y comprensión que necesitan para vivir su difícil situación de manera humana y cristiana.
Si la Iglesia les retira el derecho a recibir la comunión es porque «su estado y condición de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía» (Familiaris consortio, n. 84). Pero esto no autoriza a nadie a condenarlos como personas excluidas de la salvación ni a adoptar una postura de desprecio o marginación.
Al contrario, el mismo Juan Pablo II exhorta a los responsables de la comunidad cristiana «a que ayuden a los divorciados cuidando, con caridad solícita, que no se sientan separados de la Iglesia, pues pueden e incluso deben, en cuanto bautizados, tomar parte en su vida» (Familiaris consortio, n. 84). Como todos los demás cristianos, también ellos tienen derecho a escuchar la Palabra de Dios, tomar parte en la asamblea eucarística, colaborar en diferentes obras e iniciativas de la comunidad, y recibir la ayuda que necesitan para vivir su fe y para educar cristianamente a sus hijos.
Es injusto que una comprensión estrecha de la disciplina de la Iglesia y un rigorismo que tiene poco que ver con el espíritu cristiano nos lleven a marginar y abandonar incluso a personas que se esforzaron sinceramente por salvar su primer matrimonio, que no tienen fuerzas para enfrentarse solos a su futuro, que viven fielmente su matrimonio civil, que no pueden rehacer en manera alguna su matrimonio anterior o que tienen adquiridas nuevas obligaciones morales en su actual situación.
En cualquier caso, a los divorciados que se sienten creyentes solo les quiero recordar una cosa: Dios es infinitamente más grande, más comprensivo y más amigo que todo lo que pueden ver en nosotros los cristianos, y los hombres de Iglesia. Dios es Dios. Cuando nosotros no los entendemos, él los entiende. Confien siempre en él.


J.A.Pagola

viernes, 28 de septiembre de 2012

26º Domingo: Mc 9, 37-42.44.46-47


26º Domingo: Mc 9, 37-42.44. 46-47 

En el evangelio de hoy, se nos presentan tres exigencias de conversión para aquel que desea caminar en pos del Señor.
Veamos con más detalle cada exigencia.

Jesús empieza por denunciar la mentalidad del que piensa que lo controla en cierta medida, atribuyendo a nuestros propios méritos los dones que nos ha entregado. Es una manera indirecta de Jesús de desenmascarar en sus discípulos una sed de poder que se debe reemplazar por el deseo de hacerse servidor de sus hermanos. Observemos que en el evangelio, los discípulos reprochan a la persona que echó a los demonios en nombre de Jesús de no seguirlos a ellos y no de no seguir a Jesús. Eso es bien revelador. De hecho toman el lugar de Jesús y se erigen como los garantes de la ortodoxia de aquellos que actúan en nombre de Jesús. La recomendación que nos insinúa el evangelista es no creernos los propietarios de los dones de Dios a partir de nuestra práctica u observancia religiosa o nuestra pertenencia a la Iglesia. El Espíritu sopla donde quiere. ¿No nos sentimos a veces incómodos cuando gente de fuera de la Iglesia realiza las mismas obras de misericordia que nosotros y a veces incluso mejor? Nos cuesta reconocer que también ellos contribuyen con la llegada del reino de Dios. Es así que todos los que se comprometen, creyentes o no, y luchan  por la justicia, la paz y la solidaridad, contribuyen a expulsar los demonios de violencia, de odio y de represión.

En la segunda parte del evangelio, Jesús nos invita a examinar nuestra conciencia en lo que se refiere a nuestra actitud hacia los más pobres y los más pequeños: « Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que tienen fe, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar ».
Esta segunda exigencia en nuestro seguimiento de Jesús nos recuerda la necesidad vital para nosotros los cristianos, de ponernos continuamente delante de esta elección de disponibilidad, de acogida y de ayuda hacia los más desposeídos, que su pobreza sea material, humana o espiritual. Jesús vino y sigue viniendo hacia nosotros como un pobre y el abajamiento es el camino de salvación. Además, ¿cómo pretender seguir a Jesús y dejar de lado a los pobres cuando nuestro Señor no deja de recordarnos que no ha venido para los ricos y los sanos sino para los pobres y los pecadores?

La tercera exigencia que propone Jesús es la decisión por parte del discípulo a comprometerse y a desgastarse por el Evangelio. Nuestro Señor nos quiere prevenir de la costumbre y la rutina en nuestra manera de vivir el Evangelio. Pone delante de nuestra mirada  los lazos susceptibles de impedirnos vivir en  plenitud y con radicalidad la Buena Nueva de su Amor: nos pide “cortarlos”.
Jesús explicita en la forma de tres sentencias imaginadas lo que pudiera entrabar al discípulo en su camino de la fe: “Si tu mano…si tu pié…si tu ojo son para ti ocasión de pecado, córtalos”. La mano, el pié, el ojo: tres órganos que usamos para comunicarnos. Jesús toca tres puntos ligados a las relaciones que mantenemos con nuestros hermanos.
El pié pudiera ser el hecho de ir donde queremos sin dar cuenta a nadie, aun menos a Dios. La mano pudiera representar el hecho de apropiarnos lo que recibimos de otros, sea de nuestro hermano o sea de Dios mismo. El ojo pudiera ser nuestras envidias nunca colmadas, nuestros celos, nuestras miradas silenciosas que cautivan, que reducen al otro a ser solo un objeto. Tres pecados que nos repliegan sobre nosotros mismos, nos encierran en la soledad y nos impiden abrirnos a nuestros hermanos y a Dios. Tres pecados que nos deshumanizan al atacarse a nuestro ser relacional.
Frente a eso, Jesús nos indica nuestra responsabilidad: « Córtalo ». Es que se trata de que yo actúe, que yo corte en mí lo que es malo y me lleva al pecado. Jesús no lo puede hacer en mi lugar. Dicho de otra manera, si no quiero convertirme, no me obligará. Tanto como mi libertad puede cooperar con la gracia, también puede oponerse a ella.

Nuestras comunidades son también el espacio donde nos ayudamos mutuamente a “cortar” lo que nos esclaviza para poder vivir en la libertad de los hijos de Dios.

jueves, 20 de septiembre de 2012

25º Domingo: Mc 9, 30-37


25º Domingo: Mc 9, 30-37

Estamos ya en la segunda mitad del evangelio de Marc. Hemos escuchado la confesión de fe de Pedro y, a partir de allí,  el nuevo camino de Jesús hacia su destino: Jerusalén donde va terminar su vida de manera trágica. Aquello mismo de su fracaso en la capital lo vuelve a recalcar a sus discípulos. Pero el horizonte de fracaso de la vida de su maestro no entra en sus mentes. Siguen soñando para él y para ellos un camino de éxito: ser considerados por los hombres. El proyecto que anida en su corazón es radicalmente distinto al proyecto en el corazón de Jesús. Ellos sueñan y se entusiasman con “un reino de Dios” que signifique recuperación de poder, de prestigio, de triunfo. Les cuesta mucho soltar ese sueño de pura ambición humana – todo aquello que sigue moviendo nuestro mundo actual y también nos entra a cada uno de nosotros hasta por los poros – y entrar en el proyecto de Jesús, un proyecto de amor y servicio sin condición y sin límite.
La clarividencia de Jesús desenmascara la ambición de los suyos: “¿De qué hablaban en el camino?” Esa misma pregunta de Jesús nos debe seguir cuestionando a fondo: ¿Qué me mueve a diario en mi vida? ¿Qué metas me propongo y para qué? Si queremos ser auténticos discípulos de Jesús, no podemos evadir la respuesta y mirar para el lado.
Como Jesús convocó a sus discípulos para rectificar y reorientar su proyecto de vida, así también nos interpela su palabra hoy. Su respuesta atraviesa los siglos, las tradiciones y hasta las instituciones más importantes y las doctrinas más sabias. “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos”.
¿Quién puede entusiasmarse con esa respuesta? ¿Se fijan nuestros ojos y nuestros deseos en los miles de aquellos “hombres y mujeres de rostro desconocido, a quienes nadie hará homenaje alguno, pero que se desviven en el servicio desinteresado a los demás. Personas que no viven para su éxito personal. Gentes que no piensan solo en satisfacer egoístamente sus deseos, sino que se preocupan de la felicidad de otros?” (J.A.Pagola)
Que la palabra de Jesús abra nuestros ojos y nuestros corazones para emprender el camino que nos libera de todo lo que nos puede mantener cautivos: tantos espejismos de las ambiciones humanas que se van esfumando cuando corremos detrás de ellos. Como dice San Agustín: “Señor, tu has hecho nuestro corazón a tu medida y solo encuentra su descanso en Ti.”
¡Aquí Jesús nos pone de ejemplo a un niño!
Muchas actitudes y reacciones de los niños nos desarman: su mirada inocente, su capacidad de gozar con muy pocas cosas, su simple disfrute de cosas sencillas de la vida.
Los evangelios son insistentes en que nos volvamos como niños y en acogerlos en nombre de él, porque “quien acoge a un niño en nombre de Jesús, a él lo acoge”.



jueves, 13 de septiembre de 2012

24ºDomingo: Mc 8, 27-35


24º Domingo: Mc 8, 27-35

En su primer versículo, el evangelio de Marco propone que el lector vaya descubriendo el misterio de “la Buena Nueva de Jesús, Mesías, Hijo de Dios”. En el desarrollo del relato, Jesús se da a conocer progresivamente como aquel que habla con autoridad, aquel que cura a los enfermos y aquel que revela el amor con que ofrece el perdón de Dios a los pecadores. Todos estos rasgos van intrigando a sus contemporáneas que reconocen en él a un profeta: Juan Bautista, Elías o algún otro profeta. Pero a Jesús, más que importarle la opinión pública sobre su identidad, le importa la opinión de ese pequeño grupo de discípulos y amigos que lo siguen, porque ellos tendrán que continuar su obra de anunciar el Reino y hacer presente el amor de Dios por los hombres, especialmente los más pobres y más despreciados.

Como en los otros evangelios, Pedro es él que responde por los demás a la pregunta de Jesús: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” “Tú eres el Mesías, respondió Pedro”. Esta confesión de fe de Pedro se da en el lugar “bisagra” del evangelio, con un antes y un después. Pedro todavía tiene una imagen triunfalista del Mesías, Él que restablecerá y posicionará todo el poder del pueblo judío y del cual los discípulos serán una parte importante. Jesús emprenderá inmediatamente la rectificación de esa percepción falsa del Mesías. Viene una breve catequesis sobre el misterio pascual: su sufrimiento, su muerte en la cruz y su resurrección. Esta visión es radicalmente opuesta a la imagen triunfalista que tenía Pedro. ¡Decide corregir y “reprender” a Jesús! La reacción de Jesús es extremadamente enérgica, porque no es nada menos que la suprema tentación de Satanás en boca de Pedro. Renglón seguido Jesús da a conocer las condiciones para ser de verdad su discípulo. Como Jesús, el discípulo tiene que olvidarse de si mismo. Su vida es para los demás, para dar vida a los demás. Quien “quiera salvar su vida, la perderá; quién la pierda por mí y por el Evangelio, la salvará”. Si somos sinceros con nosotros mismos, experimentaremos que hay más alegría en el dar que en el recibir. Descubriremos que dándonos con amor y sacrificio a una causa que nos trasciende, nos llega paz y felicidad al corazón. Aquello es como una ley inscrita en lo profundo de nuestro ser. Es también la verdad liberadora que nos revela Jesús.

La conferencia de Aparecida nos recuerda que la vida de la Iglesia se juega en ser discípulos y misioneros de Jesucristo y agrega la hermosa frase: “para que nuestros pueblos en Él tengan Vida”.
¿Qué significa ser hoy discípulos y apóstoles o misioneros de Jesucristo?
¿Y nosotros, quién y cómo decimos que es Él?
No se trata de dar sólo una respuesta de tipo catequética, ni saber repetir lo que han dicho los Concilios o el Magisterio de la Iglesia. Todo eso puede ser útil para profundizar nuestra fe.
Hay que dar un gran paso más. La invitación es a entrar en el estilo de vida de Jesús: su oración, su intimidad con el Padre, su cercanía con los pobres, los enfermos, los excluidos, los pecadores.

Es tajante lo que nos dice en la liturgia de hoy la carta del apóstol Santiago: “la fe, si no va acompañada de las obras, está completamente muerta”. Son las obras que Jesús mismo nos muestra en los evangelios.

Pidamos que el Espíritu de Jesús que hemos recibido en nuestro bautismo, nos anime a seguir sus huellas y la senda que Él abrió, practicando hoy con creatividad sus obras.

jueves, 6 de septiembre de 2012

23º Domingo: Mc 7, 31-37


 Domingo 23º: Mc 7, 31-37


El personaje central de esta perícopa de Marcos es un sordo mudo en tierra pagana. Es la perfecta descripción de un hombre excluído y marginado de la sociedad. Estamos en territorio de Tiro y Sidón, fuera del sagrado territorio de Israel. Se trata, por lo tanto, de un pagano. Sus limitaciones físicas lo marginan de toda convivencia en la sociedad. Además, como pagano, es también sordo a “la Ley y los Profetas”. Está incapacitado de acceder a la verdad y poder alabar al Señor. Desde la óptica judía, pertenecía a la numerosa categoría social de los malditos y desdichados. Los judíos “excluían” a esa categoría de personas a tal punto que ni siquiera se les podía tocar.

Sin embargo, tiene amigos o personas dispuestas a ayudarle. De por si,  no puede tomar la iniciativa del encuentro con Jesús. Al no poder escuchar ni expresarse, vive en una dependencia de su entorno.  Ellos lo presentan a Jesús “y le piden que le imponga las manos”.
¿Cuál es la reacción de Jesús? Una vez más, Jesús transgrede el entramado código ético socio - religioso de los judíos y que generaba verdadera exclusión social. Para Jesús la misión del Hijo del Hombre era liberar de toda forma de esclavitud que impidiera vivir a fondo la dignidad de ser hijo de Dios y, por lo tanto, miembro con plenos derechos de la Comunidad de los hombres.
Jesús se detuvo” y “apartándolo de la gente”, se vinculó de un modo muy particular e íntimo con él: le metió los dedos en los oídos y con saliva le tocó la lengua. Luego, mirando al cielo, suspiró y dijo al hombre: ‘¡Effatá!’ (es decir: ‘¡Ábrete!’)”. No es un abracadabra mágico; al abrir los sentidos de este hombre, Jesús lo abre a la comunicación con los demás, con el mundo. Transparenta la gloria de Dios en él que ahora podrá llevar una vida nueva y digna.

Desde luego el sordo mudo en territorio pagano está por los paganos cerrados al proyecto de Dios y su curación por Jesús es símbolo del mundo pagano que se va abriendo al Evangelio. Llama la atención la alabanza de la gente (¡aqui los paganos!) que es una generalización: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (alusión a Gen 1,31: “Vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno” y a  Isaïas 35, 4-6 “los oídos del sordo se abrirán...la lengua del mudo cantará…).

En una perspectiva de actualización, podemos considerar que el sordo mudo está  también por muchos marginados y excluídos de nuestro tiempo moderno. No faltan las aplicaciones: personas en situación de calle, adultos mayores postrados mal atendidos en pequeñas piezas a veces sin luz ni ventilación, jóvenes hiper comunicados pero que se sienten muy solos, gente desorientada y que ha perdido el rumbo de la vida.

Copio un comentario del P. Jesús Álvarez: “La enfermedad del sordomudo nos remite también a una gran enfermedad de hoy: la incomunicación en la era de las comunicaciones, en la cual los medios de comunicación ocasionan a menudo incomunicación en el hogar, en la sociedad; incomunicación con la naturaleza, con Dios, con el misterio de la propia persona. Y simboliza también la ceguera espiritual, la falta de fe, la incomunicación de los hombres con su Padre Dios, la más triste de todas las incomunicaciones...”
Es remarcable cómo el evangelio describe la actitud de Jesús como actitud de cercanía con un ser humano sufriente que había perdido, o tal vez nunca había tenido la posibilidad de comunicarse o escuchar a los demás. Aquello debió resultar sorprendente para los que acompañaban al Señor en su recorrido por territorios extranjeros e incluso chocante por lo ya señalado. Jesús devolvió a este pobre hombre su plena dignidad de ser humano. Sin duda que este hombre vivió el momento más importante de su vida.

Cualquiera de nosotros podría decir ante este milagro del Señor: “¡Eso es imposible para mi! Yo no sé cómo hacer ese tipo de milagros... No sé cómo devolverle a una persona sorda su capacidad de oír, o a una persona muda su capacidad para hablar”. Pero el Señor nos diría: “No te pido tanto. Sencillamente trátalo como un ser humano...”. Cristo resucitado sigue actuando cuando nos vamos dando palabras que sucitan y re-sucitan las ganas de vivir. Tal vez ese es el mejor milagro que podamos hacer hoy.

sábado, 1 de septiembre de 2012

22º Domingo: Mc 7, 1-8.14-15.21-23



22º Domingo: Mc 7, 1-8.14-15.21-23

  Las tres lecturas de este domingo se prestan fácilmente –lo que no es frecuente- a ser unidas en un mismo tema o conjunto de temas. Es el tema de la ley, el legalismo, la verdadera ley y la verdadera religión.
  Primero, señalemos algo sobre la importancia de lo puro e impuro en la religión judía. La ley de lo puro y de lo impuro es un punto muy importante en la vida cultual. No se podía participar en el culto sin el estado de pureza. La palabra «pureza» no tiene para los judíos el mismo contenido que tiene para nosotros. Para ellos, un ser humano puro era el que no se había contaminado, ni siquiera por inadvertencia, con alguna de las cosas prohibidas por la ley. Por ejemplo, no lavarse las manos, no lavar vasos, jarras y bandejas, comer carne de cerdo o conejo, estar una mujer en su período menstrual o tener cualquier persona hemorragias, eran actos o situaciones tenidos por impuros, que contaminaban al sujeto durante un determinado tiempo. Un leproso era un impuro permanente, lo mismo que todos los que tuvieran una enfermedad que no se pudiera curar. Todo el que se contaminaba con estas cosas o personas, aunque no fuera por culpa suya, tenía que purificarse, habitualmente con agua, otras veces pagando sacrificios.
  Quizás razones históricas, como la travesía en el desierto o simplemente unas sólidas normas de higiene eran efectivamente “salvación” de muchas enfermedades en una civilización donde la medicina era muy rudimentaria.
Pero de allí a concluir que la práctica de esas normas era el camino de unión con Dios y de Dios con su pueblo, evidentemente eso está absolutamente fuera del discurso de Jesús. La relación con Dios no está en este tipo de culto y eso no solamente está fuera del discurso de Jesús, sino es fundamento de graves increpaciones hacia los fariseos y representantes de la Ley (ver el lenguaje durísimo en Mt. 23).
  Tal vez es la permanente tentación del hombre de todos los tiempos de “poder controlar la relación con Dios”. Si la podemos circunscribir a  algunas formas de culto y de prácticas (normalmente inofensivas y reducidas al ambiente privado y, lo que sí es mucho más grave, controladas y dictadas por grupos de poder en la práctica religiosa), entonces la salvación está asegurada.
  Este tipo de religiosidad (el modo de ligar y religarse con Dios) encuentra gran respuesta en las masas. Antiguamente, eran las procesiones, hasta procesiones públicas de penitencia; las peregrinaciones; las mandas: muy populares hasta el día de hoy. Y tienen un efecto purificador, siempre que ayuden a crecer en devoción, en el amor a Dios y al próojimo. Pero poner fundamentalmente en el cumplimiento de esas prácticas la salvación, eso ya es franca desviación. La crítica permanente de Jesús a la dirección de los Fariseos y representantes de la Ley va precisamente en este sentido. Y al denunciar los mecanismos de control que ejercían sobre el pueblo y al quitarles su poder, puesto que el pueblo prefiere a Jesús y percibe en Él a un verdadero Libertador de las prácticas que aplastaban, Jesús se expone a su condena a muerte.
  Las palabras de Jesús declaran abolida -para los cristianos- esta ley, porque nada de lo que Dios ha creado es impuro; Dios no se ofende porque hayamos tocado un muerto o porque hayamos comido tal o cual alimento. Lo impuro es todo lo que sale premeditadamente de nuestro corazón y no lo que hacemos sin querer. Para Jesús la pureza (lo que hace pura a una persona) significa buenos pensamientos, amor, solidaridad, justicia, servicio y entrega a los demás, etc., es decir, lo contrario de lo que sale premeditada y maliciosamente de nuestro corazón.
  Otro tema íntimamente relacionado es el de la esencia de la ley, el espíritu de la letra de la ley. Para Jesús no se trata de cumplir literalmente los preceptos, la letra de la ley; lo verdaderamente importante es cumplir con el espíritu de la ley, lo que a veces puede permitir o hasta exigir una exención o hasta un incumplimiento de la misma. «La letra mata», o «la ley se venga», solemos decir. Porque la ley no es absoluta, y porque es un medio, es necesario preguntarse por el fin de la ley, su espíritu, su núcleo, su sentido.
  Lo que decimos de las leyes como medios, no como fines, se puede ampliar a las prácticas religiosas rituales, a la religiosidad de prácticas externas, que también con demasiada frecuencia han sido entronizadas en el catolicismo como lo central, como lo realmente salvífico… El texto de Santiago de la segunda lectura de hoy responde a este punto y al anterior: la «verdadera religión», dice Santiago, consiste en visitar a los huérfanos y las viudas y guardarse de la corrupción. Santiago viene a decir que los ritos, preceptos y prácticas cúlticas que interesan son la caridad fraterna comprometida y la honradez.
  En Chile, acabamos de celebrar el mes de la solidaridad, con la centralidad de la figura de san Alberto Hurtado. Inciamos ahora el mes de la patria. Estamos llamados a construir un país según los criterios de Jesús y su evangelio. Estamos llamados a vivir en “la libertad de los hijos de Dios”. No significa para nada que cada cual hace lo que quiere, sino que aprendamos a vivir desde una conciencia formada e iluminada y desde un corazón creyente que lleva una vida según sus propios talentos y posibilidades, buscando “hacer el bien”, aunque eso entrara en conflicto con determinadas tradiciones o prescripciones.

sábado, 25 de agosto de 2012

21er Domingo: Jn 6, 61-70


21er Domingo: Jn 6, 61-70
Los últimos 4 domingos, hemos leído y escuchado en el discurso del pan de vida el diálogo entre Jesús y los Judíos. Jesús les ha explicado el sentido profundo del signo de la multiplicación de los panes. Ha intentado llevar a sus auditores y muchos simpatizantes (discípulos) hacia el sentido espiritual del signo de los panes multiplicados. El mismo es el pan de vida bajado del cielo. El que come de este pan vivirá para siempre.
Al final de este largo capítulo, viene la reacción de los oyentes: “Este discurso es bien duro: ¿quién puede hacerle caso?” No solamente los judíos, sino “muchos de sus discípulos” no pueden aceptar el lenguaje de Jesús. Sin embargo, frente a la deserción y abandono masivo, Jesús no se retracta de ninguna de sus palabras. Hasta a sus más íntimos, los Doce, les pregunta: “¿También ustedes quieren abandonarme?”
Jesús nos hace la misma pregunta hoy en día, al igual que Josué nos hace la pregunta: ¿qué Dios o qué dioses queremos servir? ¿Queremos, al igual que los israelitas, servir sólo al Señor y decimos como ellos: “El es nuestro Dios”? ¿O preferimos elegir a los dioses  del mundo en que vivimos? Estos dioses son el dinero, el poder, el éxito, el placer o “cada cual para sí mismo”, o “la vida es para disfrutarla”. Podemos darle muchas vueltas, pero vivimos en un mundo con una cultura consumista, donde la economía tiene que crecer permanentemente (¡crecimiento infinito en un mundo finito!), donde la bolsa tiene que subir, porque de otra manera viene el pánico. Un mundo que dice por variados medios, que para ser feliz, hay que endeudarse con cómodas cuotas hasta que de repente se descubre que se está viviendo por encima de sus medios, generando grandes crisis económicas  o de insolvencia. Los más pudientes (países o estratos sociales) explotando a los más débiles. En fin, es este el lado negativo de un mundo  que sólo se persigue a sí mismo y pareciera conducir ciegamente hacia el precipicio por este camino.
Por lo tanto es de alcance existencial la pregunta: “¿a qué Dios o qué dioses queremos servir?”  No es una pregunta más entre otras. Tal vez sea la más importante de nuestra vida. Porque según la respuesta que damos, se irá moldeando nuestra vida con todas sus decisiones: desde nuestro quehacer, nuestro pensar, nuestras palabras, y todas nuestras acciones. En caso que nos decidimos por los dioses de este mundo, significa decidir por lo nuestro y nuestro propio yo. Eso es decidir por lo finito, lo pasajero, lo mortal, porque con nuestra muerte todo se acaba. Pero si nos decidimos por el Dios que Jesús nos ha revelado con su propia vida, si nos decidimos por sus palabras y sus acciones, entonces nos decidimos no por nosotros mismos y nuestro propio yo, sino por sus Bienaventuranzas. Entonces buscamos ser humildes de corazón, sentir con el que siente dolor y pena, ser misericordiosos; buscamos y anhelamos, desde nuestra fe, promover  la justicia y la paz. Entonces vamos a querer compartir con él que tiene poco y buscaremos amar a nuestro prójimo como amamos a Dios y a nosotros mismos. Eso es decidirnos no por lo finito y mortal sino por lo que queda en vida eterna.
A la pregunta de Jesús a los Doce si también ellos quieren irse, como suele ocurrir en los evangelios, Pedro toma la palabra por todos: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.” Su respuesta no deja ninguna escapatoria. Nos invita a que nosotros también contestemos al igual que él.