sábado, 1 de septiembre de 2012

22º Domingo: Mc 7, 1-8.14-15.21-23



22º Domingo: Mc 7, 1-8.14-15.21-23

  Las tres lecturas de este domingo se prestan fácilmente –lo que no es frecuente- a ser unidas en un mismo tema o conjunto de temas. Es el tema de la ley, el legalismo, la verdadera ley y la verdadera religión.
  Primero, señalemos algo sobre la importancia de lo puro e impuro en la religión judía. La ley de lo puro y de lo impuro es un punto muy importante en la vida cultual. No se podía participar en el culto sin el estado de pureza. La palabra «pureza» no tiene para los judíos el mismo contenido que tiene para nosotros. Para ellos, un ser humano puro era el que no se había contaminado, ni siquiera por inadvertencia, con alguna de las cosas prohibidas por la ley. Por ejemplo, no lavarse las manos, no lavar vasos, jarras y bandejas, comer carne de cerdo o conejo, estar una mujer en su período menstrual o tener cualquier persona hemorragias, eran actos o situaciones tenidos por impuros, que contaminaban al sujeto durante un determinado tiempo. Un leproso era un impuro permanente, lo mismo que todos los que tuvieran una enfermedad que no se pudiera curar. Todo el que se contaminaba con estas cosas o personas, aunque no fuera por culpa suya, tenía que purificarse, habitualmente con agua, otras veces pagando sacrificios.
  Quizás razones históricas, como la travesía en el desierto o simplemente unas sólidas normas de higiene eran efectivamente “salvación” de muchas enfermedades en una civilización donde la medicina era muy rudimentaria.
Pero de allí a concluir que la práctica de esas normas era el camino de unión con Dios y de Dios con su pueblo, evidentemente eso está absolutamente fuera del discurso de Jesús. La relación con Dios no está en este tipo de culto y eso no solamente está fuera del discurso de Jesús, sino es fundamento de graves increpaciones hacia los fariseos y representantes de la Ley (ver el lenguaje durísimo en Mt. 23).
  Tal vez es la permanente tentación del hombre de todos los tiempos de “poder controlar la relación con Dios”. Si la podemos circunscribir a  algunas formas de culto y de prácticas (normalmente inofensivas y reducidas al ambiente privado y, lo que sí es mucho más grave, controladas y dictadas por grupos de poder en la práctica religiosa), entonces la salvación está asegurada.
  Este tipo de religiosidad (el modo de ligar y religarse con Dios) encuentra gran respuesta en las masas. Antiguamente, eran las procesiones, hasta procesiones públicas de penitencia; las peregrinaciones; las mandas: muy populares hasta el día de hoy. Y tienen un efecto purificador, siempre que ayuden a crecer en devoción, en el amor a Dios y al próojimo. Pero poner fundamentalmente en el cumplimiento de esas prácticas la salvación, eso ya es franca desviación. La crítica permanente de Jesús a la dirección de los Fariseos y representantes de la Ley va precisamente en este sentido. Y al denunciar los mecanismos de control que ejercían sobre el pueblo y al quitarles su poder, puesto que el pueblo prefiere a Jesús y percibe en Él a un verdadero Libertador de las prácticas que aplastaban, Jesús se expone a su condena a muerte.
  Las palabras de Jesús declaran abolida -para los cristianos- esta ley, porque nada de lo que Dios ha creado es impuro; Dios no se ofende porque hayamos tocado un muerto o porque hayamos comido tal o cual alimento. Lo impuro es todo lo que sale premeditadamente de nuestro corazón y no lo que hacemos sin querer. Para Jesús la pureza (lo que hace pura a una persona) significa buenos pensamientos, amor, solidaridad, justicia, servicio y entrega a los demás, etc., es decir, lo contrario de lo que sale premeditada y maliciosamente de nuestro corazón.
  Otro tema íntimamente relacionado es el de la esencia de la ley, el espíritu de la letra de la ley. Para Jesús no se trata de cumplir literalmente los preceptos, la letra de la ley; lo verdaderamente importante es cumplir con el espíritu de la ley, lo que a veces puede permitir o hasta exigir una exención o hasta un incumplimiento de la misma. «La letra mata», o «la ley se venga», solemos decir. Porque la ley no es absoluta, y porque es un medio, es necesario preguntarse por el fin de la ley, su espíritu, su núcleo, su sentido.
  Lo que decimos de las leyes como medios, no como fines, se puede ampliar a las prácticas religiosas rituales, a la religiosidad de prácticas externas, que también con demasiada frecuencia han sido entronizadas en el catolicismo como lo central, como lo realmente salvífico… El texto de Santiago de la segunda lectura de hoy responde a este punto y al anterior: la «verdadera religión», dice Santiago, consiste en visitar a los huérfanos y las viudas y guardarse de la corrupción. Santiago viene a decir que los ritos, preceptos y prácticas cúlticas que interesan son la caridad fraterna comprometida y la honradez.
  En Chile, acabamos de celebrar el mes de la solidaridad, con la centralidad de la figura de san Alberto Hurtado. Inciamos ahora el mes de la patria. Estamos llamados a construir un país según los criterios de Jesús y su evangelio. Estamos llamados a vivir en “la libertad de los hijos de Dios”. No significa para nada que cada cual hace lo que quiere, sino que aprendamos a vivir desde una conciencia formada e iluminada y desde un corazón creyente que lleva una vida según sus propios talentos y posibilidades, buscando “hacer el bien”, aunque eso entrara en conflicto con determinadas tradiciones o prescripciones.

sábado, 25 de agosto de 2012

21er Domingo: Jn 6, 61-70


21er Domingo: Jn 6, 61-70
Los últimos 4 domingos, hemos leído y escuchado en el discurso del pan de vida el diálogo entre Jesús y los Judíos. Jesús les ha explicado el sentido profundo del signo de la multiplicación de los panes. Ha intentado llevar a sus auditores y muchos simpatizantes (discípulos) hacia el sentido espiritual del signo de los panes multiplicados. El mismo es el pan de vida bajado del cielo. El que come de este pan vivirá para siempre.
Al final de este largo capítulo, viene la reacción de los oyentes: “Este discurso es bien duro: ¿quién puede hacerle caso?” No solamente los judíos, sino “muchos de sus discípulos” no pueden aceptar el lenguaje de Jesús. Sin embargo, frente a la deserción y abandono masivo, Jesús no se retracta de ninguna de sus palabras. Hasta a sus más íntimos, los Doce, les pregunta: “¿También ustedes quieren abandonarme?”
Jesús nos hace la misma pregunta hoy en día, al igual que Josué nos hace la pregunta: ¿qué Dios o qué dioses queremos servir? ¿Queremos, al igual que los israelitas, servir sólo al Señor y decimos como ellos: “El es nuestro Dios”? ¿O preferimos elegir a los dioses  del mundo en que vivimos? Estos dioses son el dinero, el poder, el éxito, el placer o “cada cual para sí mismo”, o “la vida es para disfrutarla”. Podemos darle muchas vueltas, pero vivimos en un mundo con una cultura consumista, donde la economía tiene que crecer permanentemente (¡crecimiento infinito en un mundo finito!), donde la bolsa tiene que subir, porque de otra manera viene el pánico. Un mundo que dice por variados medios, que para ser feliz, hay que endeudarse con cómodas cuotas hasta que de repente se descubre que se está viviendo por encima de sus medios, generando grandes crisis económicas  o de insolvencia. Los más pudientes (países o estratos sociales) explotando a los más débiles. En fin, es este el lado negativo de un mundo  que sólo se persigue a sí mismo y pareciera conducir ciegamente hacia el precipicio por este camino.
Por lo tanto es de alcance existencial la pregunta: “¿a qué Dios o qué dioses queremos servir?”  No es una pregunta más entre otras. Tal vez sea la más importante de nuestra vida. Porque según la respuesta que damos, se irá moldeando nuestra vida con todas sus decisiones: desde nuestro quehacer, nuestro pensar, nuestras palabras, y todas nuestras acciones. En caso que nos decidimos por los dioses de este mundo, significa decidir por lo nuestro y nuestro propio yo. Eso es decidir por lo finito, lo pasajero, lo mortal, porque con nuestra muerte todo se acaba. Pero si nos decidimos por el Dios que Jesús nos ha revelado con su propia vida, si nos decidimos por sus palabras y sus acciones, entonces nos decidimos no por nosotros mismos y nuestro propio yo, sino por sus Bienaventuranzas. Entonces buscamos ser humildes de corazón, sentir con el que siente dolor y pena, ser misericordiosos; buscamos y anhelamos, desde nuestra fe, promover  la justicia y la paz. Entonces vamos a querer compartir con él que tiene poco y buscaremos amar a nuestro prójimo como amamos a Dios y a nosotros mismos. Eso es decidirnos no por lo finito y mortal sino por lo que queda en vida eterna.
A la pregunta de Jesús a los Doce si también ellos quieren irse, como suele ocurrir en los evangelios, Pedro toma la palabra por todos: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.” Su respuesta no deja ninguna escapatoria. Nos invita a que nosotros también contestemos al igual que él.

viernes, 17 de agosto de 2012


20º Domingo: Jn 6, 51-59

El pasaje evangélico de este domingo continúa la lectura del capítulo 6 de Juan como en los domingos anteriores.
Se repite la afirmación categórica y central del domingo pasado: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. ¿Cómo hay que entender o interpretar una afirmación tan tajante? “Los judíos discutían entre sí, diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?” Me parece que la pregunta de los judíos sigue siendo también relevante para nosotros. Al contestar a los judíos, Jesús agrega un nuevo elemento. “Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.” Se incluye de repente el elemento de la sangre. Como el pan deviene el cuerpo de Cristo, el vino deviene la sangre de Cristo. Obviamente, se pasó de lleno al contexto de la celebración de la Eucaristía, donde  tocamos el gran misterio de nuestra fe: “Éste es el sacramento de nuestra fe” se proclama después de la consagración.

 Para entender la Eucaristía es esencial partir de los signos elegidos por Jesús. El pan es signo de alimento, de comunión entre quienes lo comen juntos; a través de él llega al altar y es santificado todo el trabajo humano. Esa santificación del trabajo humano, y que se entienda por trabajo humano todo nuestro quehacer, viene a ser la carne de Jesús para la vida del mundo. O sea en la Eucaristía, todo nuestro quehacer se transforma en la carne de Jesús para la Vida del mundo: no basta que quede en un sagrario sino tiene que ser distribuido para la Vida del mundo.

Aparentemente sin mayor conexión con el signo de la multiplicación de los panes, Jesús introduce el tema de su sangre. Ahora bien, ¿por qué, para significar su sangre, Jesús eligió precisamente el vino? ¿Qué representa el vino para los hombres? En Chile lo sabemos muy bien: representa la alegría, la fiesta; no representa tanto la utilidad (como el pan) cuanto el deleite. No está hecho sólo para beber, sino también para brindar. Jesús multiplica los panes por la necesidad de la gente, pero en Caná multiplicó el vino para la alegría de los comensales. La Escritura dice que «el vino recrea el corazón del hombre y el pan sostiene su vigor» (Sal 104, 15). El símbolo del vino elegido por Jesús deviene su sangre. ¿Qué significa y qué evoca para nosotros la palabra sangre? Evoca en primer lugar todo el sufrimiento  y el dolor que existen en el mundo. Los derramamientos de sangre a partir de los enfrentamientos y las guerras entre los hombres. El vino que deviene la sangre de Jesús asume entonces todos estos sufrimientos y dolores para ser santificados y recibir un sentido y una esperanza de Vida nueva.

 Si Jesús hubiera elegido para la Eucaristía pan y agua, habría indicado sólo la santificación del sufrimiento («pan y agua» son de hecho sinónimos de ayuno, de austeridad y de penitencia). Al elegir pan y vino quiso indicar también la santificación de la alegría. Qué bello sería si aprendiéramos a vivir también los gozos de la vida, eucarísticamente, esto es, en acción de gracias a Dios.
Pero el vino, además de alegría, evoca también un problema grave. En la segunda lectura escuchamos esta advertencia del Apóstol: «no abusen del vino que lleva al libertinaje; más bien llénense del Espíritu Santo”. Sugiere combatir la ebriedad del vino con «la sobria embriaguez del Espíritu», una embriaguez con otra, la embriaguez de la Vida nueva, la embriaguez de cumplir lo que Dios quiere.

A veces experimentamos que nuestras Misas – Eucaristías pueden ser un grato encuentro con hermosos cantos y buenas lecturas; a veces son el cumplimiento ritual rutinario que no motivan mayormente a un compromiso renovado. Estamos bien lejos de lo que decía el padre de la Iglesia, Orígenes: “la Eucaristía es un signo de conspiración”. Ciertamente la Eucaristía tiene un lado profético riesgoso.  Basta recordar al obispo Oscar Romero, asesinado en plena celebración de la Eucaristía. Al ejemplo de Jesús, se desangró  en el altar literalmente para la Vida de su pueblo.

Jesús dijo: “Hagan esto en conmemoración mía”. Por lo tanto, más que un piadoso o sagrado ritual, más incluso que una celebración litúrgica de la fe, se trata del “Hagan esto”, es decir Cristo (y todo su evangelio) tiene que llegar a ser nuestra comida y nuestra bebida, nuestro cuerpo y nuestra sangre. Tenemos que estar dispuestos a asumir su vida en la nuestra. Eso sí que es una tremenda misión y responsabilidad. Así también es siempre el desafío del amor auténtico, pero es el único que da sentido a la vida.
Jamás debiéramos “desconectar” la Eucaristía de la vida:  la vida nuestra de cada día, la de nuestros hermanos y la de todos los seres humanos del mundo entero. Debiéramos salir de la Eucaristía como verdaderos voluntarios para alimentar a nuestros hermanos, para aliviar todos los sufrimientos y dolores, para compartir todas las alegrías y esperanzas.

Al terminar el celebrante dice: “Podemos irnos en la paz del Señor”; es la misión de ir por el mundo anunciando y construyendo esa paz siendo ahora otros tantos Cristos los que hemos comulgado de su cuerpo y de su sangre.

martes, 14 de agosto de 2012

15 de agosto: ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA
Lc 1, 39-56

A penas María ha recibido la extraordinaria noticia invitándola a ser la Madre del Señor, se olvida de sí misma, se pone en camino y a toda prisa se dirige a la provincia de Judea, cruzando todo el país a través de las montañas de Samaría, para acompañar a su anciana prima Isabel que tiene 6 meses de embarazo. Así el evangelista destaca en ella su actitud de pronto servicio.
El encuentro de María con su pariente está bajo el signo del Espíritu al igual que el encuentro con el ángel en la anunciación.
El Espíritu de Dios está actuando, “renovando la faz de la tierra”, cambiando el curso de la historia. No va a ser una intervención portentosa ni con grandes manifestaciones y medios muy llamativos. Al contrario. Todo está bajo el signo de la sencillez, pero con un potente mensaje de vida y de esperanza para los pobres de la tierra.
Esa va a ser la tónica de uno de los más bellos cantos de toda la Biblia: el Magnificat.

Mi alma canta la grandeza del Señor y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es Santo!”
María representa el Israel fiel a Dios y a su alianza; por su boca alaba a Dios por su fidelidad y el cumplimiento de sus promesas: la venida del Mesías ya realizada en su persona.
La promesa hecha a Abraham y a su descendencia, la alianza concluida con Moisés para liberar al pueblo de la esclavitud de Egipto, concluyen ahora como intervención definitiva de Dios en la historia, en la humilde persona de María.
Los grandes hitos de la liberación de Israel están condensados en “las grandes cosas” que Dios ha hecho en favor de María (el pequeño Israel fiel).
En el compromiso activo de Dios a favor de su pueblo, éste reconoce que su nombre es Santo. Hoy también en nuestro compromiso y nuestra solidaridad con los sufridos de la tierra, éstos reconocerán que el nombre de Dios es Santo. Es el testimonio de la Iglesia que esperan los pobres de la tierra. Es el gran testimonio que el Hogar de Cristo está llamado a dar a los que sufren hoy en medio de nosotros para que también ellos puedan reconocer y alabar las cosas grandes del Señor y proclamar su santo Nombre.

La segunda estrofa del Magnificat anuncia proféticamente el futuro de la humanidad desheredada: podemos contemplar aquí a los casi dos tercios de la humanidad  que pasan hambre.

Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevé a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías.”
El proyecto de Dios no se derrumba a pesar de las grandes injusticias. Dios ha intervenido y sigue interviniendo para defender los intereses de los pobres y desbaratar los planes de los ricos y poderosos. El cántico de María es él de los débiles, de  los sufridos, de los marginados y desheredados, de los “sin voz”, de todos los excluidos de los beneficios y los bienes de la tierra. Anuncia lo que proclamará Jesús en las bienaventuranzas: “Felices los pobres, porque a ustedes pertenece el Reino de Dios”.

Es lo que anuncia la tercera estrofa: el futuro y no muy lejano cumplimiento de las promesas:
Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, a favor de Abraham y de su descendencia para siempre”.
Hoy es nuestro compromiso por un mundo más justo y más solidario que es signo  del cumplimiento de las promesas.
No hay que esperar que nos sacuda un rayo sino ponernos pronto en camino, al ejemplo de María, para ayudar y servir y proclamar así la Santidad del nombre de Dios en medio de nuestros hermanos.

La fiesta de la Asunción que celebramos hoy es la confirmación definitiva de que nuestra esperanza tiene sentido. Esta vida, aunque parezca enferma  de muerte, en realidad está preñada de vida. Es la vida del Resucitado que se manifiesta ya en nosotros y en primer lugar en María, Madre de Jesús y Madre nuestra.
Que ella nos bendiga y nos acompañe en nuestro compromiso solidario de cada día.

sábado, 11 de agosto de 2012


19º domingo: Jn 6, 41-51

Éste es el pan que baja del cielo, para que quién coma de él no muera”.
Comprobamos cómo la medicina moderna se afana en descubrir remedios para prolongar la vida humana, para postergar la vejez. Pareciera que el gran sueño del hombre fuera seguir viviendo y no extinguirse (morir) jamás. Sin embargo, somos mortales y está en nuestros genes y nuestra sangre y nada ni nadie nos puede preservar de la muerte.
Nuestra vida es como una vela. En cuanto se haya prendido, se consume hasta extinguirse. El nacimiento de un ser humano es ya el comienzo de su muerte. “Sus padres comieron el maná en el desierto y murieron”, dice Jesús a los Judíos (Jn 6, 49). Nosotros estamos aquí en la tierra, camino a la muerte; eso es un lado de la vida. También está el otro lado: estamos camino a la vida plena.
De modo que cada ser humano es como un misterio: por un lado estamos entregados a las fuerzas de la muerte y por otro lado también llevamos dentro de nosotros el germen de la vida eterna. Lo que vemos y experimentamos es lo frágil y pasajero de nuestra existencia. Lo que creemos y esperamos es la realidad creciente de la vida eterna, la que nos viene de arriba por la fuerza del Espíritu de Dios y que algún día se verá con plena luz.

El alimento para el crecimiento y desarrollo de esta vida divina en nosotros son la palabra de Dios que escuchamos y el pan que compartimos cuando celebramos la eucaristía. “Yo soy el pan de vida. Quien come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 51). Por esta razón los Padres de la Iglesia llaman a la Eucaristía un remedio para la vida eterna.
El pan eucarístico y el vino son alimentos humanos. Cuando comimos o bebemos, el cuerpo absorbe los alimentos y se transforman en el cuerpo del que se alimenta: vienen a ser cuerpo y sangre del mismo.
En el banquete eucarístico, ocurre con un sentido mucho más profundo exactamente lo contrario. Si bien el cuerpo asimila el pan y el vino como cualquier otro alimento, bajo estas especies, es Cristo resucitado que nos transforma en El. Participamos de su vida gloriosa de modo que “ya no vivimos nosotros, sino El mismo Cristo vive en nosotros” (Gal 2, 20). Así Cristo viene a ser el cumplimiento de nuestro eterno sueño de vida inmortal.

Se nos recuerda el secreto de la Eucaristía cuando el sacerdote mezcla unas gotas de agua en el vino durante las ofrendas y reza: “El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”. Eso es el núcleo de lo que llamamos consagración, el núcleo de la fe en la Eucaristía: somos “asuntos” en el cuerpo de Cristo, asuntos en su vida divina y así nuestra vida encuentra su plenitud en la vida de Dios. La Iglesia recibe siempre vida nueva a partir de esta cena eucarística y, fortaleciéndose con este pan, seguirá existiendo hasta que venga el día de Cristo.

Los Judíos murmuraban y se preguntaban: “¿Cómo puede éste darnos a comer su propia carne?” (Jn 6, 52) ¡Aquello no les cabía en su cabeza! Tal vez también nosotros murmuramos y nos preguntamos cómo es posible aquello. Hay una sola respuesta: “Quien cree tiene vida eterna” (Jn 6, 40). Creer en Jesús, darle nuestra adhesión incluye siempre practicar el amor con el prójimo y “trabajar “ por la venida de su Reino en este mundo.

Sólo nos resta entregarnos humildemente a este milagro del amor divino, porque es el mismo Jesús que dará cumplimiento a esta promesa. Y eso no es un asunto de entendimiento, sino de amor sin medida, “porque no hay nada imposible para Dios” (Lc 1, 37)



viernes, 3 de agosto de 2012


18º Domingo :  Jn 6, 24-35

 Al día siguiente, la gente vuelve a buscar a Jesús. Cuando lo encuentran, le preguntan: “Maestro, ¿cuándo llegaste aquí? Jesús no contesta su pregunta porque el evangelista señaló al comienzo de su evangelio: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Éste es el tema que Jesús va a tratar de explicar en este difícil capítulo del discurso del pan de vida. Difícil capítulo, porque entenderlo con la mente y recibirlo en el corazón y vivirlo en la vida real de cada día es llegar a ser un verdadero seguidor y discípulo de Jesús. Bien lo dice el Padre Hurtado: “Mi misa es mi vida y mi vida es una misa prolongada”. Por este misma razón, la liturgia nos hará profundizar en este tema durante los siguientes cuatro domingos.

El texto y el diálogo con Jesús nos hace pasar del signo, 5.000 hombres que comieron a saciedad a partir de la distribución que él mismo hizo de los cinco panes de cebada y los dos pescados, al significado del signo. ¡Por supuesto que no se trataba de “llenarse el estómago sin más”! Aplacar el hambre es importante y es una necesidad vital. Pero no debemos quedarnos en eso. La vida es mucho más que satisfacer necesidades primarias. La vida nos ha sido dada por Dios no sólo para comer, sino “para buscar a Dios”,  para ser discípulos de Jesús y para “trabajar” por la venida de su Reino. Escribe San Pablo en su carta a los Romanos: “El reino de Dios no consiste en comidas ni bebidas, sino en la justicia, la paz y el gozo del Espíritu Santo” (14, 17).
Jesús invita a sus oyentes a dar ese paso: pasar del pan material a ese otro pan que es él mismo. “Trabajen no por un alimento que perece, sino por un alimento que dura y da vida eterna”.
Como suele ocurrir siempre en los evangelios, Jesús invita no a  ser receptor de vida (“El que quiere ganar su vida la pierde”) sino a ser dador de vida. Esta es la comida que quiere dar Jesús: “Esta es la comida que les dará el Hijo del hombre, porque Dios, el Padre, ha puesto su sello en él”. Sólo entonces, sus oyentes piden ese pan que El les promete: “Señor, danos siempre ese pan”.

El don del pan era una invitación a la generosidad; no era solamente donación de algo (el pan), expresaba la donación de la persona. Al retener solamente el aspecto material, la satisfacción de la propia necesidad, la han vaciado de su contenido y no han respondido al amor. No basta encontrar solución a la necesidad material; hay que aspirar a la plenitud humana, y esto requiere colaboración del hombre (trabajen). Han limitado su horizonte: el alimento que se acaba (el pan) da sólo una vida que perece; el que no se acaba (el amor), da vida definitiva. El pan ha de ser expresión del amor. Ellos ven el pan sin comprender el amor, y en Jesús ven al hombre, sin descubrir el Espíritu. Jesús es el Hijo del Hombre portador del Espíritu (sellado por el Padre).
Jesús se había presentado como dador de pan; ahora se identifica él mismo con el pan (“Yo soy el pan de la vida”). Él es el don continuo del amor del Padre a la humanidad.
Comer ese pan significa dar la adhesión a Jesús, creer en él, asimilarse a él; es la misma actividad formulada antes en términos de trabajo (vv. 27.29).  Él es el alimento que Dios ofrece a los hombres, con el que se obtiene la calidad de vida que los encamina a su plenitud.

La adhesión a Jesús satisface toda necesidad y toda aspiración del hombre (“el que me come nunca pasará hambre, el que me da su adhesión nunca pasará sed”), porque no lo centra en la búsqueda de su propia perfección, sino en el don de sí mismo. Mientras la perfección tiene una meta tan ilusoria y tan lejana como el ideal que cada uno se fabrique, el don de sí mismo es concreto e inmediato y sus metas se van alcanzando con la práctica de cada día, pudiendo llegar al extremo, como en el caso de Jesús. Con la búsqueda de la perfección el hombre va edificando su propio pedestal; con la adhesión a Jesús, se pone al servicio de los demás y crea la igualdad en el amor.




sábado, 28 de julio de 2012


17º Domingo: Jn 6, 1-15

Dada la brevedad del Evangelio según san Marcos, cuya lectura continua veníamos haciendo, la liturgia de la Palabra de este domingo, y de los cuatro siguientes, girará en torno a la multiplicación de los panes y al discurso eucarístico que sigue en el Evangelio de san Juan, el discípulo amado.
Aunque la fuerza del texto está en la generosidad de Jesús al multiplicar el pan y los peces para una muchedumbre hambrienta, se nos aclara  la razón de la muchedumbre por seguir a Jesús: “Mucha gente lo seguía, porque habían visto las señales milagrosas que hacía sanando a los enfermos”. Buscaban a aquel que los librara de todas sus calamidades.
Ahora Jesús va a dar un signo distinto: no de sanación de alguna enfermedad, sino una invitación a entrar en una nueva lógica, la lógica del evangelio que nada tiene que ver con nuestra lógica humana.
Jesús orienta a sus discípulos en la confusión de qué hacer y cómo hacerlo. Es el sentido de la pregunta a Felipe: ¿con qué compraremos panes para que coman éstos? Lo decía para tantearlo, para ver hasta donde había crecido en la fe y en el entendimiento del evangelio. La respuesta de Felipe, después de un rápido cálculo, es muy humana; es la conclusión de la fría lógica de las cifras: doscientos denarios o más de medio año de jornal, a penas daría para un pedacito de pan, para engañar el hambre. Andrés si parece que conoce la solución: que los que, siguiendo a Jesús, han decidido ponerse al servicio de la humanidad (a ellos, al grupo de Jesús, a la comunidad cristiana, representada en el muchacho que tiene los panes y los peces), compartan todo lo que tienen, aunque sea poco, aunque sólo sean cinco panes y un par de pescados. Pero a Andrés le falta confianza, no está seguro de que sólo compartiendo se pueda resolver completamente el problema: «¿qué es eso para tantos?»
¿Y qué hace Jesús?  El pequeño y casi insignificante gesto de recibir en sus manos los cinco panes y los dos peces para repartirlos está al origen de un milagro grandioso. La lógica de los números: cinco panes y dos peces, algo absolutamente ridículo frente al hambre de miles de personas, cede aquí a la lógica de la solidaridad, de la justicia, del amor, del romper el pan y compartir los unos con los otros.
Hay que atreverse aun con los medios más insignificantes. No dudar, no ponerse a calcular, no decir que es imposible, sino simplemente actuar y con Dios como único puntal: “Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados; lo mismo todo lo que quisieron del pescado.” Jesús enseña que la dinámica del Reino es el arte de compartir. Quizá todo el dinero del mundo no fuese suficiente para comprar el alimento necesario para los que pasan hambre… ¡El problema no se soluciona comprando, el problema se soluciona compartiendo! La dinámica del mundo capitalista es precisamente el dinero. Creemos que sin dinero nada se puede hacer y tratamos de convertirlo todo en papel moneda, no sólo los recursos naturales sino también los recursos humanos y los valores: el amor, la amistad, el servicio, la justicia, la fraternidad, la fe, etc. En el mundo neoliberal nada se nos da gratuitamente, todo tiene su precio. Se nos ha olvidado que la vida acontece por pura gratuidad, por puro don de Dios.
Jesús en esta multiplicación de los panes y de los peces parte de lo que la gente tiene en el momento. El milagro no es tanto la multiplicación del alimento, sino lo que ocurre en el interior de sus oyentes: se sintieron interpelados por la palabra de Jesús y, dejando a un lado el egoísmo, cada cual colocó lo poco que aún le quedaba, y se maravillaron después de que vieron que el alimento se multiplicó y sobró. Comprendieron entonces que si el pueblo pasaba hambre y necesidad, no era tanto por la situación de pobreza, sino por el egoísmo de los hombres y mujeres que conformes con lo que tenían, no les importaba que los demás pasaran necesidad. El gesto de compartir marca profundamente la vida de las primeras comunidades que siguieron a Jesús. Compartir el pan se convierte en un gesto que prolonga y mantiene la vida, un gesto de pascua y de resurrección. Al partir el pan se descubre la presencia nueva del resucitado.
El esfuerzo humano y los recursos nunca serán suficientes frente a la magnitud de las necesidades. Nos sentimos profundamente incapaces de satisfacer a veces necesidades elementales de alimento y abrigo decente. Sin embargo, nuestro empeño es imprescindible. Tal como en el evangelio, sin los 5 panes y los 2 peces, sin “poner de lo nuestro”,  Jesús no habría realizado el signo: transformar lo poco, lo insignificante en una sobreabundancia y una sobreabundancia tal que a nadie le faltó el pan.

¿Cuándo nos vamos a imaginar que este signo que nos describe el evangelio y repetido 6 veces a través de los distintos evangelios, es lo que Jesús quiere realizar cada día en medio de nosotros?
Es el camino para un mundo nuevo, es el camino liberador del evangelio donde nadie debiera pasar necesidad alguna, cuando existen el desprendimiento y la generosidad en el compartir. Es la enseñanza de Jesús proclamada y vivida en cada Eucaristía.
Y como pregunta final:
 ¿Con qué “pan” alimento yo mi vida: el del afán de dinero, o de fama, o de comodidad… o con el pan del servicio?