miércoles, 7 de marzo de 2012

3er Domingo de Cuaresma: Jn 2, 13-25


3er Domingo de Cuaresma: Jn 2, 13-25

Desde muchos siglos antes de Jesús, en Palestina sólo había un templo. En una sociedad tan religiosa, si sólo se podía encontrar a Dios en un lugar, los intermediarios de ese encuentro, los que controlaban el acceso a ese lugar adquirían, por ese hecho, el mayor poder que un hombre puede pretender: la capacidad para facilitar o impedir la relación de los hombres con Dios. Los sumos sacerdotes, que se atribuyeron en exclusiva ese poder, muy pronto lo aprovecharon en beneficio propio. En tiempos de Jesús, controlaban directa o indirectamente la venta de animales -corderos, bueyes y palomas- para los sacrificios (las ceremonias de aquella religión incluían casi siempre el sacrificio de un animal, el impuesto religioso y el cambio de moneda -sólo se podía pagar ese impuesto en moneda oficial del templo; Mt 21,12; Jn 2,15-). El tesoro del templo funcionaba también como banco en el que se depositaban las grandes fortunas y, además, el templo poseía grandes extensiones de tierra; era la primera empresa de Palestina y uno de los bancos más grandes de aquella época. Y todo porque aquélla, decían, era la casa de Dios; y ellos tenían la llave. Jesús va a acabar con esta situación.
Jesús se presenta con un azote en la mano: con esta descripción el evangelista Juan nos muestra a Jesús como el Mesías que viene a purificar el templo. Era una de las funciones del Mesías que esperaban en las tradiciones proféticas judías, la de castigar a los responsables del desorden establecido.  Pero Jesús y el proyecto de su Padre van mucho más allá.
No puede consentir que lo que debería haber sido un lugar de encuentro con el Dios liberador se haya convertido en un negocio para explotar a los pobres. Su gesto es una acusación contra los dirigentes religiosos de Israel que manejan la fe del pueblo para enriquecerse; pero, al mismo tiempo, echando fuera a los animales, está indicando que ya no van a hacer falta para dar culto a Dios. Dios, ya se había dicho muchos siglos antes, no necesitaba para nada la sangre de los animales; lo que él quería era que los hombres practicaran la justicia y el derecho; ésas eran las ceremonias religiosas que Dios agradecía.
En un áspero diálogo, Jesús reclama un nuevo Templo y por lo tanto una nueva manera de relacionarse los hombres con Dios. “Destruyan este Templo y en tres días lo levantaré”. Por supuesto que las autoridades judías no se dan por aludidas e insinúan que Jesús no está en su sano juicio.
El nuevo Templo es el cuerpo de Jesús. Dios ya no habita en un lugar, en un majestuoso edificio con una impresionante estructura que explota masivamente a la gente. De ahora en adelante, Dios está presente en el cuerpo del Hombre que da su vida por amor a los hombres, en Jesús que acoge a humildes y a pecadores
Dios revela su gloria en el amor leal que se manifiesta en la entrega de ese Hombre en la cruz y en la vida que, por la fuerza del amor de Dios, acabará venciendo a la muerte, y seguirá manifestando su gloria y haciéndose presente en cada hombre y en cada grupo que intenten amar con la misma lealtad. “Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Dios ya no requiere de lugares o edificios especiales para estar presente. Quiere estar presente en los seres humanos. Quiere habitar en aquellos que viven según el espíritu de Jesús dentro o fuera de la Iglesia, dentro o fuera de instituciones o movimientos religiosos, incluso en personas que a veces catalogamos como agnósticos. Dios vive en los de “corazón puro”.
Este evangelio invita a que también se purifique nuestra iglesia y a nosotros mismos. La iglesia nunca puede terminar en una institución donde desaparece el soplo del Espíritu. Una Iglesia que cantara la gloria de Dios con hermosos rituales pero sin sensibilidad y acogida a los humildes y a los heridos de nuestra sociedad, se podría estar transformando en una iglesia vacía del Espíritu de Jesucristo.
 Nos invita a que también nosotros vivamos con un corazón puro delante de Dios y de los hombres. Es una invitación especial en este tiempo de Cuaresma. Que nos interpele la Cuaresma de solidaridad. Que tengamos un mayor tiempo de oración, que nos apartemos de todo lujo innecesario, que podamos destruir las paredes de nuestro egoísmo y echar puentes de solidaridad hacia los necesitados.
En este sentido, nos puede iluminar muy particularmente el ejemplo de San Alberto Hurtado.

miércoles, 29 de febrero de 2012

2º domingo de Cuaresma: Mc 9, 1-9


2º Domingo de Cuaresma: Mc 9, 1-9

La primera lectura de este 2º domingo de Cuaresma nos trae el muy conocido relato de Dios que pone a prueba la fe de Abraham al pedirle el sacrificio de su hijo único Isaac.
Tal como la tierra prometida era un regalo de Dios para Abraham, así también su hijo Isaac era un regalo, un hijo de la promesa, un regalo de Dios. Pero al mismo tiempo viene a ser una prueba, un test para comprobar la fe de Abraham. ¿El hijo Isaac que le ha sido regalado, va a considerarlo como su posesión y tomar el control de su futuro, o al contrario, quiere dejar abierto su futuro y confiarlo en manos de Dios?  Éste es el punto.

Un texto conocido de “El Profeta” del poeta libanés Kahlil Gibran, recita lo siguiente:
Una mujer que apretaba a un niñito contra su pecho le decía: háblanos de los niños. Y contestó: “Sus hijos no son sus hijos… Ustedes pueden dar alojamiento a sus cuerpos, pero no a sus almas, porque sus almas habitan en la casa de mañana que Ustedes no pueden visitar, ni siquiera en sus sueños.”
Ningún ser humano puede ser posesión de otro. Cada cual sigue siendo una persona propia y única y que siempre habrá que recibir agradecido como un don.
Volviendo a la primera lectura, Dios no quiere un Isaac sacrificado sino un Abraham creyente y confiando en Dios. En este relato se trata esencialmente de la confianza de Abraham: su entrega llena de fe y su convicción de que Dios cuidará por un final feliz.

Este texto del libro de Génesis viene a iluminar también el evangelio de hoy. Después de su ministerio en Galilea y el anuncio del Reino, Jesús ha ido tomando conciencia que su Padre le pide la entrega total, una entrega que terminará  con el sacrificio de su vida en la cruz en Jerusalén. Aquello es totalmente inaceptable para Pedro. En la persona de Pedro, es el mismo Satanás que tienta a Jesús para desviarlo de su misión. La reacción de Jesús es tan enérgica y decisiva que increpa a Pedro: “¡Aléjate, Satanás! Tus pensamientos son los de los hombres, no los de Dios”.  En efecto, nuestro pensamiento va en la línea de buscar la comodidad, el éxito, conservar nuestra vida. Jesús aclara cual es su misión y la voluntad del Padre: “El que quiere salvar su vida, la perderá; quien la pierda por mí y por el Evangelio, la salvará”.
Después del anuncio de la Pasión, Jesús aparece como el nuevo Isaac, pero que no se salvará del sacrificio.

Igual que en el monte Moria, aquí en el monte Tabor se produce una transformación. Dios no dice: Si, tendrás que morir, porque de otro modo no puedo ser misericordioso. Dios tampoco dice: Tienes que conseguir mi perdón con el sacrificio de tu propia sangre. Nada de eso: Dios envuelve a Jesús con su luz, con su resplandor, con el calor de su infinito amor. Los discípulos elegidos lo pueden contemplar y lo pueden oír: “Porque vive así, Jesús es para mí el Hijo amado: escúchenlo y síganlo”. Su enseñanza y su seguimiento llevan a la única vida verdadera.

Como en Abraham, en Jesús hay confianza y entrega al Padre. Con la fuerza del Espíritu, Jesús puede desprenderse de su vida. Voluntariamente  y libremente sigue su camino. Se deja quebrar y perderá su vida para salvarla y para salvarnos a todos nosotros.

Sólo lo que soltamos y entregamos, se quedará con nosotros.
Sólo aquello de lo que nos desprendemos, nos será devuelto.
Hemos sido llamados para entregar nuestra vida, con la fuerza del Espíritu. De esta manera llegamos a ser portadores de vida y de bendición para siempre.





miércoles, 22 de febrero de 2012

1er Domingo de Cuaresma: Mc 1, 12-15


1er Domingo de Cuaresma: Mc 1, 12-15

En los tres versículos anteriores al texto del evangelio de este domingo, se describe el Bautismo de Jesús. Jesús ha dejado su pueblo de toda la vida, Nazaret en Galilea;  se ha dirigido al Jordán donde bautizaba Juan y ha sido bautizado por él.
Es el modo extraordinariamente resumido como Marcos nos presenta a Jesús quién, en su bautismo, toma conciencia de su misión: recibe el Espíritu, es decir Dios, su Padre, le comunica su misión. “Tu eres mi Hijo a quien yo quiero, mi predilecto.” ¿Tiene Jesús claridad del contenido de su misión? La respuesta es si y no. Jesús ha tomado conciencia que su misión es dar su vida por la felicidad de los hombres e irá descubriendo progresivamente, en su profunda fidelidad al Espíritu, por donde lleva el camino para hacernos felices.

En este camino Jesús va estar tentado en muchas oportunidades. Marcos no hace una descripción de las tentaciones, como Lucas y Mateo, indicándonos así que no se trata de hechos aislados que sucedieron una vez y no volvieron a repetirse más. Este relato colocado al comienzo del evangelio nos presenta el marco general en el que se desarrollará toda la actividad pública de Jesús y las tentaciones con las que se enfrentará.
Su actividad será un proceso de liberación (cuarenta días en el desierto, como los cuarenta años del pueblo de Israel) que llevará a un nuevo modo de vivir en libertad (a una nueva tierra prometida).
Jesús se enfrentará con 3 grandes tentaciones: 1ª El Dios de Jesús es un Dios con un proyecto de felicidad para los hombres, no  solamente para los judíos sino para todos; los fariseos se oponían a un Dios así para todos los hombres. Por eso Marcos pone una multiplicación de los panes para los judíos y otra para los paganos (Mc 6 y 8). Y la consiguiente confrontación con los fariseos (Mc 8, 11).
2ª Para Jesús, hombre y mujer son iguales. Eso también se lo objetan los fariseos (Mc 10,2ss).
 La tercera tentación que le presentan los fariseos es: ¿de donde viene el poder, de Dios o de Cesar?  Tanto el Cesar como los fariseos habían ocupado el puesto de Dios y oprimían al pueblo. Jesús hace ver que hay que romper con esa forma de ejercer la autoridad. De este modo los fariseos representan a Satanás en persona; lo mismo ocurrirá con Pedro cuando no acepta seguir a Jesús en el camino de la cruz (Mc 8,33).
Los fariseos y el mismo Pedro en la situación señalada son como las fieras con las que se enfrenta Jesús. Durante toda su actividad, Jesús sufrirá la amenaza de personas que intentarán acabar con su vida, y desde el comienzo (Mc 3, 6), hasta que al final lo mataron.
Además de las fieras, están los ángeles que lo servían. Los ángeles son “enviados de Dios” o “mensajeros de Dios”. Juan Bautista es un ángel/mensajero de Dios (Mc 1, 2); así también todos los hombres y mujeres que ayudarán a Jesús a llegar hasta el fin en su proyecto de amor hacia los hombres.

Los dos últimos versículos del texto de hoy son como la proclama o manifiesto de Jesús: su retorno a Galilea, después del martirio de Juan (de paso anunciando el martirio de Jesús y de muchos de sus seguidores).  Galilea va a ser el lugar desde donde se comunica la buena nueva para toda la humanidad y con el llamado a enmendarse para creer en el proyecto divino de nueva humanidad que nos trae Jesús.

Al iniciar la cuaresma, este breve texto de San Marcos nos recuerda que nuestra conversión consiste en entrar en el proyecto de Jesús, resistiendo las tentaciones que nos apartan de su realización. El proyecto de Jesús es un proyecto de vida y liberación para todos los hombres y en particular para los oprimidos  y los excluidos sociales.

El seguimiento de Jesús no es fácil. El mundo intentará sobornarnos, ofreciéndonos el éxito fácil, el poder o la riqueza para nosotros solos. O se nos amedrentará y acusará, como a Jesús, argumentando que nuestro compromiso es ilegal o que tenemos una actitud subversiva, con el siguiente riesgo de ser juzgados y condenados por ello.
Necesitamos que nuestro compromiso esté siempre bajo la luz y la inspiración del Espíritu para que intentemos organizar este mundo de acuerdo con lo que Dios quiere.



miércoles, 15 de febrero de 2012

7º Domingo ordinario: Mc 2, 1-12


7º Domingo Tiempo Ordinario: Marcos 2, 1-12
<<EL PERDÓN NOS PONE DE PIE>>     
El paralítico del episodio evangélico es un hombre hundido en la pasividad. No puede moverse por sí mismo. No habla ni dice nada. Se deja llevar por los demás. Vive atado a su camilla, paralizado por una vida alejada de Dios, el Creador de la vida.
Por el contrario, cuatro vecinos que lo quieren de verdad se movilizan con todas sus fuerzas para acercarlo a Jesús. No se detienen ante ningún obstáculo hasta que consiguen llevarlo a «donde está él». Saben que Jesús puede ser el comienzo de una vida nueva para su amigo.
Jesús capta en el fondo de sus esfuerzos «la fe que tienen en él» y, de pronto, sin que nadie le haya pedido nada, pronuncia esas cinco palabras que pueden cambiar para siempre una vida: «Hijo, tus pecados quedan perdonados». Dios te comprende, te quiere y te perdona.
Se nos dice que había allí unos «escribas». Están «sentados». Se sienten maestros y jueces. No piensan en la alegría del paralítico, ni aprecian los esfuerzos de quienes lo han traído hasta Jesús. Hablan con seguridad. No se cuestionan su manera de pensar. Lo saben todo acerca de Dios: Jesús «está blasfemando». Ya está en su corazón cerrado la acusación para condenarlo a muerte (14, 64); es una nueva alusión al misterio pascual.
Jesús no entra en discusiones teóricas sobre Dios. No hace falta. El vive lleno de Dios. Y ese Dios que es sólo Amor lo empuja a despertar la fe, perdonar el pecado y liberar la vida de las personas. Las tres órdenes que da al paralítico lo dicen todo: «Levántate»: ponte de pie; recupera tu dignidad; libérate de lo que paraliza tu vida. «Coge tu camilla»: enfréntate al futuro con fe nueva; estás perdonado de tu pasado. «Vete a tu casa»: aprende a convivir.
No es posible seguir a Jesús viviendo como «paralíticos» que no saben como salir del inmovilismo, la inercia o la pasividad. Tal vez, necesitamos como nunca reavivar en nuestras comunidades la celebración del perdón que Dios nos ofrece en Jesús. Ese perdón puede ponernos de pie para enfrentarnos al futuro con confianza y alegría nueva.
El perdón de Dios, recibido con fe en el corazón y celebrado con gozo junto a los hermanos y hermanas, nos puede liberar de lo que nos bloquea interiormente. Con Jesús todo es posible. Nuestras comunidades pueden cambiar. Nuestra fe puede ser más libre y audaz. 

(Tomado de “El Camino abierto por Jesús” de José Antonio Pagola)
                                       

jueves, 9 de febrero de 2012

6º domingo ordinario: Mc 1, 45-50



6º Domingo del tiempo ordinario: Mc 1, 40-45
“DIOS ACOGE A LOS IMPUROS”
De forma inesperada, un leproso «se acerca a Jesús». Según la ley, no puede entrar en contacto con nadie.  Es un «impuro» y ha de vivir aislado. Tampoco puede entrar en el templo. ¿Cómo va a acoger Dios en su presencia a un ser tan repugnante? Su destino es vivir excluido. Así lo establece la ley.
Hay que tener presente que en la época de Jesús, la enfermedad grave era consecuencia del pecado. ¡Aquel leproso tenía que haber sido un gran pecador!
A pesar de todo, este leproso desesperado se atreve a desafiar todas las normas. Sabe que está obrando mal. Por eso se pone de rodillas. No se arriesga a hablar con Jesús de frente. Desde el suelo, le hace esta súplica: «Si quieres, puedes limpiarme». Sabe que Jesús lo puede curar, pero ¿querrá limpiarlo?, ¿se atreverá a sacarlo de la exclusión a la que está sometido en nombre de Dios?
Sorprende la emoción que le produce a Jesús la cercanía del leproso. No se horroriza ni se echa atrás. Ante la situación de aquel pobre hombre, «se conmueve hasta las entrañas». La ternura lo desborda. ¿Cómo no va a querer limpiarlo él, que sólo vive movido por la compasión de Dios hacia sus hijos e hijas más indefensos y despreciados?
Sin dudarlo, «extiende la mano» hacia aquel hombre y «toca» su piel despreciada por los puros. Sabe que está prohibido por la ley y que, con este gesto, está reafirmando la trasgresión iniciada por el leproso. Sólo lo mueve la compasión: «Quiero: queda limpio». Ese maravilloso gesto de Jesús manifiesta la acción misma de Dios hacia el excluido.
Jesús lo envía al sacerdote, porque es él quién decide de la pureza o impureza. Los sacerdotes tenían un inmenso poder sobre los seres humanos: al declarar a alguien impuro, se lo excluia por siempre de la sociedad y de todo culto, o sea, era una condenación a muerte en vida. Jesús, al curar él mismo al leproso, rompe ese poder de los sacerdotes. Sabemos por lo que seguirá en el evangelio, que al actuar de esta manera, él mismo vendrá a ser el excluido y gritarán: “Fuera con él, crucifícalo”. Todavía no hemos llegado tan lejos y Marcos sólo señala discretamente: “Jesús se quedaba fuera, en lugares despoblados”.


Dios encarnado en Jesús manifiesta su proyecto: limpiar el mundo de exclusiones que van contra su compasión de Padre. No es Dios quien excluye, sino nuestras leyes e instituciones. No es Dios quien margina, sino nosotros. En adelante, todos han de tener claro que a nadie se ha de excluir en nombre de Jesús.
Seguirle a él significa no horrorizarnos ante ningún impuro ni impura. No retirar a ningún «excluido» nuestra acogida. Para Jesús, lo primero es la persona que sufre y no la norma. Poner siempre por delante la norma es la mejor manera de ir perdiendo la sensibilidad de Jesús ante los despreciados y rechazados. La mejor manera de vivir sin compasión.
En pocos lugares es más reconocible el Espíritu de Jesús que en esas personas que ofrecen apoyo y amistad gratuita a prostitutas indefensas, que acompañan a enfermos de sida olvidados por todos, que defienden a homosexuales que no pueden vivir dignamente su condición, que acogen amorosamente a discapacitados síquicos. Ellos nos recuerdan que en el corazón de Dios caben todos.
(Texto tomado de J.A. Pagola con modificaciones)







viernes, 3 de febrero de 2012

5º domingo ordinario: Mc 1, 29-39



5º Domingo Tiempo Ordinario-Marcos 1, 29-39
<<RETIRARSE A ORAR>>   
Jesús sale de la sinagoga a casa de Simón y Andrés. Es el paso del lugar más oficial de la religión judía al mundo de los seres humanos y de la comunidad de la nueva alianza. Los primeros discípulos toman la palabra y la iniciativa de poner a Jesús en contacto con la suegra de Pedro. Jesús se deja tocar por su palabra y por el sufrimiento de la enferma. Su actuar es sumamente simbólico: transgrede la prohibición de sanar en día sábado y al tocar a la enferma de la mano, infringe las reglas rituales de pureza,  que prohibían tocar a un enfermo. Jesús es la gran novedad de Dios en medio de los hombres y Buena Nueva: a la enferma comunica su propia salud, manifestando así la solicitud de Dios por ella. “La hizo levantar”: el verbo es el mismo para la resurrección. ¡Ya estamos en el corazón del anuncio primero del evangelio y del misterio pascual!
Ella se puso a servirlos”. Toda la diaconía de las comunidades del siglo primero se manifiesta en el gesto sencillo de esa mujer, constituyéndose en primera figura del ministerio cristiano. Este brevísimo relato nos dice que sólo una comunidad de servicios mutuos puede manifestar al mundo quién es Dios. En efecto, hay una estrecha relación entre el modo como los cristianos viven entre ellos y la imagen que dan de Dios.
Terminado el sábado, “al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados…”: Jesús sana a muchos, no a todos (traducción precisa: “cuida de muchos”). ¡Qué maravillosa acción de Dios en Jesús que hoy también estamos invitados a practicar!
En medio de su intensa actividad de profeta itinerante, Jesús cuidó siempre su comunicación con Dios en el silencio y la soledad. Los evangelios han conservado el recuerdo de una costumbre suya que causó honda impresión: Jesús solía retirarse de noche a orar.
El episodio que narra Marcos nos ayuda a conocer lo que significaba la oración para Jesús. La víspera había sido una jornada dura. Jesús «había curado a muchos enfermos». El éxito había sido muy grande. Cafarnaúm estaba conmocionada: «La población entera se agolpaba» en torno a Jesús. Todo el mundo hablaba de él.
Esa misma noche, «de madrugada», entre las tres y las seis de la mañana, Jesús se levanta y, sin avisar a sus discípulos, se retira al descampado. «Allí se puso a orar». Necesita estar a solas con su Padre. No quiere dejarse aturdir por el éxito. Sólo busca la voluntad del Padre: conocer bien el camino que ha de recorrer.
Sorprendidos por su ausencia, Simón y sus compañeros corren a buscarlo. No dudan en interrumpir su diálogo con Dios. Sólo quieren retenerlo: «Todo el mundo te busca». Pero Jesús no se deja programar desde fuera. Sólo piensa en el proyecto de su Padre. Nada ni nadie lo apartará de su camino.
No tiene ningún interés en quedarse a disfrutar de su éxito en Cafarnaúm. No cederá ante el entusiasmo popular. Hay aldeas que todavía no han escuchado la Buena Noticia de Dios: «Vamos… para predicar también allí».
Uno de los rasgos más positivos en el cristianismo contemporáneo es ver cómo se va despertando la necesidad de cuidar más la comunicación con Dios, el silencio y la meditación. Los cristianos más lúcidos y responsables quieren arrastrar a la Iglesia de hoy a vivir de manera más contemplativa.
Es urgente. Los cristianos, por lo general, ya no sabemos estar a solas con el Padre. Los teólogos, predicadores y catequistas hablamos mucho de Dios, pero hablamos poco con él. La costumbre de Jesús se olvidó hace mucho tiempo. En las parroquias se hacen muchas reuniones de trabajo, pero no sabemos retirarnos para descansar en la presencia de Dios y llenarnos de su paz.
Cada vez somos menos para hacer más cosas. Nuestro riesgo es caer en el activismo, el desgaste y el vacío interior. Sin embargo, nuestro problema no es tener muchos problemas, sino tener la fuerza espiritual necesaria para enfrentarnos a ellos.
 (La segunda parte de este texto y el título son tomados de José Antonio Pagola)                                      

viernes, 27 de enero de 2012

4º domingo ordinario: Mc 1, 21-28



Domingo 29/01/2012-
4º Domingo Tiempo Ordinario-Marcos 1, 21-28
<<UN ENSEÑAR NUEVO>>     
El episodio es sorprendente y sobrecogedor. Todo ocurre en la «sinagoga», el lugar donde se enseña oficialmente la Ley, tal como es interpretada por los maestros autorizados. Sucede en «sábado», el día en que los judíos observantes se reúnen para escuchar el comentario de sus dirigentes. Es en este marco donde Jesús comienza por vez primera a «enseñar».
Nada se dice del contenido de sus palabras. No es eso lo que aquí interesa, sino el impacto que produce su intervención. Jesús provoca asombro y admiración. La gente capta en él algo especial que no encuentra en sus maestros religiosos: Jesús «no enseña como los escribas, sino con autoridad».
Los letrados enseñan en nombre de la institución. Se atienen a las tradiciones. Citan una y otra vez a maestros ilustres del pasado. Su autoridad proviene de su función de interpretar oficialmente la Ley. La autoridad de Jesús es diferente. No viene de la institución. No se basa en la tradición. Tiene otra fuente. Está lleno del Espíritu vivificador de Dios.
Lo van a poder comprobar enseguida. De forma inesperada, un poseído interrumpe a gritos su enseñanza. No la puede soportar. Está aterrorizado: «¿Has venido a acabar con nosotros?» Aquel hombre se sentía bien al escuchar la enseñanza de los escribas. ¿Por qué se siente ahora amenazado?
Jesús no viene a destruir a nadie. Precisamente su «autoridad» está en dar vida a las personas. Su enseñanza humaniza y libera de esclavitudes. Sus palabras invitan a confiar en Dios. Su mensaje es la mejor noticia que puede escuchar aquel hombre atormentado interiormente. Cuando Jesús lo cura, la gente exclama: «este enseñar con autoridad es nuevo».
Los sondeos indican que la palabra de la Iglesia está perdiendo autoridad y credibilidad. No basta hablar de manera autoritaria para anunciar la Buena Noticia de Dios. No es suficiente transmitir correctamente la tradición para abrir los corazones a la alegría de la fe. Lo que necesitamos urgentemente es un «enseñar nuevo».
No somos «escribas», sino discípulos de Jesús. Hemos de comunicar su mensaje, no nuestras tradiciones. Hemos de enseñar curando la vida, no adoctrinando las mentes. Hemos de anunciar su Espíritu, no nuestras teologías.
                                       José Antonio Pagola