miércoles, 10 de agosto de 2011

14 de agosto 2011: 20º Domingo: Mateo 15, 21-28



Domingo 20: Mt 15, 21-28

El relato en el evangelio del encuentro de Jesús con una mujer siro fenicia es sorprendente. Cuesta encajarlo en el conjunto de la dinámica del evangelio.
La región de Tiro y Sidón era país de paganos, al oeste de la Galilea, actualmente el sur del Líbano. Los judíos consideraban a los paganos como perros. Una mujer no judía, una Cananea, en un mundo y una cultura donde la mujer no tenía ni voz ni voto y pagana encima,  pasa interpelando en voz a cuello a Jesús. Le suplicaba que salvara a su hija aquejada por un espíritu impuro (podríamos pensar en una enfermedad como epilepsia por ejemplo). Jesús queda indiferente. Hace como que no la oyera. Pero, cuando la mujer no se desanima y sigue insistiendo, empieza a irritar a los discípulos: “Señor, atiéndela porque nos persigue con sus gritos” (más precisamente: “despídela concediéndole lo que pide”). La respuesta de Jesús es dura: “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”. No está bien que el pan destinado a los que pertenecen al pueblo elegido, se dé a los perritos, a los paganos. El texto dice “cachorritos”, el diminutivo de perros, para atenuar la expresión dura y despectiva de perros en labios de Jesús. La mujer no se siente ofendida ni despreciada y replica con astucia y ternura: “Y sin embargo los cachorros comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños”. La respuesta es un flechazo para Jesús y provoca un giro en su manera de pensar. ¡Jesús permite que la fe de esa mujer pagana le haga cambiar su postura!

Se puede interpretar ese encuentro como un giro en la vocación de Jesús como Mesías. Es una apertura hacia los paganos, lo que es remarcable en un evangelio como el de Mateo escrito para cristianos que provienen del judaísmo. Aquí se asoma la perspectiva nueva que el apóstol Pablo va a concretizar como apóstol de los paganos: Jesús Mesías no está solamente para el pueblo de Israel sino para todos los pueblos.

Este breve y conmovedor relato se presta a muchas perspectivas. Por de pronto está el contraste entre los de “dentro” y los de “fuera” de la Iglesia. Los de “dentro” no somos los únicos con “el mensaje de salvación”, con “el sentido de la vida”, con “toda la verdad”. No se puede mantener que nosotros los cristianos somos los buenos y los otros los malos o los menos buenos, o que los buenos son los cristianos practicantes. Después de la dura controversia con los fariseos, en el episodio inmediatamente anterior, sobre lo que contamina al hombre, el encuentro con la mujer cananea  quiere dejar en claro que la iglesia-comunidad se realiza donde Dios responde a la fe humana. Es grande el contraste con la comunidad de los fariseos (y la comunidad de “judíos conversos”), donde la fe en Dios es cumplimiento de normas y preceptos. El mismo Jesús no absolutizó la fe en una determinada forma o principios. Muchos relatos evangélicos son “gritos de fe” hacia Jesús desde el corazón con sus dolores y angustias. Este evangelio es como una invitación a tener presente que nada puede pretender que viene de  una especie de estatuto divino: ninguna norma o ley, ninguna iglesia, ningún principio o ninguna tradición.  Dios tampoco aparece como una instancia autoritaria de poder que se podría imponer a otros por medio de principios o normas.

Este evangelio ciertamente nos invita a una actitud de escucha y de receptividad en un mundo que se hace cada vez más pluricultural y donde no se progresa o se convence por el camino de la imposición de principios, normas y verdades absolutas sino por el camino del diálogo abierto y el respeto mutuo. ¿Estamos dispuestos a aprender de otros, incluso de otras religiones, o de agnósticos o humanistas por sólo nombrar algunas categorías? No se trata de perder seguridad en nuestra fe. No se trata de entrar en un camino de relativismo. Se trata de crecer en apertura y “sensibilidad” hacia fuera si queremos estar al servicio de los demás sin restricción.

¿Cuál es hoy nuestra mirada hacia aquellos cristianos que no vienen a misa el domingo? (sólo el 9% de los católicos cumple con el precepto dominical). ¿Tenemos ojo para lo esencial, para el núcleo del cristianismo que es el amor?  ¿El amor de Jesús, el amor del buen samaritano? ¿La ética de la solidaridad?
Vamos a iniciar la celebración de la semana de la solidaridad. Quiero dejar al habla al mismo P. Hurtado. “Se engaña si pretende ser cristiano quien acude con frecuencia al templo, pero no cuida de aliviar las miserias del pobre. Se engaña quien piensa con frecuencia en el cielo, pero se olvida de las miserias de la tierra en que vive.
La fe cristiana nos enseña que desamparar al menor de nuestros hermanos es desamparar a Cristo mismo; aliviar a cualquiera de ellos es aliviar a Cristo en persona. Tocar a uno de los hombres es ‘tocar a Cristo’. Por esto nos dijo Cristo que todo el bien o el mal que hiciéramos al más pequeño de sus hermanos a Él lo hacíamos”. (H.S.)

Que el P. Hurtado nos ayude a tener hoy esa misma mirada que él tuvo sobre los excluidos: ver en ellos al mismo Cristo y preguntarnos frente a sus necesidades: “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”  Esta es la fe que agrada al Señor.

viernes, 5 de agosto de 2011

7 de agosto 2011: 19º Domingo ordinario: Mateo 14, 22-23


Domingo 19°: Mateo 14, 22-33:  La tempestad calmada

El evangelio de Jesús caminando sobre las aguas tempestuosas del lago habla fuerte a nuestra imaginación. Tiene algo de lo que conocemos hoy como película con efectos digitales. Contemplemos la escena. Se describe a los discípulos aterrorizados en la barca. A pesar de que varios de ellos son navegantes aguerridos y conocedores de los caprichos del lago de Galilea, perciben que están a punto de naufragar. ¿No fue el mismo Jesús quien les dio la orden de “pasar antes que él a la otra orilla”? ¿Por qué les tiró a esa aventura donde sus vidas se encuentran en serio peligro? Para colmo de terror, perciben a un fantasma caminando sobre las aguas y gritan de espanto. No es para menos en este contexto: los fantasmas forman parte de muchas leyendas terroríficas  de navegantes. Ahora bien, el fantasma que camina sobre el lago les habla y se identifica: “Soy yo”. Todavía no se disipa la mortal angustia,  reconocen la voz pero sigue la inseguridad. Para salir de la duda, Pedro, en nombre de los demás discípulos, pide una prueba imposible: caminar sobre las aguas al encuentro de Jesús. Jesús acepta el desafío. La fe incipiente de Pedro no resiste la prueba del embate del viento y de las olas. Le inunda el miedo y se hunde. Sólo su grito de socorro hacia Jesús lo salva. La mano de Jesús lo sostiene firmemente y escucha el reproche del Señor: “Hombre de poca fe, ¿porqué dudaste?” La escena termina en una gran paz con la confesión de fe de los discípulos: “ciertamente eres Hijo de Dios”.

Por supuesto que este relato es una experiencia de fe con imágenes. Se trata de Jesús, de Pedro, de la iglesia primitiva, de la fe de los primeros cristianos y de nuestra fe. En la Biblia, la imagen del mar en tempestad es frecuente y es símbolo de perdición y de muerte, de lo que se opone a Dios, mientras Dios reina sobre la tempestad y la muerte. Ya en los salmos, la imagen es recurrente. Por ejemplo el salmo 107: 25-30, describe casi la escena del evangelio: la borrasca que levanta las olas, los gritos de angustia hacia el Señor, la tempestad aplacada y la alabanza al Señor por estar salvos. ¡Es como si este salmo hubiera inspirado la escena del evangelio! Jesús, el Señor, domina la muerte, la adversidad “No teman, yo soy”. Reminiscencia del Dios que se revela a Moisés en el éxodo y de aquel que siempre estará con nosotros: “yo estaré con ustedes siempre” son las últimas palabras del evangelio de Mateo.

Los evangelios se escribieron a partir de la fe en la resurrección. Es la fe en Jesús de Nazaret. Después de su muerte fue puesto como Mesías a la derecha de Dios, investido de la gloria y majestad divina. Cristo resucitado es el Señor y se hace presente a todos aquellos que se dirigen a él en confianza. Esta fe confiada no siempre está igualmente fuerte. Incluso  Pedro a quien Jesús llama “piedra” sobre la que construirá su iglesia (Mt 16, 18) y quien es símbolo de unidad, es llamado “hombre de poca fe”. Su angustia pareció más fuerte que su confianza. Más adelante en este mismo  evangelio, se le va a tildar de obstáculo, piedra de tope e incluso de “Satanás” (16, 23) o sea lo opuesto a fundamento de la iglesia. Son todas expresiones que se fueron introduciendo en el evangelio después de la muerte de Pedro. Los tiempos eran difíciles para la iglesia. La unidad de la que Pedro era el símbolo, estaba a la deriva. Había división y Pablo la atestigua. Los cristianos judíos se sentían pasados a llevar por los cristianos no judíos con el peligro de la desaparición de sus tradiciones. Están también los estragos de las persecuciones. La iglesia parece hundirse y sienten que Cristo ya no está más allí para sus seguidores. Se perciben solos y abandonados en el barco de la iglesia. El viento contrario sopla cada vez más fuerte. El agua les llega hasta el cuello. De allí su grito de angustia: “Señor, sálvanos”. Cuando esa gente de poca fe recupera la confianza en la presencia de Jesús y se deja agarrar de la mano por él, la tempestad se calma.

Después de XX siglos y de haber navegado por muchos mares, hoy la Iglesia no atraviesa precisamente mares tranquilos. Son muchas las dudas y los cuestionamientos. Casos de pedofilia de influyentes sacerdotes; algunos que se han quitado la vida: ¿cómo no va a doler lo que ocurre y afectar la credibilidad de la Iglesia? Soplan vientos en contra y hay fuerte oleaje. Pero estamos convidados a confiar en el Señor siempre presente. Nos sigue diciendo desde nuestros temores y angustias: “Ánimo, no teman, soy yo” y “estoy con ustedes para siempre”.
A propósito de la situación de la Iglesia hoy en el mundo, cito un párrafo de Antonio Pagola: “El verdadero problema de la Iglesia no es la secularización progresiva de la sociedad moderna, ni el final de la "sociedad 
de cristiandad" en la que se ha sustentado durante siglos, sino nuestro miedo secreto a fundamentar la fe sólo en la verdad de Jesucristo.

No nos atrevemos a escuchar los signos de estos tiempos a la luz del Evangelio, pues no estamos dispuestos a escuchar 
ninguna llamada a renovar nuestra manera de entender y de vivir nuestro seguimiento a Jesús. Sin embargo, también hoy es 
él nuestra única esperanza. Donde comienza el miedo a Jesús termina nuestra fe.”


Finalmente, podemos aplicar también lo sucedido a los discípulos y a la Iglesia, a nuestra vida personal. Cuantas veces nuestra vida se parece a esta barca sacudida por las olas y el viento contrario. La barca sacudida puede ser mi estado de ánimo, mi salud, familia, trabajo. A veces avanzamos valientemente, confiados en Dios. Con la persistencia de la adversidad, puede venir el momento crítico de la angustia y desesperación hasta quedar agotado, sin fuerzas y sin esperanza. En esos momentos críticos, que podamos escuchar la voz de Jesús: “ánimo, soy yo” y con su invitación, nos atrevamos a “caminar sobre las aguas”.


sábado, 30 de julio de 2011

Domingo 31 de julio: Mateo 14, 13-21 y festividad de San Ignacio de Loyola






Domingo 18º: Mt 14, 13-21

Celebramos hoy la fiesta de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús y desde luego de la espiritualidad que lleva su nombre. San Ignacio era un hombre con un profundo sentido de Dios que lo llevaba a buscarlo y hallarlo en todas las cosas. El P. Nadal resumió esa mística con la fórmula “ser contemplativo en la acción”. Es una fórmula paradójica, porque tradicionalmente se consideraba la contemplación y la acción como momentos separados y muy distintos: la contemplación era dirigirse directamente a Dios por la oración y podía transformarse en una forma de vida, la vida contemplativa. Mientras la acción era dirigirse a los hombres: la acción apostólica de la vida activa. Simplificando mucho, se podría imaginar la espiritualidad ignaciana como el punto de intersección de una línea vertical (contemplación) con una horizontal (acción). La genialidad de esa visión consiste en superar cierto dualismo y en dar mejor cuenta del misterio de la encarnación.

 San Ignacio concluye el laborioso itinerario de sus Ejercicios Espirituales con la contemplación para alcanzar amor. Esa contemplación está enriquecida de todo el misterio de Cristo y pide como gracia final el “poder en todo amar y servir a su divina majestad”. De este modo,  lo más mínimo de la vida puede ser un continuo ejercicio de amor en la medida que sea un continuo servicio. Ese amor-servicio es manifestación de Cristo salvador como encarnación de lo que Dios quiere aquí y ahora (ver Mt. 20, 38: Jesús que ha venido para servir y dar su vida en rescate por muchos).

Ahora bien, ¿cuales son las acciones dónde hoy debiera expresarse preferentemente el “amor-servicio”?
Hace unos treinta y seis años atrás, a los diez años de haberse terminado el Concilio Vaticano II, la Compañía de Jesús se preguntó por su misión en el mundo de hoy. Como respuesta salió el importante documento del servicio de la fe y la promoción de la justicia. “La misión de la Compañía de Jesús hoy es el servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta, en cuanto forma parte de la reconciliación de los hombres exigida por la reconciliación de ellos mismos con Dios”. La urgencia de esa misión viene por la constatación que “nuestro mundo, caracterizado por una interdependencia creciente, está sin embargo dividido por la injusticia, injusticia no sólo de las personas, sino encarnada también en las instituciones y las estructuras socio-económicas, que dominan la vida de las naciones y de la comunidad internacional”.

Una de las grandes injusticias hoy es el hambre que sufren muchas personas. Las Naciones Unidas estiman que mueren diariamente 70.000 personas de hambre y enfermedad. Y sin embargo, se producen diariamente más alimentos de lo que se requiere para la satisfacción de todos. Entonces, ¿quién es responsable de que muere diariamente tanta gente inocente? En estos días, la prensa nos muestra el drama de la hambruna en el cuerno de África:  más de 12 millones de seres humanos sufren una muy severa hambruna (Somalia, norte de Kenia y sur de Etiopía). Los niños son las  grandes víctimas. En nota adjunta se puede leer un dramático relato de esa situación. (1)[i]

En el evangelio de hoy vemos que Jesús se enfrentó con  situaciones muy duras. Aquello no era un mundo de paz bucólica. La gente estaba angustiada y abatida como ovejas sin pastor (9, 36). La muchedumbre que lo rodeaba sufría enfermedades y padecía hambre. Nos dice el evangelio de hoy que el dolor y el sufrimiento de la gente le tomaban hasta las tripas. Por eso se puso a aliviarles de sus dolencias. Porque esa era la misión de Jesús: aliviar el sufrimiento humano para manifestar el amor – misericordia de Dios, su Padre y nuestro Padre.
Los discípulos no están en esta perspectiva de amor-servicio de Jesús y buscan despedir a la multitud y que vayan a comprarse alimentos. Comprar significa volver a la sociedad de la que proceden para someterse otra vez a las leyes de mercado que los han mantenido en la miseria. A la propuesta de comprar de los discípulos, Jesús les invita a dar de comer a la gente. Replican con la insuficiencia del recurso disponible: 5 panes y dos pescados. Pero 5 más 2 suman 7, cifra bíblica de plenitud.

Conocemos el resto del relato. Ayudará leerlo como una metáfora más que una interpretación literal. La metáfora nos dice que el amor-servicio pedido y  bendecido por Jesús y al cual se convirtieron los discípulos en la acción solidaria del reparto,  alivia el hambre de la gente y procura su felicidad.
La lección que deja Jesús es que  el amor-servicio manifestado en compartir todo lo que se tiene asegura la abundancia y libera del dolor y sufrimientos que imponen una sociedad injusta.

Desde luego podemos profundizar nuestra lectura y percibir aquí una alusión al pan de la eucaristía: “este es mi cuerpo entregado por ustedes: hagan esto en conmemoración mía”. El don total de Jesús invita al don total de la comunidad. En estos gestos sacramentales se manifiesta el advenimiento de la nueva humanidad conforme al proyecto de Dios.






[i] MOGADISCIO, jul (IPS) – Cuando el Programa Mundial de Alimentos (PMA) envió esta semana la primera parte de un paquete de ayuda a Somalia, ya era demasiado tarde para Farah, el hijo de dos años de Qadija Ali. Murió en los brazos de su madre durante el viaje de 16 días que ella y sus otros ocho hijos hicieron hasta Mogadiscio desde una aldea azotada por la sequía en el distrito de Wanlaweyn, en la sureña región de Baja Shabelle. “Lo llevé todo el día muerto, y yo pensé que sólo estaba dormido. No teníamos nada para darle, ni agua ni comida por tres días”, dijo conmovida a IPS en el campamento de Badbado, en las afueras de la capital somalí. La familia de Ali llegó a tener 50 cabezas de ganado, 20 cabras y cinco camellos antes del comienzo de la sequía en el sur de Somalia hace dos años. Era una de las familias más ricas en la región. “Comenzó como una escasez de agua en las primeras temporadas, y luego no hubo más lluvia. El pasto se secó, los pozos y ríos también. Nuestros animales comenzaron a morir uno tras otro y no había pasturas ni agua para ellos”, contó esta mujer mientras cargaba a otro de sus hijos, débil y desnutrido. El campamento de Badbado, que en somalí significa “rescate”, es el mayor asentamiento de la capital para los desplazados por la sequía. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) informó que actualmente el sitio alberga a unas 28.000 personas, aproximadamente 5.000 familias. Pero Ali no tiene a todos sus seres queridos en el campamento. Su esposo quedó en la aldea para cuidar las pocas pertenencias que les quedaban, mientras ella y sus hijos viajaban junto a otras cientos de familias para escapar del hambre y buscar ayuda. Ella no ha sabido nada más de él. En tanto, la asistencia ha llega muy tarde para algunos. Muchos niños y niñas arriban al campamento demasiado débiles y desnutridos como para poder ser salvados por los médicos. Algunos han pasado varios días sin alimentos ni agua. La mayoría tienen un físico muy pequeño para su edad: los de tres años tienen la estatura de un niño de uno. “Llegan aquí exhaustos y muy débiles por el hambre. Dos o tres niños y adultos mueren cada semana en Mogadiscio, pero no hay estadísticas exactas, ya que los campamentos están ubicados en diversos lugares de la ciudad” y es difícil reunir la información, dijo a IPS Muna Igeh, enfermera en Badbado, mientras atendía a uno de los pequeños desnutridos.
Daahir Gabow, padre de siete hijos, tuvo que ver sucumbir a dos de sus pequeños por desnutrición poco después de haber llegado a Mogadiscio. Dijo que los médicos y las enfermeras en el Hospital Bandair, uno de los principales centros de salud de Mogadiscio, hicieron todo lo posible para salvar la vida de su hija, pero “el destino hizo lo suyo”.
Gabow señaló que él y su familia intentaron afrontar la sequía, pero fue inútil. “Quisimos capear la sequía como lo habíamos hecho en otras ocasiones, pero nuestro ganado no pudo sobrevivir. Muchos de nuestros vecinos comenzaron a irse luego de perder su ganado, así que entendimos que era tiempo de partir”, contó Gabow mientras se preparaba para el entierro de su pequeña. “Caminamos durante 21 días. Comimos y bebimos lo que pudimos hallar, y dormimos donde nos encontrábamos cuando el sol se ponía. Esto nunca lo había visto, ni mi padre me contó jamás que le hubiera pasado a él. Son momentos de prueba, así que debemos ser pacientes y fuertes”, señaló.
Elhadji As Sy, director regional del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) para África oriental y austral, indicó que el hambre suponía una “crisis de supervivencia para los niños”. Somalia es el país más afectado por una severa sequía que azota al Cuerno de África y que ha dejado a unas 11 millones de personas en urgente necesidad de ayuda humanitaria.
Kenia, Etiopía y Djibouti también afrontan una crisis, considerada la peor en 60 años. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) estima que un total de 2,23 millones de niños y niñas en Somalia, Kenia y Etiopía sufren desnutrición. El foro mundial informó haber enviado 1.300 toneladas métricas de suministros al sur somalí, incluyendo insumos médicos para atender a 66.000 menores con déficit alimentario.
Mientras, los habitantes del sur somalí siguen abandonando sus hogares. La ONU señaló que por lo menos 100.000 desplazados han llegado a Mogadiscio, de los cuales unos 40.000 lo hicieron apenas el mes pasado. “Durante el último mes, las cifras de Acnur muestran que casi 40.000 somalíes desplazados por la sequía y el hambre han arribado a Mogadiscio en busca de comida, agua, refugio y otro tipo de asistencia”, dijo el martes Vivian Tan, portavoz de la agencia. La ONU estima que el número crece, con un promedio de llegadas diarias de 1.000 personas en julio. Organizaciones no gubernamentales locales están proveyendo también asistencia humanitaria, pero los residentes dicen que ésta es limitada.
El PMA comenzó el 27 de este mes a enviar ayuda por aire a Mogadiscio por primera vez desde que el grupo extremista islámico Al Shabaab prohibió a todas las organizaciones internacionales operar en las regiones que controla. La agencia destinó 14 toneladas de suplementos alimenticios para niños desnutridos en los campamentos de Mogadiscio. David Orr, portavoz de Acnur, dijo a periodistas en la capital somalí que más ayuda llegaría en los próximos días.
(FIN/2011)



sábado, 23 de julio de 2011

Domingo 24 de Julio: Mateo 13, 44-52







 17º Domingo Ordinario: Mt 13, 44-52


Los tres últimos domingos se ha leído el capítulo 13 de Mateo. Ese capítulo trae 7 parábolas, comenzando por la parábola del sembrador, la que nos describía diferentes actitudes frente a la palabra de Dios. Es la más extensa de las 7 parábolas.

La parábola del trigo y la cizaña que escuchamos el domingo pasado era una exhortación a la paciencia frente al mal y a no juzgar precipitadamente a los malhechores. Concluyó con la recompensa para los justos al final de los tiempos  y el castigo para los malvados.
Venían a continuación dos pequeñas parábolas: la del grano de mostaza y la de la levadura, que nos exhortaban a percibir la gran fuerza que pueden producir en el Reino cosas insignificantes o sencillas como un humilde granito o un poquito de levadura. El Reino de Dios no es cosa de grandes medios o recursos. En los gestos humildes o en las cosas pequeñas está la tremenda potencialidad.

El evangelio de hoy nos trae las últimas tres parábolas en el mismo capítulo 13.
Nuevamente tenemos dos pequeñas parábolas: la del tesoro y la de la perla preciosa. Son una invitación a dejarse llevar por la alegría que significa el descubrimiento del Reino y a darlo todo por la causa del Reino.
La parábola de la red que se echa al mar retoma lo del trigo y la cizaña (lo bueno y lo que no sirve). De igual modo al final de los tiempos se separarán los buenos y  los malos. Estos últimos tendrán su castigo. En estas dos parábolas se describe con el género literario típico de la Biblia (el apocalíptico) lo que ocurrirá al final del tiempo.

De las 7 parábolas, 5 transmiten el mensaje que lo importante es vivir y construir el Reino (o Reinado) de Dios en el momento y tiempo que nos toca vivir, el  tiempo presente con su contexto de dificultades y adversidades.
El cristiano se deja llevar no sólo por la esperanza del cumplimiento de la utopía del Reino al final de los tiempos. Debe dejarse llevar sobre todo por el compromiso en el tiempo presente.

A veces se ha puesto el acento del compromiso con el Reino en la perfección individual. Es bueno recordar que el evangelio no va dirigido sólo al individuo y a su perfección. El proyecto de Jesús  se orienta a la transformación de la manera de vivir de toda la humanidad. Su discurso y sus gestos apuntan a cambiar las relaciones entre los hombres.
Diríamos hoy un cambio hacia relaciones de respeto por la dignidad de cada ser humano, relaciones que fomentan la solidaridad y el compartir, por ende relaciones que hacen que seamos más felices al procurar hacer un poco más felices a los demás. (la alegría por el tesoro encontrado).


El evangelio nos deja en claro  aquello que impide que venga el Reinado de Dios a todos los hombres y que son precisamente las cosas que tienen más aceptación o son más buscadas y apetecidas por los hombres: poder, riqueza, honores. El mundo se construye y gira en torno a esas fuerzas centrífugas que alejan de la venida del Reino.
Ahora bien, más que renunciar a riqueza, poder u honores, se trata más bien de buscar, discernir y elegir aquello que propone el evangelio y que Jesús realizaba en su vida diaria: la felicidad de los seres humanos.

Consideremos a todo lo demás como puros medios que bienvenidos sean en la medida que permitan llevar alegría y más humanidad a nuestros hermanos.
Es precisamente eso mismo que está en el centro de la espiritualidad ignaciana: discernir lo que Dios quiere para nosotros y para los hombres. A partir de allí, podremos actuar con buen juicio y sabiduría para el bien de nuestros hermanos. Es justamente ese don del discernimiento y del buen juicio que el rey Salomón pidió en un sueño al Señor para poder conducir a su pueblo por los caminos del Señor.

Las metáforas y las alegorías contenidas en las siete parábolas del capítulo 13 de Mateo nos pueden orientar para madurar en el discernimiento de cuales son los caminos por donde pasa el Reino de Dios y por donde no pasa. Teniendo claridad de juicio y voluntad para actuar en consecuencia, podremos pertenecer a los discípulos dispuestos a  “amar y servir” en todo momento, lugar y circunstancia para hacer presente el Reino.





sábado, 16 de julio de 2011

Domingo 17 de julio: Mateo 13, 24-43














Domingo 16º: Mateo 13, 24-43


¿Por qué contó Jesús la parábola del trigo y la cizaña en el evangelio de Mateo? Porque sus contemporáneos y también sus discípulos pero sobre todo los fariseos y sacerdotes se escandalizaban de su conducta: Jesús comía con pecadores y publicanos y se dejaba tocar por personas impuras hasta por prostitutas. Jesús revela quién y cómo es Dios su Padre con nosotros. Es pura misericordia y compasión y no excluye a nadie. Busca preferentemente a los débiles, a los enfermos y los pecadores, porque para todos y también para ellos es la buena nueva del Reino de Dios. Esa acogida sin límites, sin barreras, sin restricciones era considerada como transgresión de la ley por parte de los oponentes de Jesús y finalmente será el motivo de su condenación y ejecución.

Con la parábola del trigo y la cizaña, Jesús explica que el mal está misteriosamente en el mundo, entre nosotros y en cada uno de nosotros. ¿Hay que resignarse y esperar pasivamente frente al mal en el mundo hasta el final de los tiempos? Los evangelios muestran claramente que esa no fue la actitud de Jesús. Tiene frases y actitudes muy enérgicas contra los abusadores y las estructuras de opresión (“Raza de víboras” dirá a los fariseos; expulsa con látigo a los mercaderes del templo).

Tal como los fariseos y sacerdotes tenían su mirada de cómo debía ser el mundo correcto, justo y santo, también nosotros solemos fácilmente emitir nuestro juicio de lo que es correcto y justo, quienes son las personas buenas y malas y  actuamos en consecuencia. Jesús sabía de sobra que es peligroso dejar a los hombres juzgar  lo que es el bien y lo que es el mal.
Por cierto que ocurre maldad que no se puede tolerar. Pedófilos que abusan  y asesinan a niños inocentes.
La historia está llena de ejemplos de grupos ideológicos o de pueblos que han pretendido “limpiar”, deshaciéndose de los que consideran maleza. Las limpiezas étnicas han traído mucho dolor y sufrimiento a la humanidad. La “shoah” o eliminación de los judíos por los nazis. La guerra de los Balcanes, los hutús que masacraron a los tutsis en Ruanda: todas situaciones de genocidios. Siguen ocurriendo en este momento en varias partes del mundo.
Ha habido y siguen existiendo grandes fanatismos religiosos, donde “en nombre de Dios” se ha buscado eliminar a los de otra religión. Están las cruzadas de la edad media. En la famosa batalla de Lepanto el 7 de octubre de 1571 se estima que perdieron la vida unos 24.000 sarracenos. Los cristianos celebraron el triunfo. El Papa Pío V había llamado a rezar el rosario. ¡Los Otomanes fueron vencidos por la intercesión de María! A partir de esa fecha memorable el Papa instituyó el mes de octubre como el mes del rosario. Por supuesto no debemos juzgar con nuestra mentalidad de hoy a la mentalidad del siglo XVI. Papas y reyes dijeron a conquistadores de ese mismo siglo XVI que los indios no eran realmente seres humanos y que se podían tratar como animales. Felizmente algunos valientes misioneros se opusieron a tal visión y lucharon enérgicamente por el reconocimiento de los derechos humanos de los indios. Son ejemplos a gran escala de lo que fue considerado como maleza a arrancar. La historia marca y deja huellas y prejuicios que perduran.

A pequeña escala de nosotros mismos y de nuestras relaciones diarias, solemos dejarnos llevar por el juicio sencillo calificando lo que es bueno y  malo, y quienes son los buenos y los malos.
Pero también dentro de cada uno de nosotros está el trigo y la cizaña. San Ignacio de Loyola había percibido muy bien  aquello. Nos dice que somos movidos permanentemente por el Buen Espíritu y el enemigo de natura humana. El trabajo consiste en discernir constantemente las mociones o movimientos interiores como nuestros pensamientos, sentimientos o sensibilidades frente a los acontecimientos de nuestra vida diaria. Es una invitación a adquirir paulatinamente la sensibilidad del mismo Cristo. El padre Hurtado, fiel exponente de la espiritualidad ignaciana, y “chiflado por Cristo” lanza la pregunta: “Ante cada problema, ante los grandes de la tierra, ante los problemas políticos de nuestro tiempo, ante los pobres…¿Qué haría Cristo si estuviera en mi lugar?”

Ser paciente y humilde de corazón, creer en el Dios de Jesús que hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos y pecadores, no juzgar, más perdonar y ser compasivo: hay muchas indicaciones en los evangelios para no salir desesperadamente a arrancar la maleza.











viernes, 8 de julio de 2011

Domingo 10 de julio 2011: Mateo 13, 1-23





 Domingo 15º: Mt 13, 1-23

Tanto Mateo como Marcos y Lucas nos traen la parábola del sembrador en términos muy parecidos. Los tres evangelios hacen la misma catequesis a partir de la parábola. Por lo tanto aquella parábola fue de gran importancia en los orígenes de la Iglesia.
Jesús hablaba en términos sencillos y con comparaciones tomadas de la vida cotidiana de la gente. Aquella época era por supuesto una civilización eminentemente agraria. Los fundos o las parcelas no tenían divisiones, no había alambradas. No existía mayor labranza y preparación del suelo. Allí estaban y quedaban las piedras. Por allí crecían cardos y espinos. La gente circulaba a través de los campos. No se conocía mayormente el uso de fertilizantes. Una cosecha de uno por siete era buena. Uno por diez excepcional. Que una semilla  diera treinta, sesenta o cien era por lo tanto inimaginable. Aquí entonces se señala lo recurrente en las parábolas: lo extravagante, lo que rompe absolutamente todos los esquemas imaginables.

¿De qué se trata en esta parábola? El mismo texto nos lo explica detalladamente. La semilla es la Palabra de Dios. La disposición del terreno se refiere a la actitud de las personas,  las que constituían la comunidad cristiana.
Nos dice claramente el texto que la semilla se tira con profusión: el sembrador aparentemente no es para nada parsimonioso ni cuidadoso. No hay ninguna selección previa de terrenos.  Pero hay terrenos distintos, es decir personas con distintas actitudes y proyectos dentro de la misma parcela, la comunidad cristiana. No se puede saber de antemano qué respuesta va a dar cada cual. En el proceso de maduración, se va viendo el resultado, según el fruto que cada uno muestra.

En lenguaje bíblico, “oír la palabra y fructificar o producir fruto” es prácticamente sinónimo de ser “discípulo” y  “hacer la voluntad del Padre”. Es la respuesta que damos a la invitación de participar en el proyecto de Dios y hacerlo también nuestro. El proyecto de Dios es lo que predica Jesús: es el proyecto del Reino de Dios (“Reino de los Cielos” en Mateo). Es el proyecto de una nueva humanidad, de hombres y mujeres  trabajando por la reconciliación, por la promoción de la justicia, por la vida y la dignidad de los seres humanos sin limitación alguna.

A partir de lo anterior, “palabra de Dios” o semilla es por supuesto y por antonomasia toda palabra de la Biblia. Pero también es de alguna manera semilla potente todo testimonio de acción solidaria, todo lo que entre nosotros significa “humanización” y permite acercarnos, superando diferencias y barreras. Ciertamente aquí abrimos una perspectiva muy amplia hacia una nueva comunidad universal, hacia una humanidad reconciliada que también sería la humanidad “liberada” o “salvada”.

Siempre es valioso hacer una lectura, desde el mensaje del evangelio, de lo que se vive y de lo que acontece en nuestros días.

En nuestro mundo cada día más globalizado, se globalizan muchas cosas como las noticias, como la cultura basada en el lucro y el consumo. Por un lado se observa un prodigioso avance tecnológico y una nueva abundancia en muchas sociedades, pero por otro lado, se observan a muchos pueblos que no tienen participación en los avances y quedan marginados de los beneficios del desarrollo. Es el caso del cuerno de África, donde se ha instalado una feroz hambruna ya recurrente y que arriesga con matar a millones de personas. Allí hay enormes campamentos de refugiadas donde mueren a diario un sinnúmero de niños y adultos.

En nuestro querido Chile se ha destapado un profundo malestar. ¿Qué pasa? ¿Porqué tanto descontento? El éxito económico sigue siendo un ejemplo para otros países: un crecimiento de la actividad económica en el primer trimestre del año de 9,8%, la mayor cifra de los últimos 16 años. ¡¡Para que estemos todos felices!! Y sin embargo, allí están las protestas de los jóvenes que siguen su curso.
Bueno que crezcamos económicamente. Malo que crezcamos en egoísmo y cada vez mayores diferencias sociales. Algo no anda bien en el país. No se puede llegar y llevar un lucro a como dé lugar (caso la Polar). Los jóvenes critican con razón nuestro modelo de educación basado en el lucro. Reproduzco unas frases de una columna de opinión reciente: “El lucro ha sido una de las amantes escondidas adentro del clóset. En este punto no seamos fariseos o hipócritas: muy pocos tienen la autoridad moral para pontificar sobre el lucro. Los jóvenes dicen: la misma ley (de educación) redactada en el gobierno militar explícitamente prohibía el lucro. ¿Por qué buscaron formas de sortear la ley? No hubo ilegalidades en eso, pero sí sienten que se vulneró el espíritu de la ley, que hubo una falla ética…Éstos jóvenes vienen a exigir que se cumpla el espíritu de una ley, redactada y pensada por los padres ideológicos de un gobierno que hoy propone legalizar y transparentar ese lucro…Los jóvenes están cansados de vivir en un mundo de verdades a medias, de falta de gratuidad y de puro amor por el poder…Lo que Chile necesita urgentemente no es sólo una reforma educacional, sino una revolución moral, y eso es lo que nuestros jóvenes tal vez estén pidiendo a gritos”.


Tal vez la tierra  seca o dura como roca que impide que germine la semilla de la Palabra es la del egoísmo personal y colectivo o la acérrima defensa de los intereses propios amparados por muros de indiferencia hacia los grandes sufrimientos de nuestro mundo, o el modelo intocable del lucro. El evangelio de hoy es una nueva invitación a derribar los muros que nos separan,  a construir puentes de comunicación y a buscar lineamientos de acción que vuelvan a humanizarnos.