sábado, 23 de julio de 2011

Domingo 24 de Julio: Mateo 13, 44-52







 17º Domingo Ordinario: Mt 13, 44-52


Los tres últimos domingos se ha leído el capítulo 13 de Mateo. Ese capítulo trae 7 parábolas, comenzando por la parábola del sembrador, la que nos describía diferentes actitudes frente a la palabra de Dios. Es la más extensa de las 7 parábolas.

La parábola del trigo y la cizaña que escuchamos el domingo pasado era una exhortación a la paciencia frente al mal y a no juzgar precipitadamente a los malhechores. Concluyó con la recompensa para los justos al final de los tiempos  y el castigo para los malvados.
Venían a continuación dos pequeñas parábolas: la del grano de mostaza y la de la levadura, que nos exhortaban a percibir la gran fuerza que pueden producir en el Reino cosas insignificantes o sencillas como un humilde granito o un poquito de levadura. El Reino de Dios no es cosa de grandes medios o recursos. En los gestos humildes o en las cosas pequeñas está la tremenda potencialidad.

El evangelio de hoy nos trae las últimas tres parábolas en el mismo capítulo 13.
Nuevamente tenemos dos pequeñas parábolas: la del tesoro y la de la perla preciosa. Son una invitación a dejarse llevar por la alegría que significa el descubrimiento del Reino y a darlo todo por la causa del Reino.
La parábola de la red que se echa al mar retoma lo del trigo y la cizaña (lo bueno y lo que no sirve). De igual modo al final de los tiempos se separarán los buenos y  los malos. Estos últimos tendrán su castigo. En estas dos parábolas se describe con el género literario típico de la Biblia (el apocalíptico) lo que ocurrirá al final del tiempo.

De las 7 parábolas, 5 transmiten el mensaje que lo importante es vivir y construir el Reino (o Reinado) de Dios en el momento y tiempo que nos toca vivir, el  tiempo presente con su contexto de dificultades y adversidades.
El cristiano se deja llevar no sólo por la esperanza del cumplimiento de la utopía del Reino al final de los tiempos. Debe dejarse llevar sobre todo por el compromiso en el tiempo presente.

A veces se ha puesto el acento del compromiso con el Reino en la perfección individual. Es bueno recordar que el evangelio no va dirigido sólo al individuo y a su perfección. El proyecto de Jesús  se orienta a la transformación de la manera de vivir de toda la humanidad. Su discurso y sus gestos apuntan a cambiar las relaciones entre los hombres.
Diríamos hoy un cambio hacia relaciones de respeto por la dignidad de cada ser humano, relaciones que fomentan la solidaridad y el compartir, por ende relaciones que hacen que seamos más felices al procurar hacer un poco más felices a los demás. (la alegría por el tesoro encontrado).


El evangelio nos deja en claro  aquello que impide que venga el Reinado de Dios a todos los hombres y que son precisamente las cosas que tienen más aceptación o son más buscadas y apetecidas por los hombres: poder, riqueza, honores. El mundo se construye y gira en torno a esas fuerzas centrífugas que alejan de la venida del Reino.
Ahora bien, más que renunciar a riqueza, poder u honores, se trata más bien de buscar, discernir y elegir aquello que propone el evangelio y que Jesús realizaba en su vida diaria: la felicidad de los seres humanos.

Consideremos a todo lo demás como puros medios que bienvenidos sean en la medida que permitan llevar alegría y más humanidad a nuestros hermanos.
Es precisamente eso mismo que está en el centro de la espiritualidad ignaciana: discernir lo que Dios quiere para nosotros y para los hombres. A partir de allí, podremos actuar con buen juicio y sabiduría para el bien de nuestros hermanos. Es justamente ese don del discernimiento y del buen juicio que el rey Salomón pidió en un sueño al Señor para poder conducir a su pueblo por los caminos del Señor.

Las metáforas y las alegorías contenidas en las siete parábolas del capítulo 13 de Mateo nos pueden orientar para madurar en el discernimiento de cuales son los caminos por donde pasa el Reino de Dios y por donde no pasa. Teniendo claridad de juicio y voluntad para actuar en consecuencia, podremos pertenecer a los discípulos dispuestos a  “amar y servir” en todo momento, lugar y circunstancia para hacer presente el Reino.





sábado, 16 de julio de 2011

Domingo 17 de julio: Mateo 13, 24-43














Domingo 16º: Mateo 13, 24-43


¿Por qué contó Jesús la parábola del trigo y la cizaña en el evangelio de Mateo? Porque sus contemporáneos y también sus discípulos pero sobre todo los fariseos y sacerdotes se escandalizaban de su conducta: Jesús comía con pecadores y publicanos y se dejaba tocar por personas impuras hasta por prostitutas. Jesús revela quién y cómo es Dios su Padre con nosotros. Es pura misericordia y compasión y no excluye a nadie. Busca preferentemente a los débiles, a los enfermos y los pecadores, porque para todos y también para ellos es la buena nueva del Reino de Dios. Esa acogida sin límites, sin barreras, sin restricciones era considerada como transgresión de la ley por parte de los oponentes de Jesús y finalmente será el motivo de su condenación y ejecución.

Con la parábola del trigo y la cizaña, Jesús explica que el mal está misteriosamente en el mundo, entre nosotros y en cada uno de nosotros. ¿Hay que resignarse y esperar pasivamente frente al mal en el mundo hasta el final de los tiempos? Los evangelios muestran claramente que esa no fue la actitud de Jesús. Tiene frases y actitudes muy enérgicas contra los abusadores y las estructuras de opresión (“Raza de víboras” dirá a los fariseos; expulsa con látigo a los mercaderes del templo).

Tal como los fariseos y sacerdotes tenían su mirada de cómo debía ser el mundo correcto, justo y santo, también nosotros solemos fácilmente emitir nuestro juicio de lo que es correcto y justo, quienes son las personas buenas y malas y  actuamos en consecuencia. Jesús sabía de sobra que es peligroso dejar a los hombres juzgar  lo que es el bien y lo que es el mal.
Por cierto que ocurre maldad que no se puede tolerar. Pedófilos que abusan  y asesinan a niños inocentes.
La historia está llena de ejemplos de grupos ideológicos o de pueblos que han pretendido “limpiar”, deshaciéndose de los que consideran maleza. Las limpiezas étnicas han traído mucho dolor y sufrimiento a la humanidad. La “shoah” o eliminación de los judíos por los nazis. La guerra de los Balcanes, los hutús que masacraron a los tutsis en Ruanda: todas situaciones de genocidios. Siguen ocurriendo en este momento en varias partes del mundo.
Ha habido y siguen existiendo grandes fanatismos religiosos, donde “en nombre de Dios” se ha buscado eliminar a los de otra religión. Están las cruzadas de la edad media. En la famosa batalla de Lepanto el 7 de octubre de 1571 se estima que perdieron la vida unos 24.000 sarracenos. Los cristianos celebraron el triunfo. El Papa Pío V había llamado a rezar el rosario. ¡Los Otomanes fueron vencidos por la intercesión de María! A partir de esa fecha memorable el Papa instituyó el mes de octubre como el mes del rosario. Por supuesto no debemos juzgar con nuestra mentalidad de hoy a la mentalidad del siglo XVI. Papas y reyes dijeron a conquistadores de ese mismo siglo XVI que los indios no eran realmente seres humanos y que se podían tratar como animales. Felizmente algunos valientes misioneros se opusieron a tal visión y lucharon enérgicamente por el reconocimiento de los derechos humanos de los indios. Son ejemplos a gran escala de lo que fue considerado como maleza a arrancar. La historia marca y deja huellas y prejuicios que perduran.

A pequeña escala de nosotros mismos y de nuestras relaciones diarias, solemos dejarnos llevar por el juicio sencillo calificando lo que es bueno y  malo, y quienes son los buenos y los malos.
Pero también dentro de cada uno de nosotros está el trigo y la cizaña. San Ignacio de Loyola había percibido muy bien  aquello. Nos dice que somos movidos permanentemente por el Buen Espíritu y el enemigo de natura humana. El trabajo consiste en discernir constantemente las mociones o movimientos interiores como nuestros pensamientos, sentimientos o sensibilidades frente a los acontecimientos de nuestra vida diaria. Es una invitación a adquirir paulatinamente la sensibilidad del mismo Cristo. El padre Hurtado, fiel exponente de la espiritualidad ignaciana, y “chiflado por Cristo” lanza la pregunta: “Ante cada problema, ante los grandes de la tierra, ante los problemas políticos de nuestro tiempo, ante los pobres…¿Qué haría Cristo si estuviera en mi lugar?”

Ser paciente y humilde de corazón, creer en el Dios de Jesús que hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos y pecadores, no juzgar, más perdonar y ser compasivo: hay muchas indicaciones en los evangelios para no salir desesperadamente a arrancar la maleza.











viernes, 8 de julio de 2011

Domingo 10 de julio 2011: Mateo 13, 1-23





 Domingo 15º: Mt 13, 1-23

Tanto Mateo como Marcos y Lucas nos traen la parábola del sembrador en términos muy parecidos. Los tres evangelios hacen la misma catequesis a partir de la parábola. Por lo tanto aquella parábola fue de gran importancia en los orígenes de la Iglesia.
Jesús hablaba en términos sencillos y con comparaciones tomadas de la vida cotidiana de la gente. Aquella época era por supuesto una civilización eminentemente agraria. Los fundos o las parcelas no tenían divisiones, no había alambradas. No existía mayor labranza y preparación del suelo. Allí estaban y quedaban las piedras. Por allí crecían cardos y espinos. La gente circulaba a través de los campos. No se conocía mayormente el uso de fertilizantes. Una cosecha de uno por siete era buena. Uno por diez excepcional. Que una semilla  diera treinta, sesenta o cien era por lo tanto inimaginable. Aquí entonces se señala lo recurrente en las parábolas: lo extravagante, lo que rompe absolutamente todos los esquemas imaginables.

¿De qué se trata en esta parábola? El mismo texto nos lo explica detalladamente. La semilla es la Palabra de Dios. La disposición del terreno se refiere a la actitud de las personas,  las que constituían la comunidad cristiana.
Nos dice claramente el texto que la semilla se tira con profusión: el sembrador aparentemente no es para nada parsimonioso ni cuidadoso. No hay ninguna selección previa de terrenos.  Pero hay terrenos distintos, es decir personas con distintas actitudes y proyectos dentro de la misma parcela, la comunidad cristiana. No se puede saber de antemano qué respuesta va a dar cada cual. En el proceso de maduración, se va viendo el resultado, según el fruto que cada uno muestra.

En lenguaje bíblico, “oír la palabra y fructificar o producir fruto” es prácticamente sinónimo de ser “discípulo” y  “hacer la voluntad del Padre”. Es la respuesta que damos a la invitación de participar en el proyecto de Dios y hacerlo también nuestro. El proyecto de Dios es lo que predica Jesús: es el proyecto del Reino de Dios (“Reino de los Cielos” en Mateo). Es el proyecto de una nueva humanidad, de hombres y mujeres  trabajando por la reconciliación, por la promoción de la justicia, por la vida y la dignidad de los seres humanos sin limitación alguna.

A partir de lo anterior, “palabra de Dios” o semilla es por supuesto y por antonomasia toda palabra de la Biblia. Pero también es de alguna manera semilla potente todo testimonio de acción solidaria, todo lo que entre nosotros significa “humanización” y permite acercarnos, superando diferencias y barreras. Ciertamente aquí abrimos una perspectiva muy amplia hacia una nueva comunidad universal, hacia una humanidad reconciliada que también sería la humanidad “liberada” o “salvada”.

Siempre es valioso hacer una lectura, desde el mensaje del evangelio, de lo que se vive y de lo que acontece en nuestros días.

En nuestro mundo cada día más globalizado, se globalizan muchas cosas como las noticias, como la cultura basada en el lucro y el consumo. Por un lado se observa un prodigioso avance tecnológico y una nueva abundancia en muchas sociedades, pero por otro lado, se observan a muchos pueblos que no tienen participación en los avances y quedan marginados de los beneficios del desarrollo. Es el caso del cuerno de África, donde se ha instalado una feroz hambruna ya recurrente y que arriesga con matar a millones de personas. Allí hay enormes campamentos de refugiadas donde mueren a diario un sinnúmero de niños y adultos.

En nuestro querido Chile se ha destapado un profundo malestar. ¿Qué pasa? ¿Porqué tanto descontento? El éxito económico sigue siendo un ejemplo para otros países: un crecimiento de la actividad económica en el primer trimestre del año de 9,8%, la mayor cifra de los últimos 16 años. ¡¡Para que estemos todos felices!! Y sin embargo, allí están las protestas de los jóvenes que siguen su curso.
Bueno que crezcamos económicamente. Malo que crezcamos en egoísmo y cada vez mayores diferencias sociales. Algo no anda bien en el país. No se puede llegar y llevar un lucro a como dé lugar (caso la Polar). Los jóvenes critican con razón nuestro modelo de educación basado en el lucro. Reproduzco unas frases de una columna de opinión reciente: “El lucro ha sido una de las amantes escondidas adentro del clóset. En este punto no seamos fariseos o hipócritas: muy pocos tienen la autoridad moral para pontificar sobre el lucro. Los jóvenes dicen: la misma ley (de educación) redactada en el gobierno militar explícitamente prohibía el lucro. ¿Por qué buscaron formas de sortear la ley? No hubo ilegalidades en eso, pero sí sienten que se vulneró el espíritu de la ley, que hubo una falla ética…Éstos jóvenes vienen a exigir que se cumpla el espíritu de una ley, redactada y pensada por los padres ideológicos de un gobierno que hoy propone legalizar y transparentar ese lucro…Los jóvenes están cansados de vivir en un mundo de verdades a medias, de falta de gratuidad y de puro amor por el poder…Lo que Chile necesita urgentemente no es sólo una reforma educacional, sino una revolución moral, y eso es lo que nuestros jóvenes tal vez estén pidiendo a gritos”.


Tal vez la tierra  seca o dura como roca que impide que germine la semilla de la Palabra es la del egoísmo personal y colectivo o la acérrima defensa de los intereses propios amparados por muros de indiferencia hacia los grandes sufrimientos de nuestro mundo, o el modelo intocable del lucro. El evangelio de hoy es una nueva invitación a derribar los muros que nos separan,  a construir puentes de comunicación y a buscar lineamientos de acción que vuelvan a humanizarnos.


sábado, 2 de julio de 2011

Domingo 3 de julio de 2011: Mateo 11, 25-30


14º Domingo:  Mt 11, 25-30


El evangelio de este domingo con unos versículos preciosos y únicos, nos hace entrar en la intimidad de la oración de Jesús. Da gracias a Dios, su Padre, porque el don de la fe es acogido por los humildes y sencillos y rechazado por los sabios y entendidos. Éstos se habían apoderado de la religión, reduciéndola a la observancia de gran cantidad de normas y preceptos derivados de su interpretación de la Ley. De alguna manera, usaban la religión como un instrumento de dominación y de poder. Pero aquella religión se había vaciado del misterio de Dios, un Dios cercano, misericordioso, un Dios que ama y perdona infinitamente. Habían reducido la religión y su imagen de Dios a un mundo de observancias que pensaban poder manejar…en su propio provecho. Por este camino, Dios terminaba siendo un Dios “a su medida” y que imponían y manejaban de alguna manera. Incluso, según los sabios doctores de la Ley, algunos de ellos consideraban como malditos a los que no conocían la Ley en profundidad. Tanto desprecio e injusticia no podía escapar a Jesús. Percibió con nitidez esa tremenda desviación, esa falsa religión.

De ahora en adelante, es el mismo Jesús con su enseñanza y ejemplo que va a ser el camino del encuentro con Dios. “Todo me ha sido dado por mi Padre: nadie conoce al Hijo, sino el Padre; nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo decida revelárselo”.

Viene entonces la invitación para conocer y recibir el mensaje del Hijo. “Vengan a mí” los aplastados, marginados y excluidos por el yugo de la ley “y Yo los aliviaré”.
El exceso de regulaciones y de normas siempre puede llegar a ser una barrera para una relación liberadora con Dios, también hoy.  El Jesús del evangelio de Mateo reacciona contra  esa tendencia e invita a trabajar una actitud nueva, la que él mismo enseña y manifiesta. “Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón”. Jesús se aplica a si mismo aquello de la primera bienaventuranza: “Felices los pobres de corazón (o de corazón humilde), porque el reino de los cielos les pertenece”.

Aquella parece una frase bonita para ser leída sólo en el evangelio y proclamada el domingo en la iglesia. Pero se dirá que la vida real va por otro lado. ¿Qué se hace con paciencia y humildad de corazón en una sociedad donde hay que ser cada vez más competente y donde se compite con otros? ¿En qué oferta de empleo le van a examinar por su paciencia y humildad de corazón?
Y sin embargo, nuestro mundo tiene una tremenda necesidad de esa palabra sanadora de Jesús. Es imposible construir una relación humana profunda, que sea de pareja, o entre familiares o amigos, sin darse a conocer no por lo que uno tiene o por aquello de lo que uno es capaz, sino por lo que uno es. Saber compartir su fragilidad, dolores y penas; saber mostrarse vulnerable a lo que le pasa al otro; saber manifestar que se necesita de los demás. ¿No es este el yugo de Jesús, un yugo suave, un yugo que nos libera y nos hace experimentar  una profunda paz?

Jesús busca transmitir la dinámica de amor que lo anima. Pidamos que su Espíritu pueda suscitar en nosotros esa misma dinámica de amor. A pesar de todas nuestras debilidades e infidelidades, “aprendamos” a confiar en su infinito amor misericordioso, que todo lo perdona, para poder dar pequeños pasos en la dinámica del amor de un corazón paciente y humilde.







sábado, 25 de junio de 2011

Domingo 26 de junio: Solemnidad del "Corpus Christi"



Santísmo Cuerpo y Sangre de Cristo: Jn 6, 51-58

 “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo. ¿Cómo hay que entender o interpretar una afirmación tan tajante? “Los judíos discutían entre sí, diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?” Me parece que la pregunta de los judíos sigue siendo también relevante para nosotros. Al contestar a los judíos, Jesús agrega un nuevo elemento. “Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.” Se incluye de repente el elemento de la sangre. Como el pan deviene el cuerpo de Cristo, el vino deviene la sangre de Cristo. Obviamente, se pasó de lleno al contexto de la celebración de la Eucaristía, donde  tocamos el gran misterio de nuestra fe: “Éste es el sacramento de nuestra fe” se proclama después de la consagración.

 Para entender la Eucaristía es esencial partir de los signos elegidos por Jesús. El pan es signo de alimento, de comunión entre quienes lo comen juntos; a través de él llega al altar y es santificado todo el trabajo humano. Esa santificación del trabajo humano, y que se entienda por trabajo humano todo nuestro quehacer, es la carne de Jesús para la vida del mundo. O sea en la Eucaristía, todo nuestro quehacer se transforma en la carne de Jesús para la Vida del mundo: no debe quedar allí recluido en un sagrario sino ser distribuido para la Vida del mundo.

Aparentemente sin mayor conexión con el signo de la multiplicación de los panes, Jesús introduce el tema de su sangre. Ahora bien, ¿por qué, para significar su sangre, Jesús eligió precisamente el vino? ¿Qué representa el vino para los hombres? En Chile lo sabemos muy bien: representa la alegría, la fiesta; no representa tanto la utilidad (como el pan) cuanto el deleite. No está hecho sólo para beber, sino también para brindar. Jesús multiplica los panes por la necesidad de la gente, pero en Caná multiplicó el vino para la alegría de los comensales. La Escritura dice que «el vino recrea el corazón del hombre y el pan sostiene su vigor» (Sal 104, 15). El símbolo del vino elegido por Jesús deviene su sangre. ¿Qué significa y qué evoca para nosotros la palabra sangre? Evoca en primer lugar todo el sufrimiento  y el dolor que existen en el mundo. Los derramamientos de sangre a partir de los enfrentamientos y las guerras entre los hombres. El vino que deviene la sangre de Jesús asume entonces todos estos sufrimientos y dolores para ser santificados y recibir un sentido y una esperanza de Vida nueva.

 Si Jesús hubiera elegido para la Eucaristía pan y agua, habría indicado sólo la santificación del sufrimiento («pan y agua» son de hecho sinónimos de ayuno, de austeridad y de penitencia). Al elegir pan y vino quiso indicar también la santificación de la alegría. Qué bello sería si aprendiéramos a vivir también los gozos de la vida, eucarísticamente, esto es, en acción de gracias a Dios.

A veces experimentamos que nuestras Misas – Eucaristías pueden ser un grato encuentro con hermosos cantos y buenas lecturas; a veces son el cumplimiento ritual rutinario que no motivan mayormente a un compromiso renovado. Estamos bien lejos de lo que decía el padre de la Iglesia, Orígenes: “la Eucaristía es un signo de conspiración”. Ciertamente la Eucaristía tiene un lado profético riesgoso.  Basta recordar al obispo Oscar Romero, asesinado en plena celebración de la Eucaristía. Al ejemplo de Jesús, se desangró  en el altar literalmente para la Vida de su pueblo.

Jesús dijo: “Hagan esto en conmemoración mía”. Por lo tanto, más que un piadoso o sagrado ritual, más incluso que una celebración litúrgica de la fe, se trata del “Hagan esto”, es decir Cristo (y todo su evangelio) tiene que llegar a ser nuestra comida y nuestra bebida, nuestro cuerpo y nuestras sangre. Tenemos que estar dispuestos a asumir su vida en la nuestra. Eso sí que es una tremenda misión y responsabilidad. Así también es siempre el desafío del amor auténtico, pero es el único que da sentido a la vida.
Jamás debiéramos “desconectar” la Eucaristía de la vida:  la vida nuestra de cada día, la de nuestros hermanos y la de todos los seres humanos del mundo entero. Debiéramos salir de la Eucaristía como verdaderos voluntarios para alimentar a nuestros hermanos, para aliviar todos los sufrimientos y dolores, para compartir todas las alegrías y esperanzas.

Decía el P. Arrupe: “La Eucaristía es incompleta mientras haya hambre en el mundo”. Con esta afirmación tajante, retomaba lo que escribió un gran teólogo del siglo pasado, el P.Henry de Lubac s.j.: “la celebración de la Eucaristía queda incompleta si no impulsa a compartir el pan con los hambrientos”.

sábado, 18 de junio de 2011

Domingo 19 de junio 2011: Santísima Trinidad

Domingo de la Santísima Trinidad

En la Biblia, Dios está en los primeros versículos y en los últimos. Dios es “la razón de ser” de la Biblia: es su palabra mediatizada por la experiencia de fe de “su pueblo”. Esa experiencia histórica de fe nos revela que Dios es el “alpha” (comienzo) y el “omega” (final) de todo. Además Dios es el origen, el fin y el sentido de todo lo que existe.

En este Domingo de la Santísima Trinidad, la liturgia lleva nuestra mirada hacia ese Dios que existe por nosotros, que somos su pueblo, y por todos los seres humanos. Y nosotros, como cristianos, lo invocamos como “Padre, Hijo y Espíritu Santo”.

En las iglesias orientales se usan desde hace siglos los conocidos “íconos” para poder contemplar lo sagrado. Son algo así  como puertitas de acceso al misterio.

Original

Copia comercial

Es muy conocido el ícono de Rublev del siglo XV, obra pictórica única en la historia del arte sagrado. Con el ícono a la vista, observamos a tres figuras iguales, sentadas alrededor de una especie de mesita. Tienen alas y parecen ángeles con una vara en la mano. Representan a los tres varones que visitaron a Abraham en la encina de Mambré (Gen. 18, 1-15).
Los tres peregrinos celestes forman “el consejo eterno” y el paisaje cambia de significado: la tienda de Abraham se convierte en el palacio-templo; la encina de Mambré, en el árbol de la vida; el cosmos, en una copa esquemática de la naturaleza, signo ligero de su presencia. El ternero ofrecido como alimento hace sitio a la copa eucarística.
Dios es amor en sí en su esencia trinitaria, y su amor hacia el mundo sólo es el reflejo de su amor trinitario. El don de sí, que es la expresión de la superabundancia del amor, está representado por la copa; los ángeles están agrupados alrededor del alimento divino.
Los tres ángeles están en reposo que es la paz suprema del ser en sí; pero este reposo es embriagador, es un auténtico éxtasis, “la salida en sí misma”. “La estabilidad y el movimiento están en el mismo elemento.”
El movimiento parte del pie izquierdo del ángel de la derecha, continúa en la inclinación de su cabeza, pasa al ángel de en medio, arrastra irresistiblemente el cosmos: la roca, el árbol, y se resuelve en la posición vertical  del ángel de la izquierda, donde entra en reposo, como en un receptáculo.
De la concepción de los ángeles de Rublëv se desprende la unidad y la igualdad – se podría confundir un ángel con  otro -; la diferencia viene de la actitud personal de cada uno hacia los otros, y sin embargo, no hay ni repetición ni confusión. El oro rutilante sobre los iconos designa siempre la divinidad, su superabundancia. Un solo Dios y tres personas perfectamente iguales es lo que expresan los cetros idénticos, símbolos del poder real de que está dotado cada ángel.
La igualdad perfecta de los ángeles está tan fuertemente expresada que no  existe regla alguna para definir la Persona divina representada en la figura de cada ángel.

Por supuesto que los estudiosos se han preguntado qué ángel representa a cada Persona divina. El Padre estaría en el centro, porque detrás de Él, se encuentra el árbol de la vida, fuente. El cetro de Cristo, a la izquierda, señala la casa, iglesia, cuerpo de Cristo. El Espíritu se destaca en el trasfondo de las “rocas escalinadas”: la montaña, la cámara alta, el tabor, la elevación, el éxtasis, el aliento de los espacios y de las cumbres proféticas.
Padre:
El poder del amor del Padre se manifiesta en la mirada del ángel del centro. El es amor y precisamente solo puede revelarse en la comunión y puede ser conocido como comunión. (“Nadie viene al Padre sino por mi” Jn 14,6) es la más conmovedora revelación de la naturaleza misma del amor. No se puede tener ningún conocimiento de Dios fuera de la comunión entre el hombre y Dios, y esta es siempre trinitaria e inicia en la comunión entre el Padre y el Hijo. Hace comprender por qué el Padre no se revela nunca directamente. El icono muestra esta comunión cuya morada viva es la copa.
Hijo:
El Hijo escucha, las parábolas de su vestido muestran la atención suprema, el abandono de sí.
El también renuncia a sí mismo para ser sólo Verbo de su Padre. “las palabras que yo os digo, no las digo por mí mismo; el Padre que habita en mí es quien realiza sus propias obras”.
Su mano derecha reproduce el gesto del Padre: la bendición.
Espíritu:
La dulzura del ángel de la derecha tiene algo de maternal. Por su inclinación y el impulso de todo su ser, está en medio del Padre y del Hijo: es el Espíritu de la comunión. El movimiento parte del él.
el Padre inclina su cabeza hacia el hijo. Parece que habla del cordero inmolado cuyo sacrificio culmina en el cáliz que bendice. La posición vertical del Hijo traduce toda su atención, su rostro está como cubierto por la sombra de la cruz; pensativo, manifiesta su acuerdo con el mismo gesto de la bendición. Si la mirada del Padre, en su profundidad sin fondo, contempla el único camino de la salvación, la elevación apenas perceptible de la mirada del Hijo traduce su consentimiento. El Espíritu Santo  se inclina hacia el Padre; está sumergido en la contemplación del misterio, su brazo tendido hacia el mundo muestra el movimiento descendente, Pentecostés.

Los tres hombres del ícono representan a Dios en tres Personas.
El Padre da la vida, el Hijo comparte la vida humana, el Espíritu calienta e inspira la vida.

El Padre da la vida a fin de que nosotros seamos vida los unos por los otros; eso significa darnos espacio los unos a los otros, reconocernos con respeto y dignidad y procurar felicidad.
El Hijo comparte nuestra vida a fin de que seamos solidarios y no solitarios; que nos preocupemos de los demás, de un modo especial de los más vulnerables, de los marginados y apartados injustamente.
El Espíritu calienta la vida para que arda en nosotros la llamita por la que nos vayamos queriendo y amando,  apoyándonos y consolándonos.
Por la contemplación del ícono, mirándolo y dejándonos mirar por él, llegamos a tener alguna visión de lo Eterno. El Eterno plenitud de amor en sí, plenitud de entrega y que busca ser plenitud en nuestra vida.
En ese contexto resuenan las palabras de Jesús a Nicodemo: hay que nacer de nuevo, hay que dejarse modelar por el infinito amor de Dios. Para él que se atreve a creerlo, se le abre una nueva existencia.

jueves, 9 de junio de 2011

Domingo 12 de junio:PENTECOSTÉS





PENTECOSTÉS:  Hechos 2, 1-11

La irrupción del Espíritu en Pentecostés es la consecuencia directa, histórica y visible en la tierra de la resurrección y exaltación de Jesús: "exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que Uds. ven y oyen" (v.33). Es el Espíritu el que constituye realmente el movimiento de Jesús: su primera comunidad en Jerusalén y la misión a todos los pueblos. Lo que Lucas narró anteriormente en 1, 12-26 está más bien orientado al pasado: regreso a Jerusalén y al Templo y constitución de los 12 Apóstoles (restauración del nuevo pueblo de Israel); ahora Lucas retoma el inicio de su relato en 1, 6-11 (esp. 1, 8) y proyecta el movimiento de Jesús hacia el futuro y la misión a todos los pueblos de la tierra.
  El relato de Pentecostés está admirablemente construido y tiene una fuerza fundante y transformadora, que ha sido eficaz a lo largo de toda la historia del cristianismo. Toda reforma de la Iglesia comienza siempre con Pentecostés. Una mirada crítica del relato descubre la actividad redaccional y creadora de Lucas. Es Lucas el que ha construido este paradigma de Pentecostés, pero lo hace a partir de muchos hechos y tradiciones históricas. Todo lo que narra Lucas es histórico, pero el autor construye un relato único a partir de hechos que posiblemente sucedieron varias veces, en diferentes lugares, tiempos y circunstancias. El discurso de Pedro posiblemente lo compuso Lucas, pero lo construye a partir de tradiciones, escritas u orales. El discurso que compone Lucas corresponde históricamente a lo que en ese entonces en Jerusalén pensaba y decía la primera comunidad apostólica. Lucas recoge los hechos históricos y las tradiciones, pero también a Lucas le interesa el efecto creador y fundante de estos hechos y tradiciones en la historia de la Iglesia de su tiempo y de la Iglesia de todos los tiempos.
  Los hechos de Pentecostés (vv. 1 -13): En la narrativa de Pentecostés podemos distinguir dos relatos: uno más primitivo y tradicional en los vv. 1-4 y 12-13. Y otro más evolucionado y redaccional en los vv. 5-11. El relato antiguo tiene un carácter carismático y apocalíptico: hay viento impetuoso y lenguas como de fuego; los presentes hablan en lenguas (vv. 1-4) y por eso aparecen ante los demás como borrachos; los hechos suceden en una casa (v.2). El segundo relato es profético y misionero: ya no se trata de hablar en lenguas (glosolalia), sino de un don profético: los presentes hablan en Galileo (arameo) y cada cual los entiende en su propia lengua nativa. El milagro no está en el hablar (como en la glosolalia), sino en el escuchar (sobre esto se insiste en tres lugares: vv. 6.8 y 11). Los que están reunidos para escuchar son un grupo grande. Si el evento primitivo se da en una casa, ahora, en el segundo relato, tenemos la impresión de estar más bien en el Templo. Posiblemente Lucas unió aquí, en un sólo relato, dos tradiciones históricas, cada cual con un sentido diferente.
  En 2, 1 se nos dice que "estaban TODOS reunidos". No se trata sólo de los 12 apóstoles, sino de la asamblea de los 120 (1, 15), entre los cuales está María, la madre de Jesús, el grupo de las mujeres y el grupo de los hermanos de Jesús, entre los cuales con certeza también Santiago, el hermano del Señor (1, 14). El don del Espíritu se da a esta primera comunidad, si bien es Pedro, junto con los once, el que va a pronunciar el discurso (vv.14-36). Se añade también que están reunidos "con un mismo propósito". Este mismo propósito es posiblemente la estrategia restauracionista implícita en la elección de Matías en 1, 15-26. La irrupción del Espíritu viene a romper este propósito de restauración, que mira más al pasado que al futuro. El Espíritu viene de repente, con ruido como de viento impetuoso y en lenguas como de fuego: estos símbolos (huracán u fuego) muestran la "violencia" necesaria del Espíritu para transformar al grupo presente y reorientar la primera comunidad, desde una posición restauracionista hacia una posición profética y misionera. Esta tensión entre restauración (pasado) y misión (futuro), es la que se describe en 1, 6-11. Pentecostés es el bautismo en el Espíritu Santo anunciado en 1, 5. El bautismo de Juan Bautista era de agua, un símbolo judío de conversión personal; ahora se trata del bautismo en el Espíritu, que es el símbolo característico del movimiento profético de Jesús, no ya sólo de conversión personal, sino de transformación de la comunidad de los discípulos en auténtica comunidad profética, para dar testimonio de Jesús hasta los confines de la tierra.
  Los que se reúnen, atraídos por los sucesos de Pentecostés, son "hombres piadosos, que habitaban en Jerusalén, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo". Tenemos aquí una ficción literaria de Lucas, pues es un hecho extraordinario que estén reunidos en Jerusalén gente piadosa de todas las naciones del mundo. Lucas con su ficción literaria tiene una clara intención teológica: reúne simbólicamente en Jerusalén a gente piadosa de todas las naciones del mundo, que en Pentecostés van a recibir el testimonio profético de la primera comunidad apostólica. El Espíritu es derramado en función de todos los pueblos y culturas del mundo. Eso ya se da para Lucas en el hecho fundante de Pentecostés.
  En los vv. 9-11 tenemos la lista de las naciones. Lucas enumera 12 pueblos y tres regiones. El primer grupo lo constituyen los nativos partos, medos y elamitas. El segundo grupo son los habitantes de Judea, Capadocia, Ponto, Frigia, Panfilia y Egipto. Aquí también se enumeran tres regiones (que aparecen con artículo): la Mesopotamia, el Asia y la Libia, que confina con Cirene. El tercer grupo son los forasteros: romanos (habitantes de Roma, sean estos judíos o prosélitos), cretenses y árabes. ¿Cuál es la lógica de esta enumeración? En primer lugar Lucas distingue nativos, habitantes y forasteros. Los nativos son pueblos del oriente, civilizaciones del pasado. Los habitantes están repartidos en tres regiones: la Mesopotamia (al este), el Asia (al norte) y la Libia (al sur) y en 6 pueblos: Judea (al centro), Capadocia, Ponto, Frigia y Panfilia (al norte) y Egipto (al sur). Por último los forasteros romanos, que vienen de visita a Jerusalén; entre estos se distinguen romanos judíos y romanos prosélitos (no-judíos que se han convertido y han aceptado la circuncisión); los cretenses, son un pueblo marítimo, en expansión hacia occidente y los árabes serían una designación global para referirse a los pueblos del desierto, en expansión hacia oriente. La lógica geográfica es la que domina al grupo de los habitantes (oriente, norte y sur, con Judea al centro). Los visitantes (romanos, cretenses y árabes) no siguen una lógica geográfica, sino más bien la lógica de visitantes esporádicos (grupos amplios y ambiguos), que regresan a su patria. En síntesis, los representantes de los pueblos vienen de todas las regiones de la tierra, de las culturas antiguas de oriente, de los pueblos establecidos en torno a Judea (oriente, norte y sur) y de las poblaciones que se desplazan hacia oriente y occidente, cuyo centro es Roma. Lucas combina criterios culturales, geográficos y sociales y construye así históricamente el paradigma misionero del Espíritu. Lo curioso es que no se menciona Siria, Macedonia y Grecia, que es el territorio de las Iglesias paulinas. Quizás no aparecen estos pueblos, pues es ahí donde Lucas escribe su obra y son ya en su tiempo Iglesias independientes de Jerusalén.
  Lucas insiste tres veces (vv. 6.8 y 11) en que los presentes, que vienen de todos los pueblos, entienden el discurso de Pedro, cada uno en su propia lengua. Pedro y los Once son galileos (v. 7) y hablan por lo tanto en arameo, que era una lengua bastante conocida en Siria y oriente. El milagro de Pentecostés es que cada uno entiende a los apóstoles en su propia lengua nativa. No se trata de la glosolalia, pues cada pueblo escucha el Evangelio en su propia lengua, y podríamos agregar, en su propia cultura. Por eso consideramos hoy en día a Pentecostés como la fiesta cristiana de la Inculturación del Evangelio.
 
Muchos comentarios oponen erróneamente Pentecostés a la confusión de lenguas en Babel (Gen 11, 1-9). En Babel, la unidad original de lenguas fue lo que permitió la construcción de la ciudad con una torre militar, que es el proyecto de dominación (Gen 11, 2-4); la recuperación de las lenguas nativas hizo posible detener la construcción de la ciudad, lo que se identifica con el proyecto liberador de Yahvé (Gen 11, 5-8) . Una lectura del relato del Génesis, desde la perspectiva dominante y colonial, siempre vio la pluralidad de lenguas y culturas como una maldición y un castigo. En Pentecostés se habría recuperado la unidad perdida en Babel (así interpreta, por ejemplo, la nota de la Biblia de Jerusalén en Hechos 2, 6). Desde la perspectiva liberadora de la inculturación del Evangelio, la diversidad de lenguas es el hecho liberador que permitió la huida de los trabajadores y la paralización de la construcción de la ciudad.
En Pentecostés cada pueblo conserva su lengua y cultura. Lo nuevo en Pentecostés es la unidad en la comprensión del Evangelio, manteniendo la diversidad de lenguas y culturas. La unicidad de lenguas no es el proyecto original de Dios, ni tampoco su recuperación en Pentecostés, sino una forma de dominación cultural. El proyecto original de Dios, recuperado en Pentecostés, es una humanidad plurilingüe y multicultural.