sábado, 18 de junio de 2011

Domingo 19 de junio 2011: Santísima Trinidad

Domingo de la Santísima Trinidad

En la Biblia, Dios está en los primeros versículos y en los últimos. Dios es “la razón de ser” de la Biblia: es su palabra mediatizada por la experiencia de fe de “su pueblo”. Esa experiencia histórica de fe nos revela que Dios es el “alpha” (comienzo) y el “omega” (final) de todo. Además Dios es el origen, el fin y el sentido de todo lo que existe.

En este Domingo de la Santísima Trinidad, la liturgia lleva nuestra mirada hacia ese Dios que existe por nosotros, que somos su pueblo, y por todos los seres humanos. Y nosotros, como cristianos, lo invocamos como “Padre, Hijo y Espíritu Santo”.

En las iglesias orientales se usan desde hace siglos los conocidos “íconos” para poder contemplar lo sagrado. Son algo así  como puertitas de acceso al misterio.

Original

Copia comercial

Es muy conocido el ícono de Rublev del siglo XV, obra pictórica única en la historia del arte sagrado. Con el ícono a la vista, observamos a tres figuras iguales, sentadas alrededor de una especie de mesita. Tienen alas y parecen ángeles con una vara en la mano. Representan a los tres varones que visitaron a Abraham en la encina de Mambré (Gen. 18, 1-15).
Los tres peregrinos celestes forman “el consejo eterno” y el paisaje cambia de significado: la tienda de Abraham se convierte en el palacio-templo; la encina de Mambré, en el árbol de la vida; el cosmos, en una copa esquemática de la naturaleza, signo ligero de su presencia. El ternero ofrecido como alimento hace sitio a la copa eucarística.
Dios es amor en sí en su esencia trinitaria, y su amor hacia el mundo sólo es el reflejo de su amor trinitario. El don de sí, que es la expresión de la superabundancia del amor, está representado por la copa; los ángeles están agrupados alrededor del alimento divino.
Los tres ángeles están en reposo que es la paz suprema del ser en sí; pero este reposo es embriagador, es un auténtico éxtasis, “la salida en sí misma”. “La estabilidad y el movimiento están en el mismo elemento.”
El movimiento parte del pie izquierdo del ángel de la derecha, continúa en la inclinación de su cabeza, pasa al ángel de en medio, arrastra irresistiblemente el cosmos: la roca, el árbol, y se resuelve en la posición vertical  del ángel de la izquierda, donde entra en reposo, como en un receptáculo.
De la concepción de los ángeles de Rublëv se desprende la unidad y la igualdad – se podría confundir un ángel con  otro -; la diferencia viene de la actitud personal de cada uno hacia los otros, y sin embargo, no hay ni repetición ni confusión. El oro rutilante sobre los iconos designa siempre la divinidad, su superabundancia. Un solo Dios y tres personas perfectamente iguales es lo que expresan los cetros idénticos, símbolos del poder real de que está dotado cada ángel.
La igualdad perfecta de los ángeles está tan fuertemente expresada que no  existe regla alguna para definir la Persona divina representada en la figura de cada ángel.

Por supuesto que los estudiosos se han preguntado qué ángel representa a cada Persona divina. El Padre estaría en el centro, porque detrás de Él, se encuentra el árbol de la vida, fuente. El cetro de Cristo, a la izquierda, señala la casa, iglesia, cuerpo de Cristo. El Espíritu se destaca en el trasfondo de las “rocas escalinadas”: la montaña, la cámara alta, el tabor, la elevación, el éxtasis, el aliento de los espacios y de las cumbres proféticas.
Padre:
El poder del amor del Padre se manifiesta en la mirada del ángel del centro. El es amor y precisamente solo puede revelarse en la comunión y puede ser conocido como comunión. (“Nadie viene al Padre sino por mi” Jn 14,6) es la más conmovedora revelación de la naturaleza misma del amor. No se puede tener ningún conocimiento de Dios fuera de la comunión entre el hombre y Dios, y esta es siempre trinitaria e inicia en la comunión entre el Padre y el Hijo. Hace comprender por qué el Padre no se revela nunca directamente. El icono muestra esta comunión cuya morada viva es la copa.
Hijo:
El Hijo escucha, las parábolas de su vestido muestran la atención suprema, el abandono de sí.
El también renuncia a sí mismo para ser sólo Verbo de su Padre. “las palabras que yo os digo, no las digo por mí mismo; el Padre que habita en mí es quien realiza sus propias obras”.
Su mano derecha reproduce el gesto del Padre: la bendición.
Espíritu:
La dulzura del ángel de la derecha tiene algo de maternal. Por su inclinación y el impulso de todo su ser, está en medio del Padre y del Hijo: es el Espíritu de la comunión. El movimiento parte del él.
el Padre inclina su cabeza hacia el hijo. Parece que habla del cordero inmolado cuyo sacrificio culmina en el cáliz que bendice. La posición vertical del Hijo traduce toda su atención, su rostro está como cubierto por la sombra de la cruz; pensativo, manifiesta su acuerdo con el mismo gesto de la bendición. Si la mirada del Padre, en su profundidad sin fondo, contempla el único camino de la salvación, la elevación apenas perceptible de la mirada del Hijo traduce su consentimiento. El Espíritu Santo  se inclina hacia el Padre; está sumergido en la contemplación del misterio, su brazo tendido hacia el mundo muestra el movimiento descendente, Pentecostés.

Los tres hombres del ícono representan a Dios en tres Personas.
El Padre da la vida, el Hijo comparte la vida humana, el Espíritu calienta e inspira la vida.

El Padre da la vida a fin de que nosotros seamos vida los unos por los otros; eso significa darnos espacio los unos a los otros, reconocernos con respeto y dignidad y procurar felicidad.
El Hijo comparte nuestra vida a fin de que seamos solidarios y no solitarios; que nos preocupemos de los demás, de un modo especial de los más vulnerables, de los marginados y apartados injustamente.
El Espíritu calienta la vida para que arda en nosotros la llamita por la que nos vayamos queriendo y amando,  apoyándonos y consolándonos.
Por la contemplación del ícono, mirándolo y dejándonos mirar por él, llegamos a tener alguna visión de lo Eterno. El Eterno plenitud de amor en sí, plenitud de entrega y que busca ser plenitud en nuestra vida.
En ese contexto resuenan las palabras de Jesús a Nicodemo: hay que nacer de nuevo, hay que dejarse modelar por el infinito amor de Dios. Para él que se atreve a creerlo, se le abre una nueva existencia.

jueves, 9 de junio de 2011

Domingo 12 de junio:PENTECOSTÉS





PENTECOSTÉS:  Hechos 2, 1-11

La irrupción del Espíritu en Pentecostés es la consecuencia directa, histórica y visible en la tierra de la resurrección y exaltación de Jesús: "exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que Uds. ven y oyen" (v.33). Es el Espíritu el que constituye realmente el movimiento de Jesús: su primera comunidad en Jerusalén y la misión a todos los pueblos. Lo que Lucas narró anteriormente en 1, 12-26 está más bien orientado al pasado: regreso a Jerusalén y al Templo y constitución de los 12 Apóstoles (restauración del nuevo pueblo de Israel); ahora Lucas retoma el inicio de su relato en 1, 6-11 (esp. 1, 8) y proyecta el movimiento de Jesús hacia el futuro y la misión a todos los pueblos de la tierra.
  El relato de Pentecostés está admirablemente construido y tiene una fuerza fundante y transformadora, que ha sido eficaz a lo largo de toda la historia del cristianismo. Toda reforma de la Iglesia comienza siempre con Pentecostés. Una mirada crítica del relato descubre la actividad redaccional y creadora de Lucas. Es Lucas el que ha construido este paradigma de Pentecostés, pero lo hace a partir de muchos hechos y tradiciones históricas. Todo lo que narra Lucas es histórico, pero el autor construye un relato único a partir de hechos que posiblemente sucedieron varias veces, en diferentes lugares, tiempos y circunstancias. El discurso de Pedro posiblemente lo compuso Lucas, pero lo construye a partir de tradiciones, escritas u orales. El discurso que compone Lucas corresponde históricamente a lo que en ese entonces en Jerusalén pensaba y decía la primera comunidad apostólica. Lucas recoge los hechos históricos y las tradiciones, pero también a Lucas le interesa el efecto creador y fundante de estos hechos y tradiciones en la historia de la Iglesia de su tiempo y de la Iglesia de todos los tiempos.
  Los hechos de Pentecostés (vv. 1 -13): En la narrativa de Pentecostés podemos distinguir dos relatos: uno más primitivo y tradicional en los vv. 1-4 y 12-13. Y otro más evolucionado y redaccional en los vv. 5-11. El relato antiguo tiene un carácter carismático y apocalíptico: hay viento impetuoso y lenguas como de fuego; los presentes hablan en lenguas (vv. 1-4) y por eso aparecen ante los demás como borrachos; los hechos suceden en una casa (v.2). El segundo relato es profético y misionero: ya no se trata de hablar en lenguas (glosolalia), sino de un don profético: los presentes hablan en Galileo (arameo) y cada cual los entiende en su propia lengua nativa. El milagro no está en el hablar (como en la glosolalia), sino en el escuchar (sobre esto se insiste en tres lugares: vv. 6.8 y 11). Los que están reunidos para escuchar son un grupo grande. Si el evento primitivo se da en una casa, ahora, en el segundo relato, tenemos la impresión de estar más bien en el Templo. Posiblemente Lucas unió aquí, en un sólo relato, dos tradiciones históricas, cada cual con un sentido diferente.
  En 2, 1 se nos dice que "estaban TODOS reunidos". No se trata sólo de los 12 apóstoles, sino de la asamblea de los 120 (1, 15), entre los cuales está María, la madre de Jesús, el grupo de las mujeres y el grupo de los hermanos de Jesús, entre los cuales con certeza también Santiago, el hermano del Señor (1, 14). El don del Espíritu se da a esta primera comunidad, si bien es Pedro, junto con los once, el que va a pronunciar el discurso (vv.14-36). Se añade también que están reunidos "con un mismo propósito". Este mismo propósito es posiblemente la estrategia restauracionista implícita en la elección de Matías en 1, 15-26. La irrupción del Espíritu viene a romper este propósito de restauración, que mira más al pasado que al futuro. El Espíritu viene de repente, con ruido como de viento impetuoso y en lenguas como de fuego: estos símbolos (huracán u fuego) muestran la "violencia" necesaria del Espíritu para transformar al grupo presente y reorientar la primera comunidad, desde una posición restauracionista hacia una posición profética y misionera. Esta tensión entre restauración (pasado) y misión (futuro), es la que se describe en 1, 6-11. Pentecostés es el bautismo en el Espíritu Santo anunciado en 1, 5. El bautismo de Juan Bautista era de agua, un símbolo judío de conversión personal; ahora se trata del bautismo en el Espíritu, que es el símbolo característico del movimiento profético de Jesús, no ya sólo de conversión personal, sino de transformación de la comunidad de los discípulos en auténtica comunidad profética, para dar testimonio de Jesús hasta los confines de la tierra.
  Los que se reúnen, atraídos por los sucesos de Pentecostés, son "hombres piadosos, que habitaban en Jerusalén, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo". Tenemos aquí una ficción literaria de Lucas, pues es un hecho extraordinario que estén reunidos en Jerusalén gente piadosa de todas las naciones del mundo. Lucas con su ficción literaria tiene una clara intención teológica: reúne simbólicamente en Jerusalén a gente piadosa de todas las naciones del mundo, que en Pentecostés van a recibir el testimonio profético de la primera comunidad apostólica. El Espíritu es derramado en función de todos los pueblos y culturas del mundo. Eso ya se da para Lucas en el hecho fundante de Pentecostés.
  En los vv. 9-11 tenemos la lista de las naciones. Lucas enumera 12 pueblos y tres regiones. El primer grupo lo constituyen los nativos partos, medos y elamitas. El segundo grupo son los habitantes de Judea, Capadocia, Ponto, Frigia, Panfilia y Egipto. Aquí también se enumeran tres regiones (que aparecen con artículo): la Mesopotamia, el Asia y la Libia, que confina con Cirene. El tercer grupo son los forasteros: romanos (habitantes de Roma, sean estos judíos o prosélitos), cretenses y árabes. ¿Cuál es la lógica de esta enumeración? En primer lugar Lucas distingue nativos, habitantes y forasteros. Los nativos son pueblos del oriente, civilizaciones del pasado. Los habitantes están repartidos en tres regiones: la Mesopotamia (al este), el Asia (al norte) y la Libia (al sur) y en 6 pueblos: Judea (al centro), Capadocia, Ponto, Frigia y Panfilia (al norte) y Egipto (al sur). Por último los forasteros romanos, que vienen de visita a Jerusalén; entre estos se distinguen romanos judíos y romanos prosélitos (no-judíos que se han convertido y han aceptado la circuncisión); los cretenses, son un pueblo marítimo, en expansión hacia occidente y los árabes serían una designación global para referirse a los pueblos del desierto, en expansión hacia oriente. La lógica geográfica es la que domina al grupo de los habitantes (oriente, norte y sur, con Judea al centro). Los visitantes (romanos, cretenses y árabes) no siguen una lógica geográfica, sino más bien la lógica de visitantes esporádicos (grupos amplios y ambiguos), que regresan a su patria. En síntesis, los representantes de los pueblos vienen de todas las regiones de la tierra, de las culturas antiguas de oriente, de los pueblos establecidos en torno a Judea (oriente, norte y sur) y de las poblaciones que se desplazan hacia oriente y occidente, cuyo centro es Roma. Lucas combina criterios culturales, geográficos y sociales y construye así históricamente el paradigma misionero del Espíritu. Lo curioso es que no se menciona Siria, Macedonia y Grecia, que es el territorio de las Iglesias paulinas. Quizás no aparecen estos pueblos, pues es ahí donde Lucas escribe su obra y son ya en su tiempo Iglesias independientes de Jerusalén.
  Lucas insiste tres veces (vv. 6.8 y 11) en que los presentes, que vienen de todos los pueblos, entienden el discurso de Pedro, cada uno en su propia lengua. Pedro y los Once son galileos (v. 7) y hablan por lo tanto en arameo, que era una lengua bastante conocida en Siria y oriente. El milagro de Pentecostés es que cada uno entiende a los apóstoles en su propia lengua nativa. No se trata de la glosolalia, pues cada pueblo escucha el Evangelio en su propia lengua, y podríamos agregar, en su propia cultura. Por eso consideramos hoy en día a Pentecostés como la fiesta cristiana de la Inculturación del Evangelio.
 
Muchos comentarios oponen erróneamente Pentecostés a la confusión de lenguas en Babel (Gen 11, 1-9). En Babel, la unidad original de lenguas fue lo que permitió la construcción de la ciudad con una torre militar, que es el proyecto de dominación (Gen 11, 2-4); la recuperación de las lenguas nativas hizo posible detener la construcción de la ciudad, lo que se identifica con el proyecto liberador de Yahvé (Gen 11, 5-8) . Una lectura del relato del Génesis, desde la perspectiva dominante y colonial, siempre vio la pluralidad de lenguas y culturas como una maldición y un castigo. En Pentecostés se habría recuperado la unidad perdida en Babel (así interpreta, por ejemplo, la nota de la Biblia de Jerusalén en Hechos 2, 6). Desde la perspectiva liberadora de la inculturación del Evangelio, la diversidad de lenguas es el hecho liberador que permitió la huida de los trabajadores y la paralización de la construcción de la ciudad.
En Pentecostés cada pueblo conserva su lengua y cultura. Lo nuevo en Pentecostés es la unidad en la comprensión del Evangelio, manteniendo la diversidad de lenguas y culturas. La unicidad de lenguas no es el proyecto original de Dios, ni tampoco su recuperación en Pentecostés, sino una forma de dominación cultural. El proyecto original de Dios, recuperado en Pentecostés, es una humanidad plurilingüe y multicultural.
  

viernes, 3 de junio de 2011

Ascención del Señor: Mt 28, 16-20


La Ascensión de N.S.J.C.: Mt 28, 16-20

“Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso” rezamos cada domingo en nuestro Credo.
Hasta el siglo V, la liturgia celebraba como fiesta única la  Resurrección y la Ascensión. Sólo a partir de entonces y con la historificación del relato de Lucas, se desmembró la fiesta de la Ascensión como fiesta propia.

El cielo adonde ascendió Jesús no es en este caso el lugar de las estrellas o de los viajes espaciales. No es un lugar al que vamos sino una situación en la que seremos transformados si vivimos en el amor.
Se refiere al cielo de la fe. El cielo de la fe es Dios mismo que “habita en una luz inaccesible” (1 Tim 6, 16). La realidad del cielo se hace efectiva en el encuentro íntimo de Dios y del hombre. Ese encuentro íntimo de Dios y del hombre se ha realizado definitivamente en Cristo quién ha pasado por su muerte corporal a la vida nueva. El cielo viene a ser el futuro del hombre y de la humanidad. Ese futuro le queda cerrado mientras cuente sólo consigo mismo y queda replegado sobre si mismo. El futuro y la vida nueva han sido abiertos por primera vez y de manera radical en el hombre Jesús, el último Adán, cuya existencia era Dios y por quien Dios entró en el ser del hombre.
Por eso el cielo es siempre más que un destino particular y privado; está necesariamente en relación con el “último Adán”, con el hombre definitivo y, por consecuencia, con el futuro global del hombre (tomado de “Fe cristiana ayer y hoy” de Joseph Ratzinger).

La Ascensión es la entronización de Jesús es la esfera divina. Lucas hace toda una descripción de esta entronización al comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles, lo que corresponde a la primera lectura. En el evangelio de hoy que trae el final de Mateo, no se describe ningún ocultamiento de Jesús. Escuchamos a Jesús que dice: “yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra”; ya está investido del poder divino. Habla Jesús resucitado que ya ha ascendido y está sentado a la derecha de Dios. Nos podemos preguntar por todo ese agregado descriptivo de Lucas: ¿por qué  transforma la Ascensión en una narración?
En la antigüedad las escenas de ocultamiento y ascensión realzan el fin glorioso de un gran hombre. Existen varios ejemplos en la literatura antigua (Tito Livio a propósito de Rómulo fundador de Roma). Lucas hace uso de un esquema literario conocido en su tiempo para describir el paso del tiempo a la eternidad y de los hombres hacia Dios. Pero hay otra razón más profunda.
Sabemos que los primeros cristianos pensaban que el retorno de Jesús era inminente. En sus liturgias vuelve frecuentemente la oración: “Marana tha: Ven Señor Jesús”. Pero los primeros cristianos van muriendo y el tiempo pasa y Jesús no vuelve. Lucas entonces viene a dar una respuesta y a corregir la expectativa frustrada. No hay que esperar el pronto retorno de Jesús. Al contrario, el tiempo que se inaugura desde su partida es el tiempo de la misión y de la Iglesia. Su descripción muestra que Cristo se ha ido: no se trata de seguir mirando al cielo porque no volverá sino al fin de los tiempos. La tarea de los discípulos es constituirse ahora en el mundo como Iglesia.

La Ascensión entonces es la afirmación de que éste es el tiempo de la Iglesia, de la misión, la que nos resume precisamente el final del evangelio de Mateo.
Jesús resucitado, entronizado, sentado a la derecha del Padre, expresado en “yo he recibido todo poder”, envía a sus discípulos a la misión sin límites, a todos los pueblos de la tierra. De ahora en adelante, se reconocerá a Jesús en su Iglesia, en los signos sacramentales y en todo aquel que sigue el camino que recorrió Jesús de Nazaret.
Este es el camino del amor y de la solidaridad con los sufridos de la tierra para comunicarles que Jesús resucitado está con nosotros hasta el fin del mundo.




miércoles, 25 de mayo de 2011

29 de mayo 2011: 6º Domingo de Resurrección


6º Domingo de Resurrección: Jn 14, 15-21

En el evangelio del domingo pasado, vimos al apóstol Felipe preguntar a Jesús: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. Y Jesús de contestarle: “Felipe, quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. “El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago y aun mayores”. La primera lectura de los Hechos es una confirmación de lo dicho por Jesús. Felipe predicando a Cristo en una ciudad de Samaria. Su anuncio del evangelio es acompañado de numerosos signos: enfermos, paralíticos y lisiados son sanados y hay gran alegría en esa ciudad. Sabemos que entre judíos y samaritanos había enemistad y odios ancestrales porque los consideraban como herejes y extranjeros (ver la parábola del buen samaritano Lc. 10 y en el encuentro de Jesús con la samaritana a quien le pide de beber Jn 4).
Jesús, en quien actuaba el Espíritu, ya traspasaba las fronteras y las rivalidades entre pueblos. El apóstol Felipe no hace menos en la expansión de la pequeña iglesia naciente, conducida por el Espíritu. La llegada de Pedro y Juan confirma la acción del Espíritu; caen prejuicios y fronteras y se avanza en la paz y la unidad. Se produce un pequeño Pentecostés.

En dos semanas más, se va a celebrar la solemnidad de Pentecostés: la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia.
La tercera persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo, es muchas veces como el “pariente pobre” de la Trinidad. Se habla bastante menos de Él que del Padre y del Hijo. Y sin embargo, nos revela rasgos maravillosos de Dios, lo que Carl Jung llamó los aspectos femeninos del único Dios: la intuición, la creatividad, la compasión, el amor incondicional. Aspectos asociados también con la ignición y el fuego en el corazón que guardan las madres. En la Biblia aparece por ejemplo en el libro de la Sabiduría, donde la sabiduría de Dios, el Espíritu, está sentada a la puerta de nuestras casas, esperando pacientemente poder entrar (ver igualmente Apocalipsis 3, 20). También en el libro del Génesis, el Espíritu de Dios empolla amorosamente como un pájaro hembra el desastroso caos hacia un cosmos armonioso. En el evangelio de hoy  lo percibimos en la tierna sensibilidad de Jesús de no dejar huérfanos a sus discípulos. En la Biblia, constatamos que ciertamente un rasgo fuerte de Dios  es su empatía por los huérfanos y las viudas. Y directamente cercana a nosotros está  la experiencia de la consolación en la oración.

La fiesta de Pentecostés cierra el ciclo pascual. Es la fiesta del envío y del dinamismo apostólico de la Iglesia. El gran reto de la Iglesia es ser luz de las naciones y presencia en el mundo. El mundo, como se le llama en el evangelio de Juan,  es el mundo de la injusticia, del afán de poder y de lucro, de dominación y posesión. Al revés, el Espíritu de Jesús resucitado es amor, paz, justicia, solidaridad y hermandad. Es este Espíritu que la Iglesia está llamada a hacer realidad. Su discurso en un mundo marcado por el pecado (ver el cordero de Dios que quita el pecado del mundo) será muchas veces contra cultural, denunciante y profético, pero es anunciar el camino que recorrió Jesús y el apóstol Felipe y es la misión de nosotros hoy. Tal vez no logremos grandes cambios en este mundo. Lo importante es no obstaculizar la acción del Espíritu santo y estar dispuestos a ser humildemente su instrumento.

Es cierto que aquí se aborda una temática muy compleja. No podemos ver las cosas en blanco y negro. A modo de ejemplo podemos preguntarnos: ¿Cómo se compatibiliza el sermón de la montaña con un compromiso activo en la vida política y económica? Nuestra sociedad exige competencia, eficiencia y eficacia. ¿No es lo que se pretende prioritariamente en la reorganización del Hogar de Cristo estos últimos años? Con los aportes generosos de muchos chilenos, buscamos encaminar a Chile por sendas de auténtica solidaridad. En este gran reto, es preciso ir midiendo los resultados cuantitativos y cualitativos para ir haciendo los ajustes correspondientes. Por supuesto que eso requiere un exigente profesionalismo. Pero al mismo tiempo, el profesionalismo y excelencia en todo emprendimiento nunca pueden dejar de lado lo más bello de Cristo y su evangelio: dar siempre prioridad al otro, al más vulnerable, haciéndose prójimo con una actitud de servicio amoroso y humilde.
Aquí pareciera que los antagónicos enfoques de la cultura ambiental y de las exigencias del evangelio, entran en choque frontal. Se genera una tensión dialéctica cuya síntesis armoniosa es compleja de lograr.

“Hidroaysén” es otro ejemplo que hoy sacude y divide nuestra convivencia. Todos queremos más bienestar, mejores condiciones de vida, lo que llamamos “desarrollo”. Eso pasa por disponer de más energía en un plazo relativamente corto. Ese medio para un buen fin en sí, tiene consecuencias dañinas y perversas. Aparentemente, no hay sustituto energético equivalente en el corto plazo y que sea menos dañino. Tal vez hay que revisar también la premisa del raciocinio y preguntarnos como sociedad: “¿qué desarrollo queremos, qué formas de bienestar para todos los chilenos hoy? Por cierto que esta pregunta requiere un gran debate y mucha reflexión. Traigo a colación las palabras del Santo Padre:  en la sociedad actual, si queremos que exista paz social, «es preciso elegir entre la lógica del lucro como criterio último de nuestra actividad y la lógica del compartir y de la solidaridad» (Benedicto XVI).
No dejan de preocupar las crecientes manifestaciones de descontento y las protestas. Hoy por hoy los ritmos de vida y de trabajo conllevan demasiadas tendencias a deshumanizar. Si vamos perdiendo la posibilidad de vincularnos con respeto y de descubrir la belleza y dignidad de cada ser humano, simplemente contribuimos a deshumanizar más nuestra sociedad actual. Eso sería tomar un camino de destrucción y de muerte. En estas semanas previas a Pentecostés, es necesario pedir con fe en nuestra oración. Que el Señor nos dé luz, que ilumine a su Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad. Que puedan encontrarse los caminos por donde dejemos fluir las gracias del Espíritu Santo para que venga el Reino de Dios a este mundo.

Nos pueden guiar esas palabras de Tomás Chesterton:
“Señor, danos la fuerza para aceptar las cosas que son inevitables.
Danos el coraje para cambiar las cosas que deben ser cambiadas.
Y por sobre todo, danos la sabiduría para distinguir entre ambas”.

miércoles, 18 de mayo de 2011

22 de mayo 2010: 5º Domingo de Resurrección: Jn 14, 1-12


5º Domingo de Resurrección: Jn 14,  1-12

El evangelio de este quinto domingo de Resurrección se sitúa en el contexto de amor y  servicio de la Última Cena, seguido con un largo discurso de Jesús (4 capítulos).
Jesús habla de Dios con gran familiaridad, hablando de Él como de su Padre. Felipe (citado 11 veces en el evangelio), lo mismo Tomás (citado 7 veces; nótese que 7 es una cifra de plenitud en contraste con el 11, porque el Jesús histórico y el Jesús resucitado se revelan en plenitud a Tomás en particular) y los demás discípulos, todavía no entienden los gestos y el lenguaje de Jesús. No perciben que Dios está en él: que Dios es Jesús que se les manifiesta en la invitación al amor incondicional (13, 1) y al servicio sin restricción (signo del lavado de los pies).
Viendo a Jesús que hablaba con tanto entusiasmo de su Padre, Felipe le pide: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. En esa petición todavía no está la fe en Jesús. Piensa que al ver (físicamente) al Padre, por fin entenderá todo aquello de los gestos y discursos de Jesús. Los discípulos habían visto a Jesús retirarse en la soledad para orar a su Padre y les hablaba de él con tanta convicción y entusiasmo. Ellos se daban cuenta que el Padre era el secreto íntimo de la vida de Jesús. Por eso se explica la iniciativa de Felipe que es algo así como: ¡déjate de hablar del Padre y organiza un encuentro con él para que lo conozcamos de una vez!

La pregunta de Felipe era seguramente la pregunta de muchos discípulos en tiempos que se escribía este evangelio entre los años 90 y 100;  sigue siendo una pregunta actual para nosotros: ¿Dios, donde está, donde verlo, cómo experimentarlo y conocerlo?
De modo más general, aquí está también la pregunta y la búsqueda, tal vez no consciente, por el sentido de la vida. Porque cada pregunta por el sentido de la vida es en el fondo la pregunta por quién y cómo es Dios. A su vez, la pregunta por quién y cómo es Dios es la pregunta por lo más hondo de nuestro ser, por ese secreto dinamismo interior que nos impulsa a buscar la plenitud de nuestro ser, aquello que comenta San Agustín: “Señor tu nos has hecho para ti, y mi corazón no encuentra paz hasta descansar en ti”.

La respuesta de Jesús a la pregunta de Felipe es clara: Felipe, “el que me ha visto, ha visto al Padre”.
Jesús remite a si mismo. Jesús es la imagen viviente de Dios invisible e indecible. Para ver a Dios y empezar a conocerlo, tenemos que mirar a Jesús. Como Jesús lleno de ternura y amor, así es Dios.
Como Jesús fiel y misericordioso, así es Dios.
Como Jesús cercano a los hombres y a los que sufren, así es Dios cercano a todos nosotros, especialmente a los que sufren.
Dios es Jesús. En el hombre Jesús vamos conociendo al mismo Dios.
Así también Jesús es la protesta viviente de Dios contra el mundo y contra el hombre que lo organiza a su conveniencia y al revés del proyecto de Jesús.  En Jesús Dios nos deja ver que el desamor no tiene sentido, que la violencia no tiene sentido, incluso el sufrimiento y hasta la misma muerte. La resurrección de Jesús es la protesta de Dios contra el desamor, el sufrimiento y la muerte.

Así como Dios es Jesús, su imagen viviente, también Jesús es imagen viviente del hombre. Quien ve a Jesús ve también al hombre auténtico. Jesús es la palabra eterna y definitiva sobre el hombre. Por eso dirá con toda razón a Tomás: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.
Jesús es Camino. Entre los muchos caminos que ofrece el mundo, el camino de Jesús es un proyecto de liberación para el hombre. Es el amor al hombre que le devuelve la razón de vivir en momentos de confusión y desesperación.
Jesús es Verdad. La palabra anunciada y testimoniada por Jesús es criterio de verdad entre tantos discursos, proyectos y filosofías que nos invaden.
Jesús es Vida. Jesús da sentido a la vida. Representa el proyecto de vida que nos puede salvar de la injusticia, de la exclusión y del caos.
“El que cree en mí hará también las obras que Yo hago y aún mayores”: es decir, por nuestras obras en la línea del proyecto y de las obras de Jesús, mostraremos también a Dios mismo a los hombres y al mundo. Donde ponemos gestos de amor, de solidaridad, de compartir generoso, allí mostramos a Dios.

Es del caso reproducir aquí parte de un discurso de Pascua de Resurrección de Benedicto XVI. “¡Cuántas veces las relaciones entre persona y persona, entre grupos y grupos, entre pueblo y pueblo están marcados no por el amor, sino por el egoísmo, la injusticia, el odio, la violencia! Son las llagas de la humanidad, abiertas y doloridas en todos los ángulos del planeta, ignoradas con frecuencia y a veces voluntariamente escondidas, llagas que desgarran las almas y los cuerpos de innumerables hermanos y hermanas nuestros. Esas llagas esperan ser aliviadas y curadas por las llagas gloriosas del Señor resucitado y por la solidaridad de todos los que, siguiendo sus huellas, realizan gestos de amor, se comprometen de hecho en favor de la justicia y derraman en torno suyo signos luminosos de esperanza en los lugares ensangrentados por los conflictos y allí donde la dignidad de la persona humana continúa siendo vilipendiada y conculcada”.

De alguna manera el P. Hurtado quiso dejar en el Hogar de Cristo el rostro de Dios para los desheredados de Chile. Pero más allá de esa hermosa obra, invita a todos a seguir a Cristo, a “chiflarse por él”, a hacer lo que haría si estuviera en mí lugar. Nos llama “a pasar por el mundo haciendo el bien como Cristo, a despertar en nosotros el sentido de nuestra solidaridad en Cristo: recordar que somos hermanos y sufrir íntimamente con el dolor de nuestros hermanos, pues ningún dolor humano me es ajeno”. Así mostraremos de verdad al Padre.

viernes, 13 de mayo de 2011

15 de mayo de 2011: 4º Domingo de Resurrección: Jn 10, 1-10


Cuarto Domingo de Resurrección: Jn 10, 1-10


Esta semana marca un vuelco en los evangelios del tiempo pascual. Hasta ahora hemos tenido relatos de Jesús resucitado; ahora se dirigen al compromiso de aquellos que acogen al resucitado y al crecimiento de la Iglesia. La liturgia nos va orientando ya hacia Pentecostés y bajo la conducción del primer Apóstol, san Pedro.

Centrémonos en el texto del evangelio de hoy. Es precedido por la curación del ciego de nacimiento y la afirmación de Jesús: “Yo he venido a abrir un proceso contra el orden éste; así los que no ven, verán, y los que ven, quedarán ciegos.” A continuación en el evangelio de hoy dice Jesús: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su  vida por las ovejas.” Claramente percibimos entonces lo que viene a ser la vida de Jesús: un conflicto con las autoridades de su época (los pastores malos ya descritos en Ezequiel 34) que se han adueñado de la religión y del templo para provecho propio. El conflicto y el rechazo a la persona y al mensaje de Jesús están puestos de manifiesto en el episodio inmediatamente anterior de la curación del ciego de nacimiento (4º Domingo de Cuaresma): “a nosotros nos consta que ese hombre (Jesús) es un pecador”. Jesús no rehuye del conflicto; al contrario, hay profunda coherencia entre lo que dice y lo que hace. Jesús va a dar su vida por ser consecuente con el nuevo orden, donde todos tienen cabida. Jesús es la puerta que da acceso a un modo de vivir  en el que la injusticia, la opresión, la violencia y la muerte, que son propios del orden este (esto es, de toda sociedad humana cuya organización se basa en estos pilares: la riqueza, el poder y las desigualdades), son sustituidos por la hermandad, la solidaridad y el amor. (“Yo soy la puerta, el que entre por mí quedará al seguro, podrá entrar y salir y encontrará pastos. Yo he venido para que tengan vida y les rebose”).

La misión de Jesús como buen pastor es la que toma sobre sí el Santo Padre. Nosotros los fieles lo consideramos como supremo Pastor por el ministerio petrino. El mismo Cristo resucitado encargó el cuidado del rebaño: “sé pastor de mis ovejas”.

 Esa misión confiada por Cristo a Pedro y a sus sucesores, es compartida por todos los que ejercen un ministerio pastoral y han sido llamados y designados en la Iglesia para esa misión. Es lo que llamamos la Iglesia jerárquica.
Es interesante observar aquí el camino recorrido entre el Concilio Vaticano I y Vaticano II.
Vaticano I declaró: «La Iglesia de Cristo no es una comunidad de iguales, en la que todos los fieles tuvieran los mismos derechos, sino que es una sociedad de desiguales, no sólo porque entre los fieles unos son clérigos y otros laicos, sino, de una manera especial, porque en la Iglesia reside el poder que viene de Dios, por el que a unos es dado santificar, enseñar y gobernar, y a otros no» (Constitución sobre la Iglesia, 1870).
Vaticano II en la Constitución dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentium”, reestructura profundamente la perspectiva anterior. En su capítulo segundo, trata del “pueblo de Dios”, describiendo ampliamente la gran tradición bíblica de esta rica expresión. El trato de la jerarquía viene después del pueblo de Dios, porque recién en el capítulo tercero señala: “Para apacentar el pueblo de Dios…Cristo Señor instituyó en su Iglesia diversos ministerios ordenados al bien de todo el Cuerpo. Porque los ministros que poseen la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos, a fin de que todos cuantos son miembros del pueblo de Dios y gozan, por tanto, de la dignidad cristiana tiendan libre y ordenadamente a un mismo fin y lleguen a la salvación”. Por lo tanto, la jerarquía que predomina en Vaticano I, viene ahora en segundo lugar y al servicio del pueblo de Dios. Es cierto que la práctica posterior no ha sido demasiado consecuente con esta perspectiva de Vaticano II, resurgiendo la tendencia de la primacía de la jerarquía sobre el pueblo de Dios. Es evidente que hoy cuesta retomar lo que nos dice el Concilio después de declaradas las funciones de la jerarquía. “Cuanto se ha dicho del pueblo de Dios se dirige por igual a laicos, religiosos y clérigos. Y cita a Efesios 4, 15-16: “viviendo en la verdad y el amor, crezcamos hasta alcanzar del todo al que es la cabeza, a Cristo. Gracias a él, el cuerpo entero recibe unidad y cohesión gracias a los ligamentos que lo vivifican y por la acción propia de cada miembro; así el cuerpo va creciendo y construyéndose en el amor”.
La iglesia, como pueblo de Dios, es el cuerpo místico de Cristo. Todos los cristianos tenemos la función y la misión de difundir a Cristo y su evangelio a todos los hombres. Es la afirmación central de la última conferencia episcopal latinoamericana de Aparecida. Pareciera entonces, retomarse aquello del Vaticano II que se llegó a echar de menos en las últimas décadas. Todos tenemos que trabajar por una Iglesia que sea una puerta abierta y genere un espacio acogedor donde las personas más diversas sean bienvenidas y se encuentren en casa. Que cada cual que entra y sale por esa puerta, reciba vida y en abundancia.

sábado, 7 de mayo de 2011

8 de mayo 2011: tercer Domingo de Resurrección




3er Domingo de Resurrección: Lc 24, 13-35

La muerte de Jesús de Nazaret ejecutado como criminal en el suplicio de la cruz, reservado a los peores criminales y en un lugar desolado, la cima de una cantera abandonada en las afueras de Jerusalén,  fue noticia conmovedora en su momento. Era la Pascua judía y Jerusalén estaba atestada de peregrinos venidos de todo el mundo conocido de esa época. ¡Se calcula que podía haber una afluencia de 200 a 300.000 peregrinos! Lo ocurrido era tema de conversación en todas las bocas. Por eso la gran extrañeza de los discípulos a la pregunta del forastero que se les junta en su caminata hacia Emaus: ¿Cómo que no sabes lo que ha ocurrido en estos días en Jerusalén? Y ellos apresurándose en dar “su versión” de los hechos con “su interpretación” desde su desánimo y desesperación: “Nosotros esperábamos que él iba a cambiar este mundo (=libertador de Israel)”. Pero “ya ves”, todo sigue igual.

Tal vez muchos se identificaban con estos discípulos desilusionados, una situación que Lucas, escribiendo su evangelio unos 50 años después de la muerte y resurrección de Jesús, pareciera comprobar como una penosa situación en la Iglesia naciente. En ese contexto compone ese precioso relato para reencantar la fe de los discípulos en Jesús vivo y resucitado. Es un relato a ser saboreado despacio. Desde luego no lo consideremos como un reporte o descripción de hechos ocurridos, sino una preciosa composición literaria dentro de la perspectiva  lucaniana de reforzar la fe en Cristo vivo y resucitado a partir del testimonio de dos discípulos y con el claro propósito de revitalizar la fe de la comunidad en Cristo resucitado.

Casi dos mil años después, no es raro escuchar y percibir también  desilusiones en nuestra Iglesia. Así por ejemplo, muchos esperaban del Concilio Vaticano II grandes cambios en la Iglesia: que fuera una Iglesia de los pobres, una Iglesia de los laicos, una Iglesia que valorara los derechos de la mujer con su  participación y su responsabilidad activa, una Iglesia de los jóvenes, una Iglesia que acogiera y acompañara a los matrimonios en dificultad, una Iglesia que fuera más comprensiva de los grandes cambios ocurridos en la vivencia de la sexualidad. Pero ha pasado el tiempo y todo sigue igual o peor: hay gran escasez de vocaciones sacerdotales y religiosas, parroquias y comunidades sin pastor, congregaciones religiosas en extinción; en muchas partes del mundo se presenta un panorama de una cultura religiosa muy declinante frente a la emergencia invasora de una cultura secularizada e individualista, característica del mundo occidental que era otrora el mundo de la cristiandad.

Surge entonces la gran pregunta: ¿por donde pasa el camino del reencantamiento de la fe en Cristo vivo y resucitado?
Desde luego hay que evitar alejarse de la comunidad o mandarse cambiar.
Para volver al reencantamiento de la fe, el evangelista señala dos importantes pasos: dejarse ayudar y “acompañar” en la lectura y comprensión de las sagradas escrituras y ser profundamente solidarios en compartir el pan, ambos pasos tanto en el sentido literal como figurado. En el sentido literal y cultual, son los dos momentos que componen  nuestra eucaristía, la liturgia de la palabra y la liturgia de la eucaristía; ésta busca ser precisamente celebración de nuestra fe en Cristo muerto y resucitado, vida para el mundo.

En el sentido figurado, es vivir y descubrir a Cristo resucitado en los signos de los tiempos; es agudizar nuestra inteligencia espiritual a la presencia del Dios de la vida en medio de nosotros que nos impulsa a compartir, a ser plenamente solidarios y a moldear este mundo según el proyecto del Padre.

Pasa por creer lo que exclamó Juan Pablo II en Chile y en un contexto de violencia y confrontación: “el amor es más fuerte”. Eso no se puede creer si no se experimenta. Es el punto neurálgico de la catequesis de Jesús a los dos discípulos: “el Mesías tenía que sufrir para entrar en su gloria”. Pasa también por vincularse con los demás en nombre de Jesús, es decir en nombre del amor incondicional y solidario.  La presencia real del resucitado se hace patente en el compartir el pan. El gesto de Jesús era lo que faltaba para que los discípulos dejaran de estar centrados en si mismos, en su manera de ver e interpretar y se abrieran completamente al compartir: “inmediatamente regresan a su comunidad.”
Abrirse al otro, al Otro (Cristo) que necesita y sufre hasta estar en nuestras vidas y compartir con nosotros para sentir su alegría,  eso es vivir la fe en Cristo resucitado. Es la fe que proclama, anhela y construye nuestras relaciones humanas basadas en la armonía, la paz, la justicia y la alegría para todos.